Artículos escritos por Antonio Fernández Ortiz

PASCUAL MARÍN GONZÁLEZ, MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

PASCUAL MARÍN GONZÁLEZ

MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

Antonio Fernández Ortiz

Sabemos que el tiempo no existe, aunque nos empeñemos en medirlo, hasta descomponerlo en fracciones que no llegamos a entender porque escapan a nuestra naturaleza. Ahora, algunos incluso hablan del microtiempo y del nanotiempo. Mi amigo Marco, el Quillo, que trabaja en el Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando, en Cádiz, el lugar en el que empezaron a medir el tiempo y a elaborar complejas tablas y calendarios para que los barcos de la Carrera de Indias se orientaran mejor en la mar océana, dice que allí miden el tiempo con relojes atómicos, para mayor precisión. ¡Qué obsesión!

Y nosotros, aquí, en Espartal, sin tiempo. Incluso los relojes que un día pusieron en las torres y espadañas de las iglesias dejaron de funcionar; no sabemos si por dejadez de los relojeros, que se dieron cuenta de la fatalidad del tiempo inexistente y dejaron de engrasar los engranajes, o porque el denso olor del esparto atrancó para siempre sus mecanismos. También los relojes de pulsera que llevaban los humanos en sus muñecas eran más de presumir que de medir. Además, ya lo decía Manolo el Torronto, que fue torero de fama y joyero/relojero en el mismo tiempo: no hay reloj que estire la fama y mucho menos la vida.

Pascual nació, literalmente, en la casa de sus abuelos maternos en la Plaza de Colón, en las cuestas del pueblo viejo, en la casa de Pepe el Abaranero y de Josefica la Cocona, que a su vez era hermana de la Encarnación la Cocona, su tía abuela, que fue mujer que trabajó durante largos años como picaora de esparto, pero que nació con «gracia» y se ganó gran fama y mucho respeto como sanadora de daños corporales y espirituales.

Fue aquella una casa mágica, en la que afloraban, en cota más baja, por debajo de la Losa del Pueblo, las mismas aguas habitadas por la Encantá del Ojo de la Fuente. Allí vivieron sus padres el primer año de recién casados, compartiendo casa como la mayoría de las gentes sencillas de Espartal, hasta que se fueron de alquiler a un modesto piso en las recién construidas Casas Baratas del Zaraiche, cerca de la mítica rambla del Realejo que a veces bajaba rugiendo sus arrebatados caudales desde la Sierra de Ascoy.

Pascual, cuando mayor, decía que era Tieso y Migalo. Su padre, Miguel Marín Ruiz, fue Liberato y Migalo, aunque siempre fue conocido como Liberato, herencia de su madre y abuela paterna de Pascual, que tuvo en tiempos lejanos una cantina o ventorrillo en el paraje de Barratera, donde paraban arrieros y bandoleros de menor importancia. Miguel fue empleado de la sección de aguas del ayuntamiento de Espartal y su madre, Piedad González Ortiz, que fue Tiesa, trabajó en la conserva de los Guirao y sobre todo y durante mucho tiempo en la lonja del pescado, motivo por el que fue siempre conocida en el pueblo como Piedaica la del pescao.

Siendo un niño de unos siete años, contaba Pascual, enfermó de una dolencia cardiaca que le obligó a guardar cama durante largos meses. Allí, además de crecer, descubrió, como muchos niños de la época, su pasión por los tebeos. De ellos nació su afición por el dibujo, y Pascual se convirtió en un maestro de las viñetas. Miguel, su padre, que se dio cuenta de la afición del joven dibujante, le traía los rollos usados de las máquinas de sumar y multiplicar de la sección de aguas y en ellos, en el reverso de interminables sumas, Pascual dibujaba largas historias a modo de películas de dibujos animados que enseñaba, haciendo al mismo tiempo de guionista y narrador, a sus hermanas y a los amigos y vecinos cuando venían a visitarlo. Ya apuntaban sus maneras pedagógicas.

Pascual no solo vivía en Espartal, sino que también compartía la filosofía del tiempo de este particular lugar, tanto del pueblo como del territorio ensimismado que nos rodea. Claro que algunos, como es su caso, lo habitamos por partida doble, porque además existimos en el Club Atalaya, que ya es en sí núcleo y empeño máximo del ensimismamiento. Y justo en este lugar coincidimos, una tarde con el sol ya en retirada.

Entrar por primera vez al Club en aquellos años era ya en sí una acción de atrevimiento. Al fin y al cabo era un lugar maldito, de rojos irredentos que se atrevieron a exigir que no se fusilara a aquellos jóvenes condenados por el pequeño generalísimo de arrugado cartón gris. Para colmo de dificultades, tenía el Club Atalaya una puerta estrecha y una escalera angosta, vigilada siempre por la atenta mirada de un barbudo Che Guevara, que giraba dos veces en ángulo recto para desembocar en un amplio rellano desde el que se divisaba el jolgorio interno de complicidades que hacía sentirse tímido al recién llegado. Aquel rellano hizo siempre de espacio iniciático, a modo de nártex, que era como se llamaba en la arquitectura antigua cristiana el lugar reservado para las personas que todavía no habían recibido el bautismo, los catecúmenos (ojo, también los penitentes).

Pero alguien con acertado criterio había colocado en el amplio rellano superior de la escalera un banco forrado de eskay, que se adhería con empeño obsesivo a las piernas desnudas durante el verano, una especie de sofá de pobres, a modo de etapa intermedia y observatorio en el que escudriñar una mirada cómplice que finalmente te invitara a entrar. Y allí nos conocimos, sentados en aquel banco, esperando a ser bautizados, que en la rutina del Club era y sigue siendo incorporarte a cualquier actividad o trabajo de los que estén en curso. Y si se te ocurre coger una escoba y ponerte a barrer, tienes el triunfo garantizado y la condición inmediata de socio.

Como quien dice, el Caudillo aquel, bajito y con voz de pito, acababa de morirse y ya se le había visto pasear por Espartal en las noches de luna arrastrando una cadena atada a su tobillo derecho, dando trompicones, y cargando sobre sus espaldas fantasmales y penitentes la enorme losa que sus correligionarios habían colocado sobre su tumba para que jamás saliese de allí (ten amigos para eso). Decían que se había vuelto frecuente en la casa de Pepín el de las Cartas y luego, mucho después, en la de Sebastián Villa, que fue el que heredó de Pepín el don de las cartas. Al parecer, buscaba que le anunciaran si iba a tener algún tipo de redención en la carga que acumulaba sobre su alma y sobre su espalda en forma de enorme bloque de granito de la Sierra de Madrid. Por cada partícula de cuarzo, un muerto en la guerra civil; por cada partícula de feldespato, una privación de libertad; por cada partícula de mica, un asesinato. Y desde que Sebastián Villa se fue también para el otro lado y ya no está en la parte visible de Espartal, al acartonado generalísimo ya no se le ve con tanta frecuencia fantasmal por las calles del pueblo y tampoco sabemos con quién hablará de esas cargas que le atormentan.

Pues eso, que acababa de morirse el Sable Justiciero de Occidente cuando tuvimos nuestra primera conversación, y la verdad es que ya ha llovido desde aquello. Y la de cosas que hemos hecho juntos, y separados, desde entonces. Aunque cuando intentas hacer memoria parece que fue ayer. Es lo que tiene eso que dicen tiempo.

Nos incorporamos rápidamente a la vida cotidiana del Club, que no tenía nada de cotidiana, sino todo lo contrario. Pura efervescencia en unos años complicados y revueltos. El generalísimo se había muerto, pero los suyos y sus cachorros continuaban matando a las gentes e inventándoselas para ver la manera de seguir con el bastón de mando. Y nosotros a la contra. Siempre a la contra. Ruptura, nunca reforma, e hicimos campaña contra el referéndum para la reforma democrática del señor Suárez y sus bandidos lanzando clandestinas octavillas por las penumbras de las calles del pueblo.

La vida y las actividades del Club nos absorbían en una dinámica endiablada. Reuniones, asambleas, conferencias, partidos, sindicatos, teatro, libros, música. No habíamos terminado con una cosa cuando ya teníamos otra. La fiesta popular de la Plaza de los Carros la teníamos una vez al año, pero eran largos meses de preparación. Con nuestro Cine Club La Linterna Mágika teníamos proyecciones semanales, pero en verano también salíamos por los barrios pobres del pueblo, en nuestra modesta «misión pedagógica», con una vieja máquina de 35 mm a proyectar en las fachadas laterales de los bloques de los pisos películas de amor y aventuras. Besos y persecuciones a caballo, barcos piratas y naves estelares, de romanos y octavos pasajeros.

Música en el Club, cantautores, Luis Pastor, Elisa Serna, Unsain, Pablo Guerrero, Suburbano, Manuel Gerena, José Meneses, Paco Ibáñez. La tradición musical del Club se prolonga ya casi sesenta años y no decrece. Lo bueno del Club Atalaya es que te permite conocer a una gran cantidad de personas y tener al mismo tiempo varios círculos de amigos y conocidos. Por el Club, a modo de balcón, nos asomábamos al mundo y el mundo llegaba a nosotros.

Pronto nuestro círculo de amistades aumentó y se diversificó. Teníamos el Club y también la casa de Mariano Camacho. Algunos coincidíamos en ambos grupos, otros no. La verdad es que la casa de Mariano, su biblioteca, fue como una prolongación del Club Atalaya desde siempre. O viceversa. Mariano no solo era también uno más del Club, fue también, junto con Pepe Marín, su alma mater. Ellos fueron nuestras referencias políticas, ideológicas y culturales.

Por temporadas, estábamos más en un sitio u otro, aunque durante unos cuantos años, no muchos, Pascual fue más de la Casa de Mariano y yo más del Club Atalaya. Nos encontrábamos en los dos sitios y sobre todo cuando salíamos por la noche. ¡Al Musicola! Y a otros garitos con menos glamour que abundaban en las noches de Espartal. Y en los días de verano, a bañarnos al río con el resto de amigos, el núcleo duro, y después a los bares a tomar la cerveza. Lo del aperitivo y las cervezas del mediodía fue ya para siempre, sobre todo en el bar Gran Vía, el de Paco Campos. El núcleo duro de aquella costumbre, a la que a veces se incorporaban otros amigos, hemos sido a lo largo de esta infinidad de años Fernando Fernández, al que un día le dio por convertirse en Alfaqueque y por editar libros; Antonio Balsalobre, al que le dio por escribirlos, Pascual y el que escribe estas líneas. ¡Ay, esos veranos noctámbulos…! De calles de pueblo viejo, de Muro, de Paseo de los Mártires (de Franco) y de Plaza de España (también de Franco). Pascual casi siempre con un buen vaso de horchata de chufa y un servidor con otro de avellana, de una de las horchaterías de los valencianos, de la Esquina del Convento o de la calle de Angostos, que compartían nombre pero no dueños ni sabores.

Comenzamos nuestras excursiones y viajes para conocer las geografías inmediatas y las lejanas. Con Juanjo Martínez Soler empezamos muy pronto a salir todos los fines de semana: la cima y los alrededores del Almorchón, la Rambla del Cárcavo, el Salero de Reales, el manantial de aguas sulfurosas, el Quípar hasta la desembocadura en el Segura, el Cañón de Almadenes, el curso del río Segura, las Ramblas del Judío, del Moro y del Agua Amarga, la Atalaya, la Sierra del Oro, la Sierra de Ascoy, el Barranco de los Grajos, la cima de la Cabeza de Asno, el Picarcho y la Cueva de los Encantados en la noche de San Juan, La Sierra Larga… Todos estos, y muchos más recorridos, los repetimos luego infinidad de veces con las salidas semanales del Club Atalaya, acompañados también de otros amigos que venían de fuera.

En el SEAT 127 de Juanjo nos fuimos los tres a los Pirineos: Huesca, Ordesa, Lérida, Aigüestortes… Magnífico viaje que se convirtió en un referente en nuestras vidas. Luego, con Ascensión Maqueda hicimos nuestro particular Viaje a la Alcarria y a la Serranía de Guadalajara y después pasamos a Soria, El Burgo de Osma, Calatañazor, donde Almanzor perdió su tambor, Numancia, Vinuesa, la Laguna Negra, los Picos de Urbión, el nacimiento del Duero y la Tierra de Alvargonzález. Para Pascual, absoluto antoniomachadista, vivir la geografía de Antonio Machado en los campos de Castilla, en Soria, en San Saturio o en la Laguna Negra fue un momento especial que quedó para siempre en su memoria.

Luego viajamos a Córdoba y después a Marruecos, aquel intenso viaje con Antonio y Juan. Más tarde a Portugal y luego vino a Moscú, donde ya estaba yo viviendo en el arrebato de un día que duró treinta y tres años. Vino a la capital de Eurasia con Jerónimo Miralles, que fue primero mancebo de la farmacia del Camino de la Estación y luego muchas cosas más, y la Josefina Ruiz, la maestra de niños pobres en la escuela de la ermita del Santo Cristo. Hubo, desde luego, otros viajes, pero de los que hablaremos otro día.

El cine fue otra pasión desenfrenada. Llegamos a él de la mano de Pepe Marín, que siempre anduvo en una locura creadora alrededor del cine y que nos empujó en aquella tremenda aventura que fue y sigue siendo el Cine Club La Linterna Mágika. Armados de dos pistolas al cinto, como en los duelos de vaqueros en el oeste americano, la máquina de 35 mm a la derecha y la de 16 mm a la izquierda, programamos y proyectamos, con los demás compañeros del Club, cientos, miles de películas. Con nuestra portátil de 35 mm proyectábamos las películas de los catálogos de las compañías más comerciales. Y con la de 16 mm, una potente máquina de fabricación alemana que pudimos comprar con una insuficiente subvención del Ministerio de Cultura del último gobierno de Adolfo Suárez, que completamos a escote entre los amigos del Club, proyectamos hasta la última película de los fondos filmográficos de las embajadas de la República Federal Alemana, de la Unión Soviética y de otras, que no solo cedían las películas para su proyección de forma gratuita, sino que pagaban el transporte en ferrocarril desde Madrid hasta nuestra estación, donde las recogíamos cada semana en unas instalaciones que ahora son parte del paisaje fantasmal de Espartal.

Luego, nuestras proyecciones de cine dieron un salto cualitativo con las Semanas de Cine Mágico, verdadero festival cinematográfico en el que el Club Atalaya, gracias a la inventiva, la habilidad y el trabajo colectivo, se convertía, literalmente, en un estudio de cine que implicaba la conversión del territorio del Club en varios espacios cinematográficos simultáneos. Y van ya treinta y cuatro ediciones de este mágico festival de cine, en el que Pascual fue siempre, con su particular ingenio, una piedra angular.

Cuando llegó el tiempo del servicio militar, los amigos acompañamos a Pascual hasta la estación del ferrocarril. Hizo el periodo de instrucción en Colmenar Viejo y cuando juró la bandera de la patria vino a Espartal con un permiso de una semana, antes de incorporarse a un regimiento de la Brunete que estaba cerca de Prado del Rey. Llegó un domingo por la tarde al pueblo, y aquel día nos vimos por la noche. Yo estaba ansioso de que Pascual contara su experiencia porque justo al sábado siguiente debía incorporarme también al servicio militar en el cuartel de Colmenar Viejo. «Cuenta Pascual, cuenta», le decía yo, más preocupado que siete viejas. Y Pascual contaba…

Al día siguiente, lunes, mientras íbamos juntos en dirección al Club Atalaya, en una tarde oscura de febrero, nos enteramos por las voces alarmadas que salían de un radiotransistor que Emilio el fontanero tenía a todo volumen en su taller, de que un teniente coronel de apellido Tejero y tricornio acharolado se había subido al púlpito parlamentario para decir aquella democrática frase, muy corta, por cierto, de «¡Que se sienten, coño!». El susto de nuestras almas jóvenes fue mayúsculo. Ya nos veíamos impelidos a tomar las armas contra el pueblo. Pero, por suerte, las cosas no llegaron a tanto y la sangre no llegó al río. Y aquella madrugada de hora incierta vimos por la televisión a un rey que decían era campechano con guerrera de cintura para arriba, dando una confusa orden de parar.

Si algo hicimos en aquella mili fue leer novela y poesía como si no hubiera un mañana. De tal manera que acabamos coincidiendo los dos en que aquellos que decían que la mili era una pérdida de tiempo, pues lo que no sabían era emplear el tiempo. Como yo estaba destinado en la Academia de Infantería en Toledo y Pascual estaba en las cercanías de Prado del Rey, pues nos veíamos algunos fines de semana en Madrid y a veces en Espartal en algunos rebajes. Comentábamos los libros que estábamos leyendo, comprábamos algunos y los comentábamos en cuanto teníamos ocasión. Así, en el mismo tiempo, leímos muchos libros que luego debatíamos. Práctica que mantuvimos ya para siempre a lo largo de los años.

***

Pepe Marín era una mente que no descansaba. Siempre tenía una sorpresa, una nueva iniciativa. Por algún motivo lejano imposible de recordar, Pepe tuvo noticia de que todos los papeles del Archivo Histórico Municipal de Espartal estaban siendo sometidos a la «crítica roedora de los ratones». Y en aquel tiempo confuso anterior a las primeras elecciones municipales, un grupo de compañeros del Club, de forma absolutamente altruista, comenzamos a ir los sábados por la mañana a intentar salvar aquel fondo documental. Excepto las actas capitulares y otros libros de rancio abolengo que estaban en un artístico armario de madera noble de haya, todos los demás documentos estaban caídos por los suelos. Hubo que recomponer viejas estanterías de madera para habilitar un mínimo mobiliario donde hacer una primera clasificación. Pero fue más tarde, cuando volvimos de servir a la patria, y cuando ya era alcalde Juan Antonio Martínez Real, cuando abordamos en serio la catalogación del Archivo Municipal, guiados por Pepe Marín, quien estableció contacto con especialistas de los archivos provinciales del entonces Consejo Regional de Murcia.

Fue un trabajo apasionante y de absoluta convivencia y complicidad diaria con Pascual. Catalogar significa leer cada documento, entenderlo y elaborar una ficha con un resumen que permita a futuros investigadores y usuarios entender el contenido del documento antes de llegar a él. Y en cada lectura descubríamos parte de la naturaleza oculta de esta geografía sentimental que habitamos en forma de pueblo y territorio. Algunos «descubrimientos» resultaron impactantes. Un día Pascual encontró las que posiblemente fueron las primeras fichas con fotografías de los rostros de quintos que se realizaron en este pueblo. Eran las fotografías de las caras de la clase obrera. Quedamos impresionados al ver la vejez prematura de aquellos rostros como asustados, quemados y deshidratados por el duro trabajo, la escasa alimentación y el sol implacable. Terribles resultaron también otras fichas, las de los informes personales de cientos de habitantes de nuestro pueblo. Al principio no entendimos el verdadero alcance de aquellas fichas porque las encontramos dispersas y en el curso de varios meses. Al final, comprendimos que todas ellas formaban un fichero, una gran base de datos, elaborada por varios autores a lo largo de dos o tres años y que sirvió para dar respuesta, la mayoría de las veces acusadora, a las peticiones de información que recibió el ayuntamiento tras finalizar la guerra desde campos de concentración, cárceles, comisiones de depuración o tribunales sumarísimos.

Y una nota curiosa, que también las hubo. En las actas capitulares y en otros documentos aparecían por varios motivos, por ejemplo la limpieza de las acequias, los nombres de los parajes agrícolas y de los montes y espartizales. Pascual se dio cuenta de que lo que estudiaba como disciplina la Gramática Histórica, la evolución de los sonidos, de las palabras y de las formas de escritura, estaba reflejado en aquellas actas. Era la constatación documental de la evolución del castellano, que quedaba fijada con más fuerza cada vez que cambiaba el escribano, el secretario que redactaba el acta. No solo cambiaba su caligrafía, algunas de ellas realmente espectaculares por sus filigranas; cambiaba lo que era más importante, la forma en la que expresaba por escrito los sonidos que escuchaba.

Un ejemplo de lo que constató Pascual fue la evolución del nombre de uno de los parajes más emblemáticos de nuestro pueblo: El Menjú. Hace tiempo que está demostrado por sabios especialistas que este paraje debe su nombre a su vinculación con la familia de los reyes taifas murcianos de los Ibn Hud. Al parecer, el paraje fue una de las muchas posesiones que aquella familia tuvo en el reino de Murcia. Pues bien, al ir leyendo las actas para hacer el resumen de su contenido, Pascual constató que prácticamente cada año recibíamos desde África la visita no deseada de la plaga de langostas y que, con el fin de atajarla y menguar los grandes desastres que ocasionaba en los cultivos, se organizaban grupos de personas que las combatían. Al frente de cada grupo había un responsable y en las actas, cuando se tenía noticia de la llegada de la plaga, se nombraba un encargado para combatirla en cada paraje. En el Fatego, en los Charcos, en el Horno, en el Elipe… y también en el Menjú. En una de aquellas lejanas actas capitulares, el paraje aparece nombrado como Abençud, años después como Abenjud, posteriormente también como Avenjud, luego como Abenjú, más tarde Benjú y finalmente Menjú. Puede que haya otras variantes, pero ya no lo recuerdo. Pascual, cuando constató la evolución, tomó nota, datando los años en los que encontró los cambios de aquel nombre, contextualizándolo con otros nombres y señalando las coincidencias, cuando las había, con la llegada de nuevos escribanos. Elaboró un buen material y con Pepe Marín entendimos que daba para escribir un pequeño artículo para una de nuestras revistas «En Cieza». Pero como ninguno de nosotros tenía entonces conocimientos de aquella materia, convinimos en llevarle los materiales a una especialista de la Universidad de Murcia para que escribiera el artículo. La señora, muy amablemente, lo escribió. Pero, al parecer, no considerando a dos zagales iletrados de pueblo como fuente fiable de información, escribió el mencionado artículo basándose en otros estudios de la academia de «curso legal», haciendo una mención de pasada de lo encontrado en nuestro Archivo. ¡Cosas de la ciencia universitaria! Pascual se llevó un pequeño disgusto cuando recibimos el texto, pero educados como éramos, respetamos su criterio y publicamos aquel artículo.

La aventura del Archivo Municipal acabó mal. No para nosotros, sino para el Archivo. Mientras Juan Antonio fue alcalde, continuamos catalogando los fondos documentales sin problemas. Lo mismo en el corto periodo en que fue alcalde Antonio Abellán, pero cuando llegó el siguiente alcalde socialista y su tropa de torpes concejales, por no decir otra cosa (y a los que no vamos a nombrar porque no se lo merecen. ¡Al infierno del olvido con ellos!), pararon los trabajos de catalogación, trasladaron el Archivo de lugar, destruyeron parte del trabajo realizado en aquel traslado hecho sin ningún tipo de cuidado y, excepto pequeños trabajos de catalogación realizados posteriormente por becarios de forma deslavazada, nunca más se hizo ningún trabajo serio con el Archivo Histórico Municipal.

Empezaron los traslados sin fuste, el deterioro no solo de lo catalogado, sino también del contenido documental y, por lo que parece, también su expolio. Ningún alcalde, ni concejales, de ningún partido gobernante han querido saber nada del Archivo ni han hecho absolutamente nada. Incluso es muy probable que no supieran que existe tal cosa. La última noticia que tuvimos del Archivo es que estaba depositado en un bajo de propiedad municipal sin ningún tipo de protección o custodia, sobre palets de madera, cubierto por el polvo y sometido como antaño a la dura «crítica roedora de los ratones». La actual corporación está en la misma sintonía con el olvido de un patrimonio municipal tan importante. Para nosotros, aquella experiencia de juventud fue un importante hito en nuestra formación, y en concreto a Pascual siempre le asomaba un sabor amargo por el destino trágico del Archivo…

***

Fueron años vertiginosos. Mientras estábamos en el Archivo, en las reuniones en casa de Mariano y en el Club Atalaya, comenzamos a dar forma a tres proyectos de una gran trascendencia. La publicación de una revista, la participación más directa en la vida política del pueblo con la posibilidad de creación de una organización política y de una candidatura municipal, y la creación de la Universidad Popular de Cieza.

Es importante señalar el carácter colectivo que han tenido siempre los proyectos en los que hemos participado. Fue y es la marca de la casa, la impronta del Club Atalaya. Y para el caso concreto de estos tres proyectos, el espacio en donde nacieron y se consolidaron fue la casa de Mariano Camacho, o mejor dicho, la biblioteca de Mariano, entre otras cosas porque en el Club estábamos de obras, reparando la vieja estructura de sus paredes y haciendo una nueva fachada y entrada que es la que tenemos hoy.

En algún momento, en una tertulia nocturna, medio en broma, medio en serio, alguien planteó la opción de participar en la política municipal. Aquella idea fue tomando forma y se vio conveniente invitar a otros amigos y conocidos a discutir sobre este asunto. Al final quedaron institucionalizadas unas reuniones amplias en aquella biblioteca los domingos por la mañana. Fuimos definiendo qué queríamos, cuáles eran las ideas que nos unían, y así hasta que llegamos a un punto crítico: ¿cómo materializar aquella participación? Se barajó la oportunidad de crear un partido político de carácter local, o una candidatura municipal, pero veíamos que aquello no sería suficiente. Quedaríamos atrapados en un localismo que no era nuestro objetivo. Estudiamos la posibilidad de incorporarnos a algún partido político de los ya constituidos, como por ejemplo al PSOE, que nos lanzaba mensajes de amor desde Murcia, pero quedó pronto descartado por la deriva socialista de aquellos años, sobre todo con el asunto de la OTAN y las reconversiones industriales.

Pensamos en incorporarnos al PCE, pero aquella idea no contó con el entusiasmo de algunos, los más moderados, por lo que optamos por un «andar despacio», para ver cómo evolucionaba la política nacional, sobre todo en lo que luego se ha llamado «la izquierda del PSOE». Y mientras, en la espera, fue cuando convinimos en que sería necesaria una revista para establecer una vía de contacto con las gentes de nuestro pueblo.

En todas aquellas reuniones, Pascual fue siempre un elemento fundamental. En ellas definió su legendaria forma de intervenir en reuniones y asambleas. Guardaba silencio, escuchaba las intervenciones de los demás, los argumentos, réplicas y contrarréplicas, en definitiva, el debate. Hasta que consideraba el momento oportuno de intervenir, siempre de forma brillante, adecuada, acertada. El caso es que siempre esperábamos su intervención, porque sabíamos que aportaría cosas que se nos habían pasado.

La casa de Mariano pasó a ser la «redacción» de la revista. Se proponían los temas a tratar en cada número y se decidía quién se encargaba de la elaboración de cada artículo y de la corrección. Todo era muy artesanal. Había que mecanografiar los textos en columnas de una anchura determinada que luego se reducía en un porcentaje determinado en fotocopiadoras de alta calidad en Murcia. Había que buscar dibujos, fotografías, letras titulares, etc., que se montaban en unas plantillas definitivas que volvían a ser corregidas.

Con Pascual montamos una pareja perfectamente sincronizada. Los diferentes autores nos entregaban sus textos y nosotros los mecanografiábamos en el formato y medidas adecuados. Pascual dictaba los contenidos, con voz clara y precisa, respetando las pausas y advirtiendo de las comillas, paréntesis y demás signos. Y yo mecanografiaba en diferentes máquinas de escribir, para cambiar el tipo de letra según cada artículo. Unas veces en una máquina Olivetti con la carcasa verde que mis padres me regalaron cuando cumplí dieciséis años. Otras veces con la máquina de escribir, también Olivetti, que Mariano tenía en su biblioteca. Luego, otros amigos corregían los textos, porque con la velocidad y las deficiencias de nuestra formación, las faltas de ortografía y las «erratas, malditas ratas» que decía Mariano, aparecían con cierta frecuencia. Así salieron las primeras revistas. Las ideas para el diseño y la maquetación fueron siempre de Pepe Marín, quien siempre insistía en que tan importante era el contenido como el continente y que nos volvía locos con las nuevas ideas, los nuevos formatos que traía a cada reunión.

