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Al sureste de una península fantástica hay un pueblo lleno de voces y ecos, atrapado en una pena grande y prolongada para la que no se ha encontrado remedio. Se llama Espartal y está confundido en la física elástica del tiempo ensimismado. Las voces y los ecos no terminan nunca de apagarse porque se realimentan del otro lado a través de las grietas que producen en el tiempo y en las cosas esa endiablada física flexible de la que todavía no se han descubierto sus leyes.

Así que a los hechos, siempre relativos, le acompañan los sueños y las experiencias fantásticas e irreales. Todo cierto y mudable al mismo tiempo. Cierto porque ya ha quedado recogido en las letras impresas de un libro que es lo que al fin y al cabo fija la realidad y mudable porque ha sido construido según le ha venido en gana al autor que ha juntado, no sin gran esfuerzo, todas las letras, tanto las impresas y visibles como las no impresas, sugeridas y supuestas. Espartal no tiene límites, es universal. En este pueblo tan peculiar cabe toda la geografía del mundo y las gentes que la pueblan, incluso caben, un poco apretadas eso sí, en la habitación de una de sus dúctiles casas. Y por si fuera poco sus gentes tienen un don similar al de la ubicuidad geográfica y temporal, por lo que se permiten el lujo, que en ocasiones puede ser un castigo, de estar donde quieren y cuando quieren. Les basta con pensarlo, incluso a veces el deseo o el pensamiento son innecesarios y están en todos los sitios y al mismo tiempo, porque sí.

La recomendación que aquí se hace al que ha llegado leyendo hasta este párrafo es que visite Espartal a través de las páginas de este libro. Al menos para empezar. Con suerte puede que durante la lectura encuentre la clave de la física elástica y pueda ya desplazarse libremente a Espartal, desde el lugar en el que lea este libro, a través de algunas de las oquedades que resultan al juntar las historias que aquí se cuentan. Por si te sirve de motivación añadida, estimado lector, entre otras muchas cosas, muy interesantes todas ellas, hay escondido en este pueblo los restos de lo que fue un ingente tesoro verdadero, de oro y plata. Llegó de noche a lomos de un tren cuasi fantasmal y fue gastado en una guerra cruenta, inacabada e intemporal. Aunque no te lo creas, en estas páginas se cuenta cómo llegó a Espartal y dónde está escondido.

URSS

OCTUBRE, IMPERIALISMO Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE LOS OTROS

OCTUBRE, IMPERIALISMO Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE LOS OTROS

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

El 24 de noviembre de 1928, la poetisa Marina Tsvetaeva

publicó en las páginas de la revista rusa Eurasia,

editada en París, el siguiente saluda dirigido al poeta Maiakovskii:

“El 28 de abril [de 1928], la víspera de mi marcha de Rusia,

por la mañana temprano … me encontré con Maiakovskii.

– Bueno Maiakovskii, ¿qué mensaje transmito a Europa de su parte?

– Que la verdad está aquí.

El 7 de noviembre de 1928 [aniversario de la Revolución de Octubre

según el nuevo calendario], ya tarde por la noche,

saliendo del Café Voltaire [en París], a la pregunta:

– ¿Qué dice usted sobre Rusia tras la lectura de Maiakovskii?

Sin dudarlo contesté:

– La fuerza está allí”.

I.- El Plan.

Entre los meses de octubre de 1947 y marzo de 1948 tuvo lugar en Alemania, en la zona ocupada por los EEUU, el llamado “Proceso Contra los Crímenes de Raza”, en el que fueron juzgados catorce altos cargos de la Dirección General de las SS para las Cuestiones de la Raza y los Asentamientos de Población. El proceso fue rápido. Ulrik Greifelt, la persona considerada como máximo responsable de la mencionada Dirección General fue condenado a cadena perpetua, los demás a condenas que oscilaron desde los 25 años a los dos años. Greifelt murió en prisión en 1949. Rijard Gildebrandt fue entregado a Polonia y condenado a muerte. Los que fueron condenados a penas de 25 y 20 años fueron puestos en libertad entre 1951 y 1954.

Los condenados a penas menores quedaron en libertad a la finalización del proceso. Entre ellos Konrad Meyer-Hetling, un especialista en genética del trigo que después de trabajar en varias universidades y centros de investigación, fue nombrado en 1934 profesor en la Facultad de Agricultura de la Universidad de Berlín y Director del Instituto de Agricultura y Política Agrícola.

Entre 1934 y 1945, Meyer-Hetling fue uno de los mayores especialistas en política agraria de Alemania y en los problemas del espacio vital agrícola alemán. Precisamente en su calidad de especialista en política agraria y espacio vital se incorporó en 1940 al proyecto de elaboración del “Plan General del Este”, en el que trabajó hasta la desaparición del Reich en 1945.

Durante las sesiones del juicio en 1947-1948 salió a relucir de manera superficial el Plan General del Este. Meyer-Hetling logró “convencer” al Tribunal de que sólo era un proyecto apenas avanzado que nunca sobrepasó su fase inicial. Una vez convencido, el Tribunal dictaminó que lo elaborado por Meyer-Hetling entraba dentro de sus obligaciones como funcionario, que el Plan no preveía la realización de ningún tipo de crímenes y que, finalmente, dicho Plan nunca fue elaborado definitivamente y mucho menos aprobado para su puesta en práctica. En definitiva el acusado no tenía ninguna responsabilidad en los crímenes cometidos en el este de Europa, responsabilidad exclusiva de Himmler.

Ya en 1949, Meyer-Hetling había vuelto a su actividad investigadora y pedagógica y en 1956 fue nombrado profesor de la Cátedra de Planificación Estatal e Investigación del Espacio Vital en la Facultad de Fruticultura y Agricultura de la Universidad Técnica de Hannover, donde trabajó hasta su jubilación en 1968. Murió en el año 1973.

Llama la atención dos palabras que de forma constante van unidas al curriculum de Meyer-Hetling y que forman parte de la historia de Alemania desde antes de su unificación y constitución como Estado nacional en 1871: espacio vital.

El caso es que, a pesar de lo dictaminado por el tribunal norteamericano, el Plan General del Este sí existía, perfectamente elaborado y detallado en todos sus aspectos por una gran cantidad de especialistas y técnicos de universidades y centros de investigación de todo tipo, coordinado precisamente en la Dirección General de las SS para las Cuestiones de la Raza y Asentamientos de Población.

Tras el fin de la guerra, durante décadas, el Plan estuvo en los archivos alemanes esperando a que llegaran los tiempos propicios para poder hablar de él. Es cierto que algunas de sus partes todavía no han sido localizadas o quizá se encuentren “congeladas” en virtud de sus contenidos.

La tesis fundamental del Plan es que el alemán es un pueblo sin espacio vital para su desarrollo y que dicho espacio vital se encuentra situado en el continente euroasiático, precisamente en las tierras del este, en concreto y en una primera fase en el espacio comprendido entre las fronteras orientales del Reich antes de la guerra y los Urales. Se trata en definitiva de un detallado plan de colonización que prevé la explotación de territorios considerados coloniales en todos sus aspectos: recursos minerales, energéticos, forestales, hidráulicos, etc.

Un aspecto importante del plan lo constituía la planificación del territorio que llevaba implícita la creación de granjas agrícolas familiares con superficies comprendidas entre las 30 y las 100 hectáreas y de grandes explotaciones agrícolas de tipo empresarial. Asimismo, estaba prevista la creación de nuevas ciudades de tamaño medio que no debían sobrepasar los doscientos mil habitantes, destinadas exclusivamente al asentamiento de la población germana.

Un componente determinante del plan era la “limpieza” previa del territorio, concepto que conllevaba la eliminación física de millones de personas por la aplicación planificada de políticas de hambre y de propagación de enfermedades, por la utilización de campos de exterminio o por el traslado de millones de personas a territorios lejanos situados al este de los Urales. En definitiva se trataba de tener un control total de la población considerada “indígena” que permitiera el mantenimiento de la mano de obra necesaria, estimada en unos catorce millones de personas.

La importancia histórica del Plan viene dada por el hecho de que muestra de forma clara y evidente que la causa última de las guerras iniciadas por Alemania en 1939 era en definitiva económica. Se trataba de la puesta en marcha de un amplio proyecto de expansión territorial que permitiera el desarrollo de su economía más allá de los estrechos marcos económico-territoriales que le habían sido impuestos al capitalismo alemán como consecuencia de su derrota en la primera Guerra Mundial y de la Paz de Versalles.

Por otro lado, el Plan General del Este muestra que las guerras de expansión alemanas en Europa durante los años 1939-1945 no son obra de unos locos descerebrados guiados por Hitler, sino consecuencia directa de las necesidades de expansión del capitalismo alemán dirigido por hombres brillantes que entendieron aquellas necesidades y elaboraron complejos planes para satisfacerlas.

La política de limpieza étnica en Europa, es decir, el exterminio planificado de eslavos, judíos o gitanos, por citar los ejemplos más representativos, no fue otra cosa que la eliminación de la población previamente calificada como “indígena” a partir de políticas económicas posteriormente justificadas a través de principios ideológicos y raciales.

El hecho de que estas políticas de exterminio y traslados masivos de la población adquiriera la forma aparente de persecución étnica en el discurso político nacional-socialista está relacionado con la justificación ideológica de la expansión económico-territorial ante la propia sociedad alemana. Ser o no ser considerado ario fue siempre una decisión política de las autoridades del Reich que se aplicó tanto en el interior de Alemania como en los territorios ocupados.

La gran tragedia para la conciencia social europea fue que el capitalismo alemán, en su forma política de nacional-socialismo, se atrevió a aplicar en territorio europeo, en el núcleo de la civilización europea, las políticas de exterminio que venía aplicando en las colonias lejos de los ojos del mundo civilizado. Cuando esas mismas políticas fueron aplicadas por los países imperialistas allende los mares, en el llamado Congo Belga, en Australia o en la India, por poner sólo tres ejemplos representativos, lejos de la vista de los civilizados europeos, la falta de respeto absoluto por las poblaciones indígenas y su utilización según los intereses de las metrópolis bien como mano de obra, carne de cañón en sus ejércitos coloniales, o el exterminio cuando así fue considerado necesario, no removieron las conciencias de nadie.

* * *

El capitalismo alemán llegó tarde a muchas cosas, entre ellas a la constitución de un Estado nacional propio. Durante la mayor parte del siglo XIX todo el esfuerzo alemán estuvo dirigido a la creación de un Estado poderoso que agrupara, si no a la totalidad, al menos a la mayoría de los pequeños Estados, ciudades y territorios considerados “alemanes”. Cuando finalmente Alemania creó su Estado, con la ausencia de Austria, el esfuerzo de los años posteriores fue dirigido principalmente a su consolidación política y económica en Europa, amenazado como estuvo desde el principio por Francia que veía precisamente un gran riesgo en su consolidación.

También llegó tarde al reparto colonial. Sólo cuando dio por finalizada la fase de consolidación estatal y territorial en Europa central, ese mismo Estado, como expresión política de su capitalismo imperialista, inició la búsqueda de una participación más ambiciosa en el reparto colonial del mundo. Por este motivo fueron convocados el Congreso de Berlín de 1878 y la Conferencia de Berlín de 1884-1885. Ambos eventos políticos tuvieron como objetivo imponer un reparto mundial más equitativo, desde el punto de vista alemán evidentemente, de las esferas de influencia económica y de los territorios dominados directamente en forma de colonias.

En el “Imperialismo como fase superior del capitalismo”, Lenin dice: “El geógrafo A. Supan en su libro El desarrollo territorial de las colonias europeas, llega a la siguiente conclusión sobre este desarrollo a finales del siglo XIX… ‘la característica principal de este periodo es el… reparto de África y Polinesia’. Toda vez que en Asia y América no hay tierras libres, es decir que no pertenezcan a ningún Estado, las conclusiones de Supan hay que ampliarlas y decir que la característica principal del periodo estudiado es el definitivo reparto de la Tierra. No en el sentido de que no es posible un nuevo reparto, al contrario los repartos son posibles e inevitables, sino en el sentido que la política colonial de los países capitalistas ha acabado apoderándose definitivamente de todas las tierras no ocupadas en nuestro planeta. El mundo por primera vez ha sido totalmente repartido, así que en el futuro los nuevos repartos sólo serán posibles en el sentido de pasar de un propietario a otro” (LENIN V. , Imperializm, kak visshaia stadiia kapitalizma, [1917] 1953).

A principios del siglo XX todos los territorios del planeta habían sido repartidos entre las grandes potencias económicas, bien en forma de colonias, bien en esferas de influencia económica. Pero como señala Lenin, eso no significaba que deberían cesar los nuevos intentos de redistribución de esos territorios y esferas de influencia económica entre las potencias capitalistas, lo que en definitiva llevaba al enfrentamiento militar por el dominio del mundo, enfrentamiento que dio lugar en 1914 a la locura de la Gran Guerra.

II. Las raíces de la revolución.

El capitalismo se consolidó en Europa central y occidental y se expandió por el resto del mundo sobre una dualidad básica. Por un lado el capitalismo central, que se corresponde con los países capitalistas de Europa occidental y con los Estados Unidos de Norteamérica y más tarde Japón y Australia. Es el núcleo dominante del capitalismo, donde se concentra la práctica totalidad del capital industrial y financiero así como las instituciones y mecanismos para su control. Por otro lado la periferia del capitalismo, es decir los países y territorios que en una forma directa o indirecta están dominados o bajo control del capitalismo central, bien en forma de colonias o ya posteriormente en forma de países formalmente independientes pero con sus economías totalmente dependientes y sometidas al capitalismo central.

La Rusia imperial del siglo XIX y de principios del siglo XX era precisamente una economía dependiente y sometida al capitalismo central. Las grandes inversiones de Francia en la construcción de los ferrocarriles rusos son quizá el elemento más evidente de la penetración del capitalismo en Rusia, pero no es el único.

