Entradas

Sobre la guerra y la paz

¡Por última vez, vuelve en sí, viejo mundo!

A la fiesta fraternal del trabajo y la paz,

Por última vez, a una luminosa fiesta fraternal,

¡La bárbara lira te convoca!

Alexandr Blok (Skifi)

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Y volvamos a los tambores de guerra en Eurasia. Dicen los políticos en el “jardín europeo” que Rusia es una amenaza para la seguridad de Europa. Es un viejo discurso, tan viejo como los intereses desmesurados de la vieja Europa imperialista por apoderarse de los territorios y las riquezas de Rusia. Inglaterra y Francia ya emplearon esos discursos para justificar su intervencionismo, con dinero, asesores militares y armas, en las guerras del Cáucaso a mitad del siglo XIX. Y también para justificar la invasión de Crimea. Y también en sus apoyos al Imperio otomano en sus guerras con Rusia. Y también para justificar la Intervención conjunta en la Guerra Civil rusa en los años 1919-1922. Y también lo hizo la Alemania nazi para justificar su invasión en 1941. Todos aquellos discursos eran falsos. Lo mismo que los de ahora. No les preocupa emplear los mismos argumentos. Les siguen sirviendo a base de machacarnos con ellos a través de los medios de comunicación. Mentían entonces y mienten ahora.

Parece que los alemanes y el resto de europeos no aprenden con la historia que ellos mismos han protagonizado en los últimos cuatrocientos años. Ni siquiera con la historia del siglo XX, tan inmediatamente próxima y tan inmensamente trágica. Y nuevamente se han embarcado en un conflicto con Rusia. No se conformaron con la aparición de nuevos Estados y con la configuración de las nuevas fronteras tras la desaparición de la URSS en 1991. Entendiendo que Rusia estaba en una posición de debilidad, decidieron que era de nuevo posible quedarse con esos territorios. No les era suficiente con que fuesen independientes, los querían para ellos. Como en 1914, como en 1941, el Lebensraun o “espacio vital” alemán y centro europeo continúa siendo necesario e imprescindible, y estaba y está a tiro de piedra. Tras el “espacio vital” suena otro concepto: el “Drang nach Osten”, el “avance hacia el este”. Y otra vez vuelven a recorrer las armas y los asesores militares europeos las viejas geografías de Eurasia. Vuelven a sonar los nombres de entonces, que esconden los mismos o similares intereses.

Como ya hemos escrito en otra ocasión, en el año 1918 Ucrania se convirtió en un Estado títere bajo control de Alemania. El artificio duró poco y Ucrania acabó reincorporándose a Rusia -en aquellos años en forma de URSS- como una República Socialista Soviética. Entre septiembre de 1941 y noviembre de 1943, Kiev estuvo ocupada por los alemanes, quienes de una u otra manera coquetearon con nacionalistas ucranianos, dejándoles imaginar que sería factible una república títere ucraniana bajo tutela del Tercer Reich. Pero el Ejército Rojo expulsó a los alemanes y echó por tierra las ilusiones de aquellos nacionalistas filonazis.

En marzo de 1991, el bueno de Gorbachov puso en cuestión, mediante un referéndum que se sacó de la chistera, como buen ilusionista que era, la continuidad de la URSS. Pero les salió mal la jugada. Con una participación de más del 80% del electorado, un 76% de los votantes votó a favor de la continuidad de la URSS. Así que, no haciendo caso al resultado del referéndum y saltándose la Constitución de la Unión Soviética y todas las leyes posibles, se inventaron una “reunión de presidentes de Repúblicas Soviéticas” en un pabellón de caza en el bosque de Belovezha (en la actual Bielorrusia, cerca de la frontera con Polonia por si tenían que huir a Occidente) a la que asistieron los “presidentes” de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, salidos también de la misma chistera, y en la que firmaron un acuerdo que proclamaba la disolución de la URSS. De aquella disolución nacieron 15 Estados independientes, entre ellos Ucrania.

