Pequeño ensayo, compuesto por ideas elaboradas y algunas publicadas a lo largo de años, fruto de los debates con personas, maestros, con los que he ido encontrándome a lo largo de ese concepto elástico que es el tiempo. El objetivo es contribuir a entender la naturaleza del sistema soviético y cómo apareció y se extendió en la cultura de la izquierda la condena y el rechazo de la rica experiencia del socialismo soviético, de la Unión Soviética, que al final ha llevado a la derrota de la izquierda comunista y a la derrota de casi todos los proyectos de creación de estados nacionales soberanos e independientes tras el proceso de descolonización iniciado tras la II Guerra Mundial.
Evidentemente, entiéndanse estas páginas como un esbozo, una aportación para entender un proceso: el de la derrota. Temporal, desde luego, pero no por ello menos derrota.
PASCUAL MARÍN GONZÁLEZ, MÁS ALLÁ DEL TIEMPO
PASCUAL MARÍN GONZÁLEZ
MÁS ALLÁ DEL TIEMPO
Antonio Fernández Ortiz
Sabemos que el tiempo no existe, aunque nos empeñemos en medirlo, hasta descomponerlo en fracciones que no llegamos a entender porque escapan a nuestra naturaleza. Ahora, algunos incluso hablan del microtiempo y del nanotiempo. Mi amigo Marco, el Quillo, que trabaja en el Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando, en Cádiz, el lugar en el que empezaron a medir el tiempo y a elaborar complejas tablas y calendarios para que los barcos de la Carrera de Indias se orientaran mejor en la mar océana, dice que allí miden el tiempo con relojes atómicos, para mayor precisión. ¡Qué obsesión!
Y nosotros, aquí, en Espartal, sin tiempo. Incluso los relojes que un día pusieron en las torres y espadañas de las iglesias dejaron de funcionar; no sabemos si por dejadez de los relojeros, que se dieron cuenta de la fatalidad del tiempo inexistente y dejaron de engrasar los engranajes, o porque el denso olor del esparto atrancó para siempre sus mecanismos. También los relojes de pulsera que llevaban los humanos en sus muñecas eran más de presumir que de medir. Además, ya lo decía Manolo el Torronto, que fue torero de fama y joyero/relojero en el mismo tiempo: no hay reloj que estire la fama y mucho menos la vida.
Pascual nació, literalmente, en la casa de sus abuelos maternos en la Plaza de Colón, en las cuestas del pueblo viejo, en la casa de Pepe el Abaranero y de Josefica la Cocona, que a su vez era hermana de la Encarnación la Cocona, su tía abuela, que fue mujer que trabajó durante largos años como picaora de esparto, pero que nació con «gracia» y se ganó gran fama y mucho respeto como sanadora de daños corporales y espirituales.
Fue aquella una casa mágica, en la que afloraban, en cota más baja, por debajo de la Losa del Pueblo, las mismas aguas habitadas por la Encantá del Ojo de la Fuente. Allí vivieron sus padres el primer año de recién casados, compartiendo casa como la mayoría de las gentes sencillas de Espartal, hasta que se fueron de alquiler a un modesto piso en las recién construidas Casas Baratas del Zaraiche, cerca de la mítica rambla del Realejo que a veces bajaba rugiendo sus arrebatados caudales desde la Sierra de Ascoy.
Pascual, cuando mayor, decía que era Tieso y Migalo. Su padre, Miguel Marín Ruiz, fue Liberato y Migalo, aunque siempre fue conocido como Liberato, herencia de su madre y abuela paterna de Pascual, que tuvo en tiempos lejanos una cantina o ventorrillo en el paraje de Barratera, donde paraban arrieros y bandoleros de menor importancia. Miguel fue empleado de la sección de aguas del ayuntamiento de Espartal y su madre, Piedad González Ortiz, que fue Tiesa, trabajó en la conserva de los Guirao y sobre todo y durante mucho tiempo en la lonja del pescado, motivo por el que fue siempre conocida en el pueblo como Piedaica la del pescao.
Siendo un niño de unos siete años, contaba Pascual, enfermó de una dolencia cardiaca que le obligó a guardar cama durante largos meses. Allí, además de crecer, descubrió, como muchos niños de la época, su pasión por los tebeos. De ellos nació su afición por el dibujo, y Pascual se convirtió en un maestro de las viñetas. Miguel, su padre, que se dio cuenta de la afición del joven dibujante, le traía los rollos usados de las máquinas de sumar y multiplicar de la sección de aguas y en ellos, en el reverso de interminables sumas, Pascual dibujaba largas historias a modo de películas de dibujos animados que enseñaba, haciendo al mismo tiempo de guionista y narrador, a sus hermanas y a los amigos y vecinos cuando venían a visitarlo. Ya apuntaban sus maneras pedagógicas.
Pascual no solo vivía en Espartal, sino que también compartía la filosofía del tiempo de este particular lugar, tanto del pueblo como del territorio ensimismado que nos rodea. Claro que algunos, como es su caso, lo habitamos por partida doble, porque además existimos en el Club Atalaya, que ya es en sí núcleo y empeño máximo del ensimismamiento. Y justo en este lugar coincidimos, una tarde con el sol ya en retirada.
Entrar por primera vez al Club en aquellos años era ya en sí una acción de atrevimiento. Al fin y al cabo era un lugar maldito, de rojos irredentos que se atrevieron a exigir que no se fusilara a aquellos jóvenes condenados por el pequeño generalísimo de arrugado cartón gris. Para colmo de dificultades, tenía el Club Atalaya una puerta estrecha y una escalera angosta, vigilada siempre por la atenta mirada de un barbudo Che Guevara, que giraba dos veces en ángulo recto para desembocar en un amplio rellano desde el que se divisaba el jolgorio interno de complicidades que hacía sentirse tímido al recién llegado. Aquel rellano hizo siempre de espacio iniciático, a modo de nártex, que era como se llamaba en la arquitectura antigua cristiana el lugar reservado para las personas que todavía no habían recibido el bautismo, los catecúmenos (ojo, también los penitentes).
