Paracuellos y la mano de Moscú

La historia y el sentido común (Paracuellos y la mano de Moscú)

  

Antonio Fernández Ortiz

Historiador 

1.- Don Santiago y el agente de Moscú.

Con motivo de la muerte de Santiago Carrillo, aparecieron en la prensa española diversos artículos en los que se hacía referencia a la vinculación de  Santiago Carrillo con los sucesos de Paracuellos del Jarama que se saldaron con el fusilamiento de una gran cantidad de personas, presos procedentes de diferentes cárceles de la ciudad de Madrid. Las cifras, que varios autores  sitúan alrededor de las 2.000 personas, oscilan hasta llegar a las 8.500 dependiendo de la orientación ideológica de los autores y medios de comunicación.

En lo que todo el mundo está de acuerdo es que dichos sucesos tuvieron lugar y que fueron ajusticiadas de forma indiscriminada un gran número de personas. Si con las cifras de muertos hay diferencias importantes, cuando se habla de los responsables las diferencias se convierten en acusaciones y falta poco para llegar a las manos.

Para el franquismo y la literatura afín, Paracuellos del Jarama se convirtió en la gran arma arrojadiza contra la República y en la coartada, no sólo del Alzamiento, sino de toda la política de represión y terror que tuvo lugar durante y después de la guerra civil. Además, Paracuellos fue utilizado, y lo sigue siendo al día de hoy, para desacreditar a políticos y personajes históricos vinculados de una u otra manera con la República y en especial con la izquierda comunista.

Para los antifranquistas, Paracuellos pesaba y sigue pesando como un lastre que no permite salir del todo a la superficie. Si la violencia sistemática fue un instrumento de la derecha española en aquel conflicto, ¿cómo se explica lo de Paracuellos? ¿Cómo pudo ser que aquella República tan idealizada, aquel proyecto de futuro en libertad, protagonizara un acto violento tan difícil de explicar (no digamos ya de justificar)?

Y es entonces donde aparece, para tranquilidad de todos, la terrible mano de Moscú. Y todo queda explicado y solucionado en un instante. Aquí paz y después gloria. Y para muestra un botón. En el diario El País, edición digital de 21-09-2012, aparece publicado un artículo en el que sus cuatro autores (Ángel Viñas, Fernando Hernández, José Luis Ledesma y Paul Preston) realizan unas “Puntualizaciones sobre Paracuellos”. Veamos algunas cuestiones de forma y fondo que se plantean en dicho artículo.

La iniciativa o “chispazo que condujo a Paracuellos provino de uno de los agentes de la NKVD llegado a Madrid mes y medio antes”. Sorprende de principio la utilización del concepto de agente del NKVD. Decir eso y decir nada es lo mismo porque nada nos aclara. NKVD son las siglas de Narodnii Komissariat Vnutrennij Del, es decir, Comisariado Popular de Asuntos Internos, un equivalente a Ministerio del Interior. En el contexto de la Unión Soviética de aquellos años, un ministerio amplio y numeroso, con infinidad de departamentos, y escenario en aquellos tiempos de terribles luchas en su seno entre diferentes grupos y familias políticas enfrentadas unas a otras.

¿A qué departamento pertenecía aquel agente? ¿A la Dirección General de Seguridad del Estado, a la Sección con Poderes Especiales, a la Dirección General del Registro Civil o a la Milicia Obrera y Campesina? Supongamos que trabajaba en la Dirección General de Seguridad del Estado, pero, ¿en qué sección? ¿En la de Contraespionaje, en la Operativa, en la de Extranjero (espionaje en el exterior), en la Político-secreta?

Sorprende también la afirmación de que “La liquidación masiva de enemigos había sido una práctica habitual en la guerra civil rusa … la NKVD no dudó en recomendar la misma “profilaxis”. Los españoles, ingenuos de nosotros, no sabíamos, hasta aquel momento, lo que era la liquidación masiva de enemigos. Tuvo que venir un agente comunista a explicárnoslo. Por cierto, al otro bando, al de Franco, ¿quién le explicó lo de la liquidación masiva? ¿Otro agente de Moscú?

Por la historia hemos pasado siempre de puntillas sin mancharnos las manos. Gracias a ese comportamiento ejemplar sometimos a medio mundo bajo un imperio en el que no se ponía el sol. Claro que hay algunas voces que a lo largo de nuestra historia nos han recordado que no hemos pasado precisamente de puntillas. Por ejemplo, Bartolomé de las Casas y sus seguidores. Tampoco reaccionan muy bien en los Países Bajos cuando se nombra al Duque de Alba. Podemos hablar de tiempos más cercanos, como por ejemplo las Guerras Carlistas a lo largo todo el siglo XIX o la pacificación de Asturias llevada a cabo por el General Francisco Franco en 1934.

Leyendo a estos autores da la impresión de que la eliminación masiva de enemigos la inventaron los comunistas bolcheviques en su revolución, y que semejante práctica no tiene nada que ver con otros pueblos de la historia civilizada. Vamos, como si no tuviéramos otros maestros de los que tomar ejemplo. Napoleón, revolucionario ilustrado, fue un santo y sólo se le fue la mano un poco en Madrid. Claro, que el maestro Goya, que estuvo al quite, aprovechó para sacarle, de una vez y para siempre, los colores al emperador Bonaparte. En la I Guerra Mundial, alemanes, británicos, franceses y austro-húngaros tampoco emplearon técnicas masivas de liquidación de enemigos. No, era la gente la que se empeñaba en morirse de susto en las trincheras.

Justo después de decir que la liquidación masiva de enemigos había sido una práctica habitual y que el NKVD no dudó en recomendar la misma profilaxis, se pone como ejemplo claro de “liquidación masiva” que “a finales de octubre de 1936 el embajador soviético ya sugirió recuperar a los presos dispuestos a servir a la República. Como se había hecho con los oficiales zaristas para que se unieran a los bolcheviques”. ¿Es ésta acaso una práctica de liquidación masiva? Más bien todo lo contrario. Es una actitud conciliadora. Actitud que, por cierto, a los bolcheviques exterminadores les dio gran resultado. Más de la mitad de los oficiales del antiguo ejército imperial se unieron a los bolcheviques. Unos por afinidad ideológica, pero la mayoría porque vieron en ellos a la única fuerza capaz de restablecer el Estado.

