Artículos escritos por Antonio Fernández Ortiz

Paracuellos y la mano de Moscú

La historia y el sentido común (Paracuellos y la mano de Moscú)

  

Antonio Fernández Ortiz

Historiador 

1.- Don Santiago y el agente de Moscú.

Con motivo de la muerte de Santiago Carrillo, aparecieron en la prensa española diversos artículos en los que se hacía referencia a la vinculación de  Santiago Carrillo con los sucesos de Paracuellos del Jarama que se saldaron con el fusilamiento de una gran cantidad de personas, presos procedentes de diferentes cárceles de la ciudad de Madrid. Las cifras, que varios autores  sitúan alrededor de las 2.000 personas, oscilan hasta llegar a las 8.500 dependiendo de la orientación ideológica de los autores y medios de comunicación.

En lo que todo el mundo está de acuerdo es que dichos sucesos tuvieron lugar y que fueron ajusticiadas de forma indiscriminada un gran número de personas. Si con las cifras de muertos hay diferencias importantes, cuando se habla de los responsables las diferencias se convierten en acusaciones y falta poco para llegar a las manos.

Para el franquismo y la literatura afín, Paracuellos del Jarama se convirtió en la gran arma arrojadiza contra la República y en la coartada, no sólo del Alzamiento, sino de toda la política de represión y terror que tuvo lugar durante y después de la guerra civil. Además, Paracuellos fue utilizado, y lo sigue siendo al día de hoy, para desacreditar a políticos y personajes históricos vinculados de una u otra manera con la República y en especial con la izquierda comunista.

Para los antifranquistas, Paracuellos pesaba y sigue pesando como un lastre que no permite salir del todo a la superficie. Si la violencia sistemática fue un instrumento de la derecha española en aquel conflicto, ¿cómo se explica lo de Paracuellos? ¿Cómo pudo ser que aquella República tan idealizada, aquel proyecto de futuro en libertad, protagonizara un acto violento tan difícil de explicar (no digamos ya de justificar)?

Y es entonces donde aparece, para tranquilidad de todos, la terrible mano de Moscú. Y todo queda explicado y solucionado en un instante. Aquí paz y después gloria. Y para muestra un botón. En el diario El País, edición digital de 21-09-2012, aparece publicado un artículo en el que sus cuatro autores (Ángel Viñas, Fernando Hernández, José Luis Ledesma y Paul Preston) realizan unas “Puntualizaciones sobre Paracuellos”. Veamos algunas cuestiones de forma y fondo que se plantean en dicho artículo.

La iniciativa o “chispazo que condujo a Paracuellos provino de uno de los agentes de la NKVD llegado a Madrid mes y medio antes”. Sorprende de principio la utilización del concepto de agente del NKVD. Decir eso y decir nada es lo mismo porque nada nos aclara. NKVD son las siglas de Narodnii Komissariat Vnutrennij Del, es decir, Comisariado Popular de Asuntos Internos, un equivalente a Ministerio del Interior. En el contexto de la Unión Soviética de aquellos años, un ministerio amplio y numeroso, con infinidad de departamentos, y escenario en aquellos tiempos de terribles luchas en su seno entre diferentes grupos y familias políticas enfrentadas unas a otras.

¿A qué departamento pertenecía aquel agente? ¿A la Dirección General de Seguridad del Estado, a la Sección con Poderes Especiales, a la Dirección General del Registro Civil o a la Milicia Obrera y Campesina? Supongamos que trabajaba en la Dirección General de Seguridad del Estado, pero, ¿en qué sección? ¿En la de Contraespionaje, en la Operativa, en la de Extranjero (espionaje en el exterior), en la Político-secreta?

Sorprende también la afirmación de que “La liquidación masiva de enemigos había sido una práctica habitual en la guerra civil rusa … la NKVD no dudó en recomendar la misma “profilaxis”. Los españoles, ingenuos de nosotros, no sabíamos, hasta aquel momento, lo que era la liquidación masiva de enemigos. Tuvo que venir un agente comunista a explicárnoslo. Por cierto, al otro bando, al de Franco, ¿quién le explicó lo de la liquidación masiva? ¿Otro agente de Moscú?

Por la historia hemos pasado siempre de puntillas sin mancharnos las manos. Gracias a ese comportamiento ejemplar sometimos a medio mundo bajo un imperio en el que no se ponía el sol. Claro que hay algunas voces que a lo largo de nuestra historia nos han recordado que no hemos pasado precisamente de puntillas. Por ejemplo, Bartolomé de las Casas y sus seguidores. Tampoco reaccionan muy bien en los Países Bajos cuando se nombra al Duque de Alba. Podemos hablar de tiempos más cercanos, como por ejemplo las Guerras Carlistas a lo largo todo el siglo XIX o la pacificación de Asturias llevada a cabo por el General Francisco Franco en 1934.

Leyendo a estos autores da la impresión de que la eliminación masiva de enemigos la inventaron los comunistas bolcheviques en su revolución, y que semejante práctica no tiene nada que ver con otros pueblos de la historia civilizada. Vamos, como si no tuviéramos otros maestros de los que tomar ejemplo. Napoleón, revolucionario ilustrado, fue un santo y sólo se le fue la mano un poco en Madrid. Claro, que el maestro Goya, que estuvo al quite, aprovechó para sacarle, de una vez y para siempre, los colores al emperador Bonaparte. En la I Guerra Mundial, alemanes, británicos, franceses y austro-húngaros tampoco emplearon técnicas masivas de liquidación de enemigos. No, era la gente la que se empeñaba en morirse de susto en las trincheras.

Justo después de decir que la liquidación masiva de enemigos había sido una práctica habitual y que el NKVD no dudó en recomendar la misma profilaxis, se pone como ejemplo claro de “liquidación masiva” que “a finales de octubre de 1936 el embajador soviético ya sugirió recuperar a los presos dispuestos a servir a la República. Como se había hecho con los oficiales zaristas para que se unieran a los bolcheviques”. ¿Es ésta acaso una práctica de liquidación masiva? Más bien todo lo contrario. Es una actitud conciliadora. Actitud que, por cierto, a los bolcheviques exterminadores les dio gran resultado. Más de la mitad de los oficiales del antiguo ejército imperial se unieron a los bolcheviques. Unos por afinidad ideológica, pero la mayoría porque vieron en ellos a la única fuerza capaz de restablecer el Estado.

No se entiende lo de que “el agregado militar, coronel/general Goriev, informó crípticamente a Moscú de la labor desarrollada por la NKVD durante el asedio de Madrid en un despacho del 5 de abril de 1937 y mencionó un nombre, el de Alexander Orlov”. Críptico significa oscuro y enigmático. No parece muy probable que un mando militar con el rango de coronel/general (en realidad General-coronel) enviara un informe oscuro y enigmático a Moscú. Todo lo contrario, el informe debería ser claro y concreto. En todo caso enviaría un informe secreto, reservado, codificado, lo cual, por cierto, es la forma habitual de enviar este tipo de informes y no parece que sea un invento de los comunistas de Moscú.

Curiosamente, resulta que en un borrador de dicho documento que hay en el archivo histórico del PCE falta precisamente la referencia al NKVD. Pero más curioso resulta constatar el rigor con el que se trabaja: “Se nos ha dicho que cuando un investigador ruso quiso consultar el despacho en los archivos moscovitas el legajo había sido declarado inaccesible. Otra casualidad”. ¿Quién lo ha dicho? ¿La tía Manolita? ¿La tendera de la esquina? Por favor, un poco de rigor. ¿Qué investigador ruso? ¿En qué archivo? ¿En qué fondo está catalogado el enigmático documento? Además, se plantea la dificultad del acceso a los documentos como una particularidad de los archivos rusos. En todos los archivos del mundo, incluidos, por supuesto, los españoles, hay materiales a los que los investigadores no tienen acceso. Hay que esperar a que venzan los plazos establecidos para hacerlos públicos.

Luego entonces, si en el borrador falta la referencia al NKVD, y no se puede consultar el original del documento por ser “inaccesible”… ¿cómo sabemos que ese enigmático documento habla precisamente de la actividad de este ministerio? ¿Y si se refería al Servicio de Información Militar del Ejército Rojo, o al Ministerio de Asuntos Exteriores, o al MOPR (Organización Internacional de Ayuda a los Luchadores por la Revolución), o a la red de contraespionaje de la III Internacional? Insisto, este aspecto es de fundamental importancia.

Por cierto, el agregado militar soviético en Madrid entre septiembre de 1936 y octubre de 1937 fue Vladimir Efimovich Gorev, un hombre con una biografía intensa que le había llevado a luchar en la guerra civil en Rusia, a combatir en China como asesor militar soviético y a ser agente soviético clandestino en los EE.UU., antes de acabar en la España republicana como agregado militar. Conviene indicar que en aquellos años no existían en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos los rangos de coronel o general, abolidos durante la revolución, sino los de comandante de brigada, comandante de división, comandante de cuerpo de ejército o comandante de ejército. Sólo a partir de 1940, estos rangos fueron reintroducidos de nuevo. Gorev fue ascendido en 1937 a comandante de división, komdiv en el argot militar soviético de la época. En octubre de dicho año volvió a la URSS donde publicó artículos en el periódico Krasnaia Zvezda (Estrella Roja) y en revistas militares hasta que fue detenido en enero de 1938. Juzgado, fue condenado Por el Tribunal Militar Superior de la URSS a la pena de muerte por su participación en una organización terrorista contrarrevolucionaria y fusilado en junio del mismo año.

 

2.- Alexander Orlov.

Continuemos. El general/coronel (komdiv) Goriev menciona en su informe el nombre de Alexander Orlov como el del agente del NKVD autor del “chispazo” causante de la matanza. ¿Quién era Orlov? En realidad su nombre no era Alexander Mijailovich Orlov. Tampoco era el de Lev Lazarevich Nikolskii, ni el de Igor Konstantinovich Berg, algunos de los varios nombres que utilizó a lo largo de su vida. Su verdadero nombre era el de Leiba Lazarevich Feldbin, y no era ruso, era judío de la región de Minsk (actual Bielorrusia), de los muchos que utilizaban nombres y apellidos rusos para ocultar su verdadera identidad.

Orlov (Feldbin), participó en una de las redes encargadas de vender en el extranjero obras de arte y joyas pertenecientes a la Iglesia rusa. Con aquel dinero se financiaba la Rusia bolchevique de los primeros años revolucionarios y sirvió, entre otras cosas, para la financiación de la incipiente red de contraespionaje soviética en todo el mundo. Por cierto, una parte de aquel dinero y de las joyas y obras de arte se quedó en el camino y sirvió luego para financiar a los grupos que lucharon contra la línea política que representaba Stalin.

Feldbin (Orlov), estrechamente vinculado con varias de las “familias” políticas de aquellos años, participó desde muy pronto en las luchas intestinas que protagonizaron estas familias. Se destacó por la fabricación y falsificación de pruebas que sirvieron para eliminar a contrincantes políticos. Tuvo diversos destinos en el exterior: Francia, EE.UU., Alemania, Checoslovaquia, Austria, Suiza y, finalmente España, donde llegó en septiembre de 1936. Durante su estancia en España participó de forma activa en la organización de los servicios de contraespionaje de la República y en la organización de la lucha guerrillera en las zonas bajo control de Franco. Tuvo un papel relevante en la organización de la operación para el traslado de las reservas de oro de la República española a la URSS. Más tarde participó en la organización del secuestro y muerte de Andreu Nin.