Pero alguien con acertado criterio había colocado en el amplio rellano superior de la escalera un banco forrado de eskay, que se adhería con empeño obsesivo a las piernas desnudas durante el verano, una especie de sofá de pobres, a modo de etapa intermedia y observatorio en el que escudriñar una mirada cómplice que finalmente te invitara a entrar. Y allí nos conocimos, sentados en aquel banco, esperando a ser bautizados, que en la rutina del Club era y sigue siendo incorporarte a cualquier actividad o trabajo de los que estén en curso. Y si se te ocurre coger una escoba y ponerte a barrer, tienes el triunfo garantizado y la condición inmediata de socio.
Como quien dice, el Caudillo aquel, bajito y con voz de pito, acababa de morirse y ya se le había visto pasear por Espartal en las noches de luna arrastrando una cadena atada a su tobillo derecho, dando trompicones, y cargando sobre sus espaldas fantasmales y penitentes la enorme losa que sus correligionarios habían colocado sobre su tumba para que jamás saliese de allí (ten amigos para eso). Decían que se había vuelto frecuente en la casa de Pepín el de las Cartas y luego, mucho después, en la de Sebastián Villa, que fue el que heredó de Pepín el don de las cartas. Al parecer, buscaba que le anunciaran si iba a tener algún tipo de redención en la carga que acumulaba sobre su alma y sobre su espalda en forma de enorme bloque de granito de la Sierra de Madrid. Por cada partícula de cuarzo, un muerto en la guerra civil; por cada partícula de feldespato, una privación de libertad; por cada partícula de mica, un asesinato. Y desde que Sebastián Villa se fue también para el otro lado y ya no está en la parte visible de Espartal, al acartonado generalísimo ya no se le ve con tanta frecuencia fantasmal por las calles del pueblo y tampoco sabemos con quién hablará de esas cargas que le atormentan.
Pues eso, que acababa de morirse el Sable Justiciero de Occidente cuando tuvimos nuestra primera conversación, y la verdad es que ya ha llovido desde aquello. Y la de cosas que hemos hecho juntos, y separados, desde entonces. Aunque cuando intentas hacer memoria parece que fue ayer. Es lo que tiene eso que dicen tiempo.
Nos incorporamos rápidamente a la vida cotidiana del Club, que no tenía nada de cotidiana, sino todo lo contrario. Pura efervescencia en unos años complicados y revueltos. El generalísimo se había muerto, pero los suyos y sus cachorros continuaban matando a las gentes e inventándoselas para ver la manera de seguir con el bastón de mando. Y nosotros a la contra. Siempre a la contra. Ruptura, nunca reforma, e hicimos campaña contra el referéndum para la reforma democrática del señor Suárez y sus bandidos lanzando clandestinas octavillas por las penumbras de las calles del pueblo.
La vida y las actividades del Club nos absorbían en una dinámica endiablada. Reuniones, asambleas, conferencias, partidos, sindicatos, teatro, libros, música. No habíamos terminado con una cosa cuando ya teníamos otra. La fiesta popular de la Plaza de los Carros la teníamos una vez al año, pero eran largos meses de preparación. Con nuestro Cine Club La Linterna Mágika teníamos proyecciones semanales, pero en verano también salíamos por los barrios pobres del pueblo, en nuestra modesta «misión pedagógica», con una vieja máquina de 35 mm a proyectar en las fachadas laterales de los bloques de los pisos películas de amor y aventuras. Besos y persecuciones a caballo, barcos piratas y naves estelares, de romanos y octavos pasajeros.
Música en el Club, cantautores, Luis Pastor, Elisa Serna, Unsain, Pablo Guerrero, Suburbano, Manuel Gerena, José Meneses, Paco Ibáñez. La tradición musical del Club se prolonga ya casi sesenta años y no decrece. Lo bueno del Club Atalaya es que te permite conocer a una gran cantidad de personas y tener al mismo tiempo varios círculos de amigos y conocidos. Por el Club, a modo de balcón, nos asomábamos al mundo y el mundo llegaba a nosotros.
Pronto nuestro círculo de amistades aumentó y se diversificó. Teníamos el Club y también la casa de Mariano Camacho. Algunos coincidíamos en ambos grupos, otros no. La verdad es que la casa de Mariano, su biblioteca, fue como una prolongación del Club Atalaya desde siempre. O viceversa. Mariano no solo era también uno más del Club, fue también, junto con Pepe Marín, su alma mater. Ellos fueron nuestras referencias políticas, ideológicas y culturales.
Por temporadas, estábamos más en un sitio u otro, aunque durante unos cuantos años, no muchos, Pascual fue más de la Casa de Mariano y yo más del Club Atalaya. Nos encontrábamos en los dos sitios y sobre todo cuando salíamos por la noche. ¡Al Musicola! Y a otros garitos con menos glamour que abundaban en las noches de Espartal. Y en los días de verano, a bañarnos al río con el resto de amigos, el núcleo duro, y después a los bares a tomar la cerveza. Lo del aperitivo y las cervezas del mediodía fue ya para siempre, sobre todo en el bar Gran Vía, el de Paco Campos. El núcleo duro de aquella costumbre, a la que a veces se incorporaban otros amigos, hemos sido a lo largo de esta infinidad de años Fernando Fernández, al que un día le dio por convertirse en Alfaqueque y por editar libros; Antonio Balsalobre, al que le dio por escribirlos, Pascual y el que escribe estas líneas. ¡Ay, esos veranos noctámbulos…! De calles de pueblo viejo, de Muro, de Paseo de los Mártires (de Franco) y de Plaza de España (también de Franco). Pascual casi siempre con un buen vaso de horchata de chufa y un servidor con otro de avellana, de una de las horchaterías de los valencianos, de la Esquina del Convento o de la calle de Angostos, que compartían nombre pero no dueños ni sabores.
