Artículos escritos por Antonio Fernández Ortiz

LITERATURA Y REVOLUCIÓN “…SANGRIENTA E IMPLACABLE…QUE DEBERÁ CAMBIAR TODO DE FORMA RADICAL”

PRIMERA PARTE: EL DESAFÍO

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Todo tiene un comienzo, y el de este artículo está en un agradable encuentro en Madrid con mis amigos José Manuel Mariscal y Manolo Monereo durante el pasado mes de enero. “Antonio, ¿por qué no preparas un artículo sobre literatura rusa para Mundo Obrero?”, me preguntó Mariscal, como quien no quiere la cosa. Y lo que sigue es la respuesta parcial a su pregunta. Escribo “parcial” porque el tema es amplio y las limitaciones de espacio significativas, así que es esta una primera entrega de otros artículos semejantes que den continuidad a la idea.

La literatura rusa y después soviética del siglo XIX y XX está marcada por la revolución. No es posible pensar una sin la otra. En realidad puede decirse que son un mismo fenómeno. Y para intentar entenderlo conviene, como siempre, para empezar, que tomemos distancia.

I.- ¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura?

En el año 1932, el escritor Maxim Gorkii, en un artículo publicado al mismo tiempo en los diarios Pravda y Izvestia de Moscú, dirigiéndose a los corresponsales de prensa norteamericanos, escribió: “Hay todavía una cuestión sobre la que deberían ustedes pensar: ¿consideran que 450 millones de chinos pueden ser convertidos en esclavos del capital europeo-norteamericano, en el momento en el que 300 millones de hindúes ya están empezando a comprender que para ellos el papel de esclavos de Inglaterra no ha sido en absoluto predeterminado por los dioses? Comprendan de una vez: unas cuantas decenas de miles de depredadores aventuristas desean tranquila y eternamente vivir a costa del esfuerzo de millones de trabajadores. ¿Es esto normal? Esto ha sido así. Esto es así. Pero, ¿tienen ustedes valor para afirmar que esto debe seguir siendo así, tal y como ahora es?”.

Cien años antes o cien años después de la fecha en la que fue publicado el artículo de Gorki variaran las cifras y quizá tengamos que cambiar el nombre oficial de algunos territorios, pero en lo fundamental, la situación de la periferia de capitalismo ha cambiado poco. Viene entonces a propósito la pregunta que sirve de título al artículo de Gorkii… “¿Con quién están ustedes, maestros de la cultura? Con los obreros … y por la creación de nuevas formas de vida o … por la conservación de esta casta de depredadores irresponsables”. (GORKI, 1932).

Esta es una de las principales preguntas que atormentaron desde sus inicios a la literatura rusa…

II.- Literatura e intelligentsia.

En formas más o menos evidentes, con desigual intensidad, Rusia vive en un continuo estado revolucionario desde principios del siglo XIX. En lo fundamental, el objetivo de este proceso es encontrar un modelo propio de modernidad que a su vez conlleve la solución de las grandes cuestiones de justicia social que atormentan a la humanidad, también desde la propia trayectoria histórica y cultural rusa.

Durante todo el siglo XIX tuvo lugar la eclosión de la cultura y con ella de la conciencia nacional rusa. La literatura, la ciencia, la filosofía, la historia o la economía, se convirtieron en componentes fundamentales del debate sobre el modelo de modernización que Rusia estaba buscando.

Las posiciones y actitudes que se generaron alrededor de este debate se radicalizaron muy pronto y dieron lugar a diferentes corrientes de pensamiento que, aun buscando un fin último, la industrialización y modernización de Rusia, pretendían llegar a este fin desde posiciones y modelos de desarrollo totalmente diferentes y enfrentados que llevaban a su vez implícitos modelos diferentes de construcción social con irreconciliables ideas y proyectos sobre la justicia social.

* * *

La cultura rusa está penetrada por un componente religioso muy acentuado al que podemos llamar “energía religiosa”, la cual se trasladó durante el siglo XIX a objetivos de naturaleza social a través del debate literario, filosófico y político. Esta energía religiosa dejó su particular impronta en el carácter nacional ruso y sobre todo en la naturaleza de la revolución: dogmatismo, ascetismo, alta capacidad de sufrimiento y de sacrificio, trascendentalismo, idealismo, fe en el progreso y en un futuro mejor, milenarismo, etc.

La literatura en Rusia está especialmente ligada al fenómeno de la intelligentsia, aunque en ningún caso forman un todo único. Es un fenómeno particular de Rusia y posteriormente de la URSS. Y aunque ya he hablado de este aspecto en otros escritos, conviene volver sobre ahora sobre este asunto para una mejor comprensión de nuestro argumentario posterior.

La intelligentsia no es una clase social, no es un grupo político. En ningún caso puede ser homologada con el concepto “intelectual” presente en la cultura europea occidental. En Rusia, dentro del concepto intelligentsia, podía encontrarse gente que no desarrollaba ningún tipo de trabajo intelectual. Al mismo tiempo, muchos escritores e intelectuales no han querido verse encuadrados o considerados como intelligentsia.

Más que un grupo, el concepto de intelligentsia podría ser definido como una actitud ante la modernización, la cual no se corresponde con un claro perfil ideológico. Se puede ser parte de la intelligentsia desde las posiciones del marxismo más ortodoxo como desde las del capitalismo liberal y monetarista más radical. Nikolai Berdiaev decía que la intelligentsia nos recuerda a una orden monástica o a una secta religiosa con su moral específica, intolerante, con sus particulares criterios sobre moral y ética y con unas formas de comportamientos y costumbres propias (BERDIAEV, 1997). Veamos algunos de sus rasgos fundamentales:

  • Ideas radicales de transformación y construcción social, a las que se ha entregado y ha defendido en todo momento con pasión religiosa.
  • Defensa a ultranza del concepto de modernización desde una premisa fundamental: la de la imitación de los supuestos modernizadores representados por la experiencia histórica y cultural de Europa occidental. La intelligentsia es occidentalista por definición y en lo fundamental hegeliana. Reniega de la cultura rusa, a la que considera un lastre y a la que supone cargada de un nocivo asiatismo del cual la sociedad rusa deberá desprenderse para poder entrar en el curso de la Historia Universal. Volver a la Civilización Universal y a la Casa Común Europea, decía Gorbachov durante su perestroika, o lo que es lo mismo al seno del capitalismo central.
  • Fanatismo e intolerancia. Cada grupo, círculo u organización, sin importar su tamaño o influencia se ha considerado en posesión de la verdad y ha buscado en su aislamiento con respecto a otros grupos u organizaciones la salvaguarda de su propia pureza y esencia revolucionaria. Esta actitud dio lugar a un tipo de persona cuya única especialidad y cuyo único trabajo era la revolución en sí misma, un característico tipo de revolucionario dogmático en lo ideológico y muy intolerante, para el que cualquier idea de transformación social se convertía en un dogma de naturaleza religiosa.
  • Actitud cismática. Condicionada por su exacerbado dogmatismo, la intelligentsia ha vivido siempre en un permanente cisma. Primero, con ella misma, lo que se ha manifestado en la existencia de gran cantidad de grupos, círculos, corrientes, y organizaciones de todo tipo. Por otro lado, la intelligentsia, como un todo, ha vivido siempre absorta en sus propios debates, en un permanente cisma con el presente y con la historia. Presente y pasado han sido siempre considerados como atraso y manifestación del mal, encarnado en cada momento histórico por la máxima expresión del poder terrenal: el Estado.
  • Antiestatismo. La lucha contra la autoridad, contra el Estado ha sido siempre un factor predominante, ya fuese contra la versión monárquica, soviética o liberal del Estado. Incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y tras la instauración de un sistema político supuestamente basado en los principios de las democracias occidentales, la intelligentsia rusa revolucionaria y liberal no ceja ni un instante de considerar al Estado como su gran enemigo.

III.- El juez de conciencia.

Si todo el pensamiento ruso del siglo XIX estuvo ocupado en el debate sobre el vector de modernización que debería seguir Rusia, quizá fue Piotr Yakovlevich Chaadaev (1794-1856) el primero en plantear este debate. Su punto de partida fue la negación de la historia y del presente de Rusia. Negación que se convirtió después en una constante de la intelligentsia rusa occidentalista. La cuestión a dirimir era decidir el camino que debía seguir Rusia: la imitación del modelo occidental o un camino propio marcado por sus propias particularidades históricas.

Chaadaev, argumentando que Rusia no ha aportado nada a la civilización universal, resaltó a la contra que precisamente en esa particularidad reside su potencial. Rusia está llamada a convertirse en la gran esperanza del mundo y el pueblo ruso está llamado a llevar a cabo una gran misión. «De nosotros puede decirse que formamos parte de una excepción entre los pueblos … [que] existen solamente para dar una gran lección al mundo» (CHAADAEV, [1829] 1991, p. 326).

Esta afirmación, realizada en la primera de sus Cartas Filosóficas, fue matizada más tarde: «Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones. … Es más: yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana» (CHAADAEV, [1837] 1991, p. 534).

El desafío planteado por Chaadaev fue asumido por la literatura rusa con toda su crudeza, incorporando desde muy pronto en su narrativa el debate político. En un proceso complejo, los artistas y, sobre todo, los escritores rusos superaron tanto el temor a incluir las cuestiones sociales y en especial la búsqueda de la justicia social en sus obras, como el temor a acercarse en profundidad al misterio de la vida y de la muerte, al misterio de la mente humana y de sus componentes irracionales. En estos asuntos llegaron a sobrepasar en numerosas ocasiones los límites de la creación literaria.

Paralelamente los escritores rusos plantearon también muy temprano el debate sobre la misión social del arte, y en particular de la literatura, y sobre el servicio a la sociedad que debía prestar el artista y el escritor. Los grandes escritores rusos se enfrentaron siempre a la sociedad que les rodeaba y presentaron sus alternativas populares y colectivistas, a través de sus obras.

Para una parte mayoritaria de autores, la literatura se transformó muy pronto en una misión social cuasi religiosa, expresión de la “energía religiosa” de la que hablábamos antes. Autores, como Gogol, Dostoevskii o Tolstoi, por poner como ejemplo a tres de los más grandes autores rusos, vivieron siempre atormentados en ese conflicto religioso, social y político.

Moscú, febrero 2020

CONTINUARÁ

Bibliografía

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[Último acceso: 19 01 2018].

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Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

Europa, imperialismo y geopolítica de la liberación

 Antonio Fernández Ortiz

Historiador

 

El bolchevismo, o comunismo ruso, nació y se consolidó como una fuerza social y política en el momento de ruptura de la continuidad histórica en la época de la Modernidad, en el momento de conflicto global entre el capitalismo central, es decir, las metrópolis capitalistas, y aquellos países y territorios que en mayor o menor medida formaban parte de la periferia del capitalismo.

La expresión principal de este conflicto fue la agresión de la modernidad capitalista, en sus formas económicas, políticas y culturales, contra las sociedades tradicionales de los países periféricos. Lenin definió y dio nombre a esta agresión del capitalismo central: imperialismo. Este conflicto alcanzó su momento álgido, de máxima tensión, con la Primera Guerra Mundial, con el desarrollo del fascismo en sus diferentes manifestaciones y, especialmente, con la Segunda Guerra Mundial.

El bolchevismo y el comunismo soviético exigieron de sí mismos un gran esfuerzo intelectual para conocer y comprender la naturaleza de los conflictos generados por el capitalismo imperialista en Rusia y  en el resto del mundo, en especial en los países de su periferia. Esta situación de conflicto permanente, al borde de la catástrofe, no se ajustaba del todo a la concepción del mundo resultante de la Ilustración, en lo fundamental una concepción mecanicista que entendía el mundo y la sociedad desde el mecanicismo newtoniano. Se necesitaba un salto cualitativo en la compresión de los conflictos y en la presentación de un nuevo modelo de resolución de los círculos viciados económicos, sociales y culturales generados por el agresivo imperialismo.

Este salto en el conocimiento de los conflictos sociales y económicos fue realizado precisamente por el bolchevismo y por el comunismo soviético a partir de la propia experiencia de este conflicto en Rusia, de la experiencia de las revoluciones campesinas rusas de 1905-1907, de la Revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS.

Los bolcheviques probaron y pusieron en práctica nuevas formas de actuación y acción, producto de la síntesis del racionalismo moderno de la revolución científica, de la Ilustración europea y de las nuevas representaciones y concepciones del caos, de la irreversibilidad y de la inestabilidad. Con ellas abordaron la resolución de los grandes problemas y con ellas se destacaron con respecto a sus oponentes por la efectividad de sus decisiones y acciones.

El bolchevismo surgió, en apariencia, como la respuesta de las clases populares rusas contra la explotación y la opresión. Sin embargo, desde el principio fue algo mucho más profundo y más amplio. Como la historia confirmó más adelante, el bolchevismo fue una respuesta de carácter global por lo que supuso como modelo paradigmático frente a la agresión del capitalismo central contra los países explotados de su periferia. Por este motivo, lo ocurrido en Rusia y luego en la URSS no pudo nunca quedarse en el marco de sus fronteras. Siempre, mientras existió la URSS, cualquier acto realizado en la aldea soviética más lejana tenía inmediatamente repercusión mundial.

La experiencia de la revolución y la consolidación del comunismo soviético fue desde sus comienzos no sólo la vía de escape rusa al callejón sin salida histórico al que le había conducido su incorporación como periferia al sistema capitalista mundial. Fue también un modelo de salida de esa trampa histórica para todos los demás países arrojados por el capitalismo y por sus burguesías o aristocracias nacionales, cómplices de esa explotación, a esa zona periférica de la que era imposible salir si no era rompiendo directamente con los vínculos y dependencias establecidos con las metrópolis capitalistas.

A partir de la Revolución de Octubre el campesinado se convirtió en sujeto revolucionario capaz de protagonizar una revolución transformadora en alianza con el incipiente proletariado. Con un nuevo cuerpo teórico, una nueva palabra, que evitaba que las revoluciones campesinas acabaran en meras insurrecciones o en revoluciones burguesas, en las que el pueblo trabajador acababa entregando el poder a la burguesía para que desarrollara el capitalismo, para que de esa manera apareciera una clase obrera poderosa y revolucionaria, con la lejana esperanza en el horizonte de una revolución proletaria.

* * *

Es en este punto fundamental donde se produjo la quiebra más importante de la tradición revolucionaria marxista. Por un lado, la socialdemocracia europea, incluida la rusa, que haciendo una particular interpretación del marxismo la aplicó de forma dogmática como un manual de instrucciones y entendiendo que:

  • La burguesía es una clase revolucionaria (revoluciona el mundo feudal).
  • Es necesaria la revolución burguesa por todo el mundo para acabar con lo que interpreta como feudalismo.
  • El campesinado es una clase reaccionaria.
  • Esa revolución burguesa mundial traerá la expansión de un capitalismo homogéneo en todo el mundo y con él la desaparición del campesinado como clase que se convertirá en burguesía rural y en proletariado organizado y concienciado que traerá finalmente la revolución socialista mundial.
  • Por tanto, en Rusia sólo era posible una revolución burguesa, es decir, un movimiento revolucionario ruso protagonizado por obreros y campesinos que debía entregar el poder a la burguesía para que eliminara definitivamente el mundo feudal, instaurara el capitalismo y acelerara la desaparición del campesinado y su transformación en clase obrera.
  • En esta lógica, la toma del poder por los campesinos y obreros, los bolcheviques, era una aventura contrarrevolucionaria que iba en contra del movimiento obrero organizado y desarrollado hasta ese momento. Una locura de Lenin y sus bolcheviques (el delirio de un loco, dijo Plejanov) empeñados en una revolución socialista protagonizada por campesinos y en crear un Estado de nuevo tipo basado en las tradiciones campesinas rusas de poder asambleario: los soviets.
  • Era por tanto necesario enfrentarse a aquellos contrarrevolucionarios bolcheviques para devolver el poder a la burguesía y así seguir el “camino correcto” supuestamente marcado por el marxismo. En aquel éxtasis de pureza marxista, la socialdemocracia rusa no dudó en levantarse en armas contra los bolcheviques y la joven república soviética y en organizar una guerra civil para derrotar a los bolcheviques, en alianza con la burguesía y la vieja aristocracia en lo que se llamó el movimiento blanco. Lo importante, según sus tesis y como ya se ha dicho, era entregar el poder a la burguesía rusa para que ésta desarrollara como “era debido” el capitalismo en Rusia y con él un proletariado revolucionario que haría una revolución “verdadera”. Ese era el grito desesperado del gran Plejanov que no sólo no entendió a su alumno Lenin, sino que llegó a considerarlo como un traidor al marxismo y a la revolución proletaria.

En aquella obsesión dogmática por la “revolución correcta”, según la interpretación que la socialdemocracia hacía del marxismo, los socialdemócratas alemanes no dudaron en llevar a la práctica con éxito lo que los socialdemócratas rusos no pudieron conseguir con el bolchevismo: acabar de raíz con la revolución espartaquista para que la burguesía alemana continuara desarrollando el capitalismo.

En la misma tradición socialdemócrata pueden incluirse a algunas de las “familias” que inicialmente se unieron al bolchevismo de forma coyuntural o táctica. En otras palabras, sin aceptar el papel de sujeto revolucionario del campesinado y el carácter campesino de la revolución rusa, entendieron que lo importante era tomar el poder aprovechando la coyuntura revolucionaria y luego, descomponiendo y desplazando al campesinado, convertir a la revolución rusa en una genuina revolución proletaria y al poder soviético en un auténtico poder proletario.

Cuando Bujarin, por poner un ejemplo, se empeñaba en convencer a los campesinos de que se enriquecieran, con su famosa consigna de “campesinos enriqueceos”, en realidad intentaba socavar en sus fundamentos a la revolución rusa de octubre. El enriquecimiento de los campesinos al que se refería Bujarin llevaba necesariamente a la diferenciación social y a la quiebra de la unidad de clase del campesinado. Siguiendo dicho supuesto, la pretensión de Bujarin y sus seguidores era que los campesinos debían convertirse en una burguesía rural minoritaria (que posteriormente sería eliminada como clase), y en una inmensa mayoría de obreros que darían inmediatamente un carácter proletario a la revolución.

Trotsky también renegó del carácter campesino de la revolución e interpretó la alianza de obreros y campesinos como una cuestión táctica y coyuntural para tomar el poder. Según la lógica trotskista, debido a la falta de capacidad revolucionaria del campesinado, una vez tomado el poder político en la URSS había que desmantelarlo como clase, introduciendo en el campo y la aldea contradicciones económicas y políticas que forzaran su disolución. En esta fase, una vez tomado el poder político, mientras la clase obrera se consolidaba como tal, sería necesario el apoyo de la clase obrera de los países industrializados en forma de revolución proletaria en dichos países, lo que acabaría llamándose la revolución permanente. En realidad fue un amago de continuación de las ideas que Marx expuso en su debate con la revolucionaria populista rusa Vera Zachulich, cuando llegó a asumir la posibilidad de una revolución en una Rusia campesina, pero condicionando su viabilidad a la revolución proletaria simultánea en los países industrializados de Europa.

* * *

Por otro lado, del marxismo, del anarquismo bakunista, del populismo ruso, del cosmismo ruso y del “comunismo campesino arcaico” (en palabras de Weber), apareció el bolchevismo o leninismo y con él:

  • La teoría del campesinado como clase revolucionaria.
  • La teoría y la praxis de la revolución protagonizada por la unión de la clase obrera y del campesinado.
  • La posibilidad de la construcción del socialismo sin pasar por la revolución burguesa y por el capitalismo, alejándose del capitalismo.
  • La teoría de la estructura “centro/periferia” en el capitalismo, es decir el imperialismo.
  • La teoría de las revoluciones y las luchas de liberación nacional sin esperar al desarrollo del capitalismo en todo el mundo.
  • La teoría y la praxis de la construcción del socialismo en uno o más países sin esperar a la revolución mundial.

De forma paralela a la evolución de la socialdemocracia en Europa y otros países del centro capitalista, el leninismo se convirtió en otro vector de la revolución socialista y en otro vector de construcción social en la periferia del capitalismo, debilitando de esta manera al capitalismo metropolitano al privarle de la dominación y explotación imperialista de sus colonias y territorios dominados.

En la idea de la liberación nacional como movimiento revolucionario liberador de la periferia capitalista (la llamada descolonización del Tercer Mundo), tuvo un papel fundamental el ejemplo dado por la Unión Soviética durante la invasión alemana de 1941 y la guerra hasta 1945 (la Gran Guerra Patriótica), una verdadera guerra de liberación nacional frente al intento del capitalismo alemán y europeo de convertir a la URSS y parte de Asia en una gran colonia continental, en su particular periferia.

Los movimientos de liberación nacional que ya habían empezado a desarrollarse durante los años 20 y 30 del pasado siglo en Asia, bajo la fuerte influencia de la Unión Soviética, alcanzaron su máxima expresión tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejemplo soviético se extendió por grandes áreas de la periferia del capitalismo.

En Asia, vastos territorios que habían estado bajo el control y la dominación de los europeos durante largos siglos, como la India, China, Indonesia o Vietnam, consiguieron su independencia política e iniciaron el proceso para la construcción de una economía nacional independiente, con un importante núcleo industrial y con el control de los recursos naturales nacionales.

El ejemplo fue seguido por Irán y por los países árabes (Irak, Siria, Egipto, Libia, Argelia, etc.) que, inspirados por el socialismo baazista y panarabista, llevaron a cabo sus propias revoluciones e iniciaron la construcción de sus Estados nacionales independientes, laicos y progresistas, y que intentaron desde el primer momento tomar el control de sus recursos energéticos más importantes, hasta entonces en manos de las potencias imperialistas.

Paralelamente, en el África subsahariana se desarrolló un importante movimiento por la liberación nacional y por la independencia, liderado en la mayoría de los casos por las diferentes versiones del socialismo africano que estuvieron presentes en todo el continente. Líderes y pensadores como Julius Nyerere, Kwane Nkrumah, Modibo Feita, Patricio Lumumba, Sekoku Toure, Tom Mboya, Amílcar Cabral, Nelson Mandela, Samora Machel, Antonio Agostinho Neto o Thomas Sankara intentaron llevar a la práctica diferentes proyectos de socialismo en Tanzania, Ghana, Guinea Conakry, Mali, Congo (ex belga), Kenya, Cabo Verde, Angola, Guinea-Bissau, Mozambique, Namibia, Zimbabwe, Sudáfrica, Etiopía o Burkina Faso.

En la América que va desde Río Grande hasta la Patagonia (en palabras de José Martí) el movimiento de liberación empezó pronto como un movimiento contra la independencia de España, pero que quedó en gran medida truncado por la rápida  incorporación de las jóvenes repúblicas americanas a la periferia del capitalismo. En el cambio de siglo y durante la primera mitad del XX se produjo un despertar del antiimperialismo en los escritos de José Martí, Manuel Ugarte, Augusto César Sandino, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre o Carlos Mariátegui, por poner sólo algunos ejemplos significativos. Aquellas reflexiones estuvieron detrás de los partidos y organizaciones que encabezaron la lucha política y militar contra el imperialismo y que fueron parte esencial en las diferentes tentativas de construcción socialista en la América martiniana (o bolivariana) desde Cuba a Chile, pasando por Nicaragua, Venezuela o Bolivia.

Todos aquellos proyectos de liberación nacional y/o de construcción del socialismo estuvieron inspirados en mayor o menor medida en el modelo de la revolución de Octubre y de forma directa o a través de terceros países fueron siempre apoyados por la Unión Soviética. Es decir, el eco teórico y práctico de la revolución de Octubre, lo que viene en llamarse leninismo, puso patas arriba en apenas unos años todo el orden del capitalismo imperialista.

* * *

La respuesta no se hizo esperar. El peligro que, como modelo primordial, representaba la revolución “de los otros” para el capitalismo y su estructura centro-periferia, fue rápidamente entendido por las potencias europeas y por los EE.UU. Y una de las primeras medidas fue la intervención directa en la guerra civil rusa de 1918-1921. Luego vino el boicot internacional a la URSS, la conspiración en los asuntos internos y los proyectos de agresión por parte de Francia y Gran Bretaña, incluso en las semanas previas a la invasión alemana de la URSS.

Por otro lado, durante la década de los años treinta, las potencias capitalistas pusieron en Alemania sus esperanzas de destrucción de la Unión Soviética. Incluso estaban dispuestas a aceptar que una parte de la URSS pasara a formar parte de un imperio colonial continental alemán.

Sin embargo, la agudización del conflicto que mantenían las propias potencias imperialistas entre sí y que había estallado en la forma de Gran Guerra en 1914 por el reparto de las colonias y los territorios de influencia llevó de nuevo al enfrentamiento armado entre ellas cuando el capitalismo alemán, en forma política de fascismo, exigió que se le volviera a tener en cuenta en el concierto económico mundial. El rebrote del conflicto bélico, latente durante dos décadas, llevó a Francia, Gran Bretaña y los EE.UU. a una ágil y rápida redefinición del enemigo prioritario que les forzó a una alianza coyuntural con la URSS con el objetivo de “poner en su sitio” al capitalismo alemán.

Con la misma agilidad que cinco años antes, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, los aliados coyunturales volvieron a considerar como enemigo prioritario a la URSS y su modelo de revolución y construcción social. La escalada de violencia fue rápida e intensa. Si bien nunca se atrevieron a un ataque militar directo a la URSS, convertida ésta en una superpotencia económica y militar, sí que se dedicaron a intentar detener el proceso de expansión de la revolución y de los movimientos de liberación.

Sirvan como ejemplo las guerras e intervenciones directas en China, Corea, Vietnam, Argelia, Angola, Mozambique, Irak, Libia o Siria; golpes de Estado como el de Irán o Indonesia, conjuras e intrigas militares y/o económicas encaminadas a derrocar gobiernos y a asesinar a sus líderes como en el Congo con Patricio Lumumba, Amílcar Cabral en Guinea Conakry, Sandino en Nicaragua, Salvador Allende en Chile o Thomas Sankara en Burkina Faso.

Mientras existió la URSS, estos intentos de liberación y de construcción nacional, a pesar de las guerras, de los diferentes embargos económicos y de las conjuras militares, llegaron a buen puerto o pudieron mantenerse en un delicado equilibrio. La ayuda soviética fue decisiva, múltiple y diversa: militar, científica, económica, cultural, diplomática, etc. Tan importantes eran los fusiles de asalto soviéticos como su acción diplomática en la ONU, su mediación en los conflictos o sus apoyos a través de las organizaciones internacionales para el desarrollo de la salud, la cultura, la educación, la agricultura o la industria.

Al ser derrotada la URSS, los proyectos de construcción nacional e independencia económica de los países de la periferia capitalista sufrieron una gran presión económica y militar que les hizo colapsar. A mayor resistencia, más costos en vidas y en destrucción. Irak, Libia o Siria son los ejemplos más recientes. Derrotado el socialismo, derrotados los proyectos de construcción nacional, llegó el tiempo de la barbarie.

* * *

La socialdemocracia hizo su gran opción histórica en vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando, rompiendo con la tradición internacionalista y universalista del marxismo, decidió en cada país europeo que debía apoyar a sus burguesías nacionales en la guerra imperialista, quizá por seguir la lógica absurda de que había que permitir que el capitalismo se desarrollara hasta extenderse por todo el mundo y finalmente entrara en una gran crisis, producto de sus propias contradicciones.

Pero aquella lógica socialdemócrata no llevó a buen puerto. Sus renuncias le llevaron a ir dejando en el camino no solo principios teóricos fundamentales, sino que llevaron a la clase obrera de los países desarrollados, en un proceso continuado de pérdida de conciencia de clase, a convertirse en “colaboradora” del capitalismo imperialista. Con la renuncia final al marxismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia se consolidó como reformismo y como teoría de la participación de la clase obrera en la gestión del capitalismo y en la construcción de un Estado del bienestar que al tiempo que garantizaba unos derechos sociales inimaginables en otros lugares del mundo, hacía partícipe a  una parte considerable de la clase obrera de las metrópolis capitalistas no sólo de los frutos de la explotación imperialista de la periferia del capitalismo, sino que la convertía en agente directo de esa explotación.

El llamado eurocomunismo, o lo que es lo mismo, la desesperada huida de los partidos comunistas de Europa occidental hacia la socialdemocracia, renunciando a los principios que dieron lugar a su nacimiento como partidos comunistas, supuso otra vuelta de tuerca en la misma dirección. El eurocomunismo significó:

  • La renuncia al leninismo y con ello la renuncia a la teoría de la revolución y de la construcción del socialismo en los países de la periferia del capitalismo.
  • La asunción de la estructura de dominación centro-periferia del capitalismo en aras de una incorporación plena en la gestión política del Estado del bienestar.
  • La desmovilización de la clase obrera y la pérdida de conciencia de clase y, sobre todo, de la conciencia internacionalista y anti-imperialista.
  • La renuncia a la Unión Soviética y su condena, asumiendo el lenguaje del enemigo y las posiciones antisoviéticas más burdas, entre ellas el concepto de “imperialismo soviético”, con lo que se catalogaba y asimilaba la ayuda soviética a la liberación de los países y territorios oprimidos y explotados por el capitalismo, con la propia política de dominación del imperialismo capitalista.
  • La ceguera y la incapacidad para entender los procesos históricos globales. Así, por ejemplo, mientras se alababa la lucha del pueblo vietnamita contra el imperialismo francés primero y estadounidense después, siempre revestida de un romanticismo superfluo, se condenaba a la URSS sin entender que era la ciencia y la técnica socialista soviética la que ganaba la guerra en Vietnam. Que eran los misiles, los aviones y los pilotos soviéticos los que plantaban cara a la aviación y la flota de los EE.UU., hasta el extremo de que sin su presencia el pueblo vietnamita, a pesar de su valentía y sacrificio, no hubiese podido derrotar y expulsar al imperialismo norteamericano de Vietnam.