Por cierto, el gran auge del ferrocarril en el siglo XIX, idealizado como icono del progreso, está íntimamente ligado a la penetración del capitalismo, a la explotación de grandes territorios, a la destrucción de las economías locales y a la pauperización de las poblaciones autóctonas. El ferrocarril en tierras continentales, como la flotas inglesa, holandesa o francesa, en mares y océanos, fueron construidos como grandes arterias por las que eran succionados los recursos naturales, las materias primas o las producciones agrícolas de los territorios que atravesaban. Fue suficiente la construcción del ferrocarril transcontinental norteamericano para que desaparecieran, exterminadas en pocos años, las manadas de millones de cabezas de bisontes que los indios de Norteamérica habían ayudado a mantener a lo largo de miles de años con sus rudimentarias, pero efectivas, técnicas de fuegos en las praderas. Las pieles de aquellos colosos eran transportadas en cuestión de días a la costa este norteamericana y desde allí distribuidas a toda Europa.

Lo mismo ocurrió con la construcción del ferrocarril transiberiano, financiado principalmente con capital francés. Fue concebido y construido para trasladar todo tipo de recursos y mercancías, entre ellas el preciado trigo ruso, desde las vastas tierras de Siberia y de la Rusia europea hasta los mercados de Europa occidental. Su construcción fue de la mano del empobrecimiento del campesinado ruso hasta niveles no conocidos con anterioridad. De forma simbólica podría afirmarse que la construcción del ferrocarril en Rusia provocó la Revolución de Octubre.

La importancia del ferrocarril en la depredación capitalista fue tan relevante que uno de los capítulos básicos del Plan General de Este, del que hablábamos antes, fue la construcción de un nuevo ferrocarril transcontinental que uniera Berlín con el océano Pacífico, pero con capacidad de multiplicar hasta el infinito la depredación de estos territorios. Sus dimensiones eran colosales, con ancho de vía de 3,5 metros y vagones de pasajeros y mercancías de ocho metros de ancho y siete de alto, tirados por poderosas locomotoras que debían alcanzar los 250 kilómetros por hora. Aunque con la derrota alemana el ferrocarril nunca llegó a construirse, todavía se conservan en Berlín los restos de la estación ferroviaria de Anhalter que, según lo planificado, era una de las grandes estaciones de las que debían partir los trenes hacia los inmensos territorios de Eurasia.

* * *

La abrupta incorporación de la economía rusa al capitalismo periférico como economía dependiente llevó a una pronta pauperización del campesinado ruso que tras el decreto de liberación en 1861 fue sometido a un rápido y desequilibrado proceso de monetización. Las raíces de la revolución rusa se encuentran precisamente en las reformas de 1861, las cuales supusieron un intento radical de modificación de la propiedad de la tierra en Rusia. Los desajustes producidos durante este proceso hicieron madurar en el campesinado ruso una “conciencia de clase campesina” como nunca antes había tenido lugar en ningún otro lugar ni en ningún otro campesinado.

La legislación que amparaba la Reforma de febrero de 1861 (MAKSHEEV, 1899) reglamentaba la salida de los campesinos de señorío del sistema de servidumbre y afectaba por tanto a las haciendas de la aristocracia, en las cuales era práctica habitual que las tierras estuvieran divididas en dos grandes lotes. Por un lado las tierras cultivadas y gestionadas en forma de comunidad por los campesinos para su propia subsistencia. Estas tierras representaban, por lo general, entre el 50% y el 70% de la hacienda señorial. El resto de la tierra quedaba a disposición del señor que, o bien la ponía en cultivo con el trabajo directo y obligatorio de sus campesinos siervos, o la mantenía como fondo de reserva.

Con la reforma de febrero de 1861 los campesinos debían recibir en “propiedad” las tierras que ya trabajaban a cambio de pagar una determinada compensación económica en favor del señor propietario. Tanto el lugar de ubicación de las parcelas, como su tamaño y la compensación a pagar al señor en dinero o trabajo, quedaban establecidos de mutuo acuerdo entre las partes o bien según las normas recogidas en la legislación.

En principio, las parcelas de tierra eran entregadas en usufructo a las haciendas familiares campesinas, “dvor” en ruso, con derecho a ser transmitidas por herencia en el ámbito de la misma hacienda familiar. Era una situación temporal que debía prolongarse como máximo nueve años, a partir de cuyo plazo se entendía que los campesinos habrían acumulado suficiente dinero para poder pagar un rescate en dinero por sus parcelas de tierra. Durante este periodo de nueve años los campesinos dejaban de ser siervos y pasaban a convertirse en “temporalmente-obligados”.

No obstante, la misma normativa de la Reforma de 1861 recogía la posibilidad de que las unidades familiares, “dvor”, obtuvieran la propiedad de la tierra previo pago de un rescate por ella al aristócrata propietario. Para que la ausencia de dinero en las familias campesinas no fuese un problema a la hora de pagar el rescate por la tierra, el mismo podía realizarse con la ayuda de un crédito especial (crédito de rescate) concedido por el Estado a los campesinos. El rescate en forma de dinero era pagado inmediatamente a los aristócratas como adelanto por el Estado y el campesino se obligaba a devolver dicho adelanto al Estado en un plazo de 49 años mediante cuotas anuales y un interés fijo del 6% anual.

Tanto el crédito de rescate concedido por el Estado como los pagos anuales fueron calculados a partir del dinero que pagaban los campesinos al señor en concepto de “obrok”. Con el paso del tiempo quedó claro que tanto los pagos que se hacían en “obrok”, como posteriormente los pagos anuales para amortizar los créditos de rescate superaban en mucho la rentabilidad de la tierra recibida por los campesinos, lo que condicionó todo el proceso posterior a la Reforma.

En cuanto a la tenencia de la tierra, la Reforma respetó las formas comunales ya existentes en cada región, las cuales eran en lo fundamental dos: tenencia “podvornaia” y tenencia comunitaria. En la forma de tenencia “podvornaia” (pod = bajo, dvor = hacienda familiar), que puede ser traducido como tierras bajo control de la hacienda familiar, las parcelas de las haciendas se repartían y entregaban a las familias que componían la comunidad una sola vez tras un inicial y único reparto y quedaban para siempre bajo la administración y usufructo de una misma unidad familiar o “dvor”, mientras existiera como tal. En la forma de tenencia llamada comunitaria, la comunidad campesina se encargaba de distribuir las parcelas entre las haciendas familiares cada cierto tiempo (entre 9 y 12 años como norma general) (JAUKE, 1914).

El rescate de la tierra por los campesinos sólo podía hacerse con el consentimiento de los señores, lo que llevó a que durante largo tiempo la cantidad de tierra realmente rescatada no fuese mucha. Los señores se habían limitado a entregar la tierra en usufructo con derecho a herencia que convertía a los campesinos en “temporalmente-obligados”. A esta situación, que en realidad prolongaba de forma encubierta la servidumbre, se intentó poner fin mediante la ley de 28 de diciembre de 1881 (veinte años después), que convertía el pago de rescate de la tierra en forma monetaria en obligatorio, asumiendo el Estado ruso el pago por adelantado del rescate a la aristocracia. El resultado fue que los campesinos se vieron con una inmensa deuda ante el Estado que debían satisfacer en cuotas anuales en forma de pagos con dinero en metálico, lo que acabó convirtiéndose en un gravoso alquiler por las tierras que ocupaban.

Si bien es cierto que tras esta ley las relaciones de dependencia entre señores y campesinos en cualquier forma de servidumbre o de “temporalmente-obligados” quedaron abolidas definitivamente, no es menos cierto que la situación económica del campesinado ya se había convertido para aquellas fechas en desesperada, por lo que la misma ley de 28 de diciembre de 1881 recogía medidas para rebajar el importe de los rescates a pagar por las tierras.

El volumen de los pagos variaba de una región a otra y del tipo de señorío al que los campesinos hubiesen estado vinculados durante la vigencia de la servidumbre. Así, si los campesinos procedían de tierras pertenecientes al Estado, es decir, si eran “campesinos estatales”, los pagos anuales en dinero suponían en algunas regiones el 92,75% de todas las rentas procedentes del cultivo de la tierra. En otras regiones el pago que realizaban los antiguos campesinos estatales llegaba al 100% de las rentas.

Pero esta no era la peor situación. Dependiendo de la valoración de las tierras realizada inicialmente en el momento de la liberación, los campesinos de varias regiones procedentes de los antiguos señoríos aristocráticos tenían que pagar entre el 180% y el 198% de las rentas procedentes del cultivo de la tierra. En el caso de los campesinos cuyas propiedades no eran lo suficientemente grandes, los pagos llegaban a suponer el 275% de las rentas.

Esto significaba que las familias campesinas se veían forzadas a trabajar al margen de su actividad agrícola para poder obtener los ingresos necesarios que les permitiesen no sólo pagar la tierra, sino pagarse un mínimo sustento. Además, tenían que hacer frente al pago de otros impuestos que aumentaban a cifras disparatadas las obligaciones monetarias de los campesinos, en una economía agrícola en la que precisamente apenas si circulaba el dinero.

La inmensa mayoría de los campesinos estaban adscritos a comunidades campesinas que eran las propietarias finales de la tierra y sobre las que recaía en última instancia la responsabilidad colectiva del pago del rescate de las tierras (JAUKE, 1914). El importe de los pagos de los campesinos por las tierras pertenecientes a las comunidades fue de 90 millones de rublos en el año 1902. Una cantidad astronómica para la Rusia de aquellos años que suponía, para que nos hagamos una idea, más de tres veces el dinero recibido por el campesinado por la exportación del trigo en aquel mismo año.

Ante aquella situación desesperada el Estado ruso intentó poner soluciones parciales que no afectaron a la raíz principal del problema. Así, en febrero de 1894 fue autorizado un aumento en los plazos para el pago de los rescates. Como la situación económica de las haciendas familiares no mejoraba, fueron tomadas nuevas medidas legislativas en 1896 y 1899 para el aumento de los plazos de pago y para la reducción de los importes pendientes de los rescates mediante una quita parcial.

No es de extrañar que la liberación del pago de los rescates fuese una de las grandes reivindicaciones de los campesinos en la revolución de los años 1905-1907. De hecho, el Gobierno ruso rebajó por decreto el volumen de los pagos hasta los 35 millones de rublos en el año 1906 y hasta los 500.000 rublos al año siguiente. Finalmente, mediante la ley de 3 de noviembre de 1905, que entró en vigor el 1 de enero de 1907, fue realizada una condonación general de la parte de los créditos de rescate todavía pendiente de pagar (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1914, 1915). Esta última medida llegó tarde y fue consecuencia directa del susto que produjo en las elites rusas la seria advertencia revolucionaria de 1905-1907.

* * *

Esta terrible situación económica generaba, entre otras cosas, una grave crisis de subsistencias que, trasladada a la vida cotidiana de la población campesina, se manifestaba en forma de hambre crónica durante décadas y enfermedades de todo tipo, en especial carenciales… “Uno de los creadores de la organización monárquica <Unión Nacional de toda Rusia>, Mijail Osipovich Menshikov, escribió en el año 1909: <cada año que pasa el ejército ruso se convierte en más débil e incapaz … De tres muchachos jóvenes es difícil elegir a uno completamente útil para el servicio militar… La mala alimentación en la aldea, la forma de vida vagabunda en busca de trabajo temporal, los matrimonios tempranos que exigen un trabajo intenso prácticamente desde la edad adolescente, estas son las causas del agotamiento físico… Resulta terrible hablar de las carencias que sufren los jóvenes reclutas antes de su incorporación a filas. Cerca del 40% de los llamados a filas comieron carne por primera vez en su vida al incorporarse al servicio militar. En el ejército el soldado come, además de buen pan, sopa de carne y papilla, es decir de aquello de lo que muchos en las aldeas no saben ni que existe…>. Exactamente los mismos datos ofrece el General Comandante en Jefe V. Gurko en relación con los llamamientos a filas comprendidos entre los años 1871 y 1901, cuando informa que el 40% de los jóvenes campesinos han probado la carne por primera vez en la vida al incorporarse al ejército” (ARTIOSHENKO, 2015).

Estas carencias en la alimentación no podían dejar de reflejarse en la estatura media de los jóvenes reclutas que se incorporaban a filas. En las regiones de la Rusia central, la media de estatura de los jóvenes era de 160,5 cm.; observándose incluso una cierta regresión con respecto a indicadores de años precedentes que mostraban una estatura media de 163,8 cm. para los jóvenes de semejantes características (KUPTSOV, 2002).

Pero no era la carne la única terrible carencia. Los campesinos no podían consumir ni el trigo ni el centeno que cultivaban y que obligatoriamente destinaban a la venta para poder obtener parte del dinero necesario para el pago en moneda de la deuda crediticia con el Estado y que en definitiva acababan siendo exportados en los nuevos y flamantes ferrocarriles construidos mayoritariamente con capital francés… “Lo exportamos todo: el pan, la carne, los huevos, y junto con esto exportamos parte de nuestro suelo, exportamos hasta nuestros propios cabellos, como dijo Vishegradskii, nosotros no comemos, pero exportamos” (NECHVOLODOV, 1906). La falta de estos cereales en la ración alimenticia daba lugar al consumo de otros productos de sustitución de segunda o tercera categoría que en muchos casos producían enfermedades en el aparato digestivo que llevaba a mortandades generalizadas entre la población campesina.

El gran escritor Lev Tolstoi tiene una amplia producción de artículos en los que describe esta situación terrible. En los años 1891-1893 se desató una terrible hambruna que afectó prácticamente a toda Rusia. Tolstoi, que conocía la vida campesina de primera mano y que vivía en su hacienda cerca de la ciudad de Tula, a unos doscientos kilómetros de Moscú, recorrió las regiones de Tula y Riazan ayudando a tomar medidas para evitar las trágicas consecuencias del hambre. Para ello colaboró en todo tipo de actividades, desde la recogida de dinero hasta la organización de comedores gratuitos para todos aquellos que no podían comer… “en total había 246 comedores, en los que se alimentaban entre diez mil y trece mil personas”, escribió el propio Tolstoi en el informe sobre el empleo de los recursos económicos recaudados (TOLSTOI, Otchet ob upotreblenii pozhertvovannij deneg s 12 aprelia po 20 iulia 1892 g (O pomoschi golodaioschim), 1892).