No se entiende lo de que “el agregado militar, coronel/general Goriev, informó crípticamente a Moscú de la labor desarrollada por la NKVD durante el asedio de Madrid en un despacho del 5 de abril de 1937 y mencionó un nombre, el de Alexander Orlov”. Críptico significa oscuro y enigmático. No parece muy probable que un mando militar con el rango de coronel/general (en realidad General-coronel) enviara un informe oscuro y enigmático a Moscú. Todo lo contrario, el informe debería ser claro y concreto. En todo caso enviaría un informe secreto, reservado, codificado, lo cual, por cierto, es la forma habitual de enviar este tipo de informes y no parece que sea un invento de los comunistas de Moscú.

Curiosamente, resulta que en un borrador de dicho documento que hay en el archivo histórico del PCE falta precisamente la referencia al NKVD. Pero más curioso resulta constatar el rigor con el que se trabaja: “Se nos ha dicho que cuando un investigador ruso quiso consultar el despacho en los archivos moscovitas el legajo había sido declarado inaccesible. Otra casualidad”. ¿Quién lo ha dicho? ¿La tía Manolita? ¿La tendera de la esquina? Por favor, un poco de rigor. ¿Qué investigador ruso? ¿En qué archivo? ¿En qué fondo está catalogado el enigmático documento? Además, se plantea la dificultad del acceso a los documentos como una particularidad de los archivos rusos. En todos los archivos del mundo, incluidos, por supuesto, los españoles, hay materiales a los que los investigadores no tienen acceso. Hay que esperar a que venzan los plazos establecidos para hacerlos públicos.

Luego entonces, si en el borrador falta la referencia al NKVD, y no se puede consultar el original del documento por ser “inaccesible”… ¿cómo sabemos que ese enigmático documento habla precisamente de la actividad de este ministerio? ¿Y si se refería al Servicio de Información Militar del Ejército Rojo, o al Ministerio de Asuntos Exteriores, o al MOPR (Organización Internacional de Ayuda a los Luchadores por la Revolución), o a la red de contraespionaje de la III Internacional? Insisto, este aspecto es de fundamental importancia.

Por cierto, el agregado militar soviético en Madrid entre septiembre de 1936 y octubre de 1937 fue Vladimir Efimovich Gorev, un hombre con una biografía intensa que le había llevado a luchar en la guerra civil en Rusia, a combatir en China como asesor militar soviético y a ser agente soviético clandestino en los EE.UU., antes de acabar en la España republicana como agregado militar. Conviene indicar que en aquellos años no existían en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos los rangos de coronel o general, abolidos durante la revolución, sino los de comandante de brigada, comandante de división, comandante de cuerpo de ejército o comandante de ejército. Sólo a partir de 1940, estos rangos fueron reintroducidos de nuevo. Gorev fue ascendido en 1937 a comandante de división, komdiv en el argot militar soviético de la época. En octubre de dicho año volvió a la URSS donde publicó artículos en el periódico Krasnaia Zvezda (Estrella Roja) y en revistas militares hasta que fue detenido en enero de 1938. Juzgado, fue condenado Por el Tribunal Militar Superior de la URSS a la pena de muerte por su participación en una organización terrorista contrarrevolucionaria y fusilado en junio del mismo año.

 

2.- Alexander Orlov.

Continuemos. El general/coronel (komdiv) Goriev menciona en su informe el nombre de Alexander Orlov como el del agente del NKVD autor del “chispazo” causante de la matanza. ¿Quién era Orlov? En realidad su nombre no era Alexander Mijailovich Orlov. Tampoco era el de Lev Lazarevich Nikolskii, ni el de Igor Konstantinovich Berg, algunos de los varios nombres que utilizó a lo largo de su vida. Su verdadero nombre era el de Leiba Lazarevich Feldbin, y no era ruso, era judío de la región de Minsk (actual Bielorrusia), de los muchos que utilizaban nombres y apellidos rusos para ocultar su verdadera identidad.

Orlov (Feldbin), participó en una de las redes encargadas de vender en el extranjero obras de arte y joyas pertenecientes a la Iglesia rusa. Con aquel dinero se financiaba la Rusia bolchevique de los primeros años revolucionarios y sirvió, entre otras cosas, para la financiación de la incipiente red de contraespionaje soviética en todo el mundo. Por cierto, una parte de aquel dinero y de las joyas y obras de arte se quedó en el camino y sirvió luego para financiar a los grupos que lucharon contra la línea política que representaba Stalin.

Feldbin (Orlov), estrechamente vinculado con varias de las “familias” políticas de aquellos años, participó desde muy pronto en las luchas intestinas que protagonizaron estas familias. Se destacó por la fabricación y falsificación de pruebas que sirvieron para eliminar a contrincantes políticos. Tuvo diversos destinos en el exterior: Francia, EE.UU., Alemania, Checoslovaquia, Austria, Suiza y, finalmente España, donde llegó en septiembre de 1936. Durante su estancia en España participó de forma activa en la organización de los servicios de contraespionaje de la República y en la organización de la lucha guerrillera en las zonas bajo control de Franco. Tuvo un papel relevante en la organización de la operación para el traslado de las reservas de oro de la República española a la URSS. Más tarde participó en la organización del secuestro y muerte de Andreu Nin.

En julio de 1938, Feldbin (Orlov) recibió la orden de regresar a Moscú. Independientemente de los casos en los que Moscú ya había constatado su deslealtad, el Servicio de Inteligencia Militar soviético en España había comunicado a Moscú de las sospechosas actividades en las que Feldbin había participado. Informado de que en la URSS no le esperaba precisamente un recibimiento caluroso, Feldbin desapareció misteriosamente, eso sí llevándose 60.000 dólares USA de la caja de su “oficina”, y sólo apareció más tarde en los EE.UU., donde había llegado a través de Canadá.

La mayoría de la documentación relacionada con su huida sigue inaccesible para su consulta en los archivos (otro ejemplo del secretismo ruso-comunista) y por lo tanto, al día de hoy, no se puede valorar en toda su dimensión el daño que supuso para la red soviética de contraespionaje su actividad desleal. Sí es de dominio público que ayudó a desmantelar la red de informadores y agentes introducida alrededor de Trotski, y que informó a éste del detalle de los planes para su liquidación. Luego, lo que ya es más conocido, participó en las campañas de propaganda de la CIA durante la guerra fría, con la publicación de libros sobre los “crímenes del estalinismo”.