La socialdemocracia y el eurocomunismo no entendieron la estrategia de acoso y derribo del capitalismo hacia la Unión Soviética y confundieron las intrigas y conjuras que, por poner otro ejemplo significativo, estuvieron detrás de la “primavera de Praga” para agredir y socavar el prestigio internacional de la URSS y la cohesión en el campo socialista. No se entendió que aquella “primavera” fue la puesta de largo de un modelo de intervención en los asuntos internos de los países que ha acabado convirtiéndose en una tradición en la conjura y la conspiración contra la soberanía nacional y que ha evolucionado a todo tipo de “primaveras” “terciopelos” y “revoluciones de colores” en todos los continentes del planeta.

Toda aquella mascarada de un “socialismo de rostro humano” se quedó en una “arrancada de caballo loco” o en una vulgar tomadura de pelo. Unos años después, los mismos protagonistas de la primavera de Praga ni se acordaron de aquel socialismo de rostro humano que tanto habían proclamado y corrieron rápido a ponerse bajo el cobijo del capitalismo europeo olvidando de buen grado cualquier principio socialista.

Este proceso también se reprodujo en la propia URSS, y explica en parte su derrota. En la URSS, durante décadas, tuvo gran uso el concepto “cosmopolita”, con el que se catalogaba y clasificaba a grupos, personas y actitudes que rechazaban precisamente el componente campesino de la revolución de Octubre y de la construcción del socialismo en la URSS. Este componente cosmopolita podría ser clasificado con más detalle como socialdemócrata, trotskista, eurocentrista u occidentalista, en otras palabras, aquellos marxistas y no marxistas rusos que entendían, junto con sus colegas  socialdemócratas europeos, que tanto el proyecto como el sistema soviético eran “incorrectos” y que por tanto había que transformarlo, devolverlo al “seno de la civilización universal” o al seno de la “casa común europea” que tanto repetía Gorbachov y sus seguidores durante su catastrófica perestroika.

La toma del poder en la URSS por esa tendencia “cosmopolita” en los años ochenta del pasado siglo, en el proceso conocido como perestroika, acabó en un cataclismo universal precisamente porque trató de reconducir el sistema soviético al ámbito del mundo occidental dominado por el capitalismo imperialista. En ese ámbito la URSS ya no era viable, su tejido productivo y sus estructuras sociales y económicas eran incompatibles con el capitalismo. Su vector de evolución ya era otro. Y en esa explosión de incompatibilidades la URSS acabó descomponiéndose y siendo derrotada.

La derrota de la URSS y su retirada de Europa oriental, y del resto del planeta, llevó a una reorganización del capitalismo, que entre otras cosas se tradujo en una reducción considerable de los derechos de los trabajadores y de las clases populares en los propios países del centro capitalista. El ejemplo que representaba la URSS ya había desaparecido y el miedo que el capitalismo le tenía, desapareció también.

Además, la desaparición de la URSS dejó desamparados a los partidos comunistas allá donde todavía existían. En el caso de Europa el proceso fue especialmente trágico ya que la mayoría acabaron desapareciendo o cambiando de nombre y de políticas. De nada les sirvió el abandono del leninismo, el eurocomunismo o los cánticos por un socialismo de rostro humano. La catástrofe estaba servida y para mucho tiempo.

* * *

El proceso de participación en la gestión del capitalismo y en el disfrute de los beneficios del imperialismo, junto con los cambios del tejido productivo y la desaparición de las grandes empresas, llevó directamente a la descomposición de la conciencia de clase y en definitiva a la descomposición de la clase obrera.

Un factor determinante en la formación de la conciencia de clase resultó ser la síntesis del modelo antropológico campesino y tradicional, con su particular concepción de la solidaridad y de la justicia social, y del nuevo modelo antropológico proletario urbano. Los trabajadores y campesinos que vivieron en dicha síntesis fueron los que forjaron la conciencia de clase más resistente y combativa.

El modelo urbano del capitalismo, que implica la destrucción del vínculo campesino y que desarrolla e impone el modelo antropológico individualista y atomizado, ha acabado, con el paso de los años, debilitando o destruyendo esa síntesis antropológica tan particular, lo que ha contribuido sobremanera a la destrucción de la conciencia de clase de los trabajadores de los países de la metrópolis capitalista.

Se da la paradoja de que la clase obrera, pura y sin mezcla campesina, la que un día fue la gran esperanza socialdemócrata de la revolución proletaria en los países del centro capitalista, ha dejado de existir como tal, como clase con conciencia de serlo, con capacidad de organización para plantar cara a la ofensiva neoliberal.

Sin conciencia de clase los trabajadores descendieron y continúan descendiendo en su nivel y capacidad de representación abstracta. Ya no se ven ni se reconocen como expresión de toda la Humanidad, ahora se ven y se expresan como parte de entidades menores, de grupos de afinidad y proximidad. El universalismo humanista se ha transformado en una concepción gregaria de la diversidad. Ahora los trabajadores se expresan como parte de grupos que se excluyen unos a otros y se enfrentan en la defensa de sus intereses particulares y/o grupales, la mayoría de las veces por la consecución de determinados derechos civiles descontextualizados, de tal manera que esas luchas en su conjunto pierden la referencia de la emancipación de toda la Humanidad con respecto a la dominación del capitalismo imperialista.

Este fraccionamiento se produce a varios niveles y a veces llega a expresarse en forma de fraccionamiento territorial, cuando una parte de los trabajadores entienden que sus intereses entran en contradicción con los trabajadores de otros territorios y son utilizados como instrumentos de la política de la burguesía.

La pérdida de derechos de los trabajadores, de su capacidad adquisitiva como consecuencia del desmantelamiento del Estado del bienestar, ha llevado a que una parte de los trabajadores, ya sin conciencia de clase, vean como enemigos a los trabajadores de otros territorios y apoyen proyectos de separación territorial en la creencia de que, de esa manera, verán recuperados sus privilegios. De ahí el apoyo de importantes grupos de trabajadores a proyectos de ruptura y fraccionamiento nacional en el norte de Italia o en Cataluña. En definitiva estos trabajadores han acabado asumiendo y aceptando el discurso de la diversidad y el lenguaje de su enemigo de clase, es decir, de la burguesía, y renunciado a la cultura de la solidaridad.

En la misma línea están los trabajadores que no tienen una posición de clase internacionalista y se manifiestan en contra de la presencia de inmigrantes en sus países. Están en contra de la inmigración porque la perciben como una agresión a sus intereses particulares, a sus puestos de trabajo, a sus salarios o a su acceso a la Seguridad Social. Pero sin embargo no se expresan contra las políticas depredadoras del capitalismo imperialista, que continúan explotando y degradando la vida y la condición humana en África. No solo eso, sino que haciendo propio el discurso de sus capitalismos, asumen y apoyan la destrucción de los proyectos de construcción de Estados nacionales independientes en África, como es el caso de Libia y de Siria.

A lo anterior hay que añadir un elemento básico: la falta de organización. Los trabajadores no son clase, no se expresan como clase, si no tienen organización política. Hasta ahora la organización giraba en torno a los partidos políticos de clase y a los sindicatos de clase. El deterioro de éstos, o su desaparición, ha contribuido a la acentuación del proceso de destrucción de la conciencia de clase. También la derrota de la URSS, entendida como la macro-organización de los trabajadores de todo el mundo, influyó sobremanera en la crisis de la conciencia de clase.

Un ejemplo que ilustra esta falta de organización es la búsqueda ansiada de la misma, que se materializa en la proliferación de multitud de organizaciones políticas que viene a sustituir a otras en apenas unos meses de vida. La mayoría de ellas tiene un objetivo coyuntural: ganar unas elecciones o buscar un trasvase de votos que impida el triunfo electoral de un enemigo considerado peor. Es una vana huida hacia adelante. El cambio de nombre y la proliferación de organizaciones a la búsqueda de una ideal no resuelve el problema estructural.

En la reproducción de la clase trabajadora es fundamental la actividad constructiva desempeñada por ella en su conjunto y por una parte significativa de la misma que elabora, desarrolla y actualiza su matriz cognitiva. Esta vanguardia es la expresión de la clase y sintetiza sus modelos de conducta, su ética, su moral, su lenguaje, etc. Si este grupo es destruido o se autodestruye, la clase en general pierde la capacidad de expresarse y de reproducirse.

La falta de organización va de la mano con la falta de esa vanguardia, que es sustituida por un liderazgo mediático de políticos que se sitúan en fronteras de difícil definición, o como está de moda decir ahora, políticos transversales, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido y que en su afán de servir para todo y todos adoptan posiciones camaleónicas de forma permanente.

En este vacío organizativo se producen los movimientos pendulares y las oscilaciones de los trabajadores a posiciones contrarias a sus intereses de clase, un fenómeno que no es nuevo en Europa. El traslado del voto y de los apoyos de los trabajadores a los partidos de la derecha son la concreción en la coyuntura actual de:

  • La pérdida de la conciencia de clase y la desaparición de la clase trabajadora en cuanto a clase para sí.
  • La pérdida, o el brusco deterioro, de la capacidad de organización de la clase trabajadora.
  • La pérdida de la palabra, o lo que es lo mismo, la incapacidad para teorizar y expresar en el propio lenguaje de las organizaciones de clase la identificación de los conflictos, su diagnóstico y las propuestas de acción y solución. Y, por supuesto, la trampa de la asunción del discurso del enemigo.
  • El desmantelamiento del Estado de bienestar.
  • La pérdida de la condición privilegiada de los trabajadores o “aristocracia proletaria” de las metrópolis capitalistas, en el contexto global de la estructura centro-periferia del capitalismo imperialista.
  • El renacimiento del racismo, siempre presente en la cultura europea, como consecuencia de la pérdida de la conciencia de clase, expresado en el odio o repulsa a los trabajadores de otros territorios o regiones o hacia los trabajadores emigrantes.

* * *

La pérdida de conciencia de clase de los trabajadores permitió la aparición del fascismo en la primera mitad del siglo XX. El fascismo italiano clásico y el nacional-socialismo alemán no pueden ser entendidos sin ese componente obrero desclasado que es captado por un proyecto gregario para la construcción de un “socialismo” nacional a expensas de la explotación de la periferia capitalista. Alemania e Italia plantearon directamente el asunto en estos términos y la inmensa mayoría de los trabajadores, derrotados por una terrible crisis económica, sin conciencia de clase por la derrota política de sus organizaciones de clase y amedrentados por el pistolerismo de los paramilitares fascistas, acabaron poniendo su libertad a los pies del capitalismo imperialista y tomaron la espada para luchar por la conquista del “espacio vital”, que en castellano puro y duro significa colonia continental en los amplios espacios de Eurasia y de África.

Pero no fueron sólo los trabajadores alemanes e italianos. Prácticamente todos los trabajadores de Europa, sin conciencia de clase y con sus organizaciones de clase desestructuradas o derrotadas, aceptaron de buen grado, o por la fuerza, la participación en aquel gran proyecto de conquista de la felicidad a costa de la dominación de inmensos territorios y del exterminio de sus habitantes. Y esto no es una novedad en la cultura del capitalismo y de la sociedad burguesa, más bien todo lo contrario, es una constante desde la formación de este mundo burgués en Europa occidental.

Hay dos elementos que son claves en la expansión de las potencias europeas, del colonialismo, de la implantación y desarrollo del capitalismo: las guerras imperialistas y el racismo.

Con las guerras imperialistas las potencias capitalistas se expandieron a sangre y fuego por todo el mundo aprovechando el gran salto científico y tecnológico que supuso la Revolución Industrial. Las nuevas máquinas y el nuevo armamento permitieron someter a inmensos territorios y a exterminar a millones de personas sin el mínimo escrúpulo. Fueron guerras cruentas en las que nunca importó o se tuvo en cuenta la condición humana de los habitantes de los territorios conquistados.

El racismo forma parte esencial de la cultura del capitalismo y del imperialismo. Nació en el seno del capitalismo, en sus albores, para justificar ideológicamente la conquista, la dominación y la explotación. El nativo, el indígena, fue convertido en un ser inferior, en no-humano, y por tanto su explotación, dominio y exterminio no importaba y apenas provocaba conflictos éticos o morales. En el Congo belga, en el África del Sudoeste, en Sudáfrica, en la India, en la actual Indonesia, en Australia, en los Estados Unidos de Norteamérica, o en la isla de Tasmania, por poner sólo algunos ejemplos, al capitalismo imperialista no le importó nunca el exterminio de las poblaciones nativas y se comportó de la misma manera violenta y despótica que más tarde aplicó en la propia Europa.

Los europeos vinieron a darse cuenta de ese lado inconfesable del capitalismo cuando sufrieron en su propio territorio los disparates de las políticas de exterminio humano. Sin embargo puede decirse que han aprendido poco de su propia historia. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha desplegado una campaña continua de manipulación de la información y de la conciencia colectiva que ha hecho recaer la responsabilidad de aquellas políticas de muerte y exterminio sobre los hombros de unos cuantos políticos a los que se trata de locos o de iluminados, tratando de ocultar que la causa principal del racismo fue y es el capitalismo, y no los supuestos complejos y frustraciones de Hitler porque sólo llegó al empleo de cabo en el ejército alemán o porque no lo admitieron en la Academia  de Bellas Artes de Viena.

Cuando los obreros europeos se convertían en emigrantes y en colonos en la periferia del capitalismo, se convertían inmediatamente en racistas violentos, sacando a la superficie sus instintos más bajos. Los obreros ingleses, franceses, alemanes o belgas, se convertían en asesinos en cuanto llegaban a África, donde cortaban extremidades y cabezas a los nativos africanos que se resistían a recoger el caucho o a realizar otros trabajos. Con ese mismo afán, desclasados y seducidos por el proyecto nacional-socialista, los obreros alemanes, belgas, húngaros o austriacos, por ejemplo, asesinaron sin escrúpulos a millones de personas en la Unión Soviética y en otras partes de Europa.

Aquellas actitudes asesinas en Europa o en África no eran producto del miedo, la obediencia debida o la jerarquía militar. Obedecían a otra cuestión más terrible todavía. La inmensa mayoría de aquellas personas actuaban de forma bestial porque tenían plenamente asumido que aquellos a los que mataban, mutilaban o violaban eran seres infrahumanos. Esa es la esencia del racismo incubado en Europa durante largos siglos de expansión y dominio imperialista por todo el mundo. Esa era la actitud de los oficiales, soldados y colonos ingleses, franceses, alemanes u holandeses en sus colonias y en las guerras imperialistas por todo el mundo.

Por otro lado es importante entender la importancia de la conciencia de clase como antídoto contra el racismo. El universalismo marxista y el internacionalismo leninista (bolchevique), en la medida que han ido de la mano durante el siglo XX, han resultado ser los instrumentos fundamentales para neutralizar y luchar contra el racismo. Marx, al teorizar sobre la organización del proletariado y el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, vino a decir que la clase obrera era el agente de la Historia que representaba los intereses de toda la Humanidad.

Lenin supuso un importante avance en la universalización del concepto de clase obrera, a partir de él, más bien clase trabajadora, al incorporar al campesinado ruso y sus ideas del “hacer común” al universalismo marxista. A partir del leninismo y de la Unión Soviética, la clase trabajadora, sujeto revolucionario con conciencia de clase, capaz de derrotar al imperialismo capitalista, construir el socialismo y representar los intereses de toda la Humanidad, son los campesinos y obreros de todo el mundo, en especial los de la periferia del capitalismo, que hasta entonces habían estado “fuera de la civilización universal”.

* * *

Se escribe ahora en la prensa que en Europa se vive el renacimiento de un nacionalismo y de un neofascismo porque algunos Estados o partidos políticos han propuesto la puesta en práctica de políticas que refuerzan el papel de sus economías nacionales en su propio territorio o intentan poner límites a la llegada de los emigrantes.

Quienes escriben estas cosas parecen olvidar que el capitalismo es nacionalista e imperialista al mismo tiempo y vive en esa dialéctica de forma permanente, acentuando en uno u otro aspecto sus políticas, dependiendo de sus intereses y necesidades en cada coyuntura. Tomemos como ejemplo lo que se entiende como máxima expresión histórica del nacionalismo europeo: la Italia fascista y el Reich alemán (da igual el segundo que el tercero). Las políticas nacionalistas en sus propios territorios iban parejas y de la mano de sus políticas imperialistas. El fascismo en Italia, como expresión política de capitalismo imperialista italiano, necesitó de una política de creación, dominio y explotación de una periferia que le llevó a invadir Abisinia, Eritrea, Libia, Albania, Grecia y la Unión Soviética.

Lo mismo ocurrió con Alemania durante el Segundo o el Tercer Reich. Sus políticas nacionalistas en su propio territorio iban de la mano de la expansión imperialista en los países árabes y en África negra primero (por ejemplo, uno de los grandes proyectos del II Reich fue la creación de una línea de ferrocarril Berlín-Bagdad, una arteria de suministro de hidrocarburos directamente al centro de la metrópoli), y luego, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, ya en los años treinta, de un gran imperio colonial en los espacios de Eurasia. En definitiva, esos grandes proyectos nacionales lo fueron siempre a costa de una periferia imperialista.

El espejismo del Estado del bienestar fue posible por la existencia de la Unión Soviética y el miedo del capitalismo a la expansión del socialismo en sus metrópolis europeas. También fue posible por la combatividad de los trabajadores, su alto grado de organización y por su elevada conciencia de clase.

Gracias a las luchas obreras y a los tanques soviéticos acantonados en la República Democrática Alemana, los Estados europeos pudieron ser penetrados por los trabajadores y convertidos, en parte, en expresión de los intereses de la clase trabajadora. Desaparecida la Unión Soviética y adocenados los trabajadores europeos en su privilegiada posición que les llevó a creerse el mito de la “clase media” y a considerarse parte del sistema, sin conciencia de clase y sin organización política, el capitalismo pasó al contraataque recuperando su posición de dominio y control de los Estados europeos,  simplificándolos, en el sentido de “limpiarlos” del componente trabajador, e intentando desmantelar, y consiguiéndolo en gran medida, la mayor parte de los logros del Estado del bienestar.

En este contexto global se enmarca la contraofensiva neoliberal en Europa, donde, con el mito de la Unión Europea y del euro, se ha creado en territorio europeo una periferia intermedia, “blanda”, controlada y al servicio de los países que conforman el núcleo duro del capitalismo en nuestro continente.

Pero esa ofensiva del neoliberalismo no se limitó, como ya hemos visto, a Europa, sino que, sin el contrapoder que suponía el sistema soviético, pasó al contraataque en todo el mundo, agrediendo y desmantelando los Estados que han supuesto límites, trabas o impedimento a la nueva expansión imperialista, llamada globalización.

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Las políticas de las organizaciones de la izquierda deben tener en cuenta precisamente esa dialéctica entre Estado nacional e internacionalismo para saber hacer frente, sin caer en la confusión, a las políticas del neoliberalismo. Por un lado es importante defender el Estado y los proyectos de construcción nacional en la medida que son un obstáculo para las políticas imperialistas, incluso en la periferia intermedia de Europa. Sobre todo, si estos Estados están penetrados por la clase trabajadora y son utilizados como instrumentos para la redistribución de la riqueza, el reforzamiento de la cultura de la solidaridad y la defensa de los intereses de los trabajadores.

Esta defensa del Estado nacional ha de ir complementada por una clara posición internacionalista y anti-imperialista. Los enemigos de los trabajadores en Europa no son los trabajadores de otros territorios nacionales ni los trabajadores emigrantes. De nada sirven las políticas de protección de los intereses de los trabajadores de un determinado lugar si estas políticas, si estos logros están “financiados” con la miseria de las poblaciones de África. De nada servirá que los trabajadores apoyen las políticas anti-emigrantes de sus políticos locales, si sus sistemas económicos llevan a cabo políticas económicas que esquilman inmensos territorios en África. La miseria generará nuevas oleadas de emigrantes que acabarán llegando a las costas europeas antes o después.

Es imprescindible volver a desarrollar la cultura universalista e internacionalista para que la clase trabajadora vuelva a expresarse como agente de la Historia y a representar los intereses de toda la Humanidad, o lo que es lo mismo y expresándolo de forma reduccionista: atendiendo siempre al frente interno y al internacionalista, teniendo en su conciencia de clase el mundo entero y los intereses de los trabajadores de todo el mundo.

* * *

Hubo un momento en el que fue asumido como inevitable el concepto y la idea de globalización. En realidad, un eufemismo que significa el dominio mundial del capitalismo, sin obstáculos ni trabas, una vez desaparecida la Unión Soviética y los países apoyados por ella, única frontera real y límite a los desmanes del imperialismo.

Al perder el gran bastión práctico y teórico de la transformación social a escala planetaria que representaba la Unión Soviética, quedó desestructurada toda la geopolítica de la liberación creada alrededor del leninismo y del proyecto soviético. Los nuevos tiempos exigen de nosotros un gran esfuerzo intelectual para entender la naturaleza de los nuevos conflictos generados y de los que están a punto de eclosionar, huyendo de lo aparente y de la burda propaganda mediática que tanta influencia y poder de convicción tiene.

La periferia del capitalismo sigue siendo un hervidero de conflictos y de ideas nuevas y es muy probable que sea de ella de donde surja la teoría y la fuerza política que vuelva a poner en jaque al imperialismo en sus nuevas formas. Rusia, China, la India, Oriente Medio, el África negra o Iberoamérica tienen mucho que decir en este sentido. El tiempo ha ido mostrando que paulatinamente se va formando una nueva geopolítica de la resistencia al imperialismo. Quizá no sea todavía una nueva geopolítica de la liberación, pero sí lo es de la resistencia.

Nosotros, en la plácida Europa, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Toca aprender de nuevo a elaborar y a expresar la palabra que evite que la resistencia y las futuras revoluciones y/o proyectos de transformación social acaben convirtiéndose en meras insurrecciones.


Moscú/otoño de 2018
Artículo publicado en la revista El viejo Topo, número 371 de diciembre de 2018

El obrero y la koljoziana

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

La escultura el “Obrero y koljoziana”, que bien podría llamarse el obrero y la campesina, fue creada como el símbolo que debía resumir la verdadera naturaleza de la Revolución rusa de Octubre de 1917. Una revolución basada en la participación del campesinado como clase y sujeto histórico consciente, capaz de comportarse como una clase de vanguardia y capaz de protagonizar un cambio social histórico y de alcance mundial que permitiera llegar al socialismo sin pasar por el capitalismo.

La experiencia histórica del campesinado ruso en la revolución de Octubre de 1917 dio paso a una nueva época en la que el campesinado operaba como un sujeto político independiente capaza de actuar en la política nacional e internacional como un sujeto revolucionario que podía y finalmente pudo, poner en jaque al capitalismo imperialista mundial llevando las revoluciones y la lucha por la liberación de los pueblos a una nueva fase que condicionó todo el siglo XX. Las revoluciones campesinas del siglo XX iniciadas por las revoluciones rusas de 1905-1907 y de Octubre de 1917 y continuadas por las revoluciones y los movimientos de liberación nacional apoyados todos ellos por la URSS llegaron a poner en serios aprietos al capitalismo durante un largo periodo histórico.

Desgraciadamente, la desaparición de la URSS y el consiguiente debilitamiento del movimiento revolucionario internacional en todas sus variantes ha permitido al capitalismo recobrar la iniciativa.

* * *

La escultura fue pensada para ser instalada en el Pabellón soviético de la Exposición Internacional de Paris del año 1937. Fue el gran arquitecto soviético Iofán quien se encargó del diseño de dicho pabellón y de las primeras ideas sobre la escultura o grupo escultórico que debería coronarlo.

En los debates de los diferentes grupos de trabajo que se formaron para la creación del pabellón y las esculturas, pronto quedó claro que éstas últimas deberían levantar bien alto el emblema del país de los soviets, es decir el martillo y la hoz. También quedó claro, y fue Iofán quien de forma especial apoyó esta idea, que el martillo y la hoz deberían levantarlo con sus manos un chico y una chica, jóvenes representantes de un país joven que a la vez debían representar a las dos clases sociales que habían protagonizado la revolución, la clase obrera y el campesinado. Para el desarrollo de estas ideas fueron invitados cinco arquitectos soviéticos: V.A. Andreev, B.D. Koroliov, M.G. Manizer, I.D Shadr y Vera I. Mujina.

Tras conocer el proyecto, a Mujina le resultó especialmente extraña la forma y dimensiones del pabellón; 160 metros de largo por sólo 21.5 metros de ancho. Con aquellas dimensiones el interior del edificio quedaba convertido en un largo pasillo sin salas grandes para exposiciones. Pero aquellas medidas venían condicionadas por las dimensiones de la parcela de terreno que las autoridades de la Exposición de París habían adjudicado a la URSS. No había posibilidad de cambiar de parcela.

Según el diseño de Iofán el pabellón debería aprovechar su longitud para resaltar el movimiento y expresar la fuerza y el dinamismo de la joven república soviética, representada tanto por la forma del edificio como por el conjunto escultórico que lo coronaba. Además, Iofán había expresado en el proyecto la idea de que la escultura estuviese terminada en un metal brillante. Los escultores invitados a presentar sus proyectos debían someterse al proyecto de Iofán, que fue aprobado en junio de 1936 por el Consejo de Comisarios de Pueblo, y publicado en las páginas de Pravda.

La concepción de Iofán era que el grupo escultórico debería supeditarse al diseño arquitectónico, lo que provocó el primer debate entre la escultora y el arquitecto. Por su parte Mujina consideraba que no era correcto disolver la escultura en el conjunto arquitectónico, sino que el grupo escultórico debía conservar su especifidad como elemento artístico, eso sí, en perfecta armonía y síntesis con la parte arquitectónica.

Otro aspecto del proyecto que no le gustó a Mujina fue la falta de dinamismo con el que Iofán resolvía la composición escultórica. Así que se dedicó a trabajar en esa dirección, encontrando soluciones que dieron un nuevo aspecto a la composición escultórica reforzando su ligereza, fuerza y dinamismo. Separó a las figuras creando un espacio entre ellas que aligeró la composición. Incluyo un largo pañuelo que se alargaba horizontalmente hacia atrás, empujado por el viento. Colocó en horizontal el brazo izquierdo de la campesina y el derecho del obrero, casi en paralelo con el pañuelo y con el edifico-pedestal.

Además, Mujina vistió a la chica con una camisa rusa, con el pecho al descubierto, y esculpió su pelo como si una llama de fuego fuese empujada hacia atrás por el viento. En cuanto al obrero, desplazó su brazo derecho hacia afuera y abrió su mano, como si de un ala gigantesca se tratara. Lo esculpió desnudo, tomando como modelo a un joven herrero, Nikolai Vasileivich, quien ya había posado para la escultora para otras obras.

Con todas estas innovaciones, el modelo de Mujina se alejaba en su composición, aunque no en su concepto, del elaborado por Iofán, con lo que existía el riesgo de que fuese rechazado. Finalmente llegó la fecha de la presentación de los proyectos de todos los escultores. Andreev y Manizer siguieron a rajatabla la idea original de Iofán. Shadr sin embargo se alejó totalmente del proyecto inicial creando una composición en total movimiento, muy buena, pero ajena al proyecto arquitectónico. El Comisario General de la exposición se acercó a Mujina y le comentó que su proyecto estaba aprobado en un 99%, pero que… “¿hay que ponerle pantalones al obrero?”, saltó al quite Mujina. “Si mejor vístalo”, le respondió el Comisario. Y Mujina vistió al obrero con un mono de trabajo.

Finalmente tuvo lugar la inspección final de la obra de Mujina a cargo del Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, Molotov, del Comisario General de la Exposición, Mezhlauk, y del resto de los miembros que la componían. Teniendo lugar el último debate: a algunos de los miembros de la comisión estatal no les gustaba la presencia del pañuelo, pero Mujina se mantuvo en su sitio y se negó a quitarlo. Y así quedó.

Y fue entonces cuando Mujina se dio cuenta de que comenzaba lo más difícil, convertir aquel boceto escultórico en un gigantesco conjunto escultórico de metal. En la primera reunión para coordinar los plazos en los que debía entregar el modelo de la escultura a la fábrica donde había de fabricarse la estructura y el revestimiento de la escultura, Mujina acabó llorando. Le era imposible acabar el modelo de arcilla y pasarlo a escayola en un mes.

En su ayuda intervino Piotr Nikolaevich Lvov, “¿si el modelo es de un metro de altura, tendrá suficiente con un mes?”, le preguntó el profesor. Mujina dijo que sí, y el profesor Lvov se comprometió a transformar aquella escultura de un metro en un coloso 15 veces mayor. Aquello llevaba un riesgo, y es que los pequeños defectos apenas perceptibles en la escultura de un metro se verían agrandados de tal manera que podrían estropear irremediablemente la obra final. Pero el profesor Lvov dio garantías de que se podría solucionar cualquier defecto.

