Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

 Antonio Fernández Ortiz

Historiador

 

El bolchevismo, o comunismo ruso, nació y se consolidó como una fuerza social y política en el momento de ruptura de la continuidad histórica en la época de la Modernidad, en el momento de conflicto global entre el capitalismo central, es decir, las metrópolis capitalistas, y aquellos países y territorios que en mayor o menor medida formaban parte de la periferia del capitalismo.

La expresión principal de este conflicto fue la agresión de la modernidad capitalista, en sus formas económicas, políticas y culturales, contra las sociedades tradicionales de los países periféricos. Lenin definió y dio nombre a esta agresión del capitalismo central: imperialismo. Este conflicto alcanzó su momento álgido, de máxima tensión, con la Primera Guerra Mundial, con el desarrollo del fascismo en sus diferentes manifestaciones y, especialmente, con la Segunda Guerra Mundial.

El bolchevismo y el comunismo soviético exigieron de sí mismos un gran esfuerzo intelectual para conocer y comprender la naturaleza de los conflictos generados por el capitalismo imperialista en Rusia y  en el resto del mundo, en especial en los países de su periferia. Esta situación de conflicto permanente, al borde de la catástrofe, no se ajustaba del todo a la concepción del mundo resultante de la Ilustración, en lo fundamental una concepción mecanicista que entendía el mundo y la sociedad desde el mecanicismo newtoniano. Se necesitaba un salto cualitativo en la compresión de los conflictos y en la presentación de un nuevo modelo de resolución de los círculos viciados económicos, sociales y culturales generados por el agresivo imperialismo.

Este salto en el conocimiento de los conflictos sociales y económicos fue realizado precisamente por el bolchevismo y por el comunismo soviético a partir de la propia experiencia de este conflicto en Rusia, de la experiencia de las revoluciones campesinas rusas de 1905-1907, de la Revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS.

Los bolcheviques probaron y pusieron en práctica nuevas formas de actuación y acción, producto de la síntesis del racionalismo moderno de la revolución científica, de la Ilustración europea y de las nuevas representaciones y concepciones del caos, de la irreversibilidad y de la inestabilidad. Con ellas abordaron la resolución de los grandes problemas y con ellas se destacaron con respecto a sus oponentes por la efectividad de sus decisiones y acciones.

El bolchevismo surgió, en apariencia, como la respuesta de las clases populares rusas contra la explotación y la opresión. Sin embargo, desde el principio fue algo mucho más profundo y más amplio. Como la historia confirmó más adelante, el bolchevismo fue una respuesta de carácter global por lo que supuso como modelo paradigmático frente a la agresión del capitalismo central contra los países explotados de su periferia. Por este motivo, lo ocurrido en Rusia y luego en la URSS no pudo nunca quedarse en el marco de sus fronteras. Siempre, mientras existió la URSS, cualquier acto realizado en la aldea soviética más lejana tenía inmediatamente repercusión mundial.

La experiencia de la revolución y la consolidación del comunismo soviético fue desde sus comienzos no sólo la vía de escape rusa al callejón sin salida histórico al que le había conducido su incorporación como periferia al sistema capitalista mundial. Fue también un modelo de salida de esa trampa histórica para todos los demás países arrojados por el capitalismo y por sus burguesías o aristocracias nacionales, cómplices de esa explotación, a esa zona periférica de la que era imposible salir si no era rompiendo directamente con los vínculos y dependencias establecidos con las metrópolis capitalistas.

A partir de la Revolución de Octubre el campesinado se convirtió en sujeto revolucionario capaz de protagonizar una revolución transformadora en alianza con el incipiente proletariado. Con un nuevo cuerpo teórico, una nueva palabra, que evitaba que las revoluciones campesinas acabaran en meras insurrecciones o en revoluciones burguesas, en las que el pueblo trabajador acababa entregando el poder a la burguesía para que desarrollara el capitalismo, para que de esa manera apareciera una clase obrera poderosa y revolucionaria, con la lejana esperanza en el horizonte de una revolución proletaria.

* * *

Es en este punto fundamental donde se produjo la quiebra más importante de la tradición revolucionaria marxista. Por un lado, la socialdemocracia europea, incluida la rusa, que haciendo una particular interpretación del marxismo la aplicó de forma dogmática como un manual de instrucciones y entendiendo que:

