Artículos escritos por Antonio Fernández Ortiz

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” V

Quinta parte: La destrucción total.

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

I.- La ciencia de la destrucción.

Serguei Nechaev, nacido en el año 1847, fue otro joven estudiante con gran influencia en la literatura y en el movimiento revolucionario ruso. Con apenas 18 años se trasladó a Moscú donde estuvo trabajando como asistente del historiador M. Pogodin. Después se trasladó a S. Peterburgo donde superó unos exámenes como maestro de escuela primaria al tiempo que asistía a clases en la universidad, donde comenzó a leer literatura revolucionaria y a tener contactos con jóvenes revolucionarios. En el año 1869 emigró por primera vez a Suiza, donde conoció a Bakunin y Ogariov, regresando a Rusia en septiembre del mismo año.

Fue entonces cuando fundó “Narodnaia Rasprava” (Venganza Popular) y cuando se vio envuelto en la muerte del joven Iván Ivanov, militante de su organización acusado de espionaje en favor de la policía. Aunque Nechaev pudo poner tierra de por medio y exiliarse de nuevo en Suiza, ochenta y siete personas fueron juzgadas con diferente suerte por la muerte del joven Ivanov, con graves condenas que llevaron incluidas trabajos forzados y el exilio en Siberia.

En Suiza, Nechaev volvió a ponerse en contacto con Bakunin y Ogariov, pero cuando estos últimos tuvieron noticias del asesinato de Ivanov, rompieron toda relación con él. Finalmente el gobierno suizo autorizó la extradición de Nechaev en el año 1872, siendo juzgado en Moscú en 1873 y condenado a 20 años de trabajos forzados en la mina.

Sin embargo, no fue enviado a trabajos forzados. Fue tratado como preso político y encarcelado en la fortaleza de Petropavlosk, desde donde ejerció una gran influencia entre los soldados de la guarnición que le tenían un gran respeto y admiración y que le facilitaron el contacto con el mundo de la clandestinidad política en el exterior de la cárcel, en la ciudad de S. Peterburgo. Murió en esta ciudad en el año 1882 como consecuencia de una enfermedad, aunque algunas fuentes indican que se suicidó (LURE, 2001). Nechaev es importante para el movimiento revolucionario principalmente por dos cuestiones.

Fue el primero en formular la idea de que para el triunfo de la revolución social era necesario la creación de una única organización revolucionaria de carácter estatal que debería estar formada por círculos de militantes que no bebían conocerse entre ellos para así protegerse mejor en la clandestinidad. Para coordinar la actividad de todos los círculos era necesaria la existencia de órganos de dirección de diferentes niveles que convergerían en un único Comité Central.

Por otro lado, fue el primero en formular la ética del revolucionario. Para Nechaev, la revolución era en primer lugar destrucción total … del viejo orden social. En el primer número de su revista Narodnaia Rasprava escribió: “Tenemos un plan … la destrucción total. Nos negamos a la elaboración de planes sobre las futuras condiciones de vida … Entendemos la destrucción como un asunto tan colosal y difícil que entregamos a él todas nuestras fuerzas y no queremos engañarnos … con el sueño de que tendremos fuerzas y conocimiento para la construcción … asumimos exclusivamente como objetivo la destrucción del sistema social existente. Crear no es asunto nuestro, sino de otros que vendrán después de nosotros… Concentrando todas nuestras fuerzas en la destrucción, no tenemos ni dudas ni desengaños (LURE, 2001, p. 89).

Todo parece indicar que la colaboración directa con Bakunin en el exilio tuvo como resultado su “Katejizi revoliutsionera” (Catecismo de un revolucionario) que tuvo una gran influencia en todas las generaciones posteriores de jóvenes revolucionarios y en el que desarrolló todavía más la ética de la destrucción:

“1. El revolucionario es una persona condenada. No tiene intereses, ni asuntos, ni sentimientos, ni ataduras, ni propiedades, ni siquiera tiene nombre. Todo está sometido a … una única pasión: la revolución.

2. … Ha roto todo vínculo con el orden civil … con las leyes … con la moral de este mundo. Es un enemigo implacable para el mundo, y si continua viviendo es sólo para … destruirlo.

3. El revolucionario … sabe sólo una ciencia, la ciencia de la destrucción. Para eso estudia mecánica, física, química … El objetivo es … destruir lo más pronto posible, lo más efectivamente posible este abyecto sistema. …

5. … Entre el Estado y él hay una guerra … a vida o muerte. Debe estar preparado cada día para morir. Debe enseñar a su cuerpo a soportar la tortura. …

22. Los camaradas no tienen otro objetivo que la total liberación y felicidad del pueblo … Pero con el convencimiento de que esta liberación y la consecución de dicha felicidad es sólo posible mediante la revolución popular destructora. …

23. Para el pueblo, la revolución salvadora puede ser sólo aquella revolución que destruye en su raíz … todas las tradiciones estatales, el orden y las clases en Rusia” (NECHAEV, 1869).

La influencia en Rusia del joven Nechaev, al que muchos consideraron un hombre enloquecido, fue enorme. Quizá no tanto para sus contemporáneos, como para las generaciones revolucionarias posteriores. Su idea de una única organización política fue fundamental para la creación de los partidos políticos revolucionarios, fuertemente centralizados, ascéticos y con una estricta ética en la que primaba el sacrificio personal y colectivo en nombre de la revolución y la felicidad popular. Su influencia superó el ámbito ruso y se extendió por el mundo.

* * *

Por otro lado, se extendió la opinión de que la “ida al pueblo” no daba los resultados políticos esperados, lo que llevó a diferentes grupos a plantear la acción directa terrorista como una manera de provocar la revolución social y la caída del zarismo.

En junio de 1879 como resultado de la escisión de la organización política Zemlia i Volia (Tierra y Libertad), fue creado el partido Narodnaia Volia (Libertad Popular), que realizó una serie de atentados muy sonados, entre ellos varios contra el Zar Alejandro II que culminaron con su asesinato en marzo de 1881.

Tras la muerte del emperador, el Comité Ejecutivo de Narodnaia Volia publicó un manifiesto en el que indicaba al nuevo Zar Alexander III que tenía dos caminos a elegir: o bien la revolución, que no podría impedir por muchas ejecuciones que llevara a cabo, o bien dirigir de forma voluntaria la acción de gobierno a favor del pueblo. El “Comité Ejecutivo, se dirige a Vuestra Majestad con el consejo de que elija el segundo camino” (VOLK, 1965, pp. 170-174).

El terrorismo y la derrota teórica del populismo frente a los marxistas dieron lugar a la ruptura del populismo en minúsculas organizaciones políticas sin conexión entre ellas, hasta que a finales del año 1901 fue constituido el Partido de los Socialistas Revolucionarios, conocido como ESER y sus militantes como eseristas (de la pronunciación en ruso de las consonantes iniciales S = ES y R = ER). Fue fundado tras la fusión de varias organizaciones en un intento de superar el aislamiento político en el que se veían como consecuencia de su carácter minoritario.

El partido ESER tuvo una gran presencia en la vida política rusa, siendo durante muchos años el más numeroso y el que contaba con más apoyos en provincias. Muchos campesinos entendieron ver en este partido la expresión de sus concepciones sobre la propiedad de la tierra. Esta cuestión, la propiedad de la tierra, le hizo perder sus posiciones preeminentes en el verano de 1917, cuando ya en el Gobierno Provisional se negó a atender las peticiones campesinas sobre nacionalización de las tierras. Cuando quisieron rectificar fue tarde, estaba ya avanzado el mes de octubre y Lenin y los bolcheviques se les adelantaron.

El partido ESER fue la única organización rusa que incluyó en su programa la utilización del terrorismo como instrumento para hacer política. Esta táctica terrorista era considerada como una honrosa herencia de la tradición populista de Narodnaia Volia. Con el asesinato del Ministro de Asuntos Internos Sipiagin se dio a conocer la Organización de Combate (Boevaia Organisatsia) del partido ESER. En junio de 1904 fue asesinado el ministro de Asuntos Internos Pleve, en febrero de 1905 el Gran Príncipe Serguei Alexandrovich y en 1911 el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Asuntos Internos, Stolipin. Entre los años 1902 y 1911, el partido ESER llevó a cabo 248 atentados.

En sus diferentes escisiones, este partido continuó fiel a sus prácticas terroristas prácticamente hasta su desaparición en la primera mitad de los años veinte. Es imprescindible tener en cuenta el maximalismo que caracterizó hasta el final al partido ESER y su “adoración” de la violencia durante tantos años para entender los orígenes del estallido de la guerra civil en Rusia en 1918 y, como no, de la violencia que la caracterizó.

Anna Geifman, en su detallado estudio sobre el terrorismo en Rusia, dice que en el curso de los doce meses transcurridos entre octubre de 1905 y octubre de 1906 murieron o resultaron heridos como consecuencias de actos terroristas la cantidad de 3.611 funcionarios del Estado. Si este periodo se prolonga hasta el final del año 1907, la cantidad supera a las 4.500 personas. Si se tienen en cuenta a todas las personas afectadas, el cómputo de víctimas entre octubre de 1905 y diciembre de 1907 supera las 9.000. La cantidad total de atentados cometidos entre los años 1901 y 1911 superó los 17.000 (GEIFMAN, 1997, pp. 31-33).

Según la estadística oficial, desde enero del año 1908 hasta la mitad de mayo del año 1910, fueron realizados 19.957 actos terroristas, incluidas las llamadas “expropiaciones”, es decir, asaltos a entidades bancarias, oficinas de correos o incluso a haciendas de grandes propietarios con el fin de “recaudar fondos” para la causa revolucionaria.

Moscú, junio 2020

CONTINUARÁ

 

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RUSIA: GEOPOLÍTICA Y REFERENDUM CONSTITUCIONAL

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

El pasado uno de julio tuvo lugar en Rusia un referéndum de naturaleza consultiva que sometió a la aprobación popular las reformas constitucionales aprobadas previamente por la Duma de la Federación de Rusia. De todo el paquete de reformas, la prensa occidental se ha esforzado en destacar un único aspecto: el establecimiento de un límite de dos mandatos consecutivos para el Presidente de la Federación, pero iniciando un nuevo ciclo a partir de la aprobación de las reformas en el referéndum, lo que en la práctica supone la posibilidad de que el actual Presidente Vladimir Putin vuelva a presentarse, si así lo considera oportuno, para ser elegido durante dos nuevos mandatos.

Esta posibilidad, a tenor de los comentarios en la prensa, aterroriza a Occidente que inmediatamente saca todo su arsenal de acusaciones contra Rusia: totalitarismo, dictadura, régimen corrupto, persecución de la oposición, falsa democracia, etc. Cuando era niño nos enseñaban en la escuela que el “metro patrón” era una barra de platino depositada en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de París. Sería interesante saber dónde se encuentra depositada la “democracia patrón” y cómo se aplica para medir. El caso es que Occidente y sus amigos y aliados siempre dan la talla, mientras que los enemigos y no amigos nunca llegan. Qué cosas, quizá dilate con el calor.

Hegel decía que Rusia estaba «fuera de la Historia». Los viajeros y diplomáticos europeos decían que era un país atrasado y corrupto. Marx decía que Rusia era el guardián de la reacción en Europa. La prensa británica y la francesa presentaban a Rusia durante todo el siglo XIX como la gran amenaza para el liberalismo y para los Estados democráticos occidentales. En el siglo XX, la cosa fue a peor, llegó la Revolución rusa y la Europa bien pensante entró en pánico. La caricatura del temible oso ruso se enriqueció con Lenin, la «Cheka» y el terror rojo, y hasta los socialdemócratas europeos desde los alemanes al bueno de Pablo Iglesias en España dijeron y escribieron que aquella revolución de los bolcheviques era una locura y un error histórico. El paréntesis de la Segunda Guerra Mundial Imperialista, en el que la Unión Soviética se convirtió en un aliado circunstancial de una parte de Occidente, duró poco. Siguió un largo enfrentamiento, una larga guerra, fría con la URSS, y muy caliente en los nuevos Estados que conseguían independizarse del imperialismo con la ayuda soviética. En aquel conflicto la URSS/Rusia, fue acusada de todo: falso socialismo, capitalismo de Estado, régimen autoritario, dictadura… e incluso de ser el «Imperio del mal» en boca de Ronald Reagan. Finalmente llegó la Perestroika y la «miseria gorvachoviana» que dijeron algunos, el régimen corrupto del borracho de Yeltsin y el oscuro Putin, «agente del KGB». En definitiva, doscientos años sin un rayo de luz democrática. ¡Qué angustia, por dios!

¿Qué hay detrás de esta visión de Rusia? Podríamos decir que eurocentrismo y rusofobia, y acertaríamos sin duda. Pero, hay algo más profundo bajo esta dura capa de barniz ideológico.

Veamos un ejemplo: la Guerra de Crimea de 1853-1856. ¿Qué hacían Francia y el Reino Unido de la Gran Bretaña desembarcando sus tropas en la península de Crimea y poniendo sitio a la base naval de Sebastopol? La respuesta a esta pregunta la encontramos en algunas de las exigencias de Inglaterra durante las negociaciones de paz en París. Por ejemplo, que Rusia abandonara el Cáucaso y Asia Central. ¿Para qué? Asia Central era un territorio largamente codiciado por el Imperio británico, al que tenía intención de acceder a través de Afganistán para anexionarlo a las colonias británicas en la India. El Cáucaso era la puerta occidental al Mar Caspio y a Persia desde el Mediterráneo y el Mar Negro. Dominando el Mar Caspio se accedía de forma directa tanto a Asia Central como a Persia, a la que tenían también previsto incorporar al Imperio desde la parte de la India que luego se convirtió en Pakistán. Además, el Cáucaso resultaba de vital importancia estratégica para los planes que Gran Bretaña y Francia tenían reservados para el Imperio otomano, al que ya controlaban y que desmembraron y se repartieron apenas cincuenta años después.

Tras la derrota en aquella guerra, Rusia, al igual que China tras la Guerras del Opio, se vio obligada a abrir las puertas a los capitales británicos y franceses que penetraron los bancos rusos e invirtieron grandes capitales en la industria extractiva de recursos naturales y en los ferrocarriles que debían llevar aquellos recursos hasta el corazón de Europa. La alianza del Imperio ruso con Francia e Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial Imperialista estuvo articulada precisamente por esa estrecha dependencia económica y la condición de periferia de Rusia con respecto al imperialismo francés y británico.

La Revolución rusa de 1917 supuso la ruptura de aquel vínculo de dominación. La reacción de Occidente junto con la potencia económica capitalista emergente de Japón fue la llamada Intervención y la invasión de Rusia prácticamente por los cuatro puntos cardinales: Bielorrusia, Ucrania, Crimea en el Mar Negro y el Lejano Oriente en la costa del Pacífico. Más tarde, la Segunda Guerra Mundial Imperialista vino a significar un nuevo episodio de aquella tendencia histórica. Alemania y Japón pretendieron repartirse Eurasia para la ampliación de sus Imperios coloniales continentales. Y la Unión Soviética fue otra vez la parte más importante a repartir.

Y es que hay una curiosa constante en nuestra historia contemporánea tras la llamada caída de los Imperios. El sueño bolivariano de un gran Estado iberoamericano no fue posible por la intervención británica que se encargó de malograrlo, apoyando y financiando a las diferentes élites territoriales criollas en un enfrentamiento que dio lugar a un rosario de nuevos Estados, débiles y dependientes, que continúan al día de hoy siendo periferia del capitalismo. Lo mismo ocurrió un siglo después con los restos del Imperio colonial español que acabó repartido entre los Estado Unidos de América y Alemania. El Imperio otomano fue desmembrado y repartido entre Francia y Gran Bretaña y sigue siendo al día de hoy un lugar asolado por guerras inacabables desatadas para dirimir la posesión de sus grandes reservas de combustible. China fue vergonzosamente derrotada en las Guerras del Opio por los británicos e intervenida posteriormente también por franceses, norteamericanos, alemanes y japoneses. El Imperio austro-húngaro fue también desmontado y su territorio repartido en zonas de influencia británica, francesa y posteriormente alemana.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el referéndum del uno de julio de 2020 en Rusia y con Putin? Pues mucho. Putin es el hueso en la garganta de las pretensiones del capitalismo occidental con respecto a Rusia. Durante la famosa Perestroika, Gorbachov y sus secuaces argumentaban como una necesidad la vuelta de Rusia «al seno de la civilización occidental» y a la «casa común europea». Sajarov, disidente y Premio Nobel de la Paz, decía y escribía que había que desmembrar a la Unión Soviética y a Rusia por ser un lastre, herencia del despotismo asiático de la cultura rusa, al que había que sustituir por Estados de «tamaño normal» y fáciles de gobernar… aunque nunca fue lo suficientemente sincero para decir de forma explícita quien iba a gobernar aquellos nuevos Estados.