Finalmente, cuando «cerrábamos» el número, nos desplazábamos en grupo de la mano de Diego Ríos, el impresor, a las imprentas que él conocía por la provincia para imprimir finalmente los ejemplares. Íbamos el «comité de redacción» al completo porque ayudábamos a Ríos con nuestro trabajo en la impresión y así salía esta mucho más económica.

En una ocasión, cuando ya teníamos que comenzar a mecanografiar un nuevo número, nos enteramos de que el cura de la ermita, que vivía en un modesto piso justo en los accesos a la Estación del Ferrocarril de Espartal, tenía una máquina electrónica que almacenaba en su memoria un renglón de no recuerdo cuántos caracteres y que además admitía el cambio (manual) de los tipos de letra. Y ni cortos ni perezosos, allí que nos fuimos los dos a la casa del sacerdote, en representación del comité de redacción, a pedirle a aquel amable señor si nos permitía hacer unas pruebas. Era un sacerdote joven y nuevo en el pueblo. Y aunque al principio se sorprendió, no puso ningún inconveniente en dejarnos hacer la prueba. Al día siguiente, por la tarde, allí estábamos los dos para mecanografiar un artículo corto y llevar el resultado de la prueba a la redacción.

¡Qué maravilla! Aquella máquina sacaba un trazo mucho más limpio y tenía una velocidad de vértigo. Le regalamos al cura varios números anteriores para que tuviera una idea de cuál era nuestra «línea editorial». Y el hombre encantado nos propuso mecanografiar ese número entero en su casa. Y así lo hicimos. Previo acuerdo de día y hora, dictante y mecanógrafo nos presentábamos en la casa del joven sacerdote, cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo, pero de quien siempre estaremos agradecidos por su ayuda y confianza. Y entre medias, con los datos técnicos y la marca que le dimos, Mariano localizó en Murcia, en una tienda especializada, un modelo similar, pero más avanzado, el último grito, y la compró. Aquel aparato diabólico, que escribía a una velocidad impensable para nosotros apenas unas semanas antes, nos permitió trabajar a otro ritmo y rápidamente sacamos aquel número y otros consecutivos.

Aquella revista que llamamos «En Cieza» no fue la primera revista que hicimos en el Club Atalaya, pero sí fue la primera en tener una cierta continuidad y que dio lugar al «Taller de la Palabra» del Club Atalaya, donde a lo largo de varias décadas hemos sacado adelante revistas, libros, folletos, periódicos, páginas digitales, cartapacios, etc. Revistas como «En Cieza», «En Cieza Digital», «Tras Cieza», «Espartania», «Cuadernos Ciezanos», «El Libro del Esparto» o «El Bartolo» son solo una parte de la intensa labor creativa en la que, con la palabra, el ingenio y el diseño, participamos un gran número de amigos y compañeros, entre los que siempre se encontró en primera línea de fuego Pascual.

Al tiempo que con la revista, comenzamos con otro gran proyecto, como ya se ha dicho unos párrafos antes. La Universidad Popular. Fue un proyecto nacional promovido por un sector del PSOE, cuando este partido todavía conservaba contacto y vínculo con los trabajadores, para promocionar la formación no académicamente reglada de las clases populares en pueblos y ciudades de toda la geografía española. Pepe Marín y Mariano Camacho recogieron aquel desafío y nos plantearon a todos la idea de sacarlo adelante. Coincidimos en aquel proyecto con otras gentes ajenas a nuestro círculo cercano con las que pronto establecimos una muy buena relación de trabajo y finalmente de amistad. Fue una verdadera escuela en equipo que, aunque los resultados finales nunca fueron los que debieron ser, por cuestiones directas de política municipal partidista, sí que fue muy fructífera en lo relativo a nuestra formación. Hablo de métodos de trabajo, sistema de búsqueda de conocimientos, aprendizaje, escritura y redacción de textos, experiencia en el debate y en la puesta en común, etc. Las amistades que se fraguaron en aquel proceso, con personas que ni pensaban ni piensan como nosotros en lo político, se mantienen al día de hoy.

Dos anécdotas sobre aquel proceso. En un determinado momento, la Comisión Nacional de Universidades Populares organizó un curso intensivo de gestores culturales que tuvo lugar en Las Navas del Marqués (Ávila), en el Castillo-Palacio de Magalia, que desde 1946 había sido un centro de la Sección Femenina, pero que desde 1976 había pasado a depender del Ministerio de Cultura. A la Universidad Popular de Cieza le fueron asignadas tres plazas. Por acuerdo del colectivo fuimos designadas tres personas: Pascual, José Carlos y un servidor. ¡Aquello sí que fue una experiencia! Diez días de estancia, de viernes hasta el siguiente sábado… Chicos y chicas jóvenes de todo el territorio peninsular, cursos, encuentros, conferencias, charlas, talleres, debates. ¡Aquello sí que era lujo! No teníamos que preocuparnos de nada. Y la comida… ¡Excepcional! El primer día nos pusieron de segundo para comer «chuletón de Ávila». Creo que ninguno de los dos había comido tanta carne de vacuno en su vida. ¡Era tan grande como media vaca! Y como buen murciano, dice Pascual: «Se les ha olvidado el limón» y allá que vamos y le pedimos a la chica que atendía nuestra mesa un trozo de limón. La que liamos aquel día. Vino hasta el cocinero jefe a preguntarnos si es que la carne estaba mala. A Pascual se le subieron todos los tonos del rojo a la cara y a mí, entiendo que también, solo que no me veía a mí mismo. Al final le explicamos como pudimos a aquel preocupado cocinero que no, que la carne estaba exquisita, pero que éramos de Espartal y que allí le ponemos limón a todo lo que llega a la mesa… o al menos le poníamos, que ahora con las modas universalizantes, hasta al limón hemos renunciado. El hombre se tranquilizó, los demás comensales dejaron de mirarnos como a bichos raros, nos trajeron nuestros sendos limones cuarteados y nos metimos entre pecho y espalda aquel magnífico chuletón de Ávila. Después vino de nuevo el cocinero, muy preocupado el hombre, a preguntar si la carne había sido de nuestro agrado. Claro, qué le íbamos a decir, si aquello estaba riquísimo. Debió de entender que éramos jóvenes de pueblo con limitada experiencia culinaria en gustos castellanos, como así era. El caso es que el chuletón, por estar en el menú, lo comimos casi a diario, pero en nuestro caso, acompañado siempre con medio limón. La buena memoria del cocinero se acordaba de nosotros en cada ocasión.

La otra anécdota ocurrió ya en la fase inmediatamente previa a la puesta en marcha de la Universidad Popular. Y lo dice todo de la naturaleza solidaria de Pascual. En una de las reuniones, nos nombraron a los dos para ocupar los puestos remunerados de gestores culturales de la Universidad Popular. Todos hablaron y apoyaron nuestro nombramiento. Todo decidido. Y como siempre hacía, Pascual habló el último y dijo, más o menos… «Como nosotros dos ya estamos trabajando en el Archivo y tenemos un sueldo, es mejor que los puestos con salario de gestores culturales de la Universidad Popular los cubran dos de los compañeros que están sin trabajo y sin subsidio de desempleo». Y así, como si nada, Pascual renunció por los dos a aquel puesto de trabajo. Uno de los compañeros propuestos renunció más tarde y fue sustituido por otro… Como ya hemos contado, nuestro contrato en el Archivo no fue prorrogado y terminó apenas unos meses más tarde y los de la Universidad Popular resultaron puestos vitalicios. ¡Vaya puntería!

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La vertiente «política» de aquellas reuniones en la casa de Mariano tuvo como resultado la creación de la Plataforma Contra la OTAN, de la que Pascual fue uno de sus promotores, a la par de todos nosotros. Incluso un martes de carnaval ganamos un concurso de disfraces en el Club Atalaya que consistió en dos billetes gratuitos para ir a Madrid en el tren que salió de Cartagena, lleno hasta los topes, para asistir a la gran manifestación anti OTAN del 23 de febrero de 1986. Ojo con los carnavales, que Pascual no se perdía ni uno. En una ocasión memorable hizo estragos vestido de demonio, con un tridente y un búho en el hombro. Historia que queda para otra ocasión.

De aquella Plataforma anti OTAN y de la derrota en el referéndum de 12 de marzo de 1986 que aglutinó a siete millones de votos, surgió a finales de abril de aquel año Izquierda Unida. Y ahí estuvo Pascual. Una vez más. En primera línea, constatando su forma de participar en las cosas, incluso en la política. La discreción y la modestia. Entender la acción desde lo colectivo. Recuerdo ir con Pascual por las noches a las casas de viejos amigos, de antiguos militantes, para convencerles de que era necesario incorporarse a la lucha política. Y la verdad es que hubo mucho éxito en aquel empeño. No cabe duda de que fue por el carisma de Pascual. Y de aquella Plataforma anti OTAN vino la participación del colectivo de la casa de Mariano en la vida política del pueblo de Espartal durante varias décadas en forma de Izquierda Unida.

Hay mucho, pero mucho que contar sobre este genial hombre que es Pascual. Digo que es, porque sigue estando. No se ha ido. Como no se ha ido ninguno de los nuestros. Siempre activo, siempre prudente, haciendo el trabajo menos visible, pero con una capacidad intelectual tremenda. Pocos intelectuales han tenido una influencia tan grande en su comunidad, en su pueblo, y han sido al mismo tiempo tan poco conocidos. Alma mater de las revistas, con artículos, firmados o anónimos, sobre vocabulario chito, sobre prácticas culturales, sobre la Universidad Popular, sobre la cultura en general o sobre el esparto… y en especial su obra favorita, en la que puso mucho empeño, además de su ingenio e inventiva: el periódico satírico El Bartolo.

Hace unos años, el ayuntamiento de Espartal, sin duda en un arrebato de una fiebre de verano, en un imposible intento de medir el tiempo, concedió al Club Atalaya un reconocimiento (¡qué cosas!) por nuestros primeros cincuenta años de existencia. Parece qué por lo del que dirán fue un segundo puesto, un premio de plata. ¡No llegamos al oro! ¡dita sea! Pero allá que fuimos a recogerlo, como siempre, todos juntos. Y cuando llegó el momento de recoger aquella placa donde estaba grabado en letra de filigrana nuestro honroso segundo puesto, desde el tendido de sombra de los ediles reacios a la concesión incluso de aquel segundo premio, se oía un coro que gritaba: «a estos no, a estos no, que son los del Bartolo». Y una concejala muy airada sacó incluso varios ejemplares que mostró al respetable a modo de prueba de cargo. Y Pascual, allí sentado, entre el público, viendo, escuchando y disfrutando. Sonriendo y diciendo aquella desconcertante coletilla suya de «¡eh, eh, eh,!» De la que nunca entendimos si preguntaba, exclamaba o afirmaba.

Las Semanas de Cine Mágico del Club Atalaya no pueden ser entendidas sin Pascual, al igual que las Semanas Republicanas y de la Memoria Histórica, el Museo del Esparto, o la olvidada fiesta de la Plaza de los Carros, el Memorial de Mariano Camacho y, en especial, la Atalayica, la escuela infantil del Club Atalaya en la que, junto con Aurelio, Fernando, Tuli, Jero, Caty, Paquita y otros nombres que me dejo en el tintero, educaron a miles de niños de este pueblo olvidadizo de sus héroes.

Admiró y fue alumno y amigo del alma de Mariano Camacho, de Pepe Marín, de Jerónimo Miralles, de Juanjo Martínez Soler, de Agustín Cano, de Pascual el Paisia o de Jerónimo Villa. De los esparteros del Museo del Esparto, los del retablo de las sillas vacías que escribió Pepe. De Paco el Wuey, de Avilés y de todos nosotros los que seguimos aquí, en la trinchera.

***

Pascual leyó y escribió mucho. Más de lo que podemos imaginarnos. Y una cosa y la otra la hizo con modestia en el sentido de no hacerla pública más allá del círculo más cercano de amigos. Uno de los autores que leímos durante el servicio militar fue Gustave Flaubert. A Pascual le encantaba el gran escritor del realismo francés del siglo XIX. A lo largo de la vida, leímos y desmenuzamos muchas veces «Madame Bovary» y «La educación sentimental», porque cuando hicimos la primera lectura no terminamos de entender, por nuestra juventud, en toda su dimensión, aquellas obras. Y por eso quiero traer «La educación sentimental» a colación al final de este escrito. En esta obra, Flaubert aborda varias cuestiones en el contexto del vacío existencial de la burguesía francesa de la mitad del siglo XIX, del conflicto permanente entre los ideales románticos y la cruda realidad. Por un lado, la desilusión y el fracaso de la voluntad de sus principales protagonistas; por otro, el conflicto entre el idealismo romántico y el materialismo burgués y capitalista. Estas condiciones y contradicciones llevan a la banalidad de la existencia humana, a la vida insustancial, a la corrupción de la memoria y a la angustia por el paso insulso, vacío, del tiempo. En el capítulo final de la novela, en sus últimos párrafos, los protagonistas se encuentran al final de sus vidas y solo son capaces de recordar y poner en valor vital, como gran metáfora de una vida vacía, la experiencia sórdida y trivial del paso por un triste burdel.

También leyó Pascual —leímos los dos—, la gran novela de Nikolai Ostrovski, «Así se templó el acero». La antítesis del mundo que refleja Flaubert en su novela. La antítesis del modelo de juventud. En el caso de «Así se templó el acero», el protagonista madura desde la pobreza, desde la condición humilde, hasta convertirse en una persona con conciencia social y revolucionaria que, ante las dificultades, moldea su carácter y su naturaleza, hasta que se hace fuerte como el acero.

Nosotros vivimos nuestra experiencia vital, nuestra propia «educación sentimental». Pero la vivimos madurando desde nuestra condición humilde, desde las cuestas de los pobres, hasta convertirnos en personas con conciencia social e implicadas en las luchas por las transformaciones y por la justicia social. Y lo hemos hecho siempre desde lo colectivo, desde nuestro Club Atalaya. Pascual fue un luchador de largo, larguísimo recorrido. Un imprescindible de los que luchan toda la vida. Fue un revolucionario tierno, cariñoso y fraternal que entendió la vida como lo más preciado que poseemos las personas, como algo que se nos otorga y disfrutamos una sola vez y que él, con un gran altruismo, dedicó a la lucha. Siempre desde la ternura y el cariño, consciente y resistente, fuerte como el acero.

***

Una tarde, vino Pascual a su Club Atalaya, como lo hizo siempre, sin avisar, como quien no quiere la cosa. Estuvimos hablando por la tarde, luego pasamos a nuestra cantina y nos tomamos unas cervezas con María, Andrés, Nati y Garci. Él, sin alcohol, como desde hacía tiempo. Organizamos el mundo y nos reímos con sus salidas ingeniosas. Luego, los dos, nos fuimos juntos, como siempre, parando en cada esquina para profundizar en algún aspecto de la conversación, como hacíamos desde el día que nos conocimos. Así llegamos a la última esquina, a la que hacía de punto de bifurcación. Allí, siguiendo el viejo patrón de nuestras conversaciones, hablamos hasta entrada la madrugada… En un momento dimos por terminada la conversación y con un «nos vemos», cada uno tiró para su casa. Fue la última vez que nos vimos. Apenas unos días después se fue para el otro lado. A las grietas y recovecos de este pueblo de ecos ensimismados que también decía Pepe Marín. Sabemos que está. Lo sentimos. Pero no lo vemos…

Podría seguir escribiendo sobre Pascual tantas palabras como estrellas tiene el cielo en una noche oscura. No hay papel que pueda abarcar una vida como la suya y una amistad como la nuestra. Como no se trata de contarlo todo de una vez, dejo mucho para otras escrituras, para otros textos. Por hoy es suficiente. Solo un último párrafo…

Pascual es el ejemplo paradigmático del intelectual en la sombra, pero por modestia natural, porque nunca aspiró a ningún protagonismo personal. Siempre se vio y se entendió a sí mismo junto con sus amigos, en lo colectivo. Y tengo que decirlo. Pascual se vio y se entendió, y entendió el mundo, como comunista. Como comunista del Club Atalaya. Y no solo nunca renunció a esa condición, sino que la llevó siempre, como una forma de vida, con mucho orgullo.

Y como las paredes del Club Atalaya son elásticas y porosas, nos llega entre los ecos del otro lado un nítido ¡Eh, eh, eh…! Y seguimos sin entender si pregunta, exclama o afirma. O todo en el mismo tiempo.

En el Club Atalaya – Ateneo de la Villa,

tu territorio y el nuestro,

en tiempos de primavera de 2026.

Publicado en el libro VI Memorial Mariano Camacho,

editado por el Club Atalaya – Ateneo de la Villa.

Cieza – 2026

VIVAN LAS CADENAS Y MUERAN LOS NEGROS

VENEZUELA ANTE EL BLOQUEO ECONÓMICO, LA INJERENCIA POLÍTICA Y LA INTERVENCIÓN MILITAR

Sobre la guerra y la paz

¡Por última vez, vuelve en sí, viejo mundo!

A la fiesta fraternal del trabajo y la paz,

Por última vez, a una luminosa fiesta fraternal,

¡La bárbara lira te convoca!

Alexandr Blok (Skifi)

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Y volvamos a los tambores de guerra en Eurasia. Dicen los políticos en el “jardín europeo” que Rusia es una amenaza para la seguridad de Europa. Es un viejo discurso, tan viejo como los intereses desmesurados de la vieja Europa imperialista por apoderarse de los territorios y las riquezas de Rusia. Inglaterra y Francia ya emplearon esos discursos para justificar su intervencionismo, con dinero, asesores militares y armas, en las guerras del Cáucaso a mitad del siglo XIX. Y también para justificar la invasión de Crimea. Y también en sus apoyos al Imperio otomano en sus guerras con Rusia. Y también para justificar la Intervención conjunta en la Guerra Civil rusa en los años 1919-1922. Y también lo hizo la Alemania nazi para justificar su invasión en 1941. Todos aquellos discursos eran falsos. Lo mismo que los de ahora. No les preocupa emplear los mismos argumentos. Les siguen sirviendo a base de machacarnos con ellos a través de los medios de comunicación. Mentían entonces y mienten ahora.

Parece que los alemanes y el resto de europeos no aprenden con la historia que ellos mismos han protagonizado en los últimos cuatrocientos años. Ni siquiera con la historia del siglo XX, tan inmediatamente próxima y tan inmensamente trágica. Y nuevamente se han embarcado en un conflicto con Rusia. No se conformaron con la aparición de nuevos Estados y con la configuración de las nuevas fronteras tras la desaparición de la URSS en 1991. Entendiendo que Rusia estaba en una posición de debilidad, decidieron que era de nuevo posible quedarse con esos territorios. No les era suficiente con que fuesen independientes, los querían para ellos. Como en 1914, como en 1941, el Lebensraun o “espacio vital” alemán y centro europeo continúa siendo necesario e imprescindible, y estaba y está a tiro de piedra. Tras el “espacio vital” suena otro concepto: el “Drang nach Osten”, el “avance hacia el este”. Y otra vez vuelven a recorrer las armas y los asesores militares europeos las viejas geografías de Eurasia. Vuelven a sonar los nombres de entonces, que esconden los mismos o similares intereses.

Como ya hemos escrito en otra ocasión, en el año 1918 Ucrania se convirtió en un Estado títere bajo control de Alemania. El artificio duró poco y Ucrania acabó reincorporándose a Rusia -en aquellos años en forma de URSS- como una República Socialista Soviética. Entre septiembre de 1941 y noviembre de 1943, Kiev estuvo ocupada por los alemanes, quienes de una u otra manera coquetearon con nacionalistas ucranianos, dejándoles imaginar que sería factible una república títere ucraniana bajo tutela del Tercer Reich. Pero el Ejército Rojo expulsó a los alemanes y echó por tierra las ilusiones de aquellos nacionalistas filonazis.

En marzo de 1991, el bueno de Gorbachov puso en cuestión, mediante un referéndum que se sacó de la chistera, como buen ilusionista que era, la continuidad de la URSS. Pero les salió mal la jugada. Con una participación de más del 80% del electorado, un 76% de los votantes votó a favor de la continuidad de la URSS. Así que, no haciendo caso al resultado del referéndum y saltándose la Constitución de la Unión Soviética y todas las leyes posibles, se inventaron una “reunión de presidentes de Repúblicas Soviéticas” en un pabellón de caza en el bosque de Belovezha (en la actual Bielorrusia, cerca de la frontera con Polonia por si tenían que huir a Occidente) a la que asistieron los “presidentes” de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, salidos también de la misma chistera, y en la que firmaron un acuerdo que proclamaba la disolución de la URSS. De aquella disolución nacieron 15 Estados independientes, entre ellos Ucrania.

Han pasado 34 años de aquellas independencias, durante los cuales Occidente no ha dejado de intervenir en los asuntos internos de estos países de forma descarada y arrogante. En el caso de Ucrania, el intervencionismo ha sido manifiesto y desafiante. Se han organizado revoluciones (la Naranja y la de Maidan), se han anulado y forzado elecciones, se han derrocado presidentes, se ha desestabilizado el país y se ha provocado una guerra civil (sin contar el intervencionismo de asesores militares y otro tipo de “especialistas”). ¿No era acaso suficiente con que Ucrania fuese un Estado independiente? ¿Por qué ese permanente interés en intervenir en los asuntos internos de Ucrania? ¿Tan necesario era que Ucrania entrara en la Unión Europea y la OTAN? ¿Para quién era necesario? Parece que para los EEUU y para Alemania, en esta ocasión en forma de Unión Europea.

Vaya obsesión la de Alemania. En cien años, tres veces ha intervenido a lo grande en territorio ucraniano. También los EEUU han intervenido siempre que han podido, bien directamente con sus ejércitos en territorio ruso, como por ejemplo en los años 1919-1922, o bien en el espacio ruso-soviético de forma indirecta durante los años de la Guerra Fría. Queda claro que sin tanto “interés” de Europa occidental y los EEUU por Ucrania, esta guerra no se hubiese producido y los tanques Leopard, al igual que en su día los Tigres y Panteras (¡qué obsesión con los depredadores felinos!), no estarían circulando por los caminos de la geografía ruso-ucraniana.

Esta guerra actual de Occidente en Ucrania y contra Rusia no es solo por los recursos. Este es un aspecto parcial. La obsesión principal de Occidente durante los últimos 34 años ha sido la de rematar, liquidar definitivamente a Rusia como Estado, como nación soberana. Demasiado grande, demasiado importante, demasiado rica en recursos. Había que liquidar, desmembrar a Rusia antes de que levantara de nuevo cabeza. Al principio todo fue bien para Occidente. Pero al fin y a la postre fueron lentos y dejaron pasar la ventana de oportunidad que se les presentó. Y cuando vinieron a darse cuenta, Rusia ya no era la de la década de los noventa. Ahora ya es otra. Y no solo le hace frente al viejo “jardín europeo”, sino que es capaz de derrotar, por enésima vez, a Occidente. ¡Es que no aprenden!

Además, ahora también vuelve a estar en juego otra cosa mucho más importante. De nuevo, con otras formas y con otros discursos, los pueblos de la periferia de capitalismo, las antiguas colonias, para que nos entendamos, los que estaban destinados a ser eternamente esclavos, han alzado la voz y están desafiando a sus antiguas metrópolis. No son todos. El “método Yakarta”, como herramienta efectiva del imperialismo capitalista, destrozó a muchos de estos pueblos. Pero los que consiguieron resistir están cuestionándole al Imperio, al Occidente colectivo, sus normas y su hegemonía. Los viejos territorios coloniales son ahora capaces de “fabricar fábricas que fabrican fábricas” que a su vez llenan el mundo de productos de todo tipo, y en especial de alta tecnología, más económicos, de mejor calidad y en mayor cantidad. Las viejas “normas comerciales” están siendo cuestionadas y cambiadas. Ya no les asustan ni las sanciones ni los aranceles.

La Unión Europea llama a la guerra con insistencia. Pretende crear ejércitos para enviarlos de nuevo a luchar contra Rusia en Ucrania (y también a otros lugares, todo a su tiempo). Surgen algunas dudas. Por ejemplo, los minerales estratégicos necesarios para producir las diferentes aleaciones de acero para usos militares se producen y se traen de fuera de Europa. Prácticamente, todo lo que es estratégico y necesario para Europa viene de lejanas geografías. Incluso el uranio base del combustible para las centrales y el arsenal nuclear, viene en lo fundamental de fuera de Europa. Ni hablar ya del petróleo y el gas. También es verdad que la Unión Europea ha sido de todo menos sensata en estos últimos años, imponiendo sanciones a Rusia que al final solo han perjudicado al sancionador. No sería la primera vez que Europa se lanza a una guerra sin tener los recursos necesarios para soportarla. Alemania y sus aliados se lanzaron a un terrible conflicto invadiendo a la Unión Soviética sin tener petróleo para producir el combustible necesario para sus “ejércitos de motores”. Esperaban conseguirlo sobre la marcha. En el verano de 1942 iniciaron una gigantesca ofensiva con destino al petróleo del Cáucaso y sobre todo del Caspio. Pero la terrible derrota en el flanco este de aquella tremenda operación, en Stalingrado, acabó por destrozar los planes alemanes y tuvieron que retirarse aprisa y corriendo para evitar una catástrofe todavía mayor.

Y lo más importante. Tanto hablar de la guerra, de la necesidad de armamento, de la defensa, pero no nos dicen nada de las personas, de los millones de jóvenes y menos jóvenes, mujeres y hombres que irán a esa guerra, muchos de los cuales no volverán o lo harán destrozados. Física y mentalmente. Junto con el kit de supervivencia, deberían explicar las previsiones que ya tienen de muertos, heridos, mutilados, desaparecidos en combate, en las ciudades y pueblos, como consecuencia de los bombardeos. Por cierto, con las bombas y misiles de última generación no hay refugio antiaéreo seguro, ¿dónde nos van a esconder? ¿O nos van a dejar al aire libre, en las aceras, con el kit de supervivencia y un paraguas como protección?

Nuestro Presidente del Gobierno y sus ministros parecen no preocuparse por esas cosas. Hablan de la guerra sin tener en cuenta sus terribles consecuencias. Por desgracia, algunas organizaciones que se dicen de la izquierda parece que no terminan de entender a dónde nos llevaría una guerra con la primera potencia nuclear mundial. Los doscientos noventa misiles que, al parecer, tiene Francia y que el Presidente Macron ofrece generosamente como paraguas al resto de la Unión Europea, a pesar de ser una poderosa fuerza disuasoria, no tienen mucho sentido si llegáramos a la necesidad de su empleo. Si vamos a por la mayor, los modernos sistemas de misiles rusos y su aplastante superioridad numérica, dejarían pocas opciones a Europa. Pero la cuestión, que lleva a la indignación, no es quien tiene más y mejor. La cuestión es que es un tremendo y descabellado disparate plantear a la población de nuestros países asuntos semejantes.