Comenzamos nuestras excursiones y viajes para conocer las geografías inmediatas y las lejanas. Con Juanjo Martínez Soler empezamos muy pronto a salir todos los fines de semana: la cima y los alrededores del Almorchón, la Rambla del Cárcavo, el Salero de Reales, el manantial de aguas sulfurosas, el Quípar hasta la desembocadura en el Segura, el Cañón de Almadenes, el curso del río Segura, las Ramblas del Judío, del Moro y del Agua Amarga, la Atalaya, la Sierra del Oro, la Sierra de Ascoy, el Barranco de los Grajos, la cima de la Cabeza de Asno, el Picarcho y la Cueva de los Encantados en la noche de San Juan, La Sierra Larga… Todos estos, y muchos más recorridos, los repetimos luego infinidad de veces con las salidas semanales del Club Atalaya, acompañados también de otros amigos que venían de fuera.
En el SEAT 127 de Juanjo nos fuimos los tres a los Pirineos: Huesca, Ordesa, Lérida, Aigüestortes… Magnífico viaje que se convirtió en un referente en nuestras vidas. Luego, con Ascensión Maqueda hicimos nuestro particular Viaje a la Alcarria y a la Serranía de Guadalajara y después pasamos a Soria, El Burgo de Osma, Calatañazor, donde Almanzor perdió su tambor, Numancia, Vinuesa, la Laguna Negra, los Picos de Urbión, el nacimiento del Duero y la Tierra de Alvargonzález. Para Pascual, absoluto antoniomachadista, vivir la geografía de Antonio Machado en los campos de Castilla, en Soria, en San Saturio o en la Laguna Negra fue un momento especial que quedó para siempre en su memoria.
Luego viajamos a Córdoba y después a Marruecos, aquel intenso viaje con Antonio y Juan. Más tarde a Portugal y luego vino a Moscú, donde ya estaba yo viviendo en el arrebato de un día que duró treinta y tres años. Vino a la capital de Eurasia con Jerónimo Miralles, que fue primero mancebo de la farmacia del Camino de la Estación y luego muchas cosas más, y la Josefina Ruiz, la maestra de niños pobres en la escuela de la ermita del Santo Cristo. Hubo, desde luego, otros viajes, pero de los que hablaremos otro día.
El cine fue otra pasión desenfrenada. Llegamos a él de la mano de Pepe Marín, que siempre anduvo en una locura creadora alrededor del cine y que nos empujó en aquella tremenda aventura que fue y sigue siendo el Cine Club La Linterna Mágika. Armados de dos pistolas al cinto, como en los duelos de vaqueros en el oeste americano, la máquina de 35 mm a la derecha y la de 16 mm a la izquierda, programamos y proyectamos, con los demás compañeros del Club, cientos, miles de películas. Con nuestra portátil de 35 mm proyectábamos las películas de los catálogos de las compañías más comerciales. Y con la de 16 mm, una potente máquina de fabricación alemana que pudimos comprar con una insuficiente subvención del Ministerio de Cultura del último gobierno de Adolfo Suárez, que completamos a escote entre los amigos del Club, proyectamos hasta la última película de los fondos filmográficos de las embajadas de la República Federal Alemana, de la Unión Soviética y de otras, que no solo cedían las películas para su proyección de forma gratuita, sino que pagaban el transporte en ferrocarril desde Madrid hasta nuestra estación, donde las recogíamos cada semana en unas instalaciones que ahora son parte del paisaje fantasmal de Espartal.
Luego, nuestras proyecciones de cine dieron un salto cualitativo con las Semanas de Cine Mágico, verdadero festival cinematográfico en el que el Club Atalaya, gracias a la inventiva, la habilidad y el trabajo colectivo, se convertía, literalmente, en un estudio de cine que implicaba la conversión del territorio del Club en varios espacios cinematográficos simultáneos. Y van ya treinta y cuatro ediciones de este mágico festival de cine, en el que Pascual fue siempre, con su particular ingenio, una piedra angular.
Cuando llegó el tiempo del servicio militar, los amigos acompañamos a Pascual hasta la estación del ferrocarril. Hizo el periodo de instrucción en Colmenar Viejo y cuando juró la bandera de la patria vino a Espartal con un permiso de una semana, antes de incorporarse a un regimiento de la Brunete que estaba cerca de Prado del Rey. Llegó un domingo por la tarde al pueblo, y aquel día nos vimos por la noche. Yo estaba ansioso de que Pascual contara su experiencia porque justo al sábado siguiente debía incorporarme también al servicio militar en el cuartel de Colmenar Viejo. «Cuenta Pascual, cuenta», le decía yo, más preocupado que siete viejas. Y Pascual contaba…
Al día siguiente, lunes, mientras íbamos juntos en dirección al Club Atalaya, en una tarde oscura de febrero, nos enteramos por las voces alarmadas que salían de un radiotransistor que Emilio el fontanero tenía a todo volumen en su taller, de que un teniente coronel de apellido Tejero y tricornio acharolado se había subido al púlpito parlamentario para decir aquella democrática frase, muy corta, por cierto, de «¡Que se sienten, coño!». El susto de nuestras almas jóvenes fue mayúsculo. Ya nos veíamos impelidos a tomar las armas contra el pueblo. Pero, por suerte, las cosas no llegaron a tanto y la sangre no llegó al río. Y aquella madrugada de hora incierta vimos por la televisión a un rey que decían era campechano con guerrera de cintura para arriba, dando una confusa orden de parar.