  • La burguesía es una clase revolucionaria (revoluciona el mundo feudal).
  • Es necesaria la revolución burguesa por todo el mundo para acabar con lo que interpreta como feudalismo.
  • El campesinado es una clase reaccionaria.
  • Esa revolución burguesa mundial traerá la expansión de un capitalismo homogéneo en todo el mundo y con él la desaparición del campesinado como clase que se convertirá en burguesía rural y en proletariado organizado y concienciado que traerá finalmente la revolución socialista mundial.
  • Por tanto, en Rusia sólo era posible una revolución burguesa, es decir, un movimiento revolucionario ruso protagonizado por obreros y campesinos que debía entregar el poder a la burguesía para que eliminara definitivamente el mundo feudal, instaurara el capitalismo y acelerara la desaparición del campesinado y su transformación en clase obrera.
  • En esta lógica, la toma del poder por los campesinos y obreros, los bolcheviques, era una aventura contrarrevolucionaria que iba en contra del movimiento obrero organizado y desarrollado hasta ese momento. Una locura de Lenin y sus bolcheviques (el delirio de un loco, dijo Plejanov) empeñados en una revolución socialista protagonizada por campesinos y en crear un Estado de nuevo tipo basado en las tradiciones campesinas rusas de poder asambleario: los soviets.
  • Era por tanto necesario enfrentarse a aquellos contrarrevolucionarios bolcheviques para devolver el poder a la burguesía y así seguir el “camino correcto” supuestamente marcado por el marxismo. En aquel éxtasis de pureza marxista, la socialdemocracia rusa no dudó en levantarse en armas contra los bolcheviques y la joven república soviética y en organizar una guerra civil para derrotar a los bolcheviques, en alianza con la burguesía y la vieja aristocracia en lo que se llamó el movimiento blanco. Lo importante, según sus tesis y como ya se ha dicho, era entregar el poder a la burguesía rusa para que ésta desarrollara como “era debido” el capitalismo en Rusia y con él un proletariado revolucionario que haría una revolución “verdadera”. Ese era el grito desesperado del gran Plejanov que no sólo no entendió a su alumno Lenin, sino que llegó a considerarlo como un traidor al marxismo y a la revolución proletaria.

En aquella obsesión dogmática por la “revolución correcta”, según la interpretación que la socialdemocracia hacía del marxismo, los socialdemócratas alemanes no dudaron en llevar a la práctica con éxito lo que los socialdemócratas rusos no pudieron conseguir con el bolchevismo: acabar de raíz con la revolución espartaquista para que la burguesía alemana continuara desarrollando el capitalismo.

En la misma tradición socialdemócrata pueden incluirse a algunas de las “familias” que inicialmente se unieron al bolchevismo de forma coyuntural o táctica. En otras palabras, sin aceptar el papel de sujeto revolucionario del campesinado y el carácter campesino de la revolución rusa, entendieron que lo importante era tomar el poder aprovechando la coyuntura revolucionaria y luego, descomponiendo y desplazando al campesinado, convertir a la revolución rusa en una genuina revolución proletaria y al poder soviético en un auténtico poder proletario.

Cuando Bujarin, por poner un ejemplo, se empeñaba en convencer a los campesinos de que se enriquecieran, con su famosa consigna de “campesinos enriqueceos”, en realidad intentaba socavar en sus fundamentos a la revolución rusa de octubre. El enriquecimiento de los campesinos al que se refería Bujarin llevaba necesariamente a la diferenciación social y a la quiebra de la unidad de clase del campesinado. Siguiendo dicho supuesto, la pretensión de Bujarin y sus seguidores era que los campesinos debían convertirse en una burguesía rural minoritaria (que posteriormente sería eliminada como clase), y en una inmensa mayoría de obreros que darían inmediatamente un carácter proletario a la revolución.

Trotsky también renegó del carácter campesino de la revolución e interpretó la alianza de obreros y campesinos como una cuestión táctica y coyuntural para tomar el poder. Según la lógica trotskista, debido a la falta de capacidad revolucionaria del campesinado, una vez tomado el poder político en la URSS había que desmantelarlo como clase, introduciendo en el campo y la aldea contradicciones económicas y políticas que forzaran su disolución. En esta fase, una vez tomado el poder político, mientras la clase obrera se consolidaba como tal, sería necesario el apoyo de la clase obrera de los países industrializados en forma de revolución proletaria en dichos países, lo que acabaría llamándose la revolución permanente. En realidad fue un amago de continuación de las ideas que Marx expuso en su debate con la revolucionaria populista rusa Vera Zachulich, cuando llegó a asumir la posibilidad de una revolución en una Rusia campesina, pero condicionando su viabilidad a la revolución proletaria simultánea en los países industrializados de Europa.

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Por otro lado, del marxismo, del anarquismo bakunista, del populismo ruso, del cosmismo ruso y del “comunismo campesino arcaico” (en palabras de Weber), apareció el bolchevismo o leninismo y con él:

  • La teoría del campesinado como clase revolucionaria.
  • La teoría y la praxis de la revolución protagonizada por la unión de la clase obrera y del campesinado.
  • La posibilidad de la construcción del socialismo sin pasar por la revolución burguesa y por el capitalismo, alejándose del capitalismo.
  • La teoría de la estructura “centro/periferia” en el capitalismo, es decir el imperialismo.
  • La teoría de las revoluciones y las luchas de liberación nacional sin esperar al desarrollo del capitalismo en todo el mundo.
  • La teoría y la praxis de la construcción del socialismo en uno o más países sin esperar a la revolución mundial.

De forma paralela a la evolución de la socialdemocracia en Europa y otros países del centro capitalista, el leninismo se convirtió en otro vector de la revolución socialista y en otro vector de construcción social en la periferia del capitalismo, debilitando de esta manera al capitalismo metropolitano al privarle de la dominación y explotación imperialista de sus colonias y territorios dominados.

En la idea de la liberación nacional como movimiento revolucionario liberador de la periferia capitalista (la llamada descolonización del Tercer Mundo), tuvo un papel fundamental el ejemplo dado por la Unión Soviética durante la invasión alemana de 1941 y la guerra hasta 1945 (la Gran Guerra Patriótica), una verdadera guerra de liberación nacional frente al intento del capitalismo alemán y europeo de convertir a la URSS y parte de Asia en una gran colonia continental, en su particular periferia.