En realidad se trataba de un hombre de vanguardia, especialista en nuevas aleaciones y, sobre todo, en el desarrollo de nuevas técnicas de soldadura. La mayoría de los ingenieros propusieron que la escultura se realizara en una aleación de aluminio con cobre y otros metales que tan de moda se habían puesto desde principio de siglo XX y que se caracterizaban por su ligereza. Sin embargo Lvov, para empezar, propuso que la escultura se realizara en acero inoxidable cromado, en el que era un especialista, alegando que era el metal que mejor representaba a la nueva sociedad industrial. Además, argumentó que podría conseguirse una obra tan ligera como podría ser la de cualquier aleación con aluminio.

Su propuesta fue arriesgada: una estructura interna de barras de acero que serviría de sustento de una finas planchas de acero inoxidable cromado de 0.5 y de 1.00 milímetro que darían la forma final a la escultura. Para él, era la mejor solución, por su resistencia y longevidad, así como por ser la mejor solución técnica para la unión de las placas de metal mediante soldaduras, en lo que era, quizá, el mayor especialista mundial.

Nunca nadie hasta aquel momento había hecho una escultura en acero inoxidable, y sus características plásticas eran absolutamente desconocidas. Mujina, medio asustada, medio asombrada, expuso sus dudas al profesor Lvov y este le propuso salir de dudas con una prueba fundamental: hacer en el mismo acero que él proponía una reproducción de la cabeza del David de Miguel Ángel a partir de un modelo de escayola. Y los resultados fueron espectaculares. Finalmente se decidió que la escultura fuese realizada en acero inoxidable cromado.

Todo el proceso de construcción de la escultura en acero fue una gran aventura hacia lo desconocido, y nunca en la época moderna estuvieron tan unidos el arte con el desarrollo científico-técnico como en la elaboración de este conjunto escultórico. Estaba en consonancia con los tiempos soviéticos, donde la revolución socialista transformó a un inmenso país de campesinos mayoritariamente analfabetos en otro de ingenieros y especialistas rebosantes de curiosidad intelectual y ganas de desafiar a la naturaleza y a la ciencia. Ingenieros y especialista que en apenas 20 años diseñaron, crearon y gobernaron a máquinas complejas que les ayudaron a ganar la mayor guerra tecnológica que hasta aquel momento había conocido la humanidad, a salir al cosmos, a dominar las fuerzas de la naturaleza y al átomo.

Finalmente la obra fue tomando forma, siendo precisamente el momento más complicado la colocación y sostén del largo pañuelo. Mujina que tanto había apostado por mantenerlo tuvo sus dudas hasta que finalmente no lo vio del todo colocado. Fue una obra colectiva donde los obreros e ingenieros de la fábrica hicieron un sinnúmero de aportaciones que ayudaron a encontrar soluciones técnicas a los problemas que fueron apareciendo durante toda la obra. Finalmente, una noche, tras la colocación del pañuelo, sin avisar a nadie, Stalin se presentó en la fábrica. Quería ver la obra terminada. A la mañana siguiente, Iofán le dijo a Mujina que “el Gobierno estaba muy satisfecho por la obra”.

Apenas 24 horas después de la aprobación oficial, la obra, fue “cortada” en sesenta y cinco trozos, que fueron empaquetados y enviados por ferrocarril a París, atravesando toda Europa, en un convoy ferroviario de 28 vagones. Aparte, viajaron a París la propia Mujina, Lvov y un grupo de especialista encargados de montar la obra en el pabellón, lo que hicieron en once días.

La escultura tuvo un gran éxito en París y pronto se convirtió en un símbolo en todo el mundo. Semejante éxito fue una gran sorpresa para todos, especialmente para la propia Mujina. Tras la finalización de la Exposición Universal, las autoridades de París y el público parisino expresaron su intención de que la escultura se quedara para siempre a orillas de Sena. Pero las autoridades soviéticas tenían otros planes. La escultura fue desmontada y enviada de vuelta a la URSS, esta vez en barco. Fue finalmente montada y colocada en Moscú, en las proximidades de la Exposición Permanente de los Logros de la Economía Soviética, donde se encuentra en la actualidad. Fue restaurada en 1979 y en el año 2003 fue desmontada para su restauración, que se prolongó por falta de presupuesto durante seis años. Finalmente fue montada en el año 2009 sobre una reproducción del pabellón construido por Iofán para la exposición de París de 1937.

Este texto fue elaborado para la exposición de fotografía sobre el conjunto escultórico del Obrero y la Kojosiana que tuvo lugar en el Club Atalaya-Ateneo de la villa de Cieza durante el mes de octubre de 2017, con motivo de la celebración del primer centenario de la Revolución de Octubre.

El hombre, el cosmos, la ciencia y el bien. Los soportes éticos de la ciencia soviética.

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

I.

El racionalismo científico de la Ilustración y el pensamiento científico contemporáneo han convivido y conviven en la actualidad en el hombre ruso/soviético con sus formas tradicionales o pre-modernas de pensamiento. Esta particularidad ha dado lugar a una de las características más representativas del pensamiento ruso: la existencia de dos planos de pensamiento, dos formas de racionalidad que no se excluyen una a la otra y a las que, tanto el hombre de ciencia como el hombre medio ruso, recurre según sus propias necesidades.

Esta característica, con ser particular de la cultura rusa, no es sin embargo exclusiva de ella. Está presente en la mayoría de las culturas no europeas que han sabido, o han tenido, la posibilidad de asumir valores específicos de la cultura europea occidental sin abandonar los suyos propios. Así, sin ir más lejos, chinos o japoneses mantienen esta capacidad, compaginando en sus estructuras de pensamiento los valores de la ciencia contemporánea, hija de la revolución científica europea, con sus valores tradicionales más significativos, pudiendo explicar la Naturaleza con las leyes de la física al tiempo que como manifestación de la voluntad de dioses y espíritus.

Este comportamiento se aleja del modelo representado por Europa occidental, la cual, en el proceso de reelaboración de sus propias bases culturales, ocurrido en la Modernidad, ha desplazado primero, y destruido después, sus estructuras tradicionales de pensamiento y sus medios de explicar y aprehender el mundo circundante, la existencia del propio hombre y la historia de la humanidad. Para el hombre europeo sólo existe una forma de entender y explicar el mundo: la que se deriva del racionalismo científico por él mismo elaborado; todo lo demás ha sido condenado como superchería y brujería.1

Esta doble racionalidad estuvo especialmente presente en el proyecto soviético. La historia del bolchevismo, de todo el proyecto soviético (y por extensión la historia de los partidos comunistas en general), nos habla de la existencia en su seno, de forma prácticamente permanente, de dos proyectos, dos modelos diferentes de comunismo, a veces no conscientes, incluso podríamos decir que intuitivos, que tienen su origen en niveles diferentes al ideológico, en la misma concepción de la vida y del papel que el hombre ejerce en la naturaleza y en la sociedad.

Hubo en el bolchevismo un comunismo cuyo soporte cultural fue una solidaridad que podemos llamar tradicional, popular, campesina. Este comunismo tuvo y tiene una concepción orgánica y totalizadora, holística, de la sociedad y de la historia. El pueblo, el Estado, la sociedad y el hombre son percibidos como sujetos naturales totales, únicos; son la síntesis de los aspectos objetivos y subjetivos, de los materiales y espirituales que los conforman. En este modelo de comunismo el hombre está vinculado, solidarizado, con toda la sociedad y con la naturaleza. Su solidaridad transciende el ámbito de lo social y se prolonga en la propia naturaleza con la que mantiene vínculos específicos. En la Unión Soviética, las bases de este comunismo fueron, y siguen siendo, las tradiciones solidarias de origen campesino mantenidas de un lado por las tradiciones culturales religiosas, especialmente por el cristianismo ortodoxo oriental (en el caso de Europa, por el catolicismo popular de los países católicos de la Europa meridional), y de otro por la pervivencia de determinadas estructuras sociales y formas de vida que, aún a pesar de la expansión de la sociedad industrial, bien en forma de capitalismo o de socialismo, se mantuvieron vigentes en algunas zonas de Europa hasta bien avanzado el siglo XX y en la URSS hasta nuestros días. Incluso cuando éstas fueron desarticuladas, como en el caso de Europa, la clase obrera emergente, en su aplastante mayoría de origen campesino, conservó estas tradiciones y con ellas sus formas de comprensión y aprehensión del mundo circundante. Durante varias generaciones los obreros industriales continuaron siendo psicológica y sociológicamente campesinos. Un ejemplo importante lo tenemos en el milenarismo que impregnó el movimiento obrero europeo y el bolchevismo, expresión de la herencia cultural de la solidaridad tradicional2.

El otro proyecto de comunismo presente en el bolchevismo tiene un origen urbano, racionalista. Es heredero de los valores de la Ilustración y de la Revolución francesa. Asume el modelo atomizado de hombre y con él el individualismo; condena el mundo tradicional campesino, el mundo popular, como un residuo del feudalismo; asume todos los tópicos de la historiografía europea posterior a la Revolución francesa sobre el mundo campesino y el supuesto Antiguo Régimen. El comunismo ha de ser creado sobre la base de individuos libres unidos por sus intereses de clase o por su conciencia de clase. La ausencia de conciencia de clase entre los campesinos los convierte en pequeñoburgueses, en “un saco de patatas”. Se trata de un proyecto de comunismo que ha terminado aceptando los principios básicos sobre los que se asienta la sociedad capitalista. Acepta el papel regulador del mercado (eufemismo tras el que se esconde la aceptación de la economía de mercado y la propiedad privada), la sociedad civil basada en la concepción del hombre como átomo y la democracia parlamentaria como sistema político.

En este proyecto de comunismo, llamémoslo racionalista, cada individuo tiene su propio valor específico: la posesión de su propio cuerpo (su verdadera propiedad y mercancía) y sus cualidades intelectuales y físicas (su fuerza de trabajo). Como individuo tiene sus “derechos individuales” intransgredibles y un espacio de actuación legítimo, es decir, marcado por las leyes, independiente de cualquier otro individuo. Es la sociedad atomizada, fruto de la Reforma Protestante, de la Revolución científica y de la cultura del industrialismo moderno. Los valores comunitarios tradicionales, la solidaridad tradicional, basada en el modelo de “hombre común” indivisible (una parte de mí está en todos los hombres y en mí se encuentra una parte de todos los hombres), son considerados como reductos del pasado de la existencia humana condenados a su desaparición, estorbo y lastre para el progreso.

Toda la experiencia práctica del socialismo durante el siglo XX ha estado condicionada por la presencia, en mayor o menor medida según los casos concretos, de los dos “proyectos de comunismo” anteriormente mencionados. El bolchevismo fue quizá el caso más explícito. En él estaban presentes las dos formas de comunismo, o si se prefiere, las dos formas de solidaridad. Las tradiciones solidarias populares rusas y del conjunto de pueblos y etnias que conformaban el Imperio ruso habían sido elaboradas por la filosofía, la literatura y la ciencia rusa durante todo el siglo XIX, pero, aún a pesar de dicha elaboración teórica, no habían podido convertirse en protagonistas del proceso modernizador e industrializador que Rusia estaba demandando y buscando. El marxismo clásico, casi académico, de los socialdemócratas rusos, no pasó de lo anecdótico durante décadas y aún a pesar de su relativa fuerza e importancia en los años previos y durante la propia Revolución rusa, no pudo convertirse en el protagonista de los cambios. El bolchevismo fue la síntesis entre las tradiciones socialistas y solidarias nacionales -vernáculas como las llama (Shanin 1990)– y el marxismo. Dicha síntesis asumió el protagonismo de la Revolución y del cambio social y condujo a Rusia, ya en forma de URSS, a la época industrial.

El bolchevismo, y todo el proyecto soviético hasta en sus más recónditas manifestaciones, estuvo condicionado por esa doble naturaleza racionalista y tradicional. Como consecuencia de su componente tradicional, el bolchevismo estuvo imbuido de los conceptos del bien y del mal de la cultura tradicional rusa. En su percepción ideológica, el proyecto soviético fue algo más que un instrumento para “hacer el bien”. En su seno el bien y el mal eran parte consustancial del mismo. Pero, mientras el mal se percibía y se manifestaba como anecdótico, el bien se establecía como dominante.

Nos referimos aquí a las percepciones ideológicas del proyecto soviético, incluso a su percepción moral, no a la realidad objetiva del mismo, que requiere otras categorías de análisis. El filósofo ruso Alexander Zinoviev, uno de los principales críticos del sistema soviético que vivió largos años en Occidente en un exilio voluntario, y por tanto persona poco sospechosa de tener una actitud prosoviética, declaraba en relación con la percepción de la naturaleza del sistema soviético: «Pero, en primer lugar, las represiones en lo fundamental estuvieron justificadas, tenían sus causas; segundo, aquello fue un fenómeno secundario en la historia soviética real. Yo viví todo este período, y para nosotros eso [las represiones A.F.] se encontraba en la periferia de nuestra vida, era secundario, no era eso lo que determinaba nuestra vida, sino la creación positiva que abarcó a un gran pueblo, y prácticamente a todo el planeta» (Fernández Ortiz, 2000, pp. 18-19).

La idea principal del proyecto soviético, en su componente tradicional (milenarista y mesiánica), fue la de construcción del “Reino de Dios” en la tierra. El proyecto soviético estuvo imbuido desde el principio por un mesianismo científico. La ciencia era el medio fundamental del que habría de valerse el poder soviético para la consecución del comunismo (del Reino de Dios en la Tierra). Incluso Bulgakov, en su Maestro y Margarita realizó una irónica crítica de aquella visión idealizada de la ciencia (Bulgakov, 1989). La ciencia soviética también participó de la existencia en su seno de las dos formas de racionalidad de que hablábamos anteriormente con respecto del bolchevismo, heredando las categorías éticas y morales, y con ellas las categorías del bien y del mal de la sociedad tradicional rusa. Veamos, aunque sea de forma resumida, el desarrollo de este proceso.

II.

Una corriente importante del pensamiento solidario ruso está representada por el cosmismo3 ruso. En Rusia están todavía muy arraigadas en su conciencia colectiva las concepciones cósmicas del mundo (del tiempo, del espacio, de la historia, etc.), que han venido manifestándose de formas diversas en las tradiciones, el folklore, las crónicas, y después en la literatura, la filosofía y la ciencia. El cosmismo ruso puede ser considerado como una nueva tendencia filosófica, consolidada a finales del siglo XIX, que pretendió dar una nueva explicación del fenómeno de la vida sobre la tierra y de la actuación y misión del hombre como manifestación perfeccionada de la misma (Semenova, 1993, p. 6). Fue, en definitiva, la eclosión de un proceso de maduración de ideas y creencias que con el paso de los siglos fueron consolidándose e incorporándose al patrimonio cultural ruso. Sus fuentes se encuentran en las creencias, usos y tradiciones de la antigua Rus y de los antiguos eslavos, enriquecidas por las aportaciones de otros pueblos y etnias que con el paso del tiempo conformaron, junto con los eslavos, la entidad política y cultural conocida como Rusia, así como por las aportaciones del cristianismo. En este último caso fueron siempre significativas las reflexiones de los padres de la Iglesia ortodoxa en general, y rusa en particular, sobre las relaciones entre el Creador y la Creación.

Uno de los conceptos claves del cosmismo es el de Богочеловечество (Bogochelovechestvo = Teohumanidad),4 elaborado por la filosofía religiosa rusa y especialmente desarrollado durante finales del siglo XIX y principios del XX por autores como Solovev, Berdiaev, Trubetskoi, Karsavin, etc. Enlaza con el estudio cristiano de la unidad de lo divino y lo humano en la naturaleza de Jesucristo. Cristo es interpretado como la Unidad, síntesis de lo divino y lo humano en la Tierra. Esta idea está relacionada con el concepto de Всеединства (Vseedinstva = Unidad Total)5 que puede ser entendido como conocimiento total, global, o concepción única del mundo. Sobre la idea de Всеединства escribieron diversos autores, entre ellos Solovev, Bulgakov, Karsavin, Florenski, Zenkovskii, Kiriievski, Jomiakov, etc. Es importante significar aquí que estos autores pertenecían a diferentes tendencias ideológicas del pensamiento ruso y que sin embargo el concepto de Unidad Total se encuentra presente en todos ellos como parte del núcleo o fundamento cultural (¿genotipo cultural?).

En el concepto Всеединства (Unidad Total) el hombre es considerado como la unión de la manifestación de lo divino con la naturaleza material, con lo terrenal. La Creación, como obra de Dios, está revestida de divinidad. El hombre como parte de la Creación es a la vez creación divina e intermediario entre Dios y la Naturaleza, entre Dios y la historia terrenal, de la que forma parte. El hombre en sí no es nada, sólo llega a ser persona, a considerarse a sí mismo persona, hombre, en la medida que toma conciencia de su pertenencia a una personalidad cósmica. En esta personalidad cósmica el hombre tiene una naturaleza colectiva por pertenecer a la comunidad de los hombres, y divina por saberse incorporado al orden divino, a la Creación.

Se considera a Nikolai Fiodorovich Fiodorov (1829-1903) como el fundador de la filosofía cosmista rusa. Durante mucho tiempo fue bibliotecario en el museo Rumiantsevskii, cuya biblioteca fue precursora de la actual Biblioteca Lenin. Sus ideas filosóficas, aunque influyeron de forma significativa en Tolstoi, Solovev, Tsiolkovskii y Dostoievski, etc., eran apenas conocidas por un número reducido de amistades y alumnos, manteniéndose desconocidas para el público en general. Sólo después de su muerte sus trabajos fueron recogidos en dos volúmenes y publicados por primera vez en 1906 bajo el título de Философия Общего Дела (Filosofiia Obshego Dela = Filosofía del Hacer Común, del Asunto Común o de la Causa Común).6 La singularidad de las ideas filosóficas de Fiodorov reside en la forma inusual de acercarse a los problemas habituales de la filosofía rusa y a sus originales propuestas de resolución, creando un sistema filosófico globalizador en el que el hombre, la Tierra y el cosmos, son interpretados como un todo interrelacionado e interdependiente. El sistema filosófico desarrollado por Fiodorov incide especialmente en la colaboración de la energía del hombre, del trabajo del hombre, del “Hacer” del hombre, con la voluntad divina de liberar al mundo del mal, de la destrucción y de la muerte, y en la creación del Reino de Dios (¿en la Tierra?) (Semenova, 1995, p. 7).

Para Fiodorov, el principal problema con el que se enfrenta la humanidad es el de la violencia, la cual alcanza sus formas más elevadas en el aniquilamiento de unos pueblos por otros en el curso de la historia. Esta situación es a su vez consecuencia de la situación de dependencia total del hombre con respecto a la Naturaleza, que lo somete a las leyes de la muerte y del “final” (Конечности = konechnosti = finitud). En esa situación cada persona, cada comunidad, cada pueblo, se plantea el problema de la supervivencia de una manera aislada con respecto a los demás, toda vez que condicionado por esa situación de dependencia, el hombre debe preocuparse antes de nada por su propia conservación y perpetuación, lo que genera una tendencia egoísta e individualista hacia el aislamiento.

Para que la humanidad pueda superar esta tendencia, debe tomar conciencia de su situación de dependencia con respecto a las fuerzas de la naturaleza y unirse para su superación. El hombre, con su capacidad para el razonamiento, debe conocer los secretos de las fuerzas de la naturaleza y vencerlos, regularlos en beneficio de la humanidad. El conocimiento de las fuerzas de la naturaleza y su regulación llevará incluso al hombre a dominar la muerte. «Tres cuestiones fundamentales; la regulación de los fenómenos atmosféricos, el control del movimiento de la Tierra y la conquista de «nuevas tierras», se concentran en una sola cuestión general, [a saber] … el restablecimiento de la vida a los antepasados» (Fiodorov, 1995, p. 256). La muerte, según Fiodorov, es un fenómeno temporal, causado por la falta de conocimiento de la naturaleza y de autoconocimiento del propio hombre.

También según Fiodorov, la humanidad en general, y el hombre en particular, han perdido su propia unidad. Por un lado la humanidad se ha dividido en clases y todo tipo de divisiones sociales, por otro el propio hombre se ha separado de su propio ser. Ha separado el pensamiento del cuerpo, la razón de la voluntad, el conocimiento de la moral, la razón práctica de la razón teórica.

Por este motivo, la llamada época de la “razón” y del “progreso” que ha consumado esa división y la ha llevado hasta extremos críticos, tiene para Fiodorov un carácter negativo. A lo único a que ha dado lugar es a la realización de insignificantes mejoras, que dan la sensación ilusoria de un mejoramiento, pero en realidad tienen una acción destructora sobre la naturaleza y sobre el propio hombre, toda vez que refuerza la individualización del hombre e impide su unión para la realización de la “Causa Común”: el dominio de las fuerzas de la Naturaleza, el control de la muerte y el gran acto de suprema solidaridad, la resurrección de los antepasados: «No es difícil constatar cuando el pueblo se encontraba en un nivel intelectual superior … cuando creó la literatura épica, la epopeya religiosa, que abrazaba al mundo entero como una totalidad única … o cuando la vida en las fábricas lo arrancó del campo desviándolo de la cuestión global, universal: la muerte; lo dirigió hacia las minucias insignificantes de la civilización. … Qué vacías y lamentables suenan todas estas cuestiones sobre las garantías de una parte del pueblo contra el otro, todas estas declarations des droits (en francés en el original, A.F.), es decir la declaración de la guerra total. La verdadera educación tiene como objetivo desviar la atención del hombre de todas estas disputas … y dirigirlo hacia el trabajo común, porque sólo entonces se habrá educado el hombre … entonces … el pueblo, en todas sus capas, percibirá la Unidad» (Fiodorov, 1995, p. 263).

El hombre está llamado a dominar la naturaleza, a dirigirla, y con ello procurar el bien a la humanidad. Es el hombre el encargado de llevar a cabo la labor de poner la naturaleza al servicio del bien. Pero el hombre no actúa únicamente por su propia voluntad, como entidad independiente, sino que, como parte de la naturaleza, como parte divina de la creación, Dios, completa a través de él el acto mismo de la Creación y permite al hombre convertirse en coprotagonista de la Creación. La Creación adquiere así un carácter continuo, no acabado. Dios a través del trabajo del hombre continúa la obra de la Creación. El hombre se convierte en protagonista activo de la Creación como manifestación de la divinidad. La Creación debe ser conducida a su culminación, que implicará el dominio de la naturaleza, de sus fuerzas, el dominio de la Tierra, para ponerlo al servicio de la humanidad, al servicio del bien como manifestación de la voluntad de Dios: «Dios educa al hombre con su propia experiencia; Él es el Zar que hace todo, no sólo para el hombre, sino y a través del hombre; por algo no hay racionalidad en la naturaleza, porque debe ser el hombre quien la introduzca, y precisamente en esto reside la racionalidad superior. El Creador vuelve a crear el mundo a través de nosotros … No podremos saber con seguridad con qué fuerza se mueve nuestra Tierra mientras no dirijamos su marcha»[CITATION FIO95 \p 255-256 \l 3082 ].

Pero la humanidad no debe limitarse solamente a conseguir el control de la naturaleza terrestre, sino que, al ser la tierra parte del cosmos, el hombre debe aprender a controlar el sistema solar y todo el cosmos. Esta es también parte de la voluntad divina manifestada a través del hombre. El cosmos, a través de la actividad creadora del hombre, y ésta como manifestación de la voluntad de Dios, también debe ser puesto al servicio de la humanidad, al servicio del bien. «La actividad humana no debe limitarse a los límites del planeta tierra». La salida al cosmos es una necesidad del hombre, presente en su memoria colectiva a lo largo de la historia de la humanidad: «En todos los periodos de la historia es evidente una aspiración que muestra que la humanidad no puede conformarse con los estrechos límites de la tierra»[CITATION FIO95 \p 255-256 \l 3082 ].

La salida del hombre al cosmos vendrá a satisfacer el interés general, el interés común: «ante el rostro de las fuerzas cósmicas cesan todos los demás intereses: personales, de clase, nacionales; sólo un interés no se olvida: el interés general de todas las gentes, es decir, de todos los mortales»[CITATION FIO95 \p 263 \l 3082 ]. Si el hombre renuncia a salir al cosmos, renuncia con ello a la solución de los problemas de la humanidad, especialmente los problemas económicos, y con ellos a la posibilidad de una existencia digna del hombre. Renuncia, en definitiva, a la supervivencia del hombre sobre la Tierra. «El carácter fantástico de la posibilidad de un tránsito real de un mundo a otro es sólo aparente; el carácter imprescindible de tal tránsito es indudable ante una directa y sobria mirada al asunto … Si nos negamos al dominio de los espacios celestes, deberemos renunciar a la resolución de los problemas económicos formulados por Malthus, y en general de la existencia moral de la humanidad»[CITATION FIO95 \p 256 \l 3082 ].

Precisamente Rusia, el Estado ruso, es considerado por Fiodorov como la entidad llamada a la consecución del objetivo común (la “Causa Común”) de la humanidad, toda vez que en ella se concretan los elementos que pueden servirle de fundamento, tanto materiales como sociales y psicológicos. La Rusia no contaminada por el individualismo de Occidente puede y debe llevar a cabo la “Causa Común”. Fiodorov manifiesta así el mesianismo del que participan sus ideas, el cual es a su vez expresión del mesianismo ruso.

Piotr Chaadaev, casi más de medio siglo antes que Fiodorov, expresó por primera vez en un lenguaje laico y con un contenido social el mesianismo ruso que hasta entonces sólo se había expresado en su sentido religioso. Chaadaev consideraba que Rusia estaba llamada a solucionar incluso los problemas sociales que la humanidad todavía no había llegado a plantearse: «de nosotros puede decirse que formamos parte de una excepción entre los pueblos. Pertenecemos a aquellos de los que no entrarían a formar parte integrante de la especie humana, y existen solamente para dar una gran lección al mundo»[CITATION CHA911 \p 326 \l 3082 ].7 Esta afirmación, realizada en la primera de sus Cartas Filosóficas, fue confirmada y ampliada más tarde en su Apología de un Loco: «Considero que nosotros hemos llegado después que otros pueblos, para hacerlo mejor que ellos, para no caer en sus errores, en sus equívocos y supersticiones. … Es más: yo tengo el profundo convencimiento de que estamos llamados a solucionar la mayor parte de los problemas de tipo social, a llevar a cabo la mayor parte de las ideas que han aparecido en las viejas sociedades, dar respuesta a los más importantes problemas que ocupan a la humanidad. Yo con frecuencia he dicho y con gusto repito: nosotros, por así decirlo, por la propia naturaleza de las cosas, estamos destinados a ser el verdadero juez de conciencia en muchos de los juicios que se debaten ante los grandes tribunales del espíritu humano y de la sociedad humana»[CITATION CHA91 \p 534 \l 3082 ].

Fiodorov llamó a su filosofía Супраморализм (Supramoralizm = Supramoralismo), por el cual entendía: «La síntesis de dos razones (teórica y práctica) y tres materias del conocimiento y de la praxis (Dios, el hombre y la naturaleza, de los cuales el hombre es el instrumento de la razón divina y él mismo se convierte en la Razón del universo)… Supramoralismo es la deuda con nuestros padres/antepasados, la resurrección como la más alta e incondicional moralidad general, moralidad natural para los seres racionales y sensibles, del cumplimiento de la cual, es decir, del deber de la resurrección, depende el destino de la especie humana».

A primera vista los escritos e ideas de Fiodorov (pensemos sólo en una de sus ideas principales: la resurrección de los muertos) se nos presentan como un cúmulo de ideas absurdas, barbaridades y herejías del cristianismo;8 aspiraciones irrealizables, utópicas, de construcción de un mundo feliz, del Reino de Dios en la Tierra. Sin embargo, estas ideas absurdas y en muchos casos incoherentes dieron frutos realmente sorprendentes. Con su influencia sobre filósofos y científicos, las ideas de Fiodorov impulsaron el desarrollo de la filosofía y el desarrollo teórico y práctico de ramas concretas de la investigación científica soviética, como fue el caso del Programa Cósmico soviético, al tiempo que sus teorías se convirtieron en parte de los soportes éticos de la ciencia soviética. Pero no sólo eso, las ideas cosmistas de Fiodorov fueron parte fundamental del bolchevismo. El rastro de este componente cosmista en el bolchevismo no es difícil de seguir y lo podemos observar en multitud de manifestaciones. En la literatura, por ejemplo, Andrei Platonov9 mostró en sus obras las imágenes más importantes del cosmismo bolchevique (el «bolchevismo tecnológico»).

Otro ejemplo lo tenemos en el debate ideológico y político que se produjo en el seno del movimiento euroasiatista10. En 1928, en plena crisis de este movimiento en su exilio europeo, una parte importante del mismo vio en el bolchevismo precisamente la expresión de las ideas de Fiodorov, lo que sirvió a muchos para argumentar su vuelta a la URSS. Precisamente, en el año 1928, en París, comenzó a publicarse la revista «Evraziia» (Eurasia) en la que se trataban cuestiones de cultura y política. En el consejo de redacción de la misma estaban presentes los miembros más importantes del grupo euroasiatista de París (Karsavin, Suvchinskii, Malevskii-Malevich, etc.). Aunque esta revista tuvo una vida corta, apenas un año, fue muy importante para la historia del movimiento euroasiatista porque significó el punto culminante del cisma en el seno de este movimiento. Los euroasiatistas parisinos pasaron directamente a la justificación y defensa del bolchevismo. Para tratar de aclarar y reconducir la situación, el también euroasiatista N.N. Alexeev se desplazó a París. Posteriormente, en una carta a N.S. Trubetskoii, dejó constancia de las causas del cisma y de sus impresiones al respecto: «Mi estancia en París me ha convencido … que las diferencias no son de tipo personal, sino de principios. … Ha ocurrido lo siguiente: en lugar de convertir a los comunistas en euroasiatistas … los parisinos (se refiere a los euroasiatistas de París – A.F.) han recorrido el camino contrario, de euroasiatistas se han convertido en comunistas. … Prácticamente de aquí nace la necesidad de justificar la práctica del comunismo en Rusia, y en particular, considerar totalmente correcta la línea actual de Stalin. … Cuando yo … les dije que eso era el «Estado de termidor» según Meterlink, me contestaron que no, que eso era la «filosofía del hacer común» en el sentido de Fiodorov»[CITATION URJ92 \p «49 y sig.» \l 3082 ].