Si algo hicimos en aquella mili fue leer novela y poesía como si no hubiera un mañana. De tal manera que acabamos coincidiendo los dos en que aquellos que decían que la mili era una pérdida de tiempo, pues lo que no sabían era emplear el tiempo. Como yo estaba destinado en la Academia de Infantería en Toledo y Pascual estaba en las cercanías de Prado del Rey, pues nos veíamos algunos fines de semana en Madrid y a veces en Espartal en algunos rebajes. Comentábamos los libros que estábamos leyendo, comprábamos algunos y los comentábamos en cuanto teníamos ocasión. Así, en el mismo tiempo, leímos muchos libros que luego debatíamos. Práctica que mantuvimos ya para siempre a lo largo de los años.
***
Pepe Marín era una mente que no descansaba. Siempre tenía una sorpresa, una nueva iniciativa. Por algún motivo lejano imposible de recordar, Pepe tuvo noticia de que todos los papeles del Archivo Histórico Municipal de Espartal estaban siendo sometidos a la «crítica roedora de los ratones». Y en aquel tiempo confuso anterior a las primeras elecciones municipales, un grupo de compañeros del Club, de forma absolutamente altruista, comenzamos a ir los sábados por la mañana a intentar salvar aquel fondo documental. Excepto las actas capitulares y otros libros de rancio abolengo que estaban en un artístico armario de madera noble de haya, todos los demás documentos estaban caídos por los suelos. Hubo que recomponer viejas estanterías de madera para habilitar un mínimo mobiliario donde hacer una primera clasificación. Pero fue más tarde, cuando volvimos de servir a la patria, y cuando ya era alcalde Juan Antonio Martínez Real, cuando abordamos en serio la catalogación del Archivo Municipal, guiados por Pepe Marín, quien estableció contacto con especialistas de los archivos provinciales del entonces Consejo Regional de Murcia.
Fue un trabajo apasionante y de absoluta convivencia y complicidad diaria con Pascual. Catalogar significa leer cada documento, entenderlo y elaborar una ficha con un resumen que permita a futuros investigadores y usuarios entender el contenido del documento antes de llegar a él. Y en cada lectura descubríamos parte de la naturaleza oculta de esta geografía sentimental que habitamos en forma de pueblo y territorio. Algunos «descubrimientos» resultaron impactantes. Un día Pascual encontró las que posiblemente fueron las primeras fichas con fotografías de los rostros de quintos que se realizaron en este pueblo. Eran las fotografías de las caras de la clase obrera. Quedamos impresionados al ver la vejez prematura de aquellos rostros como asustados, quemados y deshidratados por el duro trabajo, la escasa alimentación y el sol implacable. Terribles resultaron también otras fichas, las de los informes personales de cientos de habitantes de nuestro pueblo. Al principio no entendimos el verdadero alcance de aquellas fichas porque las encontramos dispersas y en el curso de varios meses. Al final, comprendimos que todas ellas formaban un fichero, una gran base de datos, elaborada por varios autores a lo largo de dos o tres años y que sirvió para dar respuesta, la mayoría de las veces acusadora, a las peticiones de información que recibió el ayuntamiento tras finalizar la guerra desde campos de concentración, cárceles, comisiones de depuración o tribunales sumarísimos.
Y una nota curiosa, que también las hubo. En las actas capitulares y en otros documentos aparecían por varios motivos, por ejemplo la limpieza de las acequias, los nombres de los parajes agrícolas y de los montes y espartizales. Pascual se dio cuenta de que lo que estudiaba como disciplina la Gramática Histórica, la evolución de los sonidos, de las palabras y de las formas de escritura, estaba reflejado en aquellas actas. Era la constatación documental de la evolución del castellano, que quedaba fijada con más fuerza cada vez que cambiaba el escribano, el secretario que redactaba el acta. No solo cambiaba su caligrafía, algunas de ellas realmente espectaculares por sus filigranas; cambiaba lo que era más importante, la forma en la que expresaba por escrito los sonidos que escuchaba.
Un ejemplo de lo que constató Pascual fue la evolución del nombre de uno de los parajes más emblemáticos de nuestro pueblo: El Menjú. Hace tiempo que está demostrado por sabios especialistas que este paraje debe su nombre a su vinculación con la familia de los reyes taifas murcianos de los Ibn Hud. Al parecer, el paraje fue una de las muchas posesiones que aquella familia tuvo en el reino de Murcia. Pues bien, al ir leyendo las actas para hacer el resumen de su contenido, Pascual constató que prácticamente cada año recibíamos desde África la visita no deseada de la plaga de langostas y que, con el fin de atajarla y menguar los grandes desastres que ocasionaba en los cultivos, se organizaban grupos de personas que las combatían. Al frente de cada grupo había un responsable y en las actas, cuando se tenía noticia de la llegada de la plaga, se nombraba un encargado para combatirla en cada paraje. En el Fatego, en los Charcos, en el Horno, en el Elipe… y también en el Menjú. En una de aquellas lejanas actas capitulares, el paraje aparece nombrado como Abençud, años después como Abenjud, posteriormente también como Avenjud, luego como Abenjú, más tarde Benjú y finalmente Menjú. Puede que haya otras variantes, pero ya no lo recuerdo. Pascual, cuando constató la evolución, tomó nota, datando los años en los que encontró los cambios de aquel nombre, contextualizándolo con otros nombres y señalando las coincidencias, cuando las había, con la llegada de nuevos escribanos. Elaboró un buen material y con Pepe Marín entendimos que daba para escribir un pequeño artículo para una de nuestras revistas «En Cieza». Pero como ninguno de nosotros tenía entonces conocimientos de aquella materia, convinimos en llevarle los materiales a una especialista de la Universidad de Murcia para que escribiera el artículo. La señora, muy amablemente, lo escribió. Pero, al parecer, no considerando a dos zagales iletrados de pueblo como fuente fiable de información, escribió el mencionado artículo basándose en otros estudios de la academia de «curso legal», haciendo una mención de pasada de lo encontrado en nuestro Archivo. ¡Cosas de la ciencia universitaria! Pascual se llevó un pequeño disgusto cuando recibimos el texto, pero educados como éramos, respetamos su criterio y publicamos aquel artículo.