¿De quién recibía instrucciones Feldbin? ¿De los soviéticos, de los franceses, de los alemanes, de los británicos o de los norteamericanos? Parece más probable que de todos al mismo tiempo. Vamos a suponer que recibía instrucciones solamente de la URSS ¿Quién era entonces su jefe inmediato? ¿De quien dependía políticamente? ¿Cuál era la vertical de poder de la que dependía Feldbin? ¿Recibía las órdenes directamente del Narkom (ministro) de Asuntos Internos o acaso las recibía del propio Stalin? Después de conocer esta pequeña semblanza biográfica del personaje Feldbin, es difícil asegurar que era un “agente” de Stalin.

 

3.- Asesores soviéticos.

Es necesario hacer una pequeña incursión por la historia soviética para entender por qué son tan importantes estos detalles. Junto con Feldbin, otros asesores soviéticos estuvieron en la España republicana durante los años de la guerra. Algunos de ellos muy conocidos, otros, no tanto. Veamos algunos ejemplos.

Mijail Efimovich Koltsov es de los más conocidos. Su verdadero apellido era Fridliand, judío, originario de la ciudad de Kiev. Fue redactor jefe de las revistas Ogoniok y Krokodil. Miembro de la redacción colegiada del diario Pravda y corresponsal de este periódico en el extranjero (de 1922 a 1938), fue un “nómada de la revolución”. También fue uno de los directores de la Sección Extranjera de la Unión de Escritores de la URSS y delegado en el Congreso Internacional en Defensa de la Cultura en París en 1935 y en Valencia en 1937.

Llegó a España en 1936 como corresponsal de Pravda. Sus artículos fueron publicados regularmente en Moscú, donde en 1938 fue editada una recopilación de estos artículos bajo el título de Diario español. En junio de 1938, ya en Moscú, fue elegido diputado del Soviet Supremo de la RSFSR. En la noche del 12 al 13 de diciembre de 1938 fue detenido en la redacción del periódico Pravda. Fue juzgado, y el 1 de febrero de 1940 fue condenado a muerte. Para autores como Ian Gibson, Koltsov tuvo una relación directa con los fusilamientos de Paracuellos y es considerado como el agente personal de Stalin en España. Sin embargo, más allá de la peregrina idea de que Stalin le mando matar (a él y a otros de los que pasaron por España) para eliminar testigos incómodos, estos autores no aciertan a explicar que pasó realmente para que Koltsov fuese juzgado y fusilado en 1938.

Otro importante asesor soviético en España fue Iosif Grigulevich, cuyo verdadero nombre era Iuozas Griguliavichus, judío karaim originario de la ciudad de Vilnius, capital de la actual Lituania. Desde muy joven comenzó a trabajar en el extranjero a través del MOPR. La mayor parte de su carrera la desarrolló en Iberoamérica. De hecho llegó a la España republicana procedente de Argentina. Al llegar a Madrid adoptó el nombre de José Ocampo. Trabajó con Naum Belkin, con Feldbin, Naum Eitingon, Koltsov, Eremburg, etc. (todos ellos también de origen judío).

Trabajó en la lucha contra las bandas de ladrones en Madrid y en la persecución de los grupos que se dedicaban a realizar “paseos”. Participó en el desmantelamiento de más de 200 de las llamadas checas de Madrid, muchas de las cuales “pedían” dinero a los detenidos con el que se “autofinanciaban”. Estuvo en Barcelona en los sucesos de mayo de 1937, participó en los combates en la ciudad y más tarde escribió sobre estos sucesos reconociendo la dureza de los combates. Participó en la detención de anarquistas en Barcelona y en la detención de dirigentes del POUM, entre ellos Andreu Nin, al que trasladaron a Madrid.

Junto con Siqueiros fue uno de los organizadores y participantes en el atentado fallido a Trotski de mayo de 1940. Trabajó después en Argentina, Chile, Uruguay, Brasil e Italia. Finalmente, alcanzó la cima de su carrera como agente secreto cuando, con el nombre de Teodoro Castro, fue nombrado embajador de Costa Rica ante el Vaticano. Ya de vuelta en la URSS, en 1957, defendió su tesis doctoral: “El Vaticano. Religión, finanzas y política”. Desarrolló una intensa vida académica publicando una gran cantidad de trabajos científicos. Fue miembro del Instituto de Etnografía de la Academia de Ciencias de la URSS y uno de los fundadores del emblemático Instituto de América Latina, también de la Academia de Ciencias de la URSS.

German Gansovich Yagan, también judío, en esta ocasión de Estonia. Coronel y asesor militar en la España republicana entre 1936 7 1938. De vuelta a Moscú fue fusilado el 8 de julio de 1938.

Semión Moiseevich Krivoshein, también judío. Durante su estancia en España dirigió varias unidades de tanques. Lucho contra los japoneses en el lago Khasan en 1938 y contra los finlandeses en 1939-1940. Más tarde, luchó durante toda la Guerra Patriótica, destacándose en la toma de Berlín. Héroe de la Unión Soviética. Profesor en la Academia Militar Frunze de Moscú. Murió en 1978.

Grigorii Shtern. Judío. Militar. En 1937 y 1938 fue asesor militar en España. Participó en la batalla de Jaljin-Gol y en la guerra fino.soviética de 1939-1940. Héroe de la Unión Soviética. El 7 de junio de 1941 fue detenido, juzgado y condenado a muerte, siendo fusilado el 28 de octubre del mismo año.

¿Qué tenían en común estas personas? Unos eran agentes de diferentes servicios de contraespionaje soviético y otros eran militares. Unos acabaron fusilados al poco tiempo de pasar por España. Otros no, y tuvieron larga vida y éxito profesional.

En ellos hay un nexo de unión, el hecho de que todos eran judíos, que nos puede ser de utilidad para entender las particularidades de la presencia de “la mano de Moscú” en la guerra civil española. Vayamos por partes.

 

4.- Origen étnico-nacional y clientelismo político.

El 10 de julio de 1934 el Comité Central Ejecutivo de la URSS creó el Comisariado Popular de Asuntos Internos de la URSS. Genrij Yagoda, fue nombrado Narkom (ministro) de Asuntos Internos (su verdadero nombre era el de Enoj Gershenovich Yegoda). En noviembre de 1935 en los servicios de Seguridad Nacional del NKVD fue establecido un sistema de grados y empleos similar al militar, aunque con diferente nomenclatura. La máxima graduación era la de Comisario de Seguridad Nacional (equivalente a general), que podía ser de primera, segunda y tercera categoría. Treinta y siete personas recibieron el grado de Comisario de Seguridad Nacional.