El destino diseñando para la URSS/Rusia tras su derrota en los años 90 del siglo XX era el que anunciaban sin ningún pudor Sajarov y sus amigos neoliberales. Ese fue el papel de Yeltsin y sus gobiernos títeres dirigidos por “asesores” de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania: hacer posible la quiebra y ruptura del Estado ruso y la desaparición de Rusia. Sin embargo la historia no fue por el camino esperado y a ello contribuyó, a pesar de las apariencias, el propio Yeltsin, que se resistió como pudo, y sobre todo el hombre que vino después: Vladimir Putin.

Ese es, en gran medida, el papel histórico de Putin, de sus aliados políticos, permanentes y circunstanciales, y de toda una legión de empleados públicos y ciudadanos anónimos: haber mantenido y seguir manteniendo como un todo a Rusia y a su Estado, cada vez más reforzado y con más relevancia en el concierto internacional. El sarpullido occidental por la reincorporación de Crimea a Rusia en 2014 tiene más que ver con los viejos intereses geoestratégicos de 1853-1856 que con una sincera defensa del Estado ucraniano, útil para Occidente sólo en tanto y en cuanto que colonia y bastión de sus arriesgados intereses dentro del territorio histórico de los eslavos orientales.

A pesar de la importante penetración del capitalismo en la Rusia postsoviética que le ha permitido apropiarse de importantes sectores estratégicos, como por ejemplo la producción de níquel, o debilitar importantes sectores científico-técnicos del sistema productivo ruso, el objetivo principal, el desmembramiento de Rusia y su conversión en periferia absoluta del capitalismo imperialista, no ha podido llevarse a cabo. La URSS y el socialismo ya hace tiempo que desaparecieron de Rusia, Putin no es un líder socialista, pero Rusia, en su estructura productiva, social y cultural sigue siendo un híbrido difícil de calificar donde conviven las reformas económicas neoliberales de los noventa con la arraigada y obstinada pervivencia de elementos estructurales fundamentales del socialismo soviético.

En este momento histórico concreto la permanencia de Vladimir Putin como Presidente supone un gran obstáculo para los planes de Occidente, sobre todo cuando Rusia ha vuelto con fuerza al concierto geoestratégico internacional haciendo frente a las descaradas y agresivas políticas imperialistas en Iberoamérica, Oriente Medio, África y Asia. Aquí reside, en última instancia, el motivo de los desesperados ataques contra su figura en particular y contra Rusia en general.

Moscú-julio 2020

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LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” IV

Cuarta parte: Pasar a cuchillo a cien mil hacendados.

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

I.- «…Es política»

En el mes de febrero de este año aparecieron en la prensa española una serie de artículos sobre el gran escritor soviético Boris Pasternak y su célebre novela Doctor Zhivago a consecuencia de la novela de una escritora norteamericana que ha construido su obra sobre la trama conspirativa creada por la CIA para publicar la novela de Pasternak fuera de la Unión Soviética y utilizar tanto a la obra, como al autor soviético, como instrumentos en la política de descrédito del socialismo soviético.

No está previsto tratar en esta entrega el asunto Pasternak-Doctor Zhivago, sino que está programado para tratarlo más adelante y en profundidad, pero hay un aspecto sobre el que me gustaría llamar la atención: en los diferentes artículos aparecidos en la prensa, el acento se pone en el hecho de que la novela fue «prohibida» en la URSS porque Pasternak, al que le gustaba «hurgar en su alma», hizo en su obra una «defensa del individualismo», motivo por lo que fue censurado, criticado y condenado públicamente por una multitud de compañeros escritores.

Esta condena del «individualismo» de Pasternak es presentada por todos los articulistas como un disparate, como la muestra más evidente del despotismo soviético que perseguía cualquier manifestación de lo individual, por eso, es necesario señalar unos cuantos matices

Doctor Zhivago no fue prohibida. Las revistas literarias Znamia y Novi Mir la rechazaron por no estar la obra en el marco de la línea editorial de las dos revistas, y así le fue comunicado al escritor, por ejemplo en la carta del consejo de redacción de Novi Mir enviada a Pasternak al devolverle el manuscrito de la novela.

El siete de enero de 1957 la editorial Goslitizdat firmó un contrato con Pasternak para la publicación de Doctor Zhivago en la URSS. En la editorial le pidieron que hiciera ciertas modificaciones para matizar precisamente ese espíritu individualista que impregnaba varios pasajes de la novela, así como la posible interpretación de que la Revolución de Octubre pudiera ser considerada como un momento negativo en la historia de la URSS. Al parecer Pasternak se negó de forma radical a hacer aquellos cambios. «Me alegraré de todos aquellos impedimentos que eviten la publicación de mi novela en la URSS» parece que llegó a decir… Estaba en su absoluto derecho. El poeta, y gran traductor de Shakespeare al ruso, estaba ya muy influenciado por el círculo de provocadores que le rodeaban en sus últimos años de vida, empeñados éstos en utilizar su nombre y su obra en aquella provocación orquestada por la CIA.

Fue la salida y publicación ilegal de la novela fuera de la URSS, con la participación poco clara en todo aquello de la editorial italiana que tenía los derechos sobre la obra en Europa occidental, lo que, en plena guerra fría, fue interpretado como una traición de Pasternak a la Unión Soviética. Los servicios secretos soviéticos supieron desde el primer momento de aquella trama organizada por la CIA y de cómo el escritor se prestó a colaborar en ella.

«Camarada Sholojov, esto ya no es literatura, esto es política», le dijo Stalin al autor del Don Apacible años antes, durante la colectivización del campo. Y fue precisamente la constancia de la participación de Pasternak en aquella trama política, que iba mucho más allá de la mera creación literaria, lo que provocó todo el escándalo posterior que llevó a que Pasternak no pudiera acudir a recoger el premio Nobel de Literatura que le fue concedido al año siguiente.

Excepto la CIA, todos salieron, o salimos, perdiendo: Pasternak, la URSS, los partidos comunistas europeos, la idea del comunismo, la literatura… Aún hoy día, a pesar de que ya queda claro el papel de la CIA y de los servicios secretos de otros países en aquella trama y en las que estuvieron detrás de las «fugas de disidentes», muchos siguen pensando que el socialismo soviético censuraba o cercenaba la libertad de expresión, en este caso, de sus escritores.

Que una editorial o una revista no acepte un manuscrito para su publicación es algo habitual a lo largo de la historia de la literatura, del ensayo o de la investigación, en todo el mundo sin excepciones. Y también es habitual que los redactores de las editoriales sugieran o impongan, que de todo hay, a los autores determinadas “correcciones” en sus obras. En cada lugar y en cada caso los argumentos varían. El diario El País puede negar la publicación de un artículo por considerarlo contrario a los principios europeistas, la revista Mientras Tanto porque se hace mención a Stalin o una editorial norteamericana de los años 50 o 60 del pasado siglo lo hacía porque la obra «olía» a comunismo. Cada editorial, cada revista o periódico, cada sociedad, se protege de sus «demonios» como considera adecuado.

Pero todo esto es secundario. Lo importante radica en otro aspecto que nos puede dar la clave para entender por qué la novela de Pasternak no fue aceptada para su publicación y fue tan duramente criticada por muchos escritores en la Unión Soviética: el individualismo que al parecer destilaba y que hoy se ensalza como el gran logro de conciencia de la humanidad.

Y aquí es importante tener en cuenta que no es lo mismo la persona que el individuo. Lo segundo no existe, no es más que la aplicación al ser humano de los fundamentos atomistas de la revolución científica y su incorporación a la filosofía política y al liberalismo. El individualismo es una entelequia filosófica del capitalismo que ha conseguido introducirse en nuestro vocabulario habitual y que corroe nuestro discurso desde el momento que utilizamos este concepto sin saber realmente a qué nos estamos refiriendo. Individuo y persona no son sinónimos, son antónimos. La persona, el ser humano, es un ser social, todo lo contrario a un individuo.

La clave del conflicto en la URSS, entre Pasternak y los escritores que condenaron su obra por individualista, está precisamente en esa dicotomía conceptual y en la lucha, violenta en muchas ocasiones, de la literatura rusa y soviética por la defensa de lo colectivo, de la justicia social, del asunto común.

Y ese conflicto es precisamente el hilo conductor de la serie de artículos que estamos publicando. Para entender si hubo o no violencia sobre la libertad de conciencia en el caso Pasternak-Doctor Zhivago, conviene continuar por donde lo habíamos dejado…

II.- Ni un Zar … ni un manto de armiño que oculte la incapacidad hereditaria…

Бесы (Besi = Los demonios), es una de las cuatro obras maestras de Dostoevskii, en la que el autor se adentró de forma magistral en la naturaleza de la revolución y de los sujetos revolucionarios. Y lo que nos mostró no siempre lo entendemos y nos gusta.

En el desarrollo de movimiento revolucionario en Rusia en las décadas de los años comprendidos entre 1830 y 1850, el lugar de los partidos políticos estuvo ocupado por los llamados kruzhki, círculos, (todo tiene un origen…) en los que se debatían cuestiones sociales, políticas y culturales, en especial literatura, música y pintura. Estos círculos estaban formados principalmente por jóvenes y fueron creados en casi todas las ciudades importantes, desde S. Peterburgo y Moscú, hasta las ciudades de Siberia. Por ejemplo el de Petrashevskii, del que ya hemos hablado con detalle en páginas anteriores, o el de Stankevich en Moscú a finales de la década de 1830, del que formaron parte unos jóvenes que se convirtieron en el núcleo del pensamiento revolucionario en Rusia: Bakunin, Hertzen, Ogariov, Belinskii, etc.

La década de 1860 empezó en Rusia con la esperanza de la liberación de los campesinos de la servidumbre, sin embargo el Manifiesto de la Liberación, de fecha 19 de febrero de 1861, desilusionó a todos y dio un gran impulso al movimiento revolucionario que se extendió prácticamente por toda Rusia, pero ya mucho más radicalizado. El escritor y publicista Nikolai Shelgunov escribió en verano de 1861 la proclama “K Molodomu pokoleniiu” (A la Joven Generación), en la que, entre otras cosas, decía: “El Soberano ha engañado las esperanzas del pueblo: no le ha dado una auténtica libertad… No necesitamos ni un zar, ni un emperador, ni un bendecido por Dios, ni un manto de armiño que oculte la incapacidad hereditaria. … Si Alexander II no entiende esto y no quiere de forma voluntaria hacer concesiones al pueblo, peor para él … Joven generación … si para la consecución de nuestros objetivos, el reparto de la tierra entre el pueblo, fuese necesario pasar a cuchillo a cien mil hacendados, no nos asustaremos por esto. …Rusia no se va a dar cuenta de semejante pérdida. … Todos los que están en contra del pueblo, todos los que le explotan … y que tienen como objetivo … los privilegios y su posición privilegiada, es decir la aristocracia y el partido aristocrático, son todos enemigos del pueblo, enemigos de Rusia. No hay que tener compasión de ellos” (SHELGUNOV, [1861]1958).

III.- ¡A las hachas!

Piotr Zaichnevskii fue otro de los jóvenes radicales que tuvieron gran influencia en la evolución del movimiento revolucionario ruso. Fue estudiante de la Facultad de Física y Matemáticas de la Universidad de Moscú, donde pronto comenzó a participar en diferentes círculos de estudiantes revolucionarios. En julio de 1861 fue arrestado por la difusión de literatura prohibida y por la realización de actividades contra la monarquía. Una vez juzgado recibió su primera condena de dos años y ocho meses de exilio en los alrededores de la ciudad de Krasnoyarsk. Pasó prácticamente toda su vida en el exilio en Siberia, con cortos periodos en los que le autorizaron a volver a ciudades de provincia relativamente cercanas a Moscú.

Mientras duró aquel primer proceso, encontrándose en prisión provisional, en el año 1862, escribió el manifiesto Molodaia Rossiia (Rusia Joven) que tuvo una gran difusión e influencia entre los jóvenes escritores y revolucionarios de toda Rusia. Retomando el mesianismo de la Idea rusa expresado por Chaadaev, Zaichnevskii consideraba que sobre Rusia había recaído la responsabilidad de llevar a cabo la primera revolución social en el mundo: “Rusia ha entrado en el periodo revolucionario de su existencia … Desde abajo se oye el sordo y recóndito rumor … del pueblo explotado … [por] un puñado de personas, … los hacendados, … descendientes de los antiguos amantes de las emperatrices, los comerciantes que hicieron sus capitales robando y mediante engaños, los funcionarios que robaron grandes fortunas, … y a la cabeza de ellos el Zar. … La salida de esta oprimente y terrible situación … es la revolución. Una revolución sangrienta e implacable, una revolución que deberá cambiar todo de forma radical … y aniquilar a los partidarios del orden actual. Nosotros no tememos a la revolución … Estamos dispuestos a sacrificar nuestras cabezas … Recuerda, juventud … tú tienes que estar a la cabeza de este gran movimiento… Pronto llegará el día en el que … avanzaremos sobre el Palacio de Invierno y liquidaremos a todos los que allí se encuentren. Puede ocurrir que … el partido aristócrata se levante como una sola persona en defensa del Zar, porque en esta cuestión irá implícita la propia existencia de la aristocracia. Y en este último caso … con toda la confianza del pueblo depositada … en el glorioso futuro de Rusia, por ser la primera en llevar a cabo el gran asunto del socialismo, daremos un único grito: ¡a las hachas! Y entonces … golpea al partido imperial, sin tener lástima … golpea con el hacha en las plazas, si estos demonios tienen el atrevimiento de salir a ellas, golpea en las casas, golpea en los estrechos callejones de las ciudades, golpea en las anchas calles de las capitales, golpea en las aldeas y en los poblados. Recuerda que en esos momentos quien no esté con nosotros, estará en contra de nosotros. Y quien esté en contra de nosotros, será nuestro enemigo, y a los enemigos hay que aniquilarlos utilizando todos los medios” (ZAICHNEVSKII, [1862] 1997).

Hay un dato muy interesante en relación con este estado de ánimo revolucionario que se estaba extendiendo por toda la población: los revolucionarios en Rusia en aquellos años eran principalmente jóvenes estudiantes universitarios, escritores, procedentes de todos los estamentos y protoclases sociales que empezaban a formarse en aquel mundo en ebullición y cambio, excepto del campesinado. Como sabemos, en Rusia los campesinos no tenían derecho a recibir educación más allá de la primaria. Si un campesino superaba dicho nivel de educación escolar era automáticamente expulsado del estamento campesino y desposeído de todas las tierras que pudiera disponer en arriendo, usufructo o incluso en propiedad.

IV.- El eco de los tiros de un revolver defectuoso.

Aquellos jóvenes se dedicaron, en un principio, a la difusión de las ideas revolucionarias y no tenían claro la forma de pasar a la acción. De hecho, la inmensa mayoría de ellos proponían formas de acción pacíficas. En este sentido es importante conocer las actividades del círculo revolucionario que se formó en S. Peterburgo alrededor de otro joven estudiante universitario, Nikolai Ishutin, que tenía como objetivo la difusión de las ideas socialistas, pero que para ello se propuso recurrir a un medio novedoso: poner en práctica la “ida al pueblo”, marchando a las aldeas y poblados y creando pequeñas cooperativas agrícolas. Y en ellas, en contacto directo con los campesinos hacer propaganda de las ideas socialistas y revolucionarias (VILENSKAIA, 1965).

Aunque la mayoría de los miembros del grupo de Ishutin eran partidarios de la acción pacífica, unos cuantos tenían inclinaciones por la acción violenta. Incluso uno de ellos, primo hermano de Ishutin, había planteado llevar a cabo un atentado contra el Zar, algo que a los demás les había sonado a delirios de un loco. Sin embargo, este joven, de nombre Dmitri Karakozov, decidió por su cuenta asesinar al Zar Alejandro II y el 4 de abril de 1866 le disparó con un revólver defectuoso. Entre el revólver, el susto que debía llevar el terrorista, el decisivo empujón que dio a Karakozov un joven campesino que pasaba por allí y la suerte que acompañó en aquella ocasión al Zar, el inexperto terrorista erró el tiro y Alejandro II salió ileso.

Por cierto, que el joven campesino estuvo a punto de ser juzgado por cómplice. Lo salvó un general que vio su valiente proceder. La misma noche del atentado el Zar le dio las gracias en un acto público en palacio. Luego, le honraron con un empleo militar, lo nombraron aristócrata, le dieron una hacienda con muchas tierras y siervos… donde murió alcoholizado años después. Sin embargo, el joven terrorista no tuvo tanta suerte. Fue detenido en el sitio y seis meses después, el 6 de septiembre de 1866 fue colgado por regicida.