En uno de sus artículos más impactantes, tanto que su publicación inicial fue censurada, escrito en el año 1891 y publicado en 1892, que lleva por título “O golode” (Sobre el hambre), escribió que la causa principal de la hambruna no era la falta de cereales, sino la falta de lebeda, una hierba del genero Atriplex de la que se utilizaban las semillas para mezclarlas con la harina de cereales. Ante la falta de cereales, los campesinos preparaban el pan mezclándolo con lebeda, en porcentajes del 50% o más, lo que en palabras de Tolstoi daba un pan negro como la tinta, muy duro y muy amargo e insalubre: “Este pan lo comen todos, los niños, los enfermos, las embarazadas y las madres que alimentan con pecho a sus hijos”. Ante la falta de comida, “la lebeda la recogen verde, antes de madurar, sin los granos blancos que habitualmente tiene esta hierba cuando está madura, por lo que es totalmente incomestible. El pan con lebeda no se puede comer sólo. Si comes ese pan en ayunas, acabas vomitando” (TOLSTOI, O golode, 1892).

Tolstoi constata que la pobreza era crónica y que en los años de buena cosecha de cereales la situación no cambiaba y el hambre continuaba. No sólo el hambre. Las familias no tenían dinero ni siquiera para comprar combustible para calentar sus casas y se veían obligados a robar la leña en los bosques que habían quedado bajo propiedad de los señores aristócratas. Y no sólo leña. La caza furtiva, la recolección de bayas y setas, por poner sólo un par de ejemplos, se convertían en práctica habitual aún a riesgo de recibir castigos corporales o multas en dinero imposibles de pagar.

Las descripciones de la hambruna crónica de la población campesina está también en los artículos que el ingeniero Alexandr Engelgardt enviaba desde su hacienda en la región de Smolensk y que fueron publicados en forma de “Cartas desde la aldea” a lo largo de varios años en la revista “Otechestvennie zapiski” (Notas patrióticas)[1] de S. Peterburgo. En la primera de ellas, en el año 1872, Engelgardt escribe:

“en nuestra gobernación, incluso en los años de buena cosecha, es raro el campesino que tiene suficiente pan para todo el año. Prácticamente cada campesino tiene que comprar pan para poder llegar a la nueva cosecha, y el que no tiene posibilidades de comprar, envía a sus hijos, a los ancianos y ancianas a buscar “trozos” de pan por las aldeas y comunidades. En este año tenemos una total falta de cosecha en todo tipo de cultivos… y de [hierbas para] pienso, como consecuencia de la sequía… Esto es lo más difícil para el campesino porque a falta de trigo, él puede alimentarse recogiendo trozos de pan por las comunidades, pero al caballo no puedes enviarlo a buscar trozos de pan. Todo está muy mal, tan mal que peor no puede estar. Los niños, incluso antes de la festividad de Cosme y Damián (uno de noviembre), ya salieron a limosnear trozos de pan. … En este año han salido a pedir pan no sólo los niños, las mujeres, los ancianos y ancianas, los chicos y las chicas jóvenes. Han salido incluso los campesinos jefes de las casas. No tienen nada en casa para comer. ¿Entienden ustedes lo que eso significa? … No hay pan y no hay trabajo. Cualquiera estaría dispuesto a trabajar por un trozo de pan, pero no hay trabajo. … Totalmente diferente es la persona que sale a pedir trozos de pan. Es un campesino de los alrededores. Si se le ofrece trabajo, inmediatamente se pone a trabajar y deja de pedir pan. Va vestido como cualquier otro campesino… llega como si lo hiciese sin querer, como si hubiese entrado a calentarse, y la dueña de la casa, teniendo compasión de su vergüenza, le da trozos de pan o, si llega en el momento de la comida, le pone un plato y le invita a sentarse a la mesa. En este aspecto el campesino es extremadamente cuidadoso, porque sabe que es muy posible que a él mismo le toque en algún momento salir a pedir pan” (ENGELGARDT, [1872] 2010).

Semejante situación entre el campesinado podía haber conducido al deterioro moral y espiritual, al embrutecimiento de los campesinos como clase social, sin embargo los campesinos evolucionaron en otra dirección. El propio Tolstoi escribió sobre esa evolución moral de los campesinos que paulatinamente fue convirtiéndose en conciencia social.

III.- Campesinado y conciencia social.

El derecho de petición estaba expresamente prohibido en la Rusia zarista cuando éste no se refería exclusivamente a asuntos personales. Cualquier petición colectiva estaba rigurosamente penada. Sin embargo, a partir del último cuarto del siglo XIX se observa el nacimiento y crecimiento de un amplio movimiento peticionario que se extendió por toda Rusia y en el que se fueron concretando las aspiraciones sociales del campesinado así como sus ideas de justicia social. Toda vez que los campesinos comprendían perfectamente que la elaboración de peticiones colectivas estaba perseguida por la ley y que al ser firmados por todos los miembros de las asambleas cometían actos ilegales penados duramente, la elaboración de las peticiones colectivas y su envío a los órganos del poder se convirtió en una forma activa de lucha política.

Este movimiento tomó tal envergadura que finalmente fue legalizado tras los acontecimientos revolucionarios de 1905. A partir de aquel año, el gobierno ruso consideró adecuado regularizar el derecho de petición colectiva a través del cual un grupo cualquiera de ciudadanos podría trasladar al Zar, al Gobierno o a la Duma (parlamento) la petición que considerase oportuna. A partir de aquel momento el movimiento peticionario campesino se desarrolló de forma vertiginosa. Miles de peticiones elaboradas en las asambleas campesinas, redactadas en un lenguaje directo, llano y popular fueron enviadas a los diferentes órganos del poder con la esperanza de que sus peticiones fuesen atendidas.

Las peticiones eran en definitiva la expresión del programa político del campesinado. Hoy día, cuando pueden ser estudiadas en su conjunto, se puede apreciar esta particularidad con claridad. En aquellos años, dos fuerzas entendieron lo que estaba ocurriendo. Por un lado la propia monarquía y sus organizaciones políticas, que intentaron por todos los medios destruir el movimiento campesino con la desarticulación de las comunidades campesinas, y cuya máxima expresión fueron las reformas de Stolipin. La segunda fuerza política que entendió lo que estaba pasando en el campesinado fueron los bolcheviques, o más bien una fracción de los bolcheviques liderada por Lenin.

¿Cuáles eran las principales peticiones de los campesinos? Desde luego que la cuestión principal era la tierra: abolición de las propiedades señoriales, de los monasterios, etc., la confiscación de las tierras por el Estado y su nacionalización en favor del pueblo. La tierra era considerada de propiedad general, nacional, los campesinos sólo la trabajan y hacían uso de ella. “La tierra no es de nadie, la tierra es de Dios”, escribían los campesinos en sus manifiestos.

Esta idea de que la tierra es de Dios estuvo siempre presente en la mentalidad campesina rusa y fue parte inseparable de los programas campesinos en las revueltas e insurrecciones que durante siglos tuvieron lugar en los distintos lugares de la geografía rusa. Sin embargo, por primera vez los campesinos hablaban en un lenguaje moderno al proponer la nacionalización de las tierras y su control por el Estado. Pero había, además, un paso más allá, la vinculación del derecho a trabajarla, importante, no a poseerla, al principio del trabajo.

Otro punto fundamental que se recoge en casi todos los manifiestos es el derecho a la educación. Los campesinos en Rusia no tenían derecho a la educación. Y si algún campesino adquiría un nivel educativo superior al de la escuela primaria, era expulsado del estamento campesino y desposeído de las tierras que pudiera tener en propiedad o usufructo.

Además, las peticiones campesinas recogían los derechos políticos fundamentales: abolición de los estamentos, elecciones directas iguales para todos y secretas, igualdad para todos los ciudadanos, libertad de expresión y prensa, de asociación, derecho de huelga, autogobierno popular, amnistía para los encarcelados y exiliados, etc. Veamos aunque sea un ejemplo (SENCHAKOVA, 2000):

“Nosotros, campesinos elegidos para la asamblea de volost en representación de las asambleas campesinas de la comunidad de volost de Priamujin, en la comarca de Novotorzhkii, en la gobernación de Tver, … hemos decidido comunicar a todos… que no se puede continuar viviendo como antes, que el campesinado ruso durante todo el tiempo de existencia del Estado no ha visto días luminosos. Que el campesinado ha trabajado y trabaja incansablemente para la gloria y poderío de Rusia. La fuerza de Rusia, sus riquezas, escuelas, juzgados, jefes, ejércitos y demás se alimenta de la sangre del campesinado, y a cambio de todo esto ¿qué tiene el campesinado? Haciendas miserables levantadas sobre minúsculos trozos de tierra. La oscuridad de la ignorancia y la arbitrariedad, como la noche cerrada, envuelven al campesino por todos lados. … Oprimen al campesino con los impuestos, les está prohibido hablar con libertad… Pero los campesinos, como otras personas, también quieren la luz y la libertad y tienen derecho a una vida mejor. Por eso, nosotros debemos debatir y declarar:

  1. A los campesinos les son restringidos sus derechos a la educación. En nuestras escuelas no hay una educación libre y razonable. Nuestros hijos no tienen acceso a las escuelas superiores. No nos permiten recibir buenos libros y periódicos… Pero nosotros queremos aprender más, queremos que nuestros hijos aprendan de verdad y por eso exigimos: libertad total de acceso a la educación estatal gratuita, inicial, media y superior. Libertad para abrir escuelas, bibliotecas y asociaciones culturales…
  2. …No deseamos continuar en tal situación de esclavos… y exigimos: liquidación de las diferencias estamentales y el establecimiento para todos de un único código civil y penal…
  3. Los impuestos de todo tipo oprimen al campesino de forma terrible. … Ya no tenemos fuerzas para seguir pagando impuestos, y por eso exigimos: liquidación de los impuestos indirectos, anulación de los pagos de rescate de las tierras…
  4. … Los campesinos tienen pocas tierras… Y al mismo tiempo observamos en nuestro Estado la abundancia de tierras de propiedad particular, estatales, de las gobernaciones regionales, de los monasterios, de la iglesia que o bien son trabajadas por los campesinos a cambio de un jornal, o son entregadas en arriendo o están abandonadas sin darles ningún uso. Semejante injusticia ha de ser liquidada, por eso exigimos: las tierras anteriormente mencionadas han de ser convertidas en propiedad del Estado para el reparto equitativo entre los campesinos y entre todos los que deseen dedicarse al cultivo de la tierra.
  5. … Exigimos: libertad de palabra, de imprenta y asociación y
  6. Apoyando a la clase obrera, nuestros hermanos, como clase que lucha por los derechos del pueblo, exigimos junto con ellos la jornada laboral de 8 horas para todos los trabajadores de fábricas y de empresas industriales, libertad de huelga y también un seguro estatal para los trabajadores que los proteja de accidentes, heridas, enfermedades y muerte. Al mismo tiempo, exigimos la creación de un seguro obligatorio para los habitantes de las aldeas que les proteja de las enfermedades, de los accidentes, de la vejez y de la decrepitud.
  7. La presente guerra (contra Japón)… ha sido empezada por culpa y deseo de los funcionarios dirigentes sin nuestro consentimiento, y nosotros, los campesinos… exigimos… la firma de la paz con el enemigo.
  8. Exigimos el perdón a todos los exiliados y encarcelados que sufren por la justa causa popular.

Firmamos”[2].

Para tener una idea clara de la importancia del movimiento peticionario campesino y de su peso político en el proceso revolucionario ruso es conveniente tener en cuenta que el Decreto Sobre la Tierra promulgado por el Consejo de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado y acordado en la reunión del 26 de octubre de 1917 a las dos de la noche, fue elaborado teniendo como base la Petición campesina (Nakaz) publicada en el número 88 de “Izvestiia Vserossiiskogo Soveta Krestianskij Deputatov” (Noticias del Consejo de Diputados Campesinos de Toda Rusia) de 19 de agosto de 1917, elaborado a su vez sobre la base de 242 Peticiones campesinas enviadas directamente desde las aldeas y en las que se expresaba de forma inequívoca el sentir popular sobre la propiedad de la tierra.

IV. Marxismo y campesinado.

La evolución del pensamiento político en Rusia durante el siglo XIX pasó desde el movimiento revolucionario democrático, que tenía como objetivo la incorporación del pensamiento político europeo a la cultura política rusa, hasta el marxismo que tuvo una gran influencia en la cultura rusa y que se expresó inicialmente en la forma política socialdemócrata (DINNIK, M.A.; IOVCHUK, M.T. i drug., 1959). En medio, tuvo lugar un gran desarrollo del anarquismo y del populismo ruso, que tenían como referencia al campesinado, al que consideraban una clase con capacidad de convertirse en sujeto revolucionario.

El marxismo introdujo en el pensamiento revolucionario ruso, entre otras cosas, la disciplina, la sistematización, la lógica, el optimismo antropológico de la ilustración, la posibilidad racional de un futuro justo para la humanidad y la existencia de instrumentos y condiciones racionales y objetivas para su consecución. También hay que destacar la importancia del marxismo en la racionalización de la búsqueda de la justicia social que en el pensamiento político ruso estuvo siempre contaminado de una espiritualidad religiosa. Aunque hay que decir que este componente espiritual, siempre estuvo presente en el marxismo ruso y tuvo posteriormente su máxima expresión en el bolchevismo y en el proyecto soviético.

Por otro lado, la falta de un “modelo de futuro”, de un proyecto político claro y entendible, lleva a las revoluciones a convertirse en levantamientos que acaban fragmentándose en diferentes corrientes y grupos que a su vez acaban haciéndose la guerra unos a otros, con la proliferación de grupos militaristas, señores de la guerra o bandas que dan lugar a violencia incontrolada y que suelen llevar al fracaso del movimiento revolucionario que acaba convirtiéndose en una insurrección.

El marxismo, al unirse con la filosofía rusa, pudo elaborar y expresar de forma nítida un modelo de futuro que el pensamiento ruso no había sido capaz de elaborar con anterioridad. El logro del marxismo no acabó en la elaboración teórica de dicho modelo, sino que pudo articular una gran fuerza social y política alrededor del mismo. Este aspecto es fundamental para entender el comportamiento posterior de las masas, es decir, el apoyo de las mismas al bolchevismo.