La aventura del Archivo Municipal acabó mal. No para nosotros, sino para el Archivo. Mientras Juan Antonio fue alcalde, continuamos catalogando los fondos documentales sin problemas. Lo mismo en el corto periodo en que fue alcalde Antonio Abellán, pero cuando llegó el siguiente alcalde socialista y su tropa de torpes concejales, por no decir otra cosa (y a los que no vamos a nombrar porque no se lo merecen. ¡Al infierno del olvido con ellos!), pararon los trabajos de catalogación, trasladaron el Archivo de lugar, destruyeron parte del trabajo realizado en aquel traslado hecho sin ningún tipo de cuidado y, excepto pequeños trabajos de catalogación realizados posteriormente por becarios de forma deslavazada, nunca más se hizo ningún trabajo serio con el Archivo Histórico Municipal.
Empezaron los traslados sin fuste, el deterioro no solo de lo catalogado, sino también del contenido documental y, por lo que parece, también su expolio. Ningún alcalde, ni concejales, de ningún partido gobernante han querido saber nada del Archivo ni han hecho absolutamente nada. Incluso es muy probable que no supieran que existe tal cosa. La última noticia que tuvimos del Archivo es que estaba depositado en un bajo de propiedad municipal sin ningún tipo de protección o custodia, sobre palets de madera, cubierto por el polvo y sometido como antaño a la dura «crítica roedora de los ratones». La actual corporación está en la misma sintonía con el olvido de un patrimonio municipal tan importante. Para nosotros, aquella experiencia de juventud fue un importante hito en nuestra formación, y en concreto a Pascual siempre le asomaba un sabor amargo por el destino trágico del Archivo…
***
Fueron años vertiginosos. Mientras estábamos en el Archivo, en las reuniones en casa de Mariano y en el Club Atalaya, comenzamos a dar forma a tres proyectos de una gran trascendencia. La publicación de una revista, la participación más directa en la vida política del pueblo con la posibilidad de creación de una organización política y de una candidatura municipal, y la creación de la Universidad Popular de Cieza.
Es importante señalar el carácter colectivo que han tenido siempre los proyectos en los que hemos participado. Fue y es la marca de la casa, la impronta del Club Atalaya. Y para el caso concreto de estos tres proyectos, el espacio en donde nacieron y se consolidaron fue la casa de Mariano Camacho, o mejor dicho, la biblioteca de Mariano, entre otras cosas porque en el Club estábamos de obras, reparando la vieja estructura de sus paredes y haciendo una nueva fachada y entrada que es la que tenemos hoy.
En algún momento, en una tertulia nocturna, medio en broma, medio en serio, alguien planteó la opción de participar en la política municipal. Aquella idea fue tomando forma y se vio conveniente invitar a otros amigos y conocidos a discutir sobre este asunto. Al final quedaron institucionalizadas unas reuniones amplias en aquella biblioteca los domingos por la mañana. Fuimos definiendo qué queríamos, cuáles eran las ideas que nos unían, y así hasta que llegamos a un punto crítico: ¿cómo materializar aquella participación? Se barajó la oportunidad de crear un partido político de carácter local, o una candidatura municipal, pero veíamos que aquello no sería suficiente. Quedaríamos atrapados en un localismo que no era nuestro objetivo. Estudiamos la posibilidad de incorporarnos a algún partido político de los ya constituidos, como por ejemplo al PSOE, que nos lanzaba mensajes de amor desde Murcia, pero quedó pronto descartado por la deriva socialista de aquellos años, sobre todo con el asunto de la OTAN y las reconversiones industriales.
Pensamos en incorporarnos al PCE, pero aquella idea no contó con el entusiasmo de algunos, los más moderados, por lo que optamos por un «andar despacio», para ver cómo evolucionaba la política nacional, sobre todo en lo que luego se ha llamado «la izquierda del PSOE». Y mientras, en la espera, fue cuando convinimos en que sería necesaria una revista para establecer una vía de contacto con las gentes de nuestro pueblo.
En todas aquellas reuniones, Pascual fue siempre un elemento fundamental. En ellas definió su legendaria forma de intervenir en reuniones y asambleas. Guardaba silencio, escuchaba las intervenciones de los demás, los argumentos, réplicas y contrarréplicas, en definitiva, el debate. Hasta que consideraba el momento oportuno de intervenir, siempre de forma brillante, adecuada, acertada. El caso es que siempre esperábamos su intervención, porque sabíamos que aportaría cosas que se nos habían pasado.
La casa de Mariano pasó a ser la «redacción» de la revista. Se proponían los temas a tratar en cada número y se decidía quién se encargaba de la elaboración de cada artículo y de la corrección. Todo era muy artesanal. Había que mecanografiar los textos en columnas de una anchura determinada que luego se reducía en un porcentaje determinado en fotocopiadoras de alta calidad en Murcia. Había que buscar dibujos, fotografías, letras titulares, etc., que se montaban en unas plantillas definitivas que volvían a ser corregidas.
Con Pascual montamos una pareja perfectamente sincronizada. Los diferentes autores nos entregaban sus textos y nosotros los mecanografiábamos en el formato y medidas adecuados. Pascual dictaba los contenidos, con voz clara y precisa, respetando las pausas y advirtiendo de las comillas, paréntesis y demás signos. Y yo mecanografiaba en diferentes máquinas de escribir, para cambiar el tipo de letra según cada artículo. Unas veces en una máquina Olivetti con la carcasa verde que mis padres me regalaron cuando cumplí dieciséis años. Otras veces con la máquina de escribir, también Olivetti, que Mariano tenía en su biblioteca. Luego, otros amigos corregían los textos, porque con la velocidad y las deficiencias de nuestra formación, las faltas de ortografía y las «erratas, malditas ratas» que decía Mariano, aparecían con cierta frecuencia. Así salieron las primeras revistas. Las ideas para el diseño y la maquetación fueron siempre de Pepe Marín, quien siempre insistía en que tan importante era el contenido como el continente y que nos volvía locos con las nuevas ideas, los nuevos formatos que traía a cada reunión.