Aquellos disparos de Karakozov tuvieron una influencia decisiva en la literatura y en el movimiento revolucionario. Por un lado el Gobierno se lanzó a una política represiva sin precedentes en Rusia, dirigida principalmente a los jóvenes universitarios. Fueron disueltos todos los círculos, fueron canceladas las ayudas y becas a los estudiantes. Las “cooperativas agrícolas” y las “cooperativas obreras” creadas por los jóvenes en su ida al pueblo fueron disueltas, y las que se mantuvieron lo hicieron en la clandestinidad.

La acción represiva tuvo en el movimiento revolucionario una repercusión contraria a la buscada, fundamentando y consolidando la propia acción revolucionaria. Además, el atentado tuvo un efecto específico entre la juventud revolucionaria. Por un lado, la figura del Zar y con ella su familia quedó desacralizada. Se podía atentar contra el Zar. Sólo era cuestión de tomar esa decisión, de tener la valentía de asumir las consecuencias, entre ellas la muerte. Y precisamente, la asunción de ese sacrificio enriqueció hasta límites anteriormente inimaginables la naturaleza romántica del revolucionario y de la causa revolucionaria.

Una parte mayoritaria de la intelligentsia rusa reconoció de forma abierta que la violencia, el terror, eran un medio adecuado para la consecución de transformaciones políticas y sociales y pasó a apoyar y utilizar de forma abierta el terrorismo. Incluso aquellos que no lo apoyaron explícitamente, veían con simpatía las acciones terroristas y la propia idea del terror como instrumento del cambio social y político. Los terroristas pasaron a ser percibidos como héroes entre la intelligentsia, al tiempo que sus diferentes organizaciones se entregaron con total displicencia al terrorismo, atentando contra miembros de la familia real, contra políticos, militares, jueces y funcionarios estatales de todo tipo, clase y condición.

A partir de aquel fallido atentado, el terrorismo apareció como un fenómeno masivo en el que se mezclaban populismo, periodismo, nihilismo, literatura, revolución, arte, violencia y acción directa…, y que pasando por los disparos de Kaplan a Lenin en 1918 y de Nikolaev a Kirov en 1934, se prolongó en una escalada continua hasta entrado el sistema soviético.

Moscú, marzo 2020

CONTINUARÁ

Bibliografía

ITENBERG, B., 1999. Rossiiskaia intelligentsiia i zapad. Vek XIX. Moskva: Nauka.

SHELGUNOV, N., [1861]1958. K Malodomu pokoleniiu. En: Narodnicheskaia ekonomicheskaia literatura. Izbrannie proezvedeniia. Moskva: Gosudarstvennoe sotsialno-ekonomicheskoe izdatelstvo.

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LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” III

Tercera parte: “Todos somos nihilistas”

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

I.- Un plan global de transformación y destrucción.

Vimos en el capítulo anterior la escenificación de la pena de muerte de Dostoevskii y sus compañeros. Toda una demostración ejemplar del poder sobre la vida y la muerte del Zar de Todas las Rusias. Para ahondar más en la naturaleza del conflicto que se estaba fraguando en aquellos años, quizá resulte ilustrativo conocer algunos rasgos de la biografía de una de las personas que jugaron un papel destacado en aquel caso. Se trata de Iván Petrovich Liprandi, destacado militar, escritor y uno de los principales historiadores rusos del siglo XIX.

Su padre, Pedro de Liprandi fue un aristócrata italiano de origen español que en 1785 se estableció en Rusia invitado por Ekaterina II. Su hijo Iván nació en Rusia y con sólo tres años de edad fue inscrito en un regimiento militar por su padre. Aquella vinculación con el ejército desde tan temprana edad marcó toda la vida posterior del futuro historiador. Alternando periodos de licencia con periodos de servicio militar Iván Petrovich Liprandi acabó su carrera militar como general. Entremedias, participó en numerosas campañas militares, incluidas las de la guerra contra el invasor Napoleón.

Fue amigo de Pushkin y muy conocido en los ambientes en los que se desenvolvía el poeta y sus amigos. En 1826 fue arrestado en la causa general contra los decabristas. Mantuvo estrechas relaciones de amistad con muchos de ellos y estuvo exiliado en Moldavia, en la ciudad de Kishenev, donde compartió destino con otros decabristas también exiliados. Más tarde fue readmitido en el ejército y participó en la campaña militar de 1828-1829. Sus inquietudes intelectuales las dirigió a la historia, la religión y los asuntos orientales.

Autor de varios libros y de numerosos artículos, acabó especializándose en la historia de la guerra contra Napoleón, recopilando prácticamente todos los materiales publicados por otros autores tanto en Rusia como en el extranjero. Publicó a su vez un gran número de trabajos en los que recogió las memorias de muchos de los participantes en aquella guerra. Además, publicó la más completa bibliografía sobre la guerra y creó una colección completa de todos los artículos publicados. Como nota curiosa, indicar que el escritor Lev Tolstoi utilizó la gran cantidad de materiales publicados por Liprandi para escribir su monumental “Guerra y Paz”.

En el año 1840 pasó a forma parte del Ministerio del Interior y en marzo de 1848, Liprandi fue encargado de la investigación en secreto de la tertulia de Butashevich-Petrashevskii. Su prestigio y buena pluma resultaron determinantes para la posterior evolución de los acontecimientos con el resultado final que ya conocemos.

He aquí un extracto de su brillante informe: “Los miembros de esta sociedad pretendía influir en las masas a través de la propaganda. Con este objetivo mantuvieron discusiones sobre como despertar en todas las clases del pueblo el descontento contra el Gobierno, como armar a los campesinos contra los propietarios de tierras, a los funcionarios contra sus jefes, como utilizar el fanatismo de los cismáticos (religiosos), y en los demás estamentos socavar y destruir todo sentimiento religioso, … como actuar en el Cáucaso, en Siberia … en Finlandia, en Polonia, en Malarossia … Por todo esto llegué al convencimiento de que no se trataba de una conjura pequeña y aislada, sino de un plan global, de un movimiento de transformación y destrucción”. (LIPRANDI, [1849]1872)

II.- Una entrega al pueblo.

Quizá la característica más importante de la intelligentsia rusa es su componente nihilista. Se puede decir que al igual que el populismo, el anarquismo o el bolchevismo, el nihilismo es una creación de la cultura rusa. En su formulación técnica, se trató de un movimiento intelectual por la liberación social. Pero, finalmente, resultó ser mucho más que eso.

En la base del nihilismo ruso se encuentra el ascetismo del cristianismo ortodoxo ruso, la percepción de que el mundo se encuentra sumergido en el mal, la negación de la riqueza y el bienestar como expresión del pecado, en definitiva la negación del mundo, en el entendimiento de que en él domina el pecado, el mal y la explotación de las personas.

Pero, al mismo tiempo, este ascetismo religioso del nihilismo negó, y niega, radicalmente a Dios. Niega el alma, el espíritu, y se convierte en ateísta. Y sobre la base de la negación de Dios, sobre la base de ese ateísmo radical, todos los esfuerzos han de ser dirigidos a la emancipación del hombre en la tierra, a la liberación del pueblo trabajador de los terribles sufrimientos a que es sometido, a la creación de las mejores condiciones para disfrutar de una vida feliz, aunque ascética, en la tierra.

Como escribió el filósofo N. Berdiaev, el nihilismo ruso… “Es la insurrección contra la ausencia de verdad en la historia, contra las mentiras de la civilización. Es la exigencia de que acabe la historia y comience una nueva vida fuera de la historia, suprahistórica. El nihilismo es… la transformación en nada de todas la tradiciones históricas, la emancipación del hombre natural al que ya no le serán impuestos ningún tipo de cadenas” (BERDIAEV, 1997, p. 281).

Hay dos aspectos fundamentales en el nihilismo que estarán ya siempre presente en la parte de la cultura rusa que se planteará las grandes cuestiones de justicia social y de modernización de Rusia. Por un lado, la pasión por el materialismo y la adoración de la ciencia, percibida como un instrumento para hacer el bien con el que el hombre construirá la nueva sociedad y liberará a la humanidad de las injusticias y de la explotación.

Y por otro lado, una dura crítica hacia el arte, al que se considerará en gran medida tocado por el pecado del hedonismo. El arte, el momento creativo, y en especial la literatura, debían estar siempre dirigidos a la emancipación social del hombre, del pueblo trabajador. Este aspecto estuvo siempre presente en la vida de los grandes escritores rusos, los cuales tuvieron siempre eternas dudas sobre la justificación social, sobre la verdadera “utilidad” social, de sus obras.

En la misma línea, el nihilismo consideraba como representación del mal al Estado, el derecho, la moral tradicional y todos los institutos sociales que de una u otra manera justificaban la explotación de la persona y del pueblo en su conjunto. Además, el nihilismo, con su acentuado ascetismo, veía en el servicio al pueblo, en la lucha por la liberación del pueblo, una misión cuasi de vocación apostólica. Los jóvenes nihilistas consideraban la revolución como una entrega al pueblo y aceptaban todos los sacrificios necesarios en aras de la liberación popular, incluso si se trataba de la cárcel, del exilio en Siberia o de la condena a muerte.

Estos componentes del nihilismo pasaron a formar parte de todas las teorías sociales en Rusia, de todas las organizaciones y movimientos revolucionarios. “Todos somos nihilistas”, dijo Dostoevskii. Y la historia le dio la razón.

III.- La ida al pueblo.

En Rusia, el populismo (narodnichestvo) fue sin duda el gran movimiento revolucionario durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX. En la historiografía rusa se entiende por populismo el movimiento de acercamiento de la intelligentsia al pueblo, entendido éste, en lo fundamental, como el campesinado ruso, ya que se consideraba que era el portador de la sabiduría sobre la vida auténtica, que había quedado oculta para las clases dominantes. Había un doble objetivo final en esta marcha al pueblo, por un lado la búsqueda de las raíces populares de la cultura rusa. Por otro, ayudar al pueblo a tomar conciencia de su condición de explotación y humillación a la que estaba sometido y ayudarle en el proceso de liberación y de construcción de un nuevo orden social.

La intelligentsia era consciente de la pérdida, o incluso ausencia, de los vínculos con el pueblo, lo que la hacía sentirse culpable y en una eterna deuda histórica. El populismo de tipo socialista consideraba que las clases dominantes debían su bienestar y su cultura a la dominación y explotación del pueblo y que incluso los intelectuales, los artistas y escritores debían su preeminente situación cultural a la explotación del pueblo trabajador. Esta percepción dio lugar a que muchos de los grandes artistas y escritores rusos se sintieran separados del pueblo y aislados socialmente. En esta situación de culpa espiritual, los escritores se lanzaban literalmente a “buscar” al pueblo. Esta era la naturaleza de la permanente crisis espiritual de los grandes genios de la literatura rusa como Dostoevskii y Tolstoi.

Al mismo tiempo, el populismo tenía un carácter telúrico, vinculado a la tierra, asumido a través de la esencia misma del pueblo, es decir el campesinado. Y toda vez que el campesinado era colectivista, el populismo era a su vez colectivista. Como dice Berdiaev “Todos los populistas idealizaron las formas de vida campesinas. La comunidad campesina era considerada por ellos como un producto original de la historia rusa, como un tipo ideal [de economía], o como decía N. Mijailovskii, un tipo ideal [de economía] en un estadio inicial de desarrollo” (BERDIAEV, 1997, p. 294). En consecuencia el populismo hará del colectivismo campesino la base y expresión de su Idea de Rusia, de sus proyectos de transformación social.

No se puede hablar de un único populismo. En su seno se manifestaron varias corrientes. El populismo de base filosófica religiosa, por ejemplo el de los eslavófilos, el de Dostoevskii o Tolstoi, entendía que en el pueblo estaba escondida la verdad religiosa. Por el contrario, el populismo social, muchas veces ateísta, consideraba que el pueblo escondía la verdad social. Como después pasaría con el bolchevismo, el populismo albergó en su seno a eslavófilos y occidentalistas, a revolucionarios y conservadores, a socialistas, marxistas y anarquistas. Unidos y al mismo tiempo enfrentados de forma radical, unos y otros consideraban que había que llegar al pueblo.

Precisamente, el principal objetivo de los marxistas rusos, en particular de Plejanov y del joven Lenin, fue desmontar las percepciones idealistas que del campesinado ruso tenían los populistas. Pero, curiosamente, una vez eliminado ese componente idealista, y entendiendo el significado del campesinado como clase en la revolución, Lenin, ya a partir de los años 1905-1097, asumió los elementos fundamentales del populismo, racionalizándolo con el marxismo e incorporándolo al bolchevismo. Por cierto, para gran desesperación de Plejanov y de los marxistas socialdemócratas ortodoxos.

Moscú, febrero 2020

CONTINUARÁ

Bibliografía

BERDIAEV, N., [1918] 1991. Duji russkoi revoliutsii. Iz glubini, sbornik statei o russkoi revoliutsii. Str. 62. Novosti. Moskva 1991. [Petrograd] Moskva: Novosti.

BERDIAEV, N., 1997. Istoki i smilsl russkogo kommunizma. Moskva: Svarog i Ko.

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LIPRANDI, I., [1849]1872. Zapiski I. P. Liprandi. Mnenie, predstavlennoe d. s. s. I. P. Liprandi po trebovaniiu bisochaishe uchrezhdennoi kommissii nad zloumishlennikami (17 avgusta 1849).. En: Russkaia Starina. Tom 6. s.l.:s.n., pp. 76-77.

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ZENKOVSKII, V., [1955] 1997. Russkie misliteli i Evropa. Kritika evropeiskoi kulturi i russkij mislitelei. Moskva: s.n.

JULIO ANGUITA, METAFÍSICA DE LOS HÉROES DEL PUEBLO

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Durante mi paso por la Universidad de Murcia, en la segunda mitad de los tumultuosos años ochenta, tuve la oportunidad y la suerte de conocer a personas que tuvieron gran influencia en toda mi vida posterior. A todos nos marca la universidad, pero a mí, un chico del campo, me impresionó todavía más. Una de aquellas personas fue sin duda alguna mi profesor, maestro y gran amigo, Juan Moreno. Un hombre brillante, comunista hasta la médula. Yo, que venía del comunismo de los hombres del campo, del comunismo de mi padre y de mis tíos, con Juan me sentí cómodo desde el primer momento. Él me apoyó y me animó en mi loca idea de venir a Rusia. Lo conocí una tarde, en mi primera asistencia a sus clases de arte contemporáneo. Muy pronto, nos hicimos amigos y durante largos años mantuvimos fantásticas conversaciones.

Siempre decía que en caso de duda, la respuesta estaba en los grandes. Por ejemplo, en Velázquez, Goya o Picasso. Un día, al poco tiempo de que Julio Anguita fuese elegido Secretario General del Partido Comunista de España, mientras hablábamos de una de sus intervenciones públicas, me dijo: “Antonio, este hombre es uno de los grandes”. Y no se equivocó.

***

Cuando llegué a la Unión Soviética me encontré en pleno debate de la Perestroika. En realidad, se estaba ventilando la derrota del socialismo soviético y nosotros, los más y los menos jóvenes, sin enterarnos de nada. Qué desastre.

Entre aquellos debates se ponían en duda los referentes de la memoria colectiva soviética, sus héroes y mitos. Me sorprendió, en especial, la campaña de descrédito a la que fue sometida por aquellos años Zoia Kosmodemianskaia, una joven de apenas 18 años que en los primeros meses de la guerra fue apresada, en plena misión de sabotaje tras las líneas enemigas, por los soldados alemanes, fieramente torturada y finalmente ahorcada en un improvisado patíbulo.

Zoia se convirtió muy pronto en uno de los referentes fundamentales del heroísmo del pueblo soviético en la lucha contra el fascismo y como tal se mantuvo durante largos años hasta que en la Perestroika fue «acusada» de padecer esquizofrenia. Resultaba que su acto de heroismo, como el de todo el pueblo soviético no había sido más que un acto de locura. Pero aquella campaña no pasó de ser un rabioso ataque de los medios de comunicación, ya en manos del enemigo, que nunca consiguió hacer mella en la conciencia colectiva soviética y rusa.

***

A pesar de haber leído alguna de las obras de León Tolstoi en español, no llegué a entender su verdadera naturaleza hasta años después, ya en Rusia, cuando fui descubriendo su vínculo con el pueblo ruso, con el campesinado. La fuerza de la literatura de Tolstoi está precisamente en ese vínculo indestructible con el campesinado. No importa la cuna, o la procedencia social, para llegar a convertirse en expresión de las aspiraciones del pueblo. Los campesinos en Rusia entendieron ese vínculo del gran maestro Tolstoi con la causa popular y estuvieron siempre de su parte.