* * *

No obstante, y dicho lo anterior, el marxismo llevó el germen de un gran conflicto que fue agudizándose conforme avanzó el proceso revolucionario en Rusia y que se prolongó hasta el final del sistema soviético. Veamos.

Marx advirtió en sus trabajos que su objeto de estudio era el capitalismo occidental, lo que llevaba implícito la constatación de que los resultados de su trabajo no eran, y no son, aplicables a otras sociedades en las que no se han producido situaciones similares que han llevado a la atomización del hombre. La mayoría de los marxistas no ha tenido en cuenta esta particularidad conceptual del marxismo, entendiéndolo como una gran receta de aplicación mundial para abordar no sólo los procesos revolucionarios, sino incluso el resultado de los mismos, es decir las sociedades que han emergido de procesos y situaciones revolucionarias que han partido de estructuras sociales que en nada tienen que ver con el capitalismo europeo occidental.

En esta concepción simplificada de los procesos históricos, la evolución lógica prevista por los marxistas europeos y rusos para la revolución en Rusia pasaba por una revolución burguesa que debería acabar con la monarquía, eliminar las barreras estamentales e introducir la democracia política occidental, para finalmente sentar las bases para el desarrollo del capitalismo en Rusia.

En este proceso el campesinado era percibido como una clase reaccionaria, fundamento de la sociedad estamental, que debía desaparecer y convertirse mayoritariamente en proletariado urbano que llenaría las fábricas y que una vez constituido en clase para sí protagonizaría una revolución proletaria que acabaría con el capitalismo cuando las condiciones históricas del mismo (el desarrollo de sus contradicciones) lo permitiera.

Según este principio era imposible abordar una revolución socialista en ningún país que no contase con una clase obrera desarrollada. Y para eso había que pasar antes por el capitalismo. Por tanto, lo más conveniente era ayudar al capitalismo a su pronta instauración y desarrollo. Y ese era el objetivo principal de la socialdemocracia en el proceso revolucionario ruso.

Esta idea se vio reforzada por otra cuestión fundamental. La división que hace el marxismo entre pueblos “revolucionarios” y pueblos “reaccionarios”. Esta idea está íntimamente vinculada a las ideas de Hegel sobre la Historia Universal (HEGEL, 1982) y la existencia de pueblos que han contribuido al desarrollo de la Historia Universal y de otros que no han contribuido. O lo que es lo mismo, un núcleo de países que forman la Civilización Universal, y otros que están fuera de ella, en la periferia.

Para los marxistas rusos, Rusia tenía los dos componentes. Por un lado era un país no capitalista, por lo que el primer objetivo era contribuir al desarrollo del capitalismo, para crear así una poderosa clase obrera. Por otro lado, Rusia era un país reaccionario, que se encontraba fuera de la Historia Universal. Una especie de territorio bárbaro que amenazaba a la democrática Europa con sus hordas asiáticas y reaccionarias en forma de tártaro-mongoles o en forma de paneslavismo, con el que tanto gustó a la prensa europea decimonónica asustar a su propia población. Estas ideas se pueden encontrar sin ningún esfuerzo en los escritos de Marx, pero sobre todo en los de Engels.

Estos dos componentes llevaron a la fractura dentro del movimiento revolucionario ruso. Fractura que se perpetuó en las siguientes generaciones en forma de enfrentamiento entre socialdemócratas y populistas; socialistas-revolucionarios y mencheviques; entre mencheviques y bolcheviques; entre trotskistas y los llamados estalinistas.

Resulta curioso constatar que fue Mijail Bakunin quien con más intensidad se enfrentó a estas ideas marxistas sobre el carácter reaccionario de Rusia y del campesinado ruso. Para Bakunin el nacional-chovinismo u odio a los “pueblos reaccionarios” y el social-chovinismo u odio al “campesinado reaccionario”, tienen una única naturaleza: reflejan el racismo del capitalismo occidental, que justifica de esa manera su esencia explotadora cubriéndola de una supuesta misión civilizatoria. El pensador anarquista fue más allá y consideró que el capitalismo había contagiado de ese racismo a la clase obrera occidental y a sus organizaciones políticas socialdemócratas. Todo parece indicar que la historia le dio la razón hace ya tiempo (BAKUNIN, 1989).

Y una vuelta más de tuerca que quedó oculta en las batallas entre anarquistas y marxistas fue la tesis bakuniana de que la futura revolución socialista sólo tendría lugar como consecuencia de la unión fraternal de la clase obrera y la clase campesina. Precisamente esta idea clave fue asumida por los populistas rusos y posteriormente, tras derrotar a los populistas, fue adoptada y adaptada por Lenin para convertirla en una nueva teoría política, fundamento de lo que posteriormente se llamó leninismo.

Pero a estas conclusiones los bolcheviques llegaron mucho más tarde que Bakunin, tras estudiar la experiencia revolucionaria de 1905-1907 y los manifiestos y peticiones campesinas de las que hablábamos antes.

* * *

Uno de los más brillantes pensadores y revolucionarios del movimiento populista ruso fue P. Tkachev, quien en 1875 escribió un pequeño folleto titulado “Carta abierta al señor Engels” (TKACHEV, [1874] 2010), en el que explicaba por qué, según su punto de vista, la revolución en Rusia sería anticapitalista. Aquel escrito fue todo un atrevimiento, ya que semejante planteamiento era más que una herejía para el marxismo, por lo que el propio Marx pidió expresamente a Engels que contestara a semejante iluminado.

Y así lo hizo Engels en su “Sobre la cuestión social en Rusia” (ENGELS, [1875] 1955-1974). No es el momento de entrar en discernir quién tenía o tuvo razón en aquel debate, pero sí conviene indicar que los argumentos e ideas de Tkachev resultaron proféticos… “Nuestro pueblo … está penetrado por los principios de la tenencia comunal. Es, si puede decirse así, comunista por instinto, por tradición. La idea de la propiedad colectiva está tan unida a las concepciones del mundo del pueblo ruso … Nuestro pueblo se encuentra mucho más cerca del socialismo que los pueblos de Europa occidental” (TKACHEV, [1874] 2010).

Por un lado, la revolución rusa fue una revolución anticapitalista en el sentido que fue una revolución contra la instalación y desarrollo del capitalismo en Rusia, cortando de raíz la secuencia histórica prevista en el marxismo (feudalismo-capitalismo-socialismo). Y en este sentido fue la primera de su tipo, ya que todas las revoluciones posteriores que tuvieron lugar en el llamado tercer mundo tuvieron como objetivo y consecuencia evitar la instauración del capitalismo. Por otro lado, Tkachev fue premonitorio porque adelantó los debates teóricos y políticos que luego tendría lugar entre socialdemócratas mencheviques y bolcheviques, entre Plejanov y Lenin.

Aquellas posiciones de los populistas rusos alarmaron a los clásicos del marxismo y a las organizaciones socialdemócratas europeas y rusa. Así, el primer objetivo teórico y político de los socialdemócratas rusos fue derrotar a los populistas. Y en aquella batalla jugó un papel destacado el joven Lenin, quien fue el “martillo de herejes”, el verdadero artífice teórico y político de aquella derrota que se plasmó en la desaparición política del populismo.

Desarbolado teóricamente, el populismo acabó transformándose en el partido de los Socialistas-Revolucionarios, un partido que se definía como marxista, pero con una importante sección armada que puso en práctica la acción directa y que sembró el terror en Rusia durante largas décadas. Curiosamente el jefe de la Organización de Combate de los Socialistas Revolucionarios fue Evno Azef, quien al mismo tiempo que coordinaba la organización de importantes atentados terroristas, fue uno de los principales jefes de la sección antiterrorista de la policía rusa y organizaba la detención de los políticos de la oposición que consideraba necesario, manteniendo de aquella manera un control efectivo no sólo sobre tan importante organización política rusa, sino sobre el conjunto de los partidos de oposición al zarismo (NIKOLAEEVSKII, 1991).

Al principio, cuando joven, Lenin escribió toda una serie de trabajos teóricos en los que interpretaba el proceso revolucionario ruso en clave marxista clásica. Como ya se ha dicho, el objetivo principal de estos trabajos era derrotar política y teóricamente a los populistas y consolidar las concepciones marxistas en Rusia. En 1897 Lenin escribió “A qué herencia renunciamos” (LENIN V. , Ot kakogo nasledstva mi otkazivaemsia, [1898] 1953), en donde identificó como ideas básicas de los populistas la negación del capitalismo como fuerza progresista, la idealización de la comunidad campesina y el particularismo de Rusia como civilización. En la misma línea puede considerarse su trabajo “El desarrollo del capitalismo en Rusia” (1896-1899) (LENIN V. , Razvitie kapitalizma v Rossii, [1899] 1953), en el que Lenin constató con datos empíricos lo que él consideraba como desarrollo del capitalismo en Rusia, reafirmándose en la idea de que para un total desarrollo capitalista que permitiera en un futuro el paso al socialismo, la revolución rusa en ciernes debería ser una revolución burguesa.

Pero, ya en septiembre de 1908, de forma confusa Lenin empezó a mostrarse partidario de una interpretación diferente del proceso revolucionario ruso. Quizá el momento clave fue su artículo “Lev Tolstoi como espejo de la revolución rusa” (LENIN V. , Lev Tolstoi kak zerkalo russkoi revoliutsii, [1908] 1953). Todo el mundo sabía en Rusia que Tolstoi era el prototipo de defensor del campesinado ruso y el prototipo de crítico a ultranza de la civilización del capitalismo occidental. Además estaba claro que Tolstoi tenía una especial capacidad para entender el mundo campesino con sus conflictos y problemas. Los propios campesinos lo sabían y le admiraban por ello.

Ya sólo el título era en sí un desafío. Un guante arrojado a la cara de todos los marxistas. ¿Cómo podía ser el viejo Tolstoi con su defensa de los campesinos y de la no violencia, el espejo de la revolución rusa? Pero no sólo en el título se encontraba el desafío. En el artículo, Lenin habla de un nuevo tipo de revolución. No de una revolución que debía allanar el camino para la instauración del capitalismo en un país campesino y reaccionario, sino de una revolución protagonizada por el campesinado que había de impedir el establecimiento del capitalismo para evitar precisamente la vía capitalista de desarrollo. Y es fundamental hacer hincapié en un aspecto decisivo: Lenin no habla solamente de una parte del campesinado, de los jornaleros o de los campesinos pobres, sino de todo el campesinado como clase… revolucionaria.

La revolución campesina desde esta óptica leninista se convierte en una revolución anticapitalista, porque el campesinado, cuando actúa como clase revolucionaria es “más” anticapitalista que la clase obrera, ya que el campesinado y el capitalismo son incompatibles. La existencia de uno, el campesinado, impide el desarrollo del capitalismo, impide el desarrollo del proletariado que ha de vender su fuerza de trabajo en las fábricas. Por contra, la existencia del otro, del capitalismo, lleva implícita la desaparición del campesinado que se convertirá en burguesía agraria y, en su gran mayoría, clase obrera urbana.

* * *

Paulatinamente Lenin comenzó a introducir sus nuevos planteamientos políticos en el seno de la socialdemocracia. Por ejemplo, en el IV Congreso de los socialdemócratas rusos, propuso que se incorporara al programa del partido la reivindicación campesina de nacionalización de la tierra, lo que supuso todo un terremoto político que encendió en contra de Lenin a los mencheviques y a una gran cantidad de bolcheviques. Aquel momento marcó el distanciamiento final de Lenin y Plejanov, que fue acentuándose con el paso de los años: “Lenin mira a la nacionalización de la tierra con los ojos de los socialistas revolucionarios. Incluso ha asumido su terminología… no es agradable ver como un socialdemócrata asume los puntos de vista populistas”, vino a decir Plejanov tras escuchar las propuestas de Lenin.

Años después, el filósofo Nikolai Berdiaev escribió:

“Lenin fue un marxista y creía en la excepcional misión del proletariado: Creía que el mundo entraba en la época de las revoluciones proletarias. Pero Lenin era ruso e hizo la revolución en Rusia, un país del todo especial. … [Lenin] se sintió libre de cualquier marxismo doctrinario, del que ya le habían hartado los marxistas-mencheviques. Proclamó la revolución obrero-campesina y la república obrero-campesina. … Lenin llevó a cabo una revolución campesina utilizando muchas de las cosas que antes afirmaban y defendían los socialistas-populistas. … Lenin lo hizo todo mejor, más rápido, de forma más radical…” (BERDIAEV, 1997).

Y efectivamente, Lenin vino a reconocer que en la cuestión campesina los populistas llevaban gran parte de razón y que, como decían los eslavófilos, Rusia, en vez de ser un país reaccionario y estar fuera de la Civilización Universal, en realidad era en sí una civilización diferente a la europea con su propio camino de evolución que no pasaba por el desarrollo del capitalismo. Lenin, con semejantes planteamientos, a los ojos de los marxistas socialdemócratas, se ganó el infierno.

Pero Lenin, ajeno a cualquier idealización del mundo campesino, entendiendo su potencial revolucionario, entendió también la necesidad de la modernización de Rusia, que pasaba por la industrialización, eso sí, sin pasar por el capitalismo, alejándose de él. Lenin en sus trabajos posteriores demostró que el capitalismo periférico, es decir la parte o forma del capitalismo que el núcleo central del mismo tenía reservada para los países y territorios que dominaba en una u otra forma, llevaba a estos países, entre ellos Rusia, no al progreso, sino la regresión, no a la riqueza, sino a la miseria.

La nueva revolución, consecuencia de la unión del campesinado y de la parte de proletariado que existiese en cada país, sería una revolución de nuevo tipo, una revolución que evitaría la conversión de estos países y territorios en periferia del capitalismo. Lo que en definitiva significaba, como finalmente ocurrió en Rusia, la salvación de estos países de la miseria y penurias que suponía el capitalismo. En definitiva, hay que considerar a la Revolución Rusa de Octubre de 1917 como una revolución de nuevo tipo que dio comienzo a una revolución mundial diferente, la revolución de las sociedades campesinas frente a la penetración del capitalismo.