Hay un sentido oculto en el discurso filosófico, histórico y político, del cosmismo ruso que hunde sus raíces en el inconsciente colectivo de la cultura rusa. De manera aislada aparece en las concepciones de uno u otro filósofo, escritor o científico y se manifiesta entonces de manera incoherente e incomprensible. Sin embargo, visto en su conjunto, uniendo en un único discurso estas ideas, este sentido oculto parece manifestarse con mayor claridad. Y decimos parece porque no siempre queda evidente y manifiesto. Una parte importante del bolchevismo vino a ser una manifestación del sentido oculto del cosmismo ruso.

III.

Las ideas de Fiodorov fueron desarrolladas en tres direcciones: una poético-literaria: Platonov, Jlebnikov, Zobolotskii, etc.; otra filosófico-religiosa: Soloviov, Berdiaev, Bulgakov, etc.; y una tercera científico-natural: Tsiolkovskii, Umov, Vernadskii, Chizhevskii, etc.

Trataremos de seguir el rastro a los terceros, deteniéndonos en detalle en Tsiolkovskii y Vernadskii, ya que con ellos el cosmismo se convirtió en teoría científica con capacidad para abordar el estudio y explicación de la naturaleza, del hombre, y en general de los procesos que se desarrollan sobre la tierra, entre ellos la propia actividad del hombre. Pero dado que nuestro planeta forma parte del cosmos ordenado y orgánico, el estudio de todo lo que ocurre en él debe ser realizado en estrecha interacción (Всеединства = Unidad Total) con los procesos que ocurren en el cosmos. La Tierra no es sólo un cuerpo cósmico pasivo que recibe la influencia del cosmos, sino que, por ser parte del cosmos, participa activamente en la vida del mismo, en su evolución. Esta tendencia científico-natural también nos interesa en relación con este artículo en la medida que sirvió de vehículo (no el único, evidentemente, pero sí uno de los más importantes) para la penetración en el cuerpo de la ciencia soviética de los valores morales y del mesianismo del pensamiento tradicional ruso, sobre todo en la versión elaborada que representó el supramoralismo de Fiodorov.

El cosmismo científico ruso considera el espacio donde desarrolla su actividad el hombre (la corteza terrestre, la Biosfera de Vernadskii) como la síntesis en delicado equilibrio de las condiciones naturales terrenales, subterráneas y cósmicas, las cuales han permitido la existencia de la vida y en concreto la vida del hombre y su actividad. Desde este punto de vista la actividad del hombre toma una nueva dimensión que ya no es sólo terrenal, sino cósmica. El hombre debe salir al cosmos, al nivel superior de las concepciones míticas cosmistas, debe poblarlo y debe desarrollar su actividad en él. La humanidad con su actividad cósmica alcanza así un nuevo nivel de evolución, una nueva dimensión, y entra en una era de madurez expresada en las palabras de Tsiolkovskii: “la Tierra es la cuna del hombre, el cosmos es su casa”.

Konstantin Eduardovich Tsiolkovskii (1857-1935). Fue filósofo e investigador, continuador de las ideas de Fiodorov. En él puede decirse que está presente el pensamiento oriental y occidental. Fuertemente influenciado por el cristianismo (como todos los filósofos rusos) y por la filosofía oriental y el budismo, también estuvo influenciado por las ideas evolucionistas de Darwin. Una mezcla de tradicionalismo, arcaísmo, ciencia y racionalismo. Sin embargo, la presencia de estos componentes tan diversos y diferentes no dio lugar a una síntesis o a un enfrentamiento o conflicto entre los diferentes componentes de su pensamiento, sino que, al igual que en otros pensadores rusos, vuelve a manifestarse la idea de la Totalidad (Unidad Total).

Junto con sus ideas cuasi místicas, Tsiolkovskii, como científico, fue el primero que comprendió las posibilidades del movimiento a reacción en el cosmos. Fue el fundador de la dinámica de los cohetes y de la cosmonáutica. El cosmos para Tsiolkovskii es un sistema armónico y único, en el cual la materia es también Una. La materia como unidad es sensible. Toda la materia de la que está formado el cosmos está dotada de sensibilidad, y por ella el cosmos mismo es una entidad viva, sensible. La idea de materia muerta es falsa. Todo átomo en el cosmos es materia viva sensible; todo depende del estado, siempre temporal (ciclo), en que se encuentre. Si se encuentra presente en una materia altamente organizada, orgánica, ese átomo de materia muestra su vitalidad de forma perceptible. Si se encuentra en una parte de materia inorgánica, dará la impresión de ausencia de sensibilidad, de ausencia de vida, pero en realidad se encuentra en estado de letargo, esperando un nuevo ciclo en el que podrá formar parte de materia orgánica y nuevamente podrá manifestar su vitalidad [CITATION TSI96 \p 278-279 \l 3082 ] (vemos también en Tsiolkovskii la presencia del vitalismo científico europeo que acompañó a la ciencia europea en su evolución desde los siglos XVII y XVIII).

La tierra ocupa en el cosmos un lugar especial toda vez que en ella se desarrolla un proceso de fundación de nuevas formas de vida. El hombre, tal y como lo conocemos en la actualidad, es el resultado de un largo camino de evolución y perfección desde la materia inorgánica, no sensible, “muerta”, hasta su estado actual. Tsiolkovskii, al igual que el resto de filósofos cosmistas, considera al hombre como un ser intermedio, que todavía no ha abandonado completamente su estado cuasi-animal, que no ha alcanzado el estado completo de perfección[CITATION TSI96 \p 286 \l 3082 ].

Pero el proceso de evolución del hombre no se acaba en la consecución de un estado de perfección física, sino que ésta será incompleta si no lleva paralela el desarrollo de nuevas formas de organización social, las cuales a su vez permitirán el dominio de las fuerzas de la naturaleza y su utilización en beneficio de la humanidad. El hombre alcanzará su estado de perfección y abandonará su situación de cuasi animal cuando el desarrollo de una organización social correcta le permita ser el “administrador” de la Tierra: «Podemos esperar la rápida llegada de una moderada y razonable organización social en la Tierra que corresponderá con su particularidad y su organicidad … La feliz organización social, sugerida por los genios, obligará a la ciencia y a la técnica a avanzar hacia adelante con una rapidez inimaginable y con la misma rapidez hará mejorar la vida humana … El hombre llegará a ser el verdadero dueño de la tierra. Transformará los continentes, cambiará la composición de la atmósfera y explotará ampliamente los océanos. El clima será cambiado según el deseo o la necesidad. Toda la tierra se convertirá en habitable y proporcionará grandes frutos»[CITATION TSI96 \p 287 \l 3082 ].

Como vemos en la cita anterior, en Tsiolkovskii, como en otros filósofos cosmistas y en la mayoría de los científicos rusos, la ciencia y la técnica se convierten en factores fundamentales de progreso, pero en un sentido diferente al de la cultura europea occidental. La ciencia está cargada de valores morales y su único objetivo es hacer el bien, estar al servicio de la humanidad, ayudar al hombre a vencer el mal y a vencer el estado de imperfección y de sometimiento en que se encuentra con respecto a la naturaleza. Años después, el gran Serguei Pavlovich Koroliov, en uno de los encuentros con los jóvenes pilotos seleccionados para ser los primeros cosmonautas, les decía: “Nuestro interés en el conocimiento del Universo no es un objetivo en sí mismo. No hay conocimiento por el placer del conocimiento. Nosotros nos introduciremos en el cosmos para estudiar mejor el pasado y el presente de nuestro planeta, para prever su futuro. Nosotros queremos poner los recursos y posibilidades del cosmos al servicio del ser humano, investigar otros cuerpos celestes, y sí las circunstancias lo exigen, estar preparados para poblar otros planetas. Como dijo Tsiolkovskii, la conquista del cosmos nos promete montañas de pan…”[CITATION ROM89 \p 101 \l 3082 ].

La ciencia es considerada, no como un instrumento para conseguir el bien, sino que la ciencia lleva en su esencia, como componentes innatos a ella, el bien y el mal. Al igual que el hombre conoce el bien y el mal, pero dispone del libre albedrío para hacer el uno o el otro, aunque como criatura de Dios tiende a hacer el bien, la ciencia llevando en su seno el bien y el mal, como creación del hombre tiende por principio a hacer el bien. Con la ciencia el hombre puede alcanzar el estado máximo de felicidad. La ciencia ayudará al hombre a destruir a su mayor enemigo: la muerte.

Es interesante comparar esta concepción de la ciencia con la mayoritariamente mantenida por los científicos occidentales, según la cual la ciencia es una empresa libre de valores, un ente autónomo, objetivo en su propia naturaleza, libre de prejuicios sobre el bien y el mal. Para Tsiolkovskii, la ciencia es la manifestación más evidente de la razón del hombre; con ella podrá ser construido un sistema social justo que permitirá en el futuro poblar y organizar el cosmos.

Tsiolkovskii, que vivía en Kaluga lejos de los ambientes intelectuales de la capital, era en parte considerado por estos círculos como un sabio extravagante, lleno de ideas fantásticas. Sin embargo a partir de los años 20, esta actitud cambió radicalmente. Sus ideas comenzaron a difundirse con mayor amplitud entre el público en general y los círculos intelectuales, contribuyendo a su difusión el acento que las mismas ponen en el dominio de las fuerzas de la naturaleza por el hombre, dando a éste la posibilidad de utilizarlas para la superación de los problemas constantes con que se enfrenta la humanidad. Estas ideas estaban ya muy extendidas a principios de siglo y formaban parte del acervo filosófico del cosmismo ruso.

Sus concepciones unitarias y comunitarias le llevaron a definirse como bolchevique después de la Revolución de Octubre: «por naturaleza o por carácter, soy revolucionario y comunista. Como prueba de esto, puede servir mi trabajo «La Pena y los Genios», publicado en 1916, todavía durante el Zar. En él, de forma concreta y particular, se predican los beneficios de la comuna en el sentido amplio de esta palabra»[CITATION Gri \p 387 \l 3082 ].

En los años 30 las ideas de Tsiolkovskii fueron reconocidas oficialmente por el poder soviético (ya en los años 20, por indicación directa de Lenin, Tsiolkovskii fue puesto bajo la protección directa del gobierno soviético y le fue asignada una pensión que le garantizaba una vida en condiciones dignas en el ambiente de guerra y revolución de aquellos años). Sus ideas fueron asumidas por el gobierno soviético, y muchas de ellas, impresas sobre pancartas y carteles, se convirtieron en consignas que decoraban las paredes y fachadas de escuelas y clubes juveniles[CITATION SEME93 \p 261 \l 3082 ]. Tsiolkovskii dejó escrito: «Durante el gobierno soviético me fue concedida una pensión, pude entregarme de forma más libre a mis trabajos y, de pasar anteriormente casi desapercibido, ahora he despertado la atención hacia mis trabajos. Mi dirigible ha sido reconocido como un invento especialmente importante. Para las investigaciones del movimiento a reacción han sido creados GID e institutos. Sobre mis trabajos y logros han aparecido muchos artículos en los periódicos y revistas. Mi setenta aniversario fue celebrado por la prensa. Cinco años después mi aniversario ha sido ampliamente celebrado en Kaluga y en Moscú. He sido condecorado con la orden de la Bandera Roja del Trabajo y con el distintivo de activista del Osoaviajim. Me ha sido aumentada la pensión. La URSS marcha con firmeza por el gran camino del comunismo y de la industrialización del país, y yo me solidarizo profundamente con esto»[CITATION Gri \p 418 \l 3082 ].

Al contrario que en las versiones pesimistas del hombre que desarrolló la filosofía europea occidental (“El hombre es un lobo para el hombre”), o las teorías darwinistas sobre la lucha de las especies por la supervivencia, el cosmos para Tsiolkovskii, como para el resto de los filósofos y científicos cosmistas, es considerado como un estado superior… «en el cosmos sólo existe verdad, perfección, poder y satisfacción, dejando para lo demás tan poco, que se puede considerar como una minúscula mota de polvo negro sobre una hoja de papel blanco»[CITATION TSI96 \p 298 \l 3082 ].

Vladimir Ivanovich Vernadskii (1863-1945), científico y filósofo cosmista, uno de los fundadores de los estudios sobre la Biosfera y la Noosfera, fundador de numerosas ramas de la investigación científica (mineralogía, genética, bioquímica geológica, radiogeología, estudios sobre la biosfera, etc.), fue un gran innovador que se caracterizó por la naturaleza interdisciplinaria de sus investigaciones y por su gran capacidad de síntesis. Paralelamente a su actividad científica Vernadskii llevó una activa vida política. Fue miembro del Comité Central del partido Kadete y miembro del Gobierno Provisional. Durante la Guerra Civil, en Ucrania, organizó la Academia de Ciencias de Ucrania. Al finalizar la Guerra civil marchó al exilio, volviendo a los poco años y dedicándose a labores de reorganización de la Academia de Ciencias de Rusia (URSS).

Su vuelta e incorporación a la vida científica y su actividad pública son algo más que un síntoma de reconciliación nacional después de la guerra civil. En realidad, las ideas y concepciones de Vernadskii no estaban lejos de los fundamentos ideológicos del bolchevismo. Las ideas más importantes de Vernadskii, las ideas más importantes del cosmismo ruso en general, eran parte del bagaje ideológico y cultural del propio bolchevismo, por lo que no es de extrañar que sus ideas fueran asumidas rápidamente por los jóvenes científicos y por líderes políticos del país.

La parte más importante de los trabajos de Vernadskii y su cima como científico la alcanzó con los estudios realizados sobre la Biosfera y la Noosfera. Estos conceptos significaron el paso de una fase meramente analítica en el estudio de las ciencias naturales a otra de carácter sintético. La biosfera para Vernadskii es la envoltura bioquímica que rodea la Tierra y que se desarrolla según sus propias leyes. Uno de los principales elementos activos de la biosfera es la materia viva que, con su actividad, realiza gran cantidad de funciones que inciden sobre la propia biosfera. Al estar la biosfera en contacto directo, en su parte externa, con el cosmos, la actividad de los seres vivos tiene también una función cósmica.

La biosfera es también el único lugar donde puede existir la vida. El hombre, como manifestación superior de la vida en la biosfera es inseparable de ella, se encuentra vinculado y dependiente de ella. Pero no sólo el hombre, sino toda la materia viva, todos los seres vivos, se encuentran en estrecha dependencia con el medio en el que viven, con sus condiciones materiales y energéticas: «Hasta ahora los historiadores, en general los científicos de las ciencias humanas, y en gran medida los biólogos, de manera consciente no toman en cuenta que, según las leyes naturales de la biosfera (la envoltura terrestre en la que solamente puede existir la vida), el hombre, de forma natural, es inseparable de ella… En realidad no hay ni un sólo organismo vivo que se encuentre en la tierra en una situación de libertad. Todos estos organismos se encuentran continuamente relacionados, sobre todo por la alimentación y la respiración, con el medio material y energético que les rodea. No pueden existir al margen de las condiciones naturales»[CITATION VER93 \p 304-305 \l 3082 ].

Sobre el papel de la ciencia, Vernadskii pensaba que, si bien la humanidad se había desarrollado alrededor de tres conceptos fundamentales: la religión, la filosofía y la ciencia; a través de los cuales había tratado de encontrar la verdad y la resolución de los problemas eternos que le inquietaban, sólo la última había conseguido dicho objetivo. Precisamente la particularidad de la ciencia, del pensamiento científico, consiste, según Vernadskii, en que es capaz de englobar en sus reflexiones y en su esfera de actividad a toda la biosfera, a toda la humanidad: «En la historia de la humanidad no ha habido todavía un período en el que la ciencia abarcara tan profundamente la vida como ahora. Toda nuestra cultura, abarcando toda la superficie de la corteza terrestre, ha sido creada por el pensamiento científico y la creatividad científica»[CITATION VER97 \p 131 \l 3082 ]. La ciencia ha ayudado al hombre en la creación de la cultura, y la ciencia salvará a la humanidad: «La ciencia representa la fuerza que salvará a la humanidad»[CITATION VER97 \p 133 \l 3082 ].

El científico A.P. Pavlov (1854-192) introdujo el concepto de “era antropogénica” para designar la época actual, caracterizada por el hecho de que la actividad del hombre condiciona tanto la vida sobre la Tierra, como a la propia Tierra. Vernadskii afirma que el hombre se ha ido convirtiendo, de forma paulatina e inadvertida para él mismo, en una potente fuerza geológica[CITATION VER93 \p 308 \l 3082 ]. Esto ha dado lugar a un cambio en la posición del hombre sobre nuestro planeta. En el siglo XX, por primera vez en la historia de la Tierra, el hombre conoce y domina toda la biosfera, extendiéndose por toda la superficie del planeta. La humanidad se ha transformado en un todo único, y el hombre puede vivir en cualquier parte del planeta, por difícil que sean sus condiciones, con sólo proponérselo. Pero al mismo tiempo la humanidad, tomada en su conjunto, representa una parte insignificante de la materia del planeta. El poder del hombre no depende entonces de su materia, sino que es el resultado de su razón. El poder del hombre, su transformación en una fuerza geológica determinante, viene dado por el poder de su razón, capaz de dirigir su actividad y su trabajo[CITATION VER93 \p 308 \l 3082 ].

Vernadskii desarrolló también el concepto de Noosfera, referido al ámbito de interacción entre la Naturaleza y el hombre, en el cual el hombre desempeña el papel determinante. El concepto de Noosfera fue elaborado inicialmente por los científicos franceses P. Teilhard de Chardin y E. Le Roi y por Vernadskii, siendo posteriormente el propio Vernadskii quien lo desarrolló. Las ideas principales eran que, desde la aparición de la humanidad, nuestro planeta había entrado en una nueva época geológica, y que la biosfera como envoltura del planeta con carácter totalizador (Unidad) ha sido formada por la actividad de los seres vivos. La idea de Noosfera viene a significar la entrada de la biosfera en una nueva etapa, en un nuevo estado evolutivo, en el cual la nueva particularidad es la evolución conjunta de la humanidad y la Naturaleza dirigidas por la razón del hombre[CITATION VER93 \p 309 \l 3082 ].

Los conceptos de Biosfera y Noosfera desarrollados por Vernadskii significaron un gran paso adelante en la elaboración de un nuevo cuadro del mundo. La concepción “biosférica” del mundo permitió interpretar el protagonismo del ser vivo como una fuerza de carácter planetario y cósmico, capaz de incidir y organizar los procesos naturales del planeta Tierra en particular y del cosmos en general: «La Noosfera es un nuevo fenómeno geológico en nuestro planeta. En ella, por primera vez el hombre ha llegado a ser la mayor fuerza geológica. … El rostro del planeta -la biosfera- está cambiando de forma radical su composición química por la acción consciente del hombre, y principalmente por su acción no consciente. El hombre transforma los componente físicos y químicos de la envoltura aérea de las tierras emergidas, todas las aguas de la naturaleza. … En el futuro se nos presenta como realizable un sueño de cuento: el hombre se esfuerza por salir de los límites de su planeta al espacio cósmico. Y con toda probabilidad, saldrá»[CITATION VER93 \p 309-310 \l 3082 ].

IV.

Un ejemplo concreto de la influencia del cosmismo ruso en la investigación directa del cosmos lo tenemos en los trabajos de Alexandr Leonidovich Chizhevskii (1987-1964), científico y filósofo cosmista soviético, que con sus estudios demostró la influencia directa y total del sol en la actividad vital de la biosfera, en el hombre y en la sociedad, y la estrecha relación entre la actividad del Sol, del sistema solar, y la aparición y difusión de diferentes fenómenos en la Tierra; desde epidemias hasta procesos sociales.

Chizhevskii consideraba que al igual que las corrientes de aire oceánicas están entrelazadas entre sí formando un complejo sistema orgánico, de la misma manera, el todavía más difícil sistema de fenómenos biológicos de la Tierra debe ser considerado como un sistema orgánico interrelacionado sobre el que cualquier tipo de influencia de carácter local se reflejará inmediatamente en el conjunto del sistema. Cualquier ruptura del equilibrio llevará a la necesidad de compensación y a la búsqueda de un nuevo equilibrio, que afectará a todos y cada uno de los elementos que forman el organismo.

En el concepto de “medio” como envoltura geográfica donde se desarrolla la actividad biológica y social de la materia, Chizhevskii incorporó el espacio cósmico, lo que supuso un hecho fundamental para el ulterior desarrollo de una concepción del mundo global, cósmica, desde un fundamento científico, al igual que el realizado por Vernadskii.

De esta concepción cósmica se deduce que el desarrollo del mundo orgánico, en sus aspectos sociales y naturales, no es un factor exclusivo, autónomo y endógeno de la Tierra, sino que este proceso (el del desarrollo del mundo orgánico) es el resultado de la acción conjunta de la actividad de la Tierra y del cosmos, de los agentes cósmicos, de los cuales, precisamente los segundos, es decir los cósmicos, son los fundamentales. De esta manera, el mundo orgánico (en sus aspectos sociales y naturales) refleja en cada momento los cambios y oscilaciones, las influencias que tienen lugar en el medio cósmico[ CITATION CHI76 \l 3082 ].11

El caso más evidente de la influencia del cosmismo ruso en la investigación lo tenemos en el gran proyecto científico-técnico e industrial que se convirtió en el mejor reflejo de todo el proyecto soviético. Nos referimos al Programa Cósmico soviético, el cual es a su vez uno de los mejores reflejos del complejo proceso de simbiosis entre tradición y modernización que en realidad supuso la experiencia soviética. Presentado en Occidente como el fruto de la gran carrera de armamentos de un Estado empeñado en conseguir la supremacía y el dominio militar frente a sus enemigos, tiene, como ya hemos visto, unos orígenes y unos fundamentos éticos diferentes a los que le han sido asignados por la sovietología occidental.

Ya en el último tercio del siglo XIX fueron elaborados importantes aspectos teóricos de la salida del hombre al cosmos. El ingeniero, inventor y revolucionario Nikolai Ivanovich Kibalchich, especialista en substancias explosivas, que murió en el patíbulo por su participación en el atentado que costó la vida al zar Alejandro II en 1881, desarrolló la idea de la utilización de un aparato con motores a reacción para la realización de vuelos cósmicos.

Kibalchich, como Tsiolkovskii y otros muchos cosmistas rusos, pensaba que estaba próximo el tiempo en que los habitantes de la Tierra saldrían al cosmos e incluso se quedarían a vivir en él. Esa fe en la conquista del cosmos les sirvió incluso de soporte psicológico en momentos difíciles. En la cárcel, ya condenado a muerte y esperando su ejecución, Kibalchich dedicó sus últimos días a trabajar sobre su proyecto. El propio Kibalchich escribió: “Estando en la cárcel, a unos cuantos días de mi propia muerte, escribo este proyecto. Yo creo en la realización de esta idea, y esa fe me sostiene en mi terrible situación. Si después de su detenido estudio por los científicos especialistas, mi idea es tomada como realizable, entonces seré feliz por haber prestado un gran servicio a mi patria y a la humanidad”[CITATION CHE60 \p 82 \l 3082 ]. Cuando el Jefe de Policía de San Peterburgo vio los escritos de Kibalchich, ordenó que se guardaran junto con el expediente del condenado, ya que la lectura de los mismos no era conveniente porque podrían ocasionar “interpretaciones fuera de lugar”[CITATION CHE60 \p 86 \l 3082 ]. Las esperanzas de Kibalchich sólo pudieron cumplirse casi cuarenta años después, cuando su proyecto fue redescubierto en 1917 y publicado en la revista “Biloe” por el científico N.A. Ribin.

Fiodorov, Tsiolkovskii y Vernadskii, no sólo transmitieron sus conocimientos científicos y sus ilusiones, trasmitieron además sus concepciones solidarias y paternalistas y sus principios morales y éticos a las nuevas generaciones de investigadores. Un ejemplo importante de dicha influencia lo tenemos en la relación entre Tsiolkovskii y Chizhevskii[ CITATION CHI \l 3082 ]. Las ideas de estos hombres fueron retomadas por una generación de científicos entusiastas que pusieron su objetivo vital en la salida del hombre al cosmos y en los vuelos interplanetarios.

Tsiolkovskii representó el punto de encuentro de las ideas filosóficas cosmistas y el inicio de la investigación científica del cosmos. Su figura es clave porque dio el testigo a toda una pléyade de jóvenes investigadores que posteriormente fueron los precursores en el diseño y construcción de los ingenios voladores que permitieron la salida del hombre al cosmos. En unas declaraciones a los autores del libro Konstruktori, Koroliov decía: “Hace cuarenta años yo soñaba con volar en aviones construidos por mí mismo. Pero siete años después, tras mí encuentro con K. E. Tsiolkovskii, cuya conversación con él, como ya he dicho, tuvo una gran influencia sobre mí, decidí construir sólo cohetes. Konstantin Eduardovich nos asombró, ya entonces, a todos con su fe en la posibilidad de la navegación cósmica. Cuando nos separamos yo me fui con un sólo pensamiento: volar hacia las estrellas. Con un gran respeto recuerdo al segundo de mis maestros, quien también tuvo una gran influencia sobre mí, me refiero a Fridrij Arturovich Tsander. Nunca olvidaremos sus palabras: <<¡Viva el trabajo para los viajes interplanetarios al servicio de toda la humanidad! ¡Cada vez más y más alto, hacia las estrellas!>>»[CITATION ROM89 \p 15 \l 3082 ].

En 1926 fue reeditado el libro “Issledovanie mirovogo prostransva reaktivnimi priborami” (La investigación del cosmos con aparatos a reacción)12: en 1927 y 1929, respectivamente, fueron publicados los libros “Kosmicheskaia raketa” (El cohete cósmico) y “Kosmicheskie raketnie poesda” (Los trenes-cohetes cósmicos), todos ellos de Tsiolkovskii. En el último, por primera vez en el mundo, se desarrollaba la idea de un cohete cósmico por etapas. Por cierto que el entusiasmo que despertaron estas ideas dio lugar a la formación de numerosas organizaciones de carácter civil y aficionado, que incluso enviaban a los periódicos proyectos de aparatos voladores a reacción[CITATION Izv \l 3082 ], y a la edición, con tiradas increíbles, de numerosos libros sobre estos temas.

En el año 1923 apareció una reseña en la prensa rusa sobre la publicación en Alemania del libro Die Rakete zu den Planetenräumen (El cohete hacia el espacio interplanetario), del científico Hermann Julius Oberth. En dicho libro no se hacía ni una sola mención a Tsiolkovskii, por lo que el filósofo y científico ruso decidió volver a publicar su libro La investigación de los mundos espaciales con aparatos a reacción, que ya había publicado en el año 1903 [CITATION TSI \l 3082 ]. En aquellos años Tsiolkovskii se encontraba en la ciudad de Kaluga, así que acompañado por el entonces joven Chizhevskii decidió dirigirse al departamento de cultura de esa provincia. Allí le comunicaron que estarían encantados de editar el libro, pero que carecían de papel. Sin embargo, le dieron un valioso consejo al científico: “diríjase a la fábrica de papel de Kondorovskaia e imparta una conferencia a los trabajadores sobre un tema científico. Le ayudaran”. Tsiolkovskii, ya mayor, le pidió ayuda a Chizhevskii para que éste diera la conferencia. Los obreros escucharon con interés la ponencia y tras ella, reunidos en asamblea, decidieron fabricar “un poco más de papel”, el suficiente para la edición del libro. Y, efectivamente, Chizhevskii volvió a la ciudad de Kaluga con su preciada carga de papel[CITATION ARL61 \p 6-7 \l 3082 ].

Esta necesidad de conocimiento y la querencia por la ciencia del trabajador ruso tras la revolución es un capítulo especial apenas investigado. Ya en aquellos años llamaba la atención en el extranjero que el pueblo ruso se interesase tanto por la ciencia. En el año 1929 el matemático y divulgador científico soviético Yakov Isidorovich Perelman publicó un libro de divulgación científica con el título de Zanimatelnaia astronomiia (Astronomía entretenida). Cuando ya había sido impresa la sexta edición y la tirada total llegaba a los 47.000 ejemplares, el científico austriaco Max Valier no pudo contener su asombro y escribió a Perelman una carta en la que decía: “Me asombra que su libro vaya ya por la sexta edición con una tirada total de 47.000 ejemplares. Ni un solo autor en Alemania ha conseguido nunca eso. ¿Acaso el pueblo ruso se interesa tanto por esta problemática? ¿Es qué la población de la moderna Rusia tiene dinero para la compra de libros? ¿Son en Rusia los libros tan bratos, o es qué se reparten gratuitamente por el Estado a todos los interesados?[CITATION ARL61 \p 6-7 \l 3082 ]. Por cierto, Perelman murió de hambre en el año 1942, durante el terrible bloqueo alemán de la ciudad de Leningrado. En el año 1954 salió una nueva edición de su Zanimatelnaia astronomiia con una tirada de 100.000 ejemplares.