Han pasado 34 años de aquellas independencias, durante los cuales Occidente no ha dejado de intervenir en los asuntos internos de estos países de forma descarada y arrogante. En el caso de Ucrania, el intervencionismo ha sido manifiesto y desafiante. Se han organizado revoluciones (la Naranja y la de Maidan), se han anulado y forzado elecciones, se han derrocado presidentes, se ha desestabilizado el país y se ha provocado una guerra civil (sin contar el intervencionismo de asesores militares y otro tipo de “especialistas”). ¿No era acaso suficiente con que Ucrania fuese un Estado independiente? ¿Por qué ese permanente interés en intervenir en los asuntos internos de Ucrania? ¿Tan necesario era que Ucrania entrara en la Unión Europea y la OTAN? ¿Para quién era necesario? Parece que para los EEUU y para Alemania, en esta ocasión en forma de Unión Europea.

Vaya obsesión la de Alemania. En cien años, tres veces ha intervenido a lo grande en territorio ucraniano. También los EEUU han intervenido siempre que han podido, bien directamente con sus ejércitos en territorio ruso, como por ejemplo en los años 1919-1922, o bien en el espacio ruso-soviético de forma indirecta durante los años de la Guerra Fría. Queda claro que sin tanto “interés” de Europa occidental y los EEUU por Ucrania, esta guerra no se hubiese producido y los tanques Leopard, al igual que en su día los Tigres y Panteras (¡qué obsesión con los depredadores felinos!), no estarían circulando por los caminos de la geografía ruso-ucraniana.

Esta guerra actual de Occidente en Ucrania y contra Rusia no es solo por los recursos. Este es un aspecto parcial. La obsesión principal de Occidente durante los últimos 34 años ha sido la de rematar, liquidar definitivamente a Rusia como Estado, como nación soberana. Demasiado grande, demasiado importante, demasiado rica en recursos. Había que liquidar, desmembrar a Rusia antes de que levantara de nuevo cabeza. Al principio todo fue bien para Occidente. Pero al fin y a la postre fueron lentos y dejaron pasar la ventana de oportunidad que se les presentó. Y cuando vinieron a darse cuenta, Rusia ya no era la de la década de los noventa. Ahora ya es otra. Y no solo le hace frente al viejo “jardín europeo”, sino que es capaz de derrotar, por enésima vez, a Occidente. ¡Es que no aprenden!

Además, ahora también vuelve a estar en juego otra cosa mucho más importante. De nuevo, con otras formas y con otros discursos, los pueblos de la periferia de capitalismo, las antiguas colonias, para que nos entendamos, los que estaban destinados a ser eternamente esclavos, han alzado la voz y están desafiando a sus antiguas metrópolis. No son todos. El “método Yakarta”, como herramienta efectiva del imperialismo capitalista, destrozó a muchos de estos pueblos. Pero los que consiguieron resistir están cuestionándole al Imperio, al Occidente colectivo, sus normas y su hegemonía. Los viejos territorios coloniales son ahora capaces de “fabricar fábricas que fabrican fábricas” que a su vez llenan el mundo de productos de todo tipo, y en especial de alta tecnología, más económicos, de mejor calidad y en mayor cantidad. Las viejas “normas comerciales” están siendo cuestionadas y cambiadas. Ya no les asustan ni las sanciones ni los aranceles.

La Unión Europea llama a la guerra con insistencia. Pretende crear ejércitos para enviarlos de nuevo a luchar contra Rusia en Ucrania (y también a otros lugares, todo a su tiempo). Surgen algunas dudas. Por ejemplo, los minerales estratégicos necesarios para producir las diferentes aleaciones de acero para usos militares se producen y se traen de fuera de Europa. Prácticamente, todo lo que es estratégico y necesario para Europa viene de lejanas geografías. Incluso el uranio base del combustible para las centrales y el arsenal nuclear, viene en lo fundamental de fuera de Europa. Ni hablar ya del petróleo y el gas. También es verdad que la Unión Europea ha sido de todo menos sensata en estos últimos años, imponiendo sanciones a Rusia que al final solo han perjudicado al sancionador. No sería la primera vez que Europa se lanza a una guerra sin tener los recursos necesarios para soportarla. Alemania y sus aliados se lanzaron a un terrible conflicto invadiendo a la Unión Soviética sin tener petróleo para producir el combustible necesario para sus “ejércitos de motores”. Esperaban conseguirlo sobre la marcha. En el verano de 1942 iniciaron una gigantesca ofensiva con destino al petróleo del Cáucaso y sobre todo del Caspio. Pero la terrible derrota en el flanco este de aquella tremenda operación, en Stalingrado, acabó por destrozar los planes alemanes y tuvieron que retirarse aprisa y corriendo para evitar una catástrofe todavía mayor.