Ahora una parte importante de la llamada izquierda está haciendo dejación de su ideario y de sus responsabilidades (en realidad lleva ya años así). Quizá porque ya no es socialista. Han matado el proyecto sin ni siquiera haberse acercado a él. Que quede constancia de su defunción. Ahora muchas de estas personas y varios de estos partidos (mejor ni nombrarlos) a los que tanto gusta llamarse transversales, solo entienden la guerra en clave “Trump malo, Putin peor, los europeos menos” y se han puesto en realidad de perfil en asuntos tan importantes como el militarismo, la OTAN, el derroche en gastos de armamento… la guerra. No quieren o no saben siquiera ponerse de acuerdo. Ahora ya no son izquierda de clase, ahora son la izquierda del proyecto liberal burgués, el cual se ha quedado como único modelo y proyecto de futuro en Occidente. Esta izquierda ha abandonado las ideas de construcción del socialismo, la solidaridad, el feminismo de clase, la idea de la justicia social, las ideas internacionalistas, antiimperialistas y antifascistas. Solo se interesan por algunos derechos civiles, por cuestiones de identidad o por salir a cenar los fines de semana. ¡Y poco más!

* * *

Volviendo a la historia y a sus lecciones de futuro, termino con una referencia que considero fundamental sobre la paz. Tras el tremendo caos creado en Rusia por el golpe de Estado con el que fue derrocado el zar Nicolás II (por sus más importantes y “leales” generales y amigos íntimos), se extendió por toda Rusia un movimiento generalizado exigiendo el fin de la guerra, la paz y la nacionalización de la tierra (es decir, paz y justicia). Ninguno de los gobiernos burgueses rusos constituidos entre febrero y octubre de 1917, que fueron varios, atendieron aquellas imperiosas demandas del pueblo ruso en general y de los soldados campesinos del Ejército ruso en particular.

Sin embargo, los bolcheviques entendieron aquellas demandas y aquellas necesidades, y precisamente llegaron al poder con la paz y la nacionalización de la tierra como principales objetivos. Y eso hicieron. Como se ha dicho en un artículo anterior, el primer acto de gobierno de aquellos “locos” fue la promulgación de los Decretos sobre la Paz y sobre la Tierra el 26 de octubre de 1917 (repetimos: paz y justicia).

Hay que reconocer que el movimiento por la paz no es precisamente un clamor en la Unión Europea, ni tan siquiera en relación con la guerra de exterminio que Israel lleva a cabo en Palestina. De la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania, lo que se plantea la Unión Europea no es precisamente la paz, al contrario, los gobiernos europeos se plantean el aumento de los gastos militares, el rearme y el envío de tropas y armamento a Ucrania, incluso si los EEUU “traicionan” a Europa y dejan de intervenir en esta guerra (no lo harán, por supuesto). ¿Dónde está ahora la izquierda de clase y pacifista en Europa y en España? ¿La que enarboló durante décadas la bandera de la paz frente a los bloques militares? ¿No hay motivos para estar ahora en contra del imperialismo capitalista? ¿Acaso no hay hoy día motivos para estar en contra de la OTAN y de la política belicista de la Unión Europea y los EEUU? ¿Recuerdan aquella emblemática paloma que dibujó Pablo Picasso?

Desde que desapareció la Unión Soviética a finales del año 1991, el “Fin de la Historia”, el dominio mundial absoluto de Occidente, ha provocado decenas de guerras por todo el planeta. Ya en 1991, un ejército (mandado por el Imperio) de más de un millón de soldados y con las más modernas tecnologías militares de la época invadió Irak. Luego vinieron las guerras en los Balcanes (Yugoslavia), en el norte de África, en el Cáucaso, otra vez en Irak, en Somalia, en Afganistán, en Sudán, en Asia central, en Palestina, en Libia, en Siria, en Ucrania… Una lista de no acabar. Todas ellas, guerras provocadas por el imperialismo capitalista que, de una u otra manera, continúan en el mundo con toda su intensidad, unas de forma evidente, otras enmascaradas. Debería ser un clamor popular exigir que esas guerras cesen. Debe ser un clamor exigir la paz.

Pero, ¡atención! ¿Qué paz hay que exigir? Desde luego, no es la Paz Americana, no es la Paz de Occidente, no es la Paz Imperialista la que necesitan los pueblos en guerra. Esa es una falsa paz. Es la paz que perpetúa la dominación y explotación de los pueblos, es la paz del capitalismo depredador. Es la paz hipócrita de los que continúan preparándose para la guerra, como ocurrió en Minsk, y lo reconocieron en su día, sin vergüenza alguna, los principales líderes occidentales que participaron en aquella farsa.

Nuestra paz es otra. Necesitamos la paz de los trabajadores, la paz antiimperialista, la paz con justicia, la ¡paz de clase!, que quiebre para siempre la cadena de la dominación. Y si alguien está confundido y no sabe por dónde empezar, le hacemos una sugerencia: hay que estar en contra de los presupuestos militaristas de los Gobiernos europeos, no hay que apoyar la escalada armamentística de la Unión Europea, no hay que apoyar ninguna guerra contra Rusia en Ucrania. Al contrario, hay que exigir que la Unión Europea, la OTAN y los EEUU dejen de intervenir en una guerra que provocaron ellos con su “avance hacia el este”.

Y recuerden: ¡la paz, con justicia social, es revolucionaria!

Espartal, primavera de 2025

 

Contextos de la guerra en Ucrania

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Winston Churchill fue siempre un gran enemigo de la Unión Soviética. Primero, porque los bolcheviques le quitaron la parte del botín que les iba a corresponder a los británicos tras el previsto desmembramiento y reparto de la geografía del Imperio ruso al finalizar la Primera Guerra Mundial. Ya tenían el ojo puesto en Rusia desde hacía tiempo, como lo tenían puesto en el Imperio otomano. Segundo, porque Churchill entendió que la Unión Soviética era el “peor ejemplo” para las colonias, para las gentes de las colonias. Era el ejemplo vivo de la liberación, de la independencia, de la soberanía, de la industrialización, del crecimiento económico, del desarrollo cultural, intelectual y científico-técnico. Si la Unión Soviética estaba consiguiendo llevar a la práctica aquel gran proyecto de transformación, ¿qué impediría que la India, Kenia o Egipto pudieran seguir su ejemplo? Y eso sería el fin del Imperio británico.

Esa enemistad solo quedó matizada durante el periodo de la II Guerra Mundial, en la que Gran Bretaña necesitaba de la URSS para impedir que el capitalismo alemán y centro europeo saliera hegemónico de aquella guerra. Fue terminar el conflicto y el caballero Winston Churchill volvió a sus posiciones de partida, quizá todavía más enemigo de la URSS que antes de la guerra. Y se inventaron la “Guerra Fría”, un conflicto prolongado del Occidente capitalista en el que no escatimaron esfuerzos ni recursos y mantuvieron, y mantienen, el mundo encendido en guerras “regionales” permanentes, que en realidad son un único conflicto, es una única guerra, contra la Unión Soviética, ahora Rusia, y contra todos aquellos países que tras conseguir la independencia optaron por su modelo de desarrollo, independiente, soberano, socialista, sin pasar por el capitalismo. Y también contra aquellos países que, aun no declarándose socialistas, intentaron construir una economía nacional al margen de las draconianas condiciones que imponía -impone- Occidente.

En definitiva, y expresándolo de forma clara y contundente, es la guerra permanente del capitalismo de las metrópolis, el Occidente colectivo, contra los países de la periferia que vienen intentando sacudirse el yugo de la dominación y la explotación desde que la Revolución rusa y el Proyecto Soviético iniciaron el proceso.

***

En 1991, las nuevas élites dirigentes de la URSS, una generación en la que abundaban los ingratos, especuladores, traidores y tontos útiles, liquidaron desde dentro a la Unión Soviética (y de aquella liquidación, estos lodos). Occidente no daba crédito a lo que estaba pasando. Ni en sus mejores sueños eróticos pudieron imaginar semejante desenlace final para su poderoso enemigo de clase. Y el Imperio del Mal, según el Presidente Reagan y sus aliados occidentales, desapareció. Entonces proclamaron el “Fin de la Historia”, es decir, el fin de la lucha de clases y el triunfo y dominio global del capitalismo y la sociedad liberal. Y comenzó una carrera frenética para dominar definitivamente al mundo en general y la geografía soviética en particular, lo que, en relación con la ex-URSS implicaba “ocupar” los países del socialismo real de Europa oriental, las antiguas repúblicas socialistas ya convertidas en Estados independientes y terminar de destruir, desmantelar y fragmentar a Rusia para convertirla en una insignificancia política, económica y militar. Estuvieron cerca de conseguirlo en la década de los noventa.

Autodestruido el núcleo, se trataba de destruir también aquellos vestigios de socialismo real y soberanía nacional que habían sobrevivido a la URSS en las antiguas colonias o territorios dominados por los países europeos que tras la independencia habían optado y seguido, en mayor o menor medida, por el camino de la soberanía política y económica con respecto a las metrópolis, proceso iniciado con la descolonización y la independencia de la inmensa mayoría de las colonias que tuvo lugar tras la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, de la que por cierto se cumplen 80 años este 2025.

El pistoletazo de salida de la descolonización lo dieron en Asia, en aquellos años, dos gigantes, India y China, que consiguieron expulsar el terrible dominio extranjero impuesto por Occidente. Luego siguió Corea y todo un rosario de independencias y revoluciones que pusieron en jaque y en peligro de colapso al modelo del capitalismo creado a partir de los siglos XVI-XVII basado en el dominio de inmensos espacios geográficos, de sus gentes y de sus recursos, al servicio de las burguesías europeas y luego norteamericanas. Diez países (puede que me deje alguno, no se ofenda el olvidado) se han repartido, dominado, poseído y explotado el mundo en su totalidad desde que entre las monarquías de la península Ibérica se firmó el famoso tratado de Tordesillas: España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia, EEUU, Alemania, Bélgica, Italia y Japón.

Ese reparto siempre ha estado acompañado de atroces guerras imperialistas entre las propias potencias, de las cuales podemos destacar tres por su cualidad como modelos primordiales. La Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763, que enfrentó a las potencias europeas tanto en territorio europeo como en las colonias y que tuvo como resultado un nuevo reparto del mundo. Baste como ejemplo la práctica expulsión de Francia (como potencia) de América del Norte y de la India, por parte de Inglaterra. Algunos historiadores y políticos, como el caso de Winston Churchill, consideraban y consideran aquel conflicto como la primera guerra mundial imperialista. Luego vinieron otras, de diferente envergadura, hasta llegar al gran disparate y mayor tragedia que fueron las que conocemos como Primera y Segunda Guerra Mundial, con sus destrozos, millones de heridos y de muertos. Y aquí hay que entender una cosa: estas guerras las provocaron siempre las potencias imperialistas para apropiarse de territorios, repartirse entre ellas la geografía de todo el planeta y/o establecer su hegemonía.

Porque entiéndase que no solo se repartían las colonias, también se repartían la influencia y el dominio sobre Estados independientes. Baste como ejemplo el caso de la Argentina, Estado al que no han permitido ser realmente soberano desde que quedó a merced de los británicos desde su independencia de España, los cuales se repartieron la Pampa y la Patagonia según su conveniencia en haciendas ganaderas del tamaño aproximado de la provincia de Valencia o la Región de Murcia (en agricultura, un metro no es holgura). Aquel reparto sigue vigente desde el siglo XIX. En el XX cambiaron de manos algunas haciendas (la empresa Benetton posee en la actualidad 845.000 hectáreas) y se repartieron otras muchas riquezas (minerales, petróleo, aguas dulces, etc.).

Además, cuando un aliado se convertía en un impedimento, se sacrificaba al aliado y se repartía su territorio. El caso de manual es el del Imperio otomano que, tras ser utilizado como punta de lanza contra Rusia en especial durante el siglo XIX, fue desmantelado por británicos y franceses al final de la Primera Guerra Mundial y su amplia geografía repartida entre estas dos potencias, creando unos desajustes tan terribles que las guerras continúan en estos territorios al día de hoy con feroz intensidad y no se les ve fin.

***

Nuestro socialismo occidental y luego, ya en los años setenta del siglo XX, nuestro comunismo también occidental, no quisieron entender el proyecto y el modelo soviético. Bueno, en realidad sí lo entendieron y desde el primer momento. El socialismo europeo, es decir la Socialdemocracia asumió muy pronto la práctica (luego teorizada) del pacto social con la burguesía, aceptando ser el gestor de un capitalismo con componentes sociales que mitigaban las duras contradicciones de la relación capital-trabajo, el famoso Estado del Bienestar. Ese bienestar estaba y está financiado, en lo fundamental, con la ingente cantidad de recursos expoliados de la periferia y trasvasados al “jardín europeo”. La fórmula puede ser expresada de forma sencilla: bienestar europeo obtenido a cambio de desposesión en la periferia (una fórmula que recuerda peligrosamente al Estado Social del fascismo y el nazismo de los años treinta del siglo XX).

La Revolución rusa y el proyecto soviético, o dicho de otra manera, el socialismo de Lenin, era, fue, sigue siendo, otra teoría del socialismo: la de los pueblos de la periferia que buscaban justicia social, independencia y soberanía sin pasar por el capitalismo y alejándose de él. La revolución rusa y la guerra civil en Rusia, fueron ante todo una “guerra de liberación nacional” con respecto al capitalismo. El destino al que estaba abocada Rusia al final de la Primera Guerra Mundial era el mismo que el del Imperio otomano, ser desmembrada y repartida entre las potencias capitalistas, las mismas, y quizá alguna más, que protagonizaron la Intervención de la que hablamos en un artículo anterior.

La contradicción estaba servida y era evidente, aunque quizá no supimos verla con toda su nitidez. Era difícil, por no decir imposible compatibilizar el socialismo europeo occidental y eurocéntrico, el Socialdemócrata, que había asumido ser gestor del capitalismo liberal y de sus colonias, con un proyecto y luego modelo de socialismo que tenía como objetivo principal liberar esas colonias, es decir a los territorios de la periferia, de la dominación de las metrópolis y construir Estados soberanos e independientes.

La contradicción entre ambos socialismos ha resultado insuperable. Se trataba, en definitiva, de modelos de socialismo incompatibles y enemigos. Los Gobiernos socialdemócratas en Gran Bretaña, Francia, Noruega, Alemania o Suecia gestionan el capitalismo de las burguesías liberales en estos países y son antagónicos y enemigos de cualquier Gobierno socialista o no socialista, soberano e independiente, que haya habido o pueda haber en Senegal, Chad, Nigeria, Libia o Siria, por poner solo unos ejemplos. Y los resultados están a la vista.

He aquí un caso primordial, que por evidente se nos escapa: tras la liberación de Francia de la ocupación nazi, el General Leclerc, uno de los héroes de aquella liberación, fue enviado en agosto de 1945 a recuperar para Francia el dominio de sus colonias en Indochina y el Pacífico. Es decir, libertad para la metrópoli capitalista, dominio y explotación para los territorios coloniales. Leclerc no era socialista, pero en el Gobierno Provisional que le dio el mandato sí los había, lo mismo que en los siguientes gobiernos de la República Francesa y de otros países europeos que llevaron al extremo las guerras por mantener sus respectivos imperios coloniales.

A mitad del siglo XX, con mayor o menor suerte, las colonias europeas en Asia, Oceanía y África iniciaron un proceso de independencia que puso a temblar a las metrópolis. Si esas independencias se establecían en toda su amplitud y teniendo en cuenta que todas ellas, en mayor o menor grado optaron por modelos o proyectos nacionales de socialismo, la explotación de los territorios coloniales llegaría a su fin y con ellos la ingente cantidad de recursos que servían para mantener el Estado del Bienestar… Y sin Estado del Bienestar, los trabajadores europeos acabarían por levantar otra vez la bandera de la lucha de clases y volvería de nuevo a territorio europeo, al “jardín europeo”, el fantasma de la guerra civil.

Así que las metrópolis optaron por abortar desde el principio la creación de esos Estados nacionales, socialistas y soberanos. El famoso “método Yakarta”, un millón de muertos entre los años 1965 y 1966, asesinados por militares de Indonesia con el apoyo, organización y complicidad de los EEUU y de la bella Holanda para evitar que aquel país se convirtiera en un Estado socialista y soberano, fue un ejemplo claro de que todo valía para evitar seguir perdiendo territorios. Tan efectivo resultó en Indonesia que se convirtió en el modelo que los EEUU y las demás potencias imperialistas aplicaron sin recato por todo el mundo. En Valparaíso, Santiago de Chile y otras ciudades chilenas, aparecieron unos días antes del golpe de Pinochet unas misteriosas frases pintadas en las calles: “viene Yakarta”, decían. Pocos sabían que significaban, pero pronto lo entendieron con toda su crudeza. Y los golpes de Estado, los atentados y asesinatos de líderes políticos, las invasiones e interminables guerras civiles como las del Congo, Angola y Mozambique se pusieron a la orden del día y se mantuvieron durante décadas. Y aún siguen. El último en caer: Siria.

Ahora, con la guerra en Ucrania, nos encontramos en una nueva fase del mismo proceso. La OTAN hace hoy día en Ucrania la misma función que hizo Leclerc y el cuerpo expedicionario francés en Indochina. Y lo hace por mandato, entre otros, de socialdemócratas, verdes e izquierdas varias transversales que han asumido que su misión histórica es mantener a toda costa el “jardín europeo” y las relaciones de dominación con la periferia que lo hace posible.

Y aquí conviene insistir en una cuestión importante que está en el origen de la pérdida de identidad teórica de nuestra “izquierda de clase”. Ya en los primeros meses de la Revolución rusa la socialdemocracia europea se levantó en contra de los bolcheviques. Los ecos de la negación llegaron también a las páginas de El Socialista, donde el propio Pablo Iglesias escribió contra aquella “disparatada aventura”. Luego vino el cisma de la socialdemocracia y la creación de los partidos comunistas europeos que, curiosamente y andando el tiempo, llegaron a la misma o similar conclusión.

Cuando Manuel Sacristán y los suyos, por poner solo un ejemplo, decían que la URSS violaba la teoría marxista y no era socialismo auténtico, no entendían, o no querían entender, que en realidad el proyecto soviético era otra teoría y otra práctica del socialismo, para otros proyectos y modelos de modernidad, quizá “imperfectos”, de los países de la periferia que se han visto forzados a construir otro socialismo (puede que no tenga ni siquiera el nombre de socialismo y da igual, “el nombre no hace la cosa”), diferente al de las metrópolis. Son los proyectos de modernidad de los campesinos, los esclavos y los pobres hasta lo imposible que ya ha permitido a varios países construir Estados y economías poderosas y soberanas capaces de cuestionar al Occidente colectivo la hegemonía que ha ejercido de forma incuestionable durante los últimos quinientos años.

No se trata de Putin, ni de Trump, ni de Gobiernos, ni de jefes de Estado, se trata de procesos históricos de largo recorrido que a veces se resuelven de forma acelerada y en un territorio relativamente reducido. Ahora estamos en una nueva fase de ese permanente conflicto.

Espartal, primavera de 2025

 

¿Es Rusia una amenaza para Europa? Lo que nos muestra la historia

Antonio Fernández Ortiz Escritor e historiador I. En la Unión Europea y en España llevamos unos meses en los que es raro el día en el que no se produce una nueva escalada verbal en relación con la guerra en Ucrania. Aumento de los presupuestos de Defensa, aumento en la producción de armamento, o compra […]

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” XII

Décimo segunda parte:

La era de la inmisericordia

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

1.- La revolución de guante blanco y la violencia.

A pesar de los llamados en el seno del partido bolchevique a la mesura y a la convivencia, los defensores de la cultura proletaria y de la destrucción de lo que consideraban viejo y expresión de las viejas clases dominantes continuaron con sus ataques, sus agrias polémicas y sus intransigencias.

El problema no era la pertenencia a una de las muchas corrientes o asociaciones literarias, sino la actitud ante la nueva realidad, la relación con la revolución, con las reformas y cambios que se estaban produciendo, la relación con los diferentes proyectos del socialismo que se estaba construyendo.

El resultado fue una trágica ruptura y el enfrentamiento entre aquellos que negaban, por supuestamente burguesa, la cultura clásica, la herencia del realismo clásico ruso, y exigían una línea proletaria pura en la literatura como era el caso de las revistas Molodaia Gvardia y Na Postu, y aquellos que siguieron considerando a la cultura clásica como un referente y continuaron tomando como ejemplo a los clásicos rusos y de fuera de Rusia. Este posicionamiento radical, dio una riqueza inigualable e inimaginable a la cultura en general y a la literatura en particular durante largos años, pero al mismo tiempo, ante posturas tan radicalizadas, el conflicto se convirtió en tragedia desde el principio.

Es quizá el momento de recordar todo aquello de lo que hablábamos en las primeras entregas de esta serie, del nihilismo, del radicalismo, de la violencia en el movimiento revolucionario, y que hemos visto expresadas y sistematizadas en diferentes textos, como por el ejemplo en el Catecismo de un revolucionario de Nechaev.

Veamos un caso significativo. A mitad de diciembre de 1918 tuvo lugar la intervención de Trotsky en una reunión de las organizaciones locales y regionales del partido bolchevique en la ciudad de Kursk. En el salón de actos, ante los delegados y el público entró primero su guardia personal, su Centuria de Castigo todos ellos vestidos con cazadoras de cuero negro, botas altas de montar… limpios, aseados, impecables… después entraron los secretarios que debían tomar notas y levantar acta… tomaron asiento y pusieron sobre la mesa papel, lápices y sus pistolas Nagant … Después hizo su aparición el Jefe, Trotsky, con indumentaria similar, que tomando la palabra se dirigió a la audiencia: «Por desgracia, resulta que en nuestro partido todavía hay muchos intelectuales … que por lo que se ve no tienen ni idea sobre lo que es una revolución. Por ingenuidad, por desconocimiento o por debilidad de carácter ponen objeciones al terror. La revolución, camaradas, una revolución social de las dimensiones de la nuestra, no puede hacerse con guante blanco. En primer lugar esto nos lo demuestra la Gran Revolución Francesa cuyo ejemplo no debemos olvidar ni durante un solo minuto. … ¿Cómo podemos compensar nuestra falta de experiencia? Recuerden camaradas, ¡sólo con el terror! Terror constante y despiadado. … Nos vemos obligados a ponernos en la senda de la destrucción, la destrucción física de todas las clases, de todos los grupos de la población de los cuales pueden surgir posibles enemigos de nuestro poder. … Hay una sola objeción que requiere nuestra atención y exige una explicación: destruyendo de forma masiva, sobre todo a la intelligentsia, destruimos a los especialistas que nos son necesarios, científicos, ingenieros, doctores. Por suerte camaradas, en el extranjero hay especialistas de sobra. Encontrarlos es fácil. Si les pagamos bien vendrán de buena gana a trabajar con nosotros. Será más fácil controlarlos a ellos que a los nuestros. Aquí no estarán en contacto con su clase … estando políticamente aislados … serán neutrales».

Palabras similares a estas de Trotsky estuvieron en boca de muchos héroes de la “vieja guardia” y vienen a colación porque nos recuerdan a las de Nechaev y porque expresan de forma primordial ese estado de ánimo, radical y violento, acumulado durante decenas de años y que se encendió como un gran reactor social en los años de la revolución y la guerra civil. Y que una vez encendido, continuó activo durante los años veinte y treinta, tomando un cariz especialmente violento en la lucha por el modelo de construcción del socialismo. Y la literatura fue uno de los medios por los que se expresó aquel conflicto.

2.- La RAPP.

La Asociación Rusa de Escritores Proletarios (RAPP según sus siglas en ruso), fue creada en el año 1925 en la Primera Conferencia de Escritores Proletarios de Toda la Unión. Agrupó en sus filas a unos cuatro mil escritores y fue la más importante y mayoritaria de todas las asociaciones de escritores de aquellos años, siendo su primer Secretario General Leopold Aberbaj.

Uno de sus principales objetivos fue la lucha ideológica contra otras organizaciones y asociaciones de escritores y sus diferentes tendencias programáticas. La principal idea fue la creación de una nueva literatura proletaria. Sin embargo, en poco tiempo, se reprodujeron en su seno las facciones y tendencias contra las que había surgido, convirtiéndose en una gran fuente de conflictos entre los escritores.

La RAPP pretendió desde el primer momento tener el monopolio del control ideológico en la literatura. Sus miembros se consideraban a sí mismos como los guardianes de la pureza ideológica del marxismo. También se consideraba como una prolongación del Comité Central del Partido y se permitían la libertad de hablar en su nombre en asuntos de literatura.

Una de las características de los miembros más radicales de la RAPP fue su rudeza, su grosería y su dogmatismo a la hora de intentar imponer sus criterios ideológicos. En la vida real y cotidiana estás maneras se expresaron en forma de persecuciones despiadadas contra muchos escritores. En unas ocasiones se les negaban los medios de subsistencia, por ejemplo no dándoles acceso a traducciones de obras en lenguas extranjeras, como fue el caso de Boris Pasternak que fue un gran traductor de Shakespeare. En otras ocasiones escribiendo críticas incendiarias de obras ya publicadas para boicotear nuevas publicaciones, bloqueando la puesta en escena de obras de teatro, como fue el caso de Bulgakov, o lanzando acusaciones de plagio como fue el caso de Mandelshtam.

Aberbaj no soportaba al gran Platonov. Ni a la persona ni a su obra, y realizó una desmesurada crítica de su relato Usomnivshiisia Makar (El dubitativo Makar). Sin embargo, Fadeev entendió que era un escritor de gran talento y publicó en 1931, en la revista Krasnaia Nova, que ya por aquellas fechas se encontraba bajo control de la RAPP, un nuevo relato de Platonov titulado Vprok. Aquella publicación generó una agria disputa. Algunos, los más puristas e intransigentes, consideraban su narrativa como antisoviética. A otros, al parecer, no les gustaba la amarga ironía de Platonov.

Aberbaj y sus compañeros de filiación, muy enfadados, quisieron expulsar a Fadeev de la redacción de Krasnaia Nova. En el conflicto tuvo que intervenir Stalin, quien a pesar de no gustarle la prosa de Platonov, impuso una solución salomónica. La intriga acabó, al menos de momento, con Fadeev continuando en su puesto y con una llamada de atención al escritor, al que continuaron publicando, aunque siguió no siendo bien recibido en algunas redacciones de revistas literarias.

Más dramática fue la situación vivida por Osip Mandelshtam. Cuando recitaba a sus amigos su famosa Oda en la que ironizaba sobre la figura de Stalin el poeta no podía entender el alcance de sus palabras. El caso es que Mandelshtam no había escrito aquella Oda, la tenía en su cabeza y la recitaba en improvisadas versiones a sus amigos de más confianza, apenas a un reducido círculo de 10 o 12 personas. Pero una de ellas resultó ser menos amigo de lo que Mandelshtam consideraba. Y le delató. El oficial que se encargó de la investigación le insistía al poeta durante la instrucción del caso que si el poema no había sido escrito ni publicado, pues no había delito. Pero Mandelshtam quiso dejar constancia de su rebeldía y escribió aquella Oda en un trozo de papel justo delante del instructor de su caso. Fue condenado a cuatro años de exilio en una aldea del interior de la URSS, con la condición de presentarse ante la policía una vez a la semana.

Algunos de sus verdaderos amigos se movilizaron para interceder por él y su caso llegó a conocimiento de Bujarin que escribió una nota a Stalin explicándole el arresto y condena de Mandelshtam. La nota se conservó en los archivos y ha sido publicada repetidas veces en la bibliografía sobre este caso, y en ella aparece una frase escrita por Stalin con su famoso lápiz en la que se lee: «¿Quién les ha dado a ellos autorización para detener a Mandelshtam. Qué desastre?».