El científico entusiasta F.A. Tsander comenzó a trabajar sobre los vuelos interplanetarios en los años anteriores a la Revolución, aunque fue ya posteriormente, bajo el Poder Soviético, cuando consiguió el apoyo del Gobierno. Diseñó una nave en forma de cohete movida por un motor a reacción capaz de alcanzar velocidades cósmicas. Realizó experimentos con motores a reacción y a él pertenecen las primeras elaboraciones metodológicas en la construcción de naves espaciales y motores. Junto con su actividad investigadora realizó una no menos considerable actividad propagandística, popularizando entre la opinión publica la idea de los vuelos espaciales. A principios de 1920 tuvo un encuentro con Lenin, en el que explicó a éste la naturaleza de sus investigaciones y sus ilusiones para la construcción de una nave interplanetaria.

Tsander describió a L.K. Korneev, compañero y ayudante, el contenido de aquel encuentro con Lenin con las siguientes palabras: «Después del informe me llamaron a donde se encontraba V.I. Lenin. Yo estaba muy alterado. Pero V.I. Lenin me preguntó con tal sencillez y cordialidad sobre mis trabajos y mis planes para el futuro, que yo incluso abusé de su tiempo y con mucho detalle le conté sobre la marcha de mis trabajos y sobre mis ilusiones de construir a toda costa una nave cohete interplanetaria… Después V.I. Lenin, me preguntó: <> A lo que yo le contesté que sólo pienso en eso, ya que debo dar ejemplo. Al final de la conversación Vladimir Ilich me dio la mano con firmeza, me deseó éxitos en mi trabajo y me prometió apoyo»[CITATION KOR61 \p 14-15 \l 3082 ].

Yu.V. Kondratiuk13 fue otro de los científicos entusiastas y figura clave en el desarrollo de la investigación del cosmos. En su libro titulado Zavoevanie mezhplanetnij prostransv (La conquista de los espacios interplanetarios), sintetizó las ideas sobre el uso de cohetes y de la artillería en el lanzamiento y propulsión de las naves espaciales: “un cañón que dispara desde su interior un núcleo, el cual a su vez se convierte en cañón que dispara otro núcleo, el cual a su vez se convierte en cañón que dispara otro núcleo…”[ CITATION KON29 \l 3082 ]. En definitiva el sistema de fases que hoy domina en el lanzamiento de las naves espaciales. A él pertenece la idea de establecer satélites artificiales en la luna como bases intermedias para la comunicación interplanetaria. Los trabajos de Kondratiuk fueron también muy importantes en el ámbito de los combustibles, al proponer por primera vez el uso de combustibles sólidos (litio, aluminio, etc.).

Koroliov, Gluchsko o Yangel pertenecen a otra generación, a la de los “Constructores”, los hombres que diseñaron y pusieron en órbita los ingenios espaciales. El caso de Serguei Pavlovich Koroliov (1907-1966) es bastante significativo. Conoció personalmente a Tsiolkovskii en un viaje histórico de un grupo de jóvenes investigadores a la ciudad de Kaluga donde vivía el viejo sabio. En septiembre de 1938 fue condenado a 10 años de reclusión. En julio de 1940 envió una larga carta a Stalin en la que explicaba que había sido víctima de un complot que pretendía impedir la continuación de sus trabajos sobre motores a reacción. Continuó desarrollando sus investigaciones privado de libertad en un centro de investigación hasta que fue liberado en 1944 y, aunque fue recibido por Stalin en el Kremlin, y se convirtió en el Constructor Jefe de cohetes, no fue definitivamente absuelto de los cargos por los que fue condenado hasta 1957, año en que la Unión Soviética puso en órbita el primer Sputnik. Dos veces condecorado como Héroe Socialista del Trabajo, volvió a ingresar en 1953 en el PCUS. Durante toda su vida fue fiel al proyecto soviético y a su muerte, en 1966, fue enterrado en las murallas del Kremlin. Estos hombres estaban imbuidos del carácter moral de la ciencia como “hacedora” del bien, y cuando trabajaban en la salida al cosmos no lo hacían sino pensando en el bien que de dicha empresa se derivaría para la humanidad. Koroliov es hoy día uno de los referentes míticos de la cultura rusa y soviética. Su nombre forma parte del panteón de los héroes populares rusos junto a los nombres, entre otros, de Zhukov o Gagarin [ CITATION GOL94 \l 3082 ] y [ CITATION AST69 \l 3082 ].

Andrei Belii decía de Gogol y de sus personajes que sabían percibir, ver en el cielo, “algo”, y que tras ese algo los héroes de Gogol estaban dispuestos a volar al cielo, a salir al cosmos: «[Gogol] supo abrir el cielo con la poesía de su alma, e incluso, más allá del cielo vio algo, por lo que sus héroes se prepararon para correr y salir volando del mundo»[CITATION BEL94 \p 363 \l 3082 ].

Desde tiempos inmemoriales el hombre ruso percibió, sintió, vio algo en el cielo. Y al igual que los personajes de Gogol, después de un largo periplo, el hombre ruso, representado por las figuras de Yuri Gagarin y German Titov,14 salió al cosmos a la búsqueda de aquel algo gogoliano, marcando el camino a la humanidad para la realización de la “Causa Común”, para llevar a cabo las enseñanzas de Fiodorov: buscar el bien, solucionar los problemas de la humanidad, acabar con la muerte y resucitar, en un acto de suprema solidaridad, a todos nuestros antepasados.

V.

Como decíamos al principio, el bolchevismo como movimiento, como cultura, llevaba implícito un componente mesiánico y milenarista. Con ellos, el bolchevismo incluía el mito del eterno retorno y superaba la linealidad del tiempo newtoniano. A través de estos componentes el comunismo se veía como la vuelta a una arcadia feliz, al paraíso de la hermandad de los seres humanos, objetivo que se conseguiría gracias, entre otras cosas, a los poderes cuasi mágicos de la ciencia y de la técnica (recordemos el «bolchevismo tecnológico» de Platonov). La ciencia era parte activa de aquel mesianismo y tenía a su vez su propio impulso ético, fundamentado en parte, como ya hemos visto, por los valores éticos del cosmismo ruso y soviético. El componente humano de la ciencia, el hombre de ciencia, estaba también imbuido del mesianismo bolchevique. Unos cuantos días antes de su muerte, Tsiolkovskii escribió al Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolchevique): «todos mis trabajos sobre aviación, navegación de cohetes y comunicaciones interplanetarias los entrego al partido de los bolcheviques y al Poder Soviético, auténticos conductores del progreso de la cultura humana. Estoy convencido de que ellos terminarán estos trabajos con todo éxito»[CITATION Pra \l 3082 ].

Ya hemos visto que el cosmismo fue uno de los componentes fundamentales del bolchevismo, pero no hay que olvidar la existencia de otros componentes, también fundamentales, de otros modelos de comunismo y de solidaridad que ya vimos al principio. Estos modelos se concretaron en proyectos políticos que tuvieron su expresión en diferentes dirigentes políticos: Bujarin, Trotski, Lenin, Stalin, Zinoviev, Kamenev, etc.

Otra cuestión importante del cosmismo ruso fue su carácter contradictorio: durante mucho tiempo fue un componente del bolchevismo y del proyecto soviético que se manifestaba de forma no consciente y que ponía de relieve una parte de la naturaleza del proyecto soviético que se trató de ocultar desde los otros componentes del bolchevismo, recurriendo sobre todo a un exagerado discurso materialista y marxista que degeneró hacia un marxismo vulgar exageradamente economicista.15

Por otro lado, fue relevante en el cosmismo ruso la ausencia de conflicto con el pensamiento y la tradición intelectual y científica de la Ilustración. Si analizamos el pensamiento europeo, vemos también la presencia de elementos mesiánicos y milenaristas que propiciaron la ruptura de una parte del pensamiento europeo con la tradición cultural de la Ilustración y que finalmente estuvieron en el sustrato cultural del fascismo y del nacionalsocialismo. En cambio, la tradición cultural rusa evitó esta ruptura. Ya los pensadores rusos del XIX que mantuvieron una actitud crítica con la cultura europea no renunciaron a ella, e incorporaron los rudimentos intelectuales de la Ilustración o del Romanticismo a sus elaboraciones intelectuales y al pensamiento ruso en general.16

El propio Lenin trabajó en la elaboración teórica de la ciencia para evitar la ruptura del bolchevismo con el racionalismo y la Ilustración, recordemos su libro Materialismo y empiriocriticismo[ CITATION LEN83 \l 3082 ].17 El bolchevismo, y todo el proyecto soviético, a pesar de su componente cosmista no negó en ningún momento la idea de progreso, bien al contrario, la idea de salida al cosmos llevaba implícita la idea de un futuro feliz (recordemos: el progreso humano propiciaría la resurrección de nuestros antepasados como acto de suprema solidaridad), y el industrialismo del que estaba imbuido el marxismo llevaba al comunismo, estadio de máxima felicidad para toda la humanidad, a través de un “camino luminoso” de progreso.18 La fuerza del bolchevismo radicó precisamente en la presencia de ambas tradiciones culturales, la ilustración europea y el cosmismo ruso.

La cultura occidental ha tenido serias dificultades, acentuadas por el conflicto ideológico que ha caracterizado a todo el siglo XX, para entender la naturaleza del sistema soviético y, en particular, para entender la convivencia de los componentes racionalistas, mesiánicos y milenaristas (tradicionales) en la vida intelectual de la URSS como parte a su vez del sistema soviético. La dificultad en la comprensión llevó a la trivialización y a la generalización de los conflictos que se producían en el seno del proyecto soviético. Cuando el curso de los acontecimientos no cuadraba con una explicación racionalista, se buscaba en ellos la mano negra del dictador, la deformación de la Revolución, o en última instancia se recurría a la «enigmática alma rusa».

El caso Lysenko, por poner sólo uno de los ejemplos más conocidos, fue interpretado en la bibliografía occidental como el conflicto entre el poder autoritario e ideocrático y la ciencia. Contra la evidencia de los hechos, en aquel conflicto se quiso ver un capricho de Stalin quien, con la supuesta tozudez de todo dictador, se enfrentaba a la evidencia de los resultados de la investigación científica en el campo de la genética. Sin embargó, se obvió un extraño hecho: la inmensa mayoría de la comunidad científica soviética apoyaba a Lysenko. La idea principal de éste era que se podían heredar los caracteres adquiridos gracias a la razón y al trabajo humano. Este transformismo dinámico se correspondía plenamente con el mesianismo que en aquellos momentos era dominante en la ciencia soviética y enlazaba con las ideas de los viejos filósofos cosmistas: Dios, a través del trabajo del hombre, perfeccionaba la Creación, la completaba. Este componente no marxista, no racionalista y por supuesto no oficial pero que era dominante en el pensamiento soviético, influyó de manera determinante en todas las esferas del conocimiento en la URSS.

En la segunda mitad de los años cuarenta tuvo lugar en la URSS una campaña contra el «antipatriotismo» y contra el «cosmopolitismo». Como en el caso Lysenko, la sovietología occidental sólo vio en aquellas campañas una manifestación de la naturaleza dictatorial del estalinismo. Nadie puede negar la naturaleza totalitaria y paternalista del estalinismo. Pero es prácticamente desconocido el hecho de que aquellas campañas tuvieron su soporte en un amplio consenso social, y que incluso fueron alentadas por la gran mayoría de la intelectualidad soviética. El renombrado científico P.L. Kapitsa, envió durante años cartas a Stalin. En una de ellas, enviada en 1946, decía: «Una de las principales causas de la deficiente situación de la ciencia patria reside en la infravaloración de lo nuestro y en la hipervaloración de las fuerzas extranjeras … Es imprescindible tomar conciencia de nuestras fuerzas creadoras y de nuestras posibilidades … Podemos hacer esto con éxito, sólo … cuando comprendamos, por fin, que el potencial creador de nuestro pueblo no es menor, e incluso mayor, que el de los demás y que podemos resueltamente apoyarnos en él»[CITATION KAP89 \p 248 \l 3082 ].

Vadim Kozhinov, filólogo, historiador, escritor y crítico literario, estuvo estrechamente vinculado con Mijail Bajtin, una de las grandes figuras de la cultura rusa de estas últimas décadas. Kozhinov fue en su momento un destacado crítico del sistema soviético, miembro de la generación de los sesenta, ha tratado con profundidad este tema y afirma: «Hay que aceptar, que en esta <<campaña>> tuvieron lugar excesos y exageraciones, pero en su conjunto fue imprescindible, esencial y fructífera. Hay fundamentos para suponer, que si entonces no hubiese tenido lugar, según las palabras de Kapitsa, «la toma de conciencia de las fuerzas creadoras patrias», hubiese sido poco probable que siete años después, en 1954, en la URSS, se hubiese construido la primera central atómica de la historia, o que en 1957 nuestro país fuese el primero en salir al espacio cósmico»[CITATION KOZ99 \p 262 \l 3082 ].19</campaña>

A partir de los años 60 los componentes racionalistas empezaron a ocupar posiciones determinantes en ciertas áreas del pensamiento soviético. Más tarde, en los años de la perestroika este componente racionalista, imbuido de un mesianismo en este caso eurocentrista, se convirtió en dominante entre la comunidad científica soviética. Sin abandonar su viejo componente mesiánico, la ciencia soviética se lanzó de lleno a la justificación de los cambios, dando una supuesta base científica al establecimiento del modelo de sociedad liberal occidental en Rusia. Aquellas actitudes supusieron un brusco giro con respecto a la actitud históricamente mantenida por la ciencia rusa y soviética hasta aquellos momentos. Pero este es otro tema que necesita de su propio y particular desarrollo. Queda, pues, pendiente para otra ocasión.

Antes de terminar es necesario indicar una cuestión importante: el contenido de este trabajo no pretende establecer una valoración positiva o negativa del proyecto soviético. No es esta la intención ni tampoco es el lugar. Esta advertencia, que debería ser innecesaria, y que habitualmente lo es cuando el objeto de estudio es otro, es, sin embargo, oportuna aquí, toda vez que el proyecto soviético se ha caracterizado durante su existencia, y después de la misma, por una acentuada disputa ideológica que inmediatamente creaba dos campos: los que estaban a favor y los que estaban en contra. Aquí se ha tratado de ampliar el conocimiento de la naturaleza de la ciencia soviética, de sus soportes éticos, lo que a su vez puede aportar luz al conocimiento del proyecto soviético en general, del que por cierto, hasta ahora sólo se conocen los fragmentos de una verdad que la sovietología occidental ha pretendido presentar como absoluta.


Publicado por primera vez en la revista
ÁBACO -Revista de Cultura y Ciencias Sociales- en el monográfico dedicado al
250 Aniversario del Discurso de las Ciencias y las Artes de Rousseau.
Ciencia, Tecnología y Sociedad Industrial
Segunda época. Número 27-28/2001. Páginas 147-166.
Ligeramente revisado en octubre de 2017 para la edición de LA REVOLUCIÓN DE LOS OTROS. Imperialismo, Octubre, los bolcheviques y la ética soviética
El Viejo Topo. Barcelona 2018

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1 La Ilustración realizó una reconstrucción de la historia europea (y no sólo europea) dominada por una acentuada animadversión hacia el pasado. Creó y construyó mitos y tópicos que con el tiempo han sido asumidos como verdades por la propia cultura europea. Sobre este tema pueden verse, entre otros:[ CITATION HEE95 \l 3082 ] y [ CITATION RUÍ84 \l 3082 ].

2 Sobre la presencia del componente milenarista en el movimiento obrero y campesino pueden verse, entre otros:[ CITATION BRE62 \l 3082 ], [ CITATION DÍA73 \l 3082 ] y [ CITATION HOB68 \l 3082 ].

3 El concepto «cosmismo» no es habitual en la lengua española. Su utilización en este trabajo proviene de la traducción directa del concepto en lengua rusa космизм = kosmizm, el cual proviene de космос = cosmos, a su vez del griego kosmos. La traducción de la palabra kosmizm por cosmismo en español se ha realizado siguiendo el modelo habitual para las palabras que en ruso terminan en «izm» (kommunizm = comunismo, sotsializm = socialismo, nigilizm = nihilismo, panslavizm = paneslavismo, etc.). Para sus derivados se ha seguido una regla similar, así para los filósofos que han desarrollado esta corriente del pensamiento ruso o que se han considerado miembros de la misma, hemos utilizado el concepto de cosmistas, lo mismo que para los seguidores del comunismo se utiliza el de comunistas o para los seguidores del paneslavismo el de paneslavistas.

4 Concepto compuesto por las palabras Бог (Bog = Dios) y Человечество (Chelovechestvo = Humanidad). Teohumanidad. Viene a significar la naturaleza divina y humana de Cristo. En la filosofía rusa esta categoría tuvo una importancia fundamental en la obra de numerosos autores, e incluso fue el soporte principal del modelo antropológico propuesto por diversas corrientes filosóficas rusas, como fue el caso de los euroasiatistas quienes, frente al individualismo occidental, propusieron la «Personalidad Sinfónica» de Karsavin. Puede consultarse:[ CITATION BUL97 \l 3082 ], [ CITATION BUL94 \l 3082 ], [ CITATION KAR92 \l 3082 ] y [ CITATION SOL89 \l 3082 ].

5 Categoría filosófica que expresa la unidad orgánica del ser universal. Concepto fundamental de la filosofía rusa en el que se puede apreciar la influencia de la filosofía romántica europea. Está compuesto por las palabras Все (Vse = Todo) y Единтсво (Edinstvo = Unidad) y puede ser traducido como la Unidad de Todo, la Unidad Total, la Unidad Global, etc. Esta categoría filosófica está presente en los trabajos de la gran mayoría de filósofos rusos. Además de en sus obras, puede encontrarse una interesante reflexión sobre “Vseedinstvo” en[ CITATION ZEN89 \l 1049 ].

6 Философия Общего Дела (Filosofiia Obshego Dela). Concepto formado por las palabras Общий (Obschii = común, general, global, total, etc.) y Дело (Delo = asunto, causa, acción, arte, industria, etc.) Filosofía del Asunto Común, de la Acción Común, de la Causa Común, pero uniendo el sentido de asunto y el de acción en el de Hacer Común, en el sentido de construcción en común, por todos y para todos. Ver:[ CITATION FIO95 \l 3082 ]

7 Piotr Yakovlevich Chaadaev (1794-1856). Figura clave de la filosofía y del pensamiento ruso. En sus escritos están presentes la crítica a Rusia, la admiración por la cultura occidental y el reconocimiento del carácter singular de la cultura rusa y la presencia de un elemento «asiático» en su naturaleza. Sus trabajos marcan el inicio de la división del pensamiento ruso entre eslavófilos y occidentalistas.

8 El propio L. Tolstoi fue anatemizado y condenado por la Iglesia Ortodoxa rusa por sus ideas heréticas.

9 Andrei Platonovich Platonov (1899-1951). Escritor soviético cosmista directamente influenciado por los escritos de Fiodorov, como él mismo reconoció en multitud de ocasiones. Sus obras son la expresión, bella y terrible, del mesianismo cosmista bolchevique. En ellas, el hombre construye el comunismo transformando la naturaleza con la ayuda fundamental de la ciencia. Así, en su obra Iuvenilnoe more, sus protagonistas tratan de establecer el «bolchevismo tecnológico» en el koljoz «Roditelskij Dvorikaj» y en el resto del «espacio terrestre conocido». Sus obras principales (Iuvenilnoe more, Kotlovan, Gosudarstvennii zhitel, Reka Potudan, Chevengur, etc.), han sido reeditadas en varias ocasiones en los últimos años, ver:[ CITATION PLA88 \l 3082 ], [ CITATION PLA98 \l 3082 ], [ CITATION PLA95 \l 3082 ], [ CITATION AAV95 \l 3082 ] y [ CITATION VIU95 \l 3082 ].

10 Евразийство = Evraziistvo, procede del concepto Евразия = Evraziia (Eurasia). Concepto poco conocido, y por ello poco usado, en la literatura española especializada sobre Rusia o la URSS. Se ha traducido al español como EUROASIATISMO, EURASIATISMO o EURASISMO, define al movimiento filosófico, político y cultural que se formó en Rusia y en una parte importante del exilio intelectual que abandonó Rusia (la URSS) tras la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Su primer manifiesto fue el libro Isjod k Vostoku (El éxodo hacia Oriente), escrito por varios autores y publicado en Sofía en 1921. Rusia es considerada como una cultura específica que reúne en su interior, de manera orgánica, elementos de Oriente y de Occidente. A diferencia de los eslavófilos, los euroasiatistas acentúan los componentes orientales, turcos, de la cultura rusa y sobre todo resaltan el periodo tártaro-mongol en la historia rusa, en la medida que permitió por primera vez la manifestación del tipo cultural euroasiático como una totalidad y posibilitó la conservación de la cultura rusa frente al expansionismo de la cultura europea occidental. También, a diferencia de los eslavófilos, realizaron una severa crítica del eurocentrismo dominante en la cultura Occidental. En este contexto teórico, la Revolución de 1917 fue valorada como el principio de una nueva época en la cultura rusa que supondría la salida de Rusia de un mundo extraño para ella, como era el mundo europeo occidental, y la entrada definitiva en un proceso de evolución histórica particular. En este trabajo, evraziistvo ha sido traducido como euroasiatismo y de él, derivados como el de euroasiatista para definir a personas pertenecientes o identificadas con dicho movimiento (como de paneslavismo, paneslavista).

11 Sobre este autor se publicaron en 1995, en una edición muy cuidada, dos voluminosos libros. Uno recoge una parte de sus trabajos científicos[ CITATION CHI95 \l 3082 ]. El otro recoge sus memorias[CITATION CHI \l 3082 ]. En este último queda muy bien recogida la relación que Chizhevskii mantuvo con Tsiolkovskii.

12 La traducción literal de «mirovogo prostransva» al español sería la de «espacio mundial», algo que no tiene demasiado sentido y que además representa una contradicción con el concepto de cosmos habitualmente utilizado por Tsiolkovskii. Mirovoi procede de Mir, una de las palabras claves de la lengua rusa. Esta palabra significa: el mundo, la comunidad campesina, la paz, la sociedad humana, todas las gentes, la tranquilidad, el silencio, etc., etc. En relación con nuestro tema, Mir significa la totalidad de todas las formas de la materia y del espíritu en la tierra en particular y en el espacio cósmico en general.

13 Kondratiuk fue oficial blanco en la Guerra Civil. Herido, fue curado en un hospital del Ejército Rojo, donde tomó la documentación de un oficial bolchevique que murió en el mismo hospital cerca de su cama.

14 La personalidad de los cosmonautas soviéticos, en especial de los primeros, es también un reflejo del contenido moral y ético de la ciencia soviética. Su estudio queda abierto para un trabajo posterior. Solamente recordar, a modo de pequeño homenaje, que el 20 de septiembre pasado, moría German Stepanovich Titov, el “cosmonauta número dos del planeta tierra». Titov nació el 11 de septiembre de 1935. Ingresó en el Ejército Soviético en 1953. Era piloto con destino en la región militar de Leningrado cuando fue seleccionado para formar parte del primer grupo de pilotos cosmonautas. Cuando Koroliov eligió a Gagarin como primer cosmonauta, Titov fue elegido como su “doble”. Debía estar preparado para sustituir a Gagarin en cualquier momento. El vuelo de Gagarin fue en abril de 1961 y sólo unos meses después, en agosto de 1961, Titov protagonizó el “segundo” vuelo cósmico, el cual se prolongó durante 25 horas y 18 minutos, girando alrededor de la tierra 17 veces. Fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y fue nombrado Piloto Cosmonauta de la URSS. Acabó la Academia Militar del Aire y en 1972 la Academia Militar de Estado Mayor. Doctor en Ciencias Militares, presidió numerosas comisiones estatales para la prueba y aceptación de nuevos modelos de armamento y de tecnología cósmica. Fue Subjefe de las Fuerzas Armadas Cósmicas y alcanzó la graduación de General-Coronel del arma de Aviación. Fue también Diputado del Soviet Supremo de la URSS. Sintió la destrucción de la URSS como un drama personal, renunciando a sus cargos oficiales y abandonando el servicio activo en el Ejército como señal de protesta. Posteriormente, en 1995, fue elegido diputado a la Duma Estatal de la Federación de Rusia en circunscripción unipersonal, ingresando en la fracción parlamentaria del Partido Comunista de la Federación de Rusia, más tarde, en 1999, fue nuevamente elegido Diputado a la Duma Estatal en las listas del Partido Comunista de la F.R. [CITATION Sov00 \l 3082 ] y [CITATION Sov \l 3082 ].

15 Ya Gramsci realizó una profunda crítica del manual sobre materialismo histórico realizado por Bujarin. El propio Stalin, por paradójico que parezca, fue contrario a la vulgarización del marxismo y a la elaboración de manuales divulgadores sobre materialismo histórico. Aunque en vida de Stalin fueron debatidos varios proyectos para la elaboración de un manual de materialismo histórico y creadas varias comisión de estudio, éste se resistió y sólo después de su muerte se dio luz verde a tales proyectos. Sólo entonces el materialismo histórico vulgarizado en los manuales de divulgación se convirtió en el “ismat” (esta palabra proviene de la unión de las iniciales de las palabras istoricheskii materializm = materialismo histórico), el dogma seudo científico oficial para analizar e interpretar la realidad. Las consecuencias sobre la vida intelectual de la URSS pudieron observarse de forma directa en la crisis de la intelectualidad soviética durante la perestroika. No en vano, unos años antes de la perestroika Andropov había manifestado que… “no conocemos la sociedad en la que vivimos”.

16 La incorporación del pensamiento racionalista a la cultura rusa dio lugar a un proceso significativo: la ausencia de conflicto entre la ciencia y la religión. Mientras que en Europa, como consecuencia de la Revolución científica, se produjo una ruptura entre ciencia y religión, en Rusia observamos que incluso no existe un debate que planteé la posibilidad de tal ruptura.

17 La obra de Lenin Materialismo y empiriocriticismo, fue escrita entre febrero y octubre de 1908 y editada en mayo de 1909. Son numerosas las ediciones posteriores de esta obra y también sus traducciones al español. Aquí se cita una de las últimas ediciones (quizá la última) del Instituto de Marxismo Leninismo adjunto al Comité Central del PCUS.

18 “Camino luminoso al comunismo” fue un nombre muy usado en la Unión Soviética para nombrar empresas, colectivos de trabajo, koljoz, etc. Incluso hoy día, cuando los koljoz han sido obligados a convertirse en supuestas sociedades anónimas, la gran mayoría conserva sus antiguos nombres, lo que ha dado lugar a pintorescas denominaciones como la de… “Sociedad Anónima Camino Luminoso al Comunismo”.

19 Como dato curioso, señalar que la primera central atómica a la que hace referencia la cita de Kozhinov fue construida en las instalaciones que en su día ocupó una de las Casas de Niños Españoles en la URSS. En junio de 1937, en un tren especial procedente de Leningrado, llegaron a la estación de Obninsk 500 niños españoles que fueron alojados en un centro educacional que con otros fines el Comisariado Popular de Educación de la RSFSR había empezado a construir en el año 1936. En un principio las instalaciones donde fueron alojados los niños españoles funcionó como un centro de rehabilitación especial para ellos. Más tarde, en noviembre de 1937, este centro fue convertido en la Casa de Niños Españoles número 5. Como tal funcionó hasta que el avance de las tropas alemanas en 1941 obligó a la evacuación de los niños españoles a la orilla izquierda del río Volga. Tras la guerra las Casas de Niños Españoles fueron reorganizadas y la casa Número 5 no volvió a ubicarse en sus antiguas instalaciones. Posteriormente, en 1946, en los edificios de la antigua Casa de Niños fue creado un laboratorio de investigación atómica que más tarde recibió el nombre de Instituto Físico-Energético, cuyos resultados dieron lugar a la puesta en marcha de la primera central atómica del mundo el 26 de junio de 1954 y que estuvo en funcionamiento hasta su cierre el 29 de abril de 2002. Primero la Casa de Niños Españoles y posteriormente el centro de investigación científica sirvieron como núcleo para la creación de la ciudad de Obninsk, que en su día fue la primera ciudad científica de la URSS. En el año 1946 la población en la proto-ciudad era de 125 personas. En junio de 1956, cuando le fue otorgado el status de ciudad la población era ya de 3.774 habitantes. En 1989 llegó a las 100.178 personas y en 2017 a las 113.639. Esta ciudad es un claro ejemplo de la gran cantidad de ciudades que se desarrollaron en la URSS alrededor de un proyecto científico o industrial y que fue construida, en lo estrictamente urbano, a partir de planes específicos desarrollados por centros de investigación, planificación y desarrollo urbano creados para estos fines en la URSS. En la actualidad esta ciudad-científica es un gran centro universitario y uno de los centros mundiales más importantes en la investigación atómica siendo quizá el más avanzado en la investigación y aplicación de técnicas de radiología.

Memorias de espartania

Crítica de “MEMORIAS DE ESPARTANIA”: los ecos de un pueblo que una vez existió

Pepe Marín

 

Pinta tu aldea, y pintarás el mundo

(LEON TOLSTOI)

Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen (…). Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la gente, como si las voces salieran de alguna hendidura y, sin embargo, tan claras que las reconoces.