Los movimientos de liberación nacional que ya habían empezado a desarrollarse durante los años 20 y 30 del pasado siglo en Asia, bajo la fuerte influencia de la Unión Soviética, alcanzaron su máxima expresión tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejemplo soviético se extendió por grandes áreas de la periferia del capitalismo.

En Asia, vastos territorios que habían estado bajo el control y la dominación de los europeos durante largos siglos, como la India, China, Indonesia o Vietnam, consiguieron su independencia política e iniciaron el proceso para la construcción de una economía nacional independiente, con un importante núcleo industrial y con el control de los recursos naturales nacionales.

El ejemplo fue seguido por Irán y por los países árabes (Irak, Siria, Egipto, Libia, Argelia, etc.) que, inspirados por el socialismo baazista y panarabista, llevaron a cabo sus propias revoluciones e iniciaron la construcción de sus Estados nacionales independientes, laicos y progresistas, y que intentaron desde el primer momento tomar el control de sus recursos energéticos más importantes, hasta entonces en manos de las potencias imperialistas.

Paralelamente, en el África subsahariana se desarrolló un importante movimiento por la liberación nacional y por la independencia, liderado en la mayoría de los casos por las diferentes versiones del socialismo africano que estuvieron presentes en todo el continente. Líderes y pensadores como Julius Nyerere, Kwane Nkrumah, Modibo Feita, Patricio Lumumba, Sekoku Toure, Tom Mboya, Amílcar Cabral, Nelson Mandela, Samora Machel, Antonio Agostinho Neto o Thomas Sankara intentaron llevar a la práctica diferentes proyectos de socialismo en Tanzania, Ghana, Guinea Conakry, Mali, Congo (ex belga), Kenya, Cabo Verde, Angola, Guinea-Bissau, Mozambique, Namibia, Zimbabwe, Sudáfrica, Etiopía o Burkina Faso.

En la América que va desde Río Grande hasta la Patagonia (en palabras de José Martí) el movimiento de liberación empezó pronto como un movimiento contra la independencia de España, pero que quedó en gran medida truncado por la rápida  incorporación de las jóvenes repúblicas americanas a la periferia del capitalismo. En el cambio de siglo y durante la primera mitad del XX se produjo un despertar del antiimperialismo en los escritos de José Martí, Manuel Ugarte, Augusto César Sandino, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre o Carlos Mariátegui, por poner sólo algunos ejemplos significativos. Aquellas reflexiones estuvieron detrás de los partidos y organizaciones que encabezaron la lucha política y militar contra el imperialismo y que fueron parte esencial en las diferentes tentativas de construcción socialista en la América martiniana (o bolivariana) desde Cuba a Chile, pasando por Nicaragua, Venezuela o Bolivia.

Todos aquellos proyectos de liberación nacional y/o de construcción del socialismo estuvieron inspirados en mayor o menor medida en el modelo de la revolución de Octubre y de forma directa o a través de terceros países fueron siempre apoyados por la Unión Soviética. Es decir, el eco teórico y práctico de la revolución de Octubre, lo que viene en llamarse leninismo, puso patas arriba en apenas unos años todo el orden del capitalismo imperialista.

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La respuesta no se hizo esperar. El peligro que, como modelo primordial, representaba la revolución “de los otros” para el capitalismo y su estructura centro-periferia, fue rápidamente entendido por las potencias europeas y por los EE.UU. Y una de las primeras medidas fue la intervención directa en la guerra civil rusa de 1918-1921. Luego vino el boicot internacional a la URSS, la conspiración en los asuntos internos y los proyectos de agresión por parte de Francia y Gran Bretaña, incluso en las semanas previas a la invasión alemana de la URSS.

Por otro lado, durante la década de los años treinta, las potencias capitalistas pusieron en Alemania sus esperanzas de destrucción de la Unión Soviética. Incluso estaban dispuestas a aceptar que una parte de la URSS pasara a formar parte de un imperio colonial continental alemán.

Sin embargo, la agudización del conflicto que mantenían las propias potencias imperialistas entre sí y que había estallado en la forma de Gran Guerra en 1914 por el reparto de las colonias y los territorios de influencia llevó de nuevo al enfrentamiento armado entre ellas cuando el capitalismo alemán, en forma política de fascismo, exigió que se le volviera a tener en cuenta en el concierto económico mundial. El rebrote del conflicto bélico, latente durante dos décadas, llevó a Francia, Gran Bretaña y los EE.UU. a una ágil y rápida redefinición del enemigo prioritario que les forzó a una alianza coyuntural con la URSS con el objetivo de “poner en su sitio” al capitalismo alemán.

Con la misma agilidad que cinco años antes, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, los aliados coyunturales volvieron a considerar como enemigo prioritario a la URSS y su modelo de revolución y construcción social. La escalada de violencia fue rápida e intensa. Si bien nunca se atrevieron a un ataque militar directo a la URSS, convertida ésta en una superpotencia económica y militar, sí que se dedicaron a intentar detener el proceso de expansión de la revolución y de los movimientos de liberación.

Sirvan como ejemplo las guerras e intervenciones directas en China, Corea, Vietnam, Argelia, Angola, Mozambique, Irak, Libia o Siria; golpes de Estado como el de Irán o Indonesia, conjuras e intrigas militares y/o económicas encaminadas a derrocar gobiernos y a asesinar a sus líderes como en el Congo con Patricio Lumumba, Amílcar Cabral en Guinea Conakry, Sandino en Nicaragua, Salvador Allende en Chile o Thomas Sankara en Burkina Faso.