¿Quiénes eran «ellos»? Stalin se refería precisamente a aquellos escritores que ejercían de celosos guardianes de la pureza revolucionaria y de la literatura proletaria. Stalin tuvo tiempo de intervenir y las autoridades permitieron a Mandelshtam elegir una ciudad para cumplir el exilio. El poeta eligió Vorónezh, próxima a Moscú, donde se instaló con su esposa y trabajó como periodista, desplazándose por toda la región, unas veces en coche otras a caballo, y dónde tuvo contacto directo con los koljoz y sovjoz de la zona y pudo constatar el gran salto que supuso la colectivización tras los primeros años duros y trágicos. Al final, su actitud crítica con respecto al sistema soviético cambió de forma radical y dejándose llevar por el entusiasmo escribió una hermosa serie poética sobre su experiencia en Vorónezh. El colofón fue una nueva Oda absolutamente diferente a la primera en la que mostraba su gran admiración por Stalin.

Sus enemigos no pudieron perdonarle aquello y apenas unos meses después de instalarse de nuevo en Moscú, en mayo de 1938, Stavskii, a la sazón secretario de la Unión de Escritores de la URSS, antiguo dirigente de la RAPP y uno de los guardianes de la cultura proletaria, escribió una carta a Nikolai Ezhov, comisario Popular (Ministro) de Asuntos Internos, en la que decía que había que «resolver el problema que representaba Mandelshtam de una vez y para siempre». Le acusaron de contrarrevolucionario y de que su poesía no era lo suficientemente soviética. Un nuevo juicio rápido y casi en secreto y una nueva condena que fue rápidamente confirmada. Nadie llegó a tiempo de salvar al poeta que murió de tifus en un centro penitenciario de tránsito apenas unos meses después, a finales de 1938.

Otro ejemplo en la misma línea fue el caso de Bulgakov, quien ante una dramática situación de desempleo y falta de recursos económicos envió una desesperada carta a Stalin en la que le explicaba su caso y pedía autorización para abandonar la URSS. Stalin llamó por teléfono al escritor y le dijo que «volviera a pedir trabajo» en su teatro… No sólo fue readmitido, sus obras dramáticas volvieron a los escenarios y su narrativa publicada. Pero no acabó todo con aquello. Stalin tuvo que actuar de protector del autor y tuvo que salvarle de las garras de los guardianes de la pureza revolucionaria en varias ocasiones. En una de ellas, de sus paisanos ucranianos que no perdonaban a Bulgakov lo que ellos entendían como la defensa de los “blancos contrarrevolucionarios” que contenían sus obras y que fueron a Moscú a pedir, literalmente, su cabeza.

Lo curioso es que el relato histórico que nos han contado a lo largo de los años nos ha hecho asumir precisamente lo contrario de lo que realmente ocurrió, es decir que fueron víctimas del capricho de un supuesto poder despótico. Curiosa situación y clara expresión de la manipulación de la historia y de la conciencia social y de clase.

* * *

Finalmente, tanto fue el cántaro a la fuente, que acabó rompiéndose, y viendo que la RAPP no conducía a nada nuevo y con el fin de acabar en la medida de lo posible con aquellos rabiosos ataques contra otros escritores, fue disuelta en abril del año 1932 por las autoridades soviéticas, lo mismo que el resto de asociaciones de escritores existentes en aquel momento. En su lugar fue creada la Unión de Escritores de la URSS, de la que hablaremos con detalle en otra entrega.

Moscú, abril 2021

CONTINUARÁ

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” XI

Décimo primera parte:

El dilema entre literatura clásica y literatura proletaria.

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Vamos a dar un salto en el tiempo para tratar de entender el conflicto en el que se encontró la literatura rusa en el primer tercio del siglo XX, en particular en los años de la revolución y en los primeros tiempos de construcción del sistema soviético. Evidentemente, por los consabidos problemas de espació no abordaremos este asunto con la necesaria profundidad. Pero lo haremos más adelante en otros capítulos. Y aunque no nombramos a Pushkin, no nos alejamos de él, simplemente lo mantenemos como referencia oculta.

1.- Una cultura proletaria pura.

En vísperas de la Revolución de octubre, Anatoli Lunacharskii organizó en Petrogrado una Conferencia en la que congregó a diferentes organizaciones culturales que reivindicaban la necesidad de construcción de una «cultura proletaria», independiente y diferente de la cultura clásica, considerada aristocrática y burguesa. Uno de los resultados de aquella conferencia fue la creación de la Proletkult, una nueva organización político-cultural que tenía como objetivo precisamente dirigir aquella batalla e intentar agrupar en su seno a todos los artistas y escritores que consideraban correcta aquella lucha hacia la nueva cultura del proletariado

Eran muchos los que entendían aquella necesidad y los debates sobre la creación de una cultura proletaria venían desde atrás. Un ejemplo claro y brillante de esta corriente lo representó Alexander Bogdanov, quien ya en el año 1909, en su informe sobre La situación actual y los objetivos del partido, expresó la necesidad de crear una «cultura proletaria pura». Más tarde, continuó expresando esta idea en artículos publicados en diferentes revistas y en un libro que salió a la luz en el año 1924, titulado: Sobre la cultura proletaria.

Bogdanov fue un hombre muy comprometido con el movimiento revolucionario y mantuvo interesantes debates y polémicas sobre este asunto con otros intelectuales y pensadores. Con el tiempo fue uno de los fundadores y dirigentes de la organización Proletkult y desarrolló una interesante visión de la relación del trabajo industrial, del obrero y del ritmo de las máquinas con la nueva poesía proletaria. Así, en uno de sus artículos escribió: «el arte es la organización de modelos vivos [y] la poesía es la organización de [esos] modelos … en forma de palabras … en un único espíritu colectivo frente al espíritu individualista. … El primer objetivo de nuestra crítica en relación con el arte proletario consiste en establecer sus fronteras, establecer de forma clara su marco, para que no se disuelva en el medio cultural que le rodea, para que no se mezcle con el arte del viejo mundo … Nuestra poesía proletaria desde el primer momento ha mostrado su pasión por el verso rítmico sencillo … El obrero vive en la fábrica en el reino de los ritmos severos y en las formas elementales de la rima…»

* * *

Proletkult fue una más de las numerosas organizaciones, movimientos y tendencias literarias en las que se agruparon en aquellos años los escritores y artistas en Rusia y en la URSS, y a través de las que expresaron sus luchas político-literarias: neo-románticos, idealistas, simbolistas, futuristas, eclécticos, imazhistas, neoclásicos, constructivistas, serapionistas, escitas, etc. Veamos unos cuantos ejemplos:

Uno de estos grupos literario-políticos fue el creado alrededor de la revista Molodaia Gvardia (La Joven Guardia) bajo la redacción de Leopold Averbaj y la colaboración entre otros de Ilia Vardin, Radek y el patronazgo de Trotsky y Zinoviev. En la misma dirección, tuvo lugar en la primavera de 1923 la Primera Conferencia de Escritores Proletarios que acabaron fundando la Asociación de Escritores Proletarios de Moscú (MAPP por sus siglas en ruso), cuyo órgano de expresión fue la revista Na Postu (En el puesto), dirigida por Volin y Lelevich y con un listado de participantes similar a Molodaia Gvardia: Averbaj, Bednii, Isbaj, Levman, Lelevich, Koltsov, Radek. Ya en su primera editorial-manifiesto apuntaban que había que liberarse de la negativa influencia del pasado en lo ideológico y en las formas: «hay que poner fin a esto. Es imprescindible una dura línea proletaria en la literatura. … frente al rostro resucitado de la literatura burguesa y de los tambaleantes e indecisos compañeros de viaje».

Pero no solo se hablaba de literatura proletaria sino de arte proletario, así el 23 de septiembre de 1922, fue publicado en el diario Izvestia un artículo titulado Muzika dlia rabochego klassa (Música para la clase obrera), en el que se decía: «Es difícil no estar de acuerdo con que en las composiciones de Bach … se escuchan los lejanos sonidos de la época feudal. Lo mismo que es difícil estar en contra de que Chaikovskii representa el típico exponente, yo diría, de las preferencias musicales de la vida señorial de nuestra clase de hacendados aristócratas».

La revista Na Postu, el grupo literario Octubre, la primera Conferencia de la MAPP, fueron las expresiones más directas y evidentes de la lucha por la imposición de la idea de una cultura proletaria pura. En el primer número de Na Postu, en un artículo manifiesto, escriben: «La literatura proletaria debe liberarse definitivamente de la influencia del pasado tanto en el ámbito de la ideología como en el ámbito de las formas. Vamos a luchar contra los viejos pensantes … que se quedaron helados frente a los monumentos de granito de la vieja literatura aristocrática y burguesa, y no quieren quitar de los hombros de la clase obrera ese deprimente peso ideológico».

2.- La reivindicación de la tradición literaria clásica.

Uno de los movimientos literarios con gran influencia, fue el de los Skifi (Escitas), quienes reivindicaban una concepción pan-eurasiática de la nueva revolución. Estaban fuertemente influenciados por las ideas eslavófilas, pero incorporaron a ellas las ideas del Asunto Común de Feedorov y las reflexiones de Leontiev sobre la influencia de la presencia tártaro-mongola en la cultura rusa.

Prácticamente todos lo poetas de este movimiento apoyaron desde el primer momento la Revolución de octubre y a los bolcheviques, pero marcando una clara diferencia con el componente occidentalista del bolchevismo, especialmente obrerista, que vinculaba la posibilidad del triunfo de la revolución en Rusia al triunfo de la revolución en Europa, y en particular en Alemania.

Para los Escitas, la idea principal era que la nueva revolución debería ser la expresión de todos los pueblos eurasiáticos puestos en contacto entre si en diferentes momentos de la historia por las migraciones de mongoles, tártaros, eslavos y los demás pueblos que habitan las grandes extensiones de Rusia. El gran Alexander Blok es el mejor y más conocido representante del movimiento literario de los Escitas y en 1918 publicó en las revistas Znamia truda (La bandera del trabajo) y Nahs Put (Nuestro camino), en la sección de literatura de la que era redactor Ivanov-Razumnik, varios trabajos que resultaron antológicos.

Uno fue su artículo La intelligentsia y la revolución, en el que dijo: «Nosotros, los rusos, estamos viviendo una época que, por su grandeza, tiene pocas semejantes, … la obligación del artista consiste en … escuchar la música que sacude «el aire roto por el viento». … La envergadura de la Revolución rusa es tal que desea abarcar a todo el mundo … «La paz y la hermandad de los pueblos», ese es el signo bajo el que transcurre la Revolución rusa. … Esa es la música que deben escuchar aquellos que tienen oído. … A la intelligentsia rusa le ha pisado el oído un oso … con todo el cuerpo, con todo el corazón, con toda la conciencia, escuchen la Revolución».

Otro, fue su poema manifiesto Skifi, el cual, junto a Los doce, es quizá la expresión más alta de la poesía contemporánea. Precisamente alrededor de la publicación de estos dos poemas se organizó un gran revuelo. El poeta Andrei Belii, íntimo amigo de Blok, le escribió a éste una carta en mayo de 1918 en la que le decía: «Te leo con asombro. Tu [poema] Skifi es grandioso y trascendental … no te lo van a perdonar nunca … me asombra tu coraje y valentía. Se sabio y une al coraje la precaución».

Ivan Bunin nunca aceptó la revolución de los bolcheviques y estuvo en contra desde el primer momento. Su oposición no solo era política, era más profunda, antropológica… partía de un odio racial contra el componente asiático bolchevique, según él creía percibir. Cuando tuvo conocimiento de que Alexander Blok se declaró bolchevique y apoyaba la revolución de los bolcheviques dijo de forma lacónica: «Blok es una persona estúpida». Merezhkovskii y su esposa Zinaida Gippius, que fue apasionada amante de Blok, rompieron su relación con el poeta y le calificaron de traidor.

El 21 de septiembre de 1922 en la revista Nakanune (Visperas), fue publicada una carta de Gorki… «Corren rumores de que yo he cambiado mi actitud con respecto al Poder Soviético. Considero imprescindible manifestar que el Poder Soviético es la única fuerza capaz de superar la inercia de las masas del pueblo ruso y despertar la energía de estas masas hacia la creación de nuevas formas más justas y racionales de vida. … Pero no puedo estar de acuerdo en la forma de relacionarse que tiene el Poder Soviético con la intelligentsia. Considero esta relación errónea, aunque sé que la fractura en el seno de la intelligentsia rusa es considerada por todos los grupos como un fenómeno inevitable de la política. … Para mí, el cisma de la intelligentsia es la ruptura de una misma energía en varias partes que tienen diferente velocidad de movimiento. El objetivo común de toda esta energía es despertar la relación activa y consciente hacia la vida de las masas populares, organizar en ellos el movimiento y superar la disolución anárquica de las masas. Este objetivo sería alcanzado más fácilmente y más rápidamente si la energía intelectual no fuese fragmentada. … Las gentes de la razón no son tantas como para tener derecho a no valorar su significado. Y finalmente, considero que las personas razonables y honradas, para las que el «bienestar del pueblo» no son palabras vacías … podrían ponerse de acuerdo … y no exterminarse unos a otros».

En 1922 empezó a publicarse la revista Novaia Rossiia (Nueva Rusia), la primera revista que desde fuera del ámbito del partido bolchevique expresaba el deseo de la intelligentsia rusa no bolchevique de colaborar con el Poder Soviético, con una sola condición… «la intelligentsia debe ser independiente para poder expresar sus opiniones». En un artículo editorial de esta revista, de marzo de 1922, en el que se expresaba la esperanza del renacimiento de Rusia a través de la revolución, escriben: «El fundamento no puede ser otro que la revolución … La construcción va e irá sobre nuevos principios, pero no absolutamente nuevos. En este novismo hay una gran continuidad histórica. Las raíces sanas de lo nuevo se entrelazan con las raíces sanas del pasado. … En la síntesis del novismo revolucionario con lo viejo prerrevolucionario se construye y se construirá la nueva Rusia revolucionaria».

El 9 de mayo de 1924 el Comité Central del Partido Comunista Ruso (bolchevique) organizó una reunión para discutir la política del partido en el ámbito de la literatura en la que tomaron parte dirigentes del partido como Trotsky, Radek, Bujarin o Lunacharskii, junto con escritores, poetas, críticos literarios y representantes de los grupos y organizaciones literarias. A. Voronskii tomó la palabra y comenzó a leer su informe Sobre la política del partido en la literatura, en el que dijo que aunque el Partido tenía su propia línea política en el ámbito de la literatura, nunca se había puesto de parte de ninguno de los grupos y tendencias y que se había limitado a prestar ayuda al funcionamiento de los diferentes grupos… «son organizaciones que el partido no puede llamar suyas. Todas son organizaciones literarias libres e independientes en las que el partido no debe inmiscuirse y no debe tomar posición en favor de unas y detrimento de otras».

El debate que siguió a las palabras de Voronskii fue muy violento. Vardin hizo una crítica muy dura diciendo incluso que había que destituir a Voronskii de su puesto… «su posición es entreguista. Y esta línea entreguista debe ser liquidada», dijo Vardin. Sin embargo Lunacharskii apoyó a Voronskii: «es necesaria la crítica, pero no la prohibición. No debemos alejar de nosotros a los artistas que no sean proletarios y no sean comunistas».

Una treintena de escritores se dirigieron a la reunión con una carta en la que entre otras cosas decían: «Los caminos de la nueva literatura soviética son duros y difíciles y en ellos son inevitables los errores. Nuestros errores son duros y difíciles especialmente para nosotros mismos. Pero protestamos contra los ataques indiscriminados contra nosotros. El tono de algunas revistas como Na Postu y su crítica, dada como si fuese la opinión de todo el PCR(b), aborda nuestro trabajo de forma sesgada e incorrecta. Consideramos necesario manifestar que semejante actitud hacia la literatura es indigna con respecto a la literatura y la propia revolución … Los escritores de la Rusia Soviética estamos convencidos que nuestro trabajo como escritores es necesario y útil para ella».

Moscú, marzo 2021

CONTINUARÁ

 

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” X

Décima parte: Pushkin, Dostoevskii y lo popular.

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

“Pushkin es nuestro”

Anatoli Lunacharskii

1.- Un fenómeno extraordinario.

Ochenta años después de la muerte de Pushkin, un bolchevique, Anatoli Lunacharskii, Comisario Popular de Ilustración en varios gobiernos del Poder Soviético, dijo aquello de «Pushkin es nuestro». ¿Por qué lo dijo? ¿A qué se refería? Veamos.

Hoy día las obras de Pushkin son conocidas por toda la población de Rusia y de los países que formaron la Unión Soviética hasta su desaparición. Se encuentran en todas las casas, en todas las bibliotecas, desde las escolares y las de barrio, hasta las científicas en las universidades o en los institutos de investigación de la Academia de Ciencias. Su lectura y análisis forma parte de los programas escolares y universitarios y sobre ellas se han escrito miles de artículos científicos, ensayos y tesis doctorales. Los estudios de animación soviéticos crearon cientos de películas de dibujos animados basados en las diferentes obras de Pushkin con las que siguen educándose los niños hoy día. El cine soviético realizó también películas brillantes sobre las obras del escritor. Sus obras dramáticas y sus poemas siguen siendo representados en los teatros de toda Rusia, en muchos casos en forma de opera o danza clásica. Se puede afirmar, casi sin margen de error, que no hay autor más conocido y estudiado en Rusia y en el antiguo territorio soviético, que Alexander Pushkin.

Sin embargo esto no fue siempre así. Ya antes de su muerte se puso de manifiesto una tendencia que pretendía minimizar la obra de Pushkin. Y lo que empezó siendo una tendencia se convirtió pronto en una posición política que pretendía ocultar la obra del poeta y, sobre todo, disminuir su significado e importancia para la cultura rusa.

El genial escritor Nikolai Gogol, incluso en vida del poeta, cuando empezaban las campañas de menoscabo de su figura, en el artículo titulado Neskolko slov o Pushkine (Unas cuantas palabras sobre Pushkin), publicado en la revista Arabeski de S. Peterburgo en el año 1835, escribió… “Ninguno de nuestros poetas se encuentra en un lugar más alto … y no puede considerarse “nacional”. Este derecho decididamente pertenece a Pushkin. En él … se concentra toda la riqueza, la fuerza y la flexibilidad de nuestro idioma. Él más que nadie ha ampliado sus fronteras y ha mostrado todo su espacio. Pushkin es un fenómeno extraordinario y, posiblemente, un fenómeno único del espíritu ruso…”.

2.- Los ecos de un discurso.

Se encontraba Dostoevskii en S. Peterburgo cuando recibió la invitación para participar en los actos de homenaje a Pushkin que tuvieron lugar en el año 1880. Aceptó y se trasladó a su casa verde en la pequeña ciudad de Staraya Russa para preparar concienzudamente el discurso que debía pronunciar ante la Sociedad de Amantes de la Literatura Rusa en Moscú. En dicho discurso, Dostoevskii se planteó como objetivo expresar de forma clara y contundente la admiración que sentía por Pushkin y a la vez expresar sus profundas convicciones sobre la importancia fundamental de su obra para la literatura y la cultura rusa.

Ya en Moscú, Dostoevskii escribió a su esposa en la noche del 28 al 29 de mayo de 1880… “La cuestión principal es que me necesitan no solo los Amantes de la Literatura Rusa, sino todo nuestro partido, toda nuestra Idea, por la que estamos luchando treinta años, ya que en el partido enemigo (Turgenev, Kobalevskii y casi toda la Universidad) están decididos a reducir el significado de Pushkin como exponente del pueblo ruso, negando incluso al propio pueblo”.

El monumento, que todavía se conserva en la Plaza de Pushkin de Moscú, fue finalmente inaugurado el día seis de junio y por la tarde tuvo lugar la primera intervención de Dostoevskii en un acto en el que leyó una escena de la obra de teatro Boris Godunov. En la carta que el escritor escribió a su esposa al día siguiente aparece bien clara la fractura filosófico-política entre Dostoevskii y Aksakov por un lado y los occidentalistas de Turgenev por otro: “[hoy] he leído la escena de Pimen … me han recibido maravillosamente … tras la lectura he tenido que salir tres veces a escena a saludar … [a continuación fue el turno de Turgenev] Me he dado cuenta de que un grupo de unos cien jóvenes gritaban con frenesí cuando salió a escena Turgenev. Me pareció que era un grupo de claque preparado por Kobalevskii. Y así fue. Hoy, a la vista de este claque en la sesión matinal de lecturas, Ivan Aksakov se ha negado a pronunciar su discurso tras la intervención de Turgenev (en la que éste ha humillado a Pushkin, quitándole la condición de poeta nacional) y me ha explicado que el grupo de claque ha sido preparado con tiempo, especialmente para la ocasión, por Kobalevskii (son estudiantes suyos, todos occidentalistas) con el fin de exhibir a Turgenev como líder de su corriente”.

La fractura no era solo entre los ponentes y sus adeptos directos, sino entre el público asistente a los actos. Dostoevskii escribió más adelante… “una muchedumbre de hombres y mujeres han pasado entre bastidores a estrechar mi mano. En el entreacto al pasar por la sala una infinidad de personas, jóvenes y mayores se volcaron sobre mí diciéndome… “es usted nuestro profeta, usted nos ha hecho mejores” … [ya por la noche] cuando a las nueve y media me levanté para irme … el público empezó a gritar ¡hurra! … después esta multitud me acompañó por la escalera y sin abrigos y sin sombreros salieron conmigo a la calle y me acompañaron hasta el carruaje…”.

El discurso de Dostoevskii sobre Pushkin del día 8 de junio supuso una descarga de energía de gran magnitud cuyas consecuencias para la cultura rusa siguen proyectándose hasta el día de hoy. De vuelta al hotel, Dostoevskii escribió a su esposa… “Esta mañana he leído mi discurso … la sala estaba llena hasta los topes. No Annita, no, nunca podrás imaginarte el efecto que ha producido. … He leído en voz alta, con palabras de fuego. Todo lo que había escrito sobre Tatiana [la protagonista de Evgeni Onegin] ha sido aceptado con entusiasmo (ha sido una gran victoria de nuestras ideas sobre 25 años de confusión). Cuando al final proclamé la unidad de la Humanidad, la sala se volvió como histérica, cuando terminé, no te hablo de los rugidos, de los gritos de entusiasmo… las personas de la sala, desconocidas entre ellas, lloraban y se abrazaban”. Durante más de media hora se prolongaron los aplausos y las salidas de Dostoevskii al escenario para saludar.

3.- El “viajero errante” y la falsa verdad.

El discurso fue construido por el escritor con los materiales de veinte años de reflexión sobre la obra de Pushkin. Siendo profundamente religioso, Dostoeveskii consideraba que el ser humano es un misterio, un enigma no revelado por Dios. El hombre y la mujer rusa siempre estuvieron en el centro de sus construcciones histórico-filosóficas en las que intentaba encontrar respuesta al destino de Rusia y al gran dilema entre la libertad y la justicia social.

Comenzó su discurso recordando las palabras de Gogol… “Pushkin es un fenómeno extraordinario y, posiblemente, un fenómeno único del espíritu ruso, dijo Gogol. Y añado de mi parte: y profético. Sí, en su aparición hay para todos nosotros, los rusos, algo, sin discusión, profético. Pushkin vino precisamente al principio del nacimiento de nuestra autentica conciencia … en este sentido Pushkin es profecía e indicación”.

A través de personajes primordiales de las obras de Pushkin, Dostoevskii señaló como el poeta había conseguido expresar la esencia del conflicto en la cultura rusa: “En la figura de Aleko, héroe del poema Tsigane (Gitanos) se manifiesta ya, profundo y fuerte, el pensamiento ruso. … y de forma genial mostró al infeliz viajero errante en la tierra patria … que apareció en nuestra [alta] sociedad aislada del pueblo … a la búsqueda … [de] la felicidad universal. … Aleko, por supuesto, no sabe todavía expresar correctamente su angustia … solo tiene nostalgia por la naturaleza, queja de la sociedad secular … llanto por la verdad perdida por alguien en algún lugar y que él no puede encontrar de ninguna manera. … En qué consiste esa verdad … y cuándo precisamente se perdió, él no lo sabe, pero sufre de forma sincera”. Se trata de una búsqueda inútil mientras el “viajero errante” no entienda que la verdad que busca está precisamente en el pueblo.

En el poema Evgenii Onegin, el siguiente ejemplo elegido por Dostoevskii en su discurso, Pushkin expresa la vida rusa con tal fuerza artística como nunca antes había sido expresada y posiblemente no lo ha sido posteriormente. Pushkin se muestra como el gran escritor popular al entender y exponer de forma magistral la esencia del profundo conflicto entre las clases dominantes rusas y el pueblo.

Cuando muestra de nuevo al “viajero errante” a la búsqueda de la falsa verdad, pone frente a él a todo un universo de magníficos prototipos positivos encontrados en el pueblo. “La principal belleza de estos prototipos reside precisamente en que son expresión autentica de la verdad popular”, dijo Dostoevskii. En Pushkin, además, se produce la fusión de los modelos culturales populares rusos con el espíritu popular ruso. Él fue capaz de mostrar esta fusión auténtica con toda su fuerza, como nunca antes ningún autor pudo mostrar y como pocos posteriormente ha podido mostrar. Este es uno de los aspectos en los que reside la naturaleza profética de Pushkin.

Frente a la falsa búsqueda en los modelos occidentales, frente al servilismo occidentalista de las elites dirigentes, de la alta sociedad y de la naciente intelligentsia rusa, frente a la pasividad de sus clases dirigentes, Pushkin desarrolló en su obras un prototipo de mujer rusa, joven, de naturaleza fuerte, manifestación del sentimiento y la moral popular, de los valores patrióticos, del heroísmo y de la capacidad de sacrificio del pueblo. Las heroínas de Pushkin son la expresión del patriotismo, del sentimiento de orgullo nacional, del dolor y la inquietud por el destino de Rusia.

Este modelo de heroína será posteriormente reproducido y desarrollado en la literatura rusa hasta el periodo soviético y tendrá en la vida real expresiones que superaran con mucho a los prototipos literarios, siendo el caso absolutamente primordial el ejemplo representado en los años de la Gran Guerra Patriótica por Zoia Kosmodemianskaia.

4.- La Humanidad y lo Universal.

En un momento de su discurso, ya casi al final del mismo, Dostoevskii lanzó una pregunta ante el auditorio: “¿Dónde reside la fuerza del espíritu del pueblo ruso, de lo popular, sino en su aspiración Universalista y Humanista final?” Pushkin, gracias a su naturaleza de poeta del pueblo, a su acercamiento a la fuerza de lo popular, entendió de inmediato el gran destino de Rusia. Aquí también fue un adivinador del futuro, un profeta.

Para comprender mejor esta cuestión intentemos entender en qué consistió la reforma de Pedro I y qué significó en realidad para los rusos. Dostoevskii dijo en su discurso que aquella reforma no fue una cuestión de utilitarismo, de aplicar a la realidad rusa las formas y progresos de Occidente. Había en la reforma un objetivo superior, un destino trascendental al que Pedro I se acercó más por intuición que por conocimiento. Aquella reforma encerraba en su seno la aspiración de Rusia a reunir en una única comunidad a toda la Humanidad. Pushkin entendió ese “misterio” y ahí radicaba su admiración por la figura de Pedro I y sus reformas.

Dostoevskii unió en sus conclusiones el Humanismo universalista de sus concepciones histórico-filosófico-literarias con la “verdad” popular de la cultura rusa encontrada y expresada por Pushkin en sus obras. Para el autor de los Hermanos Karamazov el destino del ser ruso, la verdadera esencia de la naturaleza rusa es el ser Universal. La hermandad de todas la personas en una Comunidad Fraternal Universal (el socialismo cristiano de Dostoevskii).