(Juan Rulfo, Pedro Páramo)

 

Los pueblos se han ido conformando en el marco de territorios habitados de sus propias historias y creencias, mantenidas en el tiempo en el imaginario colectivo de sus pobladores. En los territorios de los pueblos anidan sueños y suceden experiencias que los distinguen de otros, todo un acervo identitario que dota a cada pueblo de un perfil propio, de un distintivo tejido a lo largo de los años de superpuestas señas de identificación colectiva, donde las singularidades individuales y familiares se diluyen y refuerzan el sentimiento de pertenencia común.

En el territorio de Espartania hubo un pueblo lleno de voces obreras que fue protagonista de su historia, tallada “golpe a golpe, verso a verso” por manos encallecidas y corazones ardientes, un pueblo que después de siglos de estar secularmente subyugado por los poderosos se descubrió a sí mismo como un agente histórico que podía tomar las riendas de su destino y escribir las páginas de su propia historia. Aquel despertar de la conciencia popular coincidió en aquel territorio con el redescubrimiento del potencial económico de una planta milenaria que había estado allí  desde tiempos inmemoriales, una humilde planta, el esparto, “stipa tenacissima” en terminología de los botánicos, una hierba perenne resistente a sequías y fenómenos meteorológicos de todo tipo, que no necesitaba más cuidados que su recolección anual para  dejar paso a las nuevas hojas que retallaban cada primavera en las atochas diseminadas por los montes del lugar.

Desde finales del siglo XIX fue surgiendo en torno al esparto una protoindustria que pobló aquel territorio de pequeños y medianos centros fabriles, lo que propició un rápido proceso de transformación de la clase campesina en clase obrera, una nueva clase social que se constituía en sindicatos de defensa y apoyo mutuo, al tiempo que en el mundo agrario se produjo el efecto mimético de la sindicación de los jornaleros. En la emergente industria de la espartería aparecieron nuevos denominaciones de oficios: las mujeres obreras eran “picaoras” y “trenzadoras de lías”, los niños obreros eran “menaores”, y los hombres “hilaores” y “rastrilladores”, como oficios más comunes.  Había también un oficio híbrido, entre industrial y agrícola, los llamados simplemente “esparteros”, que eran los jornaleros dedicados a la recolección del esparto en el monte. Aquella industria, sometida a los vaivenes del mercado, no garantizaba trabajo durante todo el año, por lo que los obreros volvían periódicamente a  ser jornaleros agrícolas, generándose un tránsito de influencias mutuas entre ambos mundos. Todos ellos, sometidos a condiciones de trabajo de explotación, fueron sobre quienes se fraguó en este territorio la travesía desde la sociedad rural de amos y siervos del antiguo régimen a la sociedad contemporánea de clases de burgueses y obreros.

El esparto, desde entonces, desbancó en aquel territorio a otras señas naturales de identidad, y ambos quedaron vinculados durante muchos años, pudiendo muy bien haberse llamado “Tierra de Espartania”. Cieza fue el núcleo de población más importante de la zona, y junto a él se erigieron la mayor parte de las fábricas de esparto de todo el país, desarrollando una gran fuerza de atracción para las poblaciones rurales limítrofes. Aquellas tierras, que desde la antigüedad tuvieron un marcado carácter fronterizo al ser cruce natural de rutas peninsulares y caminos regionales, acogieron en la primera mitad del siglo XX a familias enteras que se trasladaron hasta allí en busca de una vida algo mejor. Cieza se convirtió en el punto de encuentro intercultural de viejos y nuevos pobladores del lugar, un crisol donde sobre el subsuelo de historias y creencias campesinas se vertieron los nuevos sueños y experiencias de emancipación de la clase obrera, dando lugar a una identidad en la que la tenacidad y dureza del esparto era la estampa más simbólica de los nuevos tiempos.

Fue una etapa histórica muy densa, durante la cual ocurrieron muchos sucesos decisivos en el devenir de este territorio. Hubo un gran crecimiento demográfico por efecto de la inmigración interior, y asimismo una gran intensificación de organizaciones obreras, que se dotaron de locales y periódicos desde donde divulgar las doctrinas socialistas y libertarias. Hubo una primavera política truncada antes de tiempo, la Segunda República, cuyos propósitos democráticos y de justicia social no pudieron culminarse, un proyecto político nacido para la superación del atraso secular del país que se vivió intensamente en Espartania. Aquel proyecto fue salvajemente abortado por un golpe militar de inspiración fascista, que provocó una terrible guerra civil en la que los militares sublevados se alzaron finalmente con la victoria tras tres años de lucha desesperada del pueblo. Y después de la derrota, vino una aún más terrible postguerra de encarcelamientos, muerte y represión de las clases trabajadoras, unos años muy duros que paradójicamente fueron para la industria del esparto una nueva coyuntura de expansión, propiciada por las políticas de autarquía del primer franquismo ante el aislamiento internacional de la Dictadura de Franco hasta mitad de los años 50. Aquel nuevo impulso del esparto, convertido en “fibra nacional” de la nueva España franquista, bajo un régimen político fascista que suprimió los sindicatos obreros, sirvió para el enriquecimiento de los industriales y para el incremento de la explotación de los trabajadores, desprovistos de sus líderes obreros (muertos, encarcelados o exiliados). Pero fue un impulso económico efímero, porque a partir de la segunda mitad de los años 50, los nuevos planes de liberación económica de la Dictadura permitieron la importación de fibras textiles exóticas más baratas, así como de nuevas fibras químicas, lo que provocó que en muy pocos años toda la industria espartera quedase prácticamente desmantelada, dando lugar a la diáspora de sus trabajadores hacia zonas industriales del país o hacia Europa. El territorio de Espartania desde los años 60 sufriría un proceso de despoblamiento, tanto físico como moral. No solo disminuyó el censo de habitantes, sino que también se apagó la fragua en la que se seguían manteniendo encendidas las historias y creencias de aquel pueblo fronterizo que lo habitaba, que había encontrado en la cultura del esparto su seña más identitaria.

“Memorias de Espartania” es la crónica de una familia campesina originaria de tierras limítrofes, que los azares de la vida trajeron a este territorio de frontera. Toda familia guarda una historia propia integrada por múltiples microhistorias, que se incardinan en historias más universales. Y toda familia debería tener algún vástago que elaborara el relato épico de sus avatares, que recreara su historia para recordar a sus héroes y antihéroes, y así poder inmortalizar las memorias heredadas de sus antepasados y de la vida misma.

Es lo que ha hecho Antonio Fernández, el nieto de Antón el Rojo y de Amalia Jesús, un matrimonio de campesinos con poderes mágicos (él era un minero con “ojo mágico” para colocar barrenos en su justo lugar, y ella quitaba el “mal de ojo”), que tras la derrota de la guerra civil buscaron nuevos horizontes y  se trasladaron a las vecinas tierras de Espartania con su familia numerosa y su acopio inmaterial de historias y recuerdos. Su crónica familiar viene estructurada en diez capítulos en cada uno de los cuales aparece como eje uno de los miembros más significados de la familia o un personaje invitado que tiene relevancia en la historia. Los personajes principales comparten páginas con otros personajes aparentemente secundarios que tienen su propia historia y sirven de contrapeso al hilo conductor del relato. Todos los personajes, que darían para una prolija “dramatis personae” de la trama, son presentados combinando los recuerdos, el subjetivismo y la fabulación en el contexto de su tiempo. Cada capítulo se  compone de  historias  fragmentadas del recorrido vital de los héroes y antihéroes retratados, que vienen contextualizadas en diferentes momentos de este azaroso tiempo de la historia de España que transcurre desde finales del siglo XIX, con las noticias sobre su bisabuelo Ramiro Valera en el caserío de El Rollo, hasta los años 60 del pasado siglo con los recuerdos de su abuelo Justo Zurrón y las noticias de los últimos días del esparto y los inicios de la agricultura mecanizada, cuando aquella historia inicial empieza a alejarse de sí misma. No falta algún que otro anacronismo fantasioso para imaginar sucesos deseados que nunca existieron, como la supuesta proclamación de la República Socialista Soviética de Cieza en octubre del 34, al calor de la Revolución de Asturias; o para sugerir nuevas versiones de hechos históricos sembrados de dudas (como la muerte casual de Durruti, presenciada por personajes de la novela).

La memoria familiar, trasmitida oralmente de padres a hijos y de abuelos a nietos, y la imaginación del autor han cristalizado en unos condensados diez capítulos con interrupciones cronológicas, escritos con un lenguaje conciso y evocador, muy descriptivo, donde hay presencia de giros y expresiones del habla lugareña, no faltando tampoco la presencia de una halo poético en alguno de sus pasajes. Como ha dicho un entusiasta comentarista de esta novela (Huerga Melcón), las páginas de este libro “mantienen un sordo rumor de verdad y belleza”.

A lo largo de estos capítulos hay una marcada intención de destacar la conciencia obrera de sus principales protagonistas, que son descritos como “hombres de ideas”, resaltando su amor por la cultura (el abuelo Antón “siempre decía que la salvación de los trabajadores estaba en saber leer y escribir” y, aunque analfabeto, “se sabía de memoria muchos pasajes completos del Quijote”), así como su espíritu de solidaridad (el abuelo Justo Zurrón, un labrador conservador, ayudaba con comida y ropas a los soldados de la República en desbandada tras la derrota), de fidelidad a sus ideales, de lucha (“después de los amargos momentos de la derrota del 39, le gustaba repetir que aunque había sido derrotado, él nunca se había rendido”, escribe de su abuelo Antón) y de resistencia (al acabar la guerra, padre e hijo entierran las armas en un paleral, episodio del que queda “solo el recuerdo mítico en la familia como símbolo de una resistencia”). El sentimiento de pertenencia a la familia se vincula al mantenimiento de unos pilares morales para poder confiar en ellos y guiar las relaciones interpersonales, aunque a veces se produzcan desencuentros en la manera y modo de plasmar esos ideales.

El mundo del esparto aparece como telón de fondo de algunos de los escenarios donde transcurren ciertos pasajes de la novela, citando nombres de algunos obreros. Están el Julián el Pancharrica, el Carudo y Manolico Ratón, jóvenes esparteros que fueron los tres primeros ciezanos que se alistaron como voluntarios en los primeros días de la guerra, y Julián el primer miliciano republicano ciezano muerto en el frente. Está Manuel el Veintiuna, un espartero que hizo “porra” (huelga) en el monte. Y Carmencica la Pulguina, joven picaora, a la que un mazo le aplastó la mano derecha, organizándose una huelga de solidaridad para que el empresario se hiciera cargo de la baja laboral. Y Consuelo la Sietededos, picaora también, veterana de la CNT, que perdió tres dedos de una mano. Y Pascual Poyatos el Cañagueca, maestro hilaor, uno de los líderes de UGT…

Hay personajes entrañables para el autor, aparte de sus abuelos, abuelas y tíos, que son tratados con especial ternura y respeto. Está Manuel, el joven ciego que quiso ir al frente. Pepe Mirolo, ugetista, uno de los líderes del Consejo Unificado de la Espartería, que gestiono la industria espartera en los años de guerra. Y Gigonés, el carpintero cenetista. El capitán Américo Cardona, comunista, que se enfrentó a los planes de rendición del Coronel Casado. Irina, la joven brigadista rusa que hablaba español e hizo de intérprete desde el Destacamento de Tanques de la URSS concentrados en Archena, y su enamorado Antonio, maestro de escuela de la saga de los Varela. Y los resistentes comunistas que volvieron a encontrarse en los años 60 después de pasar por varias cárceles: Paco Peralda, Pedro Abarcas y Paco Montillo, aquel ferroviario que participó en la organización de la resistencia francesa y se unió a los maquis.

Entre las páginas de la novela se cuelan también personajes estrafalarios de diverso signo. Juanico Mataburras, un joven minero que murió en el frente, llamado así porque efectivamente despeñó un burro que le daba mordiscos y coces. Don Dionisio, el testarudo cura Zorro, que usaba pistola y que  desde el púlpito de la parroquia no cesaba de provocar a los partidos de izquierda y a los sindicatos obreros. El también cura Don Simplicio que ponía penitencias imposibles. Y Bartolico el Loco, una alma cándida e ingenuo exhibicionista, al que le gustaba asustar a la gente anunciándole que morirían al día siguiente.

Hay personajes anecdóticos, como Gonzalo Almonacid y Manolo el Pelao, que se atribuyeron la autoría de lanzar los torpedos que hundieron el crucero Baleares de los golpistas. Paco el Periquito, un republicano dicharachero, que pudo escapar al exilio hasta Argelia, Francia y finalmente Méjico, no regresando a España hasta principios de los años 80. El policía municipal el Rojo de la Colorá, que confundió la Casa Consistorial con un prostíbulo. Paco el Cigala que dijo haber tenido una aparición milagrosa en la pared de una ermita y anunció a todos los vecinos una nueva aparición en fecha cierta, acudiendo una multitud que nada vio. Y Juan Semitiel el Maeza, un joven falangista hijo de agricultores que se alistó con la División Azul, y cayó herido en Rusia, donde finalmente se quedó a vivir y se casó, y que regresó a Cieza en 1973, escandalizando a autoridades del régimen y a sus antiguos correligionarios al declarar a la prensa que se encontraba muy a gusto en Rusia.

Otros personajes son tratados con desprecio, como Adriano Avellano, el hijo del Follamozas, un siniestro personaje, hijo bastardo de un señorito y una criada, que finalmente se hizo con la herencia de su padre, convirtiéndose en un déspota con los mismos obreros que lo habían protegido en su infancia. O Eulogio Parra, el Gato Periquito, miembro del somaten, jefe local de Falange y alcalde de Cieza. O el fotógrafo Vicente Guardiola Ferrer, que se hacía pasar por comunista y fue delator de personas de izquierda ante las autoridades golpistas.

Hay otros personajes desubicados en aquellos tiempos de zozobras. Como Pepito Téllez, un abogado y político de derechas, que emprendió negocios y se arruinó por dar trabajo a los obreros, y a quien sin embargo una turba incontrolada de exaltados le dio una muerte atroz en la cárcel de Cieza donde estaba retenido, quemando su cadáver junto a otros tres más de personas de derechas de escasa significación. O Don Pedro Jiménez, el tío Pitillo, un liberal y rico terrateniente, cuyo hermano, Gobernador Civil en Huelva, fue víctima de los golpistas, que emprendió transformaciones agrícolas con nuevos regadíos dando ocupación a buen número de obreros de izquierda excarcelados. O Raimundo Zurrón, cacique los terratenientes y cliente habitual de los burdeles de La Chata y de la Roja.  Y personajes más oscuros, como Pepico Ciempiés, que de monaguillo en su infancia, terminó asesinando al cura Zorro que lo había educado, y cortándole las orejas, que hizo comer a los que estaban de tertulia en un bar frecuentado por gentes de derechas.

Hay también presencia de seres fantásticos, como el “lameor”, un extraño animal nunca visto que atacaba a los hombres mientras dormían, y nunca despertaban; o como la misma abuela Amalia Jesús, que nació con “gracia” y curaba con sus preces y hierbas dolores del cuerpo y males del espíritu.

“Memorias de Espartania” no es una crónica histórica, sino una crónica novelada, donde se relata no tanto lo que sucedió, como lo que pudo suceder, o por lo menos, en ausencia de datos fidedignos, lo que le habría gustado al autor que hubiese sucedido. El relato es una mixtura compleja y enredada de recuerdos familiares, sucesos históricos y elementos fabulados que se van entretejiendo de forma combinada, sin que sea fácil detectar siempre el tránsito de lo real a lo fantástico. El punto de partida de la historia se ramifica en sucesivas historias fragmentadas con planos que a veces se superponen, sin perder nunca el hilo conductor de reconstruir el sentido épico de una travesía familiar.

Los contextos cotidianos en que transcurren las aventuras y desventuras de sus personajes son ambientes que tienen a veces algo de mágicos y oníricos, de misteriosos y líricos. Se respira en sus páginas una atmósfera intimista a la que se nos permite entrar a los lectores, haciéndonos cómplices unas veces de una desgarrada realidad (durísimo es el relato de los asesinatos de cuatro derechistas en la cárcel, como lo es el de la cuerda de presos y el juicio sumarísimo de izquierdistas en una escuela pública al mismo acabar la guerra), y otras veces, de episodios divertidos llenos de ingenuidad (como es la anécdota del frustrado milagro de aparición de la cruz). Y es que, junto a páginas estremecedoras con un marcado sentimiento trágico, hay también en estas crónicas un decidido propósito por subrayar la felicidad de las cosas simples, de los objetos y quehaceres ordinarios de las gentes sencillas (cuando al abuelo Antón lo interroga un guardia civil preguntándole que dónde había estado después de su ausencia durante unos días, le contesta “pues donde voy a estar, trabajando por ahí, que es lo único que sabemos hacer los pobres”). Y todo sin renunciar a la sátira y a la socarronería, que en estas tierras de Espartania tienen también su punto propio.

La novela está narrada en tercera persona. El autor se nos presenta como un narrador testigo de confesiones y secretos familiares bien guardados, que los expone situándose detrás de la conciencia de los personajes y atravesando, cuando lo precisa, el túnel de los tiempos, dando lugar a un extraño realismo, salpicado de notas mágicas, guiños de melancolía y gotas de poesía. Solo en el párrafo final del último capítulo, utiliza el autor la primera persona. Y lo hace en plural, referido a los nietos, cuando se sumergen en el mundo mágico de los recuerdos de la cabaña de su abuelo Zurrón.

Con el tiempo, aquel panteón de antiguos ingenios se convirtió en un lugar misterioso lleno de tesoros y máquinas fantásticas en las que los nietos del abuelo Justo Zurrón y de la abuela Fuensanta Villalba soñábamos que surcábamos los aires o navegábamos por los mares a la caza y captura de seres fantásticos, acompañados por héroes míticos, y al mismo tiempo reales, como los que habitaron en una época no tan lejana las agrestes tierras de Espartania”

“Memorias de Espartania” es una historia pueblerina que tiene un trasfondo íntimamente universalista. Sus páginas, localizadas en un pequeño perímetro del sur de España, trascienden lo anecdótico para referir historias de supervivientes de una derrota política y militar, a la que sucedió una derrota social y económica, que se refugian en sus recuerdos fabulados para reconstruir sus vidas cotidianas. Novelar la historia es un modo de recuperarla para siempre, y puede servir para comprender o ahondar en la comprensión de la realidad. Antonio Fernández (”Antón”, para sus paisanos) pintó su aldea espartera y campesina para pintar un mundo que se extinguía.

Hoy, en el siglo XXI, en los pobladores de aquella tierra apenas queda nada de aquellas vivencias narradas en la novela, que fueron asociadas al fracaso de una apuesta social y económica que colmó de pobreza y enfermedad a los trabajadores, un olvido que también supone un menosprecio de los pilares morales de solidaridad y de lucha que se generaron en aquellos insalubres centros fabriles de Espartania. Hay en Cieza actualmente un magnífico Museo del Esparto, mantenido por una asociación cultural, que es visitado por más personas foráneas que por los vecinos de la localidad.

Como en la cita de Pedro Páramo del comienzo, de aquellos tiempos solo quedan ecos, encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras, y llegará el día en que estos ecos se apaguen. Cuando eso ocurra, “Memorias de Espartania”, servirá de testimonio fragmentario de lo que esta tierra fue un día, o más bien, de lo que quiso ser, de sus sueños y creencias.


P.Marín

Marzo 2017

Al otro lado de la historia

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

 

En la edición del periódico El País de fecha 10 de enero de 2016, en el suplemento Ideas y bajo el título general de “Cómo describir lo indescriptible”, aparecen publicados cuatro artículos dedicados a la película “El hijo de Saúl”, en la que el director húngaro Laszlo Nemes aborda el terror y la destrucción de la vida y de la dignidad humana en los campos de concentración y exterminio alemanes al tiempo que vuelve a plantear el debate sobre la forma y los límites éticos y morales en la representación gráfica de la destrucción del ser humano mediante matanzas y genocidios.

Los artículos vienen firmados por José Emilio Burucúa, Javier Rodríguez Santos, Álex Vicente y Santos Juliá, y como es de esperar están escritos con muy buena pluma y llenos de referencias a autores de todo tipo, películas, trabajos literarios, históricos o de ensayo, en los que queda patente la erudición de sus autores.

El objetivo de este texto no es hablar de la película, ni  analizar el contenido de los artículos de los cuatro autores anteriormente mencionados. Más bien se trata de hablar de las ausencias. El caso es que al terminar de leer estos cuatro artículos queda la sensación de que falta algo, y se hace necesaria una nueva lectura para intentar averiguar, encontrar, la causa de esa sensación. Y después otra lectura… Y poco a poco se perfila la ausencia.

Los cuatro trabajos suman unos 25.000 caracteres y más de 4.300 palabras. Hay en los artículos un apabullante desfile de citas y referencias, a través de las cuales aparecen autores como Heródoto, Dante, Bartolomé de las Casas, Adorno o Benjamín, hasta llegar casi a los cincuenta autores de todo tipo entre escritores, historiadores, ensayista o directores de cine. Se habla de películas de diferentes directores y se nombra a más de 15 países diferentes, desde Alemania a Israel y desde Argentina a Camboya o Indonesia.

Y es en este derroche de cultismo donde más se nota la ausencia. Algo sigue faltando. Hasta que, efectivamente, de pronto nos damos cuenta que de toda esta rememoración de las víctimas del gran delirio criminal del capitalismo europeo se han quedado fuera los hombres, mujeres, viejos, viejas, jóvenes, niños, niñas de la Unión Soviética. Porque, salvo error u omisión por mi parte, al leer y releer los textos no hay ni una sola referencia a los prisioneros, recluidos, cautivos, deportados, esclavos, condenados, asesinados, gaseados, fusilados, ejecutados, enterrados, quemados, incinerados… soviéticos. Ni una sola.

Los fríos datos estadísticos todavía no se ponen de acuerdo a la hora de cuantificar la gran tragedia y sangría humana que significó la invasión alemana para los pueblos de la URSS. Se habla de entre veinticuatro y veintiocho millones de muertos. Para que nos hagamos una idea, estamos hablando de una cantidad de personas que supera el total de la población de España en aquellos años. ¿Nos imaginamos todo el territorio español absolutamente vacío de seres humanos? Ni un alma entre Cádiz y Gerona, entre La Coruña y Cartagena. Todo vacío. Desierto. Los campos, las aldeas, los pueblos, las ciudades con sus fábricas, con sus casas, levantadas o semidestruidas, abandonadas, vacías. Esa fue la dimensión de la catástrofe humana para la Unión Soviética.

Si tomamos como referencia el riguroso estudio sobre los costos en vidas humanas que significó la guerra y la ocupación alemana elaborado por el grupo de investigadores del Cuartel General del Ejército de la Federación de Rusia, coordinado por el General-Coronel[1] Grigorii Fedotovich Krivosheev,[2] tenemos que el número total de víctimas mortales en la URSS durante la guerra fue de 26,6 millones, de las cuales 8.668.400 muertos se corresponden con militares de todo rango y sexo caídos como consecuencia de acciones de guerra. El resto, es decir casi dieciocho millones de seres humanos, civiles todos ellos, fueron simplemente exterminados, borrados de la faz de la tierra. Y lo fueron, porque aquella fue una guerra total, una guerra de exterminio de la población. Así fue programada por el capitalismo alemán y así fue llevada a cabo de forma metódica y sistemática con la ayuda y colaboración del capitalismo europeo. Fue la particular “solución final” diseñada para la Unión Soviética. Al fin y al cabo, de lo que se trataba era de limpiar el “espacio vital” que tanto necesitaban los alemanes de sus infrahumanos habitantes.

Y antes de continuar conviene señalar, y no olvidar, que ni Hitler, ni Himmler, ni Goebbels, ni ninguno de los gerifaltes nazis, ni ninguno de los propietarios de las grandes fábricas o complejos industriales ubicados en Alemania, Bélgica, Francia o Checoslovaquia mataron de forma directa nunca a nadie. Por ejemplo, Hitler no fue nunca a Babii Yar a disparar desde lo alto de la inmensa fosa que poco a poco fue rellenándose con los cuerpos asesinados de más de 120.000 personas. Tenía a sus disciplinados soldados alemanes que hicieron aquel trabajo, muchos de ellos, más de los que imaginamos, con gusto y convencidos de lo que hacían. Ojo, no sólo los alemanes. También lo hicieron los húngaros, los rumanos, los checos, los belgas, los italianos, los letones, los estones o los franceses de a pie que, juntos o por separado, formaban parte de los disciplinados ejércitos invasores.

Y ya que la hemos nombrado, es curioso que entre tanta cita en los artículos de los autores a los que hacíamos referencia al principio, no aparezca ni una sola mención a la matanza llevada a cabo por los alemanes a las afueras de Kiev, en el lugar conocido como Babii Yar, donde a partir del 27 de septiembre de 1941 y hasta la liberación de la ciudad por el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos el 6 de noviembre de 1943 fueron fusiladas, quemadas y destruidas más de 120.000 personas (sólo en dos días, el 29 y el 30 de noviembre de 1941 fueron fusiladas 33.771). Además, en las proximidades de Babii Yar crearon diferentes campos de concentración, como el de Siretskii, en el que fueron asesinadas no menos de 25.000 personas.

Era tal la “productividad” de estos lugares de exterminio que los emprendedores capitalistas alemanes planearon la construcción de una gran fábrica de jabones en las proximidades para aprovechar las grasas de los cadáveres. El beneficio económico ante todo. ¡Viva la ética del capitalismo! Sólo la liberación de la ciudad por las tropas soviéticas impidió que finalmente fuese construida.

Tampoco se menciona la destrucción masiva de vidas humanas en la ciudad de Odessa y sus alrededores, donde, en los tres días que van del 22 al 24 de octubre de 1941, fueron asesinadas unas treinta mil personas. Pero aquello fue sólo el principio. Los alemanes y sus amigos rumanos pusieron especial intención en sus prácticas represivas, y a ese número inicial de víctimas hay que añadir más de 100.000 asesinadas durante el periodo de ocupación por alemanes y rumanos. Y es que los “inofensivos” rumanos, que hoy día se nos presentan como víctimas, fueron en un tiempo no muy lejano crueles verdugos. Ellos esperaban recibir aquellas tierras como parte de la compensación que Alemania habría de darles por su voluntariosa participación en la guerra contra la URSS. Y ante tan halagüeña perspectiva, se esmeraron.

Ni se cita la destrucción de la población civil y de los prisioneros de guerra que siguió a la ocupación de Crimea, y en particular de la ciudad de Sebastopol, que resistió de forma heroica ante los alemanes en un cerco infernal que se prolongó durante ocho meses y que tantos esfuerzos, recursos y pérdidas costó a los alemanes. Estos mismos, enfadados por la resistencia de la ciudad, fueron incluso creativos en aquel empeño, enterrando vivos a los soldados prisioneros soviéticos o enviando a alta mar barcazas repletas de personas a las que luego prendían fuego. Esperaban, y los que se lanzaban al agua con la esperanza de alcanzar la orilla a nado eran ametrallados.

Sólo en la ciudad de Sebastopol, durante el periodo de ocupación alemán, fueron ahorcados, fusilados, quemados, enterrados vivos o ahogados en el mar, más de treinta mil personas entre prisioneros de guerra y población civil. Además, otras 45.000, civiles, en su mayoría jóvenes de ambos sexos, fueron enviadas a la fuerza a trabajar a Alemania.

Tampoco se habla de la práctica de destrucción sistemática de las aldeas soviéticas en los territorios ocupados, donde era habitual encerrar a la población, niños incluidos, en graneros, templos o cualquier edificio amplio y prenderles fuego. Mientras, los instruidos soldados alemanes hacían fotografías o rodaban con sus cámaras de super8 aquellos formidables espectáculos. Y entre fotografía y fotografía ametrallaban a los que intentaban huir de aquellos infiernos.

Por el contrario, sí se menciona que “W. G. Sebald rompió con el tabú que había impedido hablar a los alemanes de las tormentas de fuego provocadas por la Royal Air Force”. Pero debe haber algún tabú que impide hablar de los bombardeos de las ciudades soviéticas y su consecuente destrucción. En el bombardeo de la ciudad de Stalingrado por la aviación alemana, que tuvo su momento álgido el 23 de agosto de 1942, y en el que en las calles se alcanzaron temperaturas superiores a los 900 grados centígrados, murieron más de 40.000 personas, quedando convertida la ciudad en un enorme montón de ruinas y cenizas humeantes.

Como no podemos extendernos en nombrar todos los actos de barbarie, grandes o pequeños, intentemos entender al menos la magnitud de las grandes cifras, por frías que puedan resultar. Si continuamos con los datos recogidos en el estudio anteriormente mencionado las cifras apabullan por su contundencia: 7.420.379 civiles fueron asesinados de forma intencionada y planificada, de los cuales 216.431 eran niños. Murieron 4.100.000 civiles como consecuencia de las terribles condiciones de vida  creadas en las zonas de ocupación por los alemanes (hambre, enfermedades infecciosas, epidemias, falta de atención médica básica, etc.). Además, 5.269.513 personas fueron convertidas en esclavos y enviadas a trabajar a los complejos industriales alemanes, checos, franceses, etc. De tal manera les trataron y en tales condiciones trabajaron que murieron 2.164.313 personas (el 41,07%).