Finalmente, cuando «cerrábamos» el número, nos desplazábamos en grupo de la mano de Diego Ríos, el impresor, a las imprentas que él conocía por la provincia para imprimir finalmente los ejemplares. Íbamos el «comité de redacción» al completo porque ayudábamos a Ríos con nuestro trabajo en la impresión y así salía esta mucho más económica.
En una ocasión, cuando ya teníamos que comenzar a mecanografiar un nuevo número, nos enteramos de que el cura de la ermita, que vivía en un modesto piso justo en los accesos a la Estación del Ferrocarril de Espartal, tenía una máquina electrónica que almacenaba en su memoria un renglón de no recuerdo cuántos caracteres y que además admitía el cambio (manual) de los tipos de letra. Y ni cortos ni perezosos, allí que nos fuimos los dos a la casa del sacerdote, en representación del comité de redacción, a pedirle a aquel amable señor si nos permitía hacer unas pruebas. Era un sacerdote joven y nuevo en el pueblo. Y aunque al principio se sorprendió, no puso ningún inconveniente en dejarnos hacer la prueba. Al día siguiente, por la tarde, allí estábamos los dos para mecanografiar un artículo corto y llevar el resultado de la prueba a la redacción.
¡Qué maravilla! Aquella máquina sacaba un trazo mucho más limpio y tenía una velocidad de vértigo. Le regalamos al cura varios números anteriores para que tuviera una idea de cuál era nuestra «línea editorial». Y el hombre encantado nos propuso mecanografiar ese número entero en su casa. Y así lo hicimos. Previo acuerdo de día y hora, dictante y mecanógrafo nos presentábamos en la casa del joven sacerdote, cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo, pero de quien siempre estaremos agradecidos por su ayuda y confianza. Y entre medias, con los datos técnicos y la marca que le dimos, Mariano localizó en Murcia, en una tienda especializada, un modelo similar, pero más avanzado, el último grito, y la compró. Aquel aparato diabólico, que escribía a una velocidad impensable para nosotros apenas unas semanas antes, nos permitió trabajar a otro ritmo y rápidamente sacamos aquel número y otros consecutivos.
Aquella revista que llamamos «En Cieza» no fue la primera revista que hicimos en el Club Atalaya, pero sí fue la primera en tener una cierta continuidad y que dio lugar al «Taller de la Palabra» del Club Atalaya, donde a lo largo de varias décadas hemos sacado adelante revistas, libros, folletos, periódicos, páginas digitales, cartapacios, etc. Revistas como «En Cieza», «En Cieza Digital», «Tras Cieza», «Espartania», «Cuadernos Ciezanos», «El Libro del Esparto» o «El Bartolo» son solo una parte de la intensa labor creativa en la que, con la palabra, el ingenio y el diseño, participamos un gran número de amigos y compañeros, entre los que siempre se encontró en primera línea de fuego Pascual.
Al tiempo que con la revista, comenzamos con otro gran proyecto, como ya se ha dicho unos párrafos antes. La Universidad Popular. Fue un proyecto nacional promovido por un sector del PSOE, cuando este partido todavía conservaba contacto y vínculo con los trabajadores, para promocionar la formación no académicamente reglada de las clases populares en pueblos y ciudades de toda la geografía española. Pepe Marín y Mariano Camacho recogieron aquel desafío y nos plantearon a todos la idea de sacarlo adelante. Coincidimos en aquel proyecto con otras gentes ajenas a nuestro círculo cercano con las que pronto establecimos una muy buena relación de trabajo y finalmente de amistad. Fue una verdadera escuela en equipo que, aunque los resultados finales nunca fueron los que debieron ser, por cuestiones directas de política municipal partidista, sí que fue muy fructífera en lo relativo a nuestra formación. Hablo de métodos de trabajo, sistema de búsqueda de conocimientos, aprendizaje, escritura y redacción de textos, experiencia en el debate y en la puesta en común, etc. Las amistades que se fraguaron en aquel proceso, con personas que ni pensaban ni piensan como nosotros en lo político, se mantienen al día de hoy.
Dos anécdotas sobre aquel proceso. En un determinado momento, la Comisión Nacional de Universidades Populares organizó un curso intensivo de gestores culturales que tuvo lugar en Las Navas del Marqués (Ávila), en el Castillo-Palacio de Magalia, que desde 1946 había sido un centro de la Sección Femenina, pero que desde 1976 había pasado a depender del Ministerio de Cultura. A la Universidad Popular de Cieza le fueron asignadas tres plazas. Por acuerdo del colectivo fuimos designadas tres personas: Pascual, José Carlos y un servidor. ¡Aquello sí que fue una experiencia! Diez días de estancia, de viernes hasta el siguiente sábado… Chicos y chicas jóvenes de todo el territorio peninsular, cursos, encuentros, conferencias, charlas, talleres, debates. ¡Aquello sí que era lujo! No teníamos que preocuparnos de nada. Y la comida… ¡Excepcional! El primer día nos pusieron de segundo para comer «chuletón de Ávila». Creo que ninguno de los dos había comido tanta carne de vacuno en su vida. ¡Era tan grande como media vaca! Y como buen murciano, dice Pascual: «Se les ha olvidado el limón» y allá que vamos y le pedimos a la chica que atendía nuestra mesa un trozo de limón. La que liamos aquel día. Vino hasta el cocinero jefe a preguntarnos si es que la carne estaba mala. A Pascual se le subieron todos los tonos del rojo a la cara y a mí, entiendo que también, solo que no me veía a mí mismo. Al final le explicamos como pudimos a aquel preocupado cocinero que no, que la carne estaba exquisita, pero que éramos de Espartal y que allí le ponemos limón a todo lo que llega a la mesa… o al menos le poníamos, que ahora con las modas universalizantes, hasta al limón hemos renunciado. El hombre se tranquilizó, los demás comensales dejaron de mirarnos como a bichos raros, nos trajeron nuestros sendos limones cuarteados y nos metimos entre pecho y espalda aquel magnífico chuletón de Ávila. Después vino de nuevo el cocinero, muy preocupado el hombre, a preguntar si la carne había sido de nuestro agrado. Claro, qué le íbamos a decir, si aquello estaba riquísimo. Debió de entender que éramos jóvenes de pueblo con limitada experiencia culinaria en gustos castellanos, como así era. El caso es que el chuletón, por estar en el menú, lo comimos casi a diario, pero en nuestro caso, acompañado siempre con medio limón. La buena memoria del cocinero se acordaba de nosotros en cada ocasión.