Si analizamos la composición de este importante contingente de altos cargos del NKVD, no desde su afiliación política, sino desde su pertenencia étnico-nacional, observamos que de ellos, veinte son judíos, nueve eslavos (rusos, ucranianos, bielorrusos, sin incluir a polacos), cuatro letones, dos polacos y dos georgianos. Llama la atención el elevado porcentaje de judíos, el 54%, frente al 24% de eslavos, cuando el porcentaje total de población judía en la URSS no llegaba en aquellos años al 2%. Esta composición étnico-nacional del “generalato” era extensible al resto del Comisariado, aunque en la propia dirección del NKVD la proporción estaba más equilibrada, alrededor del 40% para cada uno de los dos grupos mayoritarios  (eslavos y judíos) (Naumov, L.A. “Borba v rukovodstve NKVD 1936-1938”. Moskva Yuza – 2009). Veamos.

Hay una amplia bibliografía en la que se estudia las transformaciones que tuvieron lugar en la numerosa comunidad judía existente en el Imperio Ruso y en la URSS desde el último tercio del siglo XIX hasta el inicio de la II Guerra Mundial. En una parte importante de esta bibliografía se destaca el sobresaliente papel jugado por los judíos en la revolución rusa, sobre todo por los más jóvenes, los cuales, procedentes de las aldeas situadas en los territorios en los que históricamente dentro del Imperio Ruso se había permitido el establecimiento de judíos, se incorporaron con gran energía al movimiento revolucionario ruso a partir del último tercio del siglo XIX.

Desde finales del siglo XIX la presencia y protagonismo de las jóvenes generaciones de judíos no hizo más que aumentar con el tiempo, incorporándose a las organizaciones y partidos revolucionarios ya existentes o a otros de nueva creación. Muchos se incorporaron a los dos partidos revolucionarios más importantes, al Partido de los Socialistas Revolucionarios (ESER) y al Partido Socialdemócrata (RSDRP), en este último caso su presencia se repartía casi por igual entre la fracción menchevique y la bolchevique. Otros se incorporaron a organizaciones políticas específicamente  judías como el BUND (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia), el Partido Socialdemócrata Obrero Judío “Poalei Tsion”, el Partido Comunista Judío “Poalei Tsion” o el Partido Obrero Sionista Socialista, por poner sólo unos ejemplos de la multitud de organizaciones políticas netamente judías.

Aunque en los momentos iniciales de la Revolución de Octubre la mayoría de estas organizaciones, como en el caso del BUND, fueron contrarias a los bolcheviques, más tarde, después de pasar por escisiones y unificaciones varias, sus militantes acabaron incorporándose mayoritariamente al Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique), que llegó a contar con una importantísima sección judía conocida como Evsektsia (ev = hebreo + sektsia = sección).

El historiador israelí Arkadii Zeltser (nacido en la URSS en el año 1961), en su interesante trabajo “Evrei sovetskoi provintsii: Vitebks i mestechki 1917-1941” (Moskva, ROSSPEN, 2006), dice lo siguiente:

“La Revolución de febrero, al igualar en derechos a todos los ciudadanos del país, creó las bases para la promoción social de los judíos. Los bolcheviques no sólo heredaron este principio de igualdad de todos los ciudadanos independientemente de su procedencia étnica … sino que prestaron especial atención a la promoción social de todas las minorías étnicas. Las posibilidades abiertas fueron aprovechadas por muchos judíos, tanto por aquellos que se dirigieron desde las provincias a las capitales, como por aquellos que se quedaron en sus lugares tradicionales de asentamiento.”

“La emigración de los judíos aumentó de modo excepcional en los años soviéticos, cuando un potente torrente de emigrantes procedente de la periferia se precipitó en las capitales y en los centros industriales.”

“Las aldeas fueron abandonadas por el sector social más móvil: la juventud, tanto por los hombres como por las mujeres. … En el rápido ascenso social de los judíos influyó su mayor tasa de alfabetización … su actitud de respeto hacia la formación.”

“En resumen, los jóvenes judíos, de forma relativamente fácil, pasaban a nuevas esferas de actividad. En la medida que la sociedad creaba nuevos criterios que definían que actividades eran más prestigiosas, se transformaban las representaciones de los judíos sobre las ocupaciones y trabajos “ideales”. Una parte de los judíos se incorporaron a los organismos soviéticos y del partido, otros, en los años de la industrialización, estudiaron para ingenieros, otros llegaron a ser oficiales del Ejército o del OGPU-NKVD”.

Un rasgo determinante de estos jóvenes revolucionarios fue su entrega generosa a la causa que abrazaban, incorporando al movimiento revolucionario unas altas dosis de mesianismo y apasionamiento que se manifestaba, entre otras cosas, en el empeño que ponían en cumplir las misiones que les eran encomendadas. Como ya hemos visto en el texto citado anteriormente, a partir de 1917 se produjo una masiva concentración de aquellos jóvenes judíos en el Partido, en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos y en las diferentes instituciones y órganos de seguridad del Estado. Con el paso del tiempo, ya en los años 20 y 30 del siglo XX, fueron ascendiendo en la cadena de mando y atrayendo y promocionando a nuevos jóvenes, generalmente también judíos. Eso explica, en gran medida, la alta concentración de judíos en el NKVD en la segunda mitad de los años 30. Pero lo más importante, esta forma de captación y promoción estaba sustentada sobre fuertes relaciones de dependencia y clientelismo personal y por estrechas afinidades ideológico-políticas.

Los militantes más veteranos procedían de alguna de las múltiples organizaciones políticas de las que antes hemos citado algunos ejemplos, y se trajeron con ellos sus viejas lealtades y, como no, sus viejas rivalidades. Estos veteranos militantes actuaron como aglutinantes de tendencias políticas y personales y agruparon alrededor de ellos a los más jóvenes, al tiempo que les hacían partícipes de sus fobias y filias. De tal manera que fueron creándose y consolidándose diferentes grupos y clanes familiares que con el paso del tiempo y sobre la base de rivalidades políticas o personales llegaron a un grado tal de enfrentamiento que generó una lucha sin cuartel entre aquellas “familias”.