En julio de 1938, Feldbin (Orlov) recibió la orden de regresar a Moscú. Independientemente de los casos en los que Moscú ya había constatado su deslealtad, el Servicio de Inteligencia Militar soviético en España había comunicado a Moscú de las sospechosas actividades en las que Feldbin había participado. Informado de que en la URSS no le esperaba precisamente un recibimiento caluroso, Feldbin desapareció misteriosamente, eso sí llevándose 60.000 dólares USA de la caja de su “oficina”, y sólo apareció más tarde en los EE.UU., donde había llegado a través de Canadá.

La mayoría de la documentación relacionada con su huida sigue inaccesible para su consulta en los archivos (otro ejemplo del secretismo ruso-comunista) y por lo tanto, al día de hoy, no se puede valorar en toda su dimensión el daño que supuso para la red soviética de contraespionaje su actividad desleal. Sí es de dominio público que ayudó a desmantelar la red de informadores y agentes introducida alrededor de Trotski, y que informó a éste del detalle de los planes para su liquidación. Luego, lo que ya es más conocido, participó en las campañas de propaganda de la CIA durante la guerra fría, con la publicación de libros sobre los “crímenes del estalinismo”.

¿De quién recibía instrucciones Feldbin? ¿De los soviéticos, de los franceses, de los alemanes, de los británicos o de los norteamericanos? Parece más probable que de todos al mismo tiempo. Vamos a suponer que recibía instrucciones solamente de la URSS ¿Quién era entonces su jefe inmediato? ¿De quien dependía políticamente? ¿Cuál era la vertical de poder de la que dependía Feldbin? ¿Recibía las órdenes directamente del Narkom (ministro) de Asuntos Internos o acaso las recibía del propio Stalin? Después de conocer esta pequeña semblanza biográfica del personaje Feldbin, es difícil asegurar que era un “agente” de Stalin.

 

3.- Asesores soviéticos.

Es necesario hacer una pequeña incursión por la historia soviética para entender por qué son tan importantes estos detalles. Junto con Feldbin, otros asesores soviéticos estuvieron en la España republicana durante los años de la guerra. Algunos de ellos muy conocidos, otros, no tanto. Veamos algunos ejemplos.

Mijail Efimovich Koltsov es de los más conocidos. Su verdadero apellido era Fridliand, judío, originario de la ciudad de Kiev. Fue redactor jefe de las revistas Ogoniok y Krokodil. Miembro de la redacción colegiada del diario Pravda y corresponsal de este periódico en el extranjero (de 1922 a 1938), fue un “nómada de la revolución”. También fue uno de los directores de la Sección Extranjera de la Unión de Escritores de la URSS y delegado en el Congreso Internacional en Defensa de la Cultura en París en 1935 y en Valencia en 1937.

Llegó a España en 1936 como corresponsal de Pravda. Sus artículos fueron publicados regularmente en Moscú, donde en 1938 fue editada una recopilación de estos artículos bajo el título de Diario español. En junio de 1938, ya en Moscú, fue elegido diputado del Soviet Supremo de la RSFSR. En la noche del 12 al 13 de diciembre de 1938 fue detenido en la redacción del periódico Pravda. Fue juzgado, y el 1 de febrero de 1940 fue condenado a muerte. Para autores como Ian Gibson, Koltsov tuvo una relación directa con los fusilamientos de Paracuellos y es considerado como el agente personal de Stalin en España. Sin embargo, más allá de la peregrina idea de que Stalin le mando matar (a él y a otros de los que pasaron por España) para eliminar testigos incómodos, estos autores no aciertan a explicar que pasó realmente para que Koltsov fuese juzgado y fusilado en 1938.

Otro importante asesor soviético en España fue Iosif Grigulevich, cuyo verdadero nombre era Iuozas Griguliavichus, judío karaim originario de la ciudad de Vilnius, capital de la actual Lituania. Desde muy joven comenzó a trabajar en el extranjero a través del MOPR. La mayor parte de su carrera la desarrolló en Iberoamérica. De hecho llegó a la España republicana procedente de Argentina. Al llegar a Madrid adoptó el nombre de José Ocampo. Trabajó con Naum Belkin, con Feldbin, Naum Eitingon, Koltsov, Eremburg, etc. (todos ellos también de origen judío).

Trabajó en la lucha contra las bandas de ladrones en Madrid y en la persecución de los grupos que se dedicaban a realizar “paseos”. Participó en el desmantelamiento de más de 200 de las llamadas checas de Madrid, muchas de las cuales “pedían” dinero a los detenidos con el que se “autofinanciaban”. Estuvo en Barcelona en los sucesos de mayo de 1937, participó en los combates en la ciudad y más tarde escribió sobre estos sucesos reconociendo la dureza de los combates. Participó en la detención de anarquistas en Barcelona y en la detención de dirigentes del POUM, entre ellos Andreu Nin, al que trasladaron a Madrid.

Junto con Siqueiros fue uno de los organizadores y participantes en el atentado fallido a Trotski de mayo de 1940. Trabajó después en Argentina, Chile, Uruguay, Brasil e Italia. Finalmente, alcanzó la cima de su carrera como agente secreto cuando, con el nombre de Teodoro Castro, fue nombrado embajador de Costa Rica ante el Vaticano. Ya de vuelta en la URSS, en 1957, defendió su tesis doctoral: “El Vaticano. Religión, finanzas y política”. Desarrolló una intensa vida académica publicando una gran cantidad de trabajos científicos. Fue miembro del Instituto de Etnografía de la Academia de Ciencias de la URSS y uno de los fundadores del emblemático Instituto de América Latina, también de la Academia de Ciencias de la URSS.

German Gansovich Yagan, también judío, en esta ocasión de Estonia. Coronel y asesor militar en la España republicana entre 1936 7 1938. De vuelta a Moscú fue fusilado el 8 de julio de 1938.

Semión Moiseevich Krivoshein, también judío. Durante su estancia en España dirigió varias unidades de tanques. Lucho contra los japoneses en el lago Khasan en 1938 y contra los finlandeses en 1939-1940. Más tarde, luchó durante toda la Guerra Patriótica, destacándose en la toma de Berlín. Héroe de la Unión Soviética. Profesor en la Academia Militar Frunze de Moscú. Murió en 1978.

Grigorii Shtern. Judío. Militar. En 1937 y 1938 fue asesor militar en España. Participó en la batalla de Jaljin-Gol y en la guerra fino.soviética de 1939-1940. Héroe de la Unión Soviética. El 7 de junio de 1941 fue detenido, juzgado y condenado a muerte, siendo fusilado el 28 de octubre del mismo año.

¿Qué tenían en común estas personas? Unos eran agentes de diferentes servicios de contraespionaje soviético y otros eran militares. Unos acabaron fusilados al poco tiempo de pasar por España. Otros no, y tuvieron larga vida y éxito profesional.

En ellos hay un nexo de unión, el hecho de que todos eran judíos, que nos puede ser de utilidad para entender las particularidades de la presencia de “la mano de Moscú” en la guerra civil española. Vayamos por partes.

 

4.- Origen étnico-nacional y clientelismo político.

El 10 de julio de 1934 el Comité Central Ejecutivo de la URSS creó el Comisariado Popular de Asuntos Internos de la URSS. Genrij Yagoda, fue nombrado Narkom (ministro) de Asuntos Internos (su verdadero nombre era el de Enoj Gershenovich Yegoda). En noviembre de 1935 en los servicios de Seguridad Nacional del NKVD fue establecido un sistema de grados y empleos similar al militar, aunque con diferente nomenclatura. La máxima graduación era la de Comisario de Seguridad Nacional (equivalente a general), que podía ser de primera, segunda y tercera categoría. Treinta y siete personas recibieron el grado de Comisario de Seguridad Nacional.

Si analizamos la composición de este importante contingente de altos cargos del NKVD, no desde su afiliación política, sino desde su pertenencia étnico-nacional, observamos que de ellos, veinte son judíos, nueve eslavos (rusos, ucranianos, bielorrusos, sin incluir a polacos), cuatro letones, dos polacos y dos georgianos. Llama la atención el elevado porcentaje de judíos, el 54%, frente al 24% de eslavos, cuando el porcentaje total de población judía en la URSS no llegaba en aquellos años al 2%. Esta composición étnico-nacional del “generalato” era extensible al resto del Comisariado, aunque en la propia dirección del NKVD la proporción estaba más equilibrada, alrededor del 40% para cada uno de los dos grupos mayoritarios  (eslavos y judíos) (Naumov, L.A. “Borba v rukovodstve NKVD 1936-1938”. Moskva Yuza – 2009). Veamos.

Hay una amplia bibliografía en la que se estudia las transformaciones que tuvieron lugar en la numerosa comunidad judía existente en el Imperio Ruso y en la URSS desde el último tercio del siglo XIX hasta el inicio de la II Guerra Mundial. En una parte importante de esta bibliografía se destaca el sobresaliente papel jugado por los judíos en la revolución rusa, sobre todo por los más jóvenes, los cuales, procedentes de las aldeas situadas en los territorios en los que históricamente dentro del Imperio Ruso se había permitido el establecimiento de judíos, se incorporaron con gran energía al movimiento revolucionario ruso a partir del último tercio del siglo XIX.

Desde finales del siglo XIX la presencia y protagonismo de las jóvenes generaciones de judíos no hizo más que aumentar con el tiempo, incorporándose a las organizaciones y partidos revolucionarios ya existentes o a otros de nueva creación. Muchos se incorporaron a los dos partidos revolucionarios más importantes, al Partido de los Socialistas Revolucionarios (ESER) y al Partido Socialdemócrata (RSDRP), en este último caso su presencia se repartía casi por igual entre la fracción menchevique y la bolchevique. Otros se incorporaron a organizaciones políticas específicamente  judías como el BUND (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia), el Partido Socialdemócrata Obrero Judío “Poalei Tsion”, el Partido Comunista Judío “Poalei Tsion” o el Partido Obrero Sionista Socialista, por poner sólo unos ejemplos de la multitud de organizaciones políticas netamente judías.

Aunque en los momentos iniciales de la Revolución de Octubre la mayoría de estas organizaciones, como en el caso del BUND, fueron contrarias a los bolcheviques, más tarde, después de pasar por escisiones y unificaciones varias, sus militantes acabaron incorporándose mayoritariamente al Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique), que llegó a contar con una importantísima sección judía conocida como Evsektsia (ev = hebreo + sektsia = sección).

El historiador israelí Arkadii Zeltser (nacido en la URSS en el año 1961), en su interesante trabajo “Evrei sovetskoi provintsii: Vitebks i mestechki 1917-1941” (Moskva, ROSSPEN, 2006), dice lo siguiente:

“La Revolución de febrero, al igualar en derechos a todos los ciudadanos del país, creó las bases para la promoción social de los judíos. Los bolcheviques no sólo heredaron este principio de igualdad de todos los ciudadanos independientemente de su procedencia étnica … sino que prestaron especial atención a la promoción social de todas las minorías étnicas. Las posibilidades abiertas fueron aprovechadas por muchos judíos, tanto por aquellos que se dirigieron desde las provincias a las capitales, como por aquellos que se quedaron en sus lugares tradicionales de asentamiento.”