V.- El delirio de un loco.

Después de Febrero de 1917, con los Socialistas-Revolucionarios y los mencheviques intentando gobernar en el Soviet de Petrogrado e intentando reconducir la situación revolucionaria hacia la constitución de una República parlamentaria, pocos entendieron la situación en la que se encontraba Rusia. En realidad se estaba gestando un Estado de nuevo tipo al que le faltaba la palabra, la teoría, para que pudiera materializarse y dar respuesta a las aspiraciones campesinas.

En este sentido “Las Tesis de abril” de Lenin expresaron precisamente el nuevo tipo de Estado que demandaba la revolución campesina. Analizando la situación en Rusia, (LENIN V. I., [1917] 1953) escribió:

“TESIS…

  1. La particularidad del momento actual en Rusia reside en la transición de la primera etapa de la revolución, que dio el poder a la burguesía… a la segunda etapa, que debe dar el poder al proletariado y las capas pobres del campesinado.
  2. Ningún apoyo al Gobierno Provisional…
  3. Explicar a las masas que los Consejos de Diputados Obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario … es imprescindible el traspaso de todo el poder estatal a los Consejos de Diputados Obreros…
  4. No a la república parlamentaria, la vuelta a ella desde los Consejos de Diputados Obreros sería un paso atrás. Sí a una república de Consejos de Diputados Obreros, Jornaleros y Campesinos por todo el país desde abajo hasta arriba. …
  5. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Consejos de Diputados Jornaleros. Confiscación de todas las tierras de la aristocracia. Nacionalización de todas las tierras en el país y entrega de su administración a los Consejos de Diputados de Jornaleros y Campesinos. …
  6. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un único banco nacional, controlado por los Consejos de Diputados Obreros”.

En realidad, Lenin, al contraponer los dos tipos de república, la parlamentaria y la de los Consejos, estaba hablando de dos trayectorias absolutamente diferentes. La república parlamentaria era la expresión de la revolución de Febrero y de la trayectoria occidental de desarrollo. Era el camino hacia el capitalismo periférico, hacia un círculo vicioso del que será imposible salir. La república de los Consejos era la trayectoria anticapitalista de la revolución campesina rusa. Era la negación del capitalismo.

Lenin escribió: “Los Consejos de diputados obreros, soldados y campesinos, no son comprendidos del todo … en el sentido de que representan en sí una nueva forma, mejor dicho, un nuevo tipo de Estado” (LENIN V. , Zadacha Proletariata v nashei revoliutsii (Proekt platformi proletarskoi partii), [1917] 1953). Sin embargo él sí entendió muy bien el origen y significado de los Consejos. Entendió que a nivel de Estado, efectivamente era un nuevo tipo de estatalidad, pero sabía también que los Consejos tenían su origen en las representaciones campesinas sobre “el buen gobierno” y que en la práctica era el tipo tradicional de autogobierno de las comunidades campesinas trasladado a un nivel superior, al nivel del Estado. Se trataba de una democracia campesina preindustrial y anticapitalista.

Jauke y Chaianov, dos de los grandes investigadores del campesinado ruso, conocían muy bien la existencia y el significado de los Consejos como instrumento de autogobierno de las comunidades campesinas rusas. Jauke escribió un trabajo fundamental sobre el derecho comunal campesino ruso (JAUKE, 1914). Una obra, no superada al día de hoy, en la que habla del papel de los consejos campesinos en el gobierno de las comunidades campesinas. Chaianov escribió: “nuestro régimen es soviético (consejista), es el régimen de los consejos obreros. En el medio campesino este régimen en sus fundamentos ya existía mucho antes de octubre de 1917 en el sistema de gobernación de las organizaciones de carácter cooperativo” (CHAIANOV, 1989).

Pero las Tesis de abril contenían algo muy importante, mucho más importante que una nueva forma de Estado. Apoyándose para la solución de un problema político estratégico en la cultura y en las concepciones del mundo de la inmensa mayoría de la población rusa, los campesinos, Lenin, y con él los bolcheviques, realizaron en realidad una elección de tipo civilizatorio.

El sentido principal de semejante opción residió en qué se eligió un camino al socialismo en Rusia que no pasaba por el desarrollo previo del capitalismo y sus instituciones sociales y políticas (la democracia burguesa). Un camino al socialismo que partía de la base social dominante en la Rusia de aquel momento, el campesinado, y que se apoyó en un nuevo tipo de Estado: los Consejos. Los cuales, por cierto, estaban vinculados de forma real con las masas y expresaban sus aspiraciones políticas.

Es importante tener en cuenta que cuando Lenin presentó sus Tesis de abril, los bolcheviques eran anecdóticos en los Consejos, controlados mayoritariamente por representantes del partido Socialista-Revolucionario y de los socialdemócratas mencheviques. Sin embargo, es Lenin el que entiende su profundo sentido y en vez de proponer como los demás partidos hacían, la instauración de una república parlamentaria, apostó por la república de los Consejos.

No es de extrañar que las tesis de Lenin fueran rechazadas por todos, por los mencheviques y por los propios bolcheviques. Muchos políticos expresaron su condena, y en la dirección bolchevique Lenin quedó aislado, nadie le apoyó. Después Lenin intervino en el palacio de Tavrich, ante los socialdemócratas miembros del Consejo. Trotski lo recuerda así: “Al cabo de una hora Lenin se vio obligado a repetir su intervención en la asamblea general de bolcheviques y mencheviques … a la mayoría de los que le escucharon les pareció algo intermedio entre una burla y un delirio. Los más comprensivos se encogían de hombros. Está claro que esta persona se ha caído de la Luna. Apenas se ha bajado del tren en la estación de Finlandia después de diez años de ausencia y se pone a predicar la toma del poder por el proletariado. … Stankevich confirmó que la intervención de Lenin alegró mucho a sus enemigos: “la persona que dice semejantes tonterías no es peligrosa. Está muy bien que haya vuelto, ahora está a la vista de todos y el mismo se desacredita”. … “En la reunión conjunta, cuenta Sujanov, Lenin se presentó como la representación viva del cisma… Recuerdo a Bogdanov (un importante menchevique) sentado a dos pasos de la tribuna de oradores. ¡¡¡Esto es un delirio, gritó interrumpiendo a Lenin, el delirio de un loco!!!… Da vergüenza aplaudir este galimatías, gritó dirigiéndose a todo el auditorio, blanco por la ira y el desprecio. ¡¡¡Se están cubriendo de vergüenza. Y aún se llaman marxistas!!!” (TROTSKII L. , [1930] 1997).

Opiniones similares expresaron y Goldenberg (antiguo miembro del Comité Central bolchevique) y Zenzinov (socialista-revolucionario) y Miliukov, Skobelev o Sujanov. Por su parte, Chernov, uno de los líderes de los Socialistas-Revolucionarios, dijo que eran las “fantasías de los populistas-maximalistas”, y los líderes del BUND identificaron a Lenin con los eslavófilos. En el periódico Edintsvo (Unidad) de Petrogrado apareció un artículo informativo escrito por uno de los reporteros del periódico en el que con respecto al discurso de Lenin se decía: “Este, en verdad, delirante discurso, encontró una respuesta digna por parte de Tsereteli, celebrada por los asistentes con una rotunda ovación. Tsereteli dijo que el objetivo actual consiste en reforzar las conquistas, que por cierto tienen un nombre: República Democrática. En contra de la demagogia anarquista antes expresada [por Lenin], trajo a colación las palabras de Engels… No hay un camino más seguro a la muerte que la toma del poder antes de tiempo” (EDINTSVO, 1917).

Las Tesis fueron publicadas el 7 de abril de 1917 y al día siguiente fueron debatidas en el Comité bolchevique de Petrogrado. Fueron rechazadas por 13 votos en contra, dos a favor y una abstención. Sin embargo, apenas diez días más tarde, la Conferencia del Partido bolchevique apoyó las tesis de Lenin de forma abrumadora. Al contrario que la cúpula dirigente bolchevique, los delegados que llegaron de provincias entendieron el sentido histórico de las Tesis de Lenin.

Hay que decir que las Tesis de abril, y Octubre como su concreción política, significaron una renuncia directa y clara al eurocentrismo dominante en el marxismo y en el movimiento revolucionario europeo y también ruso. Con ellas Rusia expresó su propia particularidad, no sólo histórica, sino de futuro, al optar por su propio camino de evolución sin pasar por el modelo occidental.

Este camino que, como hemos visto, asustó a muchos, también acabó asustando al gran escritor M. Gorki, que tenía una gran antipatía por los campesinos. Cuando Lenin publicó sus Tesis, Gorki pensó que iba a sacrificar a los obreros con conciencia de clase y a toda la intelligentsia revolucionaria en aras del campesinado ruso. El escritor estuvo desde en principio en contra de lo que consideraba una “aventura” a costa del proletariado. Esta percepción y el rechazo a la vía revolucionaria campesina llevaron a Gorki a abandonar finalmente la joven república soviética. “Lenin, Trotski y sus acompañantes ya se han intoxicado con el veneno de poder … Fanáticos ciegos y aventureros sin escrúpulos, rompiéndose la cabeza, se lanzan a toda velocidad por el camino que llaman de la “revolución social”, que en realidad es el camino que conduce a la anarquía, a la destrucción del proletariado y de la revolución. Por este camino, Lenin y sus correligionarios consideran posible cometer todo tipo los delitos, como las matanzas cerca de S. Peterburgo, la derrota de Moscú, la destrucción de la libertad de palabra, los arrestos injustificados, en definitiva todas las canalladas que cometieron antes Pleve y Stolipin … A Lenin le acompaña, por ahora, una parte significativa de los obreros, pero yo creo que la razón de la clase obrera, la conciencia de sus deber histórico, le hará abrir pronto los ojos al proletariado sobre la imposibilidad de llevar a cabo las promesas de Lenin, sobre la profundidad de su locura y de su anarquismo nechaevo-bakunista. La clase obrera no puede dejar de comprender que Lenin, con la piel de los obreros, con la sangre de los obreros, está llevando a cabo un experimento, intentando llevar el estado de ánimo revolucionario del proletariado hasta el último límite para ver que resulta de todo esto. Evidentemente él no cree en la posibilidad de la victoria del proletariado en Rusia en las actuales condiciones, pero, puede ser, que tenga la esperanza puesta en un milagro. La clase obrera debe saber que en la vida real no hay milagros y que le espera el hambre, la total desorganización de la industria, del transporte y una larga y sangrienta anarquía, y como consecuencia, una reacción no menos sangrienta y tenebrosa” (GORKI, 1917).

Mención especial hay que hacer de Plejanov, el viejo maestro de los marxistas rusos y de Lenin en particular, que se lanzó en tromba contra su antiguo alumno. Así, en su artículo “Sobre las tesis de Lenin y por qué a veces los delirios pueden resultar interesantes”, escribió: “La política socialista fundamentada en los estudios de Marx, tiene, por supuesto, su lógica. Si el capitalismo no ha conseguido todavía en un país determinado el estado superior en el que se convierte en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, entonces es un absurdo llamar a los obreros, urbanos y del campo, así como a la parte más pobre del campesinado, a su derrocamiento. Si es un absurdo llamar a los elementos por mí nombrados al derrocamiento del capitalismo, no es menos absurdo lanzarlos a la conquista del poder político. Uno de nuestros camaradas, en el debate de las tesis de Lenin en el Consejo de Diputados Obreros y Campesinos, le recordó la profunda verdad de las palabras de Engels de que para dicha clase [obrera] no puede haber mayor desgracia histórica que la conquista del poder en el momento en el que su objetivo final es inalcanzable por la imposibilidad de superar las condiciones objetivas. Lenin, en su actual estado de ánimo anarquista, es evidente que no puede entender semejante reflexión. A todos los que se opusieron a él … los ha llamado después oportunistas, sometidos a la influencia de la burguesía y que difunden la influencia de ésta entre el proletariado. Esto es de nuevo la manifestación del lenguaje anarquista. … Todas las tesis de Lenin coinciden completamente con esta lógica [anarquista]. La cuestión principal reside en si el proletariado ruso acepta esta lógica. Si la aceptara, no quedaría más remedio que reconocer como infructuosos los más de treinta años de esfuerzo y propaganda dedicados a la difusión de las ideas de Marx en Rusia” (PLEJANOV, O tezisaj Lenina i o tom, pochemu bred bibaet podchas interesen. Oktiabriskii perevorot: Revolutsiia 1917 goda glazami ee rukovoditelei. Vospominaniia russkij politikov y komentarii zapadnogo istorika, 1991).

Plejanov observaba con desesperación como la revolución se alejaba de sus planteamientos políticos, de su inmovilismo en la interpretación del marxismo, y luchó con la poca fuerza que le permitía su avanzada enfermedad contra esa deriva que tiraba por la borda, según él interpretaba, el duro trabajo de varias décadas. En su “Carta abierta a los obreros de Petrogrado” escribió: “No hay duda de que muchos de ustedes están contentos por los últimos acontecimientos, gracias a los cuales ha caído el Gobierno de coalición de A. F. Kerenski y el poder político ha pasado a las manos del Consejo de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado. En cuanto a mí se refiere, lo digo directamente: estos acontecimientos me entristecen. … Y no por qué yo no quiero el triunfo de la clase obrera, sino al contrario, por qué lo deseo con todas las fuerzas de mi alma. … En los últimos meses …frecuentemente hemos tenido que recordar las palabras de Engels de que no hay mayor desgracia histórica para la clase obrera que tomar el poder político cuando todavía no está preparada para ello. … ¿Está preparada nuestra clase obrera para proclamar ahora su dictadura? Todo el que … entiende … no duda en responder a esta pregunta decididamente de forma negativa. No, nuestra clase obrera no puede tomar en sus manos todo el poder político. Ligarla a este poder significa empujarla por el camino de una gran desgracia histórica, que sería al mismo tiempo una gran desgracia para toda Rusia. Entre la población de nuestro Estado la clase obrera no es una mayoría, sino una minoría … La verdad es que la clase obrera puede contar con el apoyo de los campesinos medios … nadie que haya aprendido bien la teoría socialista actual no puede tener dudas … los campesinos no son en absoluto aliados fiables de la clase obrera en el asunto de la creación de un sistema de producción socialista. Y si la clase obrera no puede contar en este asunto con los campesinos, entonces, con quién puede contar? Con nadie. Sólo con la propia clase obrera. Pero resulta que la clase obrera, como ya se ha dicho es minoría … Se deduce de forma irremediable que si al tomar el poder político nuestro proletariado quiere llevar a cabo la “revolución social”, la propia situación económica de nuestro país lo llevará la más violenta de las derrotas” (PLEJANOV, Otkritoe pismo k petrogradskim rabochim. Oktiabriskii perevorot: Revolutsiia 1917 goda glazami ee rukovoditelei. Vospominaniia russkij politikov y komentarii zapadnogo istorika, 1991).