La otra anécdota ocurrió ya en la fase inmediatamente previa a la puesta en marcha de la Universidad Popular. Y lo dice todo de la naturaleza solidaria de Pascual. En una de las reuniones, nos nombraron a los dos para ocupar los puestos remunerados de gestores culturales de la Universidad Popular. Todos hablaron y apoyaron nuestro nombramiento. Todo decidido. Y como siempre hacía, Pascual habló el último y dijo, más o menos… «Como nosotros dos ya estamos trabajando en el Archivo y tenemos un sueldo, es mejor que los puestos con salario de gestores culturales de la Universidad Popular los cubran dos de los compañeros que están sin trabajo y sin subsidio de desempleo». Y así, como si nada, Pascual renunció por los dos a aquel puesto de trabajo. Uno de los compañeros propuestos renunció más tarde y fue sustituido por otro… Como ya hemos contado, nuestro contrato en el Archivo no fue prorrogado y terminó apenas unos meses más tarde y los de la Universidad Popular resultaron puestos vitalicios. ¡Vaya puntería!
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La vertiente «política» de aquellas reuniones en la casa de Mariano tuvo como resultado la creación de la Plataforma Contra la OTAN, de la que Pascual fue uno de sus promotores, a la par de todos nosotros. Incluso un martes de carnaval ganamos un concurso de disfraces en el Club Atalaya que consistió en dos billetes gratuitos para ir a Madrid en el tren que salió de Cartagena, lleno hasta los topes, para asistir a la gran manifestación anti OTAN del 23 de febrero de 1986. Ojo con los carnavales, que Pascual no se perdía ni uno. En una ocasión memorable hizo estragos vestido de demonio, con un tridente y un búho en el hombro. Historia que queda para otra ocasión.
De aquella Plataforma anti OTAN y de la derrota en el referéndum de 12 de marzo de 1986 que aglutinó a siete millones de votos, surgió a finales de abril de aquel año Izquierda Unida. Y ahí estuvo Pascual. Una vez más. En primera línea, constatando su forma de participar en las cosas, incluso en la política. La discreción y la modestia. Entender la acción desde lo colectivo. Recuerdo ir con Pascual por las noches a las casas de viejos amigos, de antiguos militantes, para convencerles de que era necesario incorporarse a la lucha política. Y la verdad es que hubo mucho éxito en aquel empeño. No cabe duda de que fue por el carisma de Pascual. Y de aquella Plataforma anti OTAN vino la participación del colectivo de la casa de Mariano en la vida política del pueblo de Espartal durante varias décadas en forma de Izquierda Unida.
Hay mucho, pero mucho que contar sobre este genial hombre que es Pascual. Digo que es, porque sigue estando. No se ha ido. Como no se ha ido ninguno de los nuestros. Siempre activo, siempre prudente, haciendo el trabajo menos visible, pero con una capacidad intelectual tremenda. Pocos intelectuales han tenido una influencia tan grande en su comunidad, en su pueblo, y han sido al mismo tiempo tan poco conocidos. Alma mater de las revistas, con artículos, firmados o anónimos, sobre vocabulario chito, sobre prácticas culturales, sobre la Universidad Popular, sobre la cultura en general o sobre el esparto… y en especial su obra favorita, en la que puso mucho empeño, además de su ingenio e inventiva: el periódico satírico El Bartolo.
Hace unos años, el ayuntamiento de Espartal, sin duda en un arrebato de una fiebre de verano, en un imposible intento de medir el tiempo, concedió al Club Atalaya un reconocimiento (¡qué cosas!) por nuestros primeros cincuenta años de existencia. Parece qué por lo del que dirán fue un segundo puesto, un premio de plata. ¡No llegamos al oro! ¡dita sea! Pero allá que fuimos a recogerlo, como siempre, todos juntos. Y cuando llegó el momento de recoger aquella placa donde estaba grabado en letra de filigrana nuestro honroso segundo puesto, desde el tendido de sombra de los ediles reacios a la concesión incluso de aquel segundo premio, se oía un coro que gritaba: «a estos no, a estos no, que son los del Bartolo». Y una concejala muy airada sacó incluso varios ejemplares que mostró al respetable a modo de prueba de cargo. Y Pascual, allí sentado, entre el público, viendo, escuchando y disfrutando. Sonriendo y diciendo aquella desconcertante coletilla suya de «¡eh, eh, eh,!» De la que nunca entendimos si preguntaba, exclamaba o afirmaba.
Las Semanas de Cine Mágico del Club Atalaya no pueden ser entendidas sin Pascual, al igual que las Semanas Republicanas y de la Memoria Histórica, el Museo del Esparto, o la olvidada fiesta de la Plaza de los Carros, el Memorial de Mariano Camacho y, en especial, la Atalayica, la escuela infantil del Club Atalaya en la que, junto con Aurelio, Fernando, Tuli, Jero, Caty, Paquita y otros nombres que me dejo en el tintero, educaron a miles de niños de este pueblo olvidadizo de sus héroes.