“La emigración de los judíos aumentó de modo excepcional en los años soviéticos, cuando un potente torrente de emigrantes procedente de la periferia se precipitó en las capitales y en los centros industriales.”

“Las aldeas fueron abandonadas por el sector social más móvil: la juventud, tanto por los hombres como por las mujeres. … En el rápido ascenso social de los judíos influyó su mayor tasa de alfabetización … su actitud de respeto hacia la formación.”

“En resumen, los jóvenes judíos, de forma relativamente fácil, pasaban a nuevas esferas de actividad. En la medida que la sociedad creaba nuevos criterios que definían que actividades eran más prestigiosas, se transformaban las representaciones de los judíos sobre las ocupaciones y trabajos “ideales”. Una parte de los judíos se incorporaron a los organismos soviéticos y del partido, otros, en los años de la industrialización, estudiaron para ingenieros, otros llegaron a ser oficiales del Ejército o del OGPU-NKVD”.

Un rasgo determinante de estos jóvenes revolucionarios fue su entrega generosa a la causa que abrazaban, incorporando al movimiento revolucionario unas altas dosis de mesianismo y apasionamiento que se manifestaba, entre otras cosas, en el empeño que ponían en cumplir las misiones que les eran encomendadas. Como ya hemos visto en el texto citado anteriormente, a partir de 1917 se produjo una masiva concentración de aquellos jóvenes judíos en el Partido, en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos y en las diferentes instituciones y órganos de seguridad del Estado. Con el paso del tiempo, ya en los años 20 y 30 del siglo XX, fueron ascendiendo en la cadena de mando y atrayendo y promocionando a nuevos jóvenes, generalmente también judíos. Eso explica, en gran medida, la alta concentración de judíos en el NKVD en la segunda mitad de los años 30. Pero lo más importante, esta forma de captación y promoción estaba sustentada sobre fuertes relaciones de dependencia y clientelismo personal y por estrechas afinidades ideológico-políticas.

Los militantes más veteranos procedían de alguna de las múltiples organizaciones políticas de las que antes hemos citado algunos ejemplos, y se trajeron con ellos sus viejas lealtades y, como no, sus viejas rivalidades. Estos veteranos militantes actuaron como aglutinantes de tendencias políticas y personales y agruparon alrededor de ellos a los más jóvenes, al tiempo que les hacían partícipes de sus fobias y filias. De tal manera que fueron creándose y consolidándose diferentes grupos y clanes familiares que con el paso del tiempo y sobre la base de rivalidades políticas o personales llegaron a un grado tal de enfrentamiento que generó una lucha sin cuartel entre aquellas “familias”.

Veamos algunas de ellas. El grupo de Yagoda, vinculado con la familia de Yakov Sverdlov, con figuras como Prokofiev, Pauker, Ostrovskki o Volovich, muy poderoso e influyente. El grupo de Frinovskii y Evdokimov, también muy influyente y que actuó como martillo de herejes contra el grupo de Yagoda, aliándose finalmente con el grupo de Ezhov. El grupo de Lev Belskii y de los hermanos Boris y Matvei Berman. El grupo de Zakovskii, jefe del NKVD en la región de Leningrado. El grupo de Beria, donde predominaban personas procedentes del sur del Cáucaso. El grupo de Ezhov, con figuras como Litvin, Shapiro o Tsesarskii, etc. Es importante tener en cuenta que estos grupos eran la expresión, en el ámbito del NKVD, de algunas de las facciones políticas y militares que se disputaban el poder en la URSS por aquel entonces.

La autoridad y el recuerdo de estos grupos se mantuvo durante bastante tiempo después de su desarticulación. Y en ámbitos muy diferentes. En los centros de reclusión y en los campos de trabajo, entre los condenados antiguos miembros del NKVD, la identificación de la antigua pertenencia a uno u otro clan generaba respeto (o animadversión, dependiendo del interlocutor). Gleb Ivanovich Bokii, Comisario de Seguridad Nacional y una de las personas con más poder dentro del NKVD (jefe durante largos años de la Sección Especial), fue detenido en mayo de 1937 durante la sustitución en las diferentes estructuras del NKVD de las personas vinculadas al anterior Narkom, Yagoda.

Revolucionario de los primeros años, Bokii era de aquellos que consideraban que el Estado les pertenecía por derecho de conquista. Cuando Ezhov le pidió el traspaso de documentos y asuntos pendientes, Bokii se negó a hacerlo. Ezhov, para reforzar su autoridad ante él, le dijo que cumplía órdenes de Stalin, a lo que Bokii le respondió: “¿quien es ese Stalin? … a mi me nombró para este cargo el mismo Lenin…” A aquellas alturas, el nombramiento de Lenin le sirvió de poco a Bokii. Fue detenido, juzgado, condenado a muerte y finalmente fusilado en noviembre de 1937. El caso es que después de muerto, Bokii seguía ganando algunas pequeñas batallas. Lev Razgon, agente en uno de los departamentos del NKVD, cuenta en sus memorias la actitud de respeto y sumisión que mostró hacia él uno de sus compañeros de reclusión, también antiguo agente del NKVD, cuando Razgon le confesó que Bokii había sido su suegro.

 

5.- Las guerras internas.

Quien piense de forma maniquea que en la URSS de aquellos años había dos bandos, los trotskistas y los estalinistas, se equivoca. Y se equivoca por partida doble el que considere que unos eran los “buenos” y los otros los “malos”. Lo mismo que se equivoca el que piense que Stalin tenía el monopolio del empleo de la violencia a través de las estructuras del Estado.

Para que no se produzcan malos entendidos, conviene aclarar que la referencia a la procedencia étnico-nacional nos interesa desde un punto de vista sociológico y para entender el proceso de formación de poderosos grupos clandestinos de presión en las estructuras del Estado vinculados por estrechas relaciones de dependencia y clientelismo personal. En un país plurinacional como la URSS, con más de 160 etnias, esta forma de agrupamiento en torno a la procedencia étnico-nacional estuvo siempre muy presente (y al final fue una de las claves de la derrota final de la URSS) y desde luego no sólo los judíos fueron los únicos actores en esta forma de hacer política a través de clanes y familias. En el caso que nos ocupa, y al ser tan mayoritaria e importante su presencia en el NKVD, nos sirven de ejemplo paradigmático en el estudio de una práctica muy extendida que ha pasado desapercibida para una gran mayoría de estudiosos de la historia soviética empeñados en ver las lineas de fractura y conflicto social sólo en el enfrentamiento ideológico-político.

Evidentemente, los grupos contrincantes fueron muchos y poderosos, y todos aprovecharon las parcelas de poder que tenían en las estructuras del Estado para emplear la violencia en la lucha contra sus enemigos. Y otra cosa, las causas de las luchas no siempre eran tan honorables como la defensa de un modelo de socialismo. Aspectos tan terrenales y prosaicos como el dinero y el poder eran, en la mayoría de los casos, el trasfondo último de aquellos conflictos.

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Genrij Yagoda fue cesado como Narkom (ministro) de Asuntos Internos en septiembre de 1936. Fue arrestado más tarde, el 5 de abril de 1937. Juzgado y condenado a muerte, fue fusilado el 15 de marzo de 1938. El 26 de septiembre de 1936 Nikolai Ivanovich Ezhov, ruso, fue nombrado Narkom de Asuntos Internos. Nada más tomar posesión de su cargo Ezhov, apoyado por otros grupos (como el de Frinovskii y Evdokimov), inició una limpieza de su ministerio e inmediatamente comenzó a sustituir a todos aquellos altos cargos del Comisariado de Asuntos Internos vinculados a Yagoda, el anterior Narkom, por personas de su entorno más cercano. Un ejemplo ilustrativo. Los cuatro primeros nombramientos de altos cargos que realizó Ezhov fueron: Mijail Iosifovich Litvin, Isaac Ilich Shapiro, Vladimir Efimovich Tsesarskii y Semion Borisovich Zhukovskii. A los cambios en la cúpula siguió una cascada de cambios y sustituciones por todo el NKVD. En multitud de casos los cambios y sustituciones estaban fundamentados por actitudes de revancha, y los ceses implicaron la eliminación física del contrincante.

Apenas dos años más tarde, el 25 de noviembre de 1938, Ezhov fue cesado, más tarde detenido, juzgado y condenado a muerte. Fue ejecutado el 4 de febrero de 1940. Le sustituyó Lavrenti Beria, georgiano. Beria inició inmediatamente otra limpieza de cuadros del NKVD, y muchos fueron fusilados, pero en una proporción infinitamente menor. A partir de aquel momento la cantidad de judíos en las diferentes estructuras del NKVD descendió radicalmente. Naumov, a modo de ejemplo ilustrativo, dice que en el año 1940, en la dirección del NKVD el porcentaje de eslavos había ascendido al 80%, mientras que el de judíos había descendido al 4%. Otros, como polacos, letones o alemanes, habían dejado de estar presentes. No obstante, conviene tener en cuenta lo que dice Arkadii Zeltser, en su obra ya citada:

“Los judíos se vieron afectados por las represiones en calidad de “socialmente extraños”, como “desertores”, como “clericales”, o “nacionalistas”, y también como resultado del cambio generacional de cuadros directivos en los ámbitos de la administración estatal y del partido, en el marco del Gran terror de 1936-1938.

A finales de los años 30, una gran cantidad de personas pertenecientes a otros grupos étnicos recibieron educación en los centros superiores de enseñanza soviéticos y se convirtieron en una competencia sería para los judíos. … Contribuyendo … a la reducción de la participación judía en la administración, a la reducción de su porcentaje en el partido, etc. Sin embargo, ésta no fue una política dirigida al desplazamiento de los judíos de los cargos importantes por ellos ocupados. Indicios de antisemitismo estatal… en este periodo, no hubo. Por todas partes, … los judíos, hasta la misma guerra, ocuparon una posición suficientemente fuerte en los ámbitos de la dirección de la administración estatal y de la dirección de partido”.

Stanislav Frantsevich Redens, polaco, era uno de los Comisarios de Seguridad del Estado de Primera Categoría de la lista de la que hablábamos antes. También era cuñado de Stalin. Su último cargo fue el de Comisario Popular de Asuntos Internos de Kazajstán. Allí tuvo como Vicecomisario a Mijail Pavlovich Shreider (su verdadero nombre Izrail Mendelevich Shreider, detenido en 1938, juzgado y condenado a 10 años), quien tiempo más tarde recogió en sus memorias una conversación con su jefe Redens: “Según palabras de Redens, después de tomar unas copas en la dacha, Ezhov se sinceró con sus subordinados presentes en la reunión. ¿De qué tenéis miedo? Todo el poder está en vuestras manos. Ejecutamos a quienes queremos y a quienes queremos perdonamos. Vosotros sois jefes regionales y sin embargo les tenéis miedo a los secretarios regionales del Partido, a quienes no conoce nadie. Tenéis que saber trabajar. Vosotros comprendéis que somos los más importantes. Es necesario que todos, comenzando por los secretarios regionales del Partido, se encuentren por debajo de nosotros. Tenemos que ser las personas con más autoridad en las regiones”. En estas palabras podemos apreciar otra de las claves para entender los conflictos y la violencia de aquellos años. Stanislav Redens, cuñado de Stalin, fue fusilado ocho días después que el Narkom Ezhov. Como resumen, podemos decir que en el año 1941, de aquellos treinta y siete Comisarios de Seguridad del Estado, sólo quedaban vivos dos. El resto se había matado entre ellos en aquella guerra oscura. Durante un relativo largo periodo de tiempo quedaron neutralizados los clanes políticos.