Eran los primeros años del cine y quizá por eso impresiona todavía más ver las imágenes de los últimos días del escritor y de su multitudinario entierro captadas por una linterna mágica. Su esposa, intentando entrar sin éxito en la casa del jefe de estación donde agonizaba el escritor. El propio Tolstoi le prohibió la entrada. Había roto todos los puentes con su clase y se marchaba a la muerte en compañía de los otros, de los campesinos, del pueblo llano.

La Iglesia rusa lo excomulgó y lo expulsó de su seno y Tolstoi no fue admitido en un cementerio ortodoxo. Su cuerpo está enterrado bajo unos árboles, a la orilla de un camino, en el centro de su Yasnaia Poliana. Allí, en su solitaria tumba, a través de las raíces de los árboles está en contacto directo con la tierra rusa, forma parte de ella, y de la mano de las cabalgadas y combates de sus héroes, como Jadzhi Murat, se extiende y se derrama en un todo telúrico por la inmensidad de Rusia. Y los campesinos, como expresión del pueblo, de lo popular, así lo entendieron.

Y también lo entendió Lenin. “Tolstoi es el espejo de la revolución rusa”, dijo el gran comunista. Y habló al mundo y dio un nuevo verbo, una nueva palabra para que las insurrecciones campesinas dejaran de serlo y se convirtieran en revoluciones transformadoras. El gran sabio Vernadski dijo que la actividad humana, por lo decisiva y contundente sobre todo el planeta, se había convertido en una actividad geológica. Esa fue la dimensión de la revolución de los campesinos, una revolución contundente, geológica, que puso en contacto la virulencia del choque de las placas tectónicas con la contundencia del conflicto social.

***

La imagen de Zoia ha estado siempre acompañándome durante mi vida en Rusia. Hace años, en una de mis visitas a la casa de Serguei Kará-Murzá, cerca de la ciudad de Mozahisk, en un giro incorrecto en la carretera, me encontré de pronto con su museo en la aldea de Petrishevo. Siempre como un recordatorio. En otra ocasión, en un paseo por el cementerio de Novodievichi, en el centro de Moscú, me encontré con su tumba y el escorzo de su escultura. Y frente a ella, la tumba de su hermano Alexander, caído en combate y también Héroe de la Unión Soviética.

Una tarde, rebuscando entre las estanterías de una librería de viejo, me topé con un libro grande, delgado y de tapas rojas. Era la edición de lujo de “Zoia”, el largo poema épico de Margarita Aliger dedicado a la heroína, publicado en el año 1948. Pero la sorpresa me esperaba dentro del libro. Tras la portada, una página del periódico Pravda de 27 de enero del año 1942 con un artículo titulado «Tania» escrito por el corresponsal de guerra Piotr Lidov. La primera referencia escrita sobre la hazaña de Zoia que para ocultar su identidad se identificó ante los alemanes con el falso nombre de Tania. Más adelante, una fotografía estremecedora de Zoia-Tania realizada por el también corresponsal de guerra Serguei Strunnikov y que fue publicada también en el periódico Pravda junto con el artículo anteriormente mencionado. De una belleza inusual que la muerte no había podido todavía arrancar de su rostro. Su cuerpo congelado sobre la nieve blanca, apuñalado, al que le faltaba uno de sus pechos rebanado por un cuchillo desdentado, un cuchillo fascista, la soga todavía en su cuello, apretando y tirando, forzando el escorzo luego recogido en su escultura.

Cuando los oficiales alemanes interrogaron a Zoia, le preguntaron, entre otras cosas: “¿Dónde se encuentra Stalin?” Una pregunta bastante absurda. ¿Cómo podía saber una joven de 18 años donde estaba Stalin? Un sin sentido. O no. Zoia les respondió… “Stalin está en su puesto”.

¿Y cuál era el puesto de Stalin? ¿Su despacho en el Kremlin? No. Ya en aquellos días Stalin trascendía su propia naturaleza y se había convertido en la expresión por antonomasia de la revolución de los campesinos, en la revolución de todo el pueblo. Él, Stalin, ya era en sí mismo una dimensión geológica. “Camaradas, no me vengan con sus sueños y utopías campesinas y milenaristas”, decía con brusquedad. La revolución de los campesinos debía transformarse en la modernidad socialista.

Antes de ser ejecutada Zoia se dirigió a los soldados y oficiales alemanes: “No tengo miedo a la muerte… muero por el pueblo… no podréis matarnos a todos… Temblad porque vendrá Stalin y me vengará… acabará con todos vosotros”. Aquel Stalin al que se refería Zoia en las puertas de la muerte ya no era de carne y hueso. Era la fuerza vengadora del pueblo, su expresión geológica y al mismo tiempo cósmica. Y es cierto que llegó y vengó. Ordenó no hacer prisioneros entre los componentes de aquel regimiento de soldados alemanes. Al coronel que mandaba el regimiento, aún a pesar de no estar presente y no participar en la tortura y ejecución de Zoia, le acompañó toda la vida el pánico, el miedo a ser alcanzado por la venganza popular, telúrica. Miedo a que desde lo profundo de la tierra le alcanzara el brazo de la venganza.

***

Moscú, año 1995, en pleno caos tras la desaparición de la URSS, el nueve de mayo se celebra el Día de la Victoria. Yeltsin está escondido y la convocatoria la hacen el Partido Comunista de Rusia y otras organizaciones patrióticas. Las calles de Moscú son un hervidero de gentes que tratan de confluir en la ruta de la manifestación convocada, desde la Estación de Bielorrusia hasta la Plaza Lubianka. Miles, cientos de miles de personas. Imposible e innecesario establecer una cantidad. Arrastrado por la multitud, entre miles de veteranos de la guerra me encuentro frente a un cordón de la milicia que trata de evitar el paso a la Plaza Roja. Frente a la plaza del Teatro Bolshoi, junto a la escultura de granito de Carlos Marx, una multitud de veteranos presiona el cordón de jóvenes milicianos. Sin violencia, empujan y empujan. Los chavales tampoco se atreven a golpear a los veteranos. Hasta que el cordón cede y la milicia se aparta y como en una gran avenida de agua, miles de personas se dirigen a la Plaza Roja y por detrás del mausoleo de Lenin van directos a la tumba de Stalin.

Sin prisa, miles y miles de personas pasan por delante de su tumba y van dejando claveles y más claveles. Se inclinan, hacen una reverencia. Muchos se santiguan. Una corresponsal de una televisión de los EEUU da las instrucciones a su cámara para que recoja todo con detalle. Los ojos de la joven periodista van aumentando poco a poco de tamaño hasta que parece que van a salirse de sus órbitas. No entiende nada. Quizá nunca lo entiendan. Quizá tampoco sea necesario.

***

“Quiero escarbar la tierra con los dientes…” escribió nuestro gran Miguel Hernández, poeta cósmico de contundencia geológica. La tierra es por antonomasia el vínculo con lo popular. Por eso, ahora, tan urbanos todos, estamos huérfanos. Nos falta la madre tierra, la concreción física de la Patria. Hasta eso nos han robado. Dolores Ibarruri, nuestra Pasionaria, así lo entendió y eso le llevó a convertirse en la gran expresión del pueblo, la voz de la Patria y la nación española, la de verdad, la del pueblo trabajador. Esa tan diferente a la que pasean, cual fantochada imperial, nuestra oligarquía y sus secuaces instrumentales. Nuestra heroína y nuestra diosa en el Olimpo de los dioses populares llegó allí a través del vínculo telúrico con el pueblo. Vano empeño el del gran Manolo Vázquez Montalban cuando quiso desmitificarla y traerla de nuevo al mundo de los mortales. Para terrenales y mortales ya estamos los demás.

Nuestro querido y amado Julio que acaba de irse de este mundo, tan abundante en fariseos y traidores al pueblo, y también en «cabezas de chorlito», como dijo Pasionaria, urbanas y desnaturalizadas, fue desde el primer momento expresión y explosión de lo popular. Ahí estuvo siempre su grandeza. En algún momento de su rica y agitada biografía, quizá incluso antes de nacer, cuando se conjuntaron los astros y los átomos previos a su materialización en un cuerpo humano, se estableció en él esa indestructible conexión con el pueblo. Y ya nunca la abandonó.

Hay una fuente de la energía que nutre los conflictos sociales que se encuentra oculta tras lo aparente. Es un componente irracional que se encuentra en las profundidades de la conciencia del ser humano. Unos lo llaman el mal. Otros, el caos. Los grandes autores percibieron ese componente y algunos como Tolstoi, aterrorizados por su fuerza, trataron de elaborar una teoría de la no violencia para no enfrentarse al mal con el mal.

Pero la fuerza del pueblo se encuentra también en esa tensión espiritual, incluso en el mal, que es parte consustancial de su naturaleza y que se expresa en un continuo pulso. ¿Qué ocurre cuando el hombre, en permanente tensión entre el bien y el mal, se encuentra en un estado total de libertad, sin límites, sin el control que nos imponemos a través de la sociedad? El caos, en forma de rupturas y catástrofes. ¿Qué pasa cuando la libertad es utilizada por unos cuantos de miles para quitar el pan en la tierra a millones de personas?

Este es el gran problema de la humanidad. El equilibrio entre los límites de la libertad y la justicia social. A pesar de las grandes guerras que han asolado a la humanidad desde los primeros días en que el hombre comenzó a andar de forma erguida por las sabanas africanas, este conflicto, esta dicotomía, no ha sido resuelta. Y unos cuantos miles siguen arrebatando el pan de cada día a millones y millones.

En la resolución de este conflicto, el pueblo trabajador, aquel al que de una y otra forma le arrebatan de forma continua y casi eterna el pan, en la lucha permanente, ha ido forjando a sus héroes y dioses, ha ido forjando su propio Olimpo. Aquí es donde aparece nuestro Julio Anguita como la expresión de los intereses y del sentir popular, incluso cuando el pueblo anda ensimismado, sin noción del conflicto.

Julio entendió y expresó el gran conflicto todavía por resolver entre la libertad y la justicia social. En una época en que la sociedad y sus modelos se alejaron de los pensadores y de los líderes políticos, como la sombra se aleja de su dueño, él consiguió apresar y retener la sombra del fetiche y nos habló alto y de forma permanente, continua, como la voz que surge una y otra vez de la tierra, desde las profundidades donde circulan las placas tectónicas.

Y se convirtió en uno de nuestros héroes. Porque a nosotros, al pueblo, los héroes y los dioses no nos han venido dados de arriba para solucionar nuestros conflictos terrenales y para perdonar nuestros terribles pecados. Nosotros, a los héroes y a nuestros dioses los creamos de tierra y sangre en la lucha continua. Julio Anguita es a la vez causa y consecuencia de la tierra, de la sangre, de los astros, de la razón y los sentimientos de millones de personas empeñadas en buscar una nueva realidad social, quizá en un salto cuantitativo, en una mutación que haga imposible ya para siempre la violencia, la guerra civil y la injusticia social.

Como dijo nuestro querido camarada Julio, quizá cuando más le dolía el corazón… “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

Moscú, mayo de 2020

LITERATURA Y REVOLUCION

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL” II

Segunda parte: Nos leyeron la condena a muerte…

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

I.- Un debate duro, muy duro.

La consideración de que Rusia estaba poseída por los espíritus del mal y la falsedad supuso para el gran Gogol un tremendo y permanente sufrimiento espiritual. En esta angustia, Gogol consiguió mostrar en su obra la profundidad del mal en la naturaleza humana y su manifestación como fenómeno social. Si una buena parte de su obra fue aceptada por la intelligentsia como una crítica feroz de la sociedad rusa, otra parte de la obra del gran escritor consiguió encender los ánimos negativos de la intelligentsia occidentalista más radical de su época.

A principios de 1847 fue publicado un nuevo libro de Nikolai Gogol, diferente a lo que hasta entonces había publicado. Se trataba de una recopilación de correspondencia mantenida con sus amigos, que salió a la luz bajo el nombre de “Vibrannie mesta iz perepeski s druziami” (“Lugares escogidos de la correspondencia con los amigos”) (GOGOL, [1847] 1994 ). De principio este libro tuvo serias dificultades para recibir la correspondiente autorización de la censura para su publicación. En especial por el comité de censura de la iglesia. Y aunque finalmente, tras la eliminación de algunos textos, fue autorizado, su aparición levantó inmediatamente un gran revuelo. Pronto se produjo una profunda división entre aquellas personas que asumieron o se identificaron con el contenido del libro y aquellas que lo rechazaron y adoptaron una actitud extremadamente crítica contra él.

Chaadaev dijo en una carta al príncipe Viasemskii: “A pesar de la existencia de alguna páginas flojas, y de otras pecadoras, en el libro se encuentran páginas de una belleza extraordinaria, llenas de verdad ilimitada, páginas que, leyéndolas, te alegras y te sientes orgulloso de hablar en la misma lengua en la que tales cosas están escritas” (CHAADAEV, [1847] 2010 , pp. 95-98).

Vissarion Belinskii, uno de los representantes más brillantes de la intelligentsia occidentalista en aquel periodo, protagonizó un agrio intercambio epistolar con Gogol como consecuencia de la publicación en la revista Sovremennik de la dura crítica que realizó de Vibrannie mesta iz perepeski s druziami.

Por su parte, el autor de Alma Muertas reaccionó escribiendo una carta a Belinskii en la que le recriminaba el duro tono adoptado por el publicista contra su libro. “He leído con tristeza vuestro artículo sobre mí en el segundo número de Sovremennik. No porque para mí sea triste la humillación a la que ha querido someterme a la vista de todos, sino porque en él se escucha la voz de una persona enfadada conmigo. … Yo no tenía en mente ofenderle a usted en ninguna parte de mi libro. Pero ha ocurrido que conmigo se ha enfadado hasta la última persona en Rusia, lo cual, hasta el momento, no puedo entender. Orientales, occidentales, neutrales, todos se han ofendido … Es duro, muy duro (os lo digo con toda sinceridad), cuando contra mi guarda rencor no sólo una buena persona, sino incluso una mala, y yo a usted lo consideraba como una buena persona” (GOGOL, [1847] 1999, p. 334)

La carta de repuesta de Vissarion Belinskii fue muy dura y por muchos años se convirtió en un documento cuasi sagrado para toda la intelligentsia rusa revolucionaria y occidentalista: “¡No puede ser…! O usted está enfermo y necesita urgentemente curarse, o no me atrevo a terminar de expresar mis pensamientos…. Predicador del látigo, apóstol de la ignorancia, paladín del oscurantismo, adulador de los principios morales tártaros, ¿qué hace usted? Mire bajo sus pies, se encuentra usted sobre el abismo. … ¿Es posible que usted, de manera sincera, desde el alma, defienda al repugnante clero ruso, colocándolo infinitamente más alto que al clero católico? … ¿De quién cuenta el pueblo ruso cuentos obscenos? De los popes, de la mujer, de la hija y del criado del pope. ¿A quién llama el pueblo ruso raza estúpida, estafadores, sementales? A los popes. ¿No es el pope en Rusia, para todos los rusos, la representación de la gula, de la cicatería, del servilismo, de la desvergüenza? … Según usted, el pueblo ruso es el pueblo más religioso del mundo: mentira. … El hombre ruso pronuncia el nombre de dios mientras se arrasca el culo. … Mire a su alrededor con más atención y verá que, por su naturaleza, es un pueblo profundamente ateo. En él hay todavía mucha superstición, pero no hay ni huella de religiosidad. … Vuestro último libro, vergonzosamente, se lo ha tragado la tierra. Y el público tiene toda la razón. El público ve en los escritores rusos a sus verdaderos jefes, defensores y salvadores del oscurantismo de la monarquía, de la ortodoxia religiosa y del populismo, y por eso siempre está dispuesto a perdonar al escritor un libro malo. Pero nunca perdona un libro pernicioso. … El asunto aquí no va de mi persona o de la suya, sino de un asunto mucho más importante que usted y que yo. Aquí el asunto va sobre la verdad, sobre la sociedad rusa, sobre Rusia” (BELINSKII, [1847] 1956)

Durante mucho tiempo la carta estuvo prohibida y su difusión castigada con severas penas. Lo mismo ocurrió con el nombre de Belinskii, que fue proscrito de la prensa durante largos años. Los ecos del contenido y de las formas de aquella carta siguen resonando todavía en la cultura rusa, aun a pesar de los casi dos siglos transcurridos desde que fue escrita.

Para el tema de nuestro artículo, importa tanto el contenido del debate, como las formas que este adoptó. En gran medida puede decirse que fue el inicio, no tanto de la división entre eslavófilos y occidentalistas, como del distanciamiento total y de la intolerancia. A partir de aquel momento, las distancias se hicieron insalvables y se radicalizaron las posturas. Las dos corrientes principales del pensamiento ruso se volvieron irreconciliables. Con los años, aquel distanciamiento, aquel enfrentamiento acabaría en una gran tragedia, acabaría en violencia y sangre.

II.- Fuego en el falansterio.