La cantidad de prisioneros de guerra soviéticos que cayeron en poder de los ejércitos alemanes y de sus aliados fue de 4.559.000, de los cuales volvieron vivos, enfermos y agotados a la URSS al final de la guerra 1.836.000 prisioneros de guerra. Es decir, murieron en el cautiverio 2.723.000 personas, el 60% de los cautivos.

A título comparativo podemos indicar que el total de los prisioneros alemanes (incluidos sus aliados) fue de 4.376.300, de los cuales, al final del cautiverio regresaron vivos 3.572.600. Es decir, murieron durante su cautiverio en la URSS, por diferentes circunstancias, 803.700 prisioneros, el 18,36%.

La diferencia es significativa, teniendo en cuenta que los prisioneros soviéticos estuvieron cautivos -aquellos que pudieron aguantar-, como máximo cuatro años. Por el contrario, si tenemos en cuenta que Alemania fue derrotada en mayo de 1945, que los prisioneros de guerra alemanes comenzaron a ser puestos en libertad en el año 1948, y que los últimos, los que fueron condenados por crímenes de guerra, lo fueron en el año 1956, resulta que los prisioneros de guerra alemanes estuvieron un máximo de 14 años, aquellos que ya fueron hechos prisioneros al principio de la guerra, por ejemplo en la Batalla de Moscú en diciembre de 1941, y un mínimo de 3 años los que fueron hechos prisioneros en 1945.

Bastante diferencia hubo de haber en el trato cuando murieron en el cautiverio el 18,36% de prisioneros alemanes frente al 60% de soviéticos. Y eso teniendo en cuenta que desde muy pronto la conciencia nacional soviética supo de las barbaridades cometidas en territorio soviético por los alemanes, y que después se tuvo conocimiento de las prácticas alemanas en los campos de exterminio y en los campos y centros de trabajo esclavo.

Los fríos datos estadísticos muestran un aspecto fundamental: que el conocimiento de las barbaridades perpetradas por los alemanes no influyó de forma determinante en el comportamiento que con ellos tuvieron los soviéticos una vez que caían prisioneros. Lo que sí influyó en la mortandad de los alemanes durante su cautiverio fueron las pésimas condiciones de salud en que se encontraban en el momento de caer prisioneros. Sirva como ejemplo el caso de Stalingrado, donde la inmensa mayoría de los prisioneros capturados por los soviéticos eran ya muertos vivientes en el momento que depusieron las armas (de los 90.000 prisioneros alemanes que se rindieron, enfermos y semicongelados, en el cerco final de la ciudad, solamente 6.000 volvieron a Alemania en 1956).

Pero volviendo a las ausencias, llama también la atención que de todas las veces que en los artículos se nombra el complejo de campos de exterminio de Auschwitz, no se haga ninguna mención a que allí fueron exterminados cientos de miles de soviéticos y que fue precisamente el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos el que liberó aquellos campos el 27 de enero de 1945.

Hay también otras ausencias. No hay ni una cita de ninguna obra literaria o filosófica, de ningún ensayo o trabajo histórico soviético o ruso donde se reflexione sobre aquella inmensa tragedia. No hay ni una cita de ninguna película ni de ningún director de cine soviético, ni de ninguna obra de teatro en la que se reflexione sobre la tragedia, la muerte, la destrucción sistemática de población civil por los alemanes. Ni tan siquiera hay un renglón, una palabra, que recuerde a Dostoievski el hombre que más y profundamente ha reflexionado en su obra literaria sobre el mal y la maldad como componente de la naturaleza humana.

Y uno se pregunta entonces, ¿cómo es posible que ocurra esto? ¿Cómo es posible que cuatro hombres cultos y justos no hayan tenido la necesidad de citar en su abundante argumentario la gran tragedia del pueblo soviético o sus reflexiones sobre tan desmesurada violencia expresadas a través de la literatura, el cine, la filosofía o la investigación histórica?

En uno de los artículos se habla del “silencio de los memorialistas de oficio, que en la lápida de un barrio judío de París escribieron que de aquel lugar varios miles de niños franceses fueron llevados a los campos de Polonia para no volver jamás, olvidando que aquellos niños eran judíos y que fueron deportados no por ser franceses, sino por ser judíos, como tuvo que recordarnos Gerda Larner”. Y aunque uno podría preguntarse también por el silencio de aquellos y estos  memorialistas de oficio o de excepción que olvidan que fueron asesinados de forma sistemática cientos de miles de niños soviéticos, la pregunta que surge es otra: ¿qué ha pasado en nuestra cultura para que esos niños soviéticos asesinados no merezcan ni el recuerdo de una frase a la par con los niños franceses, judíos, polacos o húngaros?

Y si pasman todas estas ausencias, asustan más los posibles motivos o las posibles causas. Porque todo parece indicar que no ha sido un acto realizado a propósito. No es que los autores hayan decidido de forma consciente, cada uno por separado o mediante acuerdo conjunto previo, no hablar de lo que no han hablado. Al fin y al cabo cada uno habla de lo que quiere, faltaría más. Ni tan siquiera el periódico les ha llamado, ejerciendo de ente censor y demoníaco, y les ha prohibido hablar de la gran tragedia ocurrida en aquellos años en la Unión Soviética. Nada de eso ha sido necesario. Es mucho más grave que todo eso.

No es que no se hayan acordado de la URSS, simplemente es que no existe para ellos en esta categoría de pensamiento. Pero no para ellos en particular, sino para un “ellos” mayestático. Se ha puesto tanto empeño en convertir a la URSS y a Rusia en el Imperio del Mal, que ya no nos son entendibles más allá de ese patético papel que nuestra cultura se empeña en asignarles una y otra vez. Para todo lo demás, la Unión Soviética y Rusia son conceptos que prácticamente no existen para la cultura occidental. Casi han desaparecido. Y en esta vorágine de olvidos, intencionados o no, se quedan al otro lado de la historia, fuera de la historia, como si de algo anecdótico se tratase, todas las víctimas soviéticas provocadas por la agresión del nazismo y el fascismo europeo, expresiones estas últimas, en definitiva, de un modelo concreto de capitalismo europeo que quiso convertirse en hegemónico a través de la violencia desmedida y que no pudo gracias al sacrificio y al descomunal esfuerzo del pueblo soviético.

Todos estos “olvidos” tienen además mucho que ver con la visión eurocéntrica de nuestra historia y de nuestra cultura. Ya Hegel decía que “Europa es absolutamente el término de la historia universal». Para el filósofo, el resto de pueblos, como en los casos de China o la India, permanecían estáticos, en estado de vegetación, y los pueblos eslavos, y Rusia como su más importante manifestación política, no habían intervenido en el progreso de la historia universal. “Encontramos además en el este de Europa la gran nación eslava, … Sin embargo quedan excluidos de nuestra consideración, porque constituyen un ser intermedio entre el espíritu europeo y el asiático, y porque, aunque mantienen múltiples relaciones con la historia política de Europa, no es bastante activa e importante su influencia sobre la marcha y progreso del espíritu. Esta masa de pueblos no ha penetrado aún, como un momento independiente, en la serie de las formas que la razón ha tomado en el mundo”. Para Hegel, en su devenir geográfico, desde Persia, pasando por Grecia y Roma, la historia universal llegó a Europa y encontró en el mundo germánico «el espíritu del mundo moderno cuyo fin es la realización de la verdad absoluta». La expresión máxima y perfecta de la idea de la historia universal.

A base de desarrollar y perfeccionar este planteamiento básico, la cultura europea ha terminado creyéndose sus propias elucubraciones teóricas, confundiéndolas con la realidad. Importantes vectores de la cultura europea han acabado creyendo que la “realización de la verdad absoluta” era y es el dominio del resto del planeta, y la ocupación de los “espacios vitales” que se consideren necesarios allá donde quiera que se encuentren. El “mundo germánico”, entiéndase por él el núcleo del capitalismo desarrollado y el núcleo de la cultura occidental dominante, ha acabado asumiendo y haciéndonos asumir al resto de los mortales que, efectivamente, Rusia, independientemente de la forma en que se exprese en cada momento histórico, está realmente al otro lado de la historia, fuera de la historia. Tan fuera, que en momentos concretos no se ha tenido ningún remilgo en intentar hacerla desaparecer de la faz de la tierra.

Se acercan tiempos difíciles, más de lo que podemos creer e imaginar ahora. Cuanto más nos empeñemos en situar a Rusia y a otros pueblos de Asia o África en ese quimérico “fuera de la historia”, más nos acercamos a nuestra propia catástrofe. Alemania y sus aliados, es decir, casi toda Europa, en un pasado reciente asumieron esa quimera, la interiorizaron de tal manera, que no se dieron cuenta de lo equivocados que estaban hasta que fue demasiado tarde y las “hordas rojas y asiáticas” se paseaban por las calles de Budapest, Praga, Viena o Berlín.

¿Cómo es posible que en este nuestro occidente cultural se haya establecido en nuestras mentes una visión tan simplista que nos paraliza el intelecto, nos cierra la boca, tapona nuestros oídos y nubla nuestra vista ante todo lo que esté relacionado con la Unión Soviética o con Rusia? ¿De verdad somos tan insensibles a la tragedia humana que nos olvidamos de aquellos que tanto aportaron y tanto sacrificaron para nuestro bienestar actual? ¿Dónde está nuestra razón científica? ¿Dónde ha quedado nuestro sentido común personal y colectivo? ¿En qué momento se nos han caído de nuestro instrumentario intelectual?

Sirva esta pequeña y modesta aportación para iniciar la búsqueda.


Moscú / Cieza, marzo de 2016

(Artículo publicado en la revista El Viejo Topo, número 342-343 (julio-agosto) 2016)


[1] Empleo militar equivalente en España al de Teniente General.

[2] Krivosheev, G. F., Andronikov, V. M., Burikov, P. D., Gurkin, V. V.


Velikaia Otechestvennaia bez grifa sekretnosti. Kniga poter.

Editorial Veche. Moskva – 2010

Los niños de la guerra españoles en la URSS (Contacto de culturas y de modelos antropológicos)

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Durante la Guerra Civil española de 1936-1939 fueron evacuados de diferentes zonas de España numerosos grupos de niños que, con el fin de salvaguardar su integridad y alejarles de las zonas más peligrosas, fueron enviados a diferentes países de Europa y América. Uno de estos grupos, llegó a la Unión Soviética en varios traslados a partir del año 1937 con la esperanza de volver pronto a sus lugares de origen una vez terminada la guerra. Sin embargo, las circunstancias históricas impusieron sus duras condiciones y pasaron cerca de veinte años hasta que en 1956 se les presentó la primera oportunidad de volver finalmente a España. Muchos decidieron entonces quedarse en la Unión Soviética y otros, también muchos, de los que regresaron a España, acabaron volviendo de nuevo a la URSS, donde unos y otros entre idas y venidas hicieron el resto de sus vidas.

Son posibles muchas y diferentes aproximaciones a este particular caso histórico. Una de ellas es desde luego la aproximación humana, tanto al colectivo en su conjunto, como a cada una de estas personas en particular. Vemos en ellos todas las manifestaciones de la naturaleza humana: el sufrimiento, la alegría, la esperanza, la abnegación, el espíritu de sacrificio, la entrega… Pero todas estas manifestaciones han estado en ellos siempre condicionadas por la añoranza de unos padres y una familia que quedaron en la lejanía y de una infancia que supuestamente pudo ser y que finalmente no fue.

Cuando en el día a día se trata con ellos personalmente, acaban transmitiendo esa añoranza y ese amargo sabor por un pasado biográfico idealizado. Quizá la expresión más amarga de esa añoranza es la recriminación lanzada por algunos ellos, ya en la edad de la ancianidad, a sus padres por haberles permitido la salida de España. Sentimiento sin embargo engañoso, en parte producto de su propia memoria descontextualizada por el inexorable paso del tiempo y por la distancia, porque, al fin y al cabo, nadie podía en aquella España, y mucho menos sus propios padres, garantizarles ni siquiera la infancia en aquellas terribles circunstancias, con la guerra en las puertas de sus casas.

Hay otra forma de aproximación a ellos, a través de lo que significan y de lo que aportan a la historia y al conocimiento. Los Niños de la Guerra españoles en la URSS se han convertido con el tiempo en un particular caso histórico. Cuando la emigración de un grupo humano compacto se produce en un periodo muy corto de tiempo puede darnos un importante conocimiento cultural y antropológico. En este caso, los niños no sólo estuvieron en estrecho contacto con la sociedad soviética sino que con el paso del tiempo llegaron a incorporarse a ella, pero con una particularidad: sin dejar de ser españoles.

Conocieron todos los aspectos de la vida soviética. Se formaron y estudiaron en las guarderías, en las casas de niños (escuelas en régimen de internado), en los centros de formación profesional, en las universidades. Trabajaron en las empresas industriales, en las empresas agrícolas, en centros de investigación, en hospitales, en el ejército y en la Milicia (policía), etc.

Junto con los soviéticos, vivieron los periodos de normalidad y fueron partícipes de las situaciones extraordinarias de un siglo agitado. Vivieron durante el socialismo movilizado, durante la trágica Guerra Patria y durante el periodo de reconstrucción tras la guerra. Conocieron la estabilidad de los años 60 y 70 y viajaron por el mundo como técnicos e ingenieros soviéticos. Finalmente vivieron los años de la Perestroika, la desaparición de la URSS y la adaptación a las nuevas condiciones sociales y económicas de la Rusia postsoviética.

Todo este devenir biográfico lo hicieron desde una premisa importante: siguieron siendo españoles. Este aspecto fundamental de su presencia en la URSS y Rusia se consiguió por una decisión tomada a cuatro bandas por las autoridades de la España republicana, por los dirigentes del Partido Comunista de España, por las autoridades de la Unión Soviética y por los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Hay que destacar como parte de este proceso a los educadores y maestros tanto españoles como soviéticos que se encargaron de la educación y formación de los niños. Los maestros españoles que vinieron con los niños desde España llevaron a cabo una labor excepcional pocas veces reconocida y consiguieron transmitir a los niños las bases de la cultura española y evitaron el riesgo de asimilación cultural en el poderoso contexto cultural ruso-soviético. Eso si, la labor de los maestros españoles fue posible por el extraordinario apoyo y la labor pedagógica de los maestros soviéticos y del sistema educativo soviético, también poco o nada reconocida.

Esta particularidad, la de ser españoles en el contexto histórico soviético es la que le da el valor añadido a la emigración de los niños españoles en la URSS. Veamos.

Los puntos de partida de la URSS, antes Imperio Ruso, y de España son muy similares. Sociedades campesinas que no han terminado de llevar a cabo su proceso de transformación industrial y que apenas habían avanzado por la senda de la modernización según el modelo que de la misma supone la experiencia histórica de Europa occidental. Además, desde un punto de vista antropológico eran sociedades donde predominaba un modelo de hombre solidario, estrechamente vinculado a estructuras sociales y económicas de carácter colectivista. En Rusia la comunidad campesina y todas sus derivaciones, en España todo el entramado de estructuras y de tierras de usos comunales.

Sin embargo, ya desde el siglo XIX los caminos para adaptarse al mundo de la modernidad industrializada comienzan a diferir en España y Rusia. La vía que se adopta en España fue similar a la de los países de su entorno europeo, es decir disolución de estructuras colectivistas, como por ejemplo la Mesta, y privatización de las tierras de la Iglesia (desamortización de Mendizábal) y de los montes y pastos de uso comunal de los municipios españoles (desamortización de Madoz).

En Rusia, por el contrario, la liberación de los campesinos de 1861 se realizó sobre la base de la comunidad campesina (Mir), y ante la presión del capitalismo durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del XX, la inmensa mayoría de la población optó de forma contundente por pedir la nacionalización de la tierra. La Revolución socialista en Rusia eliminó los vestigios del breve periodo del capitalismo moderno y revitalizó las formas tradicionales de colectividad y solidaridad. En forma de Unión Soviética, Rusia se modernizó “huyendo del capitalismo” y teniendo como base su sociedad tradicional, es decir su “comunismo campesino arcaico”, en palabras de Max Weber, y su modelo antropológico colectivista, solidario y paternalista.

Por su parte, los niños que llegaron a la URSS provenían en la inmensa mayoría de familias de trabajadores que todavía mantenían estrechos lazos con el mundo campesino y agrario español y en las que estaban todavía presentes importantes aspectos de un modelo antropológico también solidario y colectivista. Sin embargo, y a pesar del discurso solidario predominante en aquellos años, la España republicana se modernizaba en el marco general de la sociedad moderna del capitalismo occidental, teniendo como referente el modelo antropológico del hombre competitivo e individualista, producto del humanismo renacentista, del racionalismo cartesiano y de los principios de la Ilustración francesa. Este modelo cultural y antropológico estaba presente entre los adultos que acompañaron a los niños desde España, en particular en el colectivo de profesores y educadores españoles. Cuando los profesores transmitieron a los niños las bases de la cultura española, transmitieron también este modelo antropológico.

Al mismo tiempo, los niños fueron educados y formados en contacto con la cultura ruso/soviética, por lo que finalmente acabaron asumiendo ambos modelos antropológicos. Los conflictos personales, sociales y políticos que han jalonado sus vidas han estado condicionados por la presencia en su conciencia y en su ser social de estos dos principios, y sobre esta dualidad han transcurrido sus vidas tanto en la URSS (ahora Rusia), como allí donde la vida les llevó.

Cuando se estudian las fuentes documentales, por cierto muy bien conservadas y catalogadas en los archivos rusos, o los testimonios orales y escritos de los Niños de la Guerra, nos encontramos, como consecuencia de esa dualidad y choque de modelos antropológicos, con un material excepcional para analizar e intentar entender aspectos claves de la historia más reciente. En primer lugar, el conflicto de concepciones del mundo que dentro de España supuso la guerra civil de 1936-1939, que sigue cerrándose en falso alrededor de conceptos superficiales que no van más allá de una verdad aparente. En segundo lugar, la naturaleza del proyecto soviético que durante todo el siglo XX significó una importante alternativa (otro camino) para el desarrollo de la civilización industrial moderna. Y en tercer lugar, el choque de concepciones del mundo que hoy día sigue produciéndose entre Rusia y Occidente.

Finalmente, sirva este texto de homenaje a los Niños de la Guerra y a todas aquellas personas e instituciones, españolas y soviéticas, que en tiempos difíciles y trágicos fueron capaces de colocar en primer plano la solidaridad entre los pueblos y la protección de la infancia. Y sirva también para llamar la atención sobre el contenido del catálogo y de la exposición fotográfica que acompaña, ya que en ellos se encuentran precisamente algunas de las evidencias de ese choque cultural y antropológico entre maneras diferentes de ver y entender el mundo.


Moscú, enero de 2015

(Publicado como prólogo en el catálogo:

LOS NIÑOS DE LA GUERRA CUENTAN SU VIDA, CUENTAN TU HISTÓRIA.

Exposición en la que los Niños de la Guerra españoles evacuados a la URSS durante la Guerra Civil española cuentan sobre su vida (1937-2014)

Ministerio de Empleo y Seguridad Social

Madrid-Moscú 2015)

Rusia y occidente (Una relación lastrada por fobias y fóbicos)

Antonio Fernández Ortiz

Historiador

Las actitudes fóbicas con respecto a la propia cultura no son nada nuevo, ni en Rusia ni en otros países, sin ir más lejos en la propia España. Estas actitudes suelen generarse en la parte más hipercrítica de los intelectuales y se extienden paulatinamente al resto de la sociedad. Generalmente se hacen más manifiestas en periodos de crisis y cambio, cuando se quiere hacer mayor hincapié en los aspectos supuestamente negativos de la historia reciente o de la actualidad. Para ello, no se duda en recurrir a la lista de supuestos agravios históricos que justifican las propias posiciones hipercríticas. En España es habitual leer en prensa o escuchar en radio y televisión el recurso a la expulsión de los judíos y de los moriscos, a la conquista de América, al Tribunal de la Santa Inquisición, al Duque de Alba en Flandes o a las maldades de la Mesta, como las partes más visibles de una larga lista de agravios históricos que justifican la condena en la actualidad de prácticamente todo lo español.

Pero no sólo una parte de los españoles somos fóbicos con respecto a nuestra historia y cultura. En la cultura europea occidental está todavía muy presente una actitud de fobia contra la historia y la cultura española. Sin ir más lejos, podemos echar un vistazo a algunas obras de investigación de historiadores holandeses del siglo XX y veremos en ellas cómo Felipe II es considerado poco menos que un ogro que se comía a los niños crudos y con mucha pimienta. Sin olvidar aquellas películas de Hollywood, en las que unos cuantos bravos piratas ingleses ponían, y ponen cuando se tercia, en ridículo a toda la flota española y a los gobernadores de las islas del Caribe o de las ciudades de tierra firme.

* * *

Rusia se caracteriza por tener muy desarrollado todo un conjunto de actitudes fóbicas en su propia cultura, las cuales se han ido manifestando con variada intensidad a lo largo de su historia más reciente. Estas actitudes rusófobas han estado siempre muy presentes en las posiciones de los occidentalistas más radicales. Para ellos Rusia se encontraba, y se encuentra, fuera del contexto de la “Civilización Universal” (en su más pura versión hegeliana) y en situación de permanente atraso con respecto a la modernidad industrializada occidental.

Desde este punto de vista, la única opción para Rusia es incorporarse a occidente, imitando su modelo histórico de desarrollo, desprendiéndose de todas sus particularidades no europeas, consideradas por algunos como asiáticas, verdadero lastre para el progreso. El objetivo principal de la intelligentsia rusa occidentalista, desde Chaadaev hasta la actualidad, pasando por Gorbachov y su “Casa Común Europea”, ha sido el de incorporar a Rusia al seno de la “Civilización Universal”. En la medida que Rusia ha ido resistiéndose a semejante objetivo, las posiciones rusófobas de su intelligentsia occidentalista se han ido radicalizando.

En 1847 el gran escritor ruso Nicolai Gogol publicó un nuevo libro titulado “Lugares escogidos de la correspondencia con los amigos”, que se convirtió en el detonante público de una gran fractura. Como el propio Gogol reconoció: “orientales, occidentales, neutrales, todos se han ofendido”. Pero fue precisamente el joven liberal Vissarión Belinskii, uno de los representantes más brillantes de la intelligentsia occidentalista de aquellos años, quien protagonizó un agrio intercambio epistolar con Gogol a partir de una muy dura crítica al libro recién publicado por el escritor. “O usted está enfermo y necesita urgentemente curarse, o no me atrevo a terminar de expresar mis pensamientos… predicador del látigo, apóstol de la ignorancia, paladín del oscurantismo, adulador de los principios morales tártaros, ¿qué hace usted?”.

Hay partes mucho más duras en la carta que no merecen ser reproducidas ahora. Durante mucho tiempo la carta estuvo prohibida y su difusión castigada con severas penas. Lo mismo ocurrió con el nombre de Belinskii, al que le fue prohibido el acceso a la prensa escrita durante largos años. Así, en abril de 1849 fueron detenidos los asistentes habituales a la tertulia de un rico propietario de tierras (Butashevich-Petrashevskii), siendo acusados, entre otras cosas, de la posesión y difusión de la carta de Belinskii. Veintiuna personas, entre ellas el gran escritor Fiodor Dostoevskii, fueron condenadas a muerte. Por cierto, sólo después de llevar a cabo todo el ritual de la ejecución, en el último segundo, cuando ya esperaban los disparos frente al pelotón de ejecución, les fue comunicada la conmutación de la pena de muerte.

Los ecos del contenido y de las formas de aquella carta siguen resonando todavía en la cultura rusa, aun a pesar de los casi ciento setenta años transcurridos desde que fue escrita. A partir de aquel momento se materializó la intolerancia y el distanciamiento total entre las dos principales corrientes del pensamiento ruso.

* * *

Hay otra rusofobia más allá de las fronteras de Rusia que impregna por completo a la cultura occidental. La hemos visto manifestarse durante estos últimos meses de crisis y conflicto en sus formas y contenidos más burdos y primitivos. Y por qué no decirlo, violentos. España no ha sido una excepción. Ha llamado la atención durante todo este tiempo la especial animadversión de la prensa escrita, la de los grandes periódicos nacionales (no vamos a nombrar a ninguno, para no herir la susceptibilidad de aquellos que por olvido queden fuera de la lista). Tanto de la pluma de sus corresponsales en Rusia, como de los artículos de autores extranjeros que han acogido en sus páginas, han mostrado sin descaro una actitud claramente rusófoba, tomando partido inmediatamente por las posiciones defendidas por Occidente y mostrando a Rusia como la principal causante de la crisis.

Es lógico y evidente que todos estos periódicos se deben a sus líneas editoriales establecidas por las empresas propietarias y por las relaciones de dependencia económica y política de estas empresas con los centros de poder. La tan cacareada objetividad e independencia periodística no es más que una declaración formal de intenciones con apenas recorrido. Todo esto no es nuevo y, como la honradez de la mujer del César, ya se da por supuesto.

Hay otro nivel interesante en el origen de posiciones rusófobas en la prensa española, aquel que está vinculado con la propia experiencia vital de los corresponsales durante su estancia en Rusia. Si tomamos un poco de distancia histórica y nos remontamos unas décadas atrás, quizá podamos entenderlo mejor. Durante los años de la Perestroika los corresponsales extranjeros, y entre ellos los españoles, estuvieron siempre bajo el control de los sectores más occidentalistas en el poder.

Con el fin de que presentaran fuera de la URSS la imagen que más interesaba a aquellos sectores, los corresponsales extranjeros fueron mimados y conducidos de la mano hasta el interior de los círculos y grupos pro-Perestroika y reformistas de aquellos años, los más occidentalistas, aquellos que no podían soportar a la Unión Soviética y que estaban empeñados en su desmantelamiento.

En el peor de los casos, los corresponsales extranjeros tenían de Rusia o de la Unión Soviética un conocimiento similar al de los turistas que volvían a España convencidos de lo mucho que habían aprendido de la maldad del régimen y de la historia de Rusia gracias a los cuentos y leyendas urbanas que les había contado su encantadora guía. Para andar por casa y contar a los amigos quizá fuese suficiente, pero no para escribir un artículo mínimamente decente.

En el mejor de los casos, envueltos en la vorágine de aquellos años, los corresponsales extranjeros sólo mostraban una parte, muy reducida por cierto, de la sociedad rusa. Una parte interesante e importante por su peso específico en aquel proceso, pero al fin y al cabo sólo una parte. El resto de los ricos matices de la sociedad soviética de la Perestroika apenas si quedaron reflejados en las crónicas de los corresponsales extranjeros de aquellos años.

En la actualidad el proceso es similar, entre otras cosas porque se mantienen los viejos contactos y amistades que se intercambian entre la reducida comunidad de periodistas. Como consecuencia, los nuevos corresponsales suelen acabar en los mismos ambientes de hace veinte o treinta años y apenas si profundizan más allá del nivel en el que se encuentran. Un limitado mundo compuesto por rusos occidentalistas hasta la rusofobia y de extranjeros expatriados que se pasan las horas hablando de lo mal que funciona todo en Rusia, de lo fríos y hoscos que son los rusos y que apenas si hablan la lengua del país en el que viven, entre otras cosas porque sólo un reducido número de ellos hace el esfuerzo de estudiarla, y cuyos conocimientos de Rusia apenas van más allá de lo que les ofrece la lectura de un par de periódicos en inglés o francés especialmente editados para ellos en Moscú o San Peterburgo.

Para mayor desgracia, el conocimiento de la literatura, el arte, la ciencia o la historia rusa se reduce a tópicos que circulan y se repiten sin cesar. Así, por poner sólo un ejemplo, la inmensa mayoría de los artículos escritos por los corresponsales españoles sobre Crimea, cuando hablan de la historia de este territorio, se ciñen a resaltar dos o tres ideas básicas de las que a continuación se relacionan: que Crimea fue ocupada por los rusos en el siglo XVIII, que la única población titular de este territorio son los tártaros de Crimea, que esta población titular fue sometida y tiranizada por los rusos, que los tártaros se enfrentaron a los bolcheviques, que Stalin deportó a los tártaros, que Jruschev entregó Crimea a Ucrania. Lo anterior, a gusto del corresponsal, se mezcla, se agita y da el siguiente resultado: Rusia no tiene ningún derecho sobre Crimea y es la culpable de la crisis en Ucrania.

Hay que tener en cuenta que el corresponsal es humano y tiene que ganarse el sueldo para dar de comer a sus hijos. Y como humano, también es perezoso y no le apetece emplear su valioso tiempo en aprender o perfeccionar su ruso para poder leer textos de historia escritos por historiadores rusos u obras literarias escritas por autores rusos. Sería interesante saber cuántos corresponsales, durante los largos años de conflicto en Chechenia, leyeron en ruso los relatos de León Tolstoi, “Cosacos”, “El prisionero del Cáucaso” o “Jadzhi-Murat”.

* * *

Bueno, todo lo anterior hay que tomarlo en su justa consideración, al fin y al cabo son cuestiones de segundo orden. Lo importante está en otro nivel y tiene un origen remoto. Hagamos un intento de mostrarlo con algo de claridad.