Y añade, quizá agotado por la eterna disputa en la cultura rusa: “todo este nuestro eslavofilismo y occidentalismo no es más que un gran malentendido, aunque imprescindible desde un punto de vista histórico. … De haber vivido Pushkin más tiempo es posible que no tuviéramos ahora estos conflictos y discusiones. Pero Dios decidió de otra manera. Pushkin murió en pleno desarrollo de sus fuerzas y se llevó consigo a la tumba un gran misterio. Y nosotros ahora, sin él. Intentamos descifrar ese misterio”.

Moscú, noviembre 2020

CONTINUARÁ

 

OCTUBRE, IMPERIALISMO Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE LOS OTROS

OCTUBRE, IMPERIALISMO Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE LOS OTROS

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

El 24 de noviembre de 1928, la poetisa Marina Tsvetaeva

publicó en las páginas de la revista rusa Eurasia,

editada en París, el siguiente saluda dirigido al poeta Maiakovskii:

“El 28 de abril [de 1928], la víspera de mi marcha de Rusia,

por la mañana temprano … me encontré con Maiakovskii.

– Bueno Maiakovskii, ¿qué mensaje transmito a Europa de su parte?

– Que la verdad está aquí.

El 7 de noviembre de 1928 [aniversario de la Revolución de Octubre

según el nuevo calendario], ya tarde por la noche,

saliendo del Café Voltaire [en París], a la pregunta:

– ¿Qué dice usted sobre Rusia tras la lectura de Maiakovskii?

Sin dudarlo contesté:

– La fuerza está allí”.

 

I.- El Plan.

Entre los meses de octubre de 1947 y marzo de 1948 tuvo lugar en Alemania, en la zona ocupada por los EEUU, el llamado “Proceso Contra los Crímenes de Raza”, en el que fueron juzgados catorce altos cargos de la Dirección General de las SS para las Cuestiones de la Raza y los Asentamientos de Población. El proceso fue rápido. Ulrik Greifelt, la persona considerada como máximo responsable de la mencionada Dirección General fue condenado a cadena perpetua, los demás a condenas que oscilaron desde los 25 años a los dos años. Greifelt murió en prisión en 1949. Rijard Gildebrandt fue entregado a Polonia y condenado a muerte. Los que fueron condenados a penas de 25 y 20 años fueron puestos en libertad entre 1951 y 1954.

Los condenados a penas menores quedaron en libertad a la finalización del proceso. Entre ellos Konrad Meyer-Hetling, un especialista en genética del trigo que después de trabajar en varias universidades y centros de investigación, fue nombrado en 1934 profesor en la Facultad de Agricultura de la Universidad de Berlín y Director del Instituto de Agricultura y Política Agrícola.

Entre 1934 y 1945, Meyer-Hetling fue uno de los mayores especialistas en política agraria de Alemania y en los problemas del espacio vital agrícola alemán. Precisamente en su calidad de especialista en política agraria y espacio vital se incorporó en 1940 al proyecto de elaboración del “Plan General del Este”, en el que trabajó hasta la desaparición del Reich en 1945.

Durante las sesiones del juicio en 1947-1948 salió a relucir de manera superficial el Plan General del Este. Meyer-Hetling logró “convencer” al Tribunal de que sólo era un proyecto apenas avanzado que nunca sobrepasó su fase inicial. Una vez convencido, el Tribunal dictaminó que lo elaborado por Meyer-Hetling entraba dentro de sus obligaciones como funcionario, que el Plan no preveía la realización de ningún tipo de crímenes y que, finalmente, dicho Plan nunca fue elaborado definitivamente y mucho menos aprobado para su puesta en práctica. En definitiva el acusado no tenía ninguna responsabilidad en los crímenes cometidos en el este de Europa, responsabilidad exclusiva de Himmler.

Ya en 1949, Meyer-Hetling había vuelto a su actividad investigadora y pedagógica y en 1956 fue nombrado profesor de la Cátedra de Planificación Estatal e Investigación del Espacio Vital en la Facultad de Fruticultura y Agricultura de la Universidad Técnica de Hannover, donde trabajó hasta su jubilación en 1968. Murió en el año 1973.

Llama la atención dos palabras que de forma constante van unidas al curriculum de Meyer-Hetling y que forman parte de la historia de Alemania desde antes de su unificación y constitución como Estado nacional en 1871: espacio vital.

El caso es que, a pesar de lo dictaminado por el tribunal norteamericano, el Plan General del Este sí existía, perfectamente elaborado y detallado en todos sus aspectos por una gran cantidad de especialistas y técnicos de universidades y centros de investigación de todo tipo, coordinado precisamente en la Dirección General de las SS para las Cuestiones de la Raza y Asentamientos de Población.

Tras el fin de la guerra, durante décadas, el Plan estuvo en los archivos alemanes esperando a que llegaran los tiempos propicios para poder hablar de él. Es cierto que algunas de sus partes todavía no han sido localizadas o quizá se encuentren “congeladas” en virtud de sus contenidos.

La tesis fundamental del Plan es que el alemán es un pueblo sin espacio vital para su desarrollo y que dicho espacio vital se encuentra situado en el continente euroasiático, precisamente en las tierras del este, en concreto y en una primera fase en el espacio comprendido entre las fronteras orientales del Reich antes de la guerra y los Urales. Se trata en definitiva de un detallado plan de colonización que prevé la explotación de territorios considerados coloniales en todos sus aspectos: recursos minerales, energéticos, forestales, hidráulicos, etc.

Un aspecto importante del plan lo constituía la planificación del territorio que llevaba implícita la creación de granjas agrícolas familiares con superficies comprendidas entre las 30 y las 100 hectáreas y de grandes explotaciones agrícolas de tipo empresarial. Asimismo, estaba prevista la creación de nuevas ciudades de tamaño medio que no debían sobrepasar los doscientos mil habitantes, destinadas exclusivamente al asentamiento de la población germana.

Un componente determinante del plan era la “limpieza” previa del territorio, concepto que conllevaba la eliminación física de millones de personas por la aplicación planificada de políticas de hambre y de propagación de enfermedades, por la utilización de campos de exterminio o por el traslado de millones de personas a territorios lejanos situados al este de los Urales. En definitiva se trataba de tener un control total de la población considerada “indígena” que permitiera el mantenimiento de la mano de obra necesaria, estimada en unos catorce millones de personas.

La importancia histórica del Plan viene dada por el hecho de que muestra de forma clara y evidente que la causa última de las guerras iniciadas por Alemania en 1939 era en definitiva económica. Se trataba de la puesta en marcha de un amplio proyecto de expansión territorial que permitiera el desarrollo de su economía más allá de los estrechos marcos económico-territoriales que le habían sido impuestos al capitalismo alemán como consecuencia de su derrota en la primera Guerra Mundial y de la Paz de Versalles.

Por otro lado, el Plan General del Este muestra que las guerras de expansión alemanas en Europa durante los años 1939-1945 no son obra de unos locos descerebrados guiados por Hitler, sino consecuencia directa de las necesidades de expansión del capitalismo alemán dirigido por hombres brillantes que entendieron aquellas necesidades y elaboraron complejos planes para satisfacerlas.

La política de limpieza étnica en Europa, es decir, el exterminio planificado de eslavos, judíos o gitanos, por citar los ejemplos más representativos, no fue otra cosa que la eliminación de la población previamente calificada como “indígena” a partir de políticas económicas posteriormente justificadas a través de principios ideológicos y raciales.

El hecho de que estas políticas de exterminio y traslados masivos de la población adquiriera la forma aparente de persecución étnica en el discurso político nacional-socialista está relacionado con la justificación ideológica de la expansión económico-territorial ante la propia sociedad alemana. Ser o no ser considerado ario fue siempre una decisión política de las autoridades del Reich que se aplicó tanto en el interior de Alemania como en los territorios ocupados.

La gran tragedia para la conciencia social europea fue que el capitalismo alemán, en su forma política de nacional-socialismo, se atrevió a aplicar en territorio europeo, en el núcleo de la civilización europea, las políticas de exterminio que venía aplicando en las colonias lejos de los ojos del mundo civilizado. Cuando esas mismas políticas fueron aplicadas por los países imperialistas allende los mares, en el llamado Congo Belga, en Australia o en la India, por poner sólo tres ejemplos representativos, lejos de la vista de los civilizados europeos, la falta de respeto absoluto por las poblaciones indígenas y su utilización según los intereses de las metrópolis bien como mano de obra, carne de cañón en sus ejércitos coloniales, o el exterminio cuando así fue considerado necesario, no removieron las conciencias de nadie.

* * *

El capitalismo alemán llegó tarde a muchas cosas, entre ellas a la constitución de un Estado nacional propio. Durante la mayor parte del siglo XIX todo el esfuerzo alemán estuvo dirigido a la creación de un Estado poderoso que agrupara, si no a la totalidad, al menos a la mayoría de los pequeños Estados, ciudades y territorios considerados “alemanes”. Cuando finalmente Alemania creó su Estado, con la ausencia de Austria, el esfuerzo de los años posteriores fue dirigido principalmente a su consolidación política y económica en Europa, amenazado como estuvo desde el principio por Francia que veía precisamente un gran riesgo en su consolidación.

También llegó tarde al reparto colonial. Sólo cuando dio por finalizada la fase de consolidación estatal y territorial en Europa central, ese mismo Estado, como expresión política de su capitalismo imperialista, inició la búsqueda de una participación más ambiciosa en el reparto colonial del mundo. Por este motivo fueron convocados el Congreso de Berlín de 1878 y la Conferencia de Berlín de 1884-1885. Ambos eventos políticos tuvieron como objetivo imponer un reparto mundial más equitativo, desde el punto de vista alemán evidentemente, de las esferas de influencia económica y de los territorios dominados directamente en forma de colonias.

En el “Imperialismo como fase superior del capitalismo”, Lenin dice: “El geógrafo A. Supan en su libro El desarrollo territorial de las colonias europeas, llega a la siguiente conclusión sobre este desarrollo a finales del siglo XIX… ‘la característica principal de este periodo es el… reparto de África y Polinesia’. Toda vez que en Asia y América no hay tierras libres, es decir que no pertenezcan a ningún Estado, las conclusiones de Supan hay que ampliarlas y decir que la característica principal del periodo estudiado es el definitivo reparto de la Tierra. No en el sentido de que no es posible un nuevo reparto, al contrario los repartos son posibles e inevitables, sino en el sentido que la política colonial de los países capitalistas ha acabado apoderándose definitivamente de todas las tierras no ocupadas en nuestro planeta. El mundo por primera vez ha sido totalmente repartido, así que en el futuro los nuevos repartos sólo serán posibles en el sentido de pasar de un propietario a otro” (LENIN V. , Imperializm, kak visshaia stadiia kapitalizma, [1917] 1953).

A principios del siglo XX todos los territorios del planeta habían sido repartidos entre las grandes potencias económicas, bien en forma de colonias, bien en esferas de influencia económica. Pero como señala Lenin, eso no significaba que deberían cesar los nuevos intentos de redistribución de esos territorios y esferas de influencia económica entre las potencias capitalistas, lo que en definitiva llevaba al enfrentamiento militar por el dominio del mundo, enfrentamiento que dio lugar en 1914 a la locura de la Gran Guerra.

II. Las raíces de la revolución.

El capitalismo se consolidó en Europa central y occidental y se expandió por el resto del mundo sobre una dualidad básica. Por un lado el capitalismo central, que se corresponde con los países capitalistas de Europa occidental y con los Estados Unidos de Norteamérica y más tarde Japón y Australia. Es el núcleo dominante del capitalismo, donde se concentra la práctica totalidad del capital industrial y financiero así como las instituciones y mecanismos para su control. Por otro lado la periferia del capitalismo, es decir los países y territorios que en una forma directa o indirecta están dominados o bajo control del capitalismo central, bien en forma de colonias o ya posteriormente en forma de países formalmente independientes pero con sus economías totalmente dependientes y sometidas al capitalismo central.

La Rusia imperial del siglo XIX y de principios del siglo XX era precisamente una economía dependiente y sometida al capitalismo central. Las grandes inversiones de Francia en la construcción de los ferrocarriles rusos son quizá el elemento más evidente de la penetración del capitalismo en Rusia, pero no es el único.

Por cierto, el gran auge del ferrocarril en el siglo XIX, idealizado como icono del progreso, está íntimamente ligado a la penetración del capitalismo, a la explotación de grandes territorios, a la destrucción de las economías locales y a la pauperización de las poblaciones autóctonas. El ferrocarril en tierras continentales, como la flotas inglesa, holandesa o francesa, en mares y océanos, fueron construidos como grandes arterias por las que eran succionados los recursos naturales, las materias primas o las producciones agrícolas de los territorios que atravesaban. Fue suficiente la construcción del ferrocarril transcontinental norteamericano para que desaparecieran, exterminadas en pocos años, las manadas de millones de cabezas de bisontes que los indios de Norteamérica habían ayudado a mantener a lo largo de miles de años con sus rudimentarias, pero efectivas, técnicas de fuegos en las praderas. Las pieles de aquellos colosos eran transportadas en cuestión de días a la costa este norteamericana y desde allí distribuidas a toda Europa.

Lo mismo ocurrió con la construcción del ferrocarril transiberiano, financiado principalmente con capital francés. Fue concebido y construido para trasladar todo tipo de recursos y mercancías, entre ellas el preciado trigo ruso, desde las vastas tierras de Siberia y de la Rusia europea hasta los mercados de Europa occidental. Su construcción fue de la mano del empobrecimiento del campesinado ruso hasta niveles no conocidos con anterioridad. De forma simbólica podría afirmarse que la construcción del ferrocarril en Rusia provocó la Revolución de Octubre.

La importancia del ferrocarril en la depredación capitalista fue tan relevante que uno de los capítulos básicos del Plan General de Este, del que hablábamos antes, fue la construcción de un nuevo ferrocarril transcontinental que uniera Berlín con el océano Pacífico, pero con capacidad de multiplicar hasta el infinito la depredación de estos territorios. Sus dimensiones eran colosales, con ancho de vía de 3,5 metros y vagones de pasajeros y mercancías de ocho metros de ancho y siete de alto, tirados por poderosas locomotoras que debían alcanzar los 250 kilómetros por hora. Aunque con la derrota alemana el ferrocarril nunca llegó a construirse, todavía se conservan en Berlín los restos de la estación ferroviaria de Anhalter que, según lo planificado, era una de las grandes estaciones de las que debían partir los trenes hacia los inmensos territorios de Eurasia.

* * *

La abrupta incorporación de la economía rusa al capitalismo periférico como economía dependiente llevó a una pronta pauperización del campesinado ruso que tras el decreto de liberación en 1861 fue sometido a un rápido y desequilibrado proceso de monetización. Las raíces de la revolución rusa se encuentran precisamente en las reformas de 1861, las cuales supusieron un intento radical de modificación de la propiedad de la tierra en Rusia. Los desajustes producidos durante este proceso hicieron madurar en el campesinado ruso una “conciencia de clase campesina” como nunca antes había tenido lugar en ningún otro lugar ni en ningún otro campesinado.

La legislación que amparaba la Reforma de febrero de 1861 (MAKSHEEV, 1899) reglamentaba la salida de los campesinos de señorío del sistema de servidumbre y afectaba por tanto a las haciendas de la aristocracia, en las cuales era práctica habitual que las tierras estuvieran divididas en dos grandes lotes. Por un lado las tierras cultivadas y gestionadas en forma de comunidad por los campesinos para su propia subsistencia. Estas tierras representaban, por lo general, entre el 50% y el 70% de la hacienda señorial. El resto de la tierra quedaba a disposición del señor que, o bien la ponía en cultivo con el trabajo directo y obligatorio de sus campesinos siervos, o la mantenía como fondo de reserva.

Con la reforma de febrero de 1861 los campesinos debían recibir en “propiedad” las tierras que ya trabajaban a cambio de pagar una determinada compensación económica en favor del señor propietario. Tanto el lugar de ubicación de las parcelas, como su tamaño y la compensación a pagar al señor en dinero o trabajo, quedaban establecidos de mutuo acuerdo entre las partes o bien según las normas recogidas en la legislación.

En principio, las parcelas de tierra eran entregadas en usufructo a las haciendas familiares campesinas, “dvor” en ruso, con derecho a ser transmitidas por herencia en el ámbito de la misma hacienda familiar. Era una situación temporal que debía prolongarse como máximo nueve años, a partir de cuyo plazo se entendía que los campesinos habrían acumulado suficiente dinero para poder pagar un rescate en dinero por sus parcelas de tierra. Durante este periodo de nueve años los campesinos dejaban de ser siervos y pasaban a convertirse en “temporalmente-obligados”.

No obstante, la misma normativa de la Reforma de 1861 recogía la posibilidad de que las unidades familiares, “dvor”, obtuvieran la propiedad de la tierra previo pago de un rescate por ella al aristócrata propietario. Para que la ausencia de dinero en las familias campesinas no fuese un problema a la hora de pagar el rescate por la tierra, el mismo podía realizarse con la ayuda de un crédito especial (crédito de rescate) concedido por el Estado a los campesinos. El rescate en forma de dinero era pagado inmediatamente a los aristócratas como adelanto por el Estado y el campesino se obligaba a devolver dicho adelanto al Estado en un plazo de 49 años mediante cuotas anuales y un interés fijo del 6% anual.

Tanto el crédito de rescate concedido por el Estado como los pagos anuales fueron calculados a partir del dinero que pagaban los campesinos al señor en concepto de “obrok”. Con el paso del tiempo quedó claro que tanto los pagos que se hacían en “obrok”, como posteriormente los pagos anuales para amortizar los créditos de rescate superaban en mucho la rentabilidad de la tierra recibida por los campesinos, lo que condicionó todo el proceso posterior a la Reforma.

En cuanto a la tenencia de la tierra, la Reforma respetó las formas comunales ya existentes en cada región, las cuales eran en lo fundamental dos: tenencia “podvornaia” y tenencia comunitaria. En la forma de tenencia “podvornaia” (pod = bajo, dvor = hacienda familiar), que puede ser traducido como tierras bajo control de la hacienda familiar, las parcelas de las haciendas se repartían y entregaban a las familias que componían la comunidad una sola vez tras un inicial y único reparto y quedaban para siempre bajo la administración y usufructo de una misma unidad familiar o “dvor”, mientras existiera como tal. En la forma de tenencia llamada comunitaria, la comunidad campesina se encargaba de distribuir las parcelas entre las haciendas familiares cada cierto tiempo (entre 9 y 12 años como norma general) (JAUKE, 1914).

El rescate de la tierra por los campesinos sólo podía hacerse con el consentimiento de los señores, lo que llevó a que durante largo tiempo la cantidad de tierra realmente rescatada no fuese mucha. Los señores se habían limitado a entregar la tierra en usufructo con derecho a herencia que convertía a los campesinos en “temporalmente-obligados”. A esta situación, que en realidad prolongaba de forma encubierta la servidumbre, se intentó poner fin mediante la ley de 28 de diciembre de 1881 (veinte años después), que convertía el pago de rescate de la tierra en forma monetaria en obligatorio, asumiendo el Estado ruso el pago por adelantado del rescate a la aristocracia. El resultado fue que los campesinos se vieron con una inmensa deuda ante el Estado que debían satisfacer en cuotas anuales en forma de pagos con dinero en metálico, lo que acabó convirtiéndose en un gravoso alquiler por las tierras que ocupaban.

Si bien es cierto que tras esta ley las relaciones de dependencia entre señores y campesinos en cualquier forma de servidumbre o de “temporalmente-obligados” quedaron abolidas definitivamente, no es menos cierto que la situación económica del campesinado ya se había convertido para aquellas fechas en desesperada, por lo que la misma ley de 28 de diciembre de 1881 recogía medidas para rebajar el importe de los rescates a pagar por las tierras.

El volumen de los pagos variaba de una región a otra y del tipo de señorío al que los campesinos hubiesen estado vinculados durante la vigencia de la servidumbre. Así, si los campesinos procedían de tierras pertenecientes al Estado, es decir, si eran “campesinos estatales”, los pagos anuales en dinero suponían en algunas regiones el 92,75% de todas las rentas procedentes del cultivo de la tierra. En otras regiones el pago que realizaban los antiguos campesinos estatales llegaba al 100% de las rentas.

Pero esta no era la peor situación. Dependiendo de la valoración de las tierras realizada inicialmente en el momento de la liberación, los campesinos de varias regiones procedentes de los antiguos señoríos aristocráticos tenían que pagar entre el 180% y el 198% de las rentas procedentes del cultivo de la tierra. En el caso de los campesinos cuyas propiedades no eran lo suficientemente grandes, los pagos llegaban a suponer el 275% de las rentas.

Esto significaba que las familias campesinas se veían forzadas a trabajar al margen de su actividad agrícola para poder obtener los ingresos necesarios que les permitiesen no sólo pagar la tierra, sino pagarse un mínimo sustento. Además, tenían que hacer frente al pago de otros impuestos que aumentaban a cifras disparatadas las obligaciones monetarias de los campesinos, en una economía agrícola en la que precisamente apenas si circulaba el dinero.

La inmensa mayoría de los campesinos estaban adscritos a comunidades campesinas que eran las propietarias finales de la tierra y sobre las que recaía en última instancia la responsabilidad colectiva del pago del rescate de las tierras (JAUKE, 1914). El importe de los pagos de los campesinos por las tierras pertenecientes a las comunidades fue de 90 millones de rublos en el año 1902. Una cantidad astronómica para la Rusia de aquellos años que suponía, para que nos hagamos una idea, más de tres veces el dinero recibido por el campesinado por la exportación del trigo en aquel mismo año.

Ante aquella situación desesperada el Estado ruso intentó poner soluciones parciales que no afectaron a la raíz principal del problema. Así, en febrero de 1894 fue autorizado un aumento en los plazos para el pago de los rescates. Como la situación económica de las haciendas familiares no mejoraba, fueron tomadas nuevas medidas legislativas en 1896 y 1899 para el aumento de los plazos de pago y para la reducción de los importes pendientes de los rescates mediante una quita parcial.

No es de extrañar que la liberación del pago de los rescates fuese una de las grandes reivindicaciones de los campesinos en la revolución de los años 1905-1907. De hecho, el Gobierno ruso rebajó por decreto el volumen de los pagos hasta los 35 millones de rublos en el año 1906 y hasta los 500.000 rublos al año siguiente. Finalmente, mediante la ley de 3 de noviembre de 1905, que entró en vigor el 1 de enero de 1907, fue realizada una condonación general de la parte de los créditos de rescate todavía pendiente de pagar (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1914, 1915). Esta última medida llegó tarde y fue consecuencia directa del susto que produjo en las elites rusas la seria advertencia revolucionaria de 1905-1907.

* * *

Esta terrible situación económica generaba, entre otras cosas, una grave crisis de subsistencias que, trasladada a la vida cotidiana de la población campesina, se manifestaba en forma de hambre crónica durante décadas y enfermedades de todo tipo, en especial carenciales… “Uno de los creadores de la organización monárquica <Unión Nacional de toda Rusia>, Mijail Osipovich Menshikov, escribió en el año 1909: <cada año que pasa el ejército ruso se convierte en más débil e incapaz … De tres muchachos jóvenes es difícil elegir a uno completamente útil para el servicio militar… La mala alimentación en la aldea, la forma de vida vagabunda en busca de trabajo temporal, los matrimonios tempranos que exigen un trabajo intenso prácticamente desde la edad adolescente, estas son las causas del agotamiento físico… Resulta terrible hablar de las carencias que sufren los jóvenes reclutas antes de su incorporación a filas. Cerca del 40% de los llamados a filas comieron carne por primera vez en su vida al incorporarse al servicio militar. En el ejército el soldado come, además de buen pan, sopa de carne y papilla, es decir de aquello de lo que muchos en las aldeas no saben ni que existe…>. Exactamente los mismos datos ofrece el General Comandante en Jefe V. Gurko en relación con los llamamientos a filas comprendidos entre los años 1871 y 1901, cuando informa que el 40% de los jóvenes campesinos han probado la carne por primera vez en la vida al incorporarse al ejército” (ARTIOSHENKO, 2015).

Estas carencias en la alimentación no podían dejar de reflejarse en la estatura media de los jóvenes reclutas que se incorporaban a filas. En las regiones de la Rusia central, la media de estatura de los jóvenes era de 160,5 cm.; observándose incluso una cierta regresión con respecto a indicadores de años precedentes que mostraban una estatura media de 163,8 cm. para los jóvenes de semejantes características (KUPTSOV, 2002).

Pero no era la carne la única terrible carencia. Los campesinos no podían consumir ni el trigo ni el centeno que cultivaban y que obligatoriamente destinaban a la venta para poder obtener parte del dinero necesario para el pago en moneda de la deuda crediticia con el Estado y que en definitiva acababan siendo exportados en los nuevos y flamantes ferrocarriles construidos mayoritariamente con capital francés… “Lo exportamos todo: el pan, la carne, los huevos, y junto con esto exportamos parte de nuestro suelo, exportamos hasta nuestros propios cabellos, como dijo Vishegradskii, nosotros no comemos, pero exportamos” (NECHVOLODOV, 1906). La falta de estos cereales en la ración alimenticia daba lugar al consumo de otros productos de sustitución de segunda o tercera categoría que en muchos casos producían enfermedades en el aparato digestivo que llevaba a mortandades generalizadas entre la población campesina.

El gran escritor Lev Tolstoi tiene una amplia producción de artículos en los que describe esta situación terrible. En los años 1891-1893 se desató una terrible hambruna que afectó prácticamente a toda Rusia. Tolstoi, que conocía la vida campesina de primera mano y que vivía en su hacienda cerca de la ciudad de Tula, a unos doscientos kilómetros de Moscú, recorrió las regiones de Tula y Riazan ayudando a tomar medidas para evitar las trágicas consecuencias del hambre. Para ello colaboró en todo tipo de actividades, desde la recogida de dinero hasta la organización de comedores gratuitos para todos aquellos que no podían comer… “en total había 246 comedores, en los que se alimentaban entre diez mil y trece mil personas”, escribió el propio Tolstoi en el informe sobre el empleo de los recursos económicos recaudados (TOLSTOI, Otchet ob upotreblenii pozhertvovannij deneg s 12 aprelia po 20 iulia 1892 g (O pomoschi golodaioschim), 1892).

En uno de sus artículos más impactantes, tanto que su publicación inicial fue censurada, escrito en el año 1891 y publicado en 1892, que lleva por título “O golode” (Sobre el hambre), escribió que la causa principal de la hambruna no era la falta de cereales, sino la falta de lebeda, una hierba del genero Atriplex de la que se utilizaban las semillas para mezclarlas con la harina de cereales. Ante la falta de cereales, los campesinos preparaban el pan mezclándolo con lebeda, en porcentajes del 50% o más, lo que en palabras de Tolstoi daba un pan negro como la tinta, muy duro y muy amargo e insalubre: “Este pan lo comen todos, los niños, los enfermos, las embarazadas y las madres que alimentan con pecho a sus hijos”. Ante la falta de comida, “la lebeda la recogen verde, antes de madurar, sin los granos blancos que habitualmente tiene esta hierba cuando está madura, por lo que es totalmente incomestible. El pan con lebeda no se puede comer sólo. Si comes ese pan en ayunas, acabas vomitando” (TOLSTOI, O golode, 1892).