Veamos algunas de ellas. El grupo de Yagoda, vinculado con la familia de Yakov Sverdlov, con figuras como Prokofiev, Pauker, Ostrovskki o Volovich, muy poderoso e influyente. El grupo de Frinovskii y Evdokimov, también muy influyente y que actuó como martillo de herejes contra el grupo de Yagoda, aliándose finalmente con el grupo de Ezhov. El grupo de Lev Belskii y de los hermanos Boris y Matvei Berman. El grupo de Zakovskii, jefe del NKVD en la región de Leningrado. El grupo de Beria, donde predominaban personas procedentes del sur del Cáucaso. El grupo de Ezhov, con figuras como Litvin, Shapiro o Tsesarskii, etc. Es importante tener en cuenta que estos grupos eran la expresión, en el ámbito del NKVD, de algunas de las facciones políticas y militares que se disputaban el poder en la URSS por aquel entonces.

La autoridad y el recuerdo de estos grupos se mantuvo durante bastante tiempo después de su desarticulación. Y en ámbitos muy diferentes. En los centros de reclusión y en los campos de trabajo, entre los condenados antiguos miembros del NKVD, la identificación de la antigua pertenencia a uno u otro clan generaba respeto (o animadversión, dependiendo del interlocutor). Gleb Ivanovich Bokii, Comisario de Seguridad Nacional y una de las personas con más poder dentro del NKVD (jefe durante largos años de la Sección Especial), fue detenido en mayo de 1937 durante la sustitución en las diferentes estructuras del NKVD de las personas vinculadas al anterior Narkom, Yagoda.

Revolucionario de los primeros años, Bokii era de aquellos que consideraban que el Estado les pertenecía por derecho de conquista. Cuando Ezhov le pidió el traspaso de documentos y asuntos pendientes, Bokii se negó a hacerlo. Ezhov, para reforzar su autoridad ante él, le dijo que cumplía órdenes de Stalin, a lo que Bokii le respondió: “¿quien es ese Stalin? … a mi me nombró para este cargo el mismo Lenin…” A aquellas alturas, el nombramiento de Lenin le sirvió de poco a Bokii. Fue detenido, juzgado, condenado a muerte y finalmente fusilado en noviembre de 1937. El caso es que después de muerto, Bokii seguía ganando algunas pequeñas batallas. Lev Razgon, agente en uno de los departamentos del NKVD, cuenta en sus memorias la actitud de respeto y sumisión que mostró hacia él uno de sus compañeros de reclusión, también antiguo agente del NKVD, cuando Razgon le confesó que Bokii había sido su suegro.

 

5.- Las guerras internas.

Quien piense de forma maniquea que en la URSS de aquellos años había dos bandos, los trotskistas y los estalinistas, se equivoca. Y se equivoca por partida doble el que considere que unos eran los “buenos” y los otros los “malos”. Lo mismo que se equivoca el que piense que Stalin tenía el monopolio del empleo de la violencia a través de las estructuras del Estado.

Para que no se produzcan malos entendidos, conviene aclarar que la referencia a la procedencia étnico-nacional nos interesa desde un punto de vista sociológico y para entender el proceso de formación de poderosos grupos clandestinos de presión en las estructuras del Estado vinculados por estrechas relaciones de dependencia y clientelismo personal. En un país plurinacional como la URSS, con más de 160 etnias, esta forma de agrupamiento en torno a la procedencia étnico-nacional estuvo siempre muy presente (y al final fue una de las claves de la derrota final de la URSS) y desde luego no sólo los judíos fueron los únicos actores en esta forma de hacer política a través de clanes y familias. En el caso que nos ocupa, y al ser tan mayoritaria e importante su presencia en el NKVD, nos sirven de ejemplo paradigmático en el estudio de una práctica muy extendida que ha pasado desapercibida para una gran mayoría de estudiosos de la historia soviética empeñados en ver las lineas de fractura y conflicto social sólo en el enfrentamiento ideológico-político.

Evidentemente, los grupos contrincantes fueron muchos y poderosos, y todos aprovecharon las parcelas de poder que tenían en las estructuras del Estado para emplear la violencia en la lucha contra sus enemigos. Y otra cosa, las causas de las luchas no siempre eran tan honorables como la defensa de un modelo de socialismo. Aspectos tan terrenales y prosaicos como el dinero y el poder eran, en la mayoría de los casos, el trasfondo último de aquellos conflictos.

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Genrij Yagoda fue cesado como Narkom (ministro) de Asuntos Internos en septiembre de 1936. Fue arrestado más tarde, el 5 de abril de 1937. Juzgado y condenado a muerte, fue fusilado el 15 de marzo de 1938. El 26 de septiembre de 1936 Nikolai Ivanovich Ezhov, ruso, fue nombrado Narkom de Asuntos Internos. Nada más tomar posesión de su cargo Ezhov, apoyado por otros grupos (como el de Frinovskii y Evdokimov), inició una limpieza de su ministerio e inmediatamente comenzó a sustituir a todos aquellos altos cargos del Comisariado de Asuntos Internos vinculados a Yagoda, el anterior Narkom, por personas de su entorno más cercano. Un ejemplo ilustrativo. Los cuatro primeros nombramientos de altos cargos que realizó Ezhov fueron: Mijail Iosifovich Litvin, Isaac Ilich Shapiro, Vladimir Efimovich Tsesarskii y Semion Borisovich Zhukovskii. A los cambios en la cúpula siguió una cascada de cambios y sustituciones por todo el NKVD. En multitud de casos los cambios y sustituciones estaban fundamentados por actitudes de revancha, y los ceses implicaron la eliminación física del contrincante.

Apenas dos años más tarde, el 25 de noviembre de 1938, Ezhov fue cesado, más tarde detenido, juzgado y condenado a muerte. Fue ejecutado el 4 de febrero de 1940. Le sustituyó Lavrenti Beria, georgiano. Beria inició inmediatamente otra limpieza de cuadros del NKVD, y muchos fueron fusilados, pero en una proporción infinitamente menor. A partir de aquel momento la cantidad de judíos en las diferentes estructuras del NKVD descendió radicalmente. Naumov, a modo de ejemplo ilustrativo, dice que en el año 1940, en la dirección del NKVD el porcentaje de eslavos había ascendido al 80%, mientras que el de judíos había descendido al 4%. Otros, como polacos, letones o alemanes, habían dejado de estar presentes. No obstante, conviene tener en cuenta lo que dice Arkadii Zeltser, en su obra ya citada:

“Los judíos se vieron afectados por las represiones en calidad de “socialmente extraños”, como “desertores”, como “clericales”, o “nacionalistas”, y también como resultado del cambio generacional de cuadros directivos en los ámbitos de la administración estatal y del partido, en el marco del Gran terror de 1936-1938.