Tras la desaparición del Imperio Romano en occidente, aquel mundo sumido en el caos intentó buscar sus señas de identidad en el antagonismo frente a otras culturas, dando lugar a la aparición de una mentalidad dualista donde los arquetipos del bien y del mal, a través del filtro ideológico de la Iglesia Católica, se trasladaron a todas las esferas de la vida social. Occidente acabó identificándose con el mito del Imperio Romano, soñando durante largos años con su reconstrucción. Fue entonces cuando se llevó a cabo toda una formulación teórica sobre el destino de occidente, sobre su papel en el mundo, ligado a la idea de la Luz y de Dios y en continua confrontación con las culturas que podían hacer peligrar la reconstrucción del Imperio. Occidente nació por antagonismo a oriente. De allí venían los bárbaros destructores de la civilización y más tarde los infieles musulmanes, a los que se debía presentar batalla. Nació así la idea de la cruzada contra el mal, finalmente personificado en oriente. No fue un accidente que los caballeros de la Cuarta Cruzada acabaran tomando al asalto la ciudad de Constantinopla en el año 1204, saqueándola e instaurando un Imperio Latino que subsistió hasta el año 1261.

El Humanismo renacentista, la Reforma Protestante y el racionalismo cartesiano del siglo XVII llevaron a la formulación de los principios de la Ilustración francesa. Para entonces Europa occidental ya se había convertido en el centro de colonización y dominio del planeta y había reelaborado la historia eliminando o cambiado de un plumazo todo aquello que no le interesaba. Así, el Imperio Romano de Oriente, había pasado a ser Imperio Bizantino y el periodo comprendido entre la desaparición del mundo romano occidental y el Renacimiento había pasado a convertirse en la Edad Media, la edad de la oscuridad y del estancamiento de la humanidad.

La Biblia fue sustituida por la Enciclopedia y a través de ésta se acabó dogmatizando la idea de la libertad individual como categoría universal en un mundo en proceso de atomización. No obstante, durante la transformación y modernización del pensamiento europeo, determinados arquetipos culturales, relacionados con el destino universal de occidente y de la civilización cristiana, fueron incorporados al nuevo pensamiento, a la filosofía occidental. Así, para Hegel, la Historia Universal, en su devenir geográfico desde Persia pasando por Grecia y Roma, llegó a Europa y encontró en el mundo germánico el espíritu del mundo moderno cuyo fin es la realización de la verdad absoluta.

Nuevamente occidente volvió a considerarse a si mismo como elemento singular y especifico, depositario de los valores humanos universales y de la verdad universal depositada por Dios en la cristiandad, enriquecida posteriormente por la democracia. Europa occidental asumió la capacidad de juzgar cualquier cultura del planeta, determinar quién estaba, o está, dentro o fuera de la Civilización Universal y cuáles son los estadios de su evolución o sus fases de modernización.

Si en algún momento algún país no ha estado de acuerdo, la supremacía tecnológica occidental procedente de la Revolución Industrial se transformó en el mejor argumento para elevar a categoría absoluta el predominio de tan interesante explicación del mundo. Dicha supremacía tecnológica ha tenido, y tiene, muchas y variadas formas de expresarse: en forma de una buena campaña de propaganda, en forma de revolución de colores, en forma de una fragata cañonera británica en las costas de China o en forma de un sofisticado portaaviones de la VI Flota.

* * *

Mediante largas y efectivas campañas de elaboración ideológica, occidente ha conseguido identificar a Rusia con la idea del oriente bárbaro y con la idea del mal. La elección de un selecto vocabulario para referirse a la Unión Soviética durante los años de la guerra fría estuvo a cargo de un personal especializado. Cuando Ronald Reagan utilizó por primera vez en 1983 el concepto de “Imperio del Mal” para referirse a la Unión Soviética no realizó ninguna improvisación.

Una vez conseguida la asociación (Unión Soviética / Rusia = imperio del mal) el resto ya es cuestión menor. Sobre todo si llueve sobre mojado. Decenas de miles de jóvenes de todos los países europeos se unieron en su día a la Alemania nazi para luchar también contra el mal, supuestamente encarnado en aquellos momentos por el bolchevismo ruso.

Esas son las fuentes en España y el resto del mundo occidental de la fobia actual hacía Rusia y lo ruso más allá de sus fronteras. Ahí se esconde el código cultural que predispone al periodista a posicionarse de forma tan radical contra Rusia antes incluso de saber sobre lo que quiere escribir. Lo demás es pura tecnología. Las películas del agente 007, y otros productos más elaborados, sólo refuerzan y activan de tiempo en tiempo ese código cultural ya aprehendido desde la más temprana escuela.

Pero hay que llevar cuidado. Aquellas fobias creadas y cultivadas a lo largo de los tiempos y que en momentos de paz y estabilidad pueden ser consideradas como meras anécdotas históricas no exentas de cierto componente irónico, se convierten en potentes instrumentos de propaganda política en periodos de crisis. Y qué no decir en periodos de guerra. No es la primera vez que Europa recurre a estas fobias para justificar sus incursiones políticas y militares en Rusia.

La experiencia histórica acumulada por Europa tras estas guerras contra Rusia es lo suficientemente aleccionadora como para no tratar de provocar un nuevo conflicto. En este caso, las fobias contra Rusia, ya sean las que ella ha generado en el seno de su propia cultura o las que ha generado la cultura europea, pueden jugar una mala pasada a Europa, si esta última llegara a tomar, como ha ocurrido en otras ocasiones, lo imaginario como real.


Moscú, octubre 2014

(Una versión reducida de este artículo fue publicada en el portal Russia Beyond, RBTH, de 18 de diciembre de 2014)

El círculo cercano de Stalin: entrevista a Antonio Fernández Ortiz

Por Miguel Riera

 

Ensayista, novelista, Antonio Fernández Ortiz vive habitualmente en Moscú, sin perder en ningún momento su contacto con España, que visita frecuentemente. Antes de su último libro ¡Ve y lucha! Stalin a través de su círculo cercano, había publicado Chechenia versus Rusia, el caos como tecnología de la contrarrevolución y la novela Memorias de Espartania, centrada en acontecimientos de la guerra civil española.

 

—Últimamente se han publicado varios libros sobre Stalin, entre ellos el tuyo. ¿A qué crees que ha de atribuirse este renovado interés?

—Stalin sigue siendo el personaje central alrededor del cual gira la historia de la Unión Soviética. Los principales ataques a la URSS se han hecho durante décadas a través de la figura de Stalin. A nadie escapa que el ataque más virulento y el que más afectó al personaje fue el informe de Nikita Jruschov en el XX Congreso del PCUS. Por un lado, legitimó parte de las críticas y acusaciones que ya se le hacían desde los años treinta del siglo XX, principalmente por lo que vino en llamarse trotskismo, y por otro sirvió de base para una nueva oleada de críticas y condenas, que con mayor o menor intensidad, se prolongan hasta la actualidad. Fuera de la URSS y de Rusia la crítica a Stalin ha sido una constante desde los años 50 de siglo XX y cualquier historiador o “sovietólogo” que se preciara debía incluir en su trabajo una dura condena al personaje.

 

—¿Y en la URSS?

—En la URSS, a finales de los 60, durante la década de los 70 y a principios de los 80, Stalin fue a parar a un limbo histórico. Más allá del minúsculo fenómeno de los disidentes, pocos eran los que recurrían a su figura para criticar a la URSS. Esa tendencia se invirtió durante la Perestroika. En aquellos años se aplicó una elaborada campaña de desmantelamiento de la memoria histórica de la Unión Soviética y de Rusia. Fueron elegidos para su destrucción, de forma muy acertada, los elementos básicos sobre los que se soportaba esa memoria histórica, y la figura de Stalin resultó ser uno de esos soportes fundamentales. Se recurrió entonces a una condena absoluta de Stalin para desacreditar a la URSS y “clavar el último clavo en el ataúd del comunismo”, como se expresaban los arquitectos de la Perestroika. Durante décadas prácticamente no ha existido debate, sino una gran avalancha de opiniones y publicaciones que mostraban al personaje desde un único punto de vista. Tanta insistencia en la condena de Stalin ha resultado finalmente contraproducente para sus enemigos, ya que le ha hecho estar permanentemente de actualidad. A modo de espíritu de la historia, al que no se le ha dejado descansar en paz. Los continuados intentos de cerrar en falso el debate sobre el papel de Stalin en la historia soviética no han terminado de cuajar, y ahora, pasados ya bastantes años desde la derrota de la URSS, es lógico que se vuelva sobre él sin la presión que supuso la Perestroika y la caída de la Unión Soviética. Además, ahora se dispone de una gran cantidad de materiales de archivo, de memorias y testimonios de la época que permiten trabajar con mayor distanciamiento del personaje y del debate político de coyuntura.

 

—Algunos trabajos, como el de Domenico Losurdo y en cierto modo el tuyo propio tratan de contextualizar las decisiones de Stalin, poniendo de manifiesto las complejidades del momento. Sin embargo, ello no parece suficiente para exonerarle de graves responsabilidades en la eliminación física de tantas personas, comunistas y no comunistas.

—En mi caso, el objetivo de mis trabajos no es exonerar a Stalin, sino conocer y entender la historia de la URSS. Stalin y lo que ha venido en denominarse estalinismo son sólo una parte más de esa historia. Incluso se puede afirmar que, en el contexto de la historia soviética, el llamado estalinismo es algo secundario. No obstante, es evidente que precisamente esa parte de la historia soviética es la que más se ha sobredimensionado y manipulado. Si hablamos de contextualizar, no podemos referirnos sólo a entender el contexto histórico internacional y las presiones a las que estaba sometida la URSS por parte de las potencias occidentales y Japón. Habremos de contextualizar también la vida interna de la URSS hasta en sus aspectos más cotidianos. Tendremos que hablar entonces de aspectos bastante desagradables que superan la percepción romántica de la revolución y tendremos que enfrentarnos con el factor humano en todas sus dimensiones, en especial con aquellos componentes violentos de la naturaleza humana que tan bien nos muestra Dostoievski en su obra literaria.

 

—En cualquier caso, estamos ante centenares de miles de muertos, muchos de ellos viejos compañeros de luchas…

—Se ha escrito mucho sobre las represiones de Stalin, pero muy poco sabemos de lo que en realidad se esconde detrás de ese trágico capítulo de la historia soviética. Si hablamos de las cifras, las tenemos para todos los gustos. Por ejemplo, S. Cohen habló en su día de nueve millones de reclusos en el año 1939. A.V. Antonov-Ovseenko dijo que desde el año 1935 hasta el año 1941 fueron represaliadas 19.840.000 personas, de las cuales siete millones fueron fusiladas. Roi Medvedev lanzó la cifra de 40 millones de personas represaliadas, incluyendo la colectivización, su secuela de hambre y las deportaciones étnicas. O. A. Platonov afirmó que entre los años 1918 a 1955, en los campos de reclusión murieron 48 millones de personas. V. A. Chalikova dijo que entre los años 1937 y 1950 por los campos de trabajo pasaron más de 100 millones de personas, de las que murieron 10 millones. El colofón fue puesto por el Premio Nobel de Literatura Alexander Isaevich Solzhenitsin quien en un programa de José María Íñigo en Televisión Española en 1976 dijo que el número de muertos como consecuencia del sistema soviético fue de 110 millones.

Sin embargo, si estudiamos a fondo los distintos trabajos de investigadores serios que han pasado largos años investigando en los archivos soviéticos, vemos que todas esas cifras no tiene nada que ver con lo realmente ocurrido durante aquellos años. Víctor Zemskov, quien a todas luces es el investigador más serio, nos dice que la cantidad total de personas condenadas a la máxima pena (muerte) en la URSS por delitos contra la revolución y otros delitos especialmente peligrosos durante el periodo comprendido entre los años 1921 a 1953 fue de 799.455. También nos dice este autor que la mayor parte de las condenas a la pena capital se concentran en dos años. El año 1937 con 353.074 personas y el año 1938 con 328.618 personas. Por contraste, los años anteriores y posteriores ofrecen unas cifras muy diferentes. Así en el año 1936 fueron condenadas 1.118 personas. En el año 1939, 2.552 personas, y en el año 1940, 1.649 personas. Es decir en dos años fueron condenadas y ejecutadas 681.692 personas, lo que supone el 85,27% de todas las condenas a muerte del periodo comprendido entre los años 1921 a 1953.

Con estas cifras ya tenemos una idea más aproximada de la envergadura de la tragedia en cuanto a su coste en vidas humanas, y también vemos que algo extraordinario ocurrió en aquellos dos años.

 

 

Todos estos muertos, ¿fueron consecuencia de la voluntad de Stalin? ¿Fueron víctimas de Stalin?

—Evidentemente no. En lo ocurrido durante aquellos años se superponen varios conflictos. Por un lado la lucha contra la delincuencia en sus diferentes manifestaciones, en especial la corrupción, los delitos económicos y el crimen organizado. La mayoría de esos delitos, que podríamos considerar comunes, eran considerados en la URSS de aquellos años como delitos contra la revolución y se les aplicaban los mismos artículos del código penal que a los delitos políticos.

Por otro lado, tenemos la lucha contra los sabotajes en los centros de trabajo, tanto en la industria como en el campo o en centros de investigación. Luego tenemos un capítulo muy importante: la lucha contra la oposición política que decide pasar del debate político a la “acción directa”, es decir, a la organización de atentados terroristas, conjuras militares, golpes de Estado. Hay varios grupos que preparan este tipo de conjuras, que actúan por separado y que cuentan con sus correspondientes tramas militares y civiles.

Hay también otro aspecto muy importante: la existencia de grupos de poder que sin pretender un cambio de sistema político, luchan entre ellos por conseguir y mantener cuotas de poder dentro de las estructuras del Estado. En el lenguaje político y periodístico actual se suele hablar de “barones regionales” de tal o cual partido que luchan y se enfrentan entre sí de forma radical a pesar de pertenecer a una misma organización política. Bueno, pues ese tipo de conflictos no son algo nuevo. En la URSS de aquellos años se manifestaron de forma violenta dado el inmenso poder que estos “barones” tenían en sus territorios y regiones.

Hay que tener en cuenta que, en definitiva, de lo que se trataba era de una guerra interna no declarada. En ella se enfrentaron diferentes grupos que utilizaron al Estado en la lucha contra sus enemigos. Estas gentes, acostumbradas a la guerra y la lucha política durante largos años, no se andaban con muchas ceremonias a la hora de eliminar a sus contrincantes: la muerte se había convertido en algo cotidiano.

Por otro lado, aquellos conflictos generaron una dinámica muy particular en los círculos del poder, donde durante un determinado periodo de tiempo se impuso un ambiente de sospecha en el que cualquiera podría ser considerado enemigo. Esto dio lugar a que numerosas personas fuesen acusadas sin fundamento por unos u otros. Este fenómeno se vio agudizado por  determinadas prácticas. Así, por ejemplo, si en un determinado colectivo se detectaba la presencia de “enemigos”, de delincuentes, saboteadores o cualquier otro tipo de conjurados, a veces, se procedía a la detención de todo el grupo sospechoso, procediendo posteriormente a la clarificación de las responsabilidades.

 

—¿Y cómo vivía esa situación la población soviética.

Aquella guerra interna no afectaba a la sociedad en su conjunto, sino que afectaba a un sector muy reducido de la población, a aquel que por su pertenencia al partido o las diferentes instituciones del Estado se vio involucrado en el conflicto. La vida en la URSS continuaba cada día de forma habitual sin que aquella guerra fuera advertida por la inmensa mayoría de la población.

 

—¿Qué tipo de decisiones tomó Stalin en relación con esa guerra interna?

—Por paradójico que parezca la política de Stalin trató en todo momento de regularizar y normalizar el funcionamiento del Estado, persiguiendo la corrupción, los delitos económicos y el crimen organizado de forma drástica, aplicando la pena de muerte para los casos graves. En España parece que no terminamos de entender el significado real de la corrupción y los delitos económicos vinculados al dinero público. El dinero que “pierde” el Estado significa, entre otras cosas, menos hospitales, menos médicos, menos educación, menos infraestructuras, etc. La falta de financiación del sistema sanitario, por poner un ejemplo, se traduce inmediatamente en la muerte de ciudadanos. En la URSS de aquellos años este tipo de delitos se castigaban de forma muy severa.

Pero lo más importante, la regularización del funcionamiento del Estado pasaba, sobre todo, por evitar que los “barones regionales” siguieran siendo “señores de horca y cuchillo”, y, por tanto, por concentrar el monopolio de la aplicación de la violencia en las instituciones del Estado, regulando su  aplicación a través de la legislación y las normativas emanadas de los poderes del Estado. Se trataba, en definitiva, de arrebatar a los todopoderosos jefes regionales las prerrogativas de poder que ellos mismos se habían adjudicado partiendo de la base de que el poder les pertenecía por derecho de conquista, en este caso revolucionaria. Ese poder presuponía la capacidad de administrar justicia según el modelo de administración de justicia emanado del periodo revolucionario, es decir una idea de la justicia sumaria, con apenas presencia de los elementos del Derecho, con escasa relevancia o inexistencia de  la defensa del acusado, sin derecho alguno de apelación, donde el acusado se convertía prácticamente de inmediato en enemigo de la revolución y había de ser ejecutado.

 

—¿Qué tipo de medidas concretas tomó Stalin para conseguir esos objetivos?

—Las reformas de Stalin durante los años treinta fueron encaminadas a normalizar todas las facetas de la vida soviética, y en el caso que nos ocupa, a regularizar la administración de justicia, introduciendo y consolidando la figura del detenido, la presunción de inocencia, la presencia del fiscal en los procesos y el establecimiento de los tribunales ordinarios que fueron sustituyendo paulatinamente a las troikas, a las comisiones especiales o a los tribunales revolucionarios que existían desde los años de la revolución y de la guerra civil. En este sentido, la labor de Andrei Vishinskii como jurista y como Fiscal General de la URSS fue muy importante. Esta regularización del Estado no fue bien recibida por una parte importante de la élite dirigente, de la “vieja guardia bolchevique”, que vio en la regularización una pérdida de su poder y de sus prerrogativas “revolucionarias” y que se resistió por todos los medios a su alcance. Fue entonces cuando esta “vieja guardia bolchevique” comenzó a hablar de contrarrevolución, de termidor, etc. Un bonito lenguaje para ocultar cuestiones mucho más prosaicas.

Dicho esto, hay que decir que Stalin y el llamado estalinismo fueron precisamente la eclosión, la manifestación de la parte más popular del proyecto bolchevique, aquella que estaba íntimamente vinculada con una visión campesina y mesiánica de la igualdad y de la justicia social. Ese pueblo abstracto, que tanto se reivindica en el discurso revolucionario de salón, en lo concreto, en su materialización histórica, es violento y duro en su manifestación cuando se llega precisamente al estallido revolucionario. Pero al mismo tiempo, el estalinismo es también la fase en la que esa violencia revolucionaria con un alto componente nihilista es conducida hacia la reconstrucción de la sociedad. En aquel contexto ni a Stalin ni a las gentes que le rodeaban les tembló el pulso a la hora de “llamar al orden” a unos y a otros. Fuesen enemigos políticos o delincuentes comunes.

 

—“Llamar al orden”… Bueno, fue una forma de hacerlo bastante drástica ¿no?

—Todo parece indicar que para Stalin y los estalinistas la historia no era un asunto filantrópico sino una lucha en la que no había que bajar la guardia. Manuel Azaña y los gobiernos republicanos españoles de turno tal vez no entendieron esta cuestión y no quisieron pasar a la historia clasificados como personajes sangrientos. Y en vez de condenar en juicios sumarísimos a los militares golpistas españoles, se limitaron a “llamarles la atención” y a enviarles a Canarias a  bañarse y tomar el sol. A cambio, los militares, organizaron un golpe de Estado y una guerra civil sangrienta con las consecuencias que todos sabemos. Eso sí, Azaña ha pasado a la historia como un hombre bueno y un frustrado autor literario por culpa de la guerra. Por su parte, Stalin y los llamados estalinistas, no se anduvieron con demasiados remilgos. Hicieron limpieza en el Ejercito Rojo, en los ministerios, en el servicio secreto, en las empresas, etc., evitando que se llevaran a cabo varias conjuras militares, consolidando la economía y contribuyendo de forma decisiva a la posterior victoria en la guerra contra el nazismo y sus aliados europeos.

Pero cuidado, toda esta historia de las represiones es mucho más complicada de lo que hasta ahora llevamos dicho, sobre todo en lo relacionado con los comunistas y la tan admirada “vieja guardia bolchevique”.

Veamos un apunte relacionado con la “vieja guardia bolchevique”, tan llorada por muchos comunistas. Sólo un ejemplo ilustrativo. Uno de los miembros más emblemáticos de aquella vieja guardia bolchevique fue Robert Indrikovich Eije (letón). Ingresó en el Partido Socialdemócrata del Territorio de Letonia en el año 1905. En 1925 Candidato a miembro del Comité Central del VKP(b) y desde 1930 miembro de pleno derecho. En el año 1935 Candidato a Miembro del Politburó del Comité Central. Desde el año 1930 fue Primer Secretario del Comité Territorial de Siberia  Occidental del VKP(b). Conforme fue avanzando el tiempo, Eije se convirtió en uno de los jefes regionales más influyentes y con más poder dentro y fuera del partido. En el Pleno del Comité Central de diciembre de 1936, Eije realizó una dura intervención contra los antiguos compañeros de partido, acusados de trotskistas: “Los hechos, descubiertos por la investigación, nos muestran la fiera cara de los trotskistas ante todo el mundo (…) Camarada Stalin, enviamos al exilio varios convoyes de trotskistas… ¿Para qué demonios enviamos a semejante gente al exilio? Hay que fusilarlos. Camarada Stalin, estamos actuando de forma muy blanda…” En el año 1937, en el territorio bajo su control, fueron condenados a diferentes tipos de penas, incluida la pena de muerte, 34.872 personas. Ese mismo año, ante la envergadura de la catástrofe, Eije fue nombrado Narkom de Agricultura, para de esta forma alejarlo de su territorio en Siberia y de los resortes del poder que allí disponía. El 29 de abril de 1938 fue detenido y acusado de la creación de una organización letona-fascista. El día dos de febrero de 1940 fue declarado culpable y condenado a muerte. Fue fusilado ese mismo día.

Pues bien, durante la sesión del XX congreso del PCUS en el año 1956, en la que fue presentado el Informe Secreto sobre el culto a las personalidad y los excesos cometidos por Stalin, precisamente Eije fue utilizado por Nikita Jruschev como ejemplo de camarada, comunista ejemplar, condenado de manera injusta por Stalin por oponerse a sus “formas totalitarias” de ejercer el poder. El 14 de marzo de 1956 fue rehabilitado, post mortem, por el Colegio Militar del Tribunal Supremo de la URSS y el 22 de marzo del mismo año fue readmitido, post mortem, en el PCUS. Me parece que este tipo de hechos deben invitar, cuando menos, a una profunda reflexión sobre la naturaleza del denominado estalinismo y de lo ocurrido en la URSS en aquellos años.

 

Bien, vayamos a tu libro, “¡Ve y lucha!” ¿A qué hace referencia el título?

—Según diferentes fuentes, son las palabras dirigidas por Stalin a su hijo mayor Yakov cuando se marchó al frente de batalla tras el ataque alemán a la URSS el 22 de junio de 1941. Han sido también elegidas porque resumen el estado en el que se encontraba la URSS en aquellos años (aunque en realidad habría que decir que fue el estado en el que se encontró durante toda su existencia). Y también porque  reflejan la actitud de la inmensa mayoría de la sociedad soviética y de los dirigentes del partido y del Estado ante una guerra que se iniciaba de forma muy complicada para la URSS, y en la que participaron todos de forma sincera desde el primer momento. En el caso de los dirigentes, no trataron en ningún caso de poner a salvo a su familiares más directos, sino todo lo contrario, les apoyaron en sus deseos de ir al frente a luchar.

 

—¿Cayeron en la lucha algunos parientes próximos de los dirigentes más relevantes?

—Prácticamente todos perdieron en la guerra a alguno de sus hijos, amén de otros familiares cercanos. Los tres hijos de Anastas Mikoian fueron a la guerra. Vladimir, con 18 años, se incorporó al frente de batalla en junio de 1942 y apenas unos meses después murió en combate. Eso no fue un impedimento para que el menor de los Mikoian se incorporara en 1943, al mismo cumplir los 18 años, aunque con mejor destino que su hermano. La captura de Yakov, el hijo mayor de Stalin, al principio de la guerra no fue un impedimento para que Vasilii Stalin se incorporara al frente, lo mismo que Artiom, el hijo adoptivo de Stalin. Vasilii, para evitar ser capturado por los alemanes y correr la misma suerte que su hermano, volaba sin paracaídas. Yakov fue asesinado por los alemanes en un campo de prisioneros, aunque eso sólo se supo tras finalizar la guerra. También murió Timur Frunze, el hijo del legendario Frunze. Tenía 19 años cuando cayó en un combate desigual contra 8 cazas enemigos, pero, eso sí, después de derribar dos de ellos. Sergo Beria también fue a la guerra en cuanto cumplió los 18 años, pero tuvo mejor suerte y sobrevivió al conflicto. La lista de jóvenes héroes es muy extensa, y a ella hay que añadir los nombres de muchos españoles, entre ellos el de Rubén Ruiz Ibárruri, el hijo de Pasionaria, que cayó en combate en la terrible batalla de Stalingrado y que está enterrado en una alameda en el mismo centro de la ciudad.

 

 —Tu libro se desarrolla en torno a una entrevista efectuada a V.F. Alliluev. ¿Quién era este personaje?

—Vladimir Alliluev fue sobrino de Stalin. Su madre Anna Allilueva era hermana de Nadezhda Allilueva, la segunda esposa de Stalin. De él puede decirse que nació, creció y se educó en el vórtice del huracán. Su padre fue Stanislav Redens, un polaco que fue secretario personal de Félix Dzerzhinskii y que llegó a ocupar cargos muy importantes en la estructura de los órganos de seguridad de Estado. De hecho fue una de las pocas personas que en el año 1935 recibieron el grado de Comisario de Seguridad Nacional, en su caso, de Primera Categoría. Este hombre llegó a ser la cabeza de un importante “clan” dentro de las estructuras del NKVD y participó de forma muy activa en las luchas internas de finales de los años treinta. Junto con Nikita Jruschov fue uno de los responsables de las represiones en la región de Moscú y en Ucrania. Finalmente fue arrestado en el año 1938, juzgado, condenado y fusilado sin que en ningún momento le sirviera como privilegio su relación familiar con Stalin.

La madre de Vladimir Alliluev fue arrestada en 1948 y pasó cinco años en la cárcel. Las causas fueron otras, pero tampoco le sirvieron de atenuante sus vínculos familiares con Stalin, más bien al contrario.

Tras el arresto de su madre, el joven Vladimir, fue adoptado por su tío Fiodor, el hermano menor de su madre, por lo que finalmente cambió su apellido paterno, Redens, por el materno, Alliluev. Continuó con su vida y sus estudios y con el tiempo llegó a ser un importante ingeniero que trabajó en centros de investigación relacionados con el programa nuclear soviético y con el programa de investigación del cosmos.

Tan agitada vida familiar, que en otra persona hubiese propiciado una actitud antisoviética y, por supuesto, antiestalinista, no le hizo perder la capacidad de enfrentarse a la historia de su familia y a la historia de la URSS con bastante objetividad. En el año 1995 publicó un libro muy interesante sobre su familia en el que aparecen una gran cantidad de personas del entorno de Stalin. Le conocí a través de Serguei Kará-Murzá, y finalmente accedió a que grabara un par de largas conversaciones. Me pareció en todo momento una persona muy seria, bastante objetiva y con mucho sentido común.

 

—Para finalizar: “¡Ve y lucha!” está plagado de anécdotas, que hacen que sea de lectura muy agradecida, que se disfrute sea cual sea la opinión que se tenga de esa época y Stalin. Pero al final el lector saca una conclusión: que el poder de Stalin no era omnímodo, y que su figura real no se corresponde con la imagen más divulgada por los historiadores, al menos en Occidente. ¿Compartes esa opinión?

—Si, por supuesto. El poder en la URSS fue siempre un delicado equilibrio de fuerzas entre diferentes grupos y tendencias políticas, y los enfrentamientos y las luchas estuvieron siempre al orden del día. En muchas ocasiones estas diferentes tendencias colaboraban entre si, en otras llegaron a protagonizar un enfrentamiento mortal. El bolchevismo, en su origen, fue un movimiento que albergaba en su seno a diferentes proyectos de construcción social. Y esa pluralidad, que se mantuvo en todo momento, estuvo detrás de la constitución de estos grupos. En época de Stalin el poder se ejercía de forma colegiada, incluso durante la guerra, que fue el periodo en el que Stalin concentró un mayor poder personal.

Esto no quiere decir que Stalin no dispusiera de un gran poder. Lo tuvo, efectivamente, pero no fue el mismo en cada momento. Durante mucho tiempo tuvo que compartir y repartir el poder con otras gentes y otras tendencias, y en algunas ocasiones estuvo a punto de perderlo. Esto último, perder el poder, no era tan difícil. Sírvanos de claro ejemplo lo ocurrido con Lavrenti Beria apenas unos meses después de la muerte de Stalin.

En cuanto a la figura de Stalin, resulta evidente que ha sido manipulada y tergiversada hasta el absurdo. De forma intencionada se ha creado un personaje imaginario que no se corresponde en nada con el personaje histórico ni con su significado e importancia para la historia del siglo XX. Por desgracia para todos, la historiografía sobre la Unión Soviética adolece de graves y serios problemas y, en general, la actitud del historiador en relación con la URSS ha sido hasta ahora, cuando menos, patética. Pero esa es, valga la redundancia, otra historia que habrá que abordar en su momento.


Moscú, enero de 2013

Publicada por primera vez en la revista El Viejo Topo, en el número 301 de febrero de 2013