Al final, estas posiciones tan extendidas llevaron a muchos socialdemócratas a desarrollar un antisovietismo radical. Dentro de Rusia muchos se unieron a los ejércitos blancos con el fin de acabar con la república soviética. En Europa, con diferentes argumentos, le negaron el pan y la sal a los bolcheviques y más tarde a la república soviética. En España por ejemplo, en el periódico El Socialista, en la edición de 10 de noviembre de 1917, se decía: “Las noticias que recibimos de Rusia nos producen amargura. Creemos sinceramente … que la misión, de momento, de aquel gran país era poner su fuerza toda en la empresa de aplastar el imperialismo germánico … si los episodios que hoy contemplamos con asombro y dolor dan por fruto una paz separada, una deserción de las filas de los pueblos aliados … ¿qué va a quedar de aquella revolución soberbia? … Elevados y respetados son los ideales en que se han inspirado los realizadores de este movimiento último. Pero también inoportunos, y, por inoportunos, acaso funestos” (FORCADEL, 1978).

Kautsky, más cercano geográficamente al epicentro revolucionario, acabó definiendo al bolchevismo como asiatismo primitivo. Idea que arraigó en buena parte de la izquierda occidental y que ha venido repitiéndose y argumentándose por sovietólogos de todo tipo y condición hasta la actualidad como “causa” de la derrota de la URSS. En esta línea, algunos autores, rizando el rizo en su afán por desacreditar a Octubre y a la Unión Soviética han llegado a calificar el sistema soviético como “modo asiático de producción”.

En realidad, al utilizar semejante anacronismo se ha tratado, y se trata, de descalificar sin ningún fundamento al sistema soviético. Para la mentalidad eurocentrista dominante en la cultura europea el concepto “asiático” encierra en sí un sentido peyorativo: autoritarismo, despotismo, atraso, integrismo, etc. En el inconsciente europeo aparece inmediatamente la imagen del bárbaro oriental enemigo de la cultura europea.

Pero además, teniendo en cuenta que Marx consideraba el tipo asiático de producción como uno de los tipos más primitivos de las formaciones socioeconómicas, al aplicarlo a la URSS, en la terminología marxista, significa considerar a la URSS como una formación socioeconómica primitiva, bárbara[3].

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Los socialdemócratas no entendieron el sentido histórico de los Consejos rusos, y consideraron que era una forma útil de autogestión obrera. En la literatura socialdemócrata fueron interpretados como el resultado natural de la inventiva de las masas. La inmensa mayoría, incluido Lenin durante mucho tiempo, databan sus orígenes en los tiempos de la Comuna de París. Pero los trabajadores rusos poco o nada conocían de la historia del movimiento obrero o de los debates teóricos de sus líderes, pero sí sabían qué eran los Consejos de sus comunidades campesinas de procedencia y consideraron que eran la mejor forma de expresión del poder popular… “se trataba, en realidad, del traslado al ámbito urbano de las tradiciones nacionales conservadas en las aldeas, entre ellas las tradiciones comunales de la democracia del trabajo” (CHURAKOV, 1998).

Los conocían porque la inmensa mayoría de trabajadores fabriles y de todo tipo eran en realidad campesinos que provenían precisamente de las aldeas campesinas. ¿Quiénes y cuántos eran los obreros en Rusia? La cantidad real de trabajadores fabriles en Rusia era muy pequeña, en comparación con la población total y con la gran masa de campesinos. Se calcula que su número era de unos 7,2 millones de personas, pero incluyendo a sus familias, es decir, esposas e hijos. La cantidad real total de obreros adultos, mayores de 15 años, era de 1,8 millones que llegaba a los 2,07 millones si se incluyen a los niños menores de 15 años (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1914, 1915).

Eran campesinos con oficios de obreros que emigraban de forma temporal a las ciudades y a las fábricas a buscar trabajo y a ganar un sueldo con el que ayudar a sus familiares a pagar los créditos de rescate de las tierras de los que hablábamos antes… “incluso aun perdiendo su relación económica con la tierra, los obreros conservaban su vínculo personal, entre otras cosas enviando una parte del sueldo a los familiares que continuaban en la aldea” (CHURAKOV, 1998).

Pocos eran los que se quedaban de forma definitiva en las ciudades o poblados fabriles. Según datos del año 1905, más del 50% de los obreros fabriles tenían tierras en sus comunidades y aldeas (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1905, 1906). En el año 1916 la Bolsa de Trabajo de Moscú, constataba, según sus datos estadísticos, que entre los obreros que buscaban trabajo, el 80% tenían tierra y casa en sus aldeas de origen. Este porcentaje había aumentado significativamente con respecto al año 1914 y en el caso de los obreros de la construcción llegaban al 92% (CHURAKOV, 1998). Además, tanto los que tenían tierras como los que no, solían volver a sus aldeas y comunidades para ayudar en la recolección de la cosecha. Además, los obreros solían dejar a las familias en las aldeas. Ellos vivían en barracones en las afueras de las ciudades, siempre con la idea de que era una ocupación temporal y que la vuelta a la aldea era una cuestión de tiempo.

Sociológicamente los obreros se consideraban a sí mismos, en su inmensa mayoría, campesinos. Pensaban y se comportaban como campesinos. Preferían estar censados como campesinos. En definitiva, los obreros rusos no habían pasado por el proceso de atomización que había ocurrido en Europa occidental. No eran, ni se consideraban, “individuos”. No eran proletariado.

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Yuri Kliuchnikov, profesor de Derecho de la Universidad de Moscú, Ministro de Asuntos Exteriores de Kolchak durante la guerra civil y director de la revista Nakanune (Vísperas) en Berlín, trataba de explicar a la emigración rusa en clave histórica quienes eran los bolcheviques… “no son ni eslavófilos ni occidentalistas, sino una síntesis especial y profunda de las tradiciones de nuestro eslavofilismo y nuestro occidentalismo, dictada por la realidad de la vida” (KLIUCHNIKOV, 1921).

La unión del eslavofilismo, del occidentalismo, del comunismo campesino arcaico y de la idea escatológica de progreso le dio al proyecto soviético una fuerza grandiosa convirtiéndolo en un proyecto de construcción de una nación moderna sobre nuevas bases hasta ese momento desconocida. Esta síntesis permitió a Rusia salir del círculo vicioso del capitalismo periférico al que había sido arrojada.

El filósofo ruso Nikolai Berdiaev, que por cierto fue expulsado de la Rusia soviética en el año 1922, en su obra ya mencionada “Fuentes y sentido de comunismo ruso”, escribió que… “En el mito sobre el proletariado se recupera de nuevo el mito sobre el pueblo ruso. Ha tenido lugar la identificación del pueblo ruso con el proletariado, el mesianismo ruso con el mesianismo proletario. Se ha levantado la Rusia soviética, obrero-campesina, en ella el pueblo-campesino se ha unido con el pueblo-proletario, a pesar de todo lo que dijo Marx, quien consideraba al campesinado como una clase pequeño burguesa, como una clase reaccionaria” (BERDIAEV, 1997).

Este pueblo unido de obreros y campesinos resultó ser la sociedad civil en Rusia, el núcleo de toda la sociedad, compuesta por ciudadanos libres que tenían ideales e intereses similares. Esta sociedad civil soviética era diferente a la occidental. La soviética era una República de trabajadores, mientras que en Occidente era una República de propietarios.

Precisamente en la cuestión campesina, en forma de revolución basada en la unión de los obreros y campesinos para evitar la instauración del capitalismo, es donde se produjo la fractura entre mencheviques y bolcheviques, y donde se volvió a producir la fractura años después en el seno del bolchevismo. El odio al componente campesino determinó la actitud y la relación con el sistema soviético durante todos los años de su existencia, tanto en el interior como en el exterior de la URSS.

Kark Korsch, en “La ideología marxista en Rusia”, escribió…”Incluso Lenin, el más ortodoxo de los marxistas ortodoxos, el hombre que antes de octubre de 1917 había combatido duramente a la vez contra el populismo de Nikolaion y contra la teoría de Parvus-Trostki sobre la revolución permanente, … abandonó finalmente, en 1918-1920 aquel constante combate en favor del realismo crítico-revolucionario para pasarse, contradiciendo las condiciones objetiva reales, a la concepción neopopulista de un socialismo ruso propio. … fue el marxista ortodoxo ruso Lenin, quien en contradicción con todas sus declaraciones anteriores, creó el nuevo mito marxista de que el socialismo era inherente al Estado soviético y, por consiguiente, de la posibilidad … de realizar íntegramente la sociedad socialista en la Rusia soviética aislada. Esa degeneración de la doctrina marxista, que de hecho no es sino la simple justificación ideológica de un Estado en realidad capitalista e, inevitablemente por tanto, de un Estado basado en la supresión del movimiento revolucionario del proletariado” (KORSCH, 1976).

Muchos de los bolcheviques “ilustrados” accedieron a las posiciones de Lenin porque entendieron que podían utilizarlas en la coyuntura y, equivocadamente, creyeron que después podrían librarse de ese odioso componente “asiatizante”. Políticos como Bujarin o Trotski son sólo ejemplos de toda una pléyade de revolucionarios que entendieron el componente campesino sólo como instrumento para tomar el poder y que estaban dispuestos a soltar el lastre campesino a la menor oportunidad. “El proletariado sólo puede tomar el poder apoyándose en un movimiento nacional, en el entusiasmo popular. El proletariado llega al gobierno como el representante revolucionario de la nación, como el jefe popular aceptado en la lucha contra el absolutismo y la bárbara servidumbre. Pero una vez en el poder, el proletariado inicia una nueva época, la época de la legislación revolucionaria. … El gobierno obrero tendrá que … intervenir de forma decidida en todo tipo de relaciones y fenómenos … Y al mismo tiempo se ira rompiendo el vínculo revolucionario entre el proletariado y la nación, la descomposición del campesinado tomará forma política y el antagonismo entre sus componentes irá creciendo… El proletariado se verá obligado a introducir la lucha de clases en la aldea y de esta manera romperá la comunidad de intereses que sin duda existe en el campesinado. … El primitivismo del campesinado se volverá contra el proletariado. El carácter pequeño burgués y el primitivismo político del campesinado, su limitado horizonte aldeano, su aislamiento con respecto a la política mundial y su dependencia, representan una terrible dificultad para la consolidación política del proletariado en el poder” (TROTSKII L. , 1906).

Pero aquella oportunidad de desprenderse de la “clase incómoda”, en expresión de Teodor Shanin, no sólo no llegaba sino que el campesinado, sus concepciones del mundo, penetraban cada vez con más intensidad a la sociedad y al Estado que se estaba construyendo. Y fue entonces cuando se enfrascaron en una terrible lucha a todos los niveles que llegó a su momento culminante a finales de la década de los años 30 del siglo XX y que se desenvolvió en todos los frentes: en los sindicatos, en las fábricas, en el Ejército, en el NKVD, en los comités locales o regionales, en el Comité Central, en las juventudes del Konsomol, que era vista y entendida como una organización de “campesinos”, en los Congresos y Conferencias del Partido, en la literatura y en el cine, en la ciencia, etc.

En el verano de 1921 M. Gorki seguía en sus posiciones anti-campesinas y dijo, sin entender cuál era en realidad el estado de la cuestión: “de momento los obreros son los dueños de la situación, pero representan sólo una pequeña minoría en nuestro país… Los campesinos son una inmensa legión. En la lucha que desde el principio de la revolución mantienen las dos clases, los campesinos tienen todas las de ganar… Al final una inmensa ola campesina se lo tragará todo… El campesino será el dueño de Rusia, porque representa a la masa. Y esto será terrible para nuestro futuro” (MORIZET, 1922).

Por cierto, volviendo a Plejanov y Lenin, los mismos argumentos que esgrimió Plejanov contra el autor de las Tesis de abril, fueron recuperados más tarde por Trotski y Bujarin cuando sus divergencias conceptuales les llevaron al enfrentamiento total con el sistema soviético. Ellos identificaron a ese componente campesino que les impedía llevar a cabo la “verdadera” revolución proletaria. Identificaron su expresión política, sus resistencias en la lucha que ellos desataron contra él, y dieron nombre a la “cosa”, llamándolo estalinismo…

VI. ¡Ya es tarde!

En el año 1916, mientras residía en Suiza, Lenin escribió la que quizá fue, junto con las Tesis de abril, su obra más significativa: “El imperialismo como fase superior del capitalismo”. Un certero análisis de la realidad política y económica del capitalismo y de Rusia en el que Lenin muestra la evolución de sistema capitalista mundial y como éste se aleja de los supuestos teóricos de Marx y de las concepciones de la revolución proletaria mundial.

Marx en “El Capital” dice que, con el fin de entender el objeto de su investigación, el capitalismo, en toda su totalidad, libre de circunstancias secundarias que puedan provocar una percepción deformada del mismo, aborda el estudio del capitalismo como un modelo en el que el mundo entero es una única nación en la que se presupone que el modo de producción capitalista está establecido en todos sitios y en todos los sectores de la economía.

Pero este modelo es la expresión de una de las ideas principales de Marx a la que ya hemos hecho referencia más arriba, a saber, que todos los países deben pasar en un momento u otro por el capitalismo y alcanzar un desarrollo tal de sus fuerzas productivas y una agudización de las contradicciones de clase en su seno que darán lugar a la revolución socialista liderada por el proletariado.