A finales de los años 30, una gran cantidad de personas pertenecientes a otros grupos étnicos recibieron educación en los centros superiores de enseñanza soviéticos y se convirtieron en una competencia sería para los judíos. … Contribuyendo … a la reducción de la participación judía en la administración, a la reducción de su porcentaje en el partido, etc. Sin embargo, ésta no fue una política dirigida al desplazamiento de los judíos de los cargos importantes por ellos ocupados. Indicios de antisemitismo estatal… en este periodo, no hubo. Por todas partes, … los judíos, hasta la misma guerra, ocuparon una posición suficientemente fuerte en los ámbitos de la dirección de la administración estatal y de la dirección de partido”.

Stanislav Frantsevich Redens, polaco, era uno de los Comisarios de Seguridad del Estado de Primera Categoría de la lista de la que hablábamos antes. También era cuñado de Stalin. Su último cargo fue el de Comisario Popular de Asuntos Internos de Kazajstán. Allí tuvo como Vicecomisario a Mijail Pavlovich Shreider (su verdadero nombre Izrail Mendelevich Shreider, detenido en 1938, juzgado y condenado a 10 años), quien tiempo más tarde recogió en sus memorias una conversación con su jefe Redens: “Según palabras de Redens, después de tomar unas copas en la dacha, Ezhov se sinceró con sus subordinados presentes en la reunión. ¿De qué tenéis miedo? Todo el poder está en vuestras manos. Ejecutamos a quienes queremos y a quienes queremos perdonamos. Vosotros sois jefes regionales y sin embargo les tenéis miedo a los secretarios regionales del Partido, a quienes no conoce nadie. Tenéis que saber trabajar. Vosotros comprendéis que somos los más importantes. Es necesario que todos, comenzando por los secretarios regionales del Partido, se encuentren por debajo de nosotros. Tenemos que ser las personas con más autoridad en las regiones”. En estas palabras podemos apreciar otra de las claves para entender los conflictos y la violencia de aquellos años. Stanislav Redens, cuñado de Stalin, fue fusilado ocho días después que el Narkom Ezhov. Como resumen, podemos decir que en el año 1941, de aquellos treinta y siete Comisarios de Seguridad del Estado, sólo quedaban vivos dos. El resto se había matado entre ellos en aquella guerra oscura. Durante un relativo largo periodo de tiempo quedaron neutralizados los clanes políticos.

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La guerra civil española coincidió en el tiempo con el momento álgido de aquella guerra no declarada. Con la llegada de los asesores militares y de los agentes de los diferentes servicios de inteligencia soviéticos, la España republicana se convirtió en parte del teatro de operaciones en el que se desenvolvió aquella lucha. Se trajeron su guerra a otra guerra, lo que dio un carácter más dramático a sus luchas intestinas ya que en algunas ocasiones sus acciones tenían consecuencias negativas para la causa republicana. Decir que Feldbin (Orlov), Fridliand (Koltsov) o cualquier otro, era agente del NKVD o agente de Stalin, no nos aclara nada. Muchos de aquellos agentes pertenecían a facciones y grupos enemigos de Stalin y participaron en las conjuras político-militares descubiertas en aquellos años en la URSS. Es evidente que no obedecían a un único mando. Una parte de sus iniciativas o de sus acciones obedecían a las órdenes de sus jefes jerárquicos, en otras seguían las directrices de los jefes de los clanes o de las familias políticas a las que pertenecían y estaban destinadas a mermar o socavar la influencia y el poder de los otros grupos, o a eliminarlos directamente. Muchos de aquellos asesores y agentes murieron en España. Otros, una vez aclaradas sus responsabilidades, fueron encarcelados o fusilados al volver a la URSS. Otros huyeron. Otros continuaron haciendo su trabajo y tuvieron éxito profesional y larga vida.

¿Fue Stalin el único responsable de aquella guerra oculta, o fue una parte más en el conflicto? La historiografía occidental sobre la URSS, saturada de su componente antisoviético y rusófobo mete todas las víctimas de aquella terrible tragedia en una gran chistera de mago de circo y saca al público un fantasma: el del estalinismo. Y con eso lo explica todo.

 

6.- Las sacas.

Volvamos a España, Paracuellos y los comunistas españoles. “La recomendación de la NKVD la puso en marcha Pedro Fernández Checa, Secretario de Organización del PCE.” Está afirmación tampoco nos dice nada. ¿De dónde sabemos que la recomendación fue del NKVD? ¿Del enigmático documento? Suponiendo que la recomendación fuese de Feldbin (Orlov), no hay nada que nos garantice que dicha recomendación obedeció a una directriz u orden de Stalin. Pudo ser una iniciativa del propio Feldbin, o de su jefe inmediato en algún lugar de Europa, EE.UU. o la URSS. ¿A qué familia política pertenecía Feldbin, o su jefe, el que le dio la orden?

Pero bueno, supongamos que de pronto Fernández Checa pone en marcha la idea. Por lo tanto, el responsable ya no es el supuesto agente de Moscú, sino el político español. El agente de Moscú, en calidad de consejero o asesor, sugiere, propone, aconseja o asesora. Para eso le han llamado. Es el cargo político español el que toma la decisión de asumir el consejo o la sugerencia. Por tanto él es el responsable.

Aprovechando su posición de Secretario de Organización del PCE, Fernández Checa convoca a “militantes comunistas y anarco-sindicalistas quienes se encargaron de los aspectos operativos … todos colaboraron en la liquidación de la presunta quinta columna”. Vamos a suponer que eso fue así, ¿por qué ninguna autoridad impidió que durante un mes se fusilara de manera indiscriminada a un número tan elevado de personas? Sobre todo, teniendo en cuenta que se les sacaban de instituciones penitenciarias cuya custodia era prerrogativa del Estado, mediante listas nominales previamente elaboradas por quienes conocían muy bien a las futuras víctimas. ¿Dónde estaban las autoridades de la República? ¿Se habían volatilizado?

De todos es sabido que el Gobierno de la República se había marchado de Madrid huyendo de Franco. Desde los días iniciales del Alzamiento de Franco y los suyos, los presidentes de Gobierno de la República y sus ministros no supieron o no quisieron hacer nada. El Estado se convirtió en un caos. El que no dimitió, hizo dejación de sus funciones hasta ver qué pasaba… Cuando parecía que el Gobierno presidido por Largo Caballero iba a tomar las riendas de la situación, se produjo el abandono de Madrid y el traslado del Gobierno de la República a Valencia.