Y lo más importante. Tanto hablar de la guerra, de la necesidad de armamento, de la defensa, pero no nos dicen nada de las personas, de los millones de jóvenes y menos jóvenes, mujeres y hombres que irán a esa guerra, muchos de los cuales no volverán o lo harán destrozados. Física y mentalmente. Junto con el kit de supervivencia, deberían explicar las previsiones que ya tienen de muertos, heridos, mutilados, desaparecidos en combate, en las ciudades y pueblos, como consecuencia de los bombardeos. Por cierto, con las bombas y misiles de última generación no hay refugio antiaéreo seguro, ¿dónde nos van a esconder? ¿O nos van a dejar al aire libre, en las aceras, con el kit de supervivencia y un paraguas como protección?

Nuestro Presidente del Gobierno y sus ministros parecen no preocuparse por esas cosas. Hablan de la guerra sin tener en cuenta sus terribles consecuencias. Por desgracia, algunas organizaciones que se dicen de la izquierda parece que no terminan de entender a dónde nos llevaría una guerra con la primera potencia nuclear mundial. Los doscientos noventa misiles que, al parecer, tiene Francia y que el Presidente Macron ofrece generosamente como paraguas al resto de la Unión Europea, a pesar de ser una poderosa fuerza disuasoria, no tienen mucho sentido si llegáramos a la necesidad de su empleo. Si vamos a por la mayor, los modernos sistemas de misiles rusos y su aplastante superioridad numérica, dejarían pocas opciones a Europa. Pero la cuestión, que lleva a la indignación, no es quien tiene más y mejor. La cuestión es que es un tremendo y descabellado disparate plantear a la población de nuestros países asuntos semejantes.

Ahora una parte importante de la llamada izquierda está haciendo dejación de su ideario y de sus responsabilidades (en realidad lleva ya años así). Quizá porque ya no es socialista. Han matado el proyecto sin ni siquiera haberse acercado a él. Que quede constancia de su defunción. Ahora muchas de estas personas y varios de estos partidos (mejor ni nombrarlos) a los que tanto gusta llamarse transversales, solo entienden la guerra en clave “Trump malo, Putin peor, los europeos menos” y se han puesto en realidad de perfil en asuntos tan importantes como el militarismo, la OTAN, el derroche en gastos de armamento… la guerra. No quieren o no saben siquiera ponerse de acuerdo. Ahora ya no son izquierda de clase, ahora son la izquierda del proyecto liberal burgués, el cual se ha quedado como único modelo y proyecto de futuro en Occidente. Esta izquierda ha abandonado las ideas de construcción del socialismo, la solidaridad, el feminismo de clase, la idea de la justicia social, las ideas internacionalistas, antiimperialistas y antifascistas. Solo se interesan por algunos derechos civiles, por cuestiones de identidad o por salir a cenar los fines de semana. ¡Y poco más!

* * *

Volviendo a la historia y a sus lecciones de futuro, termino con una referencia que considero fundamental sobre la paz. Tras el tremendo caos creado en Rusia por el golpe de Estado con el que fue derrocado el zar Nicolás II (por sus más importantes y “leales” generales y amigos íntimos), se extendió por toda Rusia un movimiento generalizado exigiendo el fin de la guerra, la paz y la nacionalización de la tierra (es decir, paz y justicia). Ninguno de los gobiernos burgueses rusos constituidos entre febrero y octubre de 1917, que fueron varios, atendieron aquellas imperiosas demandas del pueblo ruso en general y de los soldados campesinos del Ejército ruso en particular.

Sin embargo, los bolcheviques entendieron aquellas demandas y aquellas necesidades, y precisamente llegaron al poder con la paz y la nacionalización de la tierra como principales objetivos. Y eso hicieron. Como se ha dicho en un artículo anterior, el primer acto de gobierno de aquellos “locos” fue la promulgación de los Decretos sobre la Paz y sobre la Tierra el 26 de octubre de 1917 (repetimos: paz y justicia).