Un ejemplo temprano de las formas que estaba adoptando el conflicto lo tenemos en el caso Petrashevskii. A finales de los años 40 del siglo XIX en casa de M. V. Butashevich-Petrashevskii, un rico propietario de tierras, se reunía una numerosa tertulia en la que se debatían cuestiones de organización social que pretendían encontrar soluciones a los problemas sociales de Rusia y en general de toda la humanidad. La mayoría de los tertulianos, influenciados por las ideas del socialismo utópico europeo occidental, se consideraban a sí mismos como fourieristas y saint-simonistas.

El propio organizador de la tertulia, Butashevich-Petrashevskii, fue un propietario de tierras típico en aquellos años en Rusia. Un hombre preocupado por cuestiones sociales que buscaba la solución de estas cuestiones en las ideas y corrientes del socialismo utópico que iban llegando desde Europa. Butashevich-Petrashevskii decidió dedicarse al servicio y a la salvación de la humanidad desde sus modestas posiciones, y dando ejemplo con la práctica. Con ese fin construyó, inspirado en las ideas de Fourier, un falansterio para los campesinos que trabajaban en sus tierras. Hay que decir que los campesinos, ante las locas ideas de su patrón decidieron poner orden y concierto ante tanto disparate y acabaron metiéndole fuego al dichoso falansterio.

A la tertulia acudía un considerable número de personas, la mayoría de ellos jóvenes, escritores, profesores y científicos. Se discutía sobre la situación en Rusia, sobre la servidumbre de los campesinos, sobre la historia y sobre las posibles medidas de carácter social que habían de tomarse para realizar mejoras de tipo social y político. En la tertulia se debatían los escritos y obras de muchos autores, extranjeros y rusos. Uno de los autores por aquellos años de moda era Vissarion Belinskii, sobre todo por su célebre carta dirigida a Gogol, cuya difusión había sido prohibida por las autoridades, y de la que ya hemos hablado antes.

Los miembros de esta tertulia tenían además contactos con otros círculos y grupos, por lo que sus vínculos eran muy amplios y extensos. La tertulia tuvo un fin sonado, el 11 de abril de 1849 treinta y nueve personas vinculadas a la tertulia fueron detenidas y, tras un aparatoso juicio, veintiuna fueron condenadas a muerte, entre ellas el gran escritor Fiodor Dostoevskii.

El día fijado para la ejecución los condenados fueron llevados al patíbulo…”Hoy 22 de diciembre … nos leyeron la condena a muerte, nos permitieron acercarnos a la cruz, rompieron los sables sobre nuestras cabezas y nos dieron ropa interior de condenados a muerte (unas camisas blancas). Después ataron a tres de nosotros a los postes para la ejecución de la sentencia. Nos fueron llamando de tres en tres. Yo me encontraba en el segundo turno y me quedaba por vivir apenas un minuto. Y me acordé de ti, hermano, de todos los tuyos, en mi último minuto tú, solo tú estabas en mi pensamiento, y solo en ese instante supe cuánto te quiero, hermano mío querido. Tuve tiempo de abrazar a Plescheev, Durov, que estaban a mi lado, y despedirme de ellos. Por fin tocaron descanso con los tambores y trajeron de vuelta a los que estaban atados a los postes y nos leyeron que su Majestad Imperial nos regalaba la vida. Y a continuación nos leyeron la sentencia verdadera”. Así relataba Dostoievski el teatral simulacro de ejecución en una carta escrita a su hermano desde su celda apenas unas horas después.

La sentencia final decía… “Al teniente Dostoevskii … por la difusión de cartas del escritor Belinskii, llenas de salvajes expresiones contra la Iglesia ortodoxa y el Poder Supremo … enviar a trabajos forzados en una fortaleza por un periodo de ocho años”. Sin embargo el emperador la corrigió de su puño y letra, anotando: “Cuatro años y degradar a soldado raso” (MOCHULSKII, 1995).

Moscú, febrero 2020

CONTINUARÁ

BIBLIOGRAFÍA

BEL


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LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL”

PRIMERA PARTE: EL DESAFÍO

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Todo tiene un comienzo, y el de este artículo está en un agradable encuentro en Madrid con mis amigos José Manuel Mariscal y Manolo Monereo durante el pasado mes de enero. “Antonio, ¿por qué no preparas un artículo sobre literatura rusa para Mundo Obrero?”, me preguntó Mariscal, como quien no quiere la cosa. Y lo que sigue es la respuesta parcial a su pregunta. Escribo “parcial” porque el tema es amplio y las limitaciones de espacio significativas, así que es esta una primera entrega de otros artículos semejantes que den continuidad a la idea.

La literatura rusa y después soviética del siglo XIX y XX está marcada por la revolución. No es posible pensar una sin la otra. En realidad puede decirse que son un mismo fenómeno. Y para intentar entenderlo conviene, como siempre, para empezar, que tomemos distancia.

I.- ¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura?

En el año 1932, el escritor Maxim Gorkii, en un artículo publicado al mismo tiempo en los diarios Pravda y Izvestia de Moscú, dirigiéndose a los corresponsales de prensa norteamericanos, escribió: “Hay todavía una cuestión sobre la que deberían ustedes pensar: ¿consideran que 450 millones de chinos pueden ser convertidos en esclavos del capital europeo-norteamericano, en el momento en el que 300 millones de hindúes ya están empezando a comprender que para ellos el papel de esclavos de Inglaterra no ha sido en absoluto predeterminado por los dioses? Comprendan de una vez: unas cuantas decenas de miles de depredadores aventuristas desean tranquila y eternamente vivir a costa del esfuerzo de millones de trabajadores. ¿Es esto normal? Esto ha sido así. Esto es así. Pero, ¿tienen ustedes valor para afirmar que esto debe seguir siendo así, tal y como ahora es?”.

Cien años antes o cien años después de la fecha en la que fue publicado el artículo de Gorki variaran las cifras y quizá tengamos que cambiar el nombre oficial de algunos territorios, pero en lo fundamental, la situación de la periferia de capitalismo ha cambiado poco. Viene entonces a propósito la pregunta que sirve de título al artículo de Gorkii… “¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura? Con los obreros … y por la creación de nuevas formas de vida o … por la conservación de esta casta de depredadores irresponsables”. (GORKI, 1932).

Esta es una de las principales preguntas que atormentaron desde sus inicios a la literatura rusa…

II.- Literatura e intelligentsia.

En formas más o menos evidentes, con desigual intensidad, Rusia vive en un continuo estado revolucionario desde principios del siglo XIX. En lo fundamental, el objetivo de este proceso es encontrar un modelo propio de modernidad que a su vez conlleve la solución de las grandes cuestiones de justicia social que atormentan a la humanidad, también desde la propia trayectoria histórica y cultural rusa.

Durante todo el siglo XIX tuvo lugar la eclosión de la cultura y con ella de la conciencia nacional rusa. La literatura, la ciencia, la filosofía, la historia o la economía, se convirtieron en componentes fundamentales del debate sobre el modelo de modernización que Rusia estaba buscando.

Las posiciones y actitudes que se generaron alrededor de este debate se radicalizaron muy pronto y dieron lugar a diferentes corrientes de pensamiento que, aun buscando un fin último, la industrialización y modernización de Rusia, pretendían llegar a este fin desde posiciones y modelos de desarrollo totalmente diferentes y enfrentados que llevaban a su vez implícitos modelos diferentes de construcción social con irreconciliables ideas y proyectos sobre la justicia social.

* * *

La cultura rusa está penetrada por un componente religioso muy acentuado al que podemos llamar “energía religiosa”, la cual se trasladó durante el siglo XIX a objetivos de naturaleza social a través del debate literario, filosófico y político. Esta energía religiosa dejó su particular impronta en el carácter nacional ruso y sobre todo en la naturaleza de la revolución: dogmatismo, ascetismo, alta capacidad de sufrimiento y de sacrificio, trascendentalismo, idealismo, fe en el progreso y en un futuro mejor, milenarismo, etc.

La literatura en Rusia está especialmente ligada al fenómeno de la intelligentsia, aunque en ningún caso forman un todo único. Es un fenómeno particular de Rusia y posteriormente de la URSS. Y aunque ya he hablado de este aspecto en otros escritos, conviene volver sobre ahora sobre este asunto para una mejor comprensión de nuestro argumentario posterior.

La intelligentsia no es una clase social, no es un grupo político. En ningún caso puede ser homologada con el concepto “intelectual” presente en la cultura europea occidental. En Rusia, dentro del concepto intelligentsia, podía encontrarse gente que no desarrollaba ningún tipo de trabajo intelectual. Al mismo tiempo, muchos escritores e intelectuales no han querido verse encuadrados o considerados como intelligentsia.

Más que un grupo, el concepto de intelligentsia podría ser definido como una actitud ante la modernización, la cual no se corresponde con un claro perfil ideológico. Se puede ser parte de la intelligentsia desde las posiciones del marxismo más ortodoxo como desde las del capitalismo liberal y monetarista más radical. Nikolai Berdiaev decía que la intelligentsia nos recuerda a una orden monástica o a una secta religiosa con su moral específica, intolerante, con sus particulares criterios sobre moral y ética y con unas formas de comportamientos y costumbres propias (BERDIAEV, 1997). Veamos algunos de sus rasgos fundamentales:

  • Ideas radicales de transformación y construcción social, a las que se ha entregado y ha defendido en todo momento con pasión religiosa.
  • Defensa a ultranza del concepto de modernización desde una premisa fundamental: la de la imitación de los supuestos modernizadores representados por la experiencia histórica y cultural de Europa occidental. La intelligentsia es occidentalista por definición y en lo fundamental hegeliana. Reniega de la cultura rusa, a la que considera un lastre y a la que supone cargada de un nocivo asiatismo del cual la sociedad rusa deberá desprenderse para poder entrar en el curso de la Historia Universal. Volver a la Civilización Universal y a la Casa Común Europea, decía Gorbachov durante su perestroika, o lo que es lo mismo al seno del capitalismo central.
  • Fanatismo e intolerancia. Cada grupo, círculo u organización, sin importar su tamaño o influencia se ha considerado en posesión de la verdad y ha buscado en su aislamiento con respecto a otros grupos u organizaciones la salvaguarda de su propia pureza y esencia revolucionaria. Esta actitud dio lugar a un tipo de persona cuya única especialidad y cuyo único trabajo era la revolución en sí misma, un característico tipo de revolucionario dogmático en lo ideológico y muy intolerante, para el que cualquier idea de transformación social se convertía en un dogma de naturaleza religiosa.
  • Actitud cismática. Condicionada por su exacerbado dogmatismo, la intelligentsia ha vivido siempre en un permanente cisma. Primero, con ella misma, lo que se ha manifestado en la existencia de gran cantidad de grupos, círculos, corrientes, y organizaciones de todo tipo. Por otro lado, la intelligentsia, como un todo, ha vivido siempre absorta en sus propios debates, en un permanente cisma con el presente y con la historia. Presente y pasado han sido siempre considerados como atraso y manifestación del mal, encarnado en cada momento histórico por la máxima expresión del poder terrenal: el Estado.
  • Antiestatismo. La lucha contra la autoridad, contra el Estado ha sido siempre un factor predominante, ya fuese contra la versión monárquica, soviética o liberal del Estado. Incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y tras la instauración de un sistema político supuestamente basado en los principios de las democracias occidentales, la intelligentsia rusa revolucionaria y liberal no ceja ni un instante de considerar al Estado como su gran enemigo.

III.- El juez de conciencia.

Si todo el pensamiento ruso del siglo XIX estuvo ocupado en el debate sobre el vector de modernización que debería seguir Rusia, quizá fue Piotr Yakovlevich Chaadaev (1794-1856) el primero en plantear este debate. Su punto de partida fue la negación de la historia y del presente de Rusia. Negación que se convirtió después en una constante de la intelligentsia rusa occidentalista. La cuestión a dirimir era decidir el camino que debía seguir Rusia: la imitación del modelo occidental o un camino propio marcado por sus propias particularidades históricas.

Chaadaev, argumentando que Rusia no ha aportado nada a la civilización universal, resaltó a la contra que precisamente en esa particularidad reside su potencial. Rusia está llamada a convertirse en la gran esperanza del mundo y el pueblo ruso está llamado a llevar a cabo una gran misión. «De nosotros puede decirse que formamos parte de una excepción entre los pueblos … [que] existen solamente para dar una gran lección al mundo» (CHAADAEV, [1829] 1991, p. 326).

Esta afirmación, realizada en la primera de sus Cartas Filosóficas, fue matizada más tarde: «Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones. … Es más: yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana» (CHAADAEV, [1837] 1991, p. 534).

El desafío planteado por Chaadaev fue asumido por la literatura rusa con toda su crudeza, incorporando desde muy pronto en su narrativa el debate político. En un proceso complejo, los artistas y, sobre todo, los escritores rusos superaron tanto el temor a incluir las cuestiones sociales y en especial la búsqueda de la justicia social en sus obras, como el temor a acercarse en profundidad al misterio de la vida y de la muerte, al misterio de la mente humana y de sus componentes irracionales. En estos asuntos llegaron a sobrepasar en numerosas ocasiones los límites de la creación literaria.

Paralelamente los escritores rusos plantearon también muy temprano el debate sobre la misión social del arte, y en particular de la literatura, y sobre el servicio a la sociedad que debía prestar el artista y el escritor. Los grandes escritores rusos se enfrentaron siempre a la sociedad que les rodeaba y presentaron sus alternativas populares y colectivistas, a través de sus obras.

Para una parte mayoritaria de autores, la literatura se transformó muy pronto en una misión social cuasi religiosa, expresión de la “energía religiosa” de la que hablábamos antes. Autores, como Gogol, Dostoevskii o Tolstoi, por poner como ejemplo a tres de los más grandes autores rusos, vivieron siempre atormentados en ese conflicto religioso, social y político.

Moscú, febrero 2020

CONTINUARÁ

Bibliografía

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[Último acceso: 19 01 2018].

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Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

 Antonio Fernández Ortiz

Historiador

 

El bolchevismo, o comunismo ruso, nació y se consolidó como una fuerza social y política en el momento de ruptura de la continuidad histórica en la época de la Modernidad, en el momento de conflicto global entre el capitalismo central, es decir, las metrópolis capitalistas, y aquellos países y territorios que en mayor o menor medida formaban parte de la periferia del capitalismo.

La expresión principal de este conflicto fue la agresión de la modernidad capitalista, en sus formas económicas, políticas y culturales, contra las sociedades tradicionales de los países periféricos. Lenin definió y dio nombre a esta agresión del capitalismo central: imperialismo. Este conflicto alcanzó su momento álgido, de máxima tensión, con la Primera Guerra Mundial, con el desarrollo del fascismo en sus diferentes manifestaciones y, especialmente, con la Segunda Guerra Mundial.

El bolchevismo y el comunismo soviético exigieron de sí mismos un gran esfuerzo intelectual para conocer y comprender la naturaleza de los conflictos generados por el capitalismo imperialista en Rusia y  en el resto del mundo, en especial en los países de su periferia. Esta situación de conflicto permanente, al borde de la catástrofe, no se ajustaba del todo a la concepción del mundo resultante de la Ilustración, en lo fundamental una concepción mecanicista que entendía el mundo y la sociedad desde el mecanicismo newtoniano. Se necesitaba un salto cualitativo en la compresión de los conflictos y en la presentación de un nuevo modelo de resolución de los círculos viciados económicos, sociales y culturales generados por el agresivo imperialismo.

Este salto en el conocimiento de los conflictos sociales y económicos fue realizado precisamente por el bolchevismo y por el comunismo soviético a partir de la propia experiencia de este conflicto en Rusia, de la experiencia de las revoluciones campesinas rusas de 1905-1907, de la Revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS.

Los bolcheviques probaron y pusieron en práctica nuevas formas de actuación y acción, producto de la síntesis del racionalismo moderno de la revolución científica, de la Ilustración europea y de las nuevas representaciones y concepciones del caos, de la irreversibilidad y de la inestabilidad. Con ellas abordaron la resolución de los grandes problemas y con ellas se destacaron con respecto a sus oponentes por la efectividad de sus decisiones y acciones.

El bolchevismo surgió, en apariencia, como la respuesta de las clases populares rusas contra la explotación y la opresión. Sin embargo, desde el principio fue algo mucho más profundo y más amplio. Como la historia confirmó más adelante, el bolchevismo fue una respuesta de carácter global por lo que supuso como modelo paradigmático frente a la agresión del capitalismo central contra los países explotados de su periferia. Por este motivo, lo ocurrido en Rusia y luego en la URSS no pudo nunca quedarse en el marco de sus fronteras. Siempre, mientras existió la URSS, cualquier acto realizado en la aldea soviética más lejana tenía inmediatamente repercusión mundial.