Tanto el modelo de trabajo como la idea principal, que como Rosa Luxemburgo demostró en su trabajo “La acumulación de capital” (LUXEMBURGO, 1913), ya eran incorrectos en su propia concepción, no se correspondían para nada con la evolución real del capitalismo en la fase que Lenin llamó imperialismo.

Lenin mostró que el capitalismo en su fase imperialista había convertido en imposible este desarrollo del capitalismo por todo el mundo. Con el imperialismo, el capitalismo quedó dividido en dos bloques dispares: los países del capitalismo central y los países de la periferia del capitalismo, que en cierta medida forman parte del sistema capitalista mundial, pero en calidad de dominados y explotados por el centro.

Los enclaves del capitalismo en la periferia del mismo, creados con los capitales de las metrópolis, no son parte de las economías nacionales de los países o territorios de la periferia en los que se establecen, sino prolongaciones del capitalismo central que no pueden existir sin esa cualidad de vínculo periférico. Nunca podrán servir para el desarrollo de un capitalismo nacional en igualdad de condiciones que el capitalismo central. Su función es otra, la de ser una prolongación de los capitales metropolitanos y un instrumento de dominación.

Entre otras cosas, el “hambre” de recursos que tienen las metrópolis capitalistas hace ya imposible el desarrollo del capitalismo en otras regiones. Dichos recursos deberían quedarse en las regiones de la periferia para el desarrollo de su propio capitalismo, algo que las metrópolis no permiten. Este “hambre” de recursos hace que los países del capitalismo central controlen regiones enteras pensando sólo en sus necesidades futuras de recursos.

Por cierto, uno de los “materiales” fundamentales para la construcción del capitalismo local es la posesión de la tierra. Su transformación en propiedad privada es la clave para la acumulación de grandes recursos económicos. Sin tierra no se puede construir el capitalismo. Por eso lo primero que hace la dominación capitalista al entrar en un territorio es establecer rigurosos controles sobre la propiedad de la tierra, pudiendo permitir el usufructo de la misma a los campesinos para evitar desestabilidad social, pero controlando su propiedad, es decir, la posibilidad de comprarla o venderla, de convertirla en mercancía.

La propia experiencia Rusa de finales del siglo XIX y principios de siglo XX así lo confirmaba. Los elementos del capitalismo en Rusia lo eran en cuanto a instrumentos de dominación y explotación económica de una economía periférica. En el caso de Rusia, como en los demás países de la periferia del capitalismo, esos enclaves capitalistas en forma de empresas industriales, concesiones para la explotación de recursos naturales o inversiones en la construcción de ferrocarriles servían en primera y última instancia como instrumentos de explotación económica y opresión social, acelerando vertiginosamente los procesos de empobrecimiento de las poblaciones locales o indígenas.

Una vez introducido el capitalismo en la periferia, inmediatamente provoca de forma intencionada en las economías periféricas un agudo proceso de “demodernización”, es decir de destrucción y desmantelamiento de los elementos de modernidad que puedan existir en dichas economías. O lo que es lo mismo un proceso de arcaización social y económica.

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Si el capitalismo no tiene como objetivo crear una economía mundial capitalista “feliz” de un nivel de desarrollo similar en cada rincón del planeta, si impide entonces el desarrollo de las economías periféricas, e impide a su vez la transformación en proletariado de la inmensa legión de campesinos que se encuentran en diferentes niveles de evolución socioeconómica y cultural, impedirá también cualquier posibilidad de revolución proletaria, porque ya sabemos que, según los clásicos, sin proletariado no puede haber revolución socialista. Un círculo vicioso del que era imposible salir desde el marxismo socialdemócrata.

Pero aplicando el lema castellano de “tanto monta cortar como desatar”, en el “Imperialismo…” Lenin dio un paso fundamental en la concepción de las revoluciones anticapitalistas en los países de la periferia capitalista y en el desarrollo de la idea de la revolución en un solo país, sin esperar a una revolución mundial que deba producirse al unísono en todo el planeta. La Revolución de Octubre cortó el nudo gordiano del capitalismo imperialista mostrando que una revolución campesina podía ser revolucionaria y socialista, con un proyecto de construcción social basado en la justicia social y en “otra” modernidad de naturaleza anticapitalista.

Y aquí necesitamos una puntualización. El debate posterior sobre la revolución mundial o la revolución en un solo país que supuestamente enfrentó a Trotski y Stalin fue en realidad un discurso aparente que escondía detrás un debate más complejo. Por sus particulares características, Rusia y la URSS no pueden ser consideradas como «un solo país», sino como un conglomerado de países (¿una civilización?) en delicado equilibrio, compuesto por más de 150 etnias y nacionalidades diferentes con sus correspondientes lenguas, culturas, religiones y formas de entender el mundo, que viven en un territorio que, en palabras del gran poeta Serguei Esenin, es la “sexta parte de la tierra / con el corto nombre de Rus”.

En el mismo sentido, el concepto de «revolución mundial» argumentado por el trotskismo es otro eufemismo tras el que se oculta el concepto de «revolución en los países capitalistas desarrollados», es decir, en Europa occidental y los EE.UU. Aquí la revolución mundial se convierte entonces en un atributo de la «civilización universal» que debe marcar el camino a los países que no están dentro de ella. El universalismo humanista del marxismo es transformado en un cosmopolitismo eurocentrista.

Curiosamente, nunca se consideraron como parte de la «revolución mundial» los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la propia Rusia, China, Cuba o Vietnam, ni el firme apoyo que otros procesos clave de la historia del siglo XX, como la descolonización de los países de África y Asia, la modernización de los países árabes o el apoyo a los procesos de transformación de Iberoamérica, tuvieron desde la Unión Soviética y que no pueden ser entendidos sin el apoyo y presencia de la URSS.

Quizá no se consideraron parte de la “revolución mundial” porque eran países, regiones, continentes enteros, que no estaban dentro del concepto de civilización que Occidente tiene asumido como axioma. También, quizá, porque estas revoluciones se realizaron violando las «leyes de evolución histórica» del marxismo eurocentrista, es decir, sobre la misma base conceptual que la Revolución de Octubre, como decía Max Weber, sobre el «comunismo campesino arcaico» para «huir del capitalismo» (WEBER, K polozheniiu burzhuaznoi demokratii v Rossii, [1906] 1988 y 1989.). Hablando con rigor, nos encontramos frente a otro tipo de «revolución mundial», diferente a la que se refería Trotski: la «revolución mundial» de los que no estaban dentro de la «civilización universal».

Este proceso particular de “revolución mundial de los otros” fue iniciado en Rusia con la Revolución de Octubre, con el universalismo del marxismo no eurocentrista, con la incorporación al sistema soviético del componente popular campesino y de los valores universalistas de la conciencia nacional rusa expresados a través de la Idea Rusa, y se desarrolló posteriormente en estrecha colaboración con la URSS, como parte de un proyecto, probablemente no consciente, encaminado a crear una civilización comunista.

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Lenin recoge en su obra “El imperialismo…” unas palabras más que significativas del empresario millonario, político, colonizador y aventurero Cecil John Rhodes, fundador, entre otras cosas, de la empresa “De Beers Consolidated Mines” que ha venido controlando a lo largo de su existencia entre el 60% y el 90% de la producción y comercio mundial de diamantes. Este hombre, que llegó a construirse un país a su medida en el sur de África (Rhodesia) dijo que la solución de los problemas sociales en las metrópolis capitalistas era uno de los motivos principales de la explotación de las colonias: “Estuve ayer en Londres,… y asistí a una reunión de parados. Cuando escuché aquellos discursos salvajes, saturados de gritos de ¡Pan! ¡Pan!, de vuelta a casa, andando, fui pensando en lo que vi y me convencí, todavía más que antes, de la importancia del imperialismo… Mi idea fundamental es la solución de todos los problemas sociales, a saber: para salvar a cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil mortal, nosotros, los políticos coloniales, debemos de apoderarnos de nuevas tierras para alojar a los excesos de población, para obtener así nuevas regiones destinadas a la venta de mercancías producidas en las fábricas y en las minas. El imperio es, siempre yo he dicho esto, una cuestión de estómago. Si ustedes no quieren una guerra civil, debe ser imperialistas” (LENIN V. , Imperializm, kak visshaia stadiia kapitalizma, [1917] 1953).

Con el imperialismo y la creación de la periferia dominada, Occidente fue solucionando su “cuestión de estómago” convirtiendo a sus trabajadores en parte del sistema, en parte del imperialismo. Estos obreros de los países del capitalismo central dirigidos por los partidos socialdemócratas y los sindicatos reformistas, asumen la vigencia del capitalismo a la espera de la revolución mundial cuando el sistema capitalista agote sus posibilidades. Mientras dicho momento histórico llega, el capitalismo continua desarrollándose con la explotación de la periferia y los propios trabajadores, en la medida que el capitalismo metropolitano va accediendo a sus reivindicaciones sociales, se convierten en colaboradores directos en la continuidad del sistema y por tanto en la explotación directa de la periferia. Así, por poner sólo dos ejemplos notorios, tenemos que los obreros ingleses eran colaboradores en la explotación de la India como los belgas lo fueron del Congo, aunque fuera de forma no consciente. Esta estructura de colaboración de los obreros de las metrópolis capitalistas en la explotación de la periferia continúa en la actualidad con otras formas y apariencias, a pesar de los intentos de conformar las conciencias con la participación en ONGs y organizaciones similares.

Curiosamente el propio Engels escribió ya en 1858 sobre este asunto en una carta a Marx, opinión, o constatación que se mantuvo con los años y que repitió por ejemplo a Kautsky en 1882. El proletariado de los países del capitalismo central deja de ser una clase revolucionaria y se convierte en una clase reformista y entonces la esperanza en una revolución proletaria mundial dirigida por el proletariado de los países del capitalismo central se convierte en una referencia mítica imposible de ser llevada a práctica.

El testigo del protagonismo revolucionario lo recoge entonces el campesinado autóctono, en sus diferentes formas, de los países de la periferia del capitalismo. Ellos son los que rompiendo el vínculo de dominación en sus respectivos países, naciones o territorios, pueden quebrar el sistema capitalista en donde es más débil.

Aquí radica la importancia de la teoría leninista y la clave del desacuerdo entre las distintas familias de la izquierda revolucionaria. La revolución mundial anticapitalista, en el sentido de evitar el paso por el capitalismo, es una revolución de las clases populares de la periferia capitalista. Es la revolución mundial de los otros, de los que no han pasado por la revolución industrial, ni por la revolución científica ni por la Ilustración. Es la revolución de los que no han contribuido al desarrollo de la Historia Universal tal y como la entendía Hegel.

Max Weber realizó una aportación fundamental al estudiar Rusia y su delicada situación prerrevolucionaria[4]. “¡Ya es tarde!”, expresó el gran filósofo alemán al referirse al desarrollo del capitalismo en Rusia (WEBER, Perejod Rossii k psedokonstitutsionalizmu, [1906] 1988 y 1989). “El capitalismo ha cambiado”, dijo, “y por tanto no puede permitir que en su periferia aparezcan formas iniciales del capitalismo”. Estas formas iniciales no tienen ninguna capacidad de subsistir porque serán arrasadas por el capitalismo maduro de la metrópoli, por el capitalismo monopolista imperialista. Por tanto, hablando de Rusia como periferia del capitalismo, según Weber, era imposible el desarrollo en ella del capitalismo y por tanto a la revolución en ciernes no le quedaba otra alternativa que ser anticapitalista, de lo contrario Rusia continuaría siendo parte del capitalismo en forma de periferia explotada y dominada.

VII.- La lucha social y la guerra nacional.

Los campesinos rusos, considerados reaccionarios por el marxismo escolástico, resultaron “más” revolucionarios que los obreros occidentales en la medida que con su revolución negaron el capitalismo, quebraron su continuidad y le amenazaron donde más le dolía, en el abastecimiento de sus recursos, en la negación de la existencia de esa periferia sin la cual el propio capitalismo no solo no puede recibir los recursos económicos que le son imprescindibles para su existencia, sino que no puede solucionar su “cuestión de estómago” a la que hacía referencia Cecil Rhodes. El conflicto social, la guerra civil, vuelve a aparecer como un fantasma en el seno del capitalismo.

El ejemplo de Octubre de 1917 tuvo un gran alcance mundial, independientemente de las interpretaciones y las condenas que desde Occidente se hicieron. La revolución rusa fue vista como el gran momento histórico de los pueblos de la periferia. Y en ellos ese gran momento no fue planteado según los cánones del marxismo como revoluciones proletarias. No podían serlo porque no había en ellos proletariado, pero tampoco querían serlo porque no querían reproducir modelos foráneos occidentales.

Se plantearon desde el primer momento como revoluciones populares por la liberación nacional del dominio capitalista. Negaban en su esencia el capitalismo y negaban seguir siendo periferia, dependencia dominada de las metrópolis capitalistas. Y aquí el capitalismo entendió desde el primer momento el gran riesgo que suponía la Revolución de Octubre de 1917 y el sistema soviético.

Además, el carácter de las revoluciones posteriores no dejaba lugar a dudas. La revolución en China, en Vietnam, en Cuba, la independencia de África y de Asia, las revoluciones árabes, tenían una naturaleza anticapitalista. Negaban al capitalismo la posibilidad de seguir utilizando a estos países como fuente de recursos. No es necesario que detallemos la respuesta del capitalismo por todo el mundo. Guerra en China, en Vietnam, en Argelia, en Mozambique, en Angola, en el Congo que se llamó belga, por poner sólo unos ejemplos. Asesinato de políticos como Patricio Lumumba, que pedían la independencia real de sus jóvenes naciones. Guerras en las que murieron millones de personas y que destruyeron economías y acabaron con los proyectos de liberación y de independencia nacional.