Hay que reconocer que el movimiento por la paz no es precisamente un clamor en la Unión Europea, ni tan siquiera en relación con la guerra de exterminio que Israel lleva a cabo en Palestina. De la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania, lo que se plantea la Unión Europea no es precisamente la paz, al contrario, los gobiernos europeos se plantean el aumento de los gastos militares, el rearme y el envío de tropas y armamento a Ucrania, incluso si los EEUU “traicionan” a Europa y dejan de intervenir en esta guerra (no lo harán, por supuesto). ¿Dónde está ahora la izquierda de clase y pacifista en Europa y en España? ¿La que enarboló durante décadas la bandera de la paz frente a los bloques militares? ¿No hay motivos para estar ahora en contra del imperialismo capitalista? ¿Acaso no hay hoy día motivos para estar en contra de la OTAN y de la política belicista de la Unión Europea y los EEUU? ¿Recuerdan aquella emblemática paloma que dibujó Pablo Picasso?

Desde que desapareció la Unión Soviética a finales del año 1991, el “Fin de la Historia”, el dominio mundial absoluto de Occidente, ha provocado decenas de guerras por todo el planeta. Ya en 1991, un ejército (mandado por el Imperio) de más de un millón de soldados y con las más modernas tecnologías militares de la época invadió Irak. Luego vinieron las guerras en los Balcanes (Yugoslavia), en el norte de África, en el Cáucaso, otra vez en Irak, en Somalia, en Afganistán, en Sudán, en Asia central, en Palestina, en Libia, en Siria, en Ucrania… Una lista de no acabar. Todas ellas, guerras provocadas por el imperialismo capitalista que, de una u otra manera, continúan en el mundo con toda su intensidad, unas de forma evidente, otras enmascaradas. Debería ser un clamor popular exigir que esas guerras cesen. Debe ser un clamor exigir la paz.

Pero, ¡atención! ¿Qué paz hay que exigir? Desde luego, no es la Paz Americana, no es la Paz de Occidente, no es la Paz Imperialista la que necesitan los pueblos en guerra. Esa es una falsa paz. Es la paz que perpetúa la dominación y explotación de los pueblos, es la paz del capitalismo depredador. Es la paz hipócrita de los que continúan preparándose para la guerra, como ocurrió en Minsk, y lo reconocieron en su día, sin vergüenza alguna, los principales líderes occidentales que participaron en aquella farsa.

Nuestra paz es otra. Necesitamos la paz de los trabajadores, la paz antiimperialista, la paz con justicia, la ¡paz de clase!, que quiebre para siempre la cadena de la dominación. Y si alguien está confundido y no sabe por dónde empezar, le hacemos una sugerencia: hay que estar en contra de los presupuestos militaristas de los Gobiernos europeos, no hay que apoyar la escalada armamentística de la Unión Europea, no hay que apoyar ninguna guerra contra Rusia en Ucrania. Al contrario, hay que exigir que la Unión Europea, la OTAN y los EEUU dejen de intervenir en una guerra que provocaron ellos con su “avance hacia el este”.

Y recuerden: ¡la paz, con justicia social, es revolucionaria!

Espartal, primavera de 2025

 

Contextos de la guerra en Ucrania

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Winston Churchill fue siempre un gran enemigo de la Unión Soviética. Primero, porque los bolcheviques le quitaron la parte del botín que les iba a corresponder a los británicos tras el previsto desmembramiento y reparto de la geografía del Imperio ruso al finalizar la Primera Guerra Mundial. Ya tenían el ojo puesto en Rusia desde hacía tiempo, como lo tenían puesto en el Imperio otomano. Segundo, porque Churchill entendió que la Unión Soviética era el “peor ejemplo” para las colonias, para las gentes de las colonias. Era el ejemplo vivo de la liberación, de la independencia, de la soberanía, de la industrialización, del crecimiento económico, del desarrollo cultural, intelectual y científico-técnico. Si la Unión Soviética estaba consiguiendo llevar a la práctica aquel gran proyecto de transformación, ¿qué impediría que la India, Kenia o Egipto pudieran seguir su ejemplo? Y eso sería el fin del Imperio británico.