Admiró y fue alumno y amigo del alma de Mariano Camacho, de Pepe Marín, de Jerónimo Miralles, de Juanjo Martínez Soler, de Agustín Cano, de Pascual el Paisia o de Jerónimo Villa. De los esparteros del Museo del Esparto, los del retablo de las sillas vacías que escribió Pepe. De Paco el Wuey, de Avilés y de todos nosotros los que seguimos aquí, en la trinchera.
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Pascual leyó y escribió mucho. Más de lo que podemos imaginarnos. Y una cosa y la otra la hizo con modestia en el sentido de no hacerla pública más allá del círculo más cercano de amigos. Uno de los autores que leímos durante el servicio militar fue Gustave Flaubert. A Pascual le encantaba el gran escritor del realismo francés del siglo XIX. A lo largo de la vida, leímos y desmenuzamos muchas veces «Madame Bovary» y «La educación sentimental», porque cuando hicimos la primera lectura no terminamos de entender, por nuestra juventud, en toda su dimensión, aquellas obras. Y por eso quiero traer «La educación sentimental» a colación al final de este escrito. En esta obra, Flaubert aborda varias cuestiones en el contexto del vacío existencial de la burguesía francesa de la mitad del siglo XIX, del conflicto permanente entre los ideales románticos y la cruda realidad. Por un lado, la desilusión y el fracaso de la voluntad de sus principales protagonistas; por otro, el conflicto entre el idealismo romántico y el materialismo burgués y capitalista. Estas condiciones y contradicciones llevan a la banalidad de la existencia humana, a la vida insustancial, a la corrupción de la memoria y a la angustia por el paso insulso, vacío, del tiempo. En el capítulo final de la novela, en sus últimos párrafos, los protagonistas se encuentran al final de sus vidas y solo son capaces de recordar y poner en valor vital, como gran metáfora de una vida vacía, la experiencia sórdida y trivial del paso por un triste burdel.
También leyó Pascual —leímos los dos—, la gran novela de Nikolai Ostrovski, «Así se templó el acero». La antítesis del mundo que refleja Flaubert en su novela. La antítesis del modelo de juventud. En el caso de «Así se templó el acero», el protagonista madura desde la pobreza, desde la condición humilde, hasta convertirse en una persona con conciencia social y revolucionaria que, ante las dificultades, moldea su carácter y su naturaleza, hasta que se hace fuerte como el acero.
Nosotros vivimos nuestra experiencia vital, nuestra propia «educación sentimental». Pero la vivimos madurando desde nuestra condición humilde, desde las cuestas de los pobres, hasta convertirnos en personas con conciencia social e implicadas en las luchas por las transformaciones y por la justicia social. Y lo hemos hecho siempre desde lo colectivo, desde nuestro Club Atalaya. Pascual fue un luchador de largo, larguísimo recorrido. Un imprescindible de los que luchan toda la vida. Fue un revolucionario tierno, cariñoso y fraternal que entendió la vida como lo más preciado que poseemos las personas, como algo que se nos otorga y disfrutamos una sola vez y que él, con un gran altruismo, dedicó a la lucha. Siempre desde la ternura y el cariño, consciente y resistente, fuerte como el acero.
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Una tarde, vino Pascual a su Club Atalaya, como lo hizo siempre, sin avisar, como quien no quiere la cosa. Estuvimos hablando por la tarde, luego pasamos a nuestra cantina y nos tomamos unas cervezas con María, Andrés, Nati y Garci. Él, sin alcohol, como desde hacía tiempo. Organizamos el mundo y nos reímos con sus salidas ingeniosas. Luego, los dos, nos fuimos juntos, como siempre, parando en cada esquina para profundizar en algún aspecto de la conversación, como hacíamos desde el día que nos conocimos. Así llegamos a la última esquina, a la que hacía de punto de bifurcación. Allí, siguiendo el viejo patrón de nuestras conversaciones, hablamos hasta entrada la madrugada… En un momento dimos por terminada la conversación y con un «nos vemos», cada uno tiró para su casa. Fue la última vez que nos vimos. Apenas unos días después se fue para el otro lado. A las grietas y recovecos de este pueblo de ecos ensimismados que también decía Pepe Marín. Sabemos que está. Lo sentimos. Pero no lo vemos…
Podría seguir escribiendo sobre Pascual tantas palabras como estrellas tiene el cielo en una noche oscura. No hay papel que pueda abarcar una vida como la suya y una amistad como la nuestra. Como no se trata de contarlo todo de una vez, dejo mucho para otras escrituras, para otros textos. Por hoy es suficiente. Solo un último párrafo…
Pascual es el ejemplo paradigmático del intelectual en la sombra, pero por modestia natural, porque nunca aspiró a ningún protagonismo personal. Siempre se vio y se entendió a sí mismo junto con sus amigos, en lo colectivo. Y tengo que decirlo. Pascual se vio y se entendió, y entendió el mundo, como comunista. Como comunista del Club Atalaya. Y no solo nunca renunció a esa condición, sino que la llevó siempre, como una forma de vida, con mucho orgullo.
Y como las paredes del Club Atalaya son elásticas y porosas, nos llega entre los ecos del otro lado un nítido ¡Eh, eh, eh…! Y seguimos sin entender si pregunta, exclama o afirma. O todo en el mismo tiempo.
En el Club Atalaya – Ateneo de la Villa,
tu territorio y el nuestro,
en tiempos de primavera de 2026.
Publicado en el libro VI Memorial Mariano Camacho,
editado por el Club Atalaya – Ateneo de la Villa.
Cieza – 2026