Mientras existió la URSS, estos intentos de liberación y de construcción nacional, a pesar de las guerras, de los diferentes embargos económicos y de las conjuras militares, llegaron a buen puerto o pudieron mantenerse en un delicado equilibrio. La ayuda soviética fue decisiva, múltiple y diversa: militar, científica, económica, cultural, diplomática, etc. Tan importantes eran los fusiles de asalto soviéticos como su acción diplomática en la ONU, su mediación en los conflictos o sus apoyos a través de las organizaciones internacionales para el desarrollo de la salud, la cultura, la educación, la agricultura o la industria.

Al ser derrotada la URSS, los proyectos de construcción nacional e independencia económica de los países de la periferia capitalista sufrieron una gran presión económica y militar que les hizo colapsar. A mayor resistencia, más costos en vidas y en destrucción. Irak, Libia o Siria son los ejemplos más recientes. Derrotado el socialismo, derrotados los proyectos de construcción nacional, llegó el tiempo de la barbarie.

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La socialdemocracia hizo su gran opción histórica en vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando, rompiendo con la tradición internacionalista y universalista del marxismo, decidió en cada país europeo que debía apoyar a sus burguesías nacionales en la guerra imperialista, quizá por seguir la lógica absurda de que había que permitir que el capitalismo se desarrollara hasta extenderse por todo el mundo y finalmente entrara en una gran crisis, producto de sus propias contradicciones.

Pero aquella lógica socialdemócrata no llevó a buen puerto. Sus renuncias le llevaron a ir dejando en el camino no solo principios teóricos fundamentales, sino que llevaron a la clase obrera de los países desarrollados, en un proceso continuado de pérdida de conciencia de clase, a convertirse en “colaboradora” del capitalismo imperialista. Con la renuncia final al marxismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia se consolidó como reformismo y como teoría de la participación de la clase obrera en la gestión del capitalismo y en la construcción de un Estado del bienestar que al tiempo que garantizaba unos derechos sociales inimaginables en otros lugares del mundo, hacía partícipe a  una parte considerable de la clase obrera de las metrópolis capitalistas no sólo de los frutos de la explotación imperialista de la periferia del capitalismo, sino que la convertía en agente directo de esa explotación.

El llamado eurocomunismo, o lo que es lo mismo, la desesperada huida de los partidos comunistas de Europa occidental hacia la socialdemocracia, renunciando a los principios que dieron lugar a su nacimiento como partidos comunistas, supuso otra vuelta de tuerca en la misma dirección. El eurocomunismo significó:

  • La renuncia al leninismo y con ello la renuncia a la teoría de la revolución y de la construcción del socialismo en los países de la periferia del capitalismo.
  • La asunción de la estructura de dominación centro-periferia del capitalismo en aras de una incorporación plena en la gestión política del Estado del bienestar.
  • La desmovilización de la clase obrera y la pérdida de conciencia de clase y, sobre todo, de la conciencia internacionalista y anti-imperialista.
  • La renuncia a la Unión Soviética y su condena, asumiendo el lenguaje del enemigo y las posiciones antisoviéticas más burdas, entre ellas el concepto de “imperialismo soviético”, con lo que se catalogaba y asimilaba la ayuda soviética a la liberación de los países y territorios oprimidos y explotados por el capitalismo, con la propia política de dominación del imperialismo capitalista.
  • La ceguera y la incapacidad para entender los procesos históricos globales. Así, por ejemplo, mientras se alababa la lucha del pueblo vietnamita contra el imperialismo francés primero y estadounidense después, siempre revestida de un romanticismo superfluo, se condenaba a la URSS sin entender que era la ciencia y la técnica socialista soviética la que ganaba la guerra en Vietnam. Que eran los misiles, los aviones y los pilotos soviéticos los que plantaban cara a la aviación y la flota de los EE.UU., hasta el extremo de que sin su presencia el pueblo vietnamita, a pesar de su valentía y sacrificio, no hubiese podido derrotar y expulsar al imperialismo norteamericano de Vietnam.

La socialdemocracia y el eurocomunismo no entendieron la estrategia de acoso y derribo del capitalismo hacia la Unión Soviética y confundieron las intrigas y conjuras que, por poner otro ejemplo significativo, estuvieron detrás de la “primavera de Praga” para agredir y socavar el prestigio internacional de la URSS y la cohesión en el campo socialista. No se entendió que aquella “primavera” fue la puesta de largo de un modelo de intervención en los asuntos internos de los países que ha acabado convirtiéndose en una tradición en la conjura y la conspiración contra la soberanía nacional y que ha evolucionado a todo tipo de “primaveras” “terciopelos” y “revoluciones de colores” en todos los continentes del planeta.

Toda aquella mascarada de un “socialismo de rostro humano” se quedó en una “arrancada de caballo loco” o en una vulgar tomadura de pelo. Unos años después, los mismos protagonistas de la primavera de Praga ni se acordaron de aquel socialismo de rostro humano que tanto habían proclamado y corrieron rápido a ponerse bajo el cobijo del capitalismo europeo olvidando de buen grado cualquier principio socialista.