Esa enemistad solo quedó matizada durante el periodo de la II Guerra Mundial, en la que Gran Bretaña necesitaba de la URSS para impedir que el capitalismo alemán y centro europeo saliera hegemónico de aquella guerra. Fue terminar el conflicto y el caballero Winston Churchill volvió a sus posiciones de partida, quizá todavía más enemigo de la URSS que antes de la guerra. Y se inventaron la “Guerra Fría”, un conflicto prolongado del Occidente capitalista en el que no escatimaron esfuerzos ni recursos y mantuvieron, y mantienen, el mundo encendido en guerras “regionales” permanentes, que en realidad son un único conflicto, es una única guerra, contra la Unión Soviética, ahora Rusia, y contra todos aquellos países que tras conseguir la independencia optaron por su modelo de desarrollo, independiente, soberano, socialista, sin pasar por el capitalismo. Y también contra aquellos países que, aun no declarándose socialistas, intentaron construir una economía nacional al margen de las draconianas condiciones que imponía -impone- Occidente.

En definitiva, y expresándolo de forma clara y contundente, es la guerra permanente del capitalismo de las metrópolis, el Occidente colectivo, contra los países de la periferia que vienen intentando sacudirse el yugo de la dominación y la explotación desde que la Revolución rusa y el Proyecto Soviético iniciaron el proceso.

***

En 1991, las nuevas élites dirigentes de la URSS, una generación en la que abundaban los ingratos, especuladores, traidores y tontos útiles, liquidaron desde dentro a la Unión Soviética (y de aquella liquidación, estos lodos). Occidente no daba crédito a lo que estaba pasando. Ni en sus mejores sueños eróticos pudieron imaginar semejante desenlace final para su poderoso enemigo de clase. Y el Imperio del Mal, según el Presidente Reagan y sus aliados occidentales, desapareció. Entonces proclamaron el “Fin de la Historia”, es decir, el fin de la lucha de clases y el triunfo y dominio global del capitalismo y la sociedad liberal. Y comenzó una carrera frenética para dominar definitivamente al mundo en general y la geografía soviética en particular, lo que, en relación con la ex-URSS implicaba “ocupar” los países del socialismo real de Europa oriental, las antiguas repúblicas socialistas ya convertidas en Estados independientes y terminar de destruir, desmantelar y fragmentar a Rusia para convertirla en una insignificancia política, económica y militar. Estuvieron cerca de conseguirlo en la década de los noventa.

Autodestruido el núcleo, se trataba de destruir también aquellos vestigios de socialismo real y soberanía nacional que habían sobrevivido a la URSS en las antiguas colonias o territorios dominados por los países europeos que tras la independencia habían optado y seguido, en mayor o menor medida, por el camino de la soberanía política y económica con respecto a las metrópolis, proceso iniciado con la descolonización y la independencia de la inmensa mayoría de las colonias que tuvo lugar tras la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, de la que por cierto se cumplen 80 años este 2025.

El pistoletazo de salida de la descolonización lo dieron en Asia, en aquellos años, dos gigantes, India y China, que consiguieron expulsar el terrible dominio extranjero impuesto por Occidente. Luego siguió Corea y todo un rosario de independencias y revoluciones que pusieron en jaque y en peligro de colapso al modelo del capitalismo creado a partir de los siglos XVI-XVII basado en el dominio de inmensos espacios geográficos, de sus gentes y de sus recursos, al servicio de las burguesías europeas y luego norteamericanas. Diez países (puede que me deje alguno, no se ofenda el olvidado) se han repartido, dominado, poseído y explotado el mundo en su totalidad desde que entre las monarquías de la península Ibérica se firmó el famoso tratado de Tordesillas: España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia, EEUU, Alemania, Bélgica, Italia y Japón.

Ese reparto siempre ha estado acompañado de atroces guerras imperialistas entre las propias potencias, de las cuales podemos destacar tres por su cualidad como modelos primordiales. La Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763, que enfrentó a las potencias europeas tanto en territorio europeo como en las colonias y que tuvo como resultado un nuevo reparto del mundo. Baste como ejemplo la práctica expulsión de Francia (como potencia) de América del Norte y de la India, por parte de Inglaterra. Algunos historiadores y políticos, como el caso de Winston Churchill, consideraban y consideran aquel conflicto como la primera guerra mundial imperialista. Luego vinieron otras, de diferente envergadura, hasta llegar al gran disparate y mayor tragedia que fueron las que conocemos como Primera y Segunda Guerra Mundial, con sus destrozos, millones de heridos y de muertos. Y aquí hay que entender una cosa: estas guerras las provocaron siempre las potencias imperialistas para apropiarse de territorios, repartirse entre ellas la geografía de todo el planeta y/o establecer su hegemonía.