Quizá el ejemplo paradigmático por excelencia es el caso de los países árabes. Aunque durante décadas los ingleses apoyaron a los turcos y los utilizaron contra los rusos en los Balcanes, en el sur de Rusia y en el Cáucaso, fue precisamente el Reino Unido quien intrigó y guerreó contra el Imperio Otomano para propiciar su derrota y su desmembramiento: la intención era clara, crear Estados títeres totalmente dominados por la Gran Bretaña. La configuración de las fronteras en los Balcanes y en Oriente Medio fue obra de la política británica, de su brújula, de su compás y de sus mapas.

Pero aquel proyecto británico años después se cruzó de bruces con las ideas de liberación nacional de los árabes, con los proyectos de creación de Estados nacionales modernos, laicos, socialistas, con economías independientes del capitalismo metropolitano. La apuesta fue arriesgada. Nació al amparo de la Unión Soviética. No tanto al amparo de su ayuda directa, que también, sino al amparo de su hegemonía como “otro” vector de desarrollo, otra alternativa a la civilización capitalista. Desaparecida la URSS, desaparecieron las repúblicas árabes laicas pereciendo en el empeño de construir sus Estados nacionales al margen del control y dominio del capitalismo central.

Sus líderes, como expresión de los Estados que gobernaban y de los proyectos que representaban, fueron caricaturizados, ridiculizados, convertidos en terribles sátrapas por la prensa internacional. Acusados de dudosos crímenes, de la posesión de armas que nunca aparecieron, fueron finalmente asesinados de forma vergonzante, como escarmiento de su terrible atrevimiento: desafiar al poder del imperialismo.

Sin embargo, como en su día, y no sin cierta ironía, escribió Stalin en sus “Cuestiones de leninismo”: hay momentos en la historia en los que… “El carácter revolucionario del movimiento nacional en el contexto de la opresión imperialista no presupone la presencia de elementos proletarios en dicho movimiento,… La lucha de un emir afgano por la independencia de Afganistán supone una lucha revolucionaria objetiva a pesar de las concepciones monárquicas del emir y sus seguidores, ya que debilita, descompone… al imperialismo, mientras que la lucha de demócratas desesperados como, digamos, Kerenski y Tsereteli, …. durante la guerra imperialista fue una lucha reaccionaria ya que tuvo como resultado … el fortalecimiento y la victoria del imperialismo. La lucha de los comerciantes egipcios, de los intelectuales burgueses por la independencia de Egipto significa, por las mismas causas, una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de la procedencia burguesa … de los líderes del movimiento de liberación nacional egipcio, a pesar de que son contrarios al socialismo, mientras que la lucha del gobierno obrero inglés por la conservación de la posición dependiente de Egipto significa, por las mismas causas, una lucha reaccionaria a pesar de la procedencia proletaria y a pesar de que se consideren proletarios los miembros de este gobierno, a pesar de que estén a “favor” del socialismo. … Y no hablo de otros movimientos nacionales, de otras colonias y países dependiente más grandes, como la India y China, en los que cada paso en la dirección de la liberación, incluso si se violan las exigencias de la democracia formal, suponen un golpe de martillo de vapor en el imperialismo, es decir un paso indudablemente revolucionario. Lenin tenían razón cuando decía que el movimiento nacional de los países oprimidos hay que valorarlo no desde el punto de vista de la democracia formal, sino desde el punto de vista de los resultados reales en el balance general de la lucha contra el imperialismo, es decir, ‘no de forma aislada sino en el contexto mundial’ ” (STALIN, [1930] 1947).

* * *

Hay otro aspecto importante en el bolchevismo. Occidente, incluida la socialdemocracia, vio en el bolchevismo a las fuerzas de Asia. Y no sólo Europa. También la delgada élite occidentalista rusa lo percibió así. Y quizá no estaban del todo equivocados. En realidad lo que ellos entendían por Asia era en definitiva la naturaleza particular de la cultura rusa. Lo que unos han definido como civilización y otros como Idea rusa… Eslavofilismo, populismo, paneslavismo, euroasiatismo, cosmismo, Dostoievski, Tolstoi, Fiodorov, Blok o Esenin, son sólo algunas de las múltiples formas en las que se han expresado en un corto periodo de tiempo histórico los intentos de Rusia de mostrarse como una cultura particular con su propio lugar en el mundo y con su propio proyecto de desarrollo.

La fuerza arrolladora del bolchevismo radicó en el hecho de que se convirtió en la expresión del comunismo campesino ruso y de todos estos movimientos, en la síntesis de todo el movimiento revolucionario ruso, al que fue incorporado importantes componentes del pensamiento marxista. Lo que se expresa en el gran reactor social que fue la Revolución de Octubre y el proyecto soviético es la necesidad de la cultura rusa de expresarse de forma independiente a la cultura occidental, de superar a Europa. No en vano, Chaadaev escribió un siglo antes aquello de…. “Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones… Es más, yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana” (CHAADAEV, Apologiia sumasshedshego. Polnoe sobranie sochineii i izbranniie pisma, [1837] 1991).

Vasili Zenkovskii decía que el tema principal de los escritos de Chaadaev fue el destino histórico de Rusia en el contexto histórico de toda la humanidad. «Chaadaev pretendía resolver la misma cuestión que ocupaba a Hegel, el establecimiento del contenido fundamental de la historia, oculto tras la envoltura de los hechos externos. Por supuesto para Chaadaev existe la historia universal, el sujeto de la cual es toda la humanidad, pero su esencia no se encuentra en la mezcla de todos los pueblos en un conjunto cosmopolita, sino en el destino diferenciado, en los caminos particulares de los diferentes pueblos. Cada pueblo es una Personalidad Moral” (ZENKOVSKII, [1948] 1989).

Chaadaev fijó en un lenguaje moderno y después de un análisis de la cultura rusa que pretendió ser globalizador (sistémico), una concepción de la historia de Rusia que pasó a ser dominante, con sus correspondientes variantes y matices, en el pensamiento filosófico de la intelligentsia rusa. Chaadaev fijó la concepción de Rusia como una civilización. Aunque lo hizo quizá sin pretenderlo. Criticando la no pertenencia de Rusia a la civilización universal, Chaadaev puso de manifiesto aquellos rasgos fundamentales que diferencian a Rusia de la civilización occidental (universal) y que la definen como una civilización particular: “La cuestión reside en que nosotros nunca fuimos juntos con otros pueblos. Nosotros no pertenecemos a ninguna de las familias conocidas del ser humano, ni a Occidente ni a Oriente, y no tenemos las tradiciones ni de unos ni de otros” (CHAADAEV, Filosoficheskie pisma. Pismo pervoe. Polnoe sobranie sochinenii i izbranniie pisma, [1829] 1991).

Pero no hay que olvidar que esa necesidad de manifestarse como proyecto independiente se expresó en la época del capitalismo imperialista como una reacción contra el capitalismo mundial como modelo de desarrollo. El bolchevismo negó al capitalismo y se convirtió en su gran enemigo. Y Occidente entendió este conflicto inmediatamente y en respuesta nombró a Rusia como su enemigo principal y lanzó todas sus fuerzas contra ella.

El conflicto social, la lucha contra el proyecto socialista, se transformó rápidamente en guerra nacional. La derrota del proyecto emancipador que suponía la revolución rusa de Octubre y su concreción en el sistema soviético se convirtió en el primer objetivo de Occidente. El enemigo a derrotar era la Unión Soviética.

Volvemos ahora a lo escrito al principio de este artículo. La invasión de la URSS por Alemania en junio de 1941 tenía dos objetivos fundamentales, los dos componentes de los que hablábamos en el párrafo anterior. Por un lado la guerra social y por otro lado la guerra nacional.

Occidente había asumido la necesidad de acabar con el sistema soviético porque era un ejemplo y un baluarte que amenazaba a todo el sistema capitalista mundial. Mostraba el camino de la revolución anticapitalista y el de la creación de un Estado nacional independiente, fuera del ámbito del capitalismo. Era por tanto un ejemplo para los países de la periferia capitalista, una tentación que había que hacer desaparecer.

Pero no era sólo un modelo teórico. Era un modelo práctico. En los años 30 del siglo XX, en apenas 15 años de existencia del sistema soviético, la URSS había podido crear una industria nacional independiente, un sistema educativo único en el mundo con una universidad de altísima calidad, una ciencia de alto nivel con una de las mejores infraestructuras de investigación, una agricultura moderna, un sistema estatal de seguridad social compuesto de ambulatorios, policlínicas, hospitales, casas de descanso, sanatorios y campamentos infantiles, que abarcaba a la sexta parte de las tierras emergidas y que había hecho llegar la sanidad moderna a zonas remotas del centro de Asía donde semejante posibilidad sólo 15 años antes era impensable.

Aquella inmensa masa de 148 millones de campesinos que representaban el 85% de la población rusa, mal alimentados y a los que se les negaba la educación más elemental, no sólo fueron alimentados, no sólo fueron alfabetizados, sino que estudiando en las facultades obreras, en las universidades estatales, en los institutos de la Academia de Ciencias, se convirtieron en apenas unos años en ingenieros y científicos con una gran curiosidad intelectual que aprendieron a diseñar, construir y manejar máquinas en extremo complejas, a racionalizar el trabajo y el uso de los recursos, a poner en vuelo cientos de modelos diferentes de aviones, a diseñar motores a reacción y cohetes espaciales, a dominar el átomo.

Contra ese modelo de construcción social, contra ese modelo de futuro que podía ser válido para una parte fundamental del planeta Tierra, se lanzó en una guerra de exterminio el capitalismo europeo dirigido por el capitalismo alemán en su forma de nacional-socialismo.

Pero este es sólo el aspecto social de aquella guerra. El aspecto nacional vino representado por los planes del capitalismo alemán de convertir a la Unión Soviética en su gran colonia continental. Ese era el otro gran objetivo de Alemania.

Privado de sus posesiones coloniales de ultramar, obligado a pagar costosas reparaciones de guerra, el capitalismo alemán entendió que tenía en el patio de su casa “la guerra civil”. Y para atajar aquel gran caos social tenía, entre otras cosas, que solucionar su “cuestión de estómago” siguiendo las recomendaciones del gran Rhodes: Alemania tenía que volver a disponer de posesiones coloniales.

Y dónde mejor encontrarlas que en el inmenso espacio del este. Allí estaba, esperando, el ansiado “espacio vital”. Y Rusia fue “nombrada” colonia y los eslavos bolcheviques fueron “nombrados” y rebajados a la condición de indígenas infrahumanos y por tanto susceptibles de ser exterminados. Y ya sabemos que el verbo se hizo carne, es decir, en este caso, las palabras se convirtieron en hechos rotundos. Y es ahí donde toma su total dimensión el inmenso, por sus objetivos, Plan General del Este, del que con detalle hablábamos en las primeras páginas de este artículo.

Y en relación dialéctica con lo anterior, tenemos que la lucha de la Unión Soviética contra la agresión del imperialismo capitalista en su forma estatal de nacional-socialismo, tiene los dos contenidos que iban implícitos en la agresión: la lucha social, la lucha anticapitalista, pero ya claramente por un modelo concreto de socialismo, y la guerra nacional, esta última en forma de gran movimiento de liberación nacional contra el capitalismo imperialista. Quizá la primera guerra realmente antiimperialista de la historia, en el sentido moderno del término.

Moscú, octubre de 2017

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  1. “Otechestvennie zapiski” fue una revista de literatura y política publicada en San Peterburgo entre los años 1839 y 1884. En su primera época fue dirigida por Vissarion Belinskii y en ella colaboraron autores como Herzen, Nekrasov, Saltikov-Schedrin y el propio Engelgardt, la mayoría de ellos vinculados con la intelligentsia democrático-revolucionaria. Fue cerrada por orden gubernamental en 1884.
  2. En el original siguen 115 firmas de campesinos jefes de casa que son los que en representación de cada familia tenían derecho a voto en las asambleas campesinas, prototipos de los soviets o consejos.
  3. ¿Cuál es el criterio que manejan “nuestros marxistas” para considerar bárbaro a un país o a un sistema económico? ¿Su bienestar? ¿Los niveles de su producción industrial? El desarrollo de sus relaciones de producción, dirían algunos. En plena guerra contra Alemania, la URSS fue capaz de fabricar entre los años 1941 y julio de 1945 la cantidad de 137.200 aviones de todo tipo. Esta enorme cantidad de equipos de alta tecnología, con todos sus componentes y sistemas de apoyo en tierra, fueron diseñados, fabricados, pilotados y administrados en el frente de forma racional por los ciudadanos de un país que, literalmente, 25 años atrás tenía al 85% de la población analfabeta. España, país moderno y con una larga trayectoria en aportaciones a la ciencia y la tecnología, no ha puesto nunca en producción industrial ni un solo avión completo. ¿En qué modo de producción nos encontraríamos nosotros como país?Si el criterio es el bienestar, ¿podríamos considerar bárbaros a los belgas? Es un país con uno de los niveles de vida más altos del mundo, pero todo ese bienestar proviene de la “gestión” colonial del llamado Congo belga… y en esa gestión los muertos, por esclavitud, malos tratos, enfermedades, mutilaciones y asesinatos se cuentan por muchos millones. Incluso la pandemia del SIDA está íntimamente asociada en su desarrollo y expansión a la explotación colonial e imperialista del Congo. Ese regusto civilizado de los belgas por el racismo, la dominación y la explotación colonial lo expresaron con toda claridad durante la invasión alemana de la URSS, cuando miles de jóvenes belgas se alistaron voluntariamente en las SS y marcharon felices a conquistar nuevas tierras en las grandes llanuras del este de Europa. Consulten las estadísticas de los muertos belgas durante la II Guerra Mundial y verán al lado de quien lucharon realmente. Pero eso no es barbarie, ni tampoco “modo asiático de producción”. Es capitalismo, imperialismo, progreso y civilización.
  4. El filósofo Max Weber tuvo un gran interés por el proceso revolucionario en Rusia. Interés que se acentuó a partir del año 1904. Aprendió ruso, al parecer muy rápido, con un nivel que le permitió leer revistas y libros. Sus dos trabajos principales, en los que expresa sus reflexiones sobre la revolución en Rusia, fueron publicados por primera vez en alemán en 1906. En ruso, estos trabajos fueron publicados por primera vez en la revista rusa Sintaksis, en París, en 1988 y 1989.
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