Este proceso también se reprodujo en la propia URSS, y explica en parte su derrota. En la URSS, durante décadas, tuvo gran uso el concepto “cosmopolita”, con el que se catalogaba y clasificaba a grupos, personas y actitudes que rechazaban precisamente el componente campesino de la revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS. Este componente cosmopolita podría ser clasificado con más detalle como socialdemócrata, trotskista, eurocentrista u occidentalista, en otras palabras, aquellos marxistas y no marxistas rusos que entendían, junto con sus colegas  socialdemócratas europeos, que tanto el proyecto como el sistema soviético eran “incorrectos” y que por tanto había que transformarlo, devolverlo al “seno de la civilización universal” o al seno de la “casa común europea” que tanto repetía Gorbachov y sus seguidores durante su catastrófica perestroika.

La toma del poder en la URSS por esa tendencia “cosmopolita” en los años ochenta del pasado siglo, en el proceso conocido como perestroika, acabó en un cataclismo universal precisamente porque trató de reconducir el sistema soviético al ámbito del mundo occidental dominado por el capitalismo imperialista. En ese ámbito la URSS ya no era viable, su tejido productivo y sus estructuras sociales y económicas eran incompatibles con el capitalismo. Su vector de evolución ya era otro. Y en esa explosión de incompatibilidades la URSS acabó descomponiéndose y siendo derrotada.

La derrota de la URSS y su retirada de Europa oriental, y del resto del planeta, llevó a una reorganización del capitalismo, que entre otras cosas se tradujo en una reducción considerable de los derechos de los trabajadores y de las clases populares en los propios países del centro capitalista. El ejemplo que representaba la URSS ya había desaparecido y el miedo que el capitalismo le tenía, desapareció también.

Además, la desaparición de la URSS dejó desamparados a los partidos comunistas allá donde todavía existían. En el caso de Europa el proceso fue especialmente trágico ya que la mayoría acabaron desapareciendo o cambiando de nombre y de políticas. De nada les sirvió el abandono del leninismo, el eurocomunismo o los cánticos por un socialismo de rostro humano. La catástrofe estaba servida y para mucho tiempo.

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El proceso de participación en la gestión del capitalismo y en el disfrute de los beneficios del imperialismo, junto con los cambios del tejido productivo y la desaparición de las grandes empresas, llevó directamente a la descomposición de la conciencia de clase y en definitiva a la descomposición de la clase obrera.

Un factor determinante en la formación de la conciencia de clase resultó ser la síntesis del modelo antropológico campesino y tradicional, con su particular concepción de la solidaridad y de la justicia social, y del nuevo modelo antropológico proletario urbano. Los trabajadores y campesinos que vivieron en dicha síntesis fueron los que forjaron la conciencia de clase más resistente y combativa.

El modelo urbano del capitalismo, que implica la destrucción del vínculo campesino y que desarrolla e impone el modelo antropológico individualista y atomizado, ha acabado, con el paso de los años, debilitando o destruyendo esa síntesis antropológica tan particular, lo que ha contribuido sobremanera a la destrucción de la conciencia de clase de los trabajadores de los países de la metrópolis capitalista.

Se da la paradoja de que la clase obrera, pura y sin mezcla campesina, la que un día fue la gran esperanza socialdemócrata de la revolución proletaria en los países del centro capitalista, ha dejado de existir como tal, como clase con conciencia de serlo, con capacidad de organización para plantar cara a la ofensiva neoliberal.

Sin conciencia de clase los trabajadores descendieron y continúan descendiendo en su nivel y capacidad de representación abstracta. Ya no se ven ni se reconocen como expresión de toda la Humanidad, ahora se ven y se expresan como parte de entidades menores, de grupos de afinidad y proximidad. El universalismo humanista se ha transformado en una concepción gregaria de la diversidad. Ahora los trabajadores se expresan como parte de grupos que se excluyen unos a otros y se enfrentan en la defensa de sus intereses particulares y/o grupales, la mayoría de las veces por la consecución de determinados derechos civiles descontextualizados, de tal manera que esas luchas en su conjunto pierden la referencia de la emancipación de toda la Humanidad con respecto a la dominación del capitalismo imperialista.

Este fraccionamiento se produce a varios niveles y a veces llega a expresarse en forma de fraccionamiento territorial, cuando una parte de los trabajadores entienden que sus intereses entran en contradicción con los trabajadores de otros territorios y son utilizados como instrumentos de la política de la burguesía.

La pérdida de derechos de los trabajadores, de su capacidad adquisitiva como consecuencia del desmantelamiento del Estado del bienestar, ha llevado a que una parte de los trabajadores, ya sin conciencia de clase, vean como enemigos a los trabajadores de otros territorios y apoyen proyectos de separación territorial en la creencia de que, de esa manera, verán recuperados sus privilegios. De ahí el apoyo de importantes grupos de trabajadores a proyectos de ruptura y fraccionamiento nacional en el norte de Italia o en Cataluña. En definitiva estos trabajadores han acabado asumiendo y aceptando el discurso de la diversidad y el lenguaje de su enemigo de clase, es decir, de la burguesía, y renunciado a la cultura de la solidaridad.