Porque entiéndase que no solo se repartían las colonias, también se repartían la influencia y el dominio sobre Estados independientes. Baste como ejemplo el caso de la Argentina, Estado al que no han permitido ser realmente soberano desde que quedó a merced de los británicos desde su independencia de España, los cuales se repartieron la Pampa y la Patagonia según su conveniencia en haciendas ganaderas del tamaño aproximado de la provincia de Valencia o la Región de Murcia (en agricultura, un metro no es holgura). Aquel reparto sigue vigente desde el siglo XIX. En el XX cambiaron de manos algunas haciendas (la empresa Benetton posee en la actualidad 845.000 hectáreas) y se repartieron otras muchas riquezas (minerales, petróleo, aguas dulces, etc.).

Además, cuando un aliado se convertía en un impedimento, se sacrificaba al aliado y se repartía su territorio. El caso de manual es el del Imperio otomano que, tras ser utilizado como punta de lanza contra Rusia en especial durante el siglo XIX, fue desmantelado por británicos y franceses al final de la Primera Guerra Mundial y su amplia geografía repartida entre estas dos potencias, creando unos desajustes tan terribles que las guerras continúan en estos territorios al día de hoy con feroz intensidad y no se les ve fin.

***

Nuestro socialismo occidental y luego, ya en los años setenta del siglo XX, nuestro comunismo también occidental, no quisieron entender el proyecto y el modelo soviético. Bueno, en realidad sí lo entendieron y desde el primer momento. El socialismo europeo, es decir la Socialdemocracia asumió muy pronto la práctica (luego teorizada) del pacto social con la burguesía, aceptando ser el gestor de un capitalismo con componentes sociales que mitigaban las duras contradicciones de la relación capital-trabajo, el famoso Estado del Bienestar. Ese bienestar estaba y está financiado, en lo fundamental, con la ingente cantidad de recursos expoliados de la periferia y trasvasados al “jardín europeo”. La fórmula puede ser expresada de forma sencilla: bienestar europeo obtenido a cambio de desposesión en la periferia (una fórmula que recuerda peligrosamente al Estado Social del fascismo y el nazismo de los años treinta del siglo XX).

La Revolución rusa y el proyecto soviético, o dicho de otra manera, el socialismo de Lenin, era, fue, sigue siendo, otra teoría del socialismo: la de los pueblos de la periferia que buscaban justicia social, independencia y soberanía sin pasar por el capitalismo y alejándose de él. La revolución rusa y la guerra civil en Rusia, fueron ante todo una “guerra de liberación nacional” con respecto al capitalismo. El destino al que estaba abocada Rusia al final de la Primera Guerra Mundial era el mismo que el del Imperio otomano, ser desmembrada y repartida entre las potencias capitalistas, las mismas, y quizá alguna más, que protagonizaron la Intervención de la que hablamos en un artículo anterior.

La contradicción estaba servida y era evidente, aunque quizá no supimos verla con toda su nitidez. Era difícil, por no decir imposible compatibilizar el socialismo europeo occidental y eurocéntrico, el Socialdemócrata, que había asumido ser gestor del capitalismo liberal y de sus colonias, con un proyecto y luego modelo de socialismo que tenía como objetivo principal liberar esas colonias, es decir a los territorios de la periferia, de la dominación de las metrópolis y construir Estados soberanos e independientes.

La contradicción entre ambos socialismos ha resultado insuperable. Se trataba, en definitiva, de modelos de socialismo incompatibles y enemigos. Los Gobiernos socialdemócratas en Gran Bretaña, Francia, Noruega, Alemania o Suecia gestionan el capitalismo de las burguesías liberales en estos países y son antagónicos y enemigos de cualquier Gobierno socialista o no socialista, soberano e independiente, que haya habido o pueda haber en Senegal, Chad, Nigeria, Libia o Siria, por poner solo unos ejemplos. Y los resultados están a la vista.

He aquí un caso primordial, que por evidente se nos escapa: tras la liberación de Francia de la ocupación nazi, el General Leclerc, uno de los héroes de aquella liberación, fue enviado en agosto de 1945 a recuperar para Francia el dominio de sus colonias en Indochina y el Pacífico. Es decir, libertad para la metrópoli capitalista, dominio y explotación para los territorios coloniales. Leclerc no era socialista, pero en el Gobierno Provisional que le dio el mandato sí los había, lo mismo que en los siguientes gobiernos de la República Francesa y de otros países europeos que llevaron al extremo las guerras por mantener sus respectivos imperios coloniales.