Tolstoi constata que la pobreza era crónica y que en los años de buena cosecha de cereales la situación no cambiaba y el hambre continuaba. No sólo el hambre. Las familias no tenían dinero ni siquiera para comprar combustible para calentar sus casas y se veían obligados a robar la leña en los bosques que habían quedado bajo propiedad de los señores aristócratas. Y no sólo leña. La caza furtiva, la recolección de bayas y setas, por poner sólo un par de ejemplos, se convertían en práctica habitual aún a riesgo de recibir castigos corporales o multas en dinero imposibles de pagar.

Las descripciones de la hambruna crónica de la población campesina está también en los artículos que el ingeniero Alexandr Engelgardt enviaba desde su hacienda en la región de Smolensk y que fueron publicados en forma de “Cartas desde la aldea” a lo largo de varios años en la revista “Otechestvennie zapiski” (Notas patrióticas)[1] de S. Peterburgo. En la primera de ellas, en el año 1872, Engelgardt escribe:

“en nuestra gobernación, incluso en los años de buena cosecha, es raro el campesino que tiene suficiente pan para todo el año. Prácticamente cada campesino tiene que comprar pan para poder llegar a la nueva cosecha, y el que no tiene posibilidades de comprar, envía a sus hijos, a los ancianos y ancianas a buscar “trozos” de pan por las aldeas y comunidades. En este año tenemos una total falta de cosecha en todo tipo de cultivos… y de [hierbas para] pienso, como consecuencia de la sequía… Esto es lo más difícil para el campesino porque a falta de trigo, él puede alimentarse recogiendo trozos de pan por las comunidades, pero al caballo no puedes enviarlo a buscar trozos de pan. Todo está muy mal, tan mal que peor no puede estar. Los niños, incluso antes de la festividad de Cosme y Damián (uno de noviembre), ya salieron a limosnear trozos de pan. … En este año han salido a pedir pan no sólo los niños, las mujeres, los ancianos y ancianas, los chicos y las chicas jóvenes. Han salido incluso los campesinos jefes de las casas. No tienen nada en casa para comer. ¿Entienden ustedes lo que eso significa? … No hay pan y no hay trabajo. Cualquiera estaría dispuesto a trabajar por un trozo de pan, pero no hay trabajo. … Totalmente diferente es la persona que sale a pedir trozos de pan. Es un campesino de los alrededores. Si se le ofrece trabajo, inmediatamente se pone a trabajar y deja de pedir pan. Va vestido como cualquier otro campesino… llega como si lo hiciese sin querer, como si hubiese entrado a calentarse, y la dueña de la casa, teniendo compasión de su vergüenza, le da trozos de pan o, si llega en el momento de la comida, le pone un plato y le invita a sentarse a la mesa. En este aspecto el campesino es extremadamente cuidadoso, porque sabe que es muy posible que a él mismo le toque en algún momento salir a pedir pan” (ENGELGARDT, [1872] 2010).

Semejante situación entre el campesinado podía haber conducido al deterioro moral y espiritual, al embrutecimiento de los campesinos como clase social, sin embargo los campesinos evolucionaron en otra dirección. El propio Tolstoi escribió sobre esa evolución moral de los campesinos que paulatinamente fue convirtiéndose en conciencia social.

III.- Campesinado y conciencia social.

El derecho de petición estaba expresamente prohibido en la Rusia zarista cuando éste no se refería exclusivamente a asuntos personales. Cualquier petición colectiva estaba rigurosamente penada. Sin embargo, a partir del último cuarto del siglo XIX se observa el nacimiento y crecimiento de un amplio movimiento peticionario que se extendió por toda Rusia y en el que se fueron concretando las aspiraciones sociales del campesinado así como sus ideas de justicia social. Toda vez que los campesinos comprendían perfectamente que la elaboración de peticiones colectivas estaba perseguida por la ley y que al ser firmados por todos los miembros de las asambleas cometían actos ilegales penados duramente, la elaboración de las peticiones colectivas y su envío a los órganos del poder se convirtió en una forma activa de lucha política.

Este movimiento tomó tal envergadura que finalmente fue legalizado tras los acontecimientos revolucionarios de 1905. A partir de aquel año, el gobierno ruso consideró adecuado regularizar el derecho de petición colectiva a través del cual un grupo cualquiera de ciudadanos podría trasladar al Zar, al Gobierno o a la Duma (parlamento) la petición que considerase oportuna. A partir de aquel momento el movimiento peticionario campesino se desarrolló de forma vertiginosa. Miles de peticiones elaboradas en las asambleas campesinas, redactadas en un lenguaje directo, llano y popular fueron enviadas a los diferentes órganos del poder con la esperanza de que sus peticiones fuesen atendidas.

Las peticiones eran en definitiva la expresión del programa político del campesinado. Hoy día, cuando pueden ser estudiadas en su conjunto, se puede apreciar esta particularidad con claridad. En aquellos años, dos fuerzas entendieron lo que estaba ocurriendo. Por un lado la propia monarquía y sus organizaciones políticas, que intentaron por todos los medios destruir el movimiento campesino con la desarticulación de las comunidades campesinas, y cuya máxima expresión fueron las reformas de Stolipin. La segunda fuerza política que entendió lo que estaba pasando en el campesinado fueron los bolcheviques, o más bien una fracción de los bolcheviques liderada por Lenin.

¿Cuáles eran las principales peticiones de los campesinos? Desde luego que la cuestión principal era la tierra: abolición de las propiedades señoriales, de los monasterios, etc., la confiscación de las tierras por el Estado y su nacionalización en favor del pueblo. La tierra era considerada de propiedad general, nacional, los campesinos sólo la trabajan y hacían uso de ella. “La tierra no es de nadie, la tierra es de Dios”, escribían los campesinos en sus manifiestos.

Esta idea de que la tierra es de Dios estuvo siempre presente en la mentalidad campesina rusa y fue parte inseparable de los programas campesinos en las revueltas e insurrecciones que durante siglos tuvieron lugar en los distintos lugares de la geografía rusa. Sin embargo, por primera vez los campesinos hablaban en un lenguaje moderno al proponer la nacionalización de las tierras y su control por el Estado. Pero había, además, un paso más allá, la vinculación del derecho a trabajarla, importante, no a poseerla, al principio del trabajo.

Otro punto fundamental que se recoge en casi todos los manifiestos es el derecho a la educación. Los campesinos en Rusia no tenían derecho a la educación. Y si algún campesino adquiría un nivel educativo superior al de la escuela primaria, era expulsado del estamento campesino y desposeído de las tierras que pudiera tener en propiedad o usufructo.

Además, las peticiones campesinas recogían los derechos políticos fundamentales: abolición de los estamentos, elecciones directas iguales para todos y secretas, igualdad para todos los ciudadanos, libertad de expresión y prensa, de asociación, derecho de huelga, autogobierno popular, amnistía para los encarcelados y exiliados, etc. Veamos aunque sea un ejemplo (SENCHAKOVA, 2000):

“Nosotros, campesinos elegidos para la asamblea de volost en representación de las asambleas campesinas de la comunidad de volost de Priamujin, en la comarca de Novotorzhkii, en la gobernación de Tver, … hemos decidido comunicar a todos… que no se puede continuar viviendo como antes, que el campesinado ruso durante todo el tiempo de existencia del Estado no ha visto días luminosos. Que el campesinado ha trabajado y trabaja incansablemente para la gloria y poderío de Rusia. La fuerza de Rusia, sus riquezas, escuelas, juzgados, jefes, ejércitos y demás se alimenta de la sangre del campesinado, y a cambio de todo esto ¿qué tiene el campesinado? Haciendas miserables levantadas sobre minúsculos trozos de tierra. La oscuridad de la ignorancia y la arbitrariedad, como la noche cerrada, envuelven al campesino por todos lados. … Oprimen al campesino con los impuestos, les está prohibido hablar con libertad… Pero los campesinos, como otras personas, también quieren la luz y la libertad y tienen derecho a una vida mejor. Por eso, nosotros debemos debatir y declarar:

  1. A los campesinos les son restringidos sus derechos a la educación. En nuestras escuelas no hay una educación libre y razonable. Nuestros hijos no tienen acceso a las escuelas superiores. No nos permiten recibir buenos libros y periódicos… Pero nosotros queremos aprender más, queremos que nuestros hijos aprendan de verdad y por eso exigimos: libertad total de acceso a la educación estatal gratuita, inicial, media y superior. Libertad para abrir escuelas, bibliotecas y asociaciones culturales…
  2. …No deseamos continuar en tal situación de esclavos… y exigimos: liquidación de las diferencias estamentales y el establecimiento para todos de un único código civil y penal…
  3. Los impuestos de todo tipo oprimen al campesino de forma terrible. … Ya no tenemos fuerzas para seguir pagando impuestos, y por eso exigimos: liquidación de los impuestos indirectos, anulación de los pagos de rescate de las tierras…
  4. … Los campesinos tienen pocas tierras… Y al mismo tiempo observamos en nuestro Estado la abundancia de tierras de propiedad particular, estatales, de las gobernaciones regionales, de los monasterios, de la iglesia que o bien son trabajadas por los campesinos a cambio de un jornal, o son entregadas en arriendo o están abandonadas sin darles ningún uso. Semejante injusticia ha de ser liquidada, por eso exigimos: las tierras anteriormente mencionadas han de ser convertidas en propiedad del Estado para el reparto equitativo entre los campesinos y entre todos los que deseen dedicarse al cultivo de la tierra.
  5. … Exigimos: libertad de palabra, de imprenta y asociación y
  6. Apoyando a la clase obrera, nuestros hermanos, como clase que lucha por los derechos del pueblo, exigimos junto con ellos la jornada laboral de 8 horas para todos los trabajadores de fábricas y de empresas industriales, libertad de huelga y también un seguro estatal para los trabajadores que los proteja de accidentes, heridas, enfermedades y muerte. Al mismo tiempo, exigimos la creación de un seguro obligatorio para los habitantes de las aldeas que les proteja de las enfermedades, de los accidentes, de la vejez y de la decrepitud.
  7. La presente guerra (contra Japón)… ha sido empezada por culpa y deseo de los funcionarios dirigentes sin nuestro consentimiento, y nosotros, los campesinos… exigimos… la firma de la paz con el enemigo.
  8. Exigimos el perdón a todos los exiliados y encarcelados que sufren por la justa causa popular.

Firmamos”[2].

Para tener una idea clara de la importancia del movimiento peticionario campesino y de su peso político en el proceso revolucionario ruso es conveniente tener en cuenta que el Decreto Sobre la Tierra promulgado por el Consejo de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado y acordado en la reunión del 26 de octubre de 1917 a las dos de la noche, fue elaborado teniendo como base la Petición campesina (Nakaz) publicada en el número 88 de “Izvestiia Vserossiiskogo Soveta Krestianskij Deputatov” (Noticias del Consejo de Diputados Campesinos de Toda Rusia) de 19 de agosto de 1917, elaborado a su vez sobre la base de 242 Peticiones campesinas enviadas directamente desde las aldeas y en las que se expresaba de forma inequívoca el sentir popular sobre la propiedad de la tierra.

IV. Marxismo y campesinado.

La evolución del pensamiento político en Rusia durante el siglo XIX pasó desde el movimiento revolucionario democrático, que tenía como objetivo la incorporación del pensamiento político europeo a la cultura política rusa, hasta el marxismo que tuvo una gran influencia en la cultura rusa y que se expresó inicialmente en la forma política socialdemócrata (DINNIK, M.A.; IOVCHUK, M.T. i drug., 1959). En medio, tuvo lugar un gran desarrollo del anarquismo y del populismo ruso, que tenían como referencia al campesinado, al que consideraban una clase con capacidad de convertirse en sujeto revolucionario.

El marxismo introdujo en el pensamiento revolucionario ruso, entre otras cosas, la disciplina, la sistematización, la lógica, el optimismo antropológico de la ilustración, la posibilidad racional de un futuro justo para la humanidad y la existencia de instrumentos y condiciones racionales y objetivas para su consecución. También hay que destacar la importancia del marxismo en la racionalización de la búsqueda de la justicia social que en el pensamiento político ruso estuvo siempre contaminado de una espiritualidad religiosa. Aunque hay que decir que este componente espiritual, siempre estuvo presente en el marxismo ruso y tuvo posteriormente su máxima expresión en el bolchevismo y en el proyecto soviético.

Por otro lado, la falta de un “modelo de futuro”, de un proyecto político claro y entendible, lleva a las revoluciones a convertirse en levantamientos que acaban fragmentándose en diferentes corrientes y grupos que a su vez acaban haciéndose la guerra unos a otros, con la proliferación de grupos militaristas, señores de la guerra o bandas que dan lugar a violencia incontrolada y que suelen llevar al fracaso del movimiento revolucionario que acaba convirtiéndose en una insurrección.

El marxismo, al unirse con la filosofía rusa, pudo elaborar y expresar de forma nítida un modelo de futuro que el pensamiento ruso no había sido capaz de elaborar con anterioridad. El logro del marxismo no acabó en la elaboración teórica de dicho modelo, sino que pudo articular una gran fuerza social y política alrededor del mismo. Este aspecto es fundamental para entender el comportamiento posterior de las masas, es decir, el apoyo de las mismas al bolchevismo.

* * *

No obstante, y dicho lo anterior, el marxismo llevó el germen de un gran conflicto que fue agudizándose conforme avanzó el proceso revolucionario en Rusia y que se prolongó hasta el final del sistema soviético. Veamos.

Marx advirtió en sus trabajos que su objeto de estudio era el capitalismo occidental, lo que llevaba implícito la constatación de que los resultados de su trabajo no eran, y no son, aplicables a otras sociedades en las que no se han producido situaciones similares que han llevado a la atomización del hombre. La mayoría de los marxistas no ha tenido en cuenta esta particularidad conceptual del marxismo, entendiéndolo como una gran receta de aplicación mundial para abordar no sólo los procesos revolucionarios, sino incluso el resultado de los mismos, es decir las sociedades que han emergido de procesos y situaciones revolucionarias que han partido de estructuras sociales que en nada tienen que ver con el capitalismo europeo occidental.

En esta concepción simplificada de los procesos históricos, la evolución lógica prevista por los marxistas europeos y rusos para la revolución en Rusia pasaba por una revolución burguesa que debería acabar con la monarquía, eliminar las barreras estamentales e introducir la democracia política occidental, para finalmente sentar las bases para el desarrollo del capitalismo en Rusia.

En este proceso el campesinado era percibido como una clase reaccionaria, fundamento de la sociedad estamental, que debía desaparecer y convertirse mayoritariamente en proletariado urbano que llenaría las fábricas y que una vez constituido en clase para sí protagonizaría una revolución proletaria que acabaría con el capitalismo cuando las condiciones históricas del mismo (el desarrollo de sus contradicciones) lo permitiera.

Según este principio era imposible abordar una revolución socialista en ningún país que no contase con una clase obrera desarrollada. Y para eso había que pasar antes por el capitalismo. Por tanto, lo más conveniente era ayudar al capitalismo a su pronta instauración y desarrollo. Y ese era el objetivo principal de la socialdemocracia en el proceso revolucionario ruso.

Esta idea se vio reforzada por otra cuestión fundamental. La división que hace el marxismo entre pueblos “revolucionarios” y pueblos “reaccionarios”. Esta idea está íntimamente vinculada a las ideas de Hegel sobre la Historia Universal (HEGEL, 1982) y la existencia de pueblos que han contribuido al desarrollo de la Historia Universal y de otros que no han contribuido. O lo que es lo mismo, un núcleo de países que forman la Civilización Universal, y otros que están fuera de ella, en la periferia.

Para los marxistas rusos, Rusia tenía los dos componentes. Por un lado era un país no capitalista, por lo que el primer objetivo era contribuir al desarrollo del capitalismo, para crear así una poderosa clase obrera. Por otro lado, Rusia era un país reaccionario, que se encontraba fuera de la Historia Universal. Una especie de territorio bárbaro que amenazaba a la democrática Europa con sus hordas asiáticas y reaccionarias en forma de tártaro-mongoles o en forma de paneslavismo, con el que tanto gustó a la prensa europea decimonónica asustar a su propia población. Estas ideas se pueden encontrar sin ningún esfuerzo en los escritos de Marx, pero sobre todo en los de Engels.

Estos dos componentes llevaron a la fractura dentro del movimiento revolucionario ruso. Fractura que se perpetuó en las siguientes generaciones en forma de enfrentamiento entre socialdemócratas y populistas; socialistas-revolucionarios y mencheviques; entre mencheviques y bolcheviques; entre trotskistas y los llamados estalinistas.

Resulta curioso constatar que fue Mijail Bakunin quien con más intensidad se enfrentó a estas ideas marxistas sobre el carácter reaccionario de Rusia y del campesinado ruso. Para Bakunin el nacional-chovinismo u odio a los “pueblos reaccionarios” y el social-chovinismo u odio al “campesinado reaccionario”, tienen una única naturaleza: reflejan el racismo del capitalismo occidental, que justifica de esa manera su esencia explotadora cubriéndola de una supuesta misión civilizatoria. El pensador anarquista fue más allá y consideró que el capitalismo había contagiado de ese racismo a la clase obrera occidental y a sus organizaciones políticas socialdemócratas. Todo parece indicar que la historia le dio la razón hace ya tiempo (BAKUNIN, 1989).

Y una vuelta más de tuerca que quedó oculta en las batallas entre anarquistas y marxistas fue la tesis bakuniana de que la futura revolución socialista sólo tendría lugar como consecuencia de la unión fraternal de la clase obrera y la clase campesina. Precisamente esta idea clave fue asumida por los populistas rusos y posteriormente, tras derrotar a los populistas, fue adoptada y adaptada por Lenin para convertirla en una nueva teoría política, fundamento de lo que posteriormente se llamó leninismo.

Pero a estas conclusiones los bolcheviques llegaron mucho más tarde que Bakunin, tras estudiar la experiencia revolucionaria de 1905-1907 y los manifiestos y peticiones campesinas de las que hablábamos antes.

* * *

Uno de los más brillantes pensadores y revolucionarios del movimiento populista ruso fue P. Tkachev, quien en 1875 escribió un pequeño folleto titulado “Carta abierta al señor Engels” (TKACHEV, [1874] 2010), en el que explicaba por qué, según su punto de vista, la revolución en Rusia sería anticapitalista. Aquel escrito fue todo un atrevimiento, ya que semejante planteamiento era más que una herejía para el marxismo, por lo que el propio Marx pidió expresamente a Engels que contestara a semejante iluminado.

Y así lo hizo Engels en su “Sobre la cuestión social en Rusia” (ENGELS, [1875] 1955-1974). No es el momento de entrar en discernir quién tenía o tuvo razón en aquel debate, pero sí conviene indicar que los argumentos e ideas de Tkachev resultaron proféticos… “Nuestro pueblo … está penetrado por los principios de la tenencia comunal. Es, si puede decirse así, comunista por instinto, por tradición. La idea de la propiedad colectiva está tan unida a las concepciones del mundo del pueblo ruso … Nuestro pueblo se encuentra mucho más cerca del socialismo que los pueblos de Europa occidental” (TKACHEV, [1874] 2010).

Por un lado, la revolución rusa fue una revolución anticapitalista en el sentido que fue una revolución contra la instalación y desarrollo del capitalismo en Rusia, cortando de raíz la secuencia histórica prevista en el marxismo (feudalismo-capitalismo-socialismo). Y en este sentido fue la primera de su tipo, ya que todas las revoluciones posteriores que tuvieron lugar en el llamado tercer mundo tuvieron como objetivo y consecuencia evitar la instauración del capitalismo. Por otro lado, Tkachev fue premonitorio porque adelantó los debates teóricos y políticos que luego tendría lugar entre socialdemócratas mencheviques y bolcheviques, entre Plejanov y Lenin.

Aquellas posiciones de los populistas rusos alarmaron a los clásicos del marxismo y a las organizaciones socialdemócratas europeas y rusa. Así, el primer objetivo teórico y político de los socialdemócratas rusos fue derrotar a los populistas. Y en aquella batalla jugó un papel destacado el joven Lenin, quien fue el “martillo de herejes”, el verdadero artífice teórico y político de aquella derrota que se plasmó en la desaparición política del populismo.

Desarbolado teóricamente, el populismo acabó transformándose en el partido de los Socialistas-Revolucionarios, un partido que se definía como marxista, pero con una importante sección armada que puso en práctica la acción directa y que sembró el terror en Rusia durante largas décadas. Curiosamente el jefe de la Organización de Combate de los Socialistas Revolucionarios fue Evno Azef, quien al mismo tiempo que coordinaba la organización de importantes atentados terroristas, fue uno de los principales jefes de la sección antiterrorista de la policía rusa y organizaba la detención de los políticos de la oposición que consideraba necesario, manteniendo de aquella manera un control efectivo no sólo sobre tan importante organización política rusa, sino sobre el conjunto de los partidos de oposición al zarismo (NIKOLAEEVSKII, 1991).

Al principio, cuando joven, Lenin escribió toda una serie de trabajos teóricos en los que interpretaba el proceso revolucionario ruso en clave marxista clásica. Como ya se ha dicho, el objetivo principal de estos trabajos era derrotar política y teóricamente a los populistas y consolidar las concepciones marxistas en Rusia. En 1897 Lenin escribió “A qué herencia renunciamos” (LENIN V. , Ot kakogo nasledstva mi otkazivaemsia, [1898] 1953), en donde identificó como ideas básicas de los populistas la negación del capitalismo como fuerza progresista, la idealización de la comunidad campesina y el particularismo de Rusia como civilización. En la misma línea puede considerarse su trabajo “El desarrollo del capitalismo en Rusia” (1896-1899) (LENIN V. , Razvitie kapitalizma v Rossii, [1899] 1953), en el que Lenin constató con datos empíricos lo que él consideraba como desarrollo del capitalismo en Rusia, reafirmándose en la idea de que para un total desarrollo capitalista que permitiera en un futuro el paso al socialismo, la revolución rusa en ciernes debería ser una revolución burguesa.

Pero, ya en septiembre de 1908, de forma confusa Lenin empezó a mostrarse partidario de una interpretación diferente del proceso revolucionario ruso. Quizá el momento clave fue su artículo “Lev Tolstoi como espejo de la revolución rusa” (LENIN V. , Lev Tolstoi kak zerkalo russkoi revoliutsii, [1908] 1953). Todo el mundo sabía en Rusia que Tolstoi era el prototipo de defensor del campesinado ruso y el prototipo de crítico a ultranza de la civilización del capitalismo occidental. Además estaba claro que Tolstoi tenía una especial capacidad para entender el mundo campesino con sus conflictos y problemas. Los propios campesinos lo sabían y le admiraban por ello.

Ya sólo el título era en sí un desafío. Un guante arrojado a la cara de todos los marxistas. ¿Cómo podía ser el viejo Tolstoi con su defensa de los campesinos y de la no violencia, el espejo de la revolución rusa? Pero no sólo en el título se encontraba el desafío. En el artículo, Lenin habla de un nuevo tipo de revolución. No de una revolución que debía allanar el camino para la instauración del capitalismo en un país campesino y reaccionario, sino de una revolución protagonizada por el campesinado que había de impedir el establecimiento del capitalismo para evitar precisamente la vía capitalista de desarrollo. Y es fundamental hacer hincapié en un aspecto decisivo: Lenin no habla solamente de una parte del campesinado, de los jornaleros o de los campesinos pobres, sino de todo el campesinado como clase… revolucionaria.

La revolución campesina desde esta óptica leninista se convierte en una revolución anticapitalista, porque el campesinado, cuando actúa como clase revolucionaria es “más” anticapitalista que la clase obrera, ya que el campesinado y el capitalismo son incompatibles. La existencia de uno, el campesinado, impide el desarrollo del capitalismo, impide el desarrollo del proletariado que ha de vender su fuerza de trabajo en las fábricas. Por contra, la existencia del otro, del capitalismo, lleva implícita la desaparición del campesinado que se convertirá en burguesía agraria y, en su gran mayoría, clase obrera urbana.

* * *

Paulatinamente Lenin comenzó a introducir sus nuevos planteamientos políticos en el seno de la socialdemocracia. Por ejemplo, en el IV Congreso de los socialdemócratas rusos, propuso que se incorporara al programa del partido la reivindicación campesina de nacionalización de la tierra, lo que supuso todo un terremoto político que encendió en contra de Lenin a los mencheviques y a una gran cantidad de bolcheviques. Aquel momento marcó el distanciamiento final de Lenin y Plejanov, que fue acentuándose con el paso de los años: “Lenin mira a la nacionalización de la tierra con los ojos de los socialistas revolucionarios. Incluso ha asumido su terminología… no es agradable ver como un socialdemócrata asume los puntos de vista populistas”, vino a decir Plejanov tras escuchar las propuestas de Lenin.

Años después, el filósofo Nikolai Berdiaev escribió:

“Lenin fue un marxista y creía en la excepcional misión del proletariado: Creía que el mundo entraba en la época de las revoluciones proletarias. Pero Lenin era ruso e hizo la revolución en Rusia, un país del todo especial. … [Lenin] se sintió libre de cualquier marxismo doctrinario, del que ya le habían hartado los marxistas-mencheviques. Proclamó la revolución obrero-campesina y la república obrero-campesina. … Lenin llevó a cabo una revolución campesina utilizando muchas de las cosas que antes afirmaban y defendían los socialistas-populistas. … Lenin lo hizo todo mejor, más rápido, de forma más radical…” (BERDIAEV, 1997).

Y efectivamente, Lenin vino a reconocer que en la cuestión campesina los populistas llevaban gran parte de razón y que, como decían los eslavófilos, Rusia, en vez de ser un país reaccionario y estar fuera de la Civilización Universal, en realidad era en sí una civilización diferente a la europea con su propio camino de evolución que no pasaba por el desarrollo del capitalismo. Lenin, con semejantes planteamientos, a los ojos de los marxistas socialdemócratas, se ganó el infierno.

Pero Lenin, ajeno a cualquier idealización del mundo campesino, entendiendo su potencial revolucionario, entendió también la necesidad de la modernización de Rusia, que pasaba por la industrialización, eso sí, sin pasar por el capitalismo, alejándose de él. Lenin en sus trabajos posteriores demostró que el capitalismo periférico, es decir la parte o forma del capitalismo que el núcleo central del mismo tenía reservada para los países y territorios que dominaba en una u otra forma, llevaba a estos países, entre ellos Rusia, no al progreso, sino la regresión, no a la riqueza, sino a la miseria.

La nueva revolución, consecuencia de la unión del campesinado y de la parte de proletariado que existiese en cada país, sería una revolución de nuevo tipo, una revolución que evitaría la conversión de estos países y territorios en periferia del capitalismo. Lo que en definitiva significaba, como finalmente ocurrió en Rusia, la salvación de estos países de la miseria y penurias que suponía el capitalismo. En definitiva, hay que considerar a la Revolución Rusa de Octubre de 1917 como una revolución de nuevo tipo que dio comienzo a una revolución mundial diferente, la revolución de las sociedades campesinas frente a la penetración del capitalismo.

V.- El delirio de un loco.

Después de Febrero de 1917, con los Socialistas-Revolucionarios y los mencheviques intentando gobernar en el Soviet de Petrogrado e intentando reconducir la situación revolucionaria hacia la constitución de una República parlamentaria, pocos entendieron la situación en la que se encontraba Rusia. En realidad se estaba gestando un Estado de nuevo tipo al que le faltaba la palabra, la teoría, para que pudiera materializarse y dar respuesta a las aspiraciones campesinas.