* * *

La guerra civil española coincidió en el tiempo con el momento álgido de aquella guerra no declarada. Con la llegada de los asesores militares y de los agentes de los diferentes servicios de inteligencia soviéticos, la España republicana se convirtió en parte del teatro de operaciones en el que se desenvolvió aquella lucha. Se trajeron su guerra a otra guerra, lo que dio un carácter más dramático a sus luchas intestinas ya que en algunas ocasiones sus acciones tenían consecuencias negativas para la causa republicana. Decir que Feldbin (Orlov), Fridliand (Koltsov) o cualquier otro, era agente del NKVD o agente de Stalin, no nos aclara nada. Muchos de aquellos agentes pertenecían a facciones y grupos enemigos de Stalin y participaron en las conjuras político-militares descubiertas en aquellos años en la URSS. Es evidente que no obedecían a un único mando. Una parte de sus iniciativas o de sus acciones obedecían a las órdenes de sus jefes jerárquicos, en otras seguían las directrices de los jefes de los clanes o de las familias políticas a las que pertenecían y estaban destinadas a mermar o socavar la influencia y el poder de los otros grupos, o a eliminarlos directamente. Muchos de aquellos asesores y agentes murieron en España. Otros, una vez aclaradas sus responsabilidades, fueron encarcelados o fusilados al volver a la URSS. Otros huyeron. Otros continuaron haciendo su trabajo y tuvieron éxito profesional y larga vida.

¿Fue Stalin el único responsable de aquella guerra oculta, o fue una parte más en el conflicto? La historiografía occidental sobre la URSS, saturada de su componente antisoviético y rusófobo mete todas las víctimas de aquella terrible tragedia en una gran chistera de mago de circo y saca al público un fantasma: el del estalinismo. Y con eso lo explica todo.

 

6.- Las sacas.

Volvamos a España, Paracuellos y los comunistas españoles. “La recomendación de la NKVD la puso en marcha Pedro Fernández Checa, Secretario de Organización del PCE.” Está afirmación tampoco nos dice nada. ¿De dónde sabemos que la recomendación fue del NKVD? ¿Del enigmático documento? Suponiendo que la recomendación fuese de Feldbin (Orlov), no hay nada que nos garantice que dicha recomendación obedeció a una directriz u orden de Stalin. Pudo ser una iniciativa del propio Feldbin, o de su jefe inmediato en algún lugar de Europa, EE.UU. o la URSS. ¿A qué familia política pertenecía Feldbin, o su jefe, el que le dio la orden?

Pero bueno, supongamos que de pronto Fernández Checa pone en marcha la idea. Por lo tanto, el responsable ya no es el supuesto agente de Moscú, sino el político español. El agente de Moscú, en calidad de consejero o asesor, sugiere, propone, aconseja o asesora. Para eso le han llamado. Es el cargo político español el que toma la decisión de asumir el consejo o la sugerencia. Por tanto él es el responsable.

Aprovechando su posición de Secretario de Organización del PCE, Fernández Checa convoca a “militantes comunistas y anarco-sindicalistas quienes se encargaron de los aspectos operativos … todos colaboraron en la liquidación de la presunta quinta columna”. Vamos a suponer que eso fue así, ¿por qué ninguna autoridad impidió que durante un mes se fusilara de manera indiscriminada a un número tan elevado de personas? Sobre todo, teniendo en cuenta que se les sacaban de instituciones penitenciarias cuya custodia era prerrogativa del Estado, mediante listas nominales previamente elaboradas por quienes conocían muy bien a las futuras víctimas. ¿Dónde estaban las autoridades de la República? ¿Se habían volatilizado?

De todos es sabido que el Gobierno de la República se había marchado de Madrid huyendo de Franco. Desde los días iniciales del Alzamiento de Franco y los suyos, los presidentes de Gobierno de la República y sus ministros no supieron o no quisieron hacer nada. El Estado se convirtió en un caos. El que no dimitió, hizo dejación de sus funciones hasta ver qué pasaba… Cuando parecía que el Gobierno presidido por Largo Caballero iba a tomar las riendas de la situación, se produjo el abandono de Madrid y el traslado del Gobierno de la República a Valencia.

¿Quién se hizo cargo del poder republicano en la capital de España? La Junta de Defensa de Madrid, creada por el Gobierno de la República (momentos antes de su huida), presidida por el general Miaja y con participación de todas las organizaciones del Frente Popular. Luego entonces, la representación del Estado y del Gobierno republicano en la capital fue la Junta de Defensa de Madrid.

Continuemos. “Las primeras “sacas” se examinaron en una de las periódicas reuniones de la Junta de Defensa de Madrid. Ninguno de sus componentes pudo alegar desconocimiento sobre lo ocurrido. Dado que la presidía el general Miaja, sería difícil de exonerarle de responsabilidad. También a los demás componentes. Uno de ellos, el Consejero de Orden Público, Santiago Carrillo”. ¿Qué significa “se examinaron en una de las periódicas reuniones”? ¿Alguien leyó un informe, o una noticia en un periódico, o comentaron un chisme que les había contado la portera del edificio? Decir eso es decir, nuevamente, nada. ¿Qué examinaron? ¿La propuesta de Fernández Checa? ¿la de Santiago Carrillo? ¿la del general Miaja? ¿Cuál era el contenido de aquella o aquellas propuestas? ¿Cuál de ellas les pareció bien? ¿cuál aprobaron? ¿cuál rechazaron? o ¿se encogieron de hombros todos al unísono? Podemos entender que “se estudió la propuesta de Don Fulano de Tal, representante de tal organización para fusilar, trasladar, liberar, etc. a las personas detenidas en varias cárceles de la ciudad de Madrid…”. Después de estudiar la propuesta los miembros de la Junta se pronunciarían a favor o en contra y el Presidente de la misma ratificaría la decisión. O quizá al ser un órgano especial, la Junta no decidía por votación y las decisiones las tomaba el Presidente. Todo parece indicar que la Junta deliberó sobre ese asunto y sobre una o varias propuestas concretas y, finalmente, tomó una decisión. Por lo tanto, si eso fue así, la Junta fue la responsable de los fusilamientos, independientemente de quienes apretaran el gatillo.

Llama la atención el doble rasero con el que se escribe la historia. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y se llevó a cabo el Juicio de Nuremberg, se condenó a los jerarcas nazis por los crímenes cometidos. Sin embargo a muy pocos de los millones de soldados alemanes (y rumanos, e italianos, y húngaros, y checos, y eslovacos, y daneses, y holandeses, y suecos, y noruegos, y belgas, y franceses, y etc. etc. etc.) que se entretuvieron en la URSS en exterminar a la población civil soviética se les exigieron responsabilidades. Casi dieciocho millones de civiles fueron exterminados, que sumados a los 8,6 millones de soldados que murieron en combate y en los campos de concentración alemanes, nos da la escalofriante cifra de veintiséis millones de personas muertas (Krivosheev, Andronijov, Burikov, & Gurkin, 2010). Y nadie habla de holocausto soviético.

Aquellos soldados se limitaron a obedecer órdenes. Claro, que pusieron bastante empeño en el cumplimiento de aquellas órdenes para llevar a cabo tal exterminio de población civil. Más tarde se les perdonó todo y con el tiempo se convirtieron, paradojas de la historia, en demócratas víctimas de la ocupación soviética. Hasta tal extremo, que el ínclito John Fitzgerald Kennedy, paradigma de la democracia occidental, se subió a una tribuna frente al muro de Berlín para decir aquello de que “todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de Berlín. Y por lo tanto, como hombre libre, estoy orgulloso de decir: yo también soy berlinés”. En aquellos tiempos (1963), en Berlín vivían precisamente aquellos soldados, hombres libres, que habían llevado a cabo las matanzas de civiles en la Unión Soviética. ¿Quizá para llevar la libertad a los eslavos infrahumanos?

Es de suponer que Kennedy, cuando dijo que también era berlinés, conocía y asumía (¿aprobaba?) aquella faceta exterminadora de sus admirados berlineses, y no obstante se preocupó por la “libertad” de ellos. Sin embargo, en el caso que ahora analizamos, se hace todo lo contrario. Se exonera a los responsables políticos y militares que tomaron la decisión de los fusilamientos (por ejemplo García Oliver, Santiago Carrillo o el general Miaja), y se hace responsable a los supuestos “militantes comunistas y anarco-sindicalistas quienes se encargaron de los aspectos operativos”.

Las “sacas” se realizaron durante todo el mes de noviembre y algunos días de diciembre. Fue un acto continuado en el tiempo y un secreto a voces del que tenía perfecto conocimiento tanto el Gobierno de la República en su nueva sede de Valencia, como la Junta de Defensa de Madrid. De pronto, un buen día: “Las “sacas” se paralizaron por intervención del anarquista Melchor Rodríguez. Volvieron a reanudarse después de que éste quedara desautorizado por el ministro de Justicia, el expistolero García Oliver”. ¿Dónde está aquí el sentido común? Resulta que toda una Junta de Defensa de Madrid, que tiene bajo su mando a un gran dispositivo militar y policial, no puede hacer nada para impedir los fusilamientos, y de pronto un señor anarquista que se llama Melchor Rodríguez y que es Director de Prisiones sin confirmar en el cargo, paraliza las sacas de la noche a la mañana. ¿Cómo es posible que lo que no pudo hacer la Junta de Defensa de Madrid lo hiciera Melchor Rodríguez desde su cargo de Director de Prisiones? ¿Qué fuerzas tenía a su cargo? ¿Qué mecanismos de poder tenía para implantar su autoridad?

Pero continuamos en el asombro. El 14 de noviembre el ministro de Justicia, “el expistolero García Oliver” se presenta en Madrid con el Director de Prisiones titular, Juan Antonio Carnicero Giménez, y desautoriza a la única persona que había intervenido para detener aquella barbaridad. Y Melchor Rodríguez, un hombre al parecer responsable y consecuente, dimite. Y las “sacas” y los fusilamientos vuelven a empezar y continúan hasta el día 4 de diciembre, fecha en la que cesan definitivamente tras ser nombrado nuevamente Director de Prisiones el anarquista Melchor Rodríguez.

Pues bien, a pesar de todo lo anterior, nuestros historiadores insisten. Los responsables de Paracuellos fueron, por este orden: los soviéticos del NKVD, Fernández Checa y los comunistas españoles. No en vano la operación de Paracuellos “respondía al modus operandi comunista. El secretario de Organización era … el enlace con los servicios de inteligencia soviéticos”. Además, “Fernández Checa era también el responsable de una sección consustancial a toda organización de corte leninista: el aparato secreto o ilegal, compuesto de “cuadros especiales” que se activaban según el contexto en que se desenvolviera el partido. … Algunos se formaban in situ; otros, como Santiago Álvarez Santiago … se instruyeron en la sección especial político-militar de la Escuela Leninista en Moscú o en su seminario político”. Este párrafo parece extraído de un grotesco guión de cine… Vaya obsesión con el modus operandi comunista, con el secretario de organización, con los soviéticos, con la escuela leninista, con los cuadros especiales que se activaban… ¿Con alguna palabra mágica? ¿Con algún código numérico? etc.