A mitad del siglo XX, con mayor o menor suerte, las colonias europeas en Asia, Oceanía y África iniciaron un proceso de independencia que puso a temblar a las metrópolis. Si esas independencias se establecían en toda su amplitud y teniendo en cuenta que todas ellas, en mayor o menor grado optaron por modelos o proyectos nacionales de socialismo, la explotación de los territorios coloniales llegaría a su fin y con ellos la ingente cantidad de recursos que servían para mantener el Estado del Bienestar… Y sin Estado del Bienestar, los trabajadores europeos acabarían por levantar otra vez la bandera de la lucha de clases y volvería de nuevo a territorio europeo, al “jardín europeo”, el fantasma de la guerra civil.

Así que las metrópolis optaron por abortar desde el principio la creación de esos Estados nacionales, socialistas y soberanos. El famoso “método Yakarta”, un millón de muertos entre los años 1965 y 1966, asesinados por militares de Indonesia con el apoyo, organización y complicidad de los EEUU y de la bella Holanda para evitar que aquel país se convirtiera en un Estado socialista y soberano, fue un ejemplo claro de que todo valía para evitar seguir perdiendo territorios. Tan efectivo resultó en Indonesia que se convirtió en el modelo que los EEUU y las demás potencias imperialistas aplicaron sin recato por todo el mundo. En Valparaíso, Santiago de Chile y otras ciudades chilenas, aparecieron unos días antes del golpe de Pinochet unas misteriosas frases pintadas en las calles: “viene Yakarta”, decían. Pocos sabían que significaban, pero pronto lo entendieron con toda su crudeza. Y los golpes de Estado, los atentados y asesinatos de líderes políticos, las invasiones e interminables guerras civiles como las del Congo, Angola y Mozambique se pusieron a la orden del día y se mantuvieron durante décadas. Y aún siguen. El último en caer: Siria.

Ahora, con la guerra en Ucrania, nos encontramos en una nueva fase del mismo proceso. La OTAN hace hoy día en Ucrania la misma función que hizo Leclerc y el cuerpo expedicionario francés en Indochina. Y lo hace por mandato, entre otros, de socialdemócratas, verdes e izquierdas varias transversales que han asumido que su misión histórica es mantener a toda costa el “jardín europeo” y las relaciones de dominación con la periferia que lo hace posible.

Y aquí conviene insistir en una cuestión importante que está en el origen de la pérdida de identidad teórica de nuestra “izquierda de clase”. Ya en los primeros meses de la Revolución rusa la socialdemocracia europea se levantó en contra de los bolcheviques. Los ecos de la negación llegaron también a las páginas de El Socialista, donde el propio Pablo Iglesias escribió contra aquella “disparatada aventura”. Luego vino el cisma de la socialdemocracia y la creación de los partidos comunistas europeos que, curiosamente y andando el tiempo, llegaron a la misma o similar conclusión.

Cuando Manuel Sacristán y los suyos, por poner solo un ejemplo, decían que la URSS violaba la teoría marxista y no era socialismo auténtico, no entendían, o no querían entender, que en realidad el proyecto soviético era otra teoría y otra práctica del socialismo, para otros proyectos y modelos de modernidad, quizá “imperfectos”, de los países de la periferia que se han visto forzados a construir otro socialismo (puede que no tenga ni siquiera el nombre de socialismo y da igual, “el nombre no hace la cosa”), diferente al de las metrópolis. Son los proyectos de modernidad de los campesinos, los esclavos y los pobres hasta lo imposible que ya ha permitido a varios países construir Estados y economías poderosas y soberanas capaces de cuestionar al Occidente colectivo la hegemonía que ha ejercido de forma incuestionable durante los últimos quinientos años.

No se trata de Putin, ni de Trump, ni de Gobiernos, ni de jefes de Estado, se trata de procesos históricos de largo recorrido que a veces se resuelven de forma acelerada y en un territorio relativamente reducido. Ahora estamos en una nueva fase de ese permanente conflicto.

Espartal, primavera de 2025