La experiencia de la revolución y la consolidación del comunismo soviético fue desde sus comienzos no sólo la vía de escape rusa al callejón sin salida histórico al que le había conducido su incorporación como periferia al sistema capitalista mundial. Fue también un modelo de salida de esa trampa histórica para todos los demás países arrojados por el capitalismo y por sus burguesías o aristocracias nacionales, cómplices de esa explotación, a esa zona periférica de la que era imposible salir si no era rompiendo directamente con los vínculos y dependencias establecidos con las metrópolis capitalistas.

A partir de la Revolución de Octubre el campesinado se convirtió en sujeto revolucionario capaz de protagonizar una revolución transformadora en alianza con el incipiente proletariado. Con un nuevo cuerpo teórico, una nueva palabra, que evitaba que las revoluciones campesinas acabaran en meras insurrecciones o en revoluciones burguesas, en las que el pueblo trabajador acababa entregando el poder a la burguesía para que desarrollara el capitalismo, para que de esa manera apareciera una clase obrera poderosa y revolucionaria, con la lejana esperanza en el horizonte de una revolución proletaria.

* * *

Es en este punto fundamental donde se produjo la quiebra más importante de la tradición revolucionaria marxista. Por un lado, la socialdemocracia europea, incluida la rusa, que haciendo una particular interpretación del marxismo la aplicó de forma dogmática como un manual de instrucciones y entendiendo que:

  • La burguesía es una clase revolucionaria (revoluciona el mundo feudal).
  • Es necesaria la revolución burguesa por todo el mundo para acabar con lo que interpreta como feudalismo.
  • El campesinado es una clase reaccionaria.
  • Esa revolución burguesa mundial traerá la expansión de un capitalismo homogéneo en todo el mundo y con él la desaparición del campesinado como clase que se convertirá en burguesía rural y en proletariado organizado y concienciado que traerá finalmente la revolución socialista mundial.
  • Por tanto, en Rusia sólo era posible una revolución burguesa, es decir, un movimiento revolucionario ruso protagonizado por obreros y campesinos que debía entregar el poder a la burguesía para que eliminara definitivamente el mundo feudal, instaurara el capitalismo y acelerara la desaparición del campesinado y su transformación en clase obrera.
  • En esta lógica, la toma del poder por los campesinos y obreros, los bolcheviques, era una aventura contrarrevolucionaria que iba en contra del movimiento obrero organizado y desarrollado hasta ese momento. Una locura de Lenin y sus bolcheviques (el delirio de un loco, dijo Plejanov) empeñados en una revolución socialista protagonizada por campesinos y en crear un Estado de nuevo tipo basado en las tradiciones campesinas rusas de poder asambleario: los soviets.
  • Era por tanto necesario enfrentarse a aquellos contrarrevolucionarios bolcheviques para devolver el poder a la burguesía y así seguir el “camino correcto” supuestamente marcado por el marxismo. En aquel éxtasis de pureza marxista, la socialdemocracia rusa no dudó en levantarse en armas contra los bolcheviques y la joven república soviética y en organizar una guerra civil para derrotar a los bolcheviques, en alianza con la burguesía y la vieja aristocracia en lo que se llamó el movimiento blanco. Lo importante, según sus tesis y como ya se ha dicho, era entregar el poder a la burguesía rusa para que ésta desarrollara como “era debido” el capitalismo en Rusia y con él un proletariado revolucionario que haría una revolución “verdadera”. Ese era el grito desesperado del gran Plejanov que no sólo no entendió a su alumno Lenin, sino que llegó a considerarlo como un traidor al marxismo y a la revolución proletaria.

En aquella obsesión dogmática por la “revolución correcta”, según la interpretación que la socialdemocracia hacía del marxismo, los socialdemócratas alemanes no dudaron en llevar a la práctica con éxito lo que los socialdemócratas rusos no pudieron conseguir con el bolchevismo: acabar de raíz con la revolución espartaquista para que la burguesía alemana continuara desarrollando el capitalismo.

En la misma tradición socialdemócrata pueden incluirse a algunas de las “familias” que inicialmente se unieron al bolchevismo de forma coyuntural o táctica. En otras palabras, sin aceptar el papel de sujeto revolucionario del campesinado y el carácter campesino de la revolución rusa, entendieron que lo importante era tomar el poder aprovechando la coyuntura revolucionaria y luego, descomponiendo y desplazando al campesinado, convertir a la revolución rusa en una genuina revolución proletaria y al poder soviético en un auténtico poder proletario.

Cuando Bujarin, por poner un ejemplo, se empeñaba en convencer a los campesinos de que se enriquecieran, con su famosa consigna de “campesinos enriqueceos”, en realidad intentaba socavar en sus fundamentos a la revolución rusa de octubre. El enriquecimiento de los campesinos al que se refería Bujarin llevaba necesariamente a la diferenciación social y a la quiebra de la unidad de clase del campesinado. Siguiendo dicho supuesto, la pretensión de Bujarin y sus seguidores era que los campesinos debían convertirse en una burguesía rural minoritaria (que posteriormente sería eliminada como clase), y en una inmensa mayoría de obreros que darían inmediatamente un carácter proletario a la revolución.

Trotsky también renegó del carácter campesino de la revolución e interpretó la alianza de obreros y campesinos como una cuestión táctica y coyuntural para tomar el poder. Según la lógica trotskista, debido a la falta de capacidad revolucionaria del campesinado, una vez tomado el poder político en la URSS había que desmantelarlo como clase, introduciendo en el campo y la aldea contradicciones económicas y políticas que forzaran su disolución. En esta fase, una vez tomado el poder político, mientras la clase obrera se consolidaba como tal, sería necesario el apoyo de la clase obrera de los países industrializados en forma de revolución proletaria en dichos países, lo que acabaría llamándose la revolución permanente. En realidad fue un amago de continuación de las ideas que Marx expuso en su debate con la revolucionaria populista rusa Vera Zachulich, cuando llegó a asumir la posibilidad de una revolución en una Rusia campesina, pero condicionando su viabilidad a la revolución proletaria simultánea en los países industrializados de Europa.

* * *

Por otro lado, del marxismo, del anarquismo bakunista, del populismo ruso, del cosmismo ruso y del “comunismo campesino arcaico” (en palabras de Weber), apareció el bolchevismo o leninismo y con él:

  • La teoría del campesinado como clase revolucionaria.
  • La teoría y la praxis de la revolución protagonizada por la unión de la clase obrera y del campesinado.
  • La posibilidad de la construcción del socialismo sin pasar por la revolución burguesa y por el capitalismo, alejándose del capitalismo.
  • La teoría de la estructura “centro/periferia” en el capitalismo, es decir el imperialismo.
  • La teoría de las revoluciones y las luchas de liberación nacional sin esperar al desarrollo del capitalismo en todo el mundo.
  • La teoría y la praxis de la construcción del socialismo en uno o más países sin esperar a la revolución mundial.

De forma paralela a la evolución de la socialdemocracia en Europa y otros países del centro capitalista, el leninismo se convirtió en otro vector de la revolución socialista y en otro vector de construcción social en la periferia del capitalismo, debilitando de esta manera al capitalismo metropolitano al privarle de la dominación y explotación imperialista de sus colonias y territorios dominados.

En la idea de la liberación nacional como movimiento revolucionario liberador de la periferia capitalista (la llamada descolonización del Tercer Mundo), tuvo un papel fundamental el ejemplo dado por la Unión Soviética durante la invasión alemana de 1941 y la guerra hasta 1945 (la Gran Guerra Patriótica), una verdadera guerra de liberación nacional frente al intento del capitalismo alemán y europeo de convertir a la URSS y parte de Asia en una gran colonia continental, en su particular periferia.

Los movimientos de liberación nacional que ya habían empezado a desarrollarse durante los años 20 y 30 del pasado siglo en Asia, bajo la fuerte influencia de la Unión Soviética, alcanzaron su máxima expresión tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejemplo soviético se extendió por grandes áreas de la periferia del capitalismo.

En Asia, vastos territorios que habían estado bajo el control y la dominación de los europeos durante largos siglos, como la India, China, Indonesia o Vietnam, consiguieron su independencia política e iniciaron el proceso para la construcción de una economía nacional independiente, con un importante núcleo industrial y con el control de los recursos naturales nacionales.

El ejemplo fue seguido por Irán y por los países árabes (Irak, Siria, Egipto, Libia, Argelia, etc.) que, inspirados por el socialismo baazista y panarabista, llevaron a cabo sus propias revoluciones e iniciaron la construcción de sus Estados nacionales independientes, laicos y progresistas, y que intentaron desde el primer momento tomar el control de sus recursos energéticos más importantes, hasta entonces en manos de las potencias imperialistas.

Paralelamente, en el África subsahariana se desarrolló un importante movimiento por la liberación nacional y por la independencia, liderado en la mayoría de los casos por las diferentes versiones del socialismo africano que estuvieron presentes en todo el continente. Líderes y pensadores como Julius Nyerere, Kwane Nkrumah, Modibo Feita, Patricio Lumumba, Sekoku Toure, Tom Mboya, Amílcar Cabral, Nelson Mandela, Samora Machel, Antonio Agostinho Neto o Thomas Sankara intentaron llevar a la práctica diferentes proyectos de socialismo en Tanzania, Ghana, Guinea Conakry, Mali, Congo (ex belga), Kenya, Cabo Verde, Angola, Guinea-Bissau, Mozambique, Namibia, Zimbabwe, Sudáfrica, Etiopía o Burkina Faso.

En la América que va desde Río Grande hasta la Patagonia (en palabras de José Martí) el movimiento de liberación empezó pronto como un movimiento contra la independencia de España, pero que quedó en gran medida truncado por la rápida  incorporación de las jóvenes repúblicas americanas a la periferia del capitalismo. En el cambio de siglo y durante la primera mitad del XX se produjo un despertar del antiimperialismo en los escritos de José Martí, Manuel Ugarte, Augusto César Sandino, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre o Carlos Mariátegui, por poner sólo algunos ejemplos significativos. Aquellas reflexiones estuvieron detrás de los partidos y organizaciones que encabezaron la lucha política y militar contra el imperialismo y que fueron parte esencial en las diferentes tentativas de construcción socialista en la América martiniana (o bolivariana) desde Cuba a Chile, pasando por Nicaragua, Venezuela o Bolivia.

Todos aquellos proyectos de liberación nacional y/o de construcción del socialismo estuvieron inspirados en mayor o menor medida en el modelo de la revolución de Octubre y de forma directa o a través de terceros países fueron siempre apoyados por la Unión Soviética. Es decir, el eco teórico y práctico de la revolución de Octubre, lo que viene en llamarse leninismo, puso patas arriba en apenas unos años todo el orden del capitalismo imperialista.

* * *

La respuesta no se hizo esperar. El peligro que, como modelo primordial, representaba la revolución “de los otros” para el capitalismo y su estructura centro-periferia, fue rápidamente entendido por las potencias europeas y por los EE.UU. Y una de las primeras medidas fue la intervención directa en la guerra civil rusa de 1918-1921. Luego vino el boicot internacional a la URSS, la conspiración en los asuntos internos y los proyectos de agresión por parte de Francia y Gran Bretaña, incluso en las semanas previas a la invasión alemana de la URSS.

Por otro lado, durante la década de los años treinta, las potencias capitalistas pusieron en Alemania sus esperanzas de destrucción de la Unión Soviética. Incluso estaban dispuestas a aceptar que una parte de la URSS pasara a formar parte de un imperio colonial continental alemán.

Sin embargo, la agudización del conflicto que mantenían las propias potencias imperialistas entre sí y que había estallado en la forma de Gran Guerra en 1914 por el reparto de las colonias y los territorios de influencia llevó de nuevo al enfrentamiento armado entre ellas cuando el capitalismo alemán, en forma política de fascismo, exigió que se le volviera a tener en cuenta en el concierto económico mundial. El rebrote del conflicto bélico, latente durante dos décadas, llevó a Francia, Gran Bretaña y los EE.UU. a una ágil y rápida redefinición del enemigo prioritario que les forzó a una alianza coyuntural con la URSS con el objetivo de “poner en su sitio” al capitalismo alemán.

Con la misma agilidad que cinco años antes, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, los aliados coyunturales volvieron a considerar como enemigo prioritario a la URSS y su modelo de revolución y construcción social. La escalada de violencia fue rápida e intensa. Si bien nunca se atrevieron a un ataque militar directo a la URSS, convertida ésta en una superpotencia económica y militar, sí que se dedicaron a intentar detener el proceso de expansión de la revolución y de los movimientos de liberación.

Sirvan como ejemplo las guerras e intervenciones directas en China, Corea, Vietnam, Argelia, Angola, Mozambique, Irak, Libia o Siria; golpes de Estado como el de Irán o Indonesia, conjuras e intrigas militares y/o económicas encaminadas a derrocar gobiernos y a asesinar a sus líderes como en el Congo con Patricio Lumumba, Amílcar Cabral en Guinea Conakry, Sandino en Nicaragua, Salvador Allende en Chile o Thomas Sankara en Burkina Faso.

Mientras existió la URSS, estos intentos de liberación y de construcción nacional, a pesar de las guerras, de los diferentes embargos económicos y de las conjuras militares, llegaron a buen puerto o pudieron mantenerse en un delicado equilibrio. La ayuda soviética fue decisiva, múltiple y diversa: militar, científica, económica, cultural, diplomática, etc. Tan importantes eran los fusiles de asalto soviéticos como su acción diplomática en la ONU, su mediación en los conflictos o sus apoyos a través de las organizaciones internacionales para el desarrollo de la salud, la cultura, la educación, la agricultura o la industria.

Al ser derrotada la URSS, los proyectos de construcción nacional e independencia económica de los países de la periferia capitalista sufrieron una gran presión económica y militar que les hizo colapsar. A mayor resistencia, más costos en vidas y en destrucción. Irak, Libia o Siria son los ejemplos más recientes. Derrotado el socialismo, derrotados los proyectos de construcción nacional, llegó el tiempo de la barbarie.

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La socialdemocracia hizo su gran opción histórica en vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando, rompiendo con la tradición internacionalista y universalista del marxismo, decidió en cada país europeo que debía apoyar a sus burguesías nacionales en la guerra imperialista, quizá por seguir la lógica absurda de que había que permitir que el capitalismo se desarrollara hasta extenderse por todo el mundo y finalmente entrara en una gran crisis, producto de sus propias contradicciones.

Pero aquella lógica socialdemócrata no llevó a buen puerto. Sus renuncias le llevaron a ir dejando en el camino no solo principios teóricos fundamentales, sino que llevaron a la clase obrera de los países desarrollados, en un proceso continuado de pérdida de conciencia de clase, a convertirse en “colaboradora” del capitalismo imperialista. Con la renuncia final al marxismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia se consolidó como reformismo y como teoría de la participación de la clase obrera en la gestión del capitalismo y en la construcción de un Estado del bienestar que al tiempo que garantizaba unos derechos sociales inimaginables en otros lugares del mundo, hacía partícipe a  una parte considerable de la clase obrera de las metrópolis capitalistas no sólo de los frutos de la explotación imperialista de la periferia del capitalismo, sino que la convertía en agente directo de esa explotación.

El llamado eurocomunismo, o lo que es lo mismo, la desesperada huida de los partidos comunistas de Europa occidental hacia la socialdemocracia, renunciando a los principios que dieron lugar a su nacimiento como partidos comunistas, supuso otra vuelta de tuerca en la misma dirección. El eurocomunismo significó:

  • La renuncia al leninismo y con ello la renuncia a la teoría de la revolución y de la construcción del socialismo en los países de la periferia del capitalismo.
  • La asunción de la estructura de dominación centro-periferia del capitalismo en aras de una incorporación plena en la gestión política del Estado del bienestar.
  • La desmovilización de la clase obrera y la pérdida de conciencia de clase y, sobre todo, de la conciencia internacionalista y anti-imperialista.
  • La renuncia a la Unión Soviética y su condena, asumiendo el lenguaje del enemigo y las posiciones antisoviéticas más burdas, entre ellas el concepto de “imperialismo soviético”, con lo que se catalogaba y asimilaba la ayuda soviética a la liberación de los países y territorios oprimidos y explotados por el capitalismo, con la propia política de dominación del imperialismo capitalista.
  • La ceguera y la incapacidad para entender los procesos históricos globales. Así, por ejemplo, mientras se alababa la lucha del pueblo vietnamita contra el imperialismo francés primero y estadounidense después, siempre revestida de un romanticismo superfluo, se condenaba a la URSS sin entender que era la ciencia y la técnica socialista soviética la que ganaba la guerra en Vietnam. Que eran los misiles, los aviones y los pilotos soviéticos los que plantaban cara a la aviación y la flota de los EE.UU., hasta el extremo de que sin su presencia el pueblo vietnamita, a pesar de su valentía y sacrificio, no hubiese podido derrotar y expulsar al imperialismo norteamericano de Vietnam.