¿Quién se hizo cargo del poder republicano en la capital de España? La Junta de Defensa de Madrid, creada por el Gobierno de la República (momentos antes de su huida), presidida por el general Miaja y con participación de todas las organizaciones del Frente Popular. Luego entonces, la representación del Estado y del Gobierno republicano en la capital fue la Junta de Defensa de Madrid.

Continuemos. “Las primeras “sacas” se examinaron en una de las periódicas reuniones de la Junta de Defensa de Madrid. Ninguno de sus componentes pudo alegar desconocimiento sobre lo ocurrido. Dado que la presidía el general Miaja, sería difícil de exonerarle de responsabilidad. También a los demás componentes. Uno de ellos, el Consejero de Orden Público, Santiago Carrillo”. ¿Qué significa “se examinaron en una de las periódicas reuniones”? ¿Alguien leyó un informe, o una noticia en un periódico, o comentaron un chisme que les había contado la portera del edificio? Decir eso es decir, nuevamente, nada. ¿Qué examinaron? ¿La propuesta de Fernández Checa? ¿la de Santiago Carrillo? ¿la del general Miaja? ¿Cuál era el contenido de aquella o aquellas propuestas? ¿Cuál de ellas les pareció bien? ¿cuál aprobaron? ¿cuál rechazaron? o ¿se encogieron de hombros todos al unísono? Podemos entender que “se estudió la propuesta de Don Fulano de Tal, representante de tal organización para fusilar, trasladar, liberar, etc. a las personas detenidas en varias cárceles de la ciudad de Madrid…”. Después de estudiar la propuesta los miembros de la Junta se pronunciarían a favor o en contra y el Presidente de la misma ratificaría la decisión. O quizá al ser un órgano especial, la Junta no decidía por votación y las decisiones las tomaba el Presidente. Todo parece indicar que la Junta deliberó sobre ese asunto y sobre una o varias propuestas concretas y, finalmente, tomó una decisión. Por lo tanto, si eso fue así, la Junta fue la responsable de los fusilamientos, independientemente de quienes apretaran el gatillo.

Llama la atención el doble rasero con el que se escribe la historia. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y se llevó a cabo el Juicio de Nuremberg, se condenó a los jerarcas nazis por los crímenes cometidos. Sin embargo a muy pocos de los millones de soldados alemanes (y rumanos, e italianos, y húngaros, y checos, y eslovacos, y daneses, y holandeses, y suecos, y noruegos, y belgas, y franceses, y etc. etc. etc.) que se entretuvieron en la URSS en exterminar a la población civil soviética se les exigieron responsabilidades. Casi dieciocho millones de civiles fueron exterminados, que sumados a los 8,6 millones de soldados que murieron en combate y en los campos de concentración alemanes, nos da la escalofriante cifra de veintiséis millones de personas muertas (Krivosheev, Andronijov, Burikov, & Gurkin, 2010). Y nadie habla de holocausto soviético.

Aquellos soldados se limitaron a obedecer órdenes. Claro, que pusieron bastante empeño en el cumplimiento de aquellas órdenes para llevar a cabo tal exterminio de población civil. Más tarde se les perdonó todo y con el tiempo se convirtieron, paradojas de la historia, en demócratas víctimas de la ocupación soviética. Hasta tal extremo, que el ínclito John Fitzgerald Kennedy, paradigma de la democracia occidental, se subió a una tribuna frente al muro de Berlín para decir aquello de que “todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de Berlín. Y por lo tanto, como hombre libre, estoy orgulloso de decir: yo también soy berlinés”. En aquellos tiempos (1963), en Berlín vivían precisamente aquellos soldados, hombres libres, que habían llevado a cabo las matanzas de civiles en la Unión Soviética. ¿Quizá para llevar la libertad a los eslavos infrahumanos?

Es de suponer que Kennedy, cuando dijo que también era berlinés, conocía y asumía (¿aprobaba?) aquella faceta exterminadora de sus admirados berlineses, y no obstante se preocupó por la “libertad” de ellos. Sin embargo, en el caso que ahora analizamos, se hace todo lo contrario. Se exonera a los responsables políticos y militares que tomaron la decisión de los fusilamientos (por ejemplo García Oliver, Santiago Carrillo o el general Miaja), y se hace responsable a los supuestos “militantes comunistas y anarco-sindicalistas quienes se encargaron de los aspectos operativos”.

Las “sacas” se realizaron durante todo el mes de noviembre y algunos días de diciembre. Fue un acto continuado en el tiempo y un secreto a voces del que tenía perfecto conocimiento tanto el Gobierno de la República en su nueva sede de Valencia, como la Junta de Defensa de Madrid. De pronto, un buen día: “Las “sacas” se paralizaron por intervención del anarquista Melchor Rodríguez. Volvieron a reanudarse después de que éste quedara desautorizado por el ministro de Justicia, el expistolero García Oliver”. ¿Dónde está aquí el sentido común? Resulta que toda una Junta de Defensa de Madrid, que tiene bajo su mando a un gran dispositivo militar y policial, no puede hacer nada para impedir los fusilamientos, y de pronto un señor anarquista que se llama Melchor Rodríguez y que es Director de Prisiones sin confirmar en el cargo, paraliza las sacas de la noche a la mañana. ¿Cómo es posible que lo que no pudo hacer la Junta de Defensa de Madrid lo hiciera Melchor Rodríguez desde su cargo de Director de Prisiones? ¿Qué fuerzas tenía a su cargo? ¿Qué mecanismos de poder tenía para implantar su autoridad?

Pero continuamos en el asombro. El 14 de noviembre el ministro de Justicia, “el expistolero García Oliver” se presenta en Madrid con el Director de Prisiones titular, Juan Antonio Carnicero Giménez, y desautoriza a la única persona que había intervenido para detener aquella barbaridad. Y Melchor Rodríguez, un hombre al parecer responsable y consecuente, dimite. Y las “sacas” y los fusilamientos vuelven a empezar y continúan hasta el día 4 de diciembre, fecha en la que cesan definitivamente tras ser nombrado nuevamente Director de Prisiones el anarquista Melchor Rodríguez.