En este sentido “Las Tesis de abril” de Lenin expresaron precisamente el nuevo tipo de Estado que demandaba la revolución campesina. Analizando la situación en Rusia, (LENIN V. I., [1917] 1953) escribió:

“TESIS…

  1. La particularidad del momento actual en Rusia reside en la transición de la primera etapa de la revolución, que dio el poder a la burguesía… a la segunda etapa, que debe dar el poder al proletariado y las capas pobres del campesinado.
  2. Ningún apoyo al Gobierno Provisional…
  3. Explicar a las masas que los Consejos de Diputados Obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario … es imprescindible el traspaso de todo el poder estatal a los Consejos de Diputados Obreros…
  4. No a la república parlamentaria, la vuelta a ella desde los Consejos de Diputados Obreros sería un paso atrás. Sí a una república de Consejos de Diputados Obreros, Jornaleros y Campesinos por todo el país desde abajo hasta arriba. …
  5. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Consejos de Diputados Jornaleros. Confiscación de todas las tierras de la aristocracia. Nacionalización de todas las tierras en el país y entrega de su administración a los Consejos de Diputados de Jornaleros y Campesinos. …
  6. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un único banco nacional, controlado por los Consejos de Diputados Obreros”.

En realidad, Lenin, al contraponer los dos tipos de república, la parlamentaria y la de los Consejos, estaba hablando de dos trayectorias absolutamente diferentes. La república parlamentaria era la expresión de la revolución de Febrero y de la trayectoria occidental de desarrollo. Era el camino hacia el capitalismo periférico, hacia un círculo vicioso del que será imposible salir. La república de los Consejos era la trayectoria anticapitalista de la revolución campesina rusa. Era la negación del capitalismo.

Lenin escribió: “Los Consejos de diputados obreros, soldados y campesinos, no son comprendidos del todo … en el sentido de que representan en sí una nueva forma, mejor dicho, un nuevo tipo de Estado” (LENIN V. , Zadacha Proletariata v nashei revoliutsii (Proekt platformi proletarskoi partii), [1917] 1953). Sin embargo él sí entendió muy bien el origen y significado de los Consejos. Entendió que a nivel de Estado, efectivamente era un nuevo tipo de estatalidad, pero sabía también que los Consejos tenían su origen en las representaciones campesinas sobre “el buen gobierno” y que en la práctica era el tipo tradicional de autogobierno de las comunidades campesinas trasladado a un nivel superior, al nivel del Estado. Se trataba de una democracia campesina preindustrial y anticapitalista.

Jauke y Chaianov, dos de los grandes investigadores del campesinado ruso, conocían muy bien la existencia y el significado de los Consejos como instrumento de autogobierno de las comunidades campesinas rusas. Jauke escribió un trabajo fundamental sobre el derecho comunal campesino ruso (JAUKE, 1914). Una obra, no superada al día de hoy, en la que habla del papel de los consejos campesinos en el gobierno de las comunidades campesinas. Chaianov escribió: “nuestro régimen es soviético (consejista), es el régimen de los consejos obreros. En el medio campesino este régimen en sus fundamentos ya existía mucho antes de octubre de 1917 en el sistema de gobernación de las organizaciones de carácter cooperativo” (CHAIANOV, 1989).

Pero las Tesis de abril contenían algo muy importante, mucho más importante que una nueva forma de Estado. Apoyándose para la solución de un problema político estratégico en la cultura y en las concepciones del mundo de la inmensa mayoría de la población rusa, los campesinos, Lenin, y con él los bolcheviques, realizaron en realidad una elección de tipo civilizatorio.

El sentido principal de semejante opción residió en qué se eligió un camino al socialismo en Rusia que no pasaba por el desarrollo previo del capitalismo y sus instituciones sociales y políticas (la democracia burguesa). Un camino al socialismo que partía de la base social dominante en la Rusia de aquel momento, el campesinado, y que se apoyó en un nuevo tipo de Estado: los Consejos. Los cuales, por cierto, estaban vinculados de forma real con las masas y expresaban sus aspiraciones políticas.

Es importante tener en cuenta que cuando Lenin presentó sus Tesis de abril, los bolcheviques eran anecdóticos en los Consejos, controlados mayoritariamente por representantes del partido Socialista-Revolucionario y de los socialdemócratas mencheviques. Sin embargo, es Lenin el que entiende su profundo sentido y en vez de proponer como los demás partidos hacían, la instauración de una república parlamentaria, apostó por la república de los Consejos.

No es de extrañar que las tesis de Lenin fueran rechazadas por todos, por los mencheviques y por los propios bolcheviques. Muchos políticos expresaron su condena, y en la dirección bolchevique Lenin quedó aislado, nadie le apoyó. Después Lenin intervino en el palacio de Tavrich, ante los socialdemócratas miembros del Consejo. Trotski lo recuerda así: “Al cabo de una hora Lenin se vio obligado a repetir su intervención en la asamblea general de bolcheviques y mencheviques … a la mayoría de los que le escucharon les pareció algo intermedio entre una burla y un delirio. Los más comprensivos se encogían de hombros. Está claro que esta persona se ha caído de la Luna. Apenas se ha bajado del tren en la estación de Finlandia después de diez años de ausencia y se pone a predicar la toma del poder por el proletariado. … Stankevich confirmó que la intervención de Lenin alegró mucho a sus enemigos: “la persona que dice semejantes tonterías no es peligrosa. Está muy bien que haya vuelto, ahora está a la vista de todos y el mismo se desacredita”. … “En la reunión conjunta, cuenta Sujanov, Lenin se presentó como la representación viva del cisma… Recuerdo a Bogdanov (un importante menchevique) sentado a dos pasos de la tribuna de oradores. ¡¡¡Esto es un delirio, gritó interrumpiendo a Lenin, el delirio de un loco!!!… Da vergüenza aplaudir este galimatías, gritó dirigiéndose a todo el auditorio, blanco por la ira y el desprecio. ¡¡¡Se están cubriendo de vergüenza. Y aún se llaman marxistas!!!” (TROTSKII L. , [1930] 1997).

Opiniones similares expresaron y Goldenberg (antiguo miembro del Comité Central bolchevique) y Zenzinov (socialista-revolucionario) y Miliukov, Skobelev o Sujanov. Por su parte, Chernov, uno de los líderes de los Socialistas-Revolucionarios, dijo que eran las “fantasías de los populistas-maximalistas”, y los líderes del BUND identificaron a Lenin con los eslavófilos. En el periódico Edintsvo (Unidad) de Petrogrado apareció un artículo informativo escrito por uno de los reporteros del periódico en el que con respecto al discurso de Lenin se decía: “Este, en verdad, delirante discurso, encontró una respuesta digna por parte de Tsereteli, celebrada por los asistentes con una rotunda ovación. Tsereteli dijo que el objetivo actual consiste en reforzar las conquistas, que por cierto tienen un nombre: República Democrática. En contra de la demagogia anarquista antes expresada [por Lenin], trajo a colación las palabras de Engels… No hay un camino más seguro a la muerte que la toma del poder antes de tiempo” (EDINTSVO, 1917).

Las Tesis fueron publicadas el 7 de abril de 1917 y al día siguiente fueron debatidas en el Comité bolchevique de Petrogrado. Fueron rechazadas por 13 votos en contra, dos a favor y una abstención. Sin embargo, apenas diez días más tarde, la Conferencia del Partido bolchevique apoyó las tesis de Lenin de forma abrumadora. Al contrario que la cúpula dirigente bolchevique, los delegados que llegaron de provincias entendieron el sentido histórico de las Tesis de Lenin.

Hay que decir que las Tesis de abril, y Octubre como su concreción política, significaron una renuncia directa y clara al eurocentrismo dominante en el marxismo y en el movimiento revolucionario europeo y también ruso. Con ellas Rusia expresó su propia particularidad, no sólo histórica, sino de futuro, al optar por su propio camino de evolución sin pasar por el modelo occidental.

Este camino que, como hemos visto, asustó a muchos, también acabó asustando al gran escritor M. Gorki, que tenía una gran antipatía por los campesinos. Cuando Lenin publicó sus Tesis, Gorki pensó que iba a sacrificar a los obreros con conciencia de clase y a toda la intelligentsia revolucionaria en aras del campesinado ruso. El escritor estuvo desde en principio en contra de lo que consideraba una “aventura” a costa del proletariado. Esta percepción y el rechazo a la vía revolucionaria campesina llevaron a Gorki a abandonar finalmente la joven república soviética. “Lenin, Trotski y sus acompañantes ya se han intoxicado con el veneno de poder … Fanáticos ciegos y aventureros sin escrúpulos, rompiéndose la cabeza, se lanzan a toda velocidad por el camino que llaman de la “revolución social”, que en realidad es el camino que conduce a la anarquía, a la destrucción del proletariado y de la revolución. Por este camino, Lenin y sus correligionarios consideran posible cometer todo tipo los delitos, como las matanzas cerca de S. Peterburgo, la derrota de Moscú, la destrucción de la libertad de palabra, los arrestos injustificados, en definitiva todas las canalladas que cometieron antes Pleve y Stolipin … A Lenin le acompaña, por ahora, una parte significativa de los obreros, pero yo creo que la razón de la clase obrera, la conciencia de sus deber histórico, le hará abrir pronto los ojos al proletariado sobre la imposibilidad de llevar a cabo las promesas de Lenin, sobre la profundidad de su locura y de su anarquismo nechaevo-bakunista. La clase obrera no puede dejar de comprender que Lenin, con la piel de los obreros, con la sangre de los obreros, está llevando a cabo un experimento, intentando llevar el estado de ánimo revolucionario del proletariado hasta el último límite para ver que resulta de todo esto. Evidentemente él no cree en la posibilidad de la victoria del proletariado en Rusia en las actuales condiciones, pero, puede ser, que tenga la esperanza puesta en un milagro. La clase obrera debe saber que en la vida real no hay milagros y que le espera el hambre, la total desorganización de la industria, del transporte y una larga y sangrienta anarquía, y como consecuencia, una reacción no menos sangrienta y tenebrosa” (GORKI, 1917).

Mención especial hay que hacer de Plejanov, el viejo maestro de los marxistas rusos y de Lenin en particular, que se lanzó en tromba contra su antiguo alumno. Así, en su artículo “Sobre las tesis de Lenin y por qué a veces los delirios pueden resultar interesantes”, escribió: “La política socialista fundamentada en los estudios de Marx, tiene, por supuesto, su lógica. Si el capitalismo no ha conseguido todavía en un país determinado el estado superior en el que se convierte en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, entonces es un absurdo llamar a los obreros, urbanos y del campo, así como a la parte más pobre del campesinado, a su derrocamiento. Si es un absurdo llamar a los elementos por mí nombrados al derrocamiento del capitalismo, no es menos absurdo lanzarlos a la conquista del poder político. Uno de nuestros camaradas, en el debate de las tesis de Lenin en el Consejo de Diputados Obreros y Campesinos, le recordó la profunda verdad de las palabras de Engels de que para dicha clase [obrera] no puede haber mayor desgracia histórica que la conquista del poder en el momento en el que su objetivo final es inalcanzable por la imposibilidad de superar las condiciones objetivas. Lenin, en su actual estado de ánimo anarquista, es evidente que no puede entender semejante reflexión. A todos los que se opusieron a él … los ha llamado después oportunistas, sometidos a la influencia de la burguesía y que difunden la influencia de ésta entre el proletariado. Esto es de nuevo la manifestación del lenguaje anarquista. … Todas las tesis de Lenin coinciden completamente con esta lógica [anarquista]. La cuestión principal reside en si el proletariado ruso acepta esta lógica. Si la aceptara, no quedaría más remedio que reconocer como infructuosos los más de treinta años de esfuerzo y propaganda dedicados a la difusión de las ideas de Marx en Rusia” (PLEJANOV, O tezisaj Lenina i o tom, pochemu bred bibaet podchas interesen. Oktiabriskii perevorot: Revolutsiia 1917 goda glazami ee rukovoditelei. Vospominaniia russkij politikov y komentarii zapadnogo istorika, 1991).

Plejanov observaba con desesperación como la revolución se alejaba de sus planteamientos políticos, de su inmovilismo en la interpretación del marxismo, y luchó con la poca fuerza que le permitía su avanzada enfermedad contra esa deriva que tiraba por la borda, según él interpretaba, el duro trabajo de varias décadas. En su “Carta abierta a los obreros de Petrogrado” escribió: “No hay duda de que muchos de ustedes están contentos por los últimos acontecimientos, gracias a los cuales ha caído el Gobierno de coalición de A. F. Kerenski y el poder político ha pasado a las manos del Consejo de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado. En cuanto a mí se refiere, lo digo directamente: estos acontecimientos me entristecen. … Y no por qué yo no quiero el triunfo de la clase obrera, sino al contrario, por qué lo deseo con todas las fuerzas de mi alma. … En los últimos meses …frecuentemente hemos tenido que recordar las palabras de Engels de que no hay mayor desgracia histórica para la clase obrera que tomar el poder político cuando todavía no está preparada para ello. … ¿Está preparada nuestra clase obrera para proclamar ahora su dictadura? Todo el que … entiende … no duda en responder a esta pregunta decididamente de forma negativa. No, nuestra clase obrera no puede tomar en sus manos todo el poder político. Ligarla a este poder significa empujarla por el camino de una gran desgracia histórica, que sería al mismo tiempo una gran desgracia para toda Rusia. Entre la población de nuestro Estado la clase obrera no es una mayoría, sino una minoría … La verdad es que la clase obrera puede contar con el apoyo de los campesinos medios … nadie que haya aprendido bien la teoría socialista actual no puede tener dudas … los campesinos no son en absoluto aliados fiables de la clase obrera en el asunto de la creación de un sistema de producción socialista. Y si la clase obrera no puede contar en este asunto con los campesinos, entonces, con quién puede contar? Con nadie. Sólo con la propia clase obrera. Pero resulta que la clase obrera, como ya se ha dicho es minoría … Se deduce de forma irremediable que si al tomar el poder político nuestro proletariado quiere llevar a cabo la “revolución social”, la propia situación económica de nuestro país lo llevará la más violenta de las derrotas” (PLEJANOV, Otkritoe pismo k petrogradskim rabochim. Oktiabriskii perevorot: Revolutsiia 1917 goda glazami ee rukovoditelei. Vospominaniia russkij politikov y komentarii zapadnogo istorika, 1991).

Al final, estas posiciones tan extendidas llevaron a muchos socialdemócratas a desarrollar un antisovietismo radical. Dentro de Rusia muchos se unieron a los ejércitos blancos con el fin de acabar con la república soviética. En Europa, con diferentes argumentos, le negaron el pan y la sal a los bolcheviques y más tarde a la república soviética. En España por ejemplo, en el periódico El Socialista, en la edición de 10 de noviembre de 1917, se decía: “Las noticias que recibimos de Rusia nos producen amargura. Creemos sinceramente … que la misión, de momento, de aquel gran país era poner su fuerza toda en la empresa de aplastar el imperialismo germánico … si los episodios que hoy contemplamos con asombro y dolor dan por fruto una paz separada, una deserción de las filas de los pueblos aliados … ¿qué va a quedar de aquella revolución soberbia? … Elevados y respetados son los ideales en que se han inspirado los realizadores de este movimiento último. Pero también inoportunos, y, por inoportunos, acaso funestos” (FORCADEL, 1978).

Kautsky, más cercano geográficamente al epicentro revolucionario, acabó definiendo al bolchevismo como asiatismo primitivo. Idea que arraigó en buena parte de la izquierda occidental y que ha venido repitiéndose y argumentándose por sovietólogos de todo tipo y condición hasta la actualidad como “causa” de la derrota de la URSS. En esta línea, algunos autores, rizando el rizo en su afán por desacreditar a Octubre y a la Unión Soviética han llegado a calificar el sistema soviético como “modo asiático de producción”.

En realidad, al utilizar semejante anacronismo se ha tratado, y se trata, de descalificar sin ningún fundamento al sistema soviético. Para la mentalidad eurocentrista dominante en la cultura europea el concepto “asiático” encierra en sí un sentido peyorativo: autoritarismo, despotismo, atraso, integrismo, etc. En el inconsciente europeo aparece inmediatamente la imagen del bárbaro oriental enemigo de la cultura europea.

Pero además, teniendo en cuenta que Marx consideraba el tipo asiático de producción como uno de los tipos más primitivos de las formaciones socioeconómicas, al aplicarlo a la URSS, en la terminología marxista, significa considerar a la URSS como una formación socioeconómica primitiva, bárbara[3].

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Los socialdemócratas no entendieron el sentido histórico de los Consejos rusos, y consideraron que era una forma útil de autogestión obrera. En la literatura socialdemócrata fueron interpretados como el resultado natural de la inventiva de las masas. La inmensa mayoría, incluido Lenin durante mucho tiempo, databan sus orígenes en los tiempos de la Comuna de París. Pero los trabajadores rusos poco o nada conocían de la historia del movimiento obrero o de los debates teóricos de sus líderes, pero sí sabían qué eran los Consejos de sus comunidades campesinas de procedencia y consideraron que eran la mejor forma de expresión del poder popular… “se trataba, en realidad, del traslado al ámbito urbano de las tradiciones nacionales conservadas en las aldeas, entre ellas las tradiciones comunales de la democracia del trabajo” (CHURAKOV, 1998).

Los conocían porque la inmensa mayoría de trabajadores fabriles y de todo tipo eran en realidad campesinos que provenían precisamente de las aldeas campesinas. ¿Quiénes y cuántos eran los obreros en Rusia? La cantidad real de trabajadores fabriles en Rusia era muy pequeña, en comparación con la población total y con la gran masa de campesinos. Se calcula que su número era de unos 7,2 millones de personas, pero incluyendo a sus familias, es decir, esposas e hijos. La cantidad real total de obreros adultos, mayores de 15 años, era de 1,8 millones que llegaba a los 2,07 millones si se incluyen a los niños menores de 15 años (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1914, 1915).

Eran campesinos con oficios de obreros que emigraban de forma temporal a las ciudades y a las fábricas a buscar trabajo y a ganar un sueldo con el que ayudar a sus familiares a pagar los créditos de rescate de las tierras de los que hablábamos antes… “incluso aun perdiendo su relación económica con la tierra, los obreros conservaban su vínculo personal, entre otras cosas enviando una parte del sueldo a los familiares que continuaban en la aldea” (CHURAKOV, 1998).

Pocos eran los que se quedaban de forma definitiva en las ciudades o poblados fabriles. Según datos del año 1905, más del 50% de los obreros fabriles tenían tierras en sus comunidades y aldeas (STATISTICHESKII EZHEGODNIK ROSSII 1905, 1906). En el año 1916 la Bolsa de Trabajo de Moscú, constataba, según sus datos estadísticos, que entre los obreros que buscaban trabajo, el 80% tenían tierra y casa en sus aldeas de origen. Este porcentaje había aumentado significativamente con respecto al año 1914 y en el caso de los obreros de la construcción llegaban al 92% (CHURAKOV, 1998). Además, tanto los que tenían tierras como los que no, solían volver a sus aldeas y comunidades para ayudar en la recolección de la cosecha. Además, los obreros solían dejar a las familias en las aldeas. Ellos vivían en barracones en las afueras de las ciudades, siempre con la idea de que era una ocupación temporal y que la vuelta a la aldea era una cuestión de tiempo.

Sociológicamente los obreros se consideraban a sí mismos, en su inmensa mayoría, campesinos. Pensaban y se comportaban como campesinos. Preferían estar censados como campesinos. En definitiva, los obreros rusos no habían pasado por el proceso de atomización que había ocurrido en Europa occidental. No eran, ni se consideraban, “individuos”. No eran proletariado.

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Yuri Kliuchnikov, profesor de Derecho de la Universidad de Moscú, Ministro de Asuntos Exteriores de Kolchak durante la guerra civil y director de la revista Nakanune (Vísperas) en Berlín, trataba de explicar a la emigración rusa en clave histórica quienes eran los bolcheviques… “no son ni eslavófilos ni occidentalistas, sino una síntesis especial y profunda de las tradiciones de nuestro eslavofilismo y nuestro occidentalismo, dictada por la realidad de la vida” (KLIUCHNIKOV, 1921).

La unión del eslavofilismo, del occidentalismo, del comunismo campesino arcaico y de la idea escatológica de progreso le dio al proyecto soviético una fuerza grandiosa convirtiéndolo en un proyecto de construcción de una nación moderna sobre nuevas bases hasta ese momento desconocida. Esta síntesis permitió a Rusia salir del círculo vicioso del capitalismo periférico al que había sido arrojada.

El filósofo ruso Nikolai Berdiaev, que por cierto fue expulsado de la Rusia soviética en el año 1922, en su obra ya mencionada “Fuentes y sentido de comunismo ruso”, escribió que… “En el mito sobre el proletariado se recupera de nuevo el mito sobre el pueblo ruso. Ha tenido lugar la identificación del pueblo ruso con el proletariado, el mesianismo ruso con el mesianismo proletario. Se ha levantado la Rusia soviética, obrero-campesina, en ella el pueblo-campesino se ha unido con el pueblo-proletario, a pesar de todo lo que dijo Marx, quien consideraba al campesinado como una clase pequeño burguesa, como una clase reaccionaria” (BERDIAEV, 1997).

Este pueblo unido de obreros y campesinos resultó ser la sociedad civil en Rusia, el núcleo de toda la sociedad, compuesta por ciudadanos libres que tenían ideales e intereses similares. Esta sociedad civil soviética era diferente a la occidental. La soviética era una República de trabajadores, mientras que en Occidente era una República de propietarios.

Precisamente en la cuestión campesina, en forma de revolución basada en la unión de los obreros y campesinos para evitar la instauración del capitalismo, es donde se produjo la fractura entre mencheviques y bolcheviques, y donde se volvió a producir la fractura años después en el seno del bolchevismo. El odio al componente campesino determinó la actitud y la relación con el sistema soviético durante todos los años de su existencia, tanto en el interior como en el exterior de la URSS.

Kark Korsch, en “La ideología marxista en Rusia”, escribió…”Incluso Lenin, el más ortodoxo de los marxistas ortodoxos, el hombre que antes de octubre de 1917 había combatido duramente a la vez contra el populismo de Nikolaion y contra la teoría de Parvus-Trostki sobre la revolución permanente, … abandonó finalmente, en 1918-1920 aquel constante combate en favor del realismo crítico-revolucionario para pasarse, contradiciendo las condiciones objetiva reales, a la concepción neopopulista de un socialismo ruso propio. … fue el marxista ortodoxo ruso Lenin, quien en contradicción con todas sus declaraciones anteriores, creó el nuevo mito marxista de que el socialismo era inherente al Estado soviético y, por consiguiente, de la posibilidad … de realizar íntegramente la sociedad socialista en la Rusia soviética aislada. Esa degeneración de la doctrina marxista, que de hecho no es sino la simple justificación ideológica de un Estado en realidad capitalista e, inevitablemente por tanto, de un Estado basado en la supresión del movimiento revolucionario del proletariado” (KORSCH, 1976).

Muchos de los bolcheviques “ilustrados” accedieron a las posiciones de Lenin porque entendieron que podían utilizarlas en la coyuntura y, equivocadamente, creyeron que después podrían librarse de ese odioso componente “asiatizante”. Políticos como Bujarin o Trotski son sólo ejemplos de toda una pléyade de revolucionarios que entendieron el componente campesino sólo como instrumento para tomar el poder y que estaban dispuestos a soltar el lastre campesino a la menor oportunidad. “El proletariado sólo puede tomar el poder apoyándose en un movimiento nacional, en el entusiasmo popular. El proletariado llega al gobierno como el representante revolucionario de la nación, como el jefe popular aceptado en la lucha contra el absolutismo y la bárbara servidumbre. Pero una vez en el poder, el proletariado inicia una nueva época, la época de la legislación revolucionaria. … El gobierno obrero tendrá que … intervenir de forma decidida en todo tipo de relaciones y fenómenos … Y al mismo tiempo se ira rompiendo el vínculo revolucionario entre el proletariado y la nación, la descomposición del campesinado tomará forma política y el antagonismo entre sus componentes irá creciendo… El proletariado se verá obligado a introducir la lucha de clases en la aldea y de esta manera romperá la comunidad de intereses que sin duda existe en el campesinado. … El primitivismo del campesinado se volverá contra el proletariado. El carácter pequeño burgués y el primitivismo político del campesinado, su limitado horizonte aldeano, su aislamiento con respecto a la política mundial y su dependencia, representan una terrible dificultad para la consolidación política del proletariado en el poder” (TROTSKII L. , 1906).

Pero aquella oportunidad de desprenderse de la “clase incómoda”, en expresión de Teodor Shanin, no sólo no llegaba sino que el campesinado, sus concepciones del mundo, penetraban cada vez con más intensidad a la sociedad y al Estado que se estaba construyendo. Y fue entonces cuando se enfrascaron en una terrible lucha a todos los niveles que llegó a su momento culminante a finales de la década de los años 30 del siglo XX y que se desenvolvió en todos los frentes: en los sindicatos, en las fábricas, en el Ejército, en el NKVD, en los comités locales o regionales, en el Comité Central, en las juventudes del Konsomol, que era vista y entendida como una organización de “campesinos”, en los Congresos y Conferencias del Partido, en la literatura y en el cine, en la ciencia, etc.

En el verano de 1921 M. Gorki seguía en sus posiciones anti-campesinas y dijo, sin entender cuál era en realidad el estado de la cuestión: “de momento los obreros son los dueños de la situación, pero representan sólo una pequeña minoría en nuestro país… Los campesinos son una inmensa legión. En la lucha que desde el principio de la revolución mantienen las dos clases, los campesinos tienen todas las de ganar… Al final una inmensa ola campesina se lo tragará todo… El campesino será el dueño de Rusia, porque representa a la masa. Y esto será terrible para nuestro futuro” (MORIZET, 1922).

Por cierto, volviendo a Plejanov y Lenin, los mismos argumentos que esgrimió Plejanov contra el autor de las Tesis de abril, fueron recuperados más tarde por Trotski y Bujarin cuando sus divergencias conceptuales les llevaron al enfrentamiento total con el sistema soviético. Ellos identificaron a ese componente campesino que les impedía llevar a cabo la “verdadera” revolución proletaria. Identificaron su expresión política, sus resistencias en la lucha que ellos desataron contra él, y dieron nombre a la “cosa”, llamándolo estalinismo…

VI. ¡Ya es tarde!

En el año 1916, mientras residía en Suiza, Lenin escribió la que quizá fue, junto con las Tesis de abril, su obra más significativa: “El imperialismo como fase superior del capitalismo”. Un certero análisis de la realidad política y económica del capitalismo y de Rusia en el que Lenin muestra la evolución de sistema capitalista mundial y como éste se aleja de los supuestos teóricos de Marx y de las concepciones de la revolución proletaria mundial.

Marx en “El Capital” dice que, con el fin de entender el objeto de su investigación, el capitalismo, en toda su totalidad, libre de circunstancias secundarias que puedan provocar una percepción deformada del mismo, aborda el estudio del capitalismo como un modelo en el que el mundo entero es una única nación en la que se presupone que el modo de producción capitalista está establecido en todos sitios y en todos los sectores de la economía.

Pero este modelo es la expresión de una de las ideas principales de Marx a la que ya hemos hecho referencia más arriba, a saber, que todos los países deben pasar en un momento u otro por el capitalismo y alcanzar un desarrollo tal de sus fuerzas productivas y una agudización de las contradicciones de clase en su seno que darán lugar a la revolución socialista liderada por el proletariado.

Tanto el modelo de trabajo como la idea principal, que como Rosa Luxemburgo demostró en su trabajo “La acumulación de capital” (LUXEMBURGO, 1913), ya eran incorrectos en su propia concepción, no se correspondían para nada con la evolución real del capitalismo en la fase que Lenin llamó imperialismo.