La socialdemocracia y el eurocomunismo no entendieron la estrategia de acoso y derribo del capitalismo hacia la Unión Soviética y confundieron las intrigas y conjuras que, por poner otro ejemplo significativo, estuvieron detrás de la “primavera de Praga” para agredir y socavar el prestigio internacional de la URSS y la cohesión en el campo socialista. No se entendió que aquella “primavera” fue la puesta de largo de un modelo de intervención en los asuntos internos de los países que ha acabado convirtiéndose en una tradición en la conjura y la conspiración contra la soberanía nacional y que ha evolucionado a todo tipo de “primaveras” “terciopelos” y “revoluciones de colores” en todos los continentes del planeta.

Toda aquella mascarada de un “socialismo de rostro humano” se quedó en una “arrancada de caballo loco” o en una vulgar tomadura de pelo. Unos años después, los mismos protagonistas de la primavera de Praga ni se acordaron de aquel socialismo de rostro humano que tanto habían proclamado y corrieron rápido a ponerse bajo el cobijo del capitalismo europeo olvidando de buen grado cualquier principio socialista.

Este proceso también se reprodujo en la propia URSS, y explica en parte su derrota. En la URSS, durante décadas, tuvo gran uso el concepto “cosmopolita”, con el que se catalogaba y clasificaba a grupos, personas y actitudes que rechazaban precisamente el componente campesino de la revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS. Este componente cosmopolita podría ser clasificado con más detalle como socialdemócrata, trotskista, eurocentrista u occidentalista, en otras palabras, aquellos marxistas y no marxistas rusos que entendían, junto con sus colegas  socialdemócratas europeos, que tanto el proyecto como el sistema soviético eran “incorrectos” y que por tanto había que transformarlo, devolverlo al “seno de la civilización universal” o al seno de la “casa común europea” que tanto repetía Gorbachov y sus seguidores durante su catastrófica perestroika.

La toma del poder en la URSS por esa tendencia “cosmopolita” en los años ochenta del pasado siglo, en el proceso conocido como perestroika, acabó en un cataclismo universal precisamente porque trató de reconducir el sistema soviético al ámbito del mundo occidental dominado por el capitalismo imperialista. En ese ámbito la URSS ya no era viable, su tejido productivo y sus estructuras sociales y económicas eran incompatibles con el capitalismo. Su vector de evolución ya era otro. Y en esa explosión de incompatibilidades la URSS acabó descomponiéndose y siendo derrotada.

La derrota de la URSS y su retirada de Europa oriental, y del resto del planeta, llevó a una reorganización del capitalismo, que entre otras cosas se tradujo en una reducción considerable de los derechos de los trabajadores y de las clases populares en los propios países del centro capitalista. El ejemplo que representaba la URSS ya había desaparecido y el miedo que el capitalismo le tenía, desapareció también.

Además, la desaparición de la URSS dejó desamparados a los partidos comunistas allá donde todavía existían. En el caso de Europa el proceso fue especialmente trágico ya que la mayoría acabaron desapareciendo o cambiando de nombre y de políticas. De nada les sirvió el abandono del leninismo, el eurocomunismo o los cánticos por un socialismo de rostro humano. La catástrofe estaba servida y para mucho tiempo.

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El proceso de participación en la gestión del capitalismo y en el disfrute de los beneficios del imperialismo, junto con los cambios del tejido productivo y la desaparición de las grandes empresas, llevó directamente a la descomposición de la conciencia de clase y en definitiva a la descomposición de la clase obrera.

Un factor determinante en la formación de la conciencia de clase resultó ser la síntesis del modelo antropológico campesino y tradicional, con su particular concepción de la solidaridad y de la justicia social, y del nuevo modelo antropológico proletario urbano. Los trabajadores y campesinos que vivieron en dicha síntesis fueron los que forjaron la conciencia de clase más resistente y combativa.

El modelo urbano del capitalismo, que implica la destrucción del vínculo campesino y que desarrolla e impone el modelo antropológico individualista y atomizado, ha acabado, con el paso de los años, debilitando o destruyendo esa síntesis antropológica tan particular, lo que ha contribuido sobremanera a la destrucción de la conciencia de clase de los trabajadores de los países de la metrópolis capitalista.

Se da la paradoja de que la clase obrera, pura y sin mezcla campesina, la que un día fue la gran esperanza socialdemócrata de la revolución proletaria en los países del centro capitalista, ha dejado de existir como tal, como clase con conciencia de serlo, con capacidad de organización para plantar cara a la ofensiva neoliberal.

Sin conciencia de clase los trabajadores descendieron y continúan descendiendo en su nivel y capacidad de representación abstracta. Ya no se ven ni se reconocen como expresión de toda la Humanidad, ahora se ven y se expresan como parte de entidades menores, de grupos de afinidad y proximidad. El universalismo humanista se ha transformado en una concepción gregaria de la diversidad. Ahora los trabajadores se expresan como parte de grupos que se excluyen unos a otros y se enfrentan en la defensa de sus intereses particulares y/o grupales, la mayoría de las veces por la consecución de determinados derechos civiles descontextualizados, de tal manera que esas luchas en su conjunto pierden la referencia de la emancipación de toda la Humanidad con respecto a la dominación del capitalismo imperialista.

Este fraccionamiento se produce a varios niveles y a veces llega a expresarse en forma de fraccionamiento territorial, cuando una parte de los trabajadores entienden que sus intereses entran en contradicción con los trabajadores de otros territorios y son utilizados como instrumentos de la política de la burguesía.

La pérdida de derechos de los trabajadores, de su capacidad adquisitiva como consecuencia del desmantelamiento del Estado del bienestar, ha llevado a que una parte de los trabajadores, ya sin conciencia de clase, vean como enemigos a los trabajadores de otros territorios y apoyen proyectos de separación territorial en la creencia de que, de esa manera, verán recuperados sus privilegios. De ahí el apoyo de importantes grupos de trabajadores a proyectos de ruptura y fraccionamiento nacional en el norte de Italia o en Cataluña. En definitiva estos trabajadores han acabado asumiendo y aceptando el discurso de la diversidad y el lenguaje de su enemigo de clase, es decir, de la burguesía, y renunciado a la cultura de la solidaridad.

En la misma línea están los trabajadores que no tienen una posición de clase internacionalista y se manifiestan en contra de la presencia de inmigrantes en sus países. Están en contra de la inmigración porque la perciben como una agresión a sus intereses particulares, a sus puestos de trabajo, a sus salarios o a su acceso a la Seguridad Social. Pero sin embargo no se expresan contra las políticas depredadoras del capitalismo imperialista, que continúan explotando y degradando la vida y la condición humana en África. No solo eso, sino que haciendo propio el discurso de sus capitalismos, asumen y apoyan la destrucción de los proyectos de construcción de Estados nacionales independientes en África, como es el caso de Libia y de Siria.

A lo anterior hay que añadir un elemento básico: la falta de organización. Los trabajadores no son clase, no se expresan como clase, si no tienen organización política. Hasta ahora la organización giraba en torno a los partidos políticos de clase y a los sindicatos de clase. El deterioro de éstos, o su desaparición, ha contribuido a la acentuación del proceso de destrucción de la conciencia de clase. También la derrota de la URSS, entendida como la macro-organización de los trabajadores de todo el mundo, influyó sobremanera en la crisis de la conciencia de clase.

Un ejemplo que ilustra esta falta de organización es la búsqueda ansiada de la misma, que se materializa en la proliferación de multitud de organizaciones políticas que viene a sustituir a otras en apenas unos meses de vida. La mayoría de ellas tiene un objetivo coyuntural: ganar unas elecciones o buscar un trasvase de votos que impida el triunfo electoral de un enemigo considerado peor. Es una vana huida hacia adelante. El cambio de nombre y la proliferación de organizaciones a la búsqueda de una ideal no resuelve el problema estructural.

En la reproducción de la clase trabajadora es fundamental la actividad constructiva desempeñada por ella en su conjunto y por una parte significativa de la misma que elabora, desarrolla y actualiza su matriz cognitiva. Esta vanguardia es la expresión de la clase y sintetiza sus modelos de conducta, su ética, su moral, su lenguaje, etc. Si este grupo es destruido o se autodestruye, la clase en general pierde la capacidad de expresarse y de reproducirse.

La falta de organización va de la mano con la falta de esa vanguardia, que es sustituida por un liderazgo mediático de políticos que se sitúan en fronteras de difícil definición, o como está de moda decir ahora, políticos transversales, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido y que en su afán de servir para todo y todos adoptan posiciones camaleónicas de forma permanente.

En este vacío organizativo se producen los movimientos pendulares y las oscilaciones de los trabajadores a posiciones contrarias a sus intereses de clase, un fenómeno que no es nuevo en Europa. El traslado del voto y de los apoyos de los trabajadores a los partidos de la derecha son la concreción en la coyuntura actual de:

  • La pérdida de la conciencia de clase y la desaparición de la clase trabajadora en cuanto a clase para sí.
  • La pérdida, o el brusco deterioro, de la capacidad de organización de la clase trabajadora.
  • La pérdida de la palabra, o lo que es lo mismo, la incapacidad para teorizar y expresar en el propio lenguaje de las organizaciones de clase la identificación de los conflictos, su diagnóstico y las propuestas de acción y solución. Y, por supuesto, la trampa de la asunción del discurso del enemigo.
  • El desmantelamiento del Estado de bienestar.
  • La pérdida de la condición privilegiada de los trabajadores o “aristocracia proletaria” de las metrópolis capitalistas, en el contexto global de la estructura centro-periferia del capitalismo imperialista.
  • El renacimiento del racismo, siempre presente en la cultura europea, como consecuencia de la pérdida de la conciencia de clase, expresado en el odio o repulsa a los trabajadores de otros territorios o regiones o hacia los trabajadores emigrantes.

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La pérdida de conciencia de clase de los trabajadores permitió la aparición del fascismo en la primera mitad del siglo XX. El fascismo italiano clásico y el nacional-socialismo alemán no pueden ser entendidos sin ese componente obrero desclasado que es captado por un proyecto gregario para la construcción de un “socialismo” nacional a expensas de la explotación de la periferia capitalista. Alemania e Italia plantearon directamente el asunto en estos términos y la inmensa mayoría de los trabajadores, derrotados por una terrible crisis económica, sin conciencia de clase por la derrota política de sus organizaciones de clase y amedrentados por el pistolerismo de los paramilitares fascistas, acabaron poniendo su libertad a los pies del capitalismo imperialista y tomaron la espada para luchar por la conquista del “espacio vital”, que en castellano puro y duro significa colonia continental en los amplios espacios de Eurasia y de África.

Pero no fueron sólo los trabajadores alemanes e italianos. Prácticamente todos los trabajadores de Europa, sin conciencia de clase y con sus organizaciones de clase desestructuradas o derrotadas, aceptaron de buen grado, o por la fuerza, la participación en aquel gran proyecto de conquista de la felicidad a costa de la dominación de inmensos territorios y del exterminio de sus habitantes. Y esto no es una novedad en la cultura del capitalismo y de la sociedad burguesa, más bien todo lo contrario, es una constante desde la formación de este mundo burgués en Europa occidental.

Hay dos elementos que son claves en la expansión de las potencias europeas, del colonialismo, de la implantación y desarrollo del capitalismo: las guerras imperialistas y el racismo.

Con las guerras imperialistas las potencias capitalistas se expandieron a sangre y fuego por todo el mundo aprovechando el gran salto científico y tecnológico que supuso la Revolución Industrial. Las nuevas máquinas y el nuevo armamento permitieron someter a inmensos territorios y a exterminar a millones de personas sin el mínimo escrúpulo. Fueron guerras cruentas en las que nunca importó o se tuvo en cuenta la condición humana de los habitantes de los territorios conquistados.

El racismo forma parte esencial de la cultura del capitalismo y del imperialismo. Nació en el seno del capitalismo, en sus albores, para justificar ideológicamente la conquista, la dominación y la explotación. El nativo, el indígena, fue convertido en un ser inferior, en no-humano, y por tanto su explotación, dominio y exterminio no importaba y apenas provocaba conflictos éticos o morales. En el Congo belga, en el África del Sudoeste, en Sudáfrica, en la India, en la actual Indonesia, en Australia, en los Estados Unidos de Norteamérica, o en la isla de Tasmania, por poner sólo algunos ejemplos, al capitalismo imperialista no le importó nunca el exterminio de las poblaciones nativas y se comportó de la misma manera violenta y despótica que más tarde aplicó en la propia Europa.

Los europeos vinieron a darse cuenta de ese lado inconfesable del capitalismo cuando sufrieron en su propio territorio los disparates de las políticas de exterminio humano. Sin embargo puede decirse que han aprendido poco de su propia historia. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha desplegado una campaña continua de manipulación de la información y de la conciencia colectiva que ha hecho recaer la responsabilidad de aquellas políticas de muerte y exterminio sobre los hombros de unos cuantos políticos a los que se trata de locos o de iluminados, tratando de ocultar que la causa principal del racismo fue y es el capitalismo, y no los supuestos complejos y frustraciones de Hitler porque sólo llegó al empleo de cabo en el ejército alemán o porque no lo admitieron en la Academia  de Bellas Artes de Viena.

Cuando los obreros europeos se convertían en emigrantes y en colonos en la periferia del capitalismo, se convertían inmediatamente en racistas violentos, sacando a la superficie sus instintos más bajos. Los obreros ingleses, franceses, alemanes o belgas, se convertían en asesinos en cuanto llegaban a África, donde cortaban extremidades y cabezas a los nativos africanos que se resistían a recoger el caucho o a realizar otros trabajos. Con ese mismo afán, desclasados y seducidos por el proyecto nacional-socialista, los obreros alemanes, belgas, húngaros o austriacos, por ejemplo, asesinaron sin escrúpulos a millones de personas en la Unión Soviética y en otras partes de Europa.

Aquellas actitudes asesinas en Europa o en África no eran producto del miedo, la obediencia debida o la jerarquía militar. Obedecían a otra cuestión más terrible todavía. La inmensa mayoría de aquellas personas actuaban de forma bestial porque tenían plenamente asumido que aquellos a los que mataban, mutilaban o violaban eran seres infrahumanos. Esa es la esencia del racismo incubado en Europa durante largos siglos de expansión y dominio imperialista por todo el mundo. Esa era la actitud de los oficiales, soldados y colonos ingleses, franceses, alemanes u holandeses en sus colonias y en las guerras imperialistas por todo el mundo.

Por otro lado es importante entender la importancia de la conciencia de clase como antídoto contra el racismo. El universalismo marxista y el internacionalismo leninista (bolchevique), en la medida que han ido de la mano durante el siglo XX, han resultado ser los instrumentos fundamentales para neutralizar y luchar contra el racismo. Marx, al teorizar sobre la organización del proletariado y el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, vino a decir que la clase obrera era el agente de la Historia que representaba los intereses de toda la Humanidad.

Lenin supuso un importante avance en la universalización del concepto de clase obrera, a partir de él, más bien clase trabajadora, al incorporar al campesinado ruso y sus ideas del “hacer común” al universalismo marxista. A partir del leninismo y de la Unión Soviética, la clase trabajadora, sujeto revolucionario con conciencia de clase, capaz de derrotar al imperialismo capitalista, construir el socialismo y representar los intereses de toda la Humanidad, son los campesinos y obreros de todo el mundo, en especial los de la periferia del capitalismo, que hasta entonces habían estado “fuera de la civilización universal”.

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Se escribe ahora en la prensa que en Europa se vive el renacimiento de un nacionalismo y de un neofascismo porque algunos Estados o partidos políticos han propuesto la puesta en práctica de políticas que refuerzan el papel de sus economías nacionales en su propio territorio o intentan poner límites a la llegada de los emigrantes.

Quienes escriben estas cosas parecen olvidar que el capitalismo es nacionalista e imperialista al mismo tiempo y vive en esa dialéctica de forma permanente, acentuando en uno u otro aspecto sus políticas, dependiendo de sus intereses y necesidades en cada coyuntura. Tomemos como ejemplo lo que se entiende como máxima expresión histórica del nacionalismo europeo: la Italia fascista y el Reich alemán (da igual el segundo que el tercero). Las políticas nacionalistas en sus propios territorios iban parejas y de la mano de sus políticas imperialistas. El fascismo en Italia, como expresión política de capitalismo imperialista italiano, necesitó de una política de creación, dominio y explotación de una periferia que le llevó a invadir Abisinia, Eritrea, Libia, Albania, Grecia y la Unión Soviética.