Evidentemente, la actuación comunista y la “mano de Moscú” lo explica todo: el comportamiento del Gobierno de la República, el comportamiento de la Junta de Defensa de Madrid y el comportamiento concreto del Ministro de Justicia que destituye al único alto cargo de su ministerio que había conseguido, al parecer con muy poco esfuerzo, detener los fusilamientos. Si señores, un aplauso. Así se escribe la historia.

 

7.- Responsabilidades.

No tratan estas páginas de ser un pliego de descargo de los comunistas. Pero sí tratan de llamar la atención sobre el empeño de muchos autores en hacer de los comunistas los únicos responsables de cualquier tragedia o suceso negativo. El Gobierno de la República en Valencia sabía de los hechos y no sólo no hizo nada por impedirlos, sino que cuando un alto cargo del Estado, el Director de Prisiones, paralizó los fusilamientos, envió a su Ministro de Justicia para llamar al orden a tan descuidado cargo.

El Gobierno no utilizó, hasta el 4 de diciembre, los grandes recursos que tenía para impedir los fusilamientos. En cuanto a la Junta de Defensa de Madrid, desde el primer día debatió las “sacas” en sus reuniones. Y no sólo no hizo nada por impedirlo, sino que todo indica que fue ese órgano de poder del Estado el que dio la orden y el que delegó en varios de sus miembros para la ejecución de la operación. Es evidente que los comunistas, como parte del Gobierno de la República y de la Junta de Defensa de Madrid comparten la responsabilidad política de aquellos acontecimientos con las demás organizaciones políticas y sindicales (PSOE, JSU, CNT, Casa del Pueblo (UGT), Izquierda Republicana, Unión Republicana, Juventudes Libertarias, Partido Sindicalista) representadas en la Junta y en el Gobierno. Lo mismo ocurre con las personas, entre ellas Santiago Carrillo, que representaban a las organizaciones y partidos en el Gobierno y en la Junta de Defensa de Madrid.

No parece muy ético seguir intentando cerrar en falso las cuestiones históricas  pendientes culpando, de nuevo, a los comunistas de todos los males. Semejantes intentos acaban convirtiéndose en burda propaganda anticomunista y antisoviética (cualquiera diría que todavía piensan que la URSS sigue existiendo). Y desde luego no es correcto culpar en exclusiva (o al 99%, según el método porcentual con que los chinos han valorado la época de Mao) a la “mano de Moscú” y a los comunistas españoles y sus supuestos métodos estalinistas. Sin embargo, personas como Gibson no tiritan a la hora de hacer afirmaciones temerarias: “Para Gibson, Carrillo “sabía perfectamente cómo habían sido” los hechos en Paracuellos, pero “los que mandaban eran los asesores rusos, que tenían métodos estalinistas, terribles y espantosos” (Público.es, edición de 16-10-2012).

No se si se dan cuenta quienes recurren a estos argumentos, pero ya aburren con la misma cantinela durante tantos años. Los que se llaman historiadores, ¿no tienen un poquito de curiosidad para ir más allá de la repetición de las mismas tonterías durante tanto tiempo? La rica historia del periodo soviético la reducen a cuatro estereotipos que no se cansan de repetir una y otra vez. ¿De verdad piensan que todo era tan burdo como ustedes se empeñan en presentar? Podrían cambiar de tercio y dedicarse a investigar la historia del periodo soviético. Les aseguro que es apasionante.

Sólo un consejo. Si alguna vez se deciden, guarden la bibliografía anglosajona en un baúl, ciérrenlo con llave, tiren la llave al río. Vénganse a Rusia, aprendan ruso, hártense de leer la bibliografía rusa, trabajen en los archivos rusos, hablen con la gente, y luego, cuando recuperen los libros que guardaron en el baúl, verán lo ridículos que les parecerán la mayoría de ellos. No tengan miedo, no piensen que encontrarán entre los ciudadanos de Rusia una actitud unánime de defensa del pasado soviético. Todo lo contrario, son muchos los que condenan el pasado soviético, pero al menos conocerán el debate desde dentro, con la presencia de todas las opiniones y versiones.

Hay otra cuestión importante. Después de tantos años de finalizada la guerra civil española de 1936-1939, después de tantos años transcurridos desde la muerte del dictador Franco y del inicio de la llamada “transición democrática”. Después de tantos años de la desaparición de la URSS, no se entiende el silencio del Partido Comunista de España. Se puede entender que durante los años de la transición el PCE no tuviera tiempo de dedicarse a una reflexión interna sobre su propia historia. Pero después de la tranquilidad impuesta por su casi desaparición de la vida política de España, después de haber entregado a Izquierda Unida el protagonismo de la lucha política diaria, ¿por qué hasta el día de hoy el PCE no ha iniciado un proceso de reflexión sobre su historia y ha dejado que sean otros los que la han escrito y siguen escribiéndola? Resulta patética tanta dejadez y abandono. No tiene perdón tanto derroche de tiempo histórico y de biografías desaprovechadas.

Urge esa reflexión. Es necesario que clarifiquen y escriban su historia. Que reconozcan sus responsabilidades, allá donde las tuvieran. Sobre todo en los asuntos oscuros como en Paracuellos del Jarama. El silencio por respuesta ya hace tiempo que nos les ayuda en nada. Aunque hay cosas peores que el silencio.

 


Moscú – Cieza, invierno 2012/2013

Publicado por primera vez en la revista El Viejo Topo, número 300 de enero de 2013

33 tesis sobre el proyecto soviético

 Antonio Fernández Ortiz

Historiador

 

  1. En sus mil años de historia, Rusia se ha configurado como una entidad histórica particular. Una entidad que se caracteriza principalmente por su naturaleza campesina, multiétnica, multinacional, multirreligiosa y multicultural. Ya en el siglo XIX, algunos autores (Danilevskii) trataron de definir a Rusia como Civilización. En los años 20 del pasado siglo, como consecuencia de la crisis cultural provocada por la Revolución, surgió un importante movimiento filosófico-político-cultural que definió a Rusia con el concepto de Eurasia.
  2. La singularidad del proceso histórico ruso viene condicionada:
    • Por la ubicación geográfica de Rusia entre dos mundos culturalmente diferentes: Asia y Europa.
    • Por la independencia del mismo con respecto a los procesos históricos de Europa occidental y Asia, lo que ha dado lugar a la formación de una entidad histórica con sus específicos elementos constituyentes (cultura, economía, explotación de recursos, acomodación de la población al territorio y al clima, establecimiento de las formas sociales de explotación de los recursos naturales y de la agricultura, etc.).
    • Por la presencia de importantes componentes del mundo oriental asiático.
    • Por el continuado enfrentamiento con la cultura occidental europea.
    • Por la presencia, a pesar del enfrentamiento, de importantes elementos de la propia cultura europea occidental.
  3. Rusia sufre desde el siglo XVIII una crisis de modernización, es decir, está inmersa en un proceso que presupone la llegada a un punto final, un estado de Modernidad. El proceso de modernización ruso ha estado acompañando de un proceso de eclosión y elaboración cultural que ha dado lugar a la formación y consolidación de la conciencia nacional rusa. Elementos fundamentales que han contribuido a la consolidación de dicha conciencia nacional han sido la literatura rusa y soviética de los siglos XIX y XX, la filosofía rusa de la solidaridad en sus diferentes elaboraciones, la historia, la ciencia y la técnica rusa y soviética.
  4. El principal conflicto dentro de esta crisis de modernidad radica en la existencia de diferentes modelos de modernización y diferentes modelos de «objetivo final», es decir de Modernidad. Hay un proyecto de modernidad con claras influencias exógenas que presupone la imitación del modelo de modernización europeo occidental y la renuncia a las particularidades nacionales rusas. Hay otro proyecto de modernización que presupone la continuidad de la trayectoria histórica rusa, es decir un modelo de modernización, en lo fundamental endógeno y nacional que se apoya en el desarrollo de los recursos nacionales (sean estos espirituales, económicos, culturales, etc.).
  5. La intensa presión del capitalismo occidental a finales del siglo XIX y principios del XX y los intentos realizados por imitar el modelo de modernización occidental (exógeno) e incorporar a Rusia al ámbito de influencia del capitalismo europeo occidental llevaron al mundo campesino ruso al borde de su desaparición. Esta tensión produjo una situación revolucionaria que eclosionó en la Revolución de 1905-1907. Dicha revolución fue una guerra de nuevo tipo con la participación activa de campesinos y trabajadores. Los trabajadores actuaban como parte de dos mundos y adelantaban lo que posteriormente sería la característica fundamental del sistema soviético. Por un lado actuaban como obreros portadores de los atributos de esta clase social, pero por otra parte actuaban como campesinos. Su reciente «proletarización» les permitía ser todavía portadores de las concepciones del mundo del campesinado y comportarse y actuar como campesinos. Puede hablarse de una dualidad en su conciencia de clase. Por estas y otras características la revolución de 1905-1907 puede ser considerada como el ensayo y la «universidad» de la Revolución de Octubre.
  6. La Revolución de Febrero de 1917 (liberal) fue un intento de imponer de forma definitiva el modelo de modernización occidental (exógeno), y por ello un intento de cambiar la trayectoria histórica de Rusia, sacarla de su «corredor» histórico. El aspecto fundamental de aquel intento fueron las resistencias que generó en el mundo campesino ruso.
  7. La respuesta de la cultura rusa a las presiones del modelo modernizador representado por la Revolución de Febrero fueron la Revolución de Octubre (socialista) y el bolchevismo. La Revolución de Octubre no fue una revolución desde arriba, sino un proceso natural, popular, en parte espontáneo. Una respuesta desde abajo a la crisis en la que se encontraba Rusia en aquellos momentos. La Revolución de Octubre no fue una revolución obrera en un país capitalista que permitió el paso del capitalismo al socialismo. Fue una revolución de campesinos y obreros en un país no capitalista donde se daban determinados elementos de un capitalismo periférico incipiente, entre ellos una clase obrera minoritaria con comportamientos y valores de origen campesino. Fue una revolución donde el principal agente revolucionario era el propio campesinado. Mientras que el marxismo clásico partía de la idea de que, bajo la presión disgregadora del capitalismo, el campesinado debía desaparecer y dar lugar a la burguesía rural y al proletariado, la realidad rusa mostró que el campesinado ruso, pese a los elementos disgregadores del capitalismo presentes en Rusia, había conseguido digerir los intentos de los distintos gobiernos de destruir el mundo campesino por decreto y transformar a los campesinos en granjeros acomodados y en obreros. Los intentos de reforma, entre ellas las de Stolipin, chocaron siempre con la encarnizada resistencia de los campesinos, que se negaron a la destrucción de sus estructuras tradicionales de vida articuladas alrededor de la comunidad campesina, de la propiedad y gestión de la tierra de forma colectiva y de las concepciones del mundo que de ellas se desprendían. De aquel conflicto, en sus aspectos fundamentales, la comunidad campesina salió reforzada y con ella el campesinado como «clase en sí».