Pues bien, a pesar de todo lo anterior, nuestros historiadores insisten. Los responsables de Paracuellos fueron, por este orden: los soviéticos del NKVD, Fernández Checa y los comunistas españoles. No en vano la operación de Paracuellos “respondía al modus operandi comunista. El secretario de Organización era … el enlace con los servicios de inteligencia soviéticos”. Además, “Fernández Checa era también el responsable de una sección consustancial a toda organización de corte leninista: el aparato secreto o ilegal, compuesto de “cuadros especiales” que se activaban según el contexto en que se desenvolviera el partido. … Algunos se formaban in situ; otros, como Santiago Álvarez Santiago … se instruyeron en la sección especial político-militar de la Escuela Leninista en Moscú o en su seminario político”. Este párrafo parece extraído de un grotesco guión de cine… Vaya obsesión con el modus operandi comunista, con el secretario de organización, con los soviéticos, con la escuela leninista, con los cuadros especiales que se activaban… ¿Con alguna palabra mágica? ¿Con algún código numérico? etc.

Evidentemente, la actuación comunista y la “mano de Moscú” lo explica todo: el comportamiento del Gobierno de la República, el comportamiento de la Junta de Defensa de Madrid y el comportamiento concreto del Ministro de Justicia que destituye al único alto cargo de su ministerio que había conseguido, al parecer con muy poco esfuerzo, detener los fusilamientos. Si señores, un aplauso. Así se escribe la historia.

 

7.- Responsabilidades.

No tratan estas páginas de ser un pliego de descargo de los comunistas. Pero sí tratan de llamar la atención sobre el empeño de muchos autores en hacer de los comunistas los únicos responsables de cualquier tragedia o suceso negativo. El Gobierno de la República en Valencia sabía de los hechos y no sólo no hizo nada por impedirlos, sino que cuando un alto cargo del Estado, el Director de Prisiones, paralizó los fusilamientos, envió a su Ministro de Justicia para llamar al orden a tan descuidado cargo.

El Gobierno no utilizó, hasta el 4 de diciembre, los grandes recursos que tenía para impedir los fusilamientos. En cuanto a la Junta de Defensa de Madrid, desde el primer día debatió las “sacas” en sus reuniones. Y no sólo no hizo nada por impedirlo, sino que todo indica que fue ese órgano de poder del Estado el que dio la orden y el que delegó en varios de sus miembros para la ejecución de la operación. Es evidente que los comunistas, como parte del Gobierno de la República y de la Junta de Defensa de Madrid comparten la responsabilidad política de aquellos acontecimientos con las demás organizaciones políticas y sindicales (PSOE, JSU, CNT, Casa del Pueblo (UGT), Izquierda Republicana, Unión Republicana, Juventudes Libertarias, Partido Sindicalista) representadas en la Junta y en el Gobierno. Lo mismo ocurre con las personas, entre ellas Santiago Carrillo, que representaban a las organizaciones y partidos en el Gobierno y en la Junta de Defensa de Madrid.

No parece muy ético seguir intentando cerrar en falso las cuestiones históricas  pendientes culpando, de nuevo, a los comunistas de todos los males. Semejantes intentos acaban convirtiéndose en burda propaganda anticomunista y antisoviética (cualquiera diría que todavía piensan que la URSS sigue existiendo). Y desde luego no es correcto culpar en exclusiva (o al 99%, según el método porcentual con que los chinos han valorado la época de Mao) a la “mano de Moscú” y a los comunistas españoles y sus supuestos métodos estalinistas. Sin embargo, personas como Gibson no tiritan a la hora de hacer afirmaciones temerarias: “Para Gibson, Carrillo “sabía perfectamente cómo habían sido” los hechos en Paracuellos, pero “los que mandaban eran los asesores rusos, que tenían métodos estalinistas, terribles y espantosos” (Público.es, edición de 16-10-2012).

No se si se dan cuenta quienes recurren a estos argumentos, pero ya aburren con la misma cantinela durante tantos años. Los que se llaman historiadores, ¿no tienen un poquito de curiosidad para ir más allá de la repetición de las mismas tonterías durante tanto tiempo? La rica historia del periodo soviético la reducen a cuatro estereotipos que no se cansan de repetir una y otra vez. ¿De verdad piensan que todo era tan burdo como ustedes se empeñan en presentar? Podrían cambiar de tercio y dedicarse a investigar la historia del periodo soviético. Les aseguro que es apasionante.

Sólo un consejo. Si alguna vez se deciden, guarden la bibliografía anglosajona en un baúl, ciérrenlo con llave, tiren la llave al río. Vénganse a Rusia, aprendan ruso, hártense de leer la bibliografía rusa, trabajen en los archivos rusos, hablen con la gente, y luego, cuando recuperen los libros que guardaron en el baúl, verán lo ridículos que les parecerán la mayoría de ellos. No tengan miedo, no piensen que encontrarán entre los ciudadanos de Rusia una actitud unánime de defensa del pasado soviético. Todo lo contrario, son muchos los que condenan el pasado soviético, pero al menos conocerán el debate desde dentro, con la presencia de todas las opiniones y versiones.

Hay otra cuestión importante. Después de tantos años de finalizada la guerra civil española de 1936-1939, después de tantos años transcurridos desde la muerte del dictador Franco y del inicio de la llamada “transición democrática”. Después de tantos años de la desaparición de la URSS, no se entiende el silencio del Partido Comunista de España. Se puede entender que durante los años de la transición el PCE no tuviera tiempo de dedicarse a una reflexión interna sobre su propia historia. Pero después de la tranquilidad impuesta por su casi desaparición de la vida política de España, después de haber entregado a Izquierda Unida el protagonismo de la lucha política diaria, ¿por qué hasta el día de hoy el PCE no ha iniciado un proceso de reflexión sobre su historia y ha dejado que sean otros los que la han escrito y siguen escribiéndola? Resulta patética tanta dejadez y abandono. No tiene perdón tanto derroche de tiempo histórico y de biografías desaprovechadas.

Urge esa reflexión. Es necesario que clarifiquen y escriban su historia. Que reconozcan sus responsabilidades, allá donde las tuvieran. Sobre todo en los asuntos oscuros como en Paracuellos del Jarama. El silencio por respuesta ya hace tiempo que nos les ayuda en nada. Aunque hay cosas peores que el silencio.

 


Moscú – Cieza, invierno 2012/2013

Publicado por primera vez en la revista El Viejo Topo, número 300 de enero de 2013