Lo mismo ocurrió con Alemania durante el Segundo o el Tercer Reich. Sus políticas nacionalistas en su propio territorio iban de la mano de la expansión imperialista en los países árabes y en África negra primero (por ejemplo, uno de los grandes proyectos del II Reich fue la creación de una línea de ferrocarril Berlín-Bagdad, una arteria de suministro de hidrocarburos directamente al centro de la metrópoli), y luego, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, ya en los años treinta, de un gran imperio colonial en los espacios de Eurasia. En definitiva, esos grandes proyectos nacionales lo fueron siempre a costa de una periferia imperialista.

El espejismo del Estado del bienestar fue posible por la existencia de la Unión Soviética y el miedo del capitalismo a la expansión del socialismo en sus metrópolis europeas. También fue posible por la combatividad de los trabajadores, su alto grado de organización y por su elevada conciencia de clase.

Gracias a las luchas obreras y a los tanques soviéticos acantonados en la República Democrática Alemana, los Estados europeos pudieron ser penetrados por los trabajadores y convertidos, en parte, en expresión de los intereses de la clase trabajadora. Desaparecida la Unión Soviética y adocenados los trabajadores europeos en su privilegiada posición que les llevó a creerse el mito de la “clase media” y a considerarse parte del sistema, sin conciencia de clase y sin organización política, el capitalismo pasó al contraataque recuperando su posición de dominio y control de los Estados europeos,  simplificándolos, en el sentido de “limpiarlos” del componente trabajador, e intentando desmantelar, y consiguiéndolo en gran medida, la mayor parte de los logros del Estado del bienestar.

En este contexto global se enmarca la contraofensiva neoliberal en Europa, donde, con el mito de la Unión Europea y del euro, se ha creado en territorio europeo una periferia intermedia, “blanda”, controlada y al servicio de los países que conforman el núcleo duro del capitalismo en nuestro continente.

Pero esa ofensiva del neoliberalismo no se limitó, como ya hemos visto, a Europa, sino que, sin el contrapoder que suponía el sistema soviético, pasó al contraataque en todo el mundo, agrediendo y desmantelando los Estados que han supuesto límites, trabas o impedimento a la nueva expansión imperialista, llamada globalización.

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Las políticas de las organizaciones de la izquierda deben tener en cuenta precisamente esa dialéctica entre Estado nacional e internacionalismo para saber hacer frente, sin caer en la confusión, a las políticas del neoliberalismo. Por un lado es importante defender el Estado y los proyectos de construcción nacional en la medida que son un obstáculo para las políticas imperialistas, incluso en la periferia intermedia de Europa. Sobre todo, si estos Estados están penetrados por la clase trabajadora y son utilizados como instrumentos para la redistribución de la riqueza, el reforzamiento de la cultura de la solidaridad y la defensa de los intereses de los trabajadores.

Esta defensa del Estado nacional ha de ir complementada por una clara posición internacionalista y anti-imperialista. Los enemigos de los trabajadores en Europa no son los trabajadores de otros territorios nacionales ni los trabajadores emigrantes. De nada sirven las políticas de protección de los intereses de los trabajadores de un determinado lugar si estas políticas, si estos logros están “financiados” con la miseria de las poblaciones de África. De nada servirá que los trabajadores apoyen las políticas anti-emigrantes de sus políticos locales, si sus sistemas económicos llevan a cabo políticas económicas que esquilman inmensos territorios en África. La miseria generará nuevas oleadas de emigrantes que acabarán llegando a las costas europeas antes o después.

Es imprescindible volver a desarrollar la cultura universalista e internacionalista para que la clase trabajadora vuelva a expresarse como agente de la Historia y a representar los intereses de toda la Humanidad, o lo que es lo mismo y expresándolo de forma reduccionista: atendiendo siempre al frente interno y al internacionalista, teniendo en su conciencia de clase el mundo entero y los intereses de los trabajadores de todo el mundo.

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Hubo un momento en el que fue asumido como inevitable el concepto y la idea de globalización. En realidad, un eufemismo que significa el dominio mundial del capitalismo, sin obstáculos ni trabas, una vez desaparecida la Unión Soviética y los países apoyados por ella, única frontera real y límite a los desmanes del imperialismo.

Al perder el gran bastión práctico y teórico de la transformación social a escala planetaria que representaba la Unión Soviética, quedó desestructurada toda la geopolítica de la liberación creada alrededor del leninismo y del proyecto soviético. Los nuevos tiempos exigen de nosotros un gran esfuerzo intelectual para entender la naturaleza de los nuevos conflictos generados y de los que están a punto de eclosionar, huyendo de lo aparente y de la burda propaganda mediática que tanta influencia y poder de convicción tiene.

La periferia del capitalismo sigue siendo un hervidero de conflictos y de ideas nuevas y es muy probable que sea de ella de donde surja la teoría y la fuerza política que vuelva a poner en jaque al imperialismo en sus nuevas formas. Rusia, China, la India, Oriente Medio, el África negra o Iberoamérica tienen mucho que decir en este sentido. El tiempo ha ido mostrando que paulatinamente se va formando una nueva geopolítica de la resistencia al imperialismo. Quizá no sea todavía una nueva geopolítica de la liberación, pero sí lo es de la resistencia.

Nosotros, en la plácida Europa, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Toca aprender de nuevo a elaborar y a expresar la palabra que evite que la resistencia y las futuras revoluciones y/o proyectos de transformación social acaben convirtiéndose en meras insurrecciones.


Moscú/otoño de 2018
Artículo publicado en la revista El viejo Topo, número 371 de diciembre de 2018

El obrero y la koljoziana

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

La escultura el “Obrero y koljoziana”, que bien podría llamarse el obrero y la campesina, fue creada como el símbolo que debía resumir la verdadera naturaleza de la Revolución rusa de Octubre de 1917. Una revolución basada en la participación del campesinado como clase y sujeto histórico consciente, capaz de comportarse como una clase de vanguardia y capaz de protagonizar un cambio social histórico y de alcance mundial que permitiera llegar al socialismo sin pasar por el capitalismo.

La experiencia histórica del campesinado ruso en la revolución de Octubre de 1917 dio paso a una nueva época en la que el campesinado operaba como un sujeto político independiente capaza de actuar en la política nacional e internacional como un sujeto revolucionario que podía y finalmente pudo, poner en jaque al capitalismo imperialista mundial llevando las revoluciones y la lucha por la liberación de los pueblos a una nueva fase que condicionó todo el siglo XX. Las revoluciones campesinas del siglo XX iniciadas por las revoluciones rusas de 1905-1907 y de Octubre de 1917 y continuadas por las revoluciones y los movimientos de liberación nacional apoyados todos ellos por la URSS llegaron a poner en serios aprietos al capitalismo durante un largo periodo histórico.

Desgraciadamente, la desaparición de la URSS y el consiguiente debilitamiento del movimiento revolucionario internacional en todas sus variantes ha permitido al capitalismo recobrar la iniciativa.

* * *

La escultura fue pensada para ser instalada en el Pabellón soviético de la Exposición Internacional de Paris del año 1937. Fue el gran arquitecto soviético Iofán quien se encargó del diseño de dicho pabellón y de las primeras ideas sobre la escultura o grupo escultórico que debería coronarlo.

En los debates de los diferentes grupos de trabajo que se formaron para la creación del pabellón y las esculturas, pronto quedó claro que éstas últimas deberían levantar bien alto el emblema del país de los soviets, es decir el martillo y la hoz. También quedó claro, y fue Iofán quien de forma especial apoyó esta idea, que el martillo y la hoz deberían levantarlo con sus manos un chico y una chica, jóvenes representantes de un país joven que a la vez debían representar a las dos clases sociales que habían protagonizado la revolución, la clase obrera y el campesinado. Para el desarrollo de estas ideas fueron invitados cinco arquitectos soviéticos: V.A. Andreev, B.D. Koroliov, M.G. Manizer, I.D Shadr y Vera I. Mujina.

Tras conocer el proyecto, a Mujina le resultó especialmente extraña la forma y dimensiones del pabellón; 160 metros de largo por sólo 21.5 metros de ancho. Con aquellas dimensiones el interior del edificio quedaba convertido en un largo pasillo sin salas grandes para exposiciones. Pero aquellas medidas venían condicionadas por las dimensiones de la parcela de terreno que las autoridades de la Exposición de París habían adjudicado a la URSS. No había posibilidad de cambiar de parcela.

Según el diseño de Iofán el pabellón debería aprovechar su longitud para resaltar el movimiento y expresar la fuerza y el dinamismo de la joven república soviética, representada tanto por la forma del edificio como por el conjunto escultórico que lo coronaba. Además, Iofán había expresado en el proyecto la idea de que la escultura estuviese terminada en un metal brillante. Los escultores invitados a presentar sus proyectos debían someterse al proyecto de Iofán, que fue aprobado en junio de 1936 por el Consejo de Comisarios de Pueblo, y publicado en las páginas de Pravda.

La concepción de Iofán era que el grupo escultórico debería supeditarse al diseño arquitectónico, lo que provocó el primer debate entre la escultora y el arquitecto. Por su parte Mujina consideraba que no era correcto disolver la escultura en el conjunto arquitectónico, sino que el grupo escultórico debía conservar su especifidad como elemento artístico, eso sí, en perfecta armonía y síntesis con la parte arquitectónica.

Otro aspecto del proyecto que no le gustó a Mujina fue la falta de dinamismo con el que Iofán resolvía la composición escultórica. Así que se dedicó a trabajar en esa dirección, encontrando soluciones que dieron un nuevo aspecto a la composición escultórica reforzando su ligereza, fuerza y dinamismo. Separó a las figuras creando un espacio entre ellas que aligeró la composición. Incluyo un largo pañuelo que se alargaba horizontalmente hacia atrás, empujado por el viento. Colocó en horizontal el brazo izquierdo de la campesina y el derecho del obrero, casi en paralelo con el pañuelo y con el edifico-pedestal.

Además, Mujina vistió a la chica con una camisa rusa, con el pecho al descubierto, y esculpió su pelo como si una llama de fuego fuese empujada hacia atrás por el viento. En cuanto al obrero, desplazó su brazo derecho hacia afuera y abrió su mano, como si de un ala gigantesca se tratara. Lo esculpió desnudo, tomando como modelo a un joven herrero, Nikolai Vasileivich, quien ya había posado para la escultora para otras obras.

Con todas estas innovaciones, el modelo de Mujina se alejaba en su composición, aunque no en su concepto, del elaborado por Iofán, con lo que existía el riesgo de que fuese rechazado. Finalmente llegó la fecha de la presentación de los proyectos de todos los escultores. Andreev y Manizer siguieron a rajatabla la idea original de Iofán. Shadr sin embargo se alejó totalmente del proyecto inicial creando una composición en total movimiento, muy buena, pero ajena al proyecto arquitectónico. El Comisario General de la exposición se acercó a Mujina y le comentó que su proyecto estaba aprobado en un 99%, pero que… “¿hay que ponerle pantalones al obrero?”, saltó al quite Mujina. “Si mejor vístalo”, le respondió el Comisario. Y Mujina vistió al obrero con un mono de trabajo.

Finalmente tuvo lugar la inspección final de la obra de Mujina a cargo del Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, Molotov, del Comisario General de la Exposición, Mezhlauk, y del resto de los miembros que la componían. Teniendo lugar el último debate: a algunos de los miembros de la comisión estatal no les gustaba la presencia del pañuelo, pero Mujina se mantuvo en su sitio y se negó a quitarlo. Y así quedó.

Y fue entonces cuando Mujina se dio cuenta de que comenzaba lo más difícil, convertir aquel boceto escultórico en un gigantesco conjunto escultórico de metal. En la primera reunión para coordinar los plazos en los que debía entregar el modelo de la escultura a la fábrica donde había de fabricarse la estructura y el revestimiento de la escultura, Mujina acabó llorando. Le era imposible acabar el modelo de arcilla y pasarlo a escayola en un mes.

En su ayuda intervino Piotr Nikolaevich Lvov, “¿si el modelo es de un metro de altura, tendrá suficiente con un mes?”, le preguntó el profesor. Mujina dijo que sí, y el profesor Lvov se comprometió a transformar aquella escultura de un metro en un coloso 15 veces mayor. Aquello llevaba un riesgo, y es que los pequeños defectos apenas perceptibles en la escultura de un metro se verían agrandados de tal manera que podrían estropear irremediablemente la obra final. Pero el profesor Lvov dio garantías de que se podría solucionar cualquier defecto.

En realidad se trataba de un hombre de vanguardia, especialista en nuevas aleaciones y, sobre todo, en el desarrollo de nuevas técnicas de soldadura. La mayoría de los ingenieros propusieron que la escultura se realizara en una aleación de aluminio con cobre y otros metales que tan de moda se habían puesto desde principio de siglo XX y que se caracterizaban por su ligereza. Sin embargo Lvov, para empezar, propuso que la escultura se realizara en acero inoxidable cromado, en el que era un especialista, alegando que era el metal que mejor representaba a la nueva sociedad industrial. Además, argumentó que podría conseguirse una obra tan ligera como podría ser la de cualquier aleación con aluminio.

Su propuesta fue arriesgada: una estructura interna de barras de acero que serviría de sustento de una finas planchas de acero inoxidable cromado de 0.5 y de 1.00 milímetro que darían la forma final a la escultura. Para él, era la mejor solución, por su resistencia y longevidad, así como por ser la mejor solución técnica para la unión de las placas de metal mediante soldaduras, en lo que era, quizá, el mayor especialista mundial.

Nunca nadie hasta aquel momento había hecho una escultura en acero inoxidable, y sus características plásticas eran absolutamente desconocidas. Mujina, medio asustada, medio asombrada, expuso sus dudas al profesor Lvov y este le propuso salir de dudas con una prueba fundamental: hacer en el mismo acero que él proponía una reproducción de la cabeza del David de Miguel Ángel a partir de un modelo de escayola. Y los resultados fueron espectaculares. Finalmente se decidió que la escultura fuese realizada en acero inoxidable cromado.

Todo el proceso de construcción de la escultura en acero fue una gran aventura hacia lo desconocido, y nunca en la época moderna estuvieron tan unidos el arte con el desarrollo científico-técnico como en la elaboración de este conjunto escultórico. Estaba en consonancia con los tiempos soviéticos, donde la revolución socialista transformó a un inmenso país de campesinos mayoritariamente analfabetos en otro de ingenieros y especialistas rebosantes de curiosidad intelectual y ganas de desafiar a la naturaleza y a la ciencia. Ingenieros y especialista que en apenas 20 años diseñaron, crearon y gobernaron a máquinas complejas que les ayudaron a ganar la mayor guerra tecnológica que hasta aquel momento había conocido la humanidad, a salir al cosmos, a dominar las fuerzas de la naturaleza y al átomo.

Finalmente la obra fue tomando forma, siendo precisamente el momento más complicado la colocación y sostén del largo pañuelo. Mujina que tanto había apostado por mantenerlo tuvo sus dudas hasta que finalmente no lo vio del todo colocado. Fue una obra colectiva donde los obreros e ingenieros de la fábrica hicieron un sinnúmero de aportaciones que ayudaron a encontrar soluciones técnicas a los problemas que fueron apareciendo durante toda la obra. Finalmente, una noche, tras la colocación del pañuelo, sin avisar a nadie, Stalin se presentó en la fábrica. Quería ver la obra terminada. A la mañana siguiente, Iofán le dijo a Mujina que “el Gobierno estaba muy satisfecho por la obra”.

Apenas 24 horas después de la aprobación oficial, la obra, fue “cortada” en sesenta y cinco trozos, que fueron empaquetados y enviados por ferrocarril a París, atravesando toda Europa, en un convoy ferroviario de 28 vagones. Aparte, viajaron a París la propia Mujina, Lvov y un grupo de especialista encargados de montar la obra en el pabellón, lo que hicieron en once días.

La escultura tuvo un gran éxito en París y pronto se convirtió en un símbolo en todo el mundo. Semejante éxito fue una gran sorpresa para todos, especialmente para la propia Mujina. Tras la finalización de la Exposición Universal, las autoridades de París y el público parisino expresaron su intención de que la escultura se quedara para siempre a orillas de Sena. Pero las autoridades soviéticas tenían otros planes. La escultura fue desmontada y enviada de vuelta a la URSS, esta vez en barco. Fue finalmente montada y colocada en Moscú, en las proximidades de la Exposición Permanente de los Logros de la Economía Soviética, donde se encuentra en la actualidad. Fue restaurada en 1979 y en el año 2003 fue desmontada para su restauración, que se prolongó por falta de presupuesto durante seis años. Finalmente fue montada en el año 2009 sobre una reproducción del pabellón construido por Iofán para la exposición de París de 1937.

Este texto fue elaborado para la exposición de fotografía sobre el conjunto escultórico del Obrero y la Kojosiana que tuvo lugar en el Club Atalaya-Ateneo de la villa de Cieza durante el mes de octubre de 2017, con motivo de la celebración del primer centenario de la Revolución de Octubre.