 

  1. El protagonismo del campesinado en la Revolución condicionó toda la evolución posterior del proyecto soviético. El bolchevismo, a pesar de su componente marxista, europeo, fue la expresión, la manifestación, la alternativa de la cultura rusa al modelo occidentalista (exógeno) de modernización. La formula de Lenin para definir el socialismo (socialismo = poder soviético + electrificación de todo el país) era en definitiva la definición del modelo de modernización del bolchevismo: por un lado la electrificación como expresión de la industrialización, y esta última incorporada al bolchevismo por el industrialismo presente en el marxismo; por otro lado, el Poder soviético, los soviets, como expresión de las formas de organización de autogobierno de la cultura campesina rusa. El Estado soviético fue un Estado de nuevo tipo que incorporó las formas tradicionales de organización campesina del poder. Los soviets (consejos), considerados habitualmente en la bibliografía sobre la historia de la URSS como la manifestación por excelencia de la autogestión obrera y del poder obrero, son en realidad la manifestación de las formas campesinas de organización del poder. Los soviets no fueron un fenómeno de la cultura del proletariado urbano ni fueron «inventados» por el proletariado ruso; son un fenómeno específico de la cultura campesina tradicional de Rusia que, con diferentes nombres (mir, obshina, obschestvo, sjod, sjodka, etc.), están presentes en la cultura de organización social y del poder del campesinado ruso. Esta cultura de lo comunal y colectivo había dado lugar en Rusia al desarrollo del que quizá fue en su momento el movimiento cooperativo (en su sentido moderno) más importante del mundo. En 1913 había en Rusia más de 30.000 cooperativas y sus miembros superaban los diez millones de personas. Fueron los soldados rusos, en su 99% campesinos, y los obreros todavía con comportamientos campesinos, los que recurrieron, en el ambiente hostil de las grandes ciudades como San Peterburgo y Moscú, y en los frentes y acuartelamientos militares, a los soviets como formas de organización y gestión de un poder que, con la disolución del Estado zarista en febrero de 1917, había quedado sin una representación y concreción efectiva del mismo. La participación de los obreros industriales rusos en los soviets urbanos tenía más que ver con la pervivencia de las formas de entender y aprehender el mundo en su componente campesino que con la expresión de su relativamente nueva cultura proletaria.

 

  1. El objetivo principal de la Revolución de Octubre y del proyecto soviético puede ser resumido con la siguiente frase: «alcanzar al capitalismo para huir de él» (Lenin y Max Weber expresaron esta idea desde posiciones filosóficas diferentes). A finales del siglo XIX y principios del XX estaba claro que la introducción en Rusia de los elementos del capitalismo occidental estaba convirtiendo a ésta en una zona periférica del capitalismo, complementaria y dependiente de la economía occidental. El desarrollo de esta tendencia llevaba implícita la destrucción de la sociedad rusa en la forma como ésta había existido hasta los inicios del siglo XX y la destrucción de la trayectoria histórica de Rusia. Contra esa destrucción se resistía el elemento mejor consolidado de la sociedad rusa: el campesinado. De forma esquemática podemos decir que los dos grandes proyectos de modernización de Rusia existentes a principios del siglo XX no pudieron responder al reto histórico planteado. La opción liberal, representada en su forma ideal por el partido Kadete, llevaba directamente a la transformación de Rusia en una economía periférica, semicolonial, dependiente del capitalismo occidental. La opción nacional, con un alto componente de socialismo, solidaridad tradicional campesina y mantenimiento de estructuras económicas y políticas propias de la tradición cultural rusa, el Populismo, no pudo conducir a la sociedad rusa por el camino por ellos planteado, incluso a pesar de los desesperados intentos de presión a través del terrorismo. La Revolución debía permitir a Rusia salir del círculo vicioso en el que se encontraba: por un lado, alcanzar al capitalismo, es decir, permitir la transformación de Rusia en una sociedad industrial; por otro lado, huir del capitalismo, es decir, evitar la transformación de Rusia en una economía periférica dependiente y subordinada al capitalismo occidental. Y de esta manera, evitar la destrucción de las estructuras fundamentales de la sociedad rusa, evitar que ésta abandonara su propia trayectoria histórica y evitar el proceso de depauperación de las clases trabajadoras, sobre todo del campesinado, tal y como había ocurrido en Europa occidental.

 

  1. El resultado de la Revolución de Octubre fue un modelo de sociedad industrial diferente al del capitalismo y no una consecuencia del capitalismo (un estadio histórico superior). La sociedad rusa, ya en su forma soviética, dio un salto cualitativo, y de sociedad agraria no capitalista y tampoco precapitalista, se convirtió en una nueva forma de sociedad industrial que no pasó por el capitalismo: el comunismo soviético. Esta sociedad industrial no es sólo consecuencia del industrialismo marxista sino que hunde sus raíces en la historia rusa y en la búsqueda de un camino propio de modernización e industrialización en el que, como ya hemos dicho anteriormente, se encuentra inmersa la cultura rusa desde el siglo XVIII.

 

  1. El bolchevismo fue una manifestación cultural específica, una cultura nueva de la modernización, de la Modernidad. Su rasgo principal fue la permanencia en su seno de elementos y culturas dispares, que en principio, y sobre la base de experiencias históricas anteriores, parecían contradictorias. En el bolchevismo se produjo la convivencia de multitud de elementos y componentes de la cultura campesina tradicional rusa junto con los nuevos elementos y componentes de la industrialización, la filosofía, la ciencia y la técnica contemporánea de vanguardia, es decir, la convivencia de dos conceptos que hasta entonces, sobre la base de la experiencia histórica europea occidental, habían sido considerados irreconciliables: tradición y modernidad. La característica fundamental del proyecto soviético es la síntesis que, de la sociedad tradicional campesina rusa y del industrialismo, se produce en su seno. Muchos de los componentes del sistema soviético continuaron en el marco de la trayectoria cultural rusa e impidieron que el proyecto soviético en su conjunto abandonara la trayectoria cultural y civilizatoria de Rusia. Sin embargo, el conjunto adquirió una nueva forma, una nueva cualidad que le hacía diferente al sistema social precedente. En su nueva forma, el modelo industrial del sistema soviético evitó que Rusia quedara convertida en una sociedad agraria patriarcal residual, periferia semicolonial del capitalismo occidental. En su nueva condición la Unión Soviética pudo crear y desarrollar un sistema industrial moderno y una ciencia y técnica de vanguardia que le permitió convertirse en una alternativa al capitalismo occidental y en un modelo a imitar por los países dominados por el capitalismo que posteriormente pasaron a denominarse, en la nomenclatura occidental, como los países del Tercer Mundo.

 

  1. Un rasgo importante y fundamental del bolchevismo fue su componente popular. En realidad, el bolchevismo fue la eclosión del mundo popular ruso, principalmente campesino. El escritor ruso Prishvin, que vivió los años previos a la Revolución y todo el periodo revolucionario en su propiedad en el campo, trabajándola con sus propias manos (y por ello respetado por los campesinos), fue testigo de la vida y de la agitación revolucionaria en el campo ruso. Él apuntó un aspecto importante: que la revolución se había producido porque el campesino ruso se había levantado en busca de la verdad. Sólo que el campesino se había levantado ya en un estado embrutecido, al que había sido conducido por las presiones realizadas sobre el mundo campesino. De hecho, en palabras de Prishvin: «el gorila se levantó a la búsqueda de la verdad». Ese componente popular se manifestó con toda su belleza y toda su brutalidad. El pueblo, idealizado tantas veces, se manifestó en ocasiones con brutalidad y de forma grosera. Aquel comportamiento y los anhelos populares de solidaridad e igualdad no fueron entendidos por importantes sectores de la intelligentsia rusa y soviética y estuvo en la base del rechazo de los intelectuales occidentales al proyecto soviético. Un ejemplo temprano de aquel rechazo de la intelligentsia soviética que puede servir de modelo para la comprensión de aquel conflicto, que en definitiva estuvo en la base de la crisis ideológica del proyecto soviético, lo tenemos en la condena que realizó Bujarin a los poetas y escritores que consiguieron expresar aquel componente campesino y «asiático» de la Revolución y del bolchevismo. La condena realizada por Bujarin fue una de las claves del conflicto que, en su vertiente política, se manifestó como el enfrentamiento entre los proyectos de socialismo de Bujarin y Stalin. Aquel enfrentamiento fue en realidad la expresión de un conflicto más profundo: el choque de dos culturas, de dos concepciones del mundo diferentes.

 

  1. El modelo antropológico tradicional ruso y soviético es la expresión de las formas de vida y de las concepciones del mundo del campesinado ruso y ha sido elaborado, en lo fundamental, por el pensamiento filosófico religioso ruso. Este modelo antropológico es la expresión de la ideología dominante, hegemónica, del campesinado ruso y de las clases populares rusas. Aquí el concepto ideología se aplica no en la acepción marxista de falsa conciencia, sino en la acepción gramsciana de «concepción del mundo de las masas» que permite a los hombres tener una visión determinada del mundo y una praxis determinada. Podemos decir que, a pesar del declarado ateísmo oficial del Estado soviético, su modelo antropológico es mayoritariamente religioso en la medida que la religión es el componente fundamental de la cultura popular y es la expresión de la ideología dominante de las clases populares, a la vez que el componente que da forma a dicha ideología. Prishvin definió al bolchevique como la «unión del camarada y del creyente ortodoxo ruso» (el camarada como la expresión de lo terrenal y material y el creyente como expresión de la sacralidad y la religiosidad). La ideología dominante del proyecto soviético incorpora importantes componentes religiosos en la medida que éste no destruyó la idea de la solidaridad campesina y religiosa (orgánica) y que no destruyó lo que Guardini denominó el «órgano religioso natural del hombre», sino que permitió su transmisión desde la sociedad tradicional campesina rusa a la nueva sociedad industrial (tradicional) soviética. La ausencia de los elementos disgregadores de la sociedad liberal en Rusia y la URSS permitió no sólo la conservación de este modelo antropológico, sino que permitió, además, el desarrollo del mismo en las nuevas condiciones de la sociedad industrial soviética. Al contrario que en Europa Occidental, en la URSS «Dios no murió».

 

  1. Este modelo antropológico tradicional ruso fue asumido, y posteriormente desarrollado, por el bolchevismo y por el proyecto soviético. Es absurdo pensar y pretender que los campesinos que apoyaron la Revolución de Octubre, el Poder soviético y el bolchevismo conocían las obras de Marx o Engels. Sus ideas de la solidaridad tenían otros orígenes: las tradiciones solidarias de la cultura rusa. Ellos identificaron en su imaginario personal y colectivo que aquellas representaciones y concepciones de la solidaridad que ellos tenían eran las mismas de las que hablaban los líderes y cuadros de la revolución. La incorporación del campesinado a la revolución, su acceso a través de las estructuras del partido, del komsomol y de los sindicatos al nivel de los cuadros medios y superiores de dirección, impregnaron el proyecto soviético de aquel modelo solidario campesino, produciéndose un sincretismo particular entre aquellas representaciones y concepciones de la solidaridad tradicional y la solidaridad de naturaleza racionalista aportada por el marxismo que estos cuadros comenzaron a conocer posteriormente en las escuelas de formación de cuadros y más tarde a través del sistema educativo soviético.