Lenin mostró que el capitalismo en su fase imperialista había convertido en imposible este desarrollo del capitalismo por todo el mundo. Con el imperialismo, el capitalismo quedó dividido en dos bloques dispares: los países del capitalismo central y los países de la periferia del capitalismo, que en cierta medida forman parte del sistema capitalista mundial, pero en calidad de dominados y explotados por el centro.

Los enclaves del capitalismo en la periferia del mismo, creados con los capitales de las metrópolis, no son parte de las economías nacionales de los países o territorios de la periferia en los que se establecen, sino prolongaciones del capitalismo central que no pueden existir sin esa cualidad de vínculo periférico. Nunca podrán servir para el desarrollo de un capitalismo nacional en igualdad de condiciones que el capitalismo central. Su función es otra, la de ser una prolongación de los capitales metropolitanos y un instrumento de dominación.

Entre otras cosas, el “hambre” de recursos que tienen las metrópolis capitalistas hace ya imposible el desarrollo del capitalismo en otras regiones. Dichos recursos deberían quedarse en las regiones de la periferia para el desarrollo de su propio capitalismo, algo que las metrópolis no permiten. Este “hambre” de recursos hace que los países del capitalismo central controlen regiones enteras pensando sólo en sus necesidades futuras de recursos.

Por cierto, uno de los “materiales” fundamentales para la construcción del capitalismo local es la posesión de la tierra. Su transformación en propiedad privada es la clave para la acumulación de grandes recursos económicos. Sin tierra no se puede construir el capitalismo. Por eso lo primero que hace la dominación capitalista al entrar en un territorio es establecer rigurosos controles sobre la propiedad de la tierra, pudiendo permitir el usufructo de la misma a los campesinos para evitar desestabilidad social, pero controlando su propiedad, es decir, la posibilidad de comprarla o venderla, de convertirla en mercancía.

La propia experiencia Rusa de finales del siglo XIX y principios de siglo XX así lo confirmaba. Los elementos del capitalismo en Rusia lo eran en cuanto a instrumentos de dominación y explotación económica de una economía periférica. En el caso de Rusia, como en los demás países de la periferia del capitalismo, esos enclaves capitalistas en forma de empresas industriales, concesiones para la explotación de recursos naturales o inversiones en la construcción de ferrocarriles servían en primera y última instancia como instrumentos de explotación económica y opresión social, acelerando vertiginosamente los procesos de empobrecimiento de las poblaciones locales o indígenas.

Una vez introducido el capitalismo en la periferia, inmediatamente provoca de forma intencionada en las economías periféricas un agudo proceso de “demodernización”, es decir de destrucción y desmantelamiento de los elementos de modernidad que puedan existir en dichas economías. O lo que es lo mismo un proceso de arcaización social y económica.

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Si el capitalismo no tiene como objetivo crear una economía mundial capitalista “feliz” de un nivel de desarrollo similar en cada rincón del planeta, si impide entonces el desarrollo de las economías periféricas, e impide a su vez la transformación en proletariado de la inmensa legión de campesinos que se encuentran en diferentes niveles de evolución socioeconómica y cultural, impedirá también cualquier posibilidad de revolución proletaria, porque ya sabemos que, según los clásicos, sin proletariado no puede haber revolución socialista. Un círculo vicioso del que era imposible salir desde el marxismo socialdemócrata.

Pero aplicando el lema castellano de “tanto monta cortar como desatar”, en el “Imperialismo…” Lenin dio un paso fundamental en la concepción de las revoluciones anticapitalistas en los países de la periferia capitalista y en el desarrollo de la idea de la revolución en un solo país, sin esperar a una revolución mundial que deba producirse al unísono en todo el planeta. La Revolución de Octubre cortó el nudo gordiano del capitalismo imperialista mostrando que una revolución campesina podía ser revolucionaria y socialista, con un proyecto de construcción social basado en la justicia social y en “otra” modernidad de naturaleza anticapitalista.

Y aquí necesitamos una puntualización. El debate posterior sobre la revolución mundial o la revolución en un solo país que supuestamente enfrentó a Trotski y Stalin fue en realidad un discurso aparente que escondía detrás un debate más complejo. Por sus particulares características, Rusia y la URSS no pueden ser consideradas como «un solo país», sino como un conglomerado de países (¿una civilización?) en delicado equilibrio, compuesto por más de 150 etnias y nacionalidades diferentes con sus correspondientes lenguas, culturas, religiones y formas de entender el mundo, que viven en un territorio que, en palabras del gran poeta Serguei Esenin, es la “sexta parte de la tierra / con el corto nombre de Rus”.

En el mismo sentido, el concepto de «revolución mundial» argumentado por el trotskismo es otro eufemismo tras el que se oculta el concepto de «revolución en los países capitalistas desarrollados», es decir, en Europa occidental y los EE.UU. Aquí la revolución mundial se convierte entonces en un atributo de la «civilización universal» que debe marcar el camino a los países que no están dentro de ella. El universalismo humanista del marxismo es transformado en un cosmopolitismo eurocentrista.

Curiosamente, nunca se consideraron como parte de la «revolución mundial» los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la propia Rusia, China, Cuba o Vietnam, ni el firme apoyo que otros procesos clave de la historia del siglo XX, como la descolonización de los países de África y Asia, la modernización de los países árabes o el apoyo a los procesos de transformación de Iberoamérica, tuvieron desde la Unión Soviética y que no pueden ser entendidos sin el apoyo y presencia de la URSS.

Quizá no se consideraron parte de la “revolución mundial” porque eran países, regiones, continentes enteros, que no estaban dentro del concepto de civilización que Occidente tiene asumido como axioma. También, quizá, porque estas revoluciones se realizaron violando las «leyes de evolución histórica» del marxismo eurocentrista, es decir, sobre la misma base conceptual que la Revolución de Octubre, como decía Max Weber, sobre el «comunismo campesino arcaico» para «huir del capitalismo» (WEBER, K polozheniiu burzhuaznoi demokratii v Rossii, [1906] 1988 y 1989.). Hablando con rigor, nos encontramos frente a otro tipo de «revolución mundial», diferente a la que se refería Trotski: la «revolución mundial» de los que no estaban dentro de la «civilización universal».

Este proceso particular de “revolución mundial de los otros” fue iniciado en Rusia con la Revolución de Octubre, con el universalismo del marxismo no eurocentrista, con la incorporación al sistema soviético del componente popular campesino y de los valores universalistas de la conciencia nacional rusa expresados a través de la Idea Rusa, y se desarrolló posteriormente en estrecha colaboración con la URSS, como parte de un proyecto, probablemente no consciente, encaminado a crear una civilización comunista.

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Lenin recoge en su obra “El imperialismo…” unas palabras más que significativas del empresario millonario, político, colonizador y aventurero Cecil John Rhodes, fundador, entre otras cosas, de la empresa “De Beers Consolidated Mines” que ha venido controlando a lo largo de su existencia entre el 60% y el 90% de la producción y comercio mundial de diamantes. Este hombre, que llegó a construirse un país a su medida en el sur de África (Rhodesia) dijo que la solución de los problemas sociales en las metrópolis capitalistas era uno de los motivos principales de la explotación de las colonias: “Estuve ayer en Londres,… y asistí a una reunión de parados. Cuando escuché aquellos discursos salvajes, saturados de gritos de ¡Pan! ¡Pan!, de vuelta a casa, andando, fui pensando en lo que vi y me convencí, todavía más que antes, de la importancia del imperialismo… Mi idea fundamental es la solución de todos los problemas sociales, a saber: para salvar a cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil mortal, nosotros, los políticos coloniales, debemos de apoderarnos de nuevas tierras para alojar a los excesos de población, para obtener así nuevas regiones destinadas a la venta de mercancías producidas en las fábricas y en las minas. El imperio es, siempre yo he dicho esto, una cuestión de estómago. Si ustedes no quieren una guerra civil, debe ser imperialistas” (LENIN V. , Imperializm, kak visshaia stadiia kapitalizma, [1917] 1953).

Con el imperialismo y la creación de la periferia dominada, Occidente fue solucionando su “cuestión de estómago” convirtiendo a sus trabajadores en parte del sistema, en parte del imperialismo. Estos obreros de los países del capitalismo central dirigidos por los partidos socialdemócratas y los sindicatos reformistas, asumen la vigencia del capitalismo a la espera de la revolución mundial cuando el sistema capitalista agote sus posibilidades. Mientras dicho momento histórico llega, el capitalismo continua desarrollándose con la explotación de la periferia y los propios trabajadores, en la medida que el capitalismo metropolitano va accediendo a sus reivindicaciones sociales, se convierten en colaboradores directos en la continuidad del sistema y por tanto en la explotación directa de la periferia. Así, por poner sólo dos ejemplos notorios, tenemos que los obreros ingleses eran colaboradores en la explotación de la India como los belgas lo fueron del Congo, aunque fuera de forma no consciente. Esta estructura de colaboración de los obreros de las metrópolis capitalistas en la explotación de la periferia continúa en la actualidad con otras formas y apariencias, a pesar de los intentos de conformar las conciencias con la participación en ONGs y organizaciones similares.

Curiosamente el propio Engels escribió ya en 1858 sobre este asunto en una carta a Marx, opinión, o constatación que se mantuvo con los años y que repitió por ejemplo a Kautsky en 1882. El proletariado de los países del capitalismo central deja de ser una clase revolucionaria y se convierte en una clase reformista y entonces la esperanza en una revolución proletaria mundial dirigida por el proletariado de los países del capitalismo central se convierte en una referencia mítica imposible de ser llevada a práctica.

El testigo del protagonismo revolucionario lo recoge entonces el campesinado autóctono, en sus diferentes formas, de los países de la periferia del capitalismo. Ellos son los que rompiendo el vínculo de dominación en sus respectivos países, naciones o territorios, pueden quebrar el sistema capitalista en donde es más débil.

Aquí radica la importancia de la teoría leninista y la clave del desacuerdo entre las distintas familias de la izquierda revolucionaria. La revolución mundial anticapitalista, en el sentido de evitar el paso por el capitalismo, es una revolución de las clases populares de la periferia capitalista. Es la revolución mundial de los otros, de los que no han pasado por la revolución industrial, ni por la revolución científica ni por la Ilustración. Es la revolución de los que no han contribuido al desarrollo de la Historia Universal tal y como la entendía Hegel.

Max Weber realizó una aportación fundamental al estudiar Rusia y su delicada situación prerrevolucionaria[4]. “¡Ya es tarde!”, expresó el gran filósofo alemán al referirse al desarrollo del capitalismo en Rusia (WEBER, Perejod Rossii k psedokonstitutsionalizmu, [1906] 1988 y 1989). “El capitalismo ha cambiado”, dijo, “y por tanto no puede permitir que en su periferia aparezcan formas iniciales del capitalismo”. Estas formas iniciales no tienen ninguna capacidad de subsistir porque serán arrasadas por el capitalismo maduro de la metrópoli, por el capitalismo monopolista imperialista. Por tanto, hablando de Rusia como periferia del capitalismo, según Weber, era imposible el desarrollo en ella del capitalismo y por tanto a la revolución en ciernes no le quedaba otra alternativa que ser anticapitalista, de lo contrario Rusia continuaría siendo parte del capitalismo en forma de periferia explotada y dominada.

VII.- La lucha social y la guerra nacional.

Los campesinos rusos, considerados reaccionarios por el marxismo escolástico, resultaron “más” revolucionarios que los obreros occidentales en la medida que con su revolución negaron el capitalismo, quebraron su continuidad y le amenazaron donde más le dolía, en el abastecimiento de sus recursos, en la negación de la existencia de esa periferia sin la cual el propio capitalismo no solo no puede recibir los recursos económicos que le son imprescindibles para su existencia, sino que no puede solucionar su “cuestión de estómago” a la que hacía referencia Cecil Rhodes. El conflicto social, la guerra civil, vuelve a aparecer como un fantasma en el seno del capitalismo.

El ejemplo de Octubre de 1917 tuvo un gran alcance mundial, independientemente de las interpretaciones y las condenas que desde Occidente se hicieron. La revolución rusa fue vista como el gran momento histórico de los pueblos de la periferia. Y en ellos ese gran momento no fue planteado según los cánones del marxismo como revoluciones proletarias. No podían serlo porque no había en ellos proletariado, pero tampoco querían serlo porque no querían reproducir modelos foráneos occidentales.

Se plantearon desde el primer momento como revoluciones populares por la liberación nacional del dominio capitalista. Negaban en su esencia el capitalismo y negaban seguir siendo periferia, dependencia dominada de las metrópolis capitalistas. Y aquí el capitalismo entendió desde el primer momento el gran riesgo que suponía la Revolución de Octubre de 1917 y el sistema soviético.

Además, el carácter de las revoluciones posteriores no dejaba lugar a dudas. La revolución en China, en Vietnam, en Cuba, la independencia de África y de Asia, las revoluciones árabes, tenían una naturaleza anticapitalista. Negaban al capitalismo la posibilidad de seguir utilizando a estos países como fuente de recursos. No es necesario que detallemos la respuesta del capitalismo por todo el mundo. Guerra en China, en Vietnam, en Argelia, en Mozambique, en Angola, en el Congo que se llamó belga, por poner sólo unos ejemplos. Asesinato de políticos como Patricio Lumumba, que pedían la independencia real de sus jóvenes naciones. Guerras en las que murieron millones de personas y que destruyeron economías y acabaron con los proyectos de liberación y de independencia nacional.

Quizá el ejemplo paradigmático por excelencia es el caso de los países árabes. Aunque durante décadas los ingleses apoyaron a los turcos y los utilizaron contra los rusos en los Balcanes, en el sur de Rusia y en el Cáucaso, fue precisamente el Reino Unido quien intrigó y guerreó contra el Imperio Otomano para propiciar su derrota y su desmembramiento: la intención era clara, crear Estados títeres totalmente dominados por la Gran Bretaña. La configuración de las fronteras en los Balcanes y en Oriente Medio fue obra de la política británica, de su brújula, de su compás y de sus mapas.

Pero aquel proyecto británico años después se cruzó de bruces con las ideas de liberación nacional de los árabes, con los proyectos de creación de Estados nacionales modernos, laicos, socialistas, con economías independientes del capitalismo metropolitano. La apuesta fue arriesgada. Nació al amparo de la Unión Soviética. No tanto al amparo de su ayuda directa, que también, sino al amparo de su hegemonía como “otro” vector de desarrollo, otra alternativa a la civilización capitalista. Desaparecida la URSS, desaparecieron las repúblicas árabes laicas pereciendo en el empeño de construir sus Estados nacionales al margen del control y dominio del capitalismo central.

Sus líderes, como expresión de los Estados que gobernaban y de los proyectos que representaban, fueron caricaturizados, ridiculizados, convertidos en terribles sátrapas por la prensa internacional. Acusados de dudosos crímenes, de la posesión de armas que nunca aparecieron, fueron finalmente asesinados de forma vergonzante, como escarmiento de su terrible atrevimiento: desafiar al poder del imperialismo.

Sin embargo, como en su día, y no sin cierta ironía, escribió Stalin en sus “Cuestiones de leninismo”: hay momentos en la historia en los que… “El carácter revolucionario del movimiento nacional en el contexto de la opresión imperialista no presupone la presencia de elementos proletarios en dicho movimiento,… La lucha de un emir afgano por la independencia de Afganistán supone una lucha revolucionaria objetiva a pesar de las concepciones monárquicas del emir y sus seguidores, ya que debilita, descompone… al imperialismo, mientras que la lucha de demócratas desesperados como, digamos, Kerenski y Tsereteli, …. durante la guerra imperialista fue una lucha reaccionaria ya que tuvo como resultado … el fortalecimiento y la victoria del imperialismo. La lucha de los comerciantes egipcios, de los intelectuales burgueses por la independencia de Egipto significa, por las mismas causas, una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de la procedencia burguesa … de los líderes del movimiento de liberación nacional egipcio, a pesar de que son contrarios al socialismo, mientras que la lucha del gobierno obrero inglés por la conservación de la posición dependiente de Egipto significa, por las mismas causas, una lucha reaccionaria a pesar de la procedencia proletaria y a pesar de que se consideren proletarios los miembros de este gobierno, a pesar de que estén a “favor” del socialismo. … Y no hablo de otros movimientos nacionales, de otras colonias y países dependiente más grandes, como la India y China, en los que cada paso en la dirección de la liberación, incluso si se violan las exigencias de la democracia formal, suponen un golpe de martillo de vapor en el imperialismo, es decir un paso indudablemente revolucionario. Lenin tenían razón cuando decía que el movimiento nacional de los países oprimidos hay que valorarlo no desde el punto de vista de la democracia formal, sino desde el punto de vista de los resultados reales en el balance general de la lucha contra el imperialismo, es decir, ‘no de forma aislada sino en el contexto mundial’ ” (STALIN, [1930] 1947).

* * *

Hay otro aspecto importante en el bolchevismo. Occidente, incluida la socialdemocracia, vio en el bolchevismo a las fuerzas de Asia. Y no sólo Europa. También la delgada élite occidentalista rusa lo percibió así. Y quizá no estaban del todo equivocados. En realidad lo que ellos entendían por Asia era en definitiva la naturaleza particular de la cultura rusa. Lo que unos han definido como civilización y otros como Idea rusa… Eslavofilismo, populismo, paneslavismo, euroasiatismo, cosmismo, Dostoievski, Tolstoi, Fiodorov, Blok o Esenin, son sólo algunas de las múltiples formas en las que se han expresado en un corto periodo de tiempo histórico los intentos de Rusia de mostrarse como una cultura particular con su propio lugar en el mundo y con su propio proyecto de desarrollo.

La fuerza arrolladora del bolchevismo radicó en el hecho de que se convirtió en la expresión del comunismo campesino ruso y de todos estos movimientos, en la síntesis de todo el movimiento revolucionario ruso, al que fue incorporado importantes componentes del pensamiento marxista. Lo que se expresa en el gran reactor social que fue la Revolución de Octubre y el proyecto soviético es la necesidad de la cultura rusa de expresarse de forma independiente a la cultura occidental, de superar a Europa. No en vano, Chaadaev escribió un siglo antes aquello de…. “Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones… Es más, yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana” (CHAADAEV, Apologiia sumasshedshego. Polnoe sobranie sochineii i izbranniie pisma, [1837] 1991).

Vasili Zenkovskii decía que el tema principal de los escritos de Chaadaev fue el destino histórico de Rusia en el contexto histórico de toda la humanidad. «Chaadaev pretendía resolver la misma cuestión que ocupaba a Hegel, el establecimiento del contenido fundamental de la historia, oculto tras la envoltura de los hechos externos. Por supuesto para Chaadaev existe la historia universal, el sujeto de la cual es toda la humanidad, pero su esencia no se encuentra en la mezcla de todos los pueblos en un conjunto cosmopolita, sino en el destino diferenciado, en los caminos particulares de los diferentes pueblos. Cada pueblo es una Personalidad Moral” (ZENKOVSKII, [1948] 1989).

Chaadaev fijó en un lenguaje moderno y después de un análisis de la cultura rusa que pretendió ser globalizador (sistémico), una concepción de la historia de Rusia que pasó a ser dominante, con sus correspondientes variantes y matices, en el pensamiento filosófico de la intelligentsia rusa. Chaadaev fijó la concepción de Rusia como una civilización. Aunque lo hizo quizá sin pretenderlo. Criticando la no pertenencia de Rusia a la civilización universal, Chaadaev puso de manifiesto aquellos rasgos fundamentales que diferencian a Rusia de la civilización occidental (universal) y que la definen como una civilización particular: “La cuestión reside en que nosotros nunca fuimos juntos con otros pueblos. Nosotros no pertenecemos a ninguna de las familias conocidas del ser humano, ni a Occidente ni a Oriente, y no tenemos las tradiciones ni de unos ni de otros” (CHAADAEV, Filosoficheskie pisma. Pismo pervoe. Polnoe sobranie sochinenii i izbranniie pisma, [1829] 1991).

Pero no hay que olvidar que esa necesidad de manifestarse como proyecto independiente se expresó en la época del capitalismo imperialista como una reacción contra el capitalismo mundial como modelo de desarrollo. El bolchevismo negó al capitalismo y se convirtió en su gran enemigo. Y Occidente entendió este conflicto inmediatamente y en respuesta nombró a Rusia como su enemigo principal y lanzó todas sus fuerzas contra ella.

El conflicto social, la lucha contra el proyecto socialista, se transformó rápidamente en guerra nacional. La derrota del proyecto emancipador que suponía la revolución rusa de Octubre y su concreción en el sistema soviético se convirtió en el primer objetivo de Occidente. El enemigo a derrotar era la Unión Soviética.

Volvemos ahora a lo escrito al principio de este artículo. La invasión de la URSS por Alemania en junio de 1941 tenía dos objetivos fundamentales, los dos componentes de los que hablábamos en el párrafo anterior. Por un lado la guerra social y por otro lado la guerra nacional.

Occidente había asumido la necesidad de acabar con el sistema soviético porque era un ejemplo y un baluarte que amenazaba a todo el sistema capitalista mundial. Mostraba el camino de la revolución anticapitalista y el de la creación de un Estado nacional independiente, fuera del ámbito del capitalismo. Era por tanto un ejemplo para los países de la periferia capitalista, una tentación que había que hacer desaparecer.

Pero no era sólo un modelo teórico. Era un modelo práctico. En los años 30 del siglo XX, en apenas 15 años de existencia del sistema soviético, la URSS había podido crear una industria nacional independiente, un sistema educativo único en el mundo con una universidad de altísima calidad, una ciencia de alto nivel con una de las mejores infraestructuras de investigación, una agricultura moderna, un sistema estatal de seguridad social compuesto de ambulatorios, policlínicas, hospitales, casas de descanso, sanatorios y campamentos infantiles, que abarcaba a la sexta parte de las tierras emergidas y que había hecho llegar la sanidad moderna a zonas remotas del centro de Asía donde semejante posibilidad sólo 15 años antes era impensable.

Aquella inmensa masa de 148 millones de campesinos que representaban el 85% de la población rusa, mal alimentados y a los que se les negaba la educación más elemental, no sólo fueron alimentados, no sólo fueron alfabetizados, sino que estudiando en las facultades obreras, en las universidades estatales, en los institutos de la Academia de Ciencias, se convirtieron en apenas unos años en ingenieros y científicos con una gran curiosidad intelectual que aprendieron a diseñar, construir y manejar máquinas en extremo complejas, a racionalizar el trabajo y el uso de los recursos, a poner en vuelo cientos de modelos diferentes de aviones, a diseñar motores a reacción y cohetes espaciales, a dominar el átomo.

Contra ese modelo de construcción social, contra ese modelo de futuro que podía ser válido para una parte fundamental del planeta Tierra, se lanzó en una guerra de exterminio el capitalismo europeo dirigido por el capitalismo alemán en su forma de nacional-socialismo.

Pero este es sólo el aspecto social de aquella guerra. El aspecto nacional vino representado por los planes del capitalismo alemán de convertir a la Unión Soviética en su gran colonia continental. Ese era el otro gran objetivo de Alemania.

Privado de sus posesiones coloniales de ultramar, obligado a pagar costosas reparaciones de guerra, el capitalismo alemán entendió que tenía en el patio de su casa “la guerra civil”. Y para atajar aquel gran caos social tenía, entre otras cosas, que solucionar su “cuestión de estómago” siguiendo las recomendaciones del gran Rhodes: Alemania tenía que volver a disponer de posesiones coloniales.

Y dónde mejor encontrarlas que en el inmenso espacio del este. Allí estaba, esperando, el ansiado “espacio vital”. Y Rusia fue “nombrada” colonia y los eslavos bolcheviques fueron “nombrados” y rebajados a la condición de indígenas infrahumanos y por tanto susceptibles de ser exterminados. Y ya sabemos que el verbo se hizo carne, es decir, en este caso, las palabras se convirtieron en hechos rotundos. Y es ahí donde toma su total dimensión el inmenso, por sus objetivos, Plan General del Este, del que con detalle hablábamos en las primeras páginas de este artículo.

Y en relación dialéctica con lo anterior, tenemos que la lucha de la Unión Soviética contra la agresión del imperialismo capitalista en su forma estatal de nacional-socialismo, tiene los dos contenidos que iban implícitos en la agresión: la lucha social, la lucha anticapitalista, pero ya claramente por un modelo concreto de socialismo, y la guerra nacional, esta última en forma de gran movimiento de liberación nacional contra el capitalismo imperialista. Quizá la primera guerra realmente antiimperialista de la historia, en el sentido moderno del término.

Moscú, octubre de 2017

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  1. “Otechestvennie zapiski” fue una revista de literatura y política publicada en San Peterburgo entre los años 1839 y 1884. En su primera época fue dirigida por Vissarion Belinskii y en ella colaboraron autores como Herzen, Nekrasov, Saltikov-Schedrin y el propio Engelgardt, la mayoría de ellos vinculados con la intelligentsia democrático-revolucionaria. Fue cerrada por orden gubernamental en 1884.
  2. En el original siguen 115 firmas de campesinos jefes de casa que son los que en representación de cada familia tenían derecho a voto en las asambleas campesinas, prototipos de los soviets o consejos.
  3. ¿Cuál es el criterio que manejan “nuestros marxistas” para considerar bárbaro a un país o a un sistema económico? ¿Su bienestar? ¿Los niveles de su producción industrial? El desarrollo de sus relaciones de producción, dirían algunos. En plena guerra contra Alemania, la URSS fue capaz de fabricar entre los años 1941 y julio de 1945 la cantidad de 137.200 aviones de todo tipo. Esta enorme cantidad de equipos de alta tecnología, con todos sus componentes y sistemas de apoyo en tierra, fueron diseñados, fabricados, pilotados y administrados en el frente de forma racional por los ciudadanos de un país que, literalmente, 25 años atrás tenía al 85% de la población analfabeta. España, país moderno y con una larga trayectoria en aportaciones a la ciencia y la tecnología, no ha puesto nunca en producción industrial ni un solo avión completo. ¿En qué modo de producción nos encontraríamos nosotros como país?Si el criterio es el bienestar, ¿podríamos considerar bárbaros a los belgas? Es un país con uno de los niveles de vida más altos del mundo, pero todo ese bienestar proviene de la “gestión” colonial del llamado Congo belga… y en esa gestión los muertos, por esclavitud, malos tratos, enfermedades, mutilaciones y asesinatos se cuentan por muchos millones. Incluso la pandemia del SIDA está íntimamente asociada en su desarrollo y expansión a la explotación colonial e imperialista del Congo. Ese regusto civilizado de los belgas por el racismo, la dominación y la explotación colonial lo expresaron con toda claridad durante la invasión alemana de la URSS, cuando miles de jóvenes belgas se alistaron voluntariamente en las SS y marcharon felices a conquistar nuevas tierras en las grandes llanuras del este de Europa. Consulten las estadísticas de los muertos belgas durante la II Guerra Mundial y verán al lado de quien lucharon realmente. Pero eso no es barbarie, ni tampoco “modo asiático de producción”. Es capitalismo, imperialismo, progreso y civilización.
  4. El filósofo Max Weber tuvo un gran interés por el proceso revolucionario en Rusia. Interés que se acentuó a partir del año 1904. Aprendió ruso, al parecer muy rápido, con un nivel que le permitió leer revistas y libros. Sus dos trabajos principales, en los que expresa sus reflexiones sobre la revolución en Rusia, fueron publicados por primera vez en alemán en 1906. En ruso, estos trabajos fueron publicados por primera vez en la revista rusa Sintaksis, en París, en 1988 y 1989.