En la misma línea están los trabajadores que no tienen una posición de clase internacionalista y se manifiestan en contra de la presencia de inmigrantes en sus países. Están en contra de la inmigración porque la perciben como una agresión a sus intereses particulares, a sus puestos de trabajo, a sus salarios o a su acceso a la Seguridad Social. Pero sin embargo no se expresan contra las políticas depredadoras del capitalismo imperialista, que continúan explotando y degradando la vida y la condición humana en África. No solo eso, sino que haciendo propio el discurso de sus capitalismos, asumen y apoyan la destrucción de los proyectos de construcción de Estados nacionales independientes en África, como es el caso de Libia y de Siria.

A lo anterior hay que añadir un elemento básico: la falta de organización. Los trabajadores no son clase, no se expresan como clase, si no tienen organización política. Hasta ahora la organización giraba en torno a los partidos políticos de clase y a los sindicatos de clase. El deterioro de éstos, o su desaparición, ha contribuido a la acentuación del proceso de destrucción de la conciencia de clase. También la derrota de la URSS, entendida como la macro-organización de los trabajadores de todo el mundo, influyó sobremanera en la crisis de la conciencia de clase.

Un ejemplo que ilustra esta falta de organización es la búsqueda ansiada de la misma, que se materializa en la proliferación de multitud de organizaciones políticas que viene a sustituir a otras en apenas unos meses de vida. La mayoría de ellas tiene un objetivo coyuntural: ganar unas elecciones o buscar un trasvase de votos que impida el triunfo electoral de un enemigo considerado peor. Es una vana huida hacia adelante. El cambio de nombre y la proliferación de organizaciones a la búsqueda de una ideal no resuelve el problema estructural.

En la reproducción de la clase trabajadora es fundamental la actividad constructiva desempeñada por ella en su conjunto y por una parte significativa de la misma que elabora, desarrolla y actualiza su matriz cognitiva. Esta vanguardia es la expresión de la clase y sintetiza sus modelos de conducta, su ética, su moral, su lenguaje, etc. Si este grupo es destruido o se autodestruye, la clase en general pierde la capacidad de expresarse y de reproducirse.

La falta de organización va de la mano con la falta de esa vanguardia, que es sustituida por un liderazgo mediático de políticos que se sitúan en fronteras de difícil definición, o como está de moda decir ahora, políticos transversales, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido y que en su afán de servir para todo y todos adoptan posiciones camaleónicas de forma permanente.

En este vacío organizativo se producen los movimientos pendulares y las oscilaciones de los trabajadores a posiciones contrarias a sus intereses de clase, un fenómeno que no es nuevo en Europa. El traslado del voto y de los apoyos de los trabajadores a los partidos de la derecha son la concreción en la coyuntura actual de:

  • La pérdida de la conciencia de clase y la desaparición de la clase trabajadora en cuanto a clase para sí.
  • La pérdida, o el brusco deterioro, de la capacidad de organización de la clase trabajadora.
  • La pérdida de la palabra, o lo que es lo mismo, la incapacidad para teorizar y expresar en el propio lenguaje de las organizaciones de clase la identificación de los conflictos, su diagnóstico y las propuestas de acción y solución. Y, por supuesto, la trampa de la asunción del discurso del enemigo.
  • El desmantelamiento del Estado de bienestar.
  • La pérdida de la condición privilegiada de los trabajadores o “aristocracia proletaria” de las metrópolis capitalistas, en el contexto global de la estructura centro-periferia del capitalismo imperialista.
  • El renacimiento del racismo, siempre presente en la cultura europea, como consecuencia de la pérdida de la conciencia de clase, expresado en el odio o repulsa a los trabajadores de otros territorios o regiones o hacia los trabajadores emigrantes.

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La pérdida de conciencia de clase de los trabajadores permitió la aparición del fascismo en la primera mitad del siglo XX. El fascismo italiano clásico y el nacional-socialismo alemán no pueden ser entendidos sin ese componente obrero desclasado que es captado por un proyecto gregario para la construcción de un “socialismo” nacional a expensas de la explotación de la periferia capitalista. Alemania e Italia plantearon directamente el asunto en estos términos y la inmensa mayoría de los trabajadores, derrotados por una terrible crisis económica, sin conciencia de clase por la derrota política de sus organizaciones de clase y amedrentados por el pistolerismo de los paramilitares fascistas, acabaron poniendo su libertad a los pies del capitalismo imperialista y tomaron la espada para luchar por la conquista del “espacio vital”, que en castellano puro y duro significa colonia continental en los amplios espacios de Eurasia y de África.

Pero no fueron sólo los trabajadores alemanes e italianos. Prácticamente todos los trabajadores de Europa, sin conciencia de clase y con sus organizaciones de clase desestructuradas o derrotadas, aceptaron de buen grado, o por la fuerza, la participación en aquel gran proyecto de conquista de la felicidad a costa de la dominación de inmensos territorios y del exterminio de sus habitantes. Y esto no es una novedad en la cultura del capitalismo y de la sociedad burguesa, más bien todo lo contrario, es una constante desde la formación de este mundo burgués en Europa occidental.

Hay dos elementos que son claves en la expansión de las potencias europeas, del colonialismo, de la implantación y desarrollo del capitalismo: las guerras imperialistas y el racismo.

Con las guerras imperialistas las potencias capitalistas se expandieron a sangre y fuego por todo el mundo aprovechando el gran salto científico y tecnológico que supuso la Revolución Industrial. Las nuevas máquinas y el nuevo armamento permitieron someter a inmensos territorios y a exterminar a millones de personas sin el mínimo escrúpulo. Fueron guerras cruentas en las que nunca importó o se tuvo en cuenta la condición humana de los habitantes de los territorios conquistados.

El racismo forma parte esencial de la cultura del capitalismo y del imperialismo. Nació en el seno del capitalismo, en sus albores, para justificar ideológicamente la conquista, la dominación y la explotación. El nativo, el indígena, fue convertido en un ser inferior, en no-humano, y por tanto su explotación, dominio y exterminio no importaba y apenas provocaba conflictos éticos o morales. En el Congo belga, en el África del Sudoeste, en Sudáfrica, en la India, en la actual Indonesia, en Australia, en los Estados Unidos de Norteamérica, o en la isla de Tasmania, por poner sólo algunos ejemplos, al capitalismo imperialista no le importó nunca el exterminio de las poblaciones nativas y se comportó de la misma manera violenta y despótica que más tarde aplicó en la propia Europa.

Los europeos vinieron a darse cuenta de ese lado inconfesable del capitalismo cuando sufrieron en su propio territorio los disparates de las políticas de exterminio humano. Sin embargo puede decirse que han aprendido poco de su propia historia. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha desplegado una campaña continua de manipulación de la información y de la conciencia colectiva que ha hecho recaer la responsabilidad de aquellas políticas de muerte y exterminio sobre los hombros de unos cuantos políticos a los que se trata de locos o de iluminados, tratando de ocultar que la causa principal del racismo fue y es el capitalismo, y no los supuestos complejos y frustraciones de Hitler porque sólo llegó al empleo de cabo en el ejército alemán o porque no lo admitieron en la Academia  de Bellas Artes de Viena.

Cuando los obreros europeos se convertían en emigrantes y en colonos en la periferia del capitalismo, se convertían inmediatamente en racistas violentos, sacando a la superficie sus instintos más bajos. Los obreros ingleses, franceses, alemanes o belgas, se convertían en asesinos en cuanto llegaban a África, donde cortaban extremidades y cabezas a los nativos africanos que se resistían a recoger el caucho o a realizar otros trabajos. Con ese mismo afán, desclasados y seducidos por el proyecto nacional-socialista, los obreros alemanes, belgas, húngaros o austriacos, por ejemplo, asesinaron sin escrúpulos a millones de personas en la Unión Soviética y en otras partes de Europa.

Aquellas actitudes asesinas en Europa o en África no eran producto del miedo, la obediencia debida o la jerarquía militar. Obedecían a otra cuestión más terrible todavía. La inmensa mayoría de aquellas personas actuaban de forma bestial porque tenían plenamente asumido que aquellos a los que mataban, mutilaban o violaban eran seres infrahumanos. Esa es la esencia del racismo incubado en Europa durante largos siglos de expansión y dominio imperialista por todo el mundo. Esa era la actitud de los oficiales, soldados y colonos ingleses, franceses, alemanes u holandeses en sus colonias y en las guerras imperialistas por todo el mundo.

Por otro lado es importante entender la importancia de la conciencia de clase como antídoto contra el racismo. El universalismo marxista y el internacionalismo leninista (bolchevique), en la medida que han ido de la mano durante el siglo XX, han resultado ser los instrumentos fundamentales para neutralizar y luchar contra el racismo. Marx, al teorizar sobre la organización del proletariado y el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, vino a decir que la clase obrera era el agente de la Historia que representaba los intereses de toda la Humanidad.

Lenin supuso un importante avance en la universalización del concepto de clase obrera, a partir de él, más bien clase trabajadora, al incorporar al campesinado ruso y sus ideas del “hacer común” al universalismo marxista. A partir del leninismo y de la Unión Soviética, la clase trabajadora, sujeto revolucionario con conciencia de clase, capaz de derrotar al imperialismo capitalista, construir el socialismo y representar los intereses de toda la Humanidad, son los campesinos y obreros de todo el mundo, en especial los de la periferia del capitalismo, que hasta entonces habían estado “fuera de la civilización universal”.

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Se escribe ahora en la prensa que en Europa se vive el renacimiento de un nacionalismo y de un neofascismo porque algunos Estados o partidos políticos han propuesto la puesta en práctica de políticas que refuerzan el papel de sus economías nacionales en su propio territorio o intentan poner límites a la llegada de los emigrantes.

Quienes escriben estas cosas parecen olvidar que el capitalismo es nacionalista e imperialista al mismo tiempo y vive en esa dialéctica de forma permanente, acentuando en uno u otro aspecto sus políticas, dependiendo de sus intereses y necesidades en cada coyuntura. Tomemos como ejemplo lo que se entiende como máxima expresión histórica del nacionalismo europeo: la Italia fascista y el Reich alemán (da igual el segundo que el tercero). Las políticas nacionalistas en sus propios territorios iban parejas y de la mano de sus políticas imperialistas. El fascismo en Italia, como expresión política de capitalismo imperialista italiano, necesitó de una política de creación, dominio y explotación de una periferia que le llevó a invadir Abisinia, Eritrea, Libia, Albania, Grecia y la Unión Soviética.

Lo mismo ocurrió con Alemania durante el Segundo o el Tercer Reich. Sus políticas nacionalistas en su propio territorio iban de la mano de la expansión imperialista en los países árabes y en África negra primero (por ejemplo, uno de los grandes proyectos del II Reich fue la creación de una línea de ferrocarril Berlín-Bagdad, una arteria de suministro de hidrocarburos directamente al centro de la metrópoli), y luego, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, ya en los años treinta, de un gran imperio colonial en los espacios de Eurasia. En definitiva, esos grandes proyectos nacionales lo fueron siempre a costa de una periferia imperialista.

El espejismo del Estado del bienestar fue posible por la existencia de la Unión Soviética y el miedo del capitalismo a la expansión del socialismo en sus metrópolis europeas. También fue posible por la combatividad de los trabajadores, su alto grado de organización y por su elevada conciencia de clase.

Gracias a las luchas obreras y a los tanques soviéticos acantonados en la República Democrática Alemana, los Estados europeos pudieron ser penetrados por los trabajadores y convertidos, en parte, en expresión de los intereses de la clase trabajadora. Desaparecida la Unión Soviética y adocenados los trabajadores europeos en su privilegiada posición que les llevó a creerse el mito de la “clase media” y a considerarse parte del sistema, sin conciencia de clase y sin organización política, el capitalismo pasó al contraataque recuperando su posición de dominio y control de los Estados europeos,  simplificándolos, en el sentido de “limpiarlos” del componente trabajador, e intentando desmantelar, y consiguiéndolo en gran medida, la mayor parte de los logros del Estado del bienestar.

En este contexto global se enmarca la contraofensiva neoliberal en Europa, donde, con el mito de la Unión Europea y del euro, se ha creado en territorio europeo una periferia intermedia, “blanda”, controlada y al servicio de los países que conforman el núcleo duro del capitalismo en nuestro continente.

Pero esa ofensiva del neoliberalismo no se limitó, como ya hemos visto, a Europa, sino que, sin el contrapoder que suponía el sistema soviético, pasó al contraataque en todo el mundo, agrediendo y desmantelando los Estados que han supuesto límites, trabas o impedimento a la nueva expansión imperialista, llamada globalización.

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Las políticas de las organizaciones de la izquierda deben tener en cuenta precisamente esa dialéctica entre Estado nacional e internacionalismo para saber hacer frente, sin caer en la confusión, a las políticas del neoliberalismo. Por un lado es importante defender el Estado y los proyectos de construcción nacional en la medida que son un obstáculo para las políticas imperialistas, incluso en la periferia intermedia de Europa. Sobre todo, si estos Estados están penetrados por la clase trabajadora y son utilizados como instrumentos para la redistribución de la riqueza, el reforzamiento de la cultura de la solidaridad y la defensa de los intereses de los trabajadores.

Esta defensa del Estado nacional ha de ir complementada por una clara posición internacionalista y anti-imperialista. Los enemigos de los trabajadores en Europa no son los trabajadores de otros territorios nacionales ni los trabajadores emigrantes. De nada sirven las políticas de protección de los intereses de los trabajadores de un determinado lugar si estas políticas, si estos logros están “financiados” con la miseria de las poblaciones de África. De nada servirá que los trabajadores apoyen las políticas anti-emigrantes de sus políticos locales, si sus sistemas económicos llevan a cabo políticas económicas que esquilman inmensos territorios en África. La miseria generará nuevas oleadas de emigrantes que acabarán llegando a las costas europeas antes o después.

Es imprescindible volver a desarrollar la cultura universalista e internacionalista para que la clase trabajadora vuelva a expresarse como agente de la Historia y a representar los intereses de toda la Humanidad, o lo que es lo mismo y expresándolo de forma reduccionista: atendiendo siempre al frente interno y al internacionalista, teniendo en su conciencia de clase el mundo entero y los intereses de los trabajadores de todo el mundo.

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Hubo un momento en el que fue asumido como inevitable el concepto y la idea de globalización. En realidad, un eufemismo que significa el dominio mundial del capitalismo, sin obstáculos ni trabas, una vez desaparecida la Unión Soviética y los países apoyados por ella, única frontera real y límite a los desmanes del imperialismo.

Al perder el gran bastión práctico y teórico de la transformación social a escala planetaria que representaba la Unión Soviética, quedó desestructurada toda la geopolítica de la liberación creada alrededor del leninismo y del proyecto soviético. Los nuevos tiempos exigen de nosotros un gran esfuerzo intelectual para entender la naturaleza de los nuevos conflictos generados y de los que están a punto de eclosionar, huyendo de lo aparente y de la burda propaganda mediática que tanta influencia y poder de convicción tiene.

La periferia del capitalismo sigue siendo un hervidero de conflictos y de ideas nuevas y es muy probable que sea de ella de donde surja la teoría y la fuerza política que vuelva a poner en jaque al imperialismo en sus nuevas formas. Rusia, China, la India, Oriente Medio, el África negra o Iberoamérica tienen mucho que decir en este sentido. El tiempo ha ido mostrando que paulatinamente se va formando una nueva geopolítica de la resistencia al imperialismo. Quizá no sea todavía una nueva geopolítica de la liberación, pero sí lo es de la resistencia.

Nosotros, en la plácida Europa, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Toca aprender de nuevo a elaborar y a expresar la palabra que evite que la resistencia y las futuras revoluciones y/o proyectos de transformación social acaben convirtiéndose en meras insurrecciones.


Moscú/otoño de 2018
Artículo publicado en la revista El viejo Topo, número 371 de diciembre de 2018