 

  1. Precisamente el sistema educativo soviético y los ámbitos científicos y tecnológicos que, en teoría, debieron contribuir a la difusión del pensamiento racionalista europeo entre el pensamiento bolchevique y desalojar de este último las representaciones y concepciones de la solidaridad de la tradición cultural rusa, contribuyeron en realidad a otro proceso diferente: a la afirmación de ambas tradiciones culturales en el seno del bolchevismo. Este proceso se había producido con anterioridad en la ciencia rusa, la cual había asumido las categorías de pensamiento de la Revolución científica europea sin desprenderse de sus categorías tradicionales de pensamiento. Esta particularidad le la ciencia rusa no sólo fue heredada por la ciencia soviética, sino que además tuvo en esta última un particular desarrollo. Un ejemplo destacado lo tenemos en la influencia del cosmismo ruso en la configuración de los soportes éticos de la ciencia soviética y en como influyó de forma determinante en todas las esferas del conocimiento en la URSS.

 

  1. El bolchevismo llevaba implícito un componente mesiánico y milenarista. Con ellos, el bolchevismo incluía el mito del eterno retorno y superaba la linealidad del tiempo newtoniano. A través de estos componentes el comunismo se veía como la vuelta a una Arcadia feliz al paraíso de la hermandad de los seres humanos. La Revolución de Octubre se convirtió en un hecho moral en la medida que en el imaginario popular se convirtió en el medio para el establecimiento del «paraíso de la justicia». Estuvo vinculada a la moralidad del medio en el que se produjo; es más, asumió como suya la moral dominante, llamémosla hegemónica, del contexto social en el que se produjo, es decir, la moral popular tradicional rusa. Los paradigmas morales tradicionales se convirtieron en los paradigmas morales del bolchevismo.

 

  1. A pesar de todos estos componentes, la Revolución de Octubre y el proyecto soviético fue un proceso «racional». El propio campesinado se expresaba en gran medida en una categoría racional. La filosofía y la ciencia rusas habían conseguido elaborar y expresar de una forma racional los elementos y componentes míticos de las concepciones del mundo del campesinado ruso y de la cultura rusa en general. El marxismo jugó también un papel fundamental en este proceso de racionalización. Fue parte inseparable de la cultura rusa con anterioridad a la Revolución de Octubre desde que en 1872 se publicó por primera vez el Tomo I de El Capital en ruso. Desde aquel momento el marxismo se convirtió en el principal instrumento teórico de la intelligentsia rusa, dominando prácticamente la conciencia social en Rusia. Casi todos los economistas rusos eran marxistas, aunque muchos de ellos odiaban o renegaban del marxismo. En su momento fueron marxistas importantes líderes del partido Kadete como P.B. Struve o Izgoev, economistas como M.I. Tugan-Baranovskii, filósofos religiosos como N. Berdiaev, S.N. Bulgakov o S. Frank. Todo el pensamiento que pretendía ser moderno tuvo que expresarse en el ámbito del marxismo, utilizando el lenguaje del marxismo. Quizá el ejemplo más brillante fue Lenin. No en vano, Plejanov, el BUND, los mencheviques, los socialdemócratas occidentales, etc., gritaban escandalizados que los planteamientos de Lenin, su estrategia, era contraria al marxismo, que sus ideas eran eslavofilismo y populismo enmascarados con el marxismo. Los obreros y los campesinos no hicieron caso a aquellas opiniones y se mantuvieron fieles a los bolcheviques.

 

  1. Precisamente, el componente marxista del bolchevismo jugó un papel determinante en la estructuración del pensamiento tradicional ruso, de sus concepciones mesiánicas y milenaristas, de las ideas populares de solidaridad y del pensamiento filosófico ruso religioso y laico. El marxismo permitió la reorganización de todo este pensamiento y la transformación de su naturaleza dispersa y fragmentada en un cuerpo teórico único. Se produjo un cambio cualitativo, abandonando todas estas facetas de pensamiento su estado semicaótico, se transformaron en un nuevo cuerpo teórico válido para ser utilizado como teoría de la práctica de la acción social, de la construcción de la nueva sociedad. Esta nueva cualidad de agente transformador de la sociedad, de agente constructor de la nueva sociedad y de agente capaz de dar respuestas a las nacesidades de modernización que Rusia estaba demandando desde bastante tiempo atrás, no había sido alcanzada antes por ninguna fuerza por separado: ni la filosofía rusa de la solidaridad, ni el liberalismo ruso, ni el marxismo ruso, ni el populismo revolucionario, ni la cultura solidaria tradicional. Sólo el bolchevismo se convirtió en aquella fuerza, y lo consiguió en virtud de su naturaleza sincrética, por la presencia en su seno de la diversidad cultural.

 

  1. La presencia de estos componentes en el seno del bolchevismo y por extensión en el seno del proyecto soviético, proporcionó a éste el impulso transformador y revolucionario inicial, impulso que se prolongó hasta los años 50 del siglo XX. Son los años del «socialismo movilizado», gran movimiento de masas que posibilitó la colectivización, la industrialización, la victoria en la Guerra Patriótica y la recuperación de postguerra.

 

  1. Como ya hemos dicho, el objetivo principal del proyecto soviético era «alcanzar al capitalismo para huir de él». Este objetivo se convirtió en una necesidad imperante en los años 30 del siglo XX y condicionó todo el periodo denominado del «socialismo movilizado» (otros autores denominan a este periodo estalinismo). De su consecución dependió la supervivencia del proyecto. En palabras de Stalin: «Nuestro atraso con respecto a los países capitalistas es de 50 e incluso 100 años. Si queremos sobrevivir tenemos que superar esta diferencia en una década». La inminencia de una guerra que se presuponía de exterminio condicionó el sentido histórico del proyecto soviético en los años previos a la misma. A mayor industrialización mayor posibilidad de victoria y menos pérdidas en vidas humanas. Todos los esfuerzos fueron dirigidos a industrializar la URSS, a su modernización en todos los aspectos. Todas las facetas de la vida se convirtieron en «frentes»: el frente agrícola, el frente minero, el frente industrial, el frente científico, el frente cultural, etc. El triunfo en cada uno de estos frentes suponía la contribución a la victoria del frente general: la modernización del país. La modernización del país suponía a su vez la victoria, con el menor costo posible de vidas, en la guerra que se avecinaba y, por consiguiente, la continuidad del proyecto y la supervivencia de la propia Rusia/Unión Soviética.

 

  1. En aquel contexto, era imprescindible la unidad de todos en torno al proyecto. Los que no estaban de acuerdo con el proyecto se convertían en un riesgo para la supervivencia del sistema en su conjunto. Al principio fueron apartados del poder, pero cuando la inminencia de la guerra era próxima, fueron eliminados físicamente. Para ser eliminado, no sólo era necesario ser disidente activo, bastaba con ser disidente pasivo, con mostrar desconfianza hacia el proyecto común. Se presuponía que en caso de grave conflicto, y una guerra de exterminio lo era, los disidentes pasivos acabarían por transformarse en disidentes activos. Su actividad provocaría grietas en el sistema y podría provocar la caída del mismo. Era por tanto necesario, en la lógica del sistema, liberarse de aquellos elementos antes de que fuesen peligrosos al proyecto. Una parte importante de las represiones políticas de la época del socialismo movilizado tienen su explicación en este contexto.

 

  1. La Guerra Patriótica de 1941-1945 supuso el examen del sistema soviético. Fueron puestos a prueba sus diferentes elementos constitutivos: el Estado, la economía planificada, la estructura social, su estructura nacional (étnica), la escuela, el sistema científico y tecnológico, etc. El examen fue superado por todos sus componentes en particular y por el sistema en su conjunto.

 

  1. El periodo de reconstrucción de postguerra fue la fase final del «socialismo movilizado», y en lo fundamental, el fin del totalitarismo. Ya desde la segunda mitad de los años 40 se trató de encontrar un camino de salida del socialismo movilizado.

 

  1. Tras la muerte de Stalin se pusieron en práctica varios intentos de salir del socialismo movilizado: la desestalinización; Kruschov y el «deshielo»; la reforma de 1965; la época de Brdzhnev y la nueva brigada intelectual; las reformas de Kosigin; Andropov; la generación de Gorbachov, el eurocomunismo y la perestroika. En todos estos intentos quedó constancia de las dificultades teóricas y prácticas de la «desmovilización» del socialismo y dieron lugar a una acentuación de les contradicciones y conflictos y a una crisis de crecimiento económico en relación con los ritmos habituales de crecimiento de la economía soviética, dando lugar a crisis intersectoriales, envejecimiento de los bienes de equipo y crisis de existencias de productos de consumo. Se cumplieron las trevisiones de Stalin sobre la «acentuación de la lucha de clases» conforme se avanza en la construcción del socialismo.

 

  1. A partir de los años 60 del siglo XX se acentuaron los conflictos «psicológicos» de las masas. La sociedad soviética se urbanizó a partir de los años 30 a un ritmo desconocido en la historia. El 70% de los centros urbanos del la URSS fueron creados a partir del inicio de la industrialización. Muchas fábricas tenían en la URSS el carácter de «creadoras de ciudad». Es decir, tomada la decisión de construir una fábrica, se construía al mismo tiempo una ciudad. Fábrica y ciudad se convertían en un todo orgánico inseparable que funcionaba y vivía con el mismo ritmo y pulso. Uno de los grandes problemas del presente postsoviético viene determinado por la imposibilidad de separar la ciudad de la fábrica tal y como pretenden imponer las reformas liberales y la privatización de la industria nacional soviética. La urbanización de la población y de la vida soviética produjo profundas contradicciones en las concepciones del mundo del hombre soviético. El cambio generacional consumó la fractura entre las concepciones del mundo campesinas dentro de la población urbana. Estas concepciones, con sus representaciones de una solidaridad orgánica, cuasi religiosa, fueron suplantadas en el ámbito de una sociedad urbanizada por nuevas formas de construir y percibir psicológica y sociológicamente la realidad social. Fueron creados nuevos modelos urbanos y la población necesitó del consumo de estos nuevos modelos. Los soportes ideológicos de la sociedad soviética ideocrática comenzaron a ser insuficientes en los nuevos ámbitos urbanos una vez desaparecidas las generaciones todavía portadoras del componente tradicional campesino ruso. De hecho se produjo una profunda fractura cultural e ideológica entre la ciudad y el campo. El campo ruso, la aldea rusa, continuó siendo soviético, mientras que las grandes ciudades comenzaron a distanciarse de aquel modelo cultural primordial y comenzaron a elaborar sus nuevos patrones culturales, al tiempo que también comenzaron a asumir los modelos y patrones culturales del mundo occidental. En su faceta ideológica, las grandes ciudades soviéticas sufrieron un proceso de occidentalización que se manifestó de forma abierta durante la perestroika y la Reforma de Yeltsin. De hecho, los soportes de la perestroika y la Reforma proceden de las grandes ciudades soviéticas. En el caso de Rusia, un papel fundamental lo jugaron las ciudades de Moscú, San Peterburgo y Ekaterimburgo.

 

  1. En este contexto de crisis «psicológica» de la población urbana de la URSS, comenzaron a fraguarse las premisas de la perestroika. Se produjo la disolución de los componentes ideocráticos de la sociedad soviética y el inicio del proceso de disolución ideológico del proyecto soviético. El hecho más significativo de aquel proceso fue la renuncia de la intelligentsia soviética al proyecto soviético (el ejemplo más destacado lo tenemos en la llamada generación de los 60). Se puso de manifiesto la incapacidad del sistema soviético de dar una respuecta coherente a su crisis de identidad. Esto vino determinado en gran medida por el desconocimiento de la naturaleza del sistema por los propios soviéticos. Se había producido un desdoblamiento intelectual del discurso oficial soviético que continuaba expresándose en un lenguaje marxista, pero que era incapaz de realizar un análisis adecuado de su propia praxis desdoblamiento entre el discurso formal oficial y la realidad. No en vano Andropov manifestó: «no conocemos la sociedad en la que vivimos». Aquel desconocimiento se transformó en una crisis total del sistema sólo unos años más tarde.

 

  1. Otro fenómeno que acentuó la crisis ideológica de la sociedad soviética fue la aparición y paulatina consolidación de un estamento privilegiado. Aquí el concepto estamento ha sido utilizado de forma consciente. Una parte importante de la bibliografía sobre la URSS habla de la nomenclatura y su entorno como de una clase social. La aplicación de este concepto no es adecuada. El proceso es más complejo y dio lugar a la aparición de un estamento privilegiado que disfrutaba concretamente de «privilegios», fenómeno muy diferente al de clase social. Su incidencia sobre el proyecto soviético fue ideológica y no económica. Los privilegios de los que disfrutaba la nomenclatura y su entorno no suponía ni el control de medios de producción, ni de capitales, ni mucho menos la propiedad de ellos. Asimismo, los privilegios no supusieron en ningún momento un lastre para el sistema soviético. Su incidencia económica fue insignificante en el marco de la economía soviética. El conflicto que generó este estamento fue ideológico, en la medida que la población soviética percibió esta situación de privilegio, y lo que es más importante, percibió que esa elite asumía comportamientos cada vez menos solidarios, menos soviéticos. Esta percepción de la naturaleza no-soviética de ese estamento acentuó la fractura social y la crisis ideológica del sistema. Este fenómeno se encuentra en los orígenes del propio sistema soviético y fue percibido por el propio Lenin. Tanto Lenin como Stalin dedicaron grandes esfuerzos a combatirlo, aunque no pudieron establecer una definición precisa del fenómeno, y quizá por eso no pudo ser atajado (otra parte de las represiones de los cuadros de dirección del Partido y del Estado soviético tiene su explicación en la persecución de esta «maldita casta», como la calificaba Stalin).

 

  1. En los años previos a la perestroika se produjo la ruptura entre los distintos niveles de percepción y expresión del sistema. Se produjo la ruptura de las percepciones y expresiones de la conciencia colectiva popular del proyecto soviético. Esta ruptura dio lugar a la debilitación y desaparición del mito colectivista de la construcción del Paraíso de la Hermandad, del Reino de Dios un la Tierra». La quiebra del mito colectivista de la construcción del «Reino de Dios en la Tierra» llevó pareja la quiebra de la «Idea rusa», y con ella la quiebra de la idea de nación. Es importante tener aquí en cuenta que la filosofía rusa ha pretendido establecer y fijar desde el siglo XIX los aspectos fundamentales de la conciencia nacional rusa. Esta conciencia nacional rusa recibió en las reflexiones de diferentes filósofos el nombre convencional de «Ruskaia Idea» («Idea rusa») y en ella trabajaron filósofos de todas las corrientes, desde eslavófilos y occidentalistas, pasando por los filósofos cosmistas rusos o los pensadores euroasiatistas. La conciencia nacional rusa, la «Idea rusa», no se refiere a la construcción de una «nación» al estilo europeo occidental, sino a la construcción de un ente solidario, el «Reino de Dios en la Tierra», ente que, en la conciencia colectiva popular, se materializó en el Estado soviético. La quiebra del sistema soviético ha supuesto por tanto la quiebra de la conciencia nacional rusa, de la «Idea Rusa». Se produjo también la ruptura del discurso formal oficial marxista y pseudomarxista con la realidad. Este discurso fue incapaz de explicar la propia realidad, la propia «praxis» del comunismo realmente existente, y fue incapaz de racionalizar las percepciones míticas del proyecto soviético en la conciencia colectiva.

 

  1. La perestroika fue una revolución realizada en la superestructura del sistema soviético. Esta revolución pretendía la incorporación de la URSS/Rusia al ámbito de la civilización occidental (una de las principales metáforas de la perestroika fue la de «la vuelta al seno de la Civilización Universal» y la de «construcción de la Casa Común europea»). La intelligentsia soviética renunció a la trayectoria histórica de Rusia/URSS y pretendió «incorporarse» a la supuesta Civilización Universal imponiendo en la URSS un modelo de socialismo occidental, una mezcla de eurocomunismo y socialdemocracia, asumido por una parte de la intelligentsia soviética a través de la ideología de los partidos eurocomunistas y de la disidencia polaca y checoslovaca. Pronto este primer objetivo fue desbordado y los paradigmas ideológicos «socialistas» de la perestroika fueron suplantados por los paradigmas de la sociedad liberal occidental. Esta revolución pretendía el abandono del modelo nacional de modernización y el modelo nacional final de Modernidad representado por el proyecto soviético y la asunción de un modelo diferente, el representado por el del capitalismo occidental europeo.

 

  1. En sus aspectos tecnológicos, la revolución de la perestroika fue realizada según la teoría de Antonio Gramsci: la agresión molecular al núcleo cultural de la sociedad soviética. Esta agresión molecular supuso la destrucción de los soportes ideológicos del proyecto soviético y su sustitución por la ideología liberal. Especialmente sensible a esta acción fue la intelectualidad soviética, que incluso pretendió dar a todo este proceso una justificación científica. La historia soviética fue deslegitimizada y con ella perdieron su legitimidad todos los institutos de la sociedad soviética, incluido el Estado. En la URSS de la perestroika fue llevado a cabo un proyecto sin precedentes de ingeniería social que implicó la manipulación de la conciencia social a una escala hasta entonces impensable. Los medios y métodos de esta acción de ingeniería social fueron varios y diversos: televisión, prensa, radio, cine, teatro, literatura, destrucción de símbolos, mitos y modelos primordiales a través de los cuales la conciencia social percibe, construye y asume la realidad social. La URSS/Rusia se convirtió en una sociedad del espectáculo: provocaciones políticas de todo tipo, alteración de los equilibrios interétnicos, creación de anti-mitos sobre el proyecto soviético que contribuyeron a distorsionar la percepción del pasado y ayudaron a la difusión y asunción de los nuevos mitos sobre el modelo social que se pretendía imitar o incorporar: el modelo liberal europeo.

 

  1. La crisis de identidad del proyecto soviético no llevaba implícitamente a su destrucción. No era ésta una consecuencia inevitable, tal y como se ha pretendido presentar. El sistema soviético no era un sistema agotado en sí mismo. La confluencia del factor externo con la crisis interna es lo que condujo definitivamente a la derrota de sistema soviético. Y aquí el concepto “derrota” no ha sido utilizado de forma casual. Realmente se trata de la derrota en una guerra de nuevo tipo que tuvo su comienzo inmediatamente después de la finalización de la II Guerra Mundial. Nos referimos a la Guerra Fría. La derrota de la URSS era deseada por sus enemigos occidentales, quienes contribuyeron desesperadamente a ello por todos los medios posibles desde 1945. El alza agresiva del neoliberalismo de los años 80 del siglo XX y su coincidencia con la crisis interna de identidad del sistema soviético dieron como resultado la derrota del mismo.

 

  1. Una de las explicaciones más habituales de la caída de la URSS está relacionada con los supuestos defectos de la economía planificada y su incapacidad para competir con efectividad con la economía de mercado del capitalismo. Esta idea fue una de las principales metáforas de la perestroika y una de las principales ideas asumidas como axioma por la intelligentsia soviética para la justificación de su alejamielto y condena del proyecto soviético. Hay evidentes razones para hablar de problemas en la economía soviética, pero de estos problemas no se desprende la inevitabilidad de la destrucción del sistema soviético. Quienes hablan de la incapacidad económica del sistema soviético, o no entienden el alcance de la crisis del proyecto soviético, o tienen la intención de desinformar. El crecimiento económico anual de la URSS en los años previos a la pgrestroika no descendió del 3% anual, cuando Europa occidental en aquellos mismos años todavía se encontraba en una profunda crisis económica que en algunos países se manifestaba en un crecimiento económico negativo, o, en el mejor de los casos se mantenía en 0%. La crisis del sistema soviético no fue una crisis económica, fue una crisis sistémica que se manifestó con más agudeza en su superestructura. Dadas las características orgánicas del sistema soviético, no podía ser de otra forma. Las respuestas a aquella crisis debían afectar por tanto a todo el sistema. No era posible contener el proceso aplicando soluciones parciales. Estas no ayudaban, e incluso empeoraban la situación, aunque fuesen aplicadas con la mejor de las voluntades.

 

  1. Con la renuncia al proyecto soviético, consciente o inconscientemente, se estaba renunciando a la trayectoria histórica rusa. El desconocimiento de la naturaleza del proyecto soviético contribuyó a esta situación. No en vano, ya en los años 90, el filósofo ruso Alexander Zinoviev dijo que «apuntamos al comunismo pero acertamos en Rusia». El proyecto soviético y Rusia formaban un todo único imposible de separar. Las Reformas del periodo postsoviético vienen a significar la acentuación de ese camino de renuncia a la trayectoria histórica y cultural rusa y la asunción de un modelo de modernización foráneo: el capitalismo occidental. En este contexto, mientras se mantenga esta renuncia, la crisis de la sociedad rusa postsoviética no hará más que agudizarse. Los posibles escenarios de evolución son varios y diferentes. El abanico de posibilidades incluye cono escenario posible la desaparición de Rusia como entidad estatal y la definitiva desestabilización de la región, con la aparición de nuevas entidades políticas con sus correspondientes repartos de poder y zonas de influencia. Otro escenario posible pasa por el estallido de un conflicto generalizado al que difícilmente se podrá clasificar dentro de los modelos de agitaciones sociales conocidos. Un conflicto sin una definición ideológica de referencia conocida en el que se mezclarán la lucha por la tierra, los enfrentamientos interétnicos, religiosos, etc. Hay otros escenarios, en apariencia menos violentos pero no por ello menos trágicos, que parecen más factibles. El languidecimiento paulatino de Rusia, la muerte de una parte considerable de su población con un fuerte regreso demográfico que ya se está haciendo notar, la creación de una reducida clase urbana de nuevos ricos y la existencia de una amplia base social empobrecida y embrutecida (por cierto que hasta ahora, y a pesar de más de diez años de crisis generalizada, no se ha producido el embrutecimiento de la población, lo que demuestra el nivel alcanzado por las instituciones soviéticas que, como la escuela, se encargaban del proceso de socialización de la persona). Este parece ser el escenario que más interesa al mundo occidental en la medida que supondría un control aceptable sobre las tensiones que el proceso actual está generando. Pero el escenario más deseable no es siempre el escenario definitivo, sobre todo teniendo en cuenta que los modelos de respuesta de la cultura rusa a las situaciones de crisis difieren sustancialmente de los modelos occidentales y que además las situaciones de crisis social en Rusia son comprendidas con bastante dificultad por el mundo europeo occidental.

Moscú/2001

(Artículo publicado por primera vez en el año 2002, en la revista El Viejo Topo, número